La Capitana Alberta Petrova miraba a la pequeña leona de peluche -fuertemente recomendada por el mismo Arthur- y no pudo evitar sonreír.

"¿Te llamai?", la interrumpió la niña, al verla silenciosa.

No importaba que ya se la hubieran presentado.

"Alberta Petrova. Pero, tú me puedes decir Bertie", le sonrió.

"¿Beti? ¿Viví akí?, es una eska, ¿sipnop?, ¿y sabi kosa intedesante tu?", no sonaba a una pregunta, claramente, "o sea, nop como mata a kosa ke muede y no echan puff poh la nadi"

"¿Nació discutiendo?", le preguntó a Janine, que se aguantaba para no reír, de guata en el suelo.

"Casi. Rompió la bolsa a patadas. Diría que me pateó para tener contracciones. No me dio tiempo de nada"..

"¿Y lloró?".

"Poco. gruñó y siseó, pero no lloró demasiado. Y durmió, Comió. Gruñó. Y así siguió", recordó, con hermosas memorias, al parecer.

"¿Cómo se calma?, ¿comida?, ¿juguetes?".

"Comida, cuando quiere comer, ¿juguetes?, prefiere las cosas más... de guerra, espadas y cosas así. Quiere ser matadragones, no mata strigoi".

"Seremos grandes amigas, tú y yo", le dijo Alberta a la niña, dándole la mano.

"¿kes unaniga?, ¿unaniga es ota matadagon? ¡sipi sedemos unaniga y matademos a todo los dagones que puff por la nadiz!" y saltó, aplaudiendo, feliz.

"No intentes enseñarle, Alberta", le advirtió Janine, "aprenderá cuando lo quiera y le interese. Ya conoce algunas letras, números, historia y sabe como pegar puñetazos. Y sabe que al corazón, siempre, para los strigoi. Tiene un gusto desmesurado por... la sangre, te lo advierto. Nada -o nadie- puede controlarlo. Su respeto se gana":


Rose -la hijita de Janine, ya de 5 años- no volvió a la ciudadela en vacaciones.

Tenía todo un reino para ella solita.

Y lideraba una banda de... forajidos de todas las edades que -junto a los guardianes más jóvenes- rebuscaban las cuevas, en búsqueda de dragones... de todos los tamaños.

¿Cambiar eso por... los murciélagos de allá?, ¡no, gracias!.


"Déjala disfrutar su niñez", le decía Arthur, calmando a la histérica guardiana, por su rechazo maternal, "vete con tu cargo, y ve directo a verla cuando vuelvas. Bertie va a cuidarla... ¿Milord sabe de ella?, ¿de tu hija?":

"¿Importa?", hipó.

"Así se arman mejor los turnos; y beneficios y prestaciones, en las que ya está Rose, obviamente... ¿sabías que Alberta la adora?, deben tener unas conversaciones increíblemente interesantes, esas dos".


Lord Szesky oía a Janine explicar la -mera- existencia de su hijita.

Hasta el momento, la -no- presencia de la hija de su guardiana -Rose, ¿recuerdan?- no lo molestaba o incomodaba.

¡Obvio que lo sabía!.

Los Dragomir fueron a rogarle a su hermana que la contratara como guardiana, ¿cierto?, y contaron la historia de cómo la niñita Dragomir vivía pegada a la hija de Janine.

Que Janine le informara -oficialmente- de ella, la elevaba en su estima.

"¿Irás a verla, antes de que viajemos?".

Quiso saber, para hacer sus arreglos.

"No, Milord. Rose simplemente no quiere... venir a verme. Así que iré, pero a nuestro regreso. Ella está feliz allá, liderando su pandilla, como para recordar a mami".

"Tiene 5 años, ¿y la dejaste, allá? ¿ Sola?, ¡Pero, Janine!", se escandalizó.

"Milord, la pequeña Rose... tiene espinas suficientes para ser un puercoespín"; dijo Arthur, afable, sonriendo ante la memoria de la pequeña puercoespín que buscaba matar dragones.


El verano pasó demasiado rápido para alguien como Rose.

Su pelo no vio un peine en todo ese tiempo, y creció -tan feliz (el pelo y su dueña)- como enmarañado.

Pero Rose creció -exteriormente- muy poquito.

Eso sí, su mundo interno se había extendido, como si fuera una supernova.

Ya había aprendido todas las letras que le interesaban y manejaba un repertorio de palabras escritas -y orales- que la ponían al nivel de niños de 6 años y más.

Con los números no era muy... feliz.

No eran sus aliados.

Así que los mantenía más cerca aún.


Días después de regresar de su viaje -con Janine ya viajando a St. Vlad- La Princesa y su hermano se vieron convocados a un responso, en casa de los Dragomir.

El Príncipe había muerto, y su hijo -único sobreviviente adulto de la antigua familia- convocó al responso por su partida.

El nuevo Príncipe Dragomir -como dictaba la costumbre- presentó a su familia y al siguiente heredero de su familia -sería el senior, en cualquier otro caso, pero no allí- su propio hijo mayor, Lord André. Y a su hermana, la pequeña -y muy tímida-, Lady Vasilissa.

"Oh", se dijo La Princesa Szelsky, mirando a su hermano,"he ahí la causa de que Janine sea ahora tu guardiana", le susurró.

"Esa niñita Dragomir necesita una compañera fuerte; y de seguro, esperaban que Janine quedara de planta acá, y ambas niñitas crecieran juntas... Rose está en St. Vlad, ahora. Tiene 5 años y... se apoderó de la Academia. Los tiene comiendo de su mano... Rose necesitará un cargo en el futuro, ¿cierto?".

"Es un juego peligroso, Leo. Por lo que dices, la hija de tu guardiana no tiene control, reglas o nada y... ¡oh!, sacaría de su concha a esa pequeña perla..."

"Y a punta de puñetazos, si no sale", susurró él, sonriendo.


Lord Leo Szelsky se acercó a la Princesa Consorte Dragomir -anteriormente, Lady Dragomir- para saludarla -y a sus hijos- y decirle cuánto lo lamentaba, y sabía como debía doler.

Se agachó a la altura de Vasilissa -oculta tras su madre- para ofrecerle su mano, y -con el permiso de su madre- le acarició suavemente el pelo.

Luego, se levantó, para hablar con Milady.

"Es muy triste que sus hijos deban estar acá para el luto oficial. Si la hija de mi guardiana hubiera querido venir, quizás podríamos haberles agendado una cita de juegos... Rose puede ser algo... salvaje, pero no es violenta con otros niñitos; y, seguramente, sería totalmente amable con Vasilisa y André... Tal vez, cuando ellos vayan a St. Vlad -si es que están ingresados- pueda pedirle a Janine que hable con Rose, para que los reciba y les muestre el lugar...".

Jugaba la astuta carta de no tener idea aboluta de que fueron ellos quieres presentaron a Janine a su propia hermana.

Y de que sabía que Rose y Vasilissa fueron compañeras de juego en un pasado cercano.

"¿Dous ta en SanVad?", pió la niñita, asomando de entre las piernas de su madre, y sonrió tímidamente, "a poké notakí", susurró, tristemente.

"Está en la escuela", dijo Lord Leo, dando una danza de victoria en su mente, "Rose tiene 5 años, y debe estar en una escuela. Su mami escogió que estuviera con niñitos de su edad... ¿por qué no quieres ir allá?, ¿qué edad tienes, pequeña Milady?".

"¿Kuato?", y mostró sus 4 deditos, con timidez.

Luego los miró y a su mamá, que asintió y tomó su manita nerviosa, entre las suyas.

"Ella tenía 4 años, como tú, cuando llegó allá... Si tu mami y tu papi pueden llevarte, ¿te gustaría ir a verla?,Rose está allá, tan solita... sin otras niñas lindas como tu, para jugar..."

"Sip, Tu Rose estaba allá"; dijo André, ufano de haberla visto cuando su hermanita no lo había hecho, "cuelga de los árboles, asusta a los grandotes, cuenta cuentos a los que son como ellas, y es mandona como... bueno... muy mandona".

Entonces, El Príncipe Dragomir se acercó, oyendo la última parte.

Notó el interés de su hija y ató los cabos sueltos.

Así que la joven guardiana quedó como guardiana de Lord Leo, ¿eh?.

Que curioso.

Debía ser alguien muy especial.

O los rumores eran incorrectos, y Lord Leo no era gay.

"Leonard, gracias por venir, sé que hacerlo, con tu agenda, fue un gran esfuerzo... oí que ya conseguiste a un guardián que pudiera llevarte el ritmo desenfrenado que tienes?".

"Guardiana, de hecho. La jovencita que ustedes presentaron a mi hermana Ariana. Con decir que pateó a Art en las bolas, es decir poco. Una sorpresa, pero muy agradable. Y, según Art, la pequeña Rose no decepciona al respecto... si la convencen de que los dragones y los strigois son similares, no quedará alguno vivo. Strigois, claro", agregó.

"Teníamos pensado llevar a nuestra Lissa a ver escuelas, ¿cierto, Eric?", presionó Milady, "con cuatro años, ya podemos pre-ingresarla por la mitad del ciclo, para comenzar a adaptarla... ¿tal vez... podemos partir con St. Vlad?".

"Yo estudié allá, y no es malo", dijo Lord Leo, presionando.

"Y yo, Leo. Aunque sólo desde la intermedia. Pero sí, es una buena opción. André va allá, y le gusta, como para quedarse en el internado y no en el externado... si, podríamos programar una visita, apenas el luto oficial finalice".


Al finalizar el luto, el contingente Dragomir se preparó para ir a St. Vlad.

Alberta -como Subdirectora interina- los esperaba, y los recibió en su propia oficina, a la que hizo llevar sillas y snacks, para los niños.

André se fue directo a los snacks, sin preocuparse de nada.

Conocía a Alberta y no tenía nada en contra de ella.

Otra cosa era la pequeña Vasilissa.

Que se echó a llorar; así, de la nada.

"Allá vamos de nuevo", masculló su -muy maduro- hermano mayor, sin dejar de picotear.

"Es... muy tímida, sensible y delicada", reconoció Milady, mientras la cogía en brazos, y Vasilissa se hacía una bolita en su regazo.

Mientras tanto, André se paró y miró por la ventana -en ese brillante día de verano- y la abrió de golpe.

"¡Tarzana!", gritó, haciendo señas con los brazos, "¡acá!". Y todos se volvieron a mirar a quien -o que- le hacía señales.

Y, entonces, la mismísima Vasilissa se desenrolló y aplaudió, sonriendo.

"¡Dous!", chilló, o pio, como un pajarito, "¡aki toy, Dous!, ¡Dous, aki!".

Milady y su esposo, el Príncipe Dragomir, la observaron, sin poderlo creer.

Allí estaba Rose, la hija de esa guardiana, colgando de una rama.

Saltando a otra rama, Saludable y feliz.

Su piel brillaba -al igual que su pelo- y era muy fuerte.

"Tarzana, de hecho", pensó el Príncipe Eric.

Y se hizo a un lado, al verla saltar adentro.

"¡Woah!", exclamó Alberta, frenándola con sus manos, o se estrellaría a donde le diera la gana.

"Rose, ellos son...", intentó dirigir su atención a los visitantes, pero Rose tenía otros planes.

"¡OH!, lo Dagone bebé, ¿cheto?", los miró, casi despectiva "segui siendo bebé, padece", se encogió de hombros,

"Un strigoi mató a su abuelo y...", comenzó Alberta, pero Rose... seguía teniendo otros planes.

Y levantó una mano, seriamente.

En una cosita tan pequeña, era para la risa.

Pero nadie rió.

"Y keen defugio en eta montania, sin dagone, o lagatija... ostigoi"; dijo, abrazando a la niñita moroi, a punto de boa constrictor.

Y Vasilissa se apegó a ella, hipando.

"¿Cuidarías de ella, eh...", comenzó Milady, pero se le acercó Alberta, silenciosamente.

"Knight Rose", le susurró, y la dama abrió los ojos, comprendiendo.

"¿Cuidarías de mi hija, Knight Rose?", y le hizo una inclinación con la cabeza, "necesita a un valiente Caballero como tú... sí, pueden ser dragones bebés, pero, si la cuidas, no tendrás que perseguirla, porque crecerá... como tu aliada... ¿por favor?... Nuestra hija vendrá pronto a este... refugio. A tu castillo, Y, como toda damisela, necesitará a un Caballero".

Rose la miró, críticamente.

Levantó una mano al sol y frunció el ceño ante su palidez y lo fría que estaba.

"¿ta enfemita, cheto, po eso la dejai aka?, toda la mucilagatija son así, paliducha. Efemita. Tiditona".

"So modi", pió Vasilissa.

"Eso dije, ¿cheto?, mucilagartija. Se calentan a la luna, ¡tontito!. Po eso tán efemito y debil".

"Eso es nuevo", susurró El Príncipe a Alberta "he oído muchos apodos sobre los morois, pero eso... no. nada sutil, si me lo preguntan. ¡Me gusta!".

"¿keri conoce aki?, ¿sip?, ¡veni!, ¡hora de niami niami!, ah, claro. ¿tú vení?"; dijo, recordando a André.

Le daba lo mismo si venía o no, pero un Caballero tenía mejores modales, ¿cierto?, ¡nah!.

Pero no lo dejó responder.

Simplemente, se los llevó a rastras.

"No esperen que se los devuelva pronto... o en el mismo estado. Mientras haya sol, Rose los arrastrará de allá para acá. Lo hará probar de todo y conocer a todos. Y le importará un bledo si ya los conocen".

"¿Dónde firmamos?", dijo el Príncipe, sentándose, para leer la ficha de ingreso para su hija.