Epílogo


[Diciembre, 2023. Londres, Inglaterra]

La noche había caído sobre la ciudad, las bajas temperaturas descendiendo sobre los hogares, obligando a los lugareños a mantener encendidas las chimeneas o a echar mano de cuantos abrigos tuvieran si es que algún compromiso les mantenía fuera de casa. El invierno de aquel año, no parecía estar siendo condescendiente con el pueblo londinense, si bien este tampoco renegaba, porque una vida entera padeciendo tales inclemencias les había vuelto tolerantes e incluso afectos a ese tipo de cosas.

Siendo una de las pocas personas que jamás hubiera terminado por acostumbrarse al frío, no se diga ya a guardarle alguna clase de afecto, Candy Grandchester bien podría haberse sobrepuesto a la idea de tener que estar fuera de casa en una noche como esa, si tan sólo el soportar la venada fuese una tarea a la que sólo ella debiera hacer frente. ¿Pero qué clase de Dios podía habitar allá arriba, que viendo el compromiso que tenían decidía enviar una molesta nevada?

— ¿Estás lista, pecosa? — preguntó Terry, apareciendo por la puerta de la habitación, con aquella sonrisa que no parecía dispuesta a desaparecer de su rostro en un largo rato y la mirada azulada, tan brillante como si se tratara de las mismas joyas que daban color a sus orbes.

Desde su sitio frente a la cama que ocupaba el centro de la recámara principal, Candy refunfuñó para sus adentros, no entiendo cómo su marido podía estar tan contento, cuando afuera el hielo amenazaban con cubrirlo todo. Ella y sus dos preciosos angelitos incluidos.

— ¡Alabados sean mis ojos! — exclamó entonces el castaño, una vez su mirada se fijó en las pequeñas y adorables figuritas que ocupaban el colchón de su cama — ¿Realmente son mis hijos? ¡Pero si es que su belleza supera hasta la mía!

Riendo, aunque no tuvieran idea de lo que su padre acababa de decirles, Tyler y Clary, los mellizos de apenas dos años, reaccionaron efusivamente al escuchar a su padre, quien tardó apenas un par de segundos en adentrarse a la habitación hasta inclinarse sobre ellos. Cuidando de no descuidar a ninguno, Terry se las ingenió, como venía haciendo desde su nacimiento, para envolverlos a ambos entre sus brazos, los niños buscando sujetarlo ya fuera por los hombros o las mangas de su saco.

Con la piel de nata que ambos padres les hubieran heredado, Tyler poseía una hermosa combinación de cabello rubio y ojos azules, los primeros tan radiantes como el oro y los segundos siendo idénticos a los zafiros de su papá. Su hermana, una preciosa princesa de mejillas rosadas, había heredado el otro par de cualidades, sus rizadas hebras siendo de un café chocolate y sus pequeños ojos brillando igual que si se tratara de esmeraldas. Para desgracia de los padres, ninguno parecía poseer las pequitas maternas que tan loco volvieran a Terry, si bien los dos mellizos habían sido bendecidos con preciosas sonrisas y respingonas naricitas.

Esa noche, habiendo sido invitados a la cena que sus padres celebrarían como festejo por el décimo aniversario de bodas que se hallaban celebrando, Tyler había sido engalanado con un adorable conjunto de pantalón y chaleco azul marino, la camisa blanca amenazando con terminar arruinada si se lo dejaba al alcance de alguna golosina y un elegante moñito decorando su cuello. En contraste, Clary ostentaba un vestido rosa pálido, las varias capas de tul dándole un poco de volumen y un brillante lazo del mismo color formando un moño alrededor de su pequeña cintura.

— Mejor que los admires ahora que siguen perfectos — gruñó Candy, a su lado, para sorpresa de Terry, quien no entendía el motivo por el que su pecosa estuviera tan molesta — Porque al rato que la nevada los congele y termine sepultando sus ropas bajo capas y capas de ropa… Toda es belleza opacada por un horrible clima.

— ¿Ya ven, mis tesoros? ¿Ven como cuando su madre los llama berrinchudos se está refiriendo a lo que ella misma les heredó? — se mofó Terry, al comprender, sin ser capaz la sonrisa burlesca que le curvó los labios. Candy lo miró mal.

— No le veo lo gracioso a esto, Grandchester.

— Yo sí que lo hago, Andley — devolvió el, con mofa — Vamos, mi amor, no te enfades más que si sigues frunciendo la nariz y remarcando tus pecas, voy a saltar sobre ti y te arruinaré el labial comiéndote la boca a besos.

La oración la hizo sonrojar, lo suficiente como para que Candy se descuidara y Terry aprovechara para dejar a sus hijos a salvo al centro de la cama, encontrando el cuerpo de su esposa apenas separarse de estos. Al igual que los niños, Candy se había arreglado para la cena llevando puesto un preciso vestido color turquesa, que sin ser exageradamente elegante, ajustaba de maravilla a su cuerpo curvilíneo y resaltaba aquella aura como de modelo, que la rubia hubiera perfeccionado con el paso de los años al participar (aunque fuera tras bambalinas) en incontables desfiles de moda.

— No hagamos una tormenta en un vaso de agua — le pidió Terry, intentando mantener el buen humor, pues no estaba dispuesto a que nada arruinara su cena de aniversario. Candy apretó los labios — ¿Qué te parece esto? Llamaré a mamá y le diré que pida al restaurante ajustar la calefacción, así los niños no tendrán que usar el abrigo toda la noche y cuando llegue el momento de regresar, yo mismo los envolveré con el mío de camino al auto. ¿Te parece?

— Vale, eso tiene solución. Pero, ¿de verdad es tan malo pedir una noche sin nieve en nuestro aniversario? — siguió Candy, no dispuesta a olvidar tan fácilmente su desdén por el clima.

Terry le siguió el juego, al tiempo que ambos se encargaban de meter a los mellizos en sus respectivos abrigos. Unos minutos más tarde, la pareja bajaba al primer piso de la casa a la que hacía rato se hubieran mudado, Terry buscando las llaves del carro mientras Tyler jugueteaba entre sus brazos. Ni bien se aseguraron de que los bebés viajaban seguros en sus sillas y que ninguno se dejaba nada que pudiera llegar a necesitar durante la cena, el viaje al restaurante comenzó, con una música infantil llenando el interior del auto, las voces de los padres animando el buen humor que los niños tenían al escuchar la melodía.

Más pronto de lo que ninguno esperó, Terry aparcó frente al restaurante Coeur de Pierre, el recinto elegido para la celebración de esa noche. Sin permitir que ninguno de sus hijos pasara un minuto de frío, ambos se aseguraron de ingresar al lugar lo más pronto posible y dado que Eleanor se hubiera asegurado de reservar el segundo piso para la fiesta que hubieran montado, el matrimonio no perdió tiempo subiendo hasta donde sus familias y amigos les estuvieran esperando.

Apenas verlos, Albert y Elroy, junto a Eleanor y Richard, se acercaron para recibirlos, el ciento por ciento de su atención puesta en Tyler y Clary, los bellos ángeles que se hubieran convertido en los mayores tesoros de sus abuelos, tanto así que en ocasiones, tanto Candy como Terry llegaban a envidiar las atención y el cariño que sus niños recibían.

Además de los padres, Archie, Annie, Anthony y Karen también habían sido invitados a celebrar con ellos aquel aniversario.

El tiempo que había trascurrido desde que su amistad hubiera comenzado, no podría haber pasado en vano, lo que significaba que en esos diez años, todos y cada uno de los presentes se habían encargado de forjar una trayectoria propia en las distintas áreas a las que se dedicaban. Como ya venía siendo obvio, Karen Grandchester había continuado especializándose en la neurocirugía que fuese especialidad de su hospital, asumiendo el cargo como presidente del St. Paul Medical cuando Richard decidió que era tiempo de tomar un descanso y ceder el mando a su hija.

Graduada en psicología, Annie había continuado estudiando mientras laboraba a medio tiempo en una clínica de salud comunitaria, lugar donde una vez obtuvo un posgrado, se convirtió en médica, impulsando programas de ayuda y eventos de caridad que le valieron el convertirse en una de las psicólogas más demandadas. A diez años de haber comenzado con ello, la pelinegra estaba actualmente tomándose un merecido descanso, el cual empleaba para planear su boda y en medio de ello, terminar las negociaciones para hacerse con un espacio en el cual abrir su propio consultorio.

Siendo el orgulloso novio, no importando el deje de desaprobación que todavía recibiera de su cuñado, Archie se ganaba la vida como vicepresidente de la empresa en la que ya una vez hubiera laborado, pero para la cual no hubiera demostrado ser de mayor utilidad que un pisapapeles. Según su hermano, el castaño sólo necesitaba preparación y un poco más de confianza para ejercer debidamente su rol y es que, el puesto que ocupaba le había sido legado desde el mismo momento en que nació. Graduado en administración y con la certeza de que nadie podía hacerle menos otra vez, Archie no sólo descubrió que le gustaba lo que hacía sino que, en el proceso, encontró a la mujer con la que deseaba pasar el resto de su vida.

En el mismo riel de haber perdido sus sueños y regresado a ellos, se hallaba Anthony. El rubio no había creído que regresar a la abogacía fuese a ser del todo sencillo, no obstante, hasta antes de intentar volver, Anthony desconocía que ahora contaba con la recomendación de la fiscal Hamilton para ser admitido y que en compensación por el trato injusto que hubiera recibido del anterior decano, la nueva autoridad a cargo se encargaría personalmente de validar sus estudios inconclusos para que no tuviera que comenzar desde cero. De esa forma y con un máster acompañando su vuelta al juego, Anthony se recibió como juez, siendo su meta en la vida, que más hombres justos y honestos ocuparan la silla que habría decidir si un hombre era hallado culpable o inocente.

Finalmente, estaban Candy y Terry, dos jóvenes enamorados cuyo logro más grande en la última década no hubiera sido sólo el de convertirse en padres, sino también el de haber perdido el rumbo y regresado a él. Admitidos en la universidad, ella con estudios inconclusos que le permitieron continuar desde lo había dejado y él con todo un nuevo reto abriendo paso frente a sus ojos, Candy se licenció en el área de Diseño de Modas que tanto le agradara y Terry, él optó por poner en una nueva perspectiva sus sueños, aplicando al área de Arte dramático, donde descubrió su pasión como actor, pero sobre todo, como escritor de obras de teatro.

— Un brindis por nuestros mimados, porque esta primera década sea solo la primera parte de la larga historia de amor que comenzaron a escribir sin querer hacerlo — propuso Archie, apenas todos hubieron ocupado sus sitios en la mesa.

Levantando sus copas, Eleanor y Albert con cierta dificultad debido a los niños que mantenían entre sus brazos, todos brindaron a la salud de los enamorados, quienes terminaran complaciéndoles también, con una muestra de cariño que apenas duró. Sucedía, que apenas sus labios se rozaban y sus narices de encontraban, dos pequeñitos estallaban en suplicas para recibir mimos ellos también.

No cabía duda que aquellas criaturas crecerían convirtiéndose en dos adorables mimados, igual que sus padres, si bien Candy y Terry tenían en mente el criarlos enseñándoles que el dinero no lo es todo, que la realidad tiene un precio y que para ser felices, se necesita valor, pasión, esperanza y, por supuesto, amor.


Notas finales:

"Mimados y condenados" es la historia que más trabajo me ha costado terminar, quizás porque la persona que la inició no es más la misma que hoy viene a concluirla. A pesar de la tardanza, de las dificultades y las molestias que esto provocó, es un placer el poder cerrar este capítulo de mi vida y como ha sido en el pasado, siendo mucho más intenso en el presente, quisiera externar mi más sincero agradecimiento a todas las personas que me han acompañado en el camino hasta aquí.

A quienes estuvieron desde que la historia comenzó a ser publicada, a quienes aguardaron durante esos años en que ni ustedes ni yo sabíamos si habría un final y a quienes lleguen y encuentren este pedacito de azúcar protagonizado por dos imperfectos mimados… Gracias, muchas, muchas gracias. Con cariño, desde hoy y hasta siempre, JulietaG.28