Capítulo 26
La noticia estaba en todos lados. Desde que el escándalo de los Leagan hubiera estallado semanas atrás, ningún medio de comunicación se permitía descuidar la cobertura de los hechos y es que, hacerlo casi podía significar que los niveles de audiencia cayeran hasta lo más bajo de la lista de popularidad, lo que ninguna cadena de televisión o radio y mucho menos los diarios y páginas web, se podían conceder.
Tal como Terry había dicho, el día que planteó su magnífico plan, el hecho de que la primera aparición pública de la hija desaparecida estuviera acompañada por un anuncio tan escabroso como una acusación por homicidio en contra de su hermano, no sólo había contribuido a asegurar el interés de los medios por el asunto, sino que también, que les impedía a los Leagan el intentar sepultar la verdad, como ya era su costumbre.
Algo que no significaba que los trucos sucios escasearan de sus manos o que lo siguiente que debía suceder fuera algo fácil de volver realidad.
Echando mano a su lista de jugarretas, los Leagan comenzaron el contrataque a las pocas horas de que la noticia se hubiera hecho viral. Según decían, las afirmaciones que Elisa se había encargado de esparcir fuera del tribunal, no podían ser tomadas como ciertas debido a la posible deficiencia mental que su madre le hubiera heredado, de modo que hasta no confirmados los hechos, el apellido y la firma que poseían no debían verse difamados.
Pese a sus declaraciones, el asunto pronto llegó a oídos de la fiscalía. No debía agradarles que un hombre con conexiones policíacas se viese envuelto en tales acusaciones, pero no hubo tiempo para que los superiores decidieran si les convenía investigar el asunto o dejar a los abogados encargarse de resolverlo, pues fue entonces que Dean Aston se presentó y con él, una petición de parte de Danny O'Donell, hermano de la víctima, para reabrir el caso.
Con la atención de los medios puesta en el asunto, la fiscalía no tuvo otra opción más que la responder a la petición, asignando la investigación a Flammy Hamilton, una mujer a la que ni los suyos se atrevían a retar, lo que convenía a la víctima pues su espíritu implacable y sed de justicia la convertían en la única fiscal a la que ni los Leagan, ni cualquier otro que lo intentara podría sobornar. Fue entonces que la búsqueda de la verdad comenzó.
En primer lugar, Flammy tomó declaraciones al acusado, quien debido a la falta de pruebas y a la presunción de inocencia, no podía ser arrestado ni se le debía tratar como asesino, sin mencionar que Neil había dado el primer paso al presentarse en tiempo y forma para ser interrogado, siempre mostrando la máxima cortesía y cooperación para con la investigación. A su testimonio, la fiscal hizo llamar a Danny O'Donell.
Sin importar que se tratara de su hermano, Danny no podía hablar acerca de algo que no había presenciado, de modo que una vez planteó la vida de Charlie hasta su trágica muerte, le pidió a la fiscal que los detalles sobre el homicidio le fueran solicitados a Anthony Brower. Llamado a declarar, poco más tarde a que Flammy revisara el caso con el expediente forense que se le hubiese enviado, el rubio narró su versión de los hechos y antes de irse, le dijo:
— Hace poco, Terry Grandchester consiguió que la compañía AN Tec recuperara este video. La calidad es algo mala, pero puede ver claramente quiénes se encuentran ahí y no creo que haya espacio a dudas sobre lo que está sucediendo. De ser necesario, el Sr. Grandchester me ha dicho que tanto él como el CEO, Thomas Anderson, testificarán en la corte.
— No creo que eso vaya a ser necesario — respondió Flammy, sin ninguna expresión en el rostro, que pudiera delatar sus verdaderos pensamientos — Si la evidencia es tan clara, bastará con este vídeo para ganar el caso.
— ¿Cómo está tan segura? El acusado… es un Leagan, después de todo — musitó Anthony, en voz muy baja, casi como si le avergonzara exponer que no estaba del todo seguro sobre que la verdad fuese a prevalecer. Flammy compuso una breve, pero genuina sonrisa.
— Nadie está por encima de la justicia. Si es culpable o es inocente, la ley juzga y recompensa o condena. ¿Acaso se ha olvidado de ello o es por lo que sucedió que ha dejado de confiar en la verdad?
— Creo en ella, sólo… — Anthony hizo una pausa, como si no estuviera seguro de la forma en que serían tomadas sus palabras —…Me asusta pensar que lo que creo pueda ser un error.
Flammy no dijo nada, simplemente, aceptó sus buenos deseos antes de girar sobre sus talones y salir del lugar.
Los días que siguieron a aquella conversación, el escándalo continuó tomando fuerza en los medios y desde sus respectivos lugares como fiscal y abogado, Flammy y Benjamín hicieron hasta lo imposible para construir su caso. El día que la corte llamó a ambas partes a la primera sesión, la entrada del tribuna se hallaba atestada de reporteros, todos ansiosos por descubrir lo que sucedería y como iría a terminar.
Siendo un juicio público, la sala del juicio no tardó en llenarse con los medios que aguardaban para recabar cuanta información pudieran, algunos miembros de la Facultad de Derecho a la que Neil, Anthony y Charlie habían acudido y los Grandchester, los Brower y Elisa, tomando asiento junto al hermano de la víctima. En breve, el honorable juez Darryl Webster, hizo su aparición y apenas ocupó su sitio entre sus auxiliares, dijo:
— El Estado contra Neil Leagan, ¿cómo se presume el acusado?
— Inocente, su señoría — respondió Neil, poniéndose de pie, al mismo tiempo que se acomodaba el saco del traje. Darryl asintió, un segundo antes de indicar:
— Fiscalía, puede comenzar.
El mes acababa de comenzar cuando la última sesión por el caso de Neil, tuvo lugar. Durante las semanas anteriores la corte había encontrado difícil el llegar a un veredicto y es que, aunque los alegatos y las evidencias presentadas por la fiscalía dejaban al descubierto la violencia ejercida en contra de Charlie, la defensa había encontrado la forma de hacer dudar al juez, mencionando que la pelea entre los implicados no necesariamente podía ser la causa de muerte de la víctima.
Sumiéndose así en una pelea interminable, en la que cada argumento era refutado fuese por parte de la defensa o la fiscalía, el asunto por fin estaba a nada de terminar. Desde sus asientos, con el corazón latiendo de forma desenfrenada y la expectación puesta del todo sobre la figura del juez, los presentes en el público parecían contener la respiración mientras aguardaban al regreso de Darryl, luego de que la sesión hubiera entrado en receso para permitir a su señoría el alcanzar un veredicto.
Fue justo entonces que las puertas se abrieron y el juez Webster hizo su aparición, tomando asiento en la silla que le correspondía y reanudando la sesión apenas hallarse cómodo. Pidiendo al acusado que se le levantara, Neil obedeció a lo dicho sin mostrarse temeroso por su destino y es que, tenía plena confianza en que el mejor abogado del país hubiera estado a cargo de su defensa, sin mencionar que había investigado lo suficiente al juez, como para saber que Webster ya alguna vez hubiera liberado a quien no podía ser más culpable.
— Luego de mucho deliberarlo y habiendo tomando en consideración los alegatos y las evidencias presentadas, la corte encuentra al acusado, el Sr. Neil Leagan… Culpable por el cargo de homicidio en segundo grado y le condena a 12 años de prisión, sin derecho a fianza o libertad condicional.
El sonido del mazo golpeando la madera, fue lo último que Neil escuchó antes de que el mundo se desmoronara a su alrededor, la voz del juez repitiendo la condena sin cesar dentro de su cabeza y un escalofrío recorriéndole desde la nuca, hasta la punta de la columna vertebral. No podía creerlo, simplemente, se negaba a dar crédito a lo que estaba sucediendo. ¿En qué momento el poder, el dinero y todo a lo que siempre se hubiera aferrado para sobresalir en la vida, había perdido su efectividad? ¿En qué punto de su vida una rata como Anthony podía acusarlo y salir victoriosa?
Antes de darse cuenta, Neil perdió la cabeza, sus gritos de furia inundaron la sala sin que nadie pudiese ignorarlos, siendo su padre, su hermana, Anthony, Terry y hasta la misma Candy los objetos de su rencor. Los guardias de la corte le mantuvieron sujeto durante todo el rato que les tomó sacarlo del lugar, pero incluso fuera de la sala, sus gritos y cacofonías seguían siendo audibles para todos aquellos que supieran distinguir su voz.
Los reporteros se marcharon entonces, todos queriendo obtener la premisa de Benjamín Leagan, quien debiera hacerles frente para responder a todo cuanto desearan saber respecto a su derrota y a lo que sentía como padre, habiendo sido su hijo condenado a prisión. Fuera de la sala, Danny se desvivió en palabras para agradecer a Anthony, a sus amigos, pero sobre todo a Flammy, porque hubieran hecho posible el que su hermano encontrara justicia y pudiera descansar en paz.
— Por fin, todo ha terminado — le dijo Terry a Anthony, cuando ambos se apartaron del resto para intercambiar algunas palabras.
— Lo sé, pero todavía no puedo creerlo — suspiró el rubio, como perdido en sus propios pensamientos — No me malentiendas, estoy realmente feliz porque Leagan haya recibido lo que merece, pero… ¿Qué sucede ahora?
— Bueno, para empezar, ahora tienes la conciencia limpia. Sabes que hiciste hasta lo último que pudiste para dar justicia a tu compañero y también has conseguido redimir a la misma ley en tu corazón. Después de eso, rubiecito, lo que sucede es que ya nadie te impide retomar tus sueños.
Terry sonrió y al hacerlo, palmeó el hombro del hombre cuya amistad le hubiera enseñado que incluso en la más negra oscuridad, siempre queda algún rayo de luz. A su lado, Anthony pareció caer en la cuenta de que, sin los abogados Leagan impidiéndole nada, finalmente podía aplicar nuevamente para la Facultad de Derecho. No era seguro que lo lograra y quizás incluso si fuera admitido tendría que comenzar desde cero, pero ya no había hombres con poder teniéndole en la mira, amenazando con acabarlo tan pronto como se le ocurriera aparecer en sus caminos.
— ¿Crees que pueda? En estos años, el sueño de ser abogado no me sirvió de nada, quiero decir, era a lo que me quería dedicar, pero no fui capaz de protegerme a mí mismo — comentó, entonces. Terry negó con la cabeza.
— Tonterías, incluso los abogados experimentados se habrían cohibido ante las amenazas de alguien como Leagan, y eso no los vuelve ni mejores ni peores. Mientras sea lo que realmente deseas hacer, entonces es algo que vale la pena hacer.
Con aquellas palabras de aliento retumbando en su cabeza, Anthony asintió con la cabeza y poco más tarde, ambos se unieron al resto, siendo la Annie la primera en acercarse a su hermano, pues no cabía más en el orgullo y la alegría que sentía por este. Para cuando Eleanor invitó a Danny y a los Brower a comer, nadie supo responder en qué momento habían perdido de vista a Elisa, lo que tampoco importaba pues con el asunto de los Andley resuelto, el caso de Charlie cerrado y la reputación de los Leagan arruinada, la pelirroja había cumplido su parte y oficialmente, podía deslindarse de ellos.
Sin que lo supieran, tanto la pelirroja, como los que se hubieran visto obligados a relacionarse con ella, esperaban que nunca más, sus caminos se viesen entrelazados. Y así sería.
El auditorio de la universidad, se había llenado al poco rato de abrirse las puertas y es que, no era un secreto que a todos los invitados les emocionaba ingresar para hacerse con los mejores lugares, de modo que resultase sencillo el capturar el momento en que las estrellas de honor hicieran acto de presencia. Se trataba de la ceremonia de graduación, lo que bien podía traducirse, al día en que todas las familias de engalanaban y visitaban la escuela, ansiosos por reconocer a los universitarios envestidos en togas y birretes, esperando con paciencia a que sus nombres fuesen dichos y un título ocupase sus manos.
Como invitados de la pelinegra, Anthony, Terry, Candy y Archie, se encontraban presentes en el recinto, el primero y el último con enormes ramos de flores que esperaban entregar a la graduada y la feliz pareja ungiendo como los encargados de inmortalizar con sus teléfonos el momento en que Annie desfilara, saludando a las autoridades pertinentes, recibiendo el papel por el que tanto se hubiera esforzado durante los últimos meses.
— Repíteme una vez más, ¿por qué tú mejor amigo está presente en la graduación de mi hermana? — cuestionó Anthony a Terry, una vez los cuatro se acomodaron en los asientos que tanto esfuerzo les costó conseguir.
— Muy fácil — intervino Candy, con esa sonrisa brillante que prevenía sobre lo bien que estaba por referirse al chico junto a ella — Porque Annie nos estuvo ayudando a los tres a estudiar para el examen de admisión y en ese tiempo tu hermana y nuestro amigo llegaron a forjar una linda amistad.
— Exactamente — convino Terry, liviano como una pluma — ¿Qué creías? ¿Qué mi amigo se habría colado al evento, con esas fachas de príncipe azul y ese ramo de casi cien rosas, sólo porque está tonta y sinceramente flechado con tu hermana? ¡No, qué va! ¡Si esas son puras imaginaciones!
Ocultando la diversión que el comentario de su marido le provocó, Candy intentó consolar a Anthony cuando los colores se le subieron al rostro porque acababa de enterarse de los sentimientos que el castaño le profesaba a su hermana, todo al mismo tiempo que se colocaba como barrera para impedir que Archie golpeara a Terry por haberle expuesto de esa forma. Antes de que sus juegos comenzaran a llamar la atención, una de las profesoras se hizo con el micrófono y en breve, el silencio reinó en el auditorio, a la espera de que los graduados hicieran su aparición.
Fue una ceremonia preciosa, repleta de palabras que exhortaban a los graduados a desempeñarse con profesionalismo, honestidad y valor en las diferentes profesiones que hubieran elegido, no olvidándose de alentar al público a seguir ellos también sus sueños y sentirse orgullosos por la generación de universitarios que esa tarde decían adiós a la etapa escolar. En el momento en que los estudiantes comenzaron a ser llamados y uno a uno fueron recibiendo sus títulos, la sala se llenó de las ovaciones y aplausos que cada familia tenía para los suyos.
Annie no fue capaz de ocultar su sonrojo cuando tanto su hermano como Archie se disputaron el descubrir quien la alaba más alto y casi fue una suerte que no dejara caer el papel que había recibido, cuando se volvió a verlos y el castaño tuvo el atrevimiento de arrojarse un beso volado. Para cuando la ceremonia terminó, fue Candy la primera en acercarse donde ella, su sonrisa y palabras orgullosas llenándole el pecho de un calor sincero, antes de que Terry se acercara a felicitarla y le pidiera que le disculpara por tener dos amigos idiotas.
Resultaba, que Anthony y Archie peleando porque al primero le escandalizaba que el castaño se hubiera fijado en su hermana, una reacción que ya no pudo seguir manteniendo cuando Terry dijo:
— ¿Sabes que sí he notado la forma en que miras a mi hermana, verdad?
Entre risas, por lo avergonzado que el rubio estaba, todos se divirtieron hasta que fue momento de marcharse, pues Archie había hecho una reservación en un precioso restaurante francés, con motivo de celebrar que los Brower acaban de recibir a una Psicóloga entre los suyos. Al igual que la ceremonia, la cena resultó maravillosa, no porque la comida mereciera las alabanzas de los cuatro jóvenes que no se hicieron del rogar al momento de felicitar al chef, sino más bien porque entre ellos, había surgido una relación fraternal que pocas veces se lograba encontrar.
Parecía increíble y quizás, si alguien les hubiese conocido meses atrás, cuando no eran más que un puñado de muchachos cada uno con sus problemas e historias propias, seguro que entonces nadie creería que una amistad tan sólida podría surgir entre ellos. Al final, increíble o no, probable o no, ahí estaban.
En primer lugar, el mimado arrogante al que le asustara tanto enfrentar el mundo, como para terminar refugiándose en la irresponsabilidad y la falta de compromiso para con él mismo. La materialista princesa, cuya protección paternal le hubiera convencido de jamás tener que padecer, al grado de incluso ceder a casarse con un hombre por el que no sentía más que desdén. Y junto a ellos, un amigo leal, incluso cuando se trataba de hacer idiota al mundo; y dos hermanos con historias trágicas, dos parientes a quienes el poder les había arrebatado y recompensando en tiempo y situaciones distintas.
Al caer la noche, despidiéndose frente al restaurante tras una hermosa velada, Anthony se negó a dejar que Archie les llevase de vuelta a hogar, lo mismo que la pareja, quienes le aseguraron al chico que podían volverse a su apartamento sin sufrir daño alguno. De esa forma, Archie montó el auto alejándose al poco, mientras que los hermanos y el matrimonio se separaban ni bien llegar al metro, donde los Brower montaron una línea y los Grandchester siguieron su camino hasta que, de alguna forma, terminaron paseando a orillas del Támesis.
— ¿Te he dicho ya, lo preciosa que estás esta noche? — preguntó Terry, mientras caminaban, sus dedos jugueteando con la mano que sujetaba y los zafiros radiantes que poseía, completamente embelesados con la rubia a su lado. Candy sonrió.
— Quizás lo hiciste una vez, en todo caso, no me molestaré si quieres repetirlo.
— Lo repetiré mil veces si quieres. Pecosa mía… eres la mujer más hermosa que he visto jamás y sólo por si no lo sabes, estoy completa, irrevocable y endemoniadamente enamorado de ti.
La sonrisa que aquello le provocó, no llegó a ocupar del todo su rostro y es que, antes de poder concretarla, la mano de Terry tiró de la suya y en un solo movimiento, Candy fue a pegada a su cuerpo, los firmes brazos rodeándole la cintura y aquella fragancia penetrante que el otro poseía descolocando cada uno de sus sentidos. Como ya venía siendo usual, el calor del cuerpo ajeno también la envolvió y sin pensarlo, la rubia se dijo que la sensación de estar con Terry era igual que estar en casa.
— ¿Quieres oírlo? — le preguntó ella, al tiempo que enredada los dedos entre las largas hebras de su cabello, Terry asintió, sus ojos brillando de una forma en que casi parecían querer hipnotizar a la rubia.
— Dilo, pecosa, dilo y hazme saber que mi felicidad tiene razón de ser.
— Adoro cuanto te sale lo cursi — bromeó — Y ya que tanto quieres oírlo, aquí va… Te amo, Terry. Con la misma fuerza con que la gravedad me sujeta a la Tierra, yo te amo, y no podría estar más agradecida por haber terminado haciéndole frente al mundo estando tú a mi lado. Siendo mi amigo, mi compañero, a veces mi dolor de cabeza, pero siempre implacable y valiente.
— ¿Significa eso que ya no somos mimados y condenados?
— Mimados, siempre. Condenados… sólo cuando peleamos — Candy rio, el sonido contagiando al hombre frente a ella.
Más allá, uno de los cruceros turísticos que deambulaba por el río, comenzó el espectáculo de luces que prometiera en su propaganda, de modo que lo que interrumpió la conversación melosa de Candy y Terry no fue otra cosa más que un par de fuegos artificiales, mismo que ambos se acomodaran a mirar, no creyendo la suerte que tenían porque sin necesidad de pagar, acababan de disfrutar de un maravilloso espectáculo.
Todavía faltaba mucho por hacer, muchas cosas por aprender y cosas que experimentar, pero habiendo enfrentado casi lo peor que les pudiera pasar, ni Candy ni Terry tenían miedo por lo que les esperara. Al final, estaban dispuestos a hacerle frente, a disfrutarlo o padecerlo e intentar resolverlo, siempre con la certeza de que, pasara lo que pasara, estarían juntos. Hasta que la muerte los separara, justo como prometieron al comenzar esa aventura.
FIN
