CAPITULO 5: ¿Familia…?
Estaba aburrido.
Realmente agobiado.
Itachi siempre había sido capaz de controlarse, de hecho, era conocido por su habitual calma ante cualquier circunstancia, pero eso no quiere decir que esté libre de sentir las más mundanas emociones que todos pueden llegar a experimentar. Pensándolo bien, no se había sentido así en mucho tiempo, y eso, pese a todo, parecía perfectamente razonable. En esos momentos, no se veía asediado por continuas luchas que tenían su vida y objetivos pendiendo de un hilo, no había complots elaborados que desentrañar ni entrenamiento que ejercer… En pocas palabras, ahora no podía hacer nada de lo que, en su anterior vida, había sido una norma, y del mismo modo, tenía el tiempo para dejar que su estado anímico lo abrumara.
Hubiera querido suspirar de irritación, pero las escasas expresiones que dominaba apenas podían describir sus gestos de manera adecuada, su rostro se ladeo y miro la estancia en la que se encontraba a través de los espacios de los barrotes de su cuna; la luz natural proveniente de las ventanas cubiertas con cortinas mostraba lo tarde que era, el sol seguramente se estaba poniendo… otro día pasaba, y lo único que podía hacer en su rutina de recién nacido, era dormir y ser alimentado.
Estaba empezando a cansarse.
Su única distracción por el momento eran las voces de sus padres, que escuchaba la mayor parte del tiempo y que, desgraciadamente, solo lo dejaban con más dudas. Pero, si de algo estaba seguro, era del hecho de que no había vuelto a la misma dinámica de aldeas y ninjas… no, era una extraña paz, donde hasta ahora, no había escuchado ni atisbo de misiones o sentido la energía vital que todo ser posee, el Chakra.
¿Por qué todo tenía que figurarse tan irreal?
Este mundo parecía demasiado acogedor para no ser algo de lo que desconfiar.
En conclusión, para Itachi, su experiencia en la vida demostraba las pocas expectativas que podían surgir de todo lo que ahora acontece. Cerró los ojos y negó con la cabeza en un movimiento torpe e inarticulado, para después volver a inspeccionar su entorno; las paredes de la guardería eran de un suave color celeste, con un piso de madera oscura que combinaba perfectamente con los tonos más claros que también se encontraban en las secciones que estaban cubiertas por alfombras con forma de gato, su propia cuna poseía un diseño de decoraciones talladas en la madera y los cajones.
Pequeños osos sobresalen de las estanterías y a lo lejos, en lo que se figuraba como una cesta de juguetes podía ver las figuras de peluches sobresaliendo, extrañas formas de hombres vistiendo lo que serían vestimentas tan llamativas como las de algunos ninjas que había conocido. Las paredes se encontraban cubiertas de cuadros, y lo que suponía, eran extraños juguetes para bebés se encontraban ensamblados en algunas secciones del piso.
Qué curioso.
Era un cambio extraño, pero no menos bienvenido, el aura se sentía cálida y libre de trampas ninja o sellos para ocultar secretos familiares; atrás quedaron los estilos tradicionales que habían predominado en su casa en el complejo Uchiha, todo tenía un tono más colorido que hacía difícil pasar por alto cada una de las cosas que lo rodeaban. Su atención se vio repentinamente secuestrada por el sonido de pasos arrastrados, la voz calmada y levemente rasposa murmuraba algo que no pudo adivinar, antes de que el sonido de una puerta abriéndose hiciera que su rostro se ladeara en curiosidad, la figura cansada de su padre omega se dejó ver en el umbral de la puerta.
Agradeciendo mentalmente la ubicación de la cuna, que le daba una buena vista a la entrada de la habitación, se mantuvo quieto, su mirada detallando la figura del pelinegro y tratando de clasificar a lo que se dedicaban sus nuevos tutores.
No había nada distinguible.
El hombre que se acercó con paso lento seguía viéndose como lo había hecho en la última semana, un rostro cansado, con una postura firme pero que detalla que recién se había levantado; sus manos se movieron con calma y maniobraron con la familiaridad que le daba la rutina de días anteriores mientras lo llevaba a sus brazos e iniciaba el agobiante proceso de alimentarlo.
A pesar de su renuencia a la situación, aceptó pasivamente su destino, en contraste con las ocasiones pasadas.
Tal vez fuera algo dramático, pero ser un hombre de veintiún años, prácticamente independiente desde los siete, y un asesino experto la mayor parte de su vida, le brindaba la excusa perfecta para enojarse con ser alimentado con un biberón. "Hoy estás tranquilo, chico". El murmullo proveniente de la figura a su lado comenzó como siempre y dedicó su atención totalmente a las palabras ajenas.
"Tu ruidoso padre aún se encuentra en la estación, regresará pronto, sus patrullas ya se reprogramaron, así que tendremos a esa cacatúa demasiado alegre rondando por aquí". Los indicios de una sonrisa se curvaron con sarcástica alegría, los rasgos severos y en su mayoría reservados que había llegado a conocer mejor, se relajaron en una faceta más expresiva, aunque seguía conservando la fría y apática personalidad.
"Es extraño no estar hasta el borde de trabajo…". Eso simplemente verifica lo que la apariencia cansada le decía, muchos Shinobi tenían el mismo aspecto cuando se sumergían arduamente en sus asignaciones, la mayoría de las misiones tomaban tiempo y la capacidad de estar alerta en todo momento, difícilmente se podía descansar. "Tal vez debería llamar a Tsukauchi, puede que tenga algo que pueda investigar desde casa". Cerró los ojos y siguió escuchando, esa no era información nueva, desde que llegó a este extraño mundo había sido constante la forma en la que se referían a sus labores, y lo adictos que eran ambos a los mismos.
Lo que más quería saber en esos momentos eran las connotaciones que venían con ello.
Tenía mil preguntas que esperaban ser resueltas y ningún medio para descifrarlas.
Simplemente maravilloso.
"Las clases acabaron hace poco…". Un sonido de satisfacción resopló desde el interior de la garganta del pelinegro mayor, un ronroneo por lo que podía adivinar. "Esos mocosos serán buenos héroes". La declaración fue tranquila, una certeza que solo un maestro altamente involucrado en el desarrollo de sus estudiantes diría, sin temor alguno a equivocarse. Por un momento se detuvo a procesar las palabras ajenas, estudiando su significado y buscando alguna alternativa a lo que se decía.
No encontró ninguna.
Y eso era simplemente ridículo.
En cualquier y retorcido mundo en el que se encuentre… los héroes no existen.
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Un suspiro abandonó sus labios, sus hombros se desplomaron dejando que la postura tensa en su cuerpo se relajara por unos segundos. Su mano derecha se movió lentamente hasta situarse en su cabello, los dedos se enterraron en la textura singular de sus negros mechones para desordenarlos aún más de lo que normalmente se encontraban. Los pensamientos fluyeron de manera rápida y sin detenerse, algo que siempre hacía cuando se sentía sobrepasado por la situación, ahora en cambio, lo encontraba un hábito agotador.
Shouta nunca había sido bueno con las emociones, y la constante preocupación por el bienestar de su hijo tenía todos sus sentidos en alerta. Desde su nacimiento, se sentía responsable por haberlo puesto en peligro, y aunque sus pensamientos no fueran realistas, porque sabía conscientemente que no era su culpa. Eso no quitaba que sus arraigados instintos omegas le incitaran activamente a acechar cada rincón de su propio hogar para disipar sus dudas, la lógica avalando la situación por los muchos peligros que puede haber en las cosas cotidianas que normalmente no serían un problema para un adulto.
Su aguda vista, entrenada para captar los más leves indicios de peligro en el mundo subterráneo de los héroes se centró únicamente en los alrededores de la sala de estar. Los enchufes que habían reemplazado hace unos días estaban debidamente colocados, las rejas de seguridad se encontraban instaladas y todo objeto potencialmente peligroso fue retirado sin dejar rastro, todo era completamente seguro.
Un murmullo de asentimiento se deslizó en una voz apenas audible para sí mismo, sus dientes atraparon la parte inferior de los bordes resecos de su boca mientras inspeccionaba una vez más el lugar, su mirada encontrando los grandes y curiosos ojos de su cachorro desde el corralito que instalaron en el momento que vieron como él bebe de seis meses comenzaba a querer levantarse. Los libros para padres que Hizashi leía también le habían servido de ayuda, las guías sobre el desarrollo de los niños a esa edad fueron muy útiles.
Pero no parecía hacer nada con sus preocupaciones.
Tenía que admitir que Tensei estaba en lo cierto, la paternidad es dura pero, gratificante. De todos modos, su amigo había estado cerca de un cachorro y una omega altamente preocupada cuando su propia madre había tenido a su hermano menor. Una sonrisa sincera se extendió por la comisura de sus labios al pensar en ello, y negó con la cabeza descartando por un momento sus anteriores pensamientos, al mismo tiempo que caminaba hacia su hijo para después levantarlo en brazos, acunando la pequeña forma junto a él. "Tensei vienen el próximo fin de semana, seguro trae a Tenya también". Las palabras dichas a un volumen moderado resonaron en la habitación ocupada únicamente por los dos, la falta de canciones de moda y susurros melódicos se dejó sentir.
Por un momento extraño la presencia del rubio alfa, a pesar de que sus horarios se encuentren más flexibles la carga laboral seguía presente, en especial ahora que Present Mic volvería a patrullar nuevamente; el mismo estaba retomando lentamente su puesto como docente en U.A. y, al mismo tiempo, equilibraba sus horas en el cuidado de su hijo. Comenzó a caminar, arrastrando los pies descalzos por el piso de madera, se movió entre los sillones hasta situarse en uno de ellos para relajarse, una posición cómoda que usaba algunas veces para dormir, su cabeza chocó con una de las almohadas en los apoyabrazos y sus piernas se extendieron a lo largo, el cachorro firmemente sujeto en sus brazos.
Su rostro se inclinó, lo suficiente para rozar con la nariz el suave cabello que empezaba a crecer en la frágil cabeza del niño. La sonrisa que tenía en los labios era algo pequeño y privado, más una mueca que expresaba verdadera felicidad mientras se tomaba un tiempo para pasarlo en la calmante domesticidad que pocas veces se daba el lujo de aprovechar. El joven empezó a ronronear, un sonido retumbante que vibró desde su pecho otorgando la tranquilidad que típicamente podían transmitir los omegas, atención únicamente consumida por la personita en sus brazos.
Era interesante apreciar como la curiosidad de su hijo parecía tan notoria, siempre podía encontrar al menor concentrado en los objetos desconocidos o mirando atentamente tanto a Hizashi como a él mismo, recordó con una alegre satisfacción la noche anterior, cuando su cachorro había logrado alcanzar los guiones de radio que el héroe rubio había estado repasando para los programas que se presentaba. Fue una suerte que los papeles no se hubieran dañado, pero, el rostro cómicamente desesperado por encontrar las pautas fue una vista realmente agradable.
En ese instante no pudo ocultar la característica e inquietante sonrisa que normalmente daba a sus alumnos.
Lo que paso después, se podría clasificar como una extraña caricatura, una divertida comedia por las mejillas infladas y la actitud de niño con la que se comportaba su alfa; los pucheros que hacia siempre lograban aplacar su propio humor negro, sacando un lado más amigable que solamente los verdaderamente cercanos a él habían visto. Algunas horas de arrumacos después, el fingido llanto de su esposo fue reemplazado por una expresión de ternura en conjunto con un ronroneo fuerte y retumbante.
Su hijo hace horas se había quedado dormido, protegido entre ellos.
La imagen que conformaban era la de una verdadera familia, y eso se sentía bien en el fondo de su alma.
Una parte de sus instintos lo apreciaban profundamente.
Ser un omega puede significar muchas cosas, en su sociedad que se basaba principalmente en los estereotipos muchas de ellas no son alentadoras para esa pequeña parte de la población, desde la discriminación peculiar hasta el trato a los omegas. Para él, lo que otros pueden llegar a pensar no era importante; algo que era visible en su desaliñado vestir o su actitud que para algunos rayaría en lo desinteresado.
Shouta no es ningún tonto, es muy consciente de la forma en que gira el mundo y, aun así, aprendió a desafiar las tradicionales actitudes, ver más allá del cuadrado mental donde se encierra la mayoría, así como las capacidades útiles que todos pueden tener, razón por la cual se aseguraba de ser eficiente en todo campo que desempeñase.
Sea familiar o heroico.
El reconfortante toque de una mano en su rostro, el agradable y dulce aroma que asociaba con su hijo, y los pequeños sonidos que escapan en ininteligibles balbuceos lo sacaron de sus cavilaciones. "Itachi… ¿Tienes hambre?". Parpadeo, sus ojos estudiando los movimientos suaves que las diminutas extremidades hacían, el cachorro en sus brazos lo miró con una inteligencia notable que difícilmente era visible en niños tan pequeños, siempre alerta en su entorno.
Curioso, algo que algunas veces le hacía preguntarse si solo era su imaginación, de todos modos, no era ningún experto en el ámbito de los niños, recién estaba aprendiendo. En los últimos meses, había entendido que esa era la normalidad en torno al infante, y aunque le pareciera intrigante decidió dejar de lado sus preocupaciones infundadas.
No había nada de malo.
Era feliz con su familia.
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"Vamos… ¡Ven con papá, ven!". Los movimientos ansiosos de las manos contrarias acompañaron cada una de las palabras expresadas con fuerza, los extraños ojos verdes seguían brillando con un entusiasmo difícil de dejar pasar, mientras que el gracioso bigote rebotaba en sintonía con la sonrisa que plasmaba los labios del rubio. Si hubiera una palabra para definirlo sería entusiasta.
A lo largo del último año, había sido así, fácil de encariñarse con la personalidad de ambos nuevos padres; desde el amor por los gatos de Oka-san, hasta la fácil expresividad de Oto-san. Pero del mismo modo, el cruel y persistente sentimiento de culpa y fracaso asolaba sus recuerdos… fallo en muchas cosas, de las cuales, no poder proteger lo que más le importaba era el mayor de sus pesares.
Era algo que nunca olvidaría.
Lo perseguiría por mucho tiempo, como un cielo oscuro sobrepuesto en su vida, carente de estrellas que brillan obstinadamente en el firmamento… solo la infame sensación de derrota deslizándose en su piel como una manta que lo cubre todo.
Sus ojos se cerraron y su cabeza se inclinó hacia adelante, el corto cabello negro que recién empezaba a crecer no era suficientemente largo para mantener las emociones que se plasmaba en su rosto de manera oculta, sus labios se separaron con un pequeño suspiro que apenas pudo contener por su estado emocional. Volvió a la realidad cuando uno de los gatos que vivía con ellos se asomó furtivamente desde detrás del sofá para saltar y empezar a empujar una de las pelotas que estaba a su alrededor.
Una pequeña risa, escasamente escuchada en su persona, escapó de sus labios de manera inesperada. Sus pensamientos regresaron con su actual familia, las limitadas opciones informáticas a las que se veía expuesto solucionaron algunas de sus inquietudes, y generó muchas más. Desde el hecho de que sus padres eran héroes, hasta la existencia de peculiaridades, todo resultaba en un nuevo matiz inesperado; hace mucho tiempo, cuando viajaba por el súper-continente de los países elementales como un ninja renegado había podido apreciar cosas raras, el mismo mundo en el que había vivido tenía sus inquietudes, desde técnicas prohibidas hasta hombres con rasgos de tiburón o serpiente.
Las peculiaridades parecían tanto Kekei Genkai, podía decir que era al menos un poco reconfortante la familiaridad que se generaba en ese ámbito.
Tal vez, incluso estaba en una versión del futuro de su propio mundo.
No.
Movió su cabeza en negación a esa línea de pensamientos, todo era demasiado absurdo y aún no tenía el conocimiento necesario para poder sacar sus propias conclusiones.
Su mirada se centró nuevamente en el alfa, haciendo los típicos gestos para incentivar a un niño a caminar; su ceño se frunció levemente, pero en su infantil rostro de un año de edad, esa mueca resultó de una forma adorable que no esperaba en lo más mínimo. El adulto frente suyo dejo caer los hombros y suspiró dramáticamente sentándose en el suelo derrotado, sus ojos siguieron el movimiento y soltó un gemido de frustración, esto era ridículo.
A pesar de haber pasado tiempo de esa manera, aun le costaba acostumbrarse a revivir sus días de infancia; tal vez en un tiempo pasado, antes de toda la debacle que era su vida, le hubiera ido mejor fingiendo, pero ahora, ahora simplemente estaba demasiado cansado de todo, no quería sentirse débil y esa era su realidad en esos precisos momentos.
Débil significaba derrota.
La misma debilidad que impidió salvar a su clan y causó tanto sufrimiento en Sasuke.
Una desesperación tan absoluta que no deseaba.
Su cuerpo se estremeció inconscientemente, sus labios se separaron con el indicio de un grito en ellos, pero tan rápido como llegó, se silenció dejando a su paso solo el más escaso rastro de un gemido. Sus ojos volvieron a enfocarse mientras trataba de olvidar el recuerdo de sus fracasos, porque a pesar de contar con todos los méritos de un ninja y haber mantenido vivo a su hermano, nada de eso compensa la horrorosa verdad de sus acciones y el odio en los ojos de una de las pocas personas valiosas que le quedaba. Una mano acaricio su mejilla y limpio las lágrimas que habían estado allí solo unos segundos antes, sus negros orbes fijaron la figura sonriente de su padre, una expresión que estaba destinada a calmar sin importar los problemas.
Que extraño.
"Dear, tranquilo… todo está bien". El tono más suave de lo usual solo sirvió para enfatizar los sentimientos detrás de las palabras combinadas que solía usar el hombre, un ronroneo retumbante lo acompañó como un pacífico bálsamo tocado desde el fondo del corazón. El aroma calmante le hizo cerrar los ojos cuando el mayor lo levantó en brazos apoyado contra su pecho en un intento de brindar confort.
"Shou volverá dentro de poco, vamos a esperarlo juntos… Mmm, ¿Qué tal si te canto algo?". Los brazos lo mecieron suavemente, la melodía cuidadosamente entonada distrajo sus pensamientos, podía sentir al contrario pasear suavemente por la sala de estar, el juguetón maullido de los gatos acompañando su recorrido, en una escena que resultaba demasiado hogareña para los estándares a los que estaba acostumbrado.
La, la, la, la, la, la…
Lulla-lulla-lullaby
little baby don't you cry.
Contra todo pronóstico se sintió completamente sereno.
Por un momento, pudo olvidar el pasado y centrarse en el ahora.
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Las lágrimas se deslizaron por sus regordetas mejillas, su mirada estaba oculta tan fuertemente detrás de sus parpados que el dolor empezaba a embargar sus oscuros orbes, las suaves mantas debajo de su cuerpo se arrugaron entre el fuerte agarre de sus pequeños dedos mientras trataba de borrar las imágenes que hasta hace algunos momentos inundaron sus sueños, un sonido ahogado quedó atrapado en sus labios y movió su brazo derecho para cubrir la deplorable vista que significaba su rostro.
Tres años, tres largos años donde sus acciones lo perseguían.
Las pesadillas eran tan recurrentes.
Las odiaba, pero siempre habían sido una constante, aun cuando este mundo estaba tan lejos de todo lo que conocía. La sensación viscosa de la sangre entre sus dedos aún permanecía en su memoria, el adormecimiento emocional que lo embargo mientras entregaba su último informe al Hokage, y el desgarrador dolor en los jóvenes e inocente ojos de su hermano, todo era parte de una historia que se adhería a su piel como una sanguijuela.
No lo negaría, porque eso nunca era una solución.
Además, tenía una lista de crímenes que era tan aterradora e imposible de olvidar, incluso mucho antes de unirse a la organización de Akatsuki, ya contaba con la espantosa experiencia de extinguir una vida, y nada cambiaría eso, ni siquiera el hecho de que todo fue en nombre de proteger la voluntad de fuego.
Siempre sería tachado como un criminal y, aun así, después de tantos años de saberlo, dolía como si fuera la primera vez.
Era irónicamente gracioso que esta vida le diera padres que son héroes, mientras que alguien como él, sería catalogado como un villano a simple vista si se supieran sus acciones. Al principio, le había costado entender los extraños conceptos, en el mundo ninja, la lealtad es lo que define a un individuo, estar afiliado a una aldea significa ser aliado u enemigo de otra.
No hay héroes o villanos per se.
Todos, independientemente de su edad, cometen actos por los que en este lugar serían clasificados como delincuentes, los ninjas llevan sobre sus hombros el peso de la seguridad de su hogar. Mantener una aldea libre de enemigos significa muchas cosas, un Hokage debe mantener la cabeza fría, ante todo lo que acontece y muchas veces tomar decisiones que afecten a otros o causen la muerte de muchos.
En su opinión, los ninjas se encontraban en un punto diferente con respecto a la moralidad.
Aquí en cambio, según todo lo que podía entender por las palabras de sus padres y la bendita libertad de información que se puede encontrar en una computadora, los 'héroes' protegen sin excepción y hacen cumplir las leyes, no están sujetos por los códigos que regían su antiguo hogar, donde una misión dicta quienes serán tus próximos objetivos.
Un suspiro tembloroso abandonó sus labios mientras buscaba regular su respiración.
Bueno, eso era otro suceso en el que pensar más adelante, se dijo. No fue una sorpresa descubrir cómo los cambios diferenciaban un lugar de otro, decir que a lo largo de los días había atado cabos, sería una afirmación acertada. Tomó aire y exhalo, el pánico comenzó a desvanecerse mientras recuperaba la compostura perdida por los recuerdos.
Sus extremidades se movieron despacio hasta sentarse en la suavidad de la cama con las piernas extendidas a lo largo del cómodo colchón, se inclinó para apoyarse en el respaldo manteniendo la posición en la que estuvo por unos segundos, relajándose con la tranquilidad de la soledad y el silencio. Solo después de unos escasos minutos giró su rostro al reloj de pared, confirmando que sus suposiciones eran correctas, era demasiado temprano para que las personas empezaran a despertar.
Aún era de madrugada.
Se deslizó por las sábanas hasta que las plantas de sus pies tocaron el suelo frío, la escasa estatura que poseía apenas le permitió alcanzar la perilla de la puerta. La orientación no fue un problema cuando cerca de la mitad de su vida tuvo que sobrellevar la ceguera que se apoderaba de sus ojos lentamente; avanzó unos pasos, apenas lo suficientes para llegar a la sala del apartamento donde residían.
Fueron escasos segundos los que tardó en buscar el interruptor de la luz. Cuando la estancia se vio iluminada, su rostro inexpresivo estudió el lugar con detallado interés. A diferencia de las mañanas, el piso se encontraba libre de juguetes, sin ninguna clase de ruido que reinase en el lugar y solo acompañado de la presencia durmiente de los gatos en el sillón, era agradable.
Cuando su mirada captó el lugar que Oka-san utilizaba mayormente para dormir mientras trabajaba, se movió sin siquiera darse cuenta. El alféizar interior de la gran ventana que daba a la calle había sido adaptado con unas almohadas y una gruesa manta de lana, un lugar agradable para disfrutar de las vistas mientras se trabajaba o leía.
Justo lo que necesitaba en ese momento, porque no creía que pudiera volver a dormir pronto.
Sus pasos lo llevaron a trasladarse la escasa distancia que lo separaba, fue un momento rápido que después lo dejo pensando como trepar por el lugar.
Las pequeñas manos se alzaron para sujetarse de la superficie y escalar por la pared. Fue un esfuerzo mayor del que hubiera necesitado normalmente, pero lo logró, a pesar de carecer de la fuerza para muchas cosas en esos momentos, Itachi se complació al saber que al menos podía subir la corta distancia que lo separaba de la vista de la calle.
Se instaló apoyándose agradablemente en las almohadas, la ventana estaba firmemente encerrada gracias a la facilidad con la que se puede acceder a ella, y evitando el riesgo de que pudiera abrirse. Sus piernas se doblaron por las rodillas y las acercó a su pecho mientras sus brazos las rodeaban en un firme agarre. Su mejilla apoyada en la luna mientras sus ojos estudiaban las formas de los edificios y las sombras que las luces de los postes creaban.
Fue relajante.
No sabía cuánto tiempo permaneció en esa posición, pero podía apreciar como el cielo se iba aclarando poco a poco. Lo primero que notó fueron el retumbar de pasos que se escuchaban más fuerte por la falta de ruidos, cuando la puerta de la entrada principal se abrió reveló a uno de sus padres que recién llegaba.
Oka-san no estaba en casa.
Pudo ver el preciso momento en el que los ojos irritados por la falta de sueño se fruncieron, hubo un instante en el que supo que el mayor estaba estudiando la habitación, hasta que la cansada mirada se situó en su persona, los hombros cayeron y el omega se relajó visiblemente, los indicios de un ronroneo se podían escuchar desde su ubicación. Con un suspiro el hombre terminó de ingresar en la sala.
Sus ojos siguieron las acciones del contrario mientras se quitaba las botas, uno de los gatos había despertado y se acercaba para unas caricias que fueron entregadas sin la menor duda. Las ropas que llevaba el otro pelinegro eran extrañas, no tanto como lo serían las de su otro padre, pero, aun así, todo gritaba traje de 'héroe'. El conjunto negro, unas gafas amarillas posadas en su cabeza y una gran bufanda blanca envuelta en el cuello ajeno, de alguna manera sentía que era algo más basado en ataques furtivos.
No poseía toda la extravagancia de otros trajes que normalmente veía por la televisión.
La postura del mayor también era algo para tener en cuenta, aunque no se equiparaba con las de ninja clase S, era visible que se encontraba en un estado de reposo que pasaría a la acción en cuestión de minutos.
Por algo él mismo era un ninja hábil, muy pocas cosas escapaban de su atención.
Itachi nunca debía ser subestimado.
Aun cuando se encontraba en esta situación.
Pero eso parecía ser diferente en este mundo, al menos, así era como lo veía el veterano atrapado en un cuerpo infantil. Cuando se trata de niños de su edad actual, nada parecía igual a lo que había vivido, en especial porque no se le exigía entrenamientos o alguna forma de preparación para la inminente lucha.
Una parte de él, el lado que representaba a un guerrero curtido por los años extrañaba la rutina que se había vuelto parte de sí mismo, la costumbre en cada movimiento, la familiaridad del filo de un kunai, o la simple certeza de su Chakra fluyendo ante un símbolo de manos.
Era un pacifista de corazón, pero nunca imaginó que sería tan complicado, para alguien criado entre guerras, vivir en un mundo carente de ellas. Desde la primera vez que experimentó un campo de batalla y la realidad de lo que trae la violencia entre naciones, había buscado oponerse a ella, pero, la verdad era que nunca podría imaginar cómo existir sin todo en lo que consistía.
La idea de la paz era atractiva. Un sueño por el que luchó en su tiempo, algo para que su hermano pudiera apreciar, un regalo que esperaba en algún momento Sasuke pudiera llegar a experimentar, porque el odio y la guerra solo trae dolor.
Ahora, sin embargo, no podía saber qué fue de Konoha o de su pequeño hermano…
No tenía nada.
Solo lo desconocido de una nueva vida.
¿Cómo vivir sin las continuas misiones?
¿Qué hacer cuando entrenar no es una opción?
¿Co-como avanzar hacia adelante con todo lo que su pasado traía?
Porque, cuando los hábitos están tan arraigados, es difícil dejarlos.
Su mente borró esa línea de pensamientos antes de que volviera, el auto-control de sus emociones volviendo a forjarse como un muro impenetrable; los sentimientos que rozaba sus sentidos se asentaron en lo profundo de su ser para mantenerse reprimidos tanto como fuese posible, prefería no lidiar con ese tema tan pronto.
De todos modos, enterrar toda esa carga ya había funcionado antes, cuando interpretaba el papel en Akatsuki, solo esperaba que sirviera ahora.
"Es tarde… deberías estar en la cama". Las palabras rompieron el mutismo en la habitación, el hombre pelinegro suspiro mientras se acercaba, sus labios se separaron para responder a la declaración del mayor cuando sus palabras se vieron interrumpidas por las manos que lo levantaban de su lugar. Se aferró a la ropa oscura y levantó la mirada para ver las expresiones en el rostro ajeno, por lo que podía apreciar, no estaba decepcionado por su desobediencia ni enojado con él.
Solo preocupado.
"Kaa-san". Murmuró, esforzándose para que las palabras salieran lo más entendibles posibles, su limitado vocabulario mejoraría con el tiempo, pero era realmente incómodo cuando no podía darse a entender a los demás por su característica torpeza infantil. "mira fuera". Las palabras fueron acompañadas por una mano que señalaba a la ventana como una confirmación de su frase.
"Si, pero deberías estar durmiendo… ¿no tienes sueño?". Negó lentamente mientras sus ojos no dejaban de seguir al contrario que lo tenía aun en sus brazos, sus pequeños dedos fueron a acariciar la textura de la bufanda con curiosidad. Otra de las cosas de tener el cuerpo de un niño pequeño, a pesar de las recurrentes siestas y la dificultad para hablar, era que se distraía con frecuencia, una extraña incomodidad que no apreciaba.
"¿Una pesadilla? ¿Quieres decirme?". Otra negación, esta vez un poco más rápida de lo previsto, mientras apoyaba la cabeza en el pecho ajeno, sentir los latidos del corazón del mayor era algo realmente agradable, una de las pocas cosas que disfrutaba de este mundo, las manos lo siguieron rodeándolo en un agradable abrazo, llevándolo por la estancia en un paseo calmado. "Mm… ¿Qué tal si tomamos algo... y después a la cama?". El rostro cansado pero afable transmitió un cariño incondicional, fue un agradable giro después de haberse sumido en las profundidades de sus pensamientos, asintió a las palabras con un movimiento de cabeza un poco más tranquilo.
Por ahora… disfrutaría de la atención y el cariño expresado.
Extrañamente, empezaba a sentirse muy relajado en torno a sus padres.
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Hizashi estaba preocupado.
Desde que se convirtió en padre ha intentado hacer su mejor esfuerzo para ser un buen modelo a seguir en su hijo. La labor de criar a un niño era ardua pero gratificante con cada logro de su cachorro, y algo que verdaderamente disfrutaba. Pero lo que causaba una gran preocupación era lo tranquilo y callado que era Itachi la mayor parte del tiempo, no había berrinches o rabietas, los estados de ánimo de su hijo siempre eran calmados y nunca tenía interés en los juegos. Al principio, creyó que solo le faltaba un poco más de socialización, interactuar con niños fuera de su círculo social que eran mayormente adultos y, aunque la continua presencia de Tenya era agradable para Itachi, siempre se comportaba como si fuera el mayor entre los dos infantes.
Era un desarrollo curioso.
Pero ahora, después de que lo inscribieron en el jardín infantil el año pasado, eso no había cambiado, y aunque sus maestros siempre les decían que era un aprendiz rápido y un buen alumno, podía ver que el niño carecía de amigos. Sus compañeros habían intentado relacionarse con él, pero cada vez que intentaban jugar, su cachorro parecía incapaz de poder entender lo que pasaba, o prefería mantenerse alejado de todos.
Un profundo suspiro abandonó sus labios, tal vez su hijo solo necesitaba conocer verdaderamente a las personas antes de entablar una amistad. Algo similar a lo que Shouta había pasado, una sonrisa tiró del borde de su boca al recordar lo evasivo que había sido el pelinegro cuando él lo perseguía para charlar, compartir almuerzos o simplemente pasar el rato.
De todos modos, al haber cumplido los cuatro años hace solo unas semanas empezaría a mostrar su peculiaridad en algún momento y, si sabía algo era que a todos los niños le emocionaba, eso era un don. Algo que todos los infantes adoran compartir o presumir, en especial porque soñaban con ser héroes en el futuro.
Quizás, eso le ayudará a salir de su caparazón.
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Habían pasado cuatro años desde que llegó a este nuevo mundo tan diferente del que conocía. Al principio no sabía cómo proceder en la dinámica familiar que llevaba su casa, pero después del tiempo transcurrido decidió esperar y ver, ser un espectador en todo lo que lo rodeaba y descifrar cuál sería su papel en esta era moderna plagada de héroes y villanos. Tal vez tendría que preocuparse de otras cosas, pero por ahora, con su limitado repertorio de habilidades, incursionaría en la simplicidad de existir sin expectativas de clan o el peso de ser designado como renegado de su aldea.
Durante un tiempo funcionó.
Sus padres no eran conscientes de sus recurrentes pesadillas, donde los gritos eran contenidos en su garganta y el llanto nunca llevaba a romper la tranquilidad de la noche; el uso de la computadora era una ventaja cada vez que tenía la posibilidad de utilizar la de ambos héroes, aunque con el tiempo había aprendido a mantener esa misión en secreto mientras ambos hombres estaban distraídos.
Los artículos de periódicos, noticias e inclusive la radio estaban plagados de la positividad de los héroes, había tanta propaganda que se mostraba en torno a esa profesión que había llegado a recordar algunas de las tácticas que su propio mundo usaba para difundir e incentivar a los civiles a inscribir a sus hijos en la academia ninja. Durante la guerra había sido más notorio, ya que la aldea necesitaba soldados capaces para defender sus fronteras de la avaricia de otras naciones elementales.
Ahora en cambio, no era para mandar a los niños a pelear, sino para crear un ideal en la mayoría de la población, ser héroes es la profesión perfecta donde puedes contribuir al bien de la sociedad. Esa era otra cosa de la que pensar, este lugar tenía una amplitud realmente grande cuando se trataba de la edad, mientras que a un genin se le consideraba adulto independientemente de cuántos años tuviera, razón por la que él mismo había ido a una multitud de misiones antes de llegar a los diez años; aquí se considera adulto a una persona a partir de los dieciocho años.
Y muchos países hacían lo mismo.
Curioso.
Realmente intrigante.
Por otra parte, sus padres eran realmente agradables, un alfa alegre y bullicioso la mayoría de los días, donde la música bailaría un compás a su ritmo, con pequeñas cualidades que lo hacían recopilar más información, en primer lugar, el rubio utilizaba su don solo en medios controlados y muy pocas veces en su propia vivienda, además que, para ser un alfa encontraba que el carácter amigable y social era prácticamente una segunda piel.
Hizashi muy pocas veces dejaría la alegría fuera de su carácter.
Tan distinto de los alfas que había conocido en su propia realidad. Era ocurrente como, lo que creía eran realidades diferentes tuvieran un punto en común como las dinámicas, pero bien, esa era solo otra de las rarezas del lugar que ahora habitaba. Shouta por otro lado, tenía un carácter reservado que muchas veces podía rayar en los límites de la severidad, algo que le era conocido y lo cual extrañamente apreciaba, pero aun cuando en la superficie pudiera parecer realmente apático, el omega tenía un lado más suave que rara vez se dejaba ver, al menos en las personas que no pertenecían a su círculo interno. Para la familia, era algo muy distinto, el recuerdo del héroe acunándolo en sus brazos para que duerma se destacaba de manera resplandeciente. Su peculiaridad era otro asunto, la primera vez que vio los ojos rojos, una sola palabra cruzó su mente, Sharingan.
No era igual, era una peculiaridad totalmente diferente, pero no quitaba el hecho de que la idea de su propio Dojutsu le causaba un extraño malestar, después de tanto tiempo, estaba perdido para sí mismo.
Porque según todo lo que aprendía sobre peculiaridades, y todo lo que sabía de los Kekei Genkai, no podía formular una hipótesis sobre lo que recibiría como don, o si siquiera recibiría uno.
Un pensamiento muy incómodo que no deseaba tocar.
Volviendo al presente, el tiempo trae cosas diferentes y el cambio es constante en las personas; no tardo mucho para que ambos atentos padres se dieran cuenta de que había algo en su comportamiento, y eso se notó con la constante atención que empezaron a procurar, aún más de lo que ya hacían.
Para alguien que había vivido como un asesino prófugo y ninja renegado durante mucho tiempo, era agobiante.
Un suspiro salió de sus labios, y sintió como si desde su llegada esa acción se había vuelto más recurrente en su persona, la vista de las calles desde la ventana del auto era de un vecindario tranquilo, podía ver a las personas caminando, ninguna de las cuales llevaba aditamentos ninja o bandas de aldea. Los edificios crecían por lo alto y los establecimientos de ventas tenían todo tipo de cosas para comprar, la música de la radio se perdía en el fondo mientras que la voz de su padre era un acompañamiento agradable en el camino al jardín de infantes.
"¿Estas emocionado?, volverás a ver a todos tus compañeros, eso será muy emocionante". Había alegría y verdadera emoción en las palabras del mayor, sus movimientos eran exagerados cada vez que el semáforo se detenía y le brindaba la oportunidad de explayarse. Itachi brindó un asentimiento junto con un sonido de afirmación, la vista de su guardería fue visible en cuestión de minutos.
Cuando el auto se detuvo esperó a que su padre saliera para que le brindara ayuda para bajar del vehículo, el rubio recogió su mochila y lo cargo. Caminó unos pasos en la acera y lo dejo en el suelo en el momento que llegaron a la entrada. A través de las puertas de vidrio se podían ver a algunos niños de su misma edad.
"Buenos días señor Yamada, Itachi-kun". La maestra los recibía mientras esporádicamente mantenía la mirada en los niños a su cuidado. "Puedes dejar tus cosas donde siempre, es agradable volver a verte, ¿fueron unas buenas vacaciones?". Las palabras esta vez fueron dedicadas a su persona únicamente, la sonrisa amigable de la docente fue recibida con una pequeña mueca propia.
"Si, fuimos al parque de diversiones". Respondió educadamente a la pregunta y se despidió de su padre para ingresar en el aula, dejo sus útiles escolares y recogió uno de los libros de cuentos que poseían más palabras que dibujos. A lo lejos pudo escuchar a ambos adultos murmurando por unos segundos, una rápida despedida y la figura del alfa desapareció en dirección de la calle.
Diez minutos de esperar a los alumnos que faltaban, fue el tiempo que tuvo para sí mismo mientras se distraía con la lectura. Levantó el rostro de su libro cuando la voz suave de la profesora les indicó que jugarían un juego para recordar lo que vieron el año pasado. Muy pronto se escucharon una multitud de voces repitiendo el alfabeto y palabras relacionadas.
El día transcurrió con la misma normalidad, nada nuevo más que unos temas anexos a los que se aprendieron con anterioridad. Itachi paso el día en una monotonía tranquila que se había vuelto la norma en su día a día. Uno de sus compañeros fue felicitado cuando mostró a la clase la peculiaridad que había recibido en esa semana, las sonrisas de emoción eran grandes e inocentes en todos los que estaban allí, una apariencia que pocas veces se veía en Konoha cuando se trataba habilidades con potencial que podían caer en manos enemigas o las mismas sombras de la aldea guiadas por Danzo.
El ninja veterano observó la interacción mientras los otros niños discutían y especulaban sobre sus propios posibles dones. "¿Y tú Itachi-kun? Seguro estás ansioso, ¿Qué crees que puede ser?". Las palabras lo hicieron volver el rostro hacia la única persona mayor en la habitación, por un momento se quedó en silencio, para luego responder. "Los de mis padres son distintos, no sé". La breve frase dejo poco para indagar, prefería que se supiera poco de sus tutores y sus empleos, ellos mismos a pesar de ser héroes profesionales, mantenían sus vidas privadas lo más alejadas de la prensa.
Los medios siempre buscaban una forma de crear un escándalo y algunos de los programas que había podido ver, siempre escarbaba en los pocos secretos que pueden tener los personajes públicos. Había muchos riesgos que se podía correr por dejar pasar la información equivocada, y el hecho de que Oka-san sea un héroe clandestino no lo tranquilizaba.
Contra todo lo racional que gritaba su mente, no podía negar que empezaba a encariñarse con sus padres.
El sol estaba empezando a bajar cuando las clases terminaron y una figura pelinegra vestida con un polo de algodón blanco, una casaca y, pantalones de buzo de color rosado llego a esperarlo en la puerta del jardín junto con un grupo de padres que también esperaban a sus propios hijos. Recogió sus pertenencias y se despidió de la maestra señalando: "Oka-san ha llegado".
El omega lo saludo con una mano grande y reconfortante en sus cortos cabellos, encontró la mirada ajena cuando el hombre mayor se inclinó para estar a su altura. "Hizashi saldrá temprano de la estación, compremos algo de comida para esperarlo con el almuerzo… ¿algo en especial?". No espero mucho para dejar saber su respuesta, fue casi inmediato.
"Dango". El héroe profesional se levantó cuando sus palabras salieron de sus labios y sujetó su mano para después empezar a caminar a su lado. "Bien, podemos con eso". La respuesta fue divertida mientras cuestionaba por su día, no hablaron mucho pero el intercambio fue fluido, calmado y agradable.
Una dinámica que le gustaba tener con el pelinegro.
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El rojo se abrió paso sobre la oscuridad de sus ojos, un conjunto de tres aspas brillando en las profundidades mientras su mirada estaba fija sobre el reflejo de sí mismo, su rostro infantil delataba el asombro en sus facciones, le tomó solo un minuto procesar la situación para después cerrar sus orbes con la feliz aceptación asentándose en su interior.
No estaba sorprendido, pero mentiría si dijera que no estaba aliviado.
Sentir su Sharingan nuevamente era como volver a ver a un viejo amigo perdido hace tiempo.
Desde su despertar en este extraño mundo, rodeado de una perspectiva tan diferente a la que estuvo acostumbrado, dedicó su tiempo a estudiar las intrincadas características de la época en la que ahora formaba parte. Misión, que fue más fácil gracias a la falta de espionaje, sabotajes o asesinatos; la inusual presencia de 'Héroes' rondando las calles, un sistema de paz entre países, y conocimiento libremente brindado a toda la población, no era lo único que ahora existía.
Los dones también eran algo.
Pero no era ingenuo, sabía mejor que confiar en los aparentes beneficios de este lugar. Ese sería un acto tonto, digno de genin ilusos e inexpertos en la profesión de los shinobis. En sus largos años de servicio activo, la desconfianza había sido una de sus mejores consejeras, de todos modos, un ninja no permanece vivo por mucho tiempo sin aprender a desentrañar cada una de las intenciones de las personas que los rodean.
A pesar de saber que existían las peculiaridades desde que tenía meses de nacido, la idea de tener nuevamente su Sharingan pasó desapercibida de sus pensamientos. Nunca había sido una persona cien por ciento optimista, y no parecía certero empezar ahora, de todos modos, al no poder utilizar su Chakra creía la habilidad perdida desde su muerte.
Las peculiaridades, por otro lado, eran habilidades de cada individuo, y a pesar de su parecido con las técnicas de su propio mundo, eran distintas. Exclusivos de sus usuarios y clasificadas en varias categorías, según lo que había leído en la computadora a la que tenía acceso en casa, las peculiaridades eran un fenómeno que en este tiempo se manifestaba en la mayoría de las personas, pero, también cabía la posibilidad de pertenecer al 20% de las personas que carecen de una.
Pero, al parecer, el destino tenía otros planes para él.
No era completamente lo mismo, pero agradecía poder sentir la habilidad latente y esperando a ser activada.
Cuando su propia peculiaridad no había aparecido en el tiempo que se esperaba, sus padres habían acudido a un especialista con la esperanza de que le dieran respuestas. Desgraciadamente, no había habido ninguna, lo único que el médico pudo decirles fue que llegaría con el tiempo probablemente más tarde de lo normal.
La verdad era que a él no le molesto, por más que sus padres caminaran sobre vidrio delicado con respecto al tema, había sido un guerrero por mérito propio, incluso ahora, podía volver a entrenar para mejorar su cuerpo en el Taijutsu si lo quisiera, no se veía limitado por un poder especial, aunque mentiría si dijera que no extrañaba su Sharingan.
Años de vivir rodeado de los más poderosos ninjas en el exilio, le habían dejado con muy pocas cosas que llamar propias.
Decir que se apegó a lo único que le permitía desplazarse después de que su vista se deteriorara, sería acertado. Razón por la cual, después de días de sentir sus ojos irritados, no podía evitar contener la sonrisa satisfecha en sus labios, era verdaderamente reconfortante tener algo conocido a su alrededor.
El 'ojo que refleja el corazón' es designado así, por ser despertado cuando los portadores kekkei genkai experimentan una poderosa condición emocional con respecto a sus seres queridos. Una forma triste de obtener el poderoso Dōjutsu de un clan cuyos sentimientos poseían una intensidad realmente peligrosa.
Y aunque no creía que eso significase algo en la forma en que despertó su Sharingan en esta ocasión, su alma estaba inundada de sucesos que nunca olvidaría, así como los crímenes que cometió contra su hogar y familia. Era algo que siempre lo perseguiría, porque los Uchiha sienten profundamente; algo que su corazón tan vulnerable a las emociones decidió que permanecería como la lealtad hacia los seres queridos que lastimo.
Por esa misma razón, aunque no supiera los motivos, aprendería a utilizar nuevamente su poder ocular.
"¡Itachi, apresúrate! Llegaremos tarde". Entrecerró sus ojos, dejando que el rojo se desvanezca mientras su visión volvía a la normalidad, un cambio al que estaba acostumbrado y al que dio la bienvenida, la fuerte y reconocible voz de Yamada, escuchándose con la alegría de todos los días por el lugar. A lo lejos, los sonidos retumbantes del ajetreo de la mañana eran reconocibles mientras el héroe de la voz terminaba de preparar el almuerzo que llevaría en su primer día de escuela primaria.
Con la calma rondando su persona, se dirigió a la puerta para terminar de salir de su cuarto y brindar su reconocimiento a las palabras expresadas. Dirigió su ahora negra mirada para encontrar la verde del rubio cuando ingresó a la cocina ya vestido con el uniforme, su expresión seria e inmutable se suavizó tanto como podía y en sus labios se formó una sonrisa discreta.
"Estoy listo, Oto-san"
A sus seis años, Itachi Yamada obtuvo su peculiaridad.
Un secreto que guardaría ante todos.
