"Ok, gente", Rose extendió el mapa, con las rutas y señales ya diseñadas. "Llegaremos a las afueras del primer poblado, en unas 2 horas. Cuando lleguemos allá, nos moveremos por los techos de las casas, procurando no hacer ruido o movimientos bruscos. Aunque todo sirva, privilegien lo portátil. No tenemos mucho tiempo, hasta que salgan del letargo, y se vuelvan ferales".

"Sean y yo iremos", dijo Cristian, "somos los mejores en el fuego. Además, él ha practicado para, tú sabes, ¿decirles que son... dhampirs?, ya lo hace con los alimentadores... y ya hemos entrenado un poco".

"Entonces... Alberta, Dimitri, Alan y... sip. Wanda, que es liviana. Mase y Chelsy, son rápidos y pegan fuerte. Celeste y Yuri, apoyen a los profesores acá. Que los moroi no se nos amotinen. Recuérdenles que, si no lo hacemos, ellos serán los que morirán de hambre, porque no moveré un dedo si ellos se portan mal, y eso significa que no tendrán sangre... ¿doctora?"

"¡Porfi, todo lo médico -o que lo parezca- que encuentres. En serio. Todo. Tisanas, homeopatía, flores de Bach, Reiki, ¡todo!, Tarot, si encuentras. Ya nada me importa. Haré magia de dónde pueda, ¡pero necesito herramientas!".

" NO está demás la comida, Rose", le recordó la cocinera en jefe, "los cultivos no dan abasto. Ya no hay animales salvajes que no hayamos... comido":

"Por lo mismo, la tetánica y la de rabia, también", les recordó la doctora, "Y Deidre necesita libros de apoyo. Va a ocuparse de las terapias, ya que una de las chicas del senior está ayudándome. Dos, en realidad. Una y una".

"Y vuelvan de una sola pieza", les recordó Celeste, "en serio, necesitamos a todos, por acá".

"Intenten recuperar los polos externos. Necesitamos toda la tierra que podamos conseguir... O el invierno nos matará... a todos", dijo Dimitri, seriamente.

"Tienen que llevarse a algún adulto responsable", dijo la doctora, "un moroi, de fuego de preferencia, pero que pueda... aplicar una rápida compulsión. Sean puede ser bueno, pero necesita más práctica... Llévate a Miss Sommers. Es joven y deseosa de hacer cosas. ¡Muy buena para las fogatas!".

"Oki, una más, nos cabe", masculló Rose, "pero no más, necesitamos el espacio para cosas y personas".

"Sobre eso. No contagiados. Aunque suene malo. Y directo a la enfermería... Si alguno se camufla... bueno...", se encogió de hombros.

"Debe ponerlos a dormir. Se volverán zombies si mueren, así, no más. Directo al cerebro, doctora. Sé que va en contra del juramento hipocrático, pero si llegan contagiados... estaremos todos muertos".

"Lo sé. Es lo más doloroso. Pero debemos mantenerlos vivos. Esto no es un virus, o una gripe, o la bubónica o alguna peste... Ellos no volvieron de la muerte, para comerse al resto de los vivos... tal vez... más adelante, los podríamos cuarentenar en alguno de los edificios que iremos liberando, ¿sí?, si le duele hacerlo. Sedarlos, primero. Así...ellos no vivirán este proceso...":

"Lograr un buen morir", susurró, apesadumbrada, "tantas naciones negándose a permitir el bien morir en quienes han sufrido hasta el último milisegundo de sus vidas... y ahora... es lo más humano. Ayudarlos a morir".


"Vamos por el grupo de Art", susurró Alberta, al subir al auto,"es la primera casa en nuestra ruta... y se lo debo. No quiero tener que...", y se echó a llorar.

La casa en donde se parapetaron, -Art y su grupo- pertenecía a una mujer de la familia Badica. Era grande y muy difícil de defender, a juzgar por los ventanales. Ya rotos.


Estaban todos muertos. Mordidos por strigois. Desangrados, mejor dicho.

Pero estaban reanimados, como zombies. ¡Y se comieron a los strigois, de dentro hacia afuera!.

La imagen era aberrante.

Se mordían entre ellos. Atacaban todo lo que se movía.

Ojos sin vida o inteligencia. Vidriosos.

Vacíos de lo que alguna vez fueron.


Rose se concentró en ellos.

Desde la historia de Alberta, había estado estudiando viejos manuscritos, con ayuda del Padre A., en libros que ellos ocultaron en las catacumbas -¡en la tumba de St. Vlad y Anna!- que eran demasiado peligrosos para el simple acceso.

Algunos eran estudios metafísicos de la creación y destrucción de strigois... sin el drenaje de la víctima. ¿Y, lo peor?, cómo controlarlos, como si fueran un Golem... Y era a través del control de su alma... con necromancia.

Volvía el alma de piedra. Y el cuerpo se volvía incorruptible.

Eran viejos experimentos, previos al viejo Vlad, que él se dio la maña de investigar... y plasmó en sus escritos.

Centró la mirada en los ojos -mientras los guardianes los mantenían a raya- y forzó su visión más adentro. ¡Y más, aún!

Hasta que notó algo. Como un hilo plateado y débil, como el hilo de un globo.

Y del extremo del globo... había algo muy maligno.

Rose salió del trance, con un grito y retrocediendo un paso.

Empujada por la malignidad del ente.

"Hay que quemarlos. No... no sirve...si mplemente decapitarlos. No... tienen alma que liberar, en realidad. No están reanimados. Están animados por algo... muy maligno. No puedo hacer nada por ellos", lamentó, "esa cosa... está comiéndose sus almas. Algunos ya casi son sólo un envase. Otros... sólo resisten. No basta con... Hay que romper ese vínculo... ¡Lo lamento tanto!", susurró a las almas, que flotaban -en pedazos- por todo el lugar, mirándola tristemente.

Almas descarnadas, que sólo buscaban amor.

Se estremecían y desaparecían, para reaparecer.

Sólo suplicaban paz, y poder irse, al final.

"Quieren irse. Están siendo torturados y lo serán, por toda la eternidad... o hasta que... el parásito se muera. ¡Y puede alimentarse de ellos, aún estando... muertos!, es decir... descabezados. Debemos cremarlos. Están..."

"Malditos", completó Alberta, dándole un fuerte golpe a Art.

Y comenzó la masacre.

No. La liberación.

Y Rose... sólo lloraba, mientras consolaba a las almas, que lo único que buscaban era su protección y ayuda... para partir a un más allá.

Que, en esos momentos, sonaba mucho más seguro que estar.. acá.


La casa estaba casi vacía de alimentos.

Habían unas pocas latas, medicamentos y cosas útiles.

Tomaron las estacas, las armas y radios. Las mantas que pudieron llevarse. Y las joyas de plata.

"Marquen la casa para... limpieza", susurró DImitri, señalando el mapa, "aún hay cosas útiles, pero requerimos más vehículos... hay madera, telas y cosas combustibles. Metales... Lo demás, podían quedárselo los carroñeros. El oro no sirve para matar strigois..."

"Necesito un poco de oro.. Para experimentar", dijo Ros, rápidamente. "la plata... encantada, mata al strigoi... ¿el oro encantado... matará a los zombies?", se cuestionó.

"Organizaré grupos de limpieza", dijo Alberta, con voz algo más firme, "vendrán a llevarse todo lo que nos sirva. La dejaremos... dejaremos... lista para que, algún día, sea habitada. Por los Bádica o los sobrevivientes... o los que la doctora deba sedar", completó, "habrá que tapiar las ventanas".

"Miss Sommers, ¿cree que se pueda desarrollar un conjuro de... combustión espontánea, para cuándo...".

"No lo sé. Es decir... Nunca se nos ha permitido hacer magia, en la realidad", sonrió, "¡pero, podemos intentarlo!". Agregó, entusiasmada con la idea.

"Yo creo que se puede", susurró Dimitri, "yo fui víctima de dos conjuros, antes de venir", y lo miraron, como si, bueno, tuviera dos cabezas. "En St. Basil, un novicio fue pagado por... mi padre, para que me echaran. Después que lo eché a patadas de la casa de mi madre, por golpearla. En fin. Fue uno Nobú... yo... lo ataqué, y casi lo dejé... muerto. Cuando nos separaron, el pobre muchacho -un senior- gritó que yo lo había atacado, pero que no podía más, y que ningún dinero podría justificarlo".

"¿Y tenías, cuánto, 17 años?, dudó Rose.

"12 años, creo", reconoció.

"¿Y la otra vez?", tragó saliva uno de los guardianes.

"Lujuria, en un colgante... Lo detecté... antes de que... ¿somos todos adultos, acá?, no lo creo", movió la cabeza.

"¿Se lo metiste, o no?", insistió Rose, picante.

"¡Lenguaje, Rose!, no seas vulgar", le recriminó Alberta, con una sonrisa a medias.

"Ok. ¿Cómo lo digo, entonces?, claro. Tienes razón, ¿te acostaste con ella, o no?".

"No. Algo en el colgante, no era, no se sentía normal. Y se lo arranqué".

"¡Oh, wow!, la dejaste con las ganas, grandulón", le golpeó en el brazo, Cristian, riendo como idiota.

"La protegí. Era una Lady moroi. Venía de un periodo doloroso y creyó que... bueno, entrar en una relación con un guardián -con otro más- la sanearía".

"¿Una Lady... Ozera, cierto?, dudó Cristian. Dimitri asintió, curioso, "¡Tía Tasha!"; movió la cabeza, enrojeciendo ;"mi padre ya le recriminaba por el otro, el que murió después... en el ataque... ¿y después, tú?, ¡el novicio de la corte, claro!, ¡allí te echó el ojo, la muy frescolina!. Sorry por ella, grandote. Es... patológico, en ella".


"No creo que los Bádica vuelvan más acá", susurró Rose, tras cerrar la casa, con lo que encontraron. "Acá hay sólo muerte. Está impregnada. Requiere de limpiadores, mediums y esas cosas. No durarían ni un día... Y no tenemos de esos...".

"Porque los morois no creen en eso", finalizó Alberta.

"Pero tenemos Vrajatores... y debe haber, por allí", dijo Dimitri, "mi abuela... hacía esa clase de cosas. Es una de ellas".

"Hija o nieta de usuarios de espíritu, ¿cierto?", le consultó Rose, interesada.

"Hija. Su padre era muy viejo, cuando la tuvo. Y la crió. Su madre..."

"Era humana, ¿cierto?. Lo leí en los viejos manuscritos. Sangre mágica y pura sangre humana, sin mezcla con moroi. Una fórmula peligrosa, de seguro".

"¿Tu abuela, la que es la consejera de Janine?", se sorprendió Alberta, atando cabos.

"Ah, lengua de serpiente", susurró Rose. Al ver la expresión de Dimitri, corrigió, "Mordred. Consejero veraz. Será un buen soporte para mi madre", una sombra de dudas, cruzó por su mente. "Alberta, ¿dónde están Mikahil y Sonja Karp?, sé que están en la zona. Los necesito".

"¿Crees que...?".

"Guardián y usuaria. Sip. Deben estarlo. ¡Tienen que estarlo!".

"Al final del poblado al que iremos... los mantuvimos cerca, lo más que pudimos".

"A los amigos, cerca... ¿Qué enemigos están más cerca aún?, me pregunto yo"; dijo Dimitri, para sí.


almas descarnadas es el estribillo de una canción de Álvaro Escaramelli. Dice así: "En el aire sólo escucho suspiros, como de almas descarnadas que buscan amor
me estremezco y luego desaparezco, y aparezco, otra vez".

El ente lo tomé de una descripción del programa Dead Files (Expedientes Paranormales).