"El poblado está a 10 minutos", dijo Alberta, recuperada, "debemos dejar los autos, en dónde no... los vean. "¿Sophi?", miró a Miss Sommers, "te quedas acá, con ¿dos?".
"No exageres. Soy de fuego, puedo protegerme. Uno, a lo más. Y máximo".
"Ok. Entonces, iremos en fila, en silencio. Y treparemos al primer edificio que veamos. Si no pueden entrar, pasemos al siguiente. Cosas portátiles... y sobrevivientes, si los hallan. No los mordidos, claro. Sé que suena cruel, pero no queremos... líos, no podemos ocuparnos de ellos, antes de nosotros mismos".
"Yo lo sabré, al verlos. Encontraremos la mejor manera de... liberarlos. Aunque suene cruel. O su próxima vida sobre la tierra... será mucho peor que el Cielo y el Infierno, juntos. Porque sus Almas verán y sentirán todo... lo que vive el zombie. No es lo mejor... ¿Cris?, flechas encantadas con fuego. Usa ramas, lo que sea. ¡El parásito le teme al fuego, estoy segura de eso!, puede, incluso, intentar retirarse, y al romperse el vínculo, el cuerpo puede, realmente, morir. Y no volverá a entrar. Directo al cerebro. Por los ojos o al cuello, si no puedes por los ojos. No son strigois, así que al corazón, no sirve".
"No será un placer, pero estaremos listos", dijo, tomando su arsenal.
"Que los Dioses del Cielo y la Tierra nos amparen", susurró Rose, preparándose.
"Recuerden, esto es la vida real", susurró Dimitri, ocultándose tras un muro, y mapeando las casas de la cercanía, a dónde arrojarían la cuerda, para trepar (secretos de guardianes, decía siempre).
"¿En serio, vaquero?, gruñó Rose, retrocediendo -bueno- a la otra Rose. "¿Y dónde crees que estuve viviendo, Disney?".
Pero era mucho peor que al inicio, cuando Rose estaba -en lo que ella llamaba, claro- trabajo de campo.
Primero, los más livianos -Rose entre ellos- treparon por la cuerda, hasta el poste y de allí, al techo más cercano.
Luego el resto.
Y retiraron las cuerdas del suelo.
Entre seseos -muy bajos, para no causar alguna vibración- señalaron las posibles rutas.
Cristian Ozera se parapetó en el techo, recolectando ramas y un gran arsenal -incluso, algunos fósforos- para hacer guardia.
Descendieron por altillos y ventanas de buhardillas. Caminaron en puntillas -de habitación a habitación. Cerraban, primero, las puertas y abrían las ventanas con muchísimo cuidado; para coger la cuerda y canasto -primitivo, pero efectivo- e ir cargando todo lo portátil que podían hallar.
Apenas había. Pero había, un poco de todo.
Los vegetales descompuestos -aunque desagradables- eran compostados por los usuarios de tierra, que manejaban -con los de agua- los cultivos.
La carne, era otra cosa. Alimentar a los pocos animales de granja -con eso- era una receta para el desastre. Así que sería carnada para atraer -e ir limpiando- de zombies. Al menos, en las zonas de paso.
"Algunos medicamentos, aún útiles", dijo Wanda, al volver al altillo -cargada de cosas- que subió a la canasta, y tiró de la cuerda.
"Latas de comida para gatos", dijo Yuri, y se oyó un miau, de respuesta, que los hizo reír. ¡Tenía toda una camada de gatitos, bajo su chaqueta!, "y gatitos, obviamente. ¡Son muy terapeúticos!", los defendió, acomodándolos -y a las latas- en el canasto. Menos a uno. Bicolor. ¡Una quimera!.
"Balas, ¡qué suerte!", dijo Alberta, "y tenemos de este calibre!".
"Alcancías con monedas. Es buen metal, ¿cierto?", asintieron. "Vamos moviéndonos. Hay... inquietud afuera. Grupos de sombras, yendo de allá para acá. Ánimas y de día claro. Nada bueno".
"Mantas livianas y algunas chaquetas", llegó Dimitri, con los brazos llenos. "Hay que marcar la casa. Hay mucho más. Pero no podemos demorarnos. Metemos mucho ruido... en tanto silencio ambiental".
"Sellemos las ventanas", dijo Alberta. "Así sabremos si nos topamos con los carroñeros".
Cuatro casas más tarde, decidieron que debían volver al camino.
Los muertos se inquietaban y parecían moverse hacia las casas en que llegaban, como por instinto... y olor a humanos vivos.
Además, tenían a 4 bebés y dos niñitos pequeños -casi muertos de hambre y pena- que requerían -urgente- de cuidados.
Afortunadamente, encontraron comida de bebés, aún útil. Y algunas barras de cereal y chocolates, que les dieron a los hambrientos niños. Luego, con un toque mental -de Cristian Ozera, que iba de techo en techo, con ellos-, y se durmieron.
Llenaron bidones con agua -algunas casas, aún tenían agua corriente- y subieron de vuelta..
"¿Cris?", susurró Rose, subiendo de las últimas, y cerrando el acceso, "cómo los ves?".
"Están demasiado inquietos. No he tenido que incendiar a alguno, aún; pero están peligrosamente cerca..."
"Ya nos vamos de vuelta. Tendremos que hacerlo de a uno, y con mucho cuidado", dijo Alberta. "O las cuerdas no resistirán. O los techos... Así que... Rose. Tú primero. Los puedes percibir. Lleva algunas cosas, pero que no te desequilibren. Suerte".
Rose se ató la cuerda de seguridad, y cruzó, sobre el sistema de cuerdas -tomadas del área de entrenamiento dhampir, obviamente- hasta llegar al otro lado. Luego, afirmó más los nudos y le dio un tirón, para avisar.
Wanda cruzó, con un bebé en cada brazo -sujetos en porta bebés- y dos bolsos de cosas.
Era realmente liviana.
Dejó las cosas y los bebés en las bolsas, tapados; y volvió a cruzar, para traer al siguiente grupo de niños. Y más mantas.
Cuando cruzó todos los bebés, Rose cruzó de vuelta, para permitir que lo hiciera otro.
"Dimitri. Eres de los más pesados. Anda. Cruza. Lleva cosas livianas, o las mallas no soportarán tanto peso". Dijo Alberta, y era verdad. Sus huesos grandes, eran muy pesados.
Así fueron pasando, hasta Rose, que soltó las cuerdas, y la subieron a la siguiente casa; silenciosa como un gato.
Hicieron el mismo proceso, casa a casa, hasta la primera. Y Cristian hizo señas, con una pequeña llamita, que fue respondido prontamente.
Arrastraron los autos, lo más cerca posible; e hicieron tirolesa -o algo así- hasta ellos.
Acomodaron las cosas y niños, lo mejor que pudieron, y ellos se reacomodaron; apenas.
"Ahora, a Sonja y Mikahil", dijo Rose, "Alberta, realmente los necesitamos".
"Hay pocas horas de luz, pero podemos hacerlo. Viven a 15 minutos -normales- de acá. Afortunadamente, encontramos algo de combustible".
"Vaciamos algunos autos del camino", reconoció Miss Sommers, "esos que vimos antes. No nos alejamos mucho".
"Todo vale, gracias", dijo Alberta.
En menos de 10 minutos -por un camino lateral, y aparentemente vacío- llegaron a una casa de cerca amarilla, llena de flores de temporada en el jardín delantero.
"Yo iré", dijo Alberta, "no espera... a todos":
"Voy también", dijo Rose, "Ella... no me espera, es cierto, pero... me creería si le digo que vengo por ella. Sabrá porqué".
Vigilaron todas las ventanas y Rose, adelantándose, llamó a la puerta.
"Sonja Karp, soy Rose Hathaway. Tenemos que hablar", susurró a la puerta.
Una rendija se abrió.
Allí, Mikahil Turner la miró, y tenía a un niño asustado entre sus piernas.
Atrás, Sonja observaba, con un bebé en los brazos.
"Sonja", dijo Rose, "te necesito en St. Vlad. Sé lo que eres. Lo que es Vasilissa. Y te necesito".
"Rose..."
"Soy la Regente Dragomir de St. Vlad... y la Gobernadora del asentamiento de Montana. Y te necesito. Necesito tus dones".
Mikahil abrió la puerta a ellas, vigilando los autos estacionados. Pero los saludó con una mano.
"Estás viva. Nunca lo dudé", susurró Sonja, acercándose, "¿Vasilissa?".
"En St. Vlad. Está... ocupada, usando un látigo y dando órdenes", sonrió Alberta, "es como Rose, pero en rubio".
"Sea lo que fuera que te torturaba, podemos controlarlo", dijo Rose, tomando sus manos nerviosas, "todo ha cambiado. Mucho ha cambiado... Vasilissa... ya no teme. Nadie se atreve a decir pío en su contra. Fuera lo que fuera, ya no es... me dijiste... que alguien iba por ti y por ella".
"Puede estar en las sombras, aún", temía.
"Ya sabemos el porqué. Es tu magia. Es fuerte y poderosa. Lissa te necesita. La doctora te necesita. Pueden haber más, y los necesitamos. Si alguien la quería, para controlarla, ya no está más. O podemos controlarlo. Ahora, el poder no está en las manos de la vieja edad".
"Lo tiene Rose y Dimitri", dijo Alberta. "Así que tomen lo que puedan, y vengan con nosotros. Acá... no es seguro".
"Ya no tenemos", reconoció Mikahil, abrazando a Sonja, "ni medicinas, o comida o nada. Apenas nos queda para un par de días. Y están más y más activos. Tengo miedo de salir... y no volver. O volver a cazarlos".
"Plata, metales, latas, mantas. Ropa de los niños. Medicinas. Agua. Por ahora", dijo Alberta, "marcaremos la casa, para venir por más cosas... ahora somos comunidad, les aviso. Todo es para todos":
"Bien por nosotros. Lo que hay es de la comunidad", susurró Sonja.
"Comenzará a atardecer, apúrense. Llamaré a los autos, debemos cargar y cruzar St. Vlad, para resetear los polos de la entrada, antes de que perdamos la luz. Sólo un momento", y Rose centró sus ojos en los ojos de cada uno.
Más y más adentro. Y sólo vio una cuerda de plata brillante, y al final, algo como un sol.
En Sonja, era algo más brillante aún. Su magia de espíritu.
"Están sanos, Alberta. Ahora, apúrense. Tenemos que irnos. Iré a vigilar la puerta".
"Eres más poderosa de lo que supuse que serías, Rose... Vlad decía que Anna era así. Llegó a ser muy poderosa".
"Y se supone que se suicidó".
"Iban a quemarla, por brujería. Pero no lo era. Huyó. Resbaló... y fue todo. Allí quedó. En el risco, en un lugar imposible de descender. Y allí está, aún".
El regreso a St. Vlad fue silencioso y algo pesimista.
Iban algo... apretados, y con demasiadas pocas cosas.
Sólo esperaban que los próximos recorridos, fueran más... beneficiosos.
La llegada del convoy de recuperación -con los sobrevivientes- fue redirigido, de inmediato; al área médica.
La doctora, Vasilissa y Deidre, se ocuparon de internar a los niños, a los bebés, y la familia de Sonja.
Además, la doctora revisó y escamoteó todo lo que le servía. ¡Incluyendo a los gatitos!; que debía vacunar, examinar, y tomarles sangre, para mezclar con los otros tipos, y congelar, para los pobrecitos morois.
Así que también se quedó con las latas de comida.
Le prometió a Yuri, riendo; que le devolvería a Quimera; que es como se llamaba, ahora.
"Nos faltan varias casas e ir vaciando las que ya revisamos... pero se inquietan mucho. Aunque no nos vean. Nos huelen. Nos perciben. Esperemos que no nos hayan seguido...o la pasaremos muy mal. En los próximos días".
"Confío en ti, Alberta. Y en Rose. Ahora, tenemos cosas que hacer. Tú y yo. Yo alojaré a la familia de Sonja conmigo, acá. Hay otro cuarto con baño. No es mucho, pero estará segura... y, en cuanto a los niños... una vez los... condicionemos y Deidre los prepare, iremos integrándolos de a poco. Buscaré el mejor -o mejores- tutores, para ellos".
"¿Vas a esterilizar a los gatitos?".
"Nop. Necesitamos más sangre. Mantener a los ratones a raya. Compañia... y algunas gotas de leche, si es que es compatible...¡lo sé, lo sé, ni yo lo haría en tiempos normales!, pero éstos no lo son, Alberta. Debemos aprender a sobrevivir y renacer".
Según el Canon, Sonja Karp se convirtió en strigoi, enloquecida por su magia.
Y en la edición aniversario, cuentan la historia de Tasha Ozera, y que estaba enamorada de un guardián de su familia, que murió en el ataque. Ella se juró que nunca más nadie -o nada- se opondría a que ella fuera feliz. Tatiana o Rose, mediante.
