La primera nevada seria -seriamente peligrosa- cayó el mismo día en que ambos SK dejaron el ala médica, aunque la doctora insistía en que se quedaran más.
Pero el frío traería más complicaciones de salud -a todos-, y necesitaban de todo el espacio para atender cualquier situación de salud.
Y eso preocupaba mucho a la doctora y a Deidre.
Necesitaban buscar alguna clínica -o varias- para conseguir todo el material médico que pudieran encontrar.
Pero estaban en una parte rural y llegar a alguna parte -con nieve y casi sin combustible- era más mortal que salir a jugar con los zombies de allá afuera.
Y mientras no supieran de dónde venían los carroñeros, no podían moverse mucho.
Pero el frío y la falta de recursos se hacían cada vez más graves, y mantener a todos... calmados, requería demasiadas dosis de alimentos, seguridad y compulsión, y ya no les quedaba mucho, de esas tres cosas.
Era de día -como si importara a los zombies- y nevaba copiosamente.
Rose quería estirar las piernas -tras varios días encerrada en una cama, drenada de toda energía y de casi toda su fuerza vital y vida-, así se que decidió hacer una guardia por el perímetro, acompañada por Fluffy -órdenes de Lissa- como protección.
¿Adentro del asentamiento?.
Lissa la conocía demasiado, al parecer.
Iban cerca del extremo amurallado del asentamiento -opuesto a la portería-, cuando el husky -Fluffy, el psi hound- se alteró y comenzó a aullar y a correr.
Sólo hacía eso cuando algo pasaba.
O le pasaba.
Así que Rose corrió tras él, alertando a portería, por si algo requería su asistencia.
Un auto compacto salió de inmediato a recorrer el perímetro, pues un ataque o algo podía ocurrir en un minuto y ya ser demasiado tarde para evitar.
Sólo encontraron... a una mujer.
Casi congelada.
Sin mordidas aparentes.
Y humana.
Ella los miró sin esperar nada.
Sin pedir nada.
Sólo los miró.
Celeste -que conducía- salió del auto, para recogerla, y llevarla adentro.
Mia y Mason -los pasajeros- la abrigaron con una manta, y Mía la miró a los ojos, para la compulsión de inicio.
"¿Estás sola?", le dijo, suavemente.
"Sola", respondió con una voz monótona.
"¿Caministe o te dejaron acá?"
"Caminé", repitió en el mismo tono.
"¿Sabías de nosotros?".
"No", contestó, monótona.
"¿Sabes lo que eres?".
"Humana", dijo.
"Eres dhampir. ¿Qué eres?".
"Dhampir", repitió.
"Correcto. Hay dhampirs y morois, ¿cierto?"
"Cierto".
"Bienvenida, ¿cómo te llamas?", cambió el tono y la sacó del trance.
"Bía, soy Bía", le castañetearon los dientes.
"¿Cómo llegaste acá?, ¿nos buscabas?", indagó Celeste, desde el asiento del conductor.
"Sólo... caminaba. Me alejé de los caminos y lugares... poblados. No son seguros"
"¿En serio no nos buscabas?", dudó Mason.
"No. no sabía que ustedes estaban acá...", dudó, mirando a uno y después al otro, confusa.
"¿Nunca te hablaron de nosotros?, ¿tu familia?, ¿tus amigos?"
"Sé que hay dhampirs y morois, pero... nunca... No. No los buscaba", insistió.
"Dhampir", se señaló Mason y Mia sonrió, colmillos incluidos.
"Moroi. Pero no ando comiendo personas ni vuelo. Te lo dijeron, ¿cierto?"
"Cierto", repitió.
"¿De... dónde vienes caminando?, de seguro, no eres de Montana", insistió Mason.
"No. Me vine a Montana... huyendo de ellos. De los zombies. Les tengo terror. Siento... siento que me siguen. Que saben en dónde estuve o en dónde estoy. Hace... un año que huyo de ellos, en realidad. Creí que en Montana estaría a salvo, pero... ".
"¿Un año?", murmuró Mikahil, oyendo la historia, interesado, "Esto aún no partía así... ¿por qué lo dices?, ¿acaso ya había... zombies caminando invisibles por allí?".
"Porque creo saber cuándo partió".
Una revisión más tarde -sin mordidas- una manta y una taza de caldo muy caliente, y Bía se reunió con el Consejo del Asentamiento, con Rose a la cabeza.
Y Bía comenzó con su relato.
"Yo tenía 17 años, estaba en el senior de mi escuela y en plena fase de rebelde", comenzó, entre sorbos de su sopa, "mi pololo era dark. Era más que un gótico -de esos que andan de negro e invocando cosas-, él estaba en un grupo de esos que adoran todo lo oscuro. Bueno, adoraban, supongo. En fin. Yo no era mala estudiante, pese a todo. Y había sido aceptada en cuatro universidades, pero acá... me habían ofrecido una beca parcial. Y era la mejor opción. Pero él se oponía y yo estaba como atontada por él".
Otro sorbo, y los miró, por entre sus pestañas.
Lágrimas cayendo por su mejillas.
Luego siguió.
"Un día, él me dijo -no me pidió, me dijo, me ordenó- que lo acompañara a un funeral. Era alguien de su grupo de inadaptados, a quién yo no conocía. Pero igual fui. Me vestí de negro -bajo sus órdenes- no me puse maquillaje y fui con él... En el cementerio, no había un sacerdote o nada. Sólo el ataud negro, liso, cerrado y cubierto de un pedazo de tela. Nada de flores. Y los amigos de él, todos de negro. Todos compañados. Algunas de las muchachas eran del grupo. Otras -como yo- no lo eran", suspiró.
Cerró los ojos, e intentó ver la imagen frente a ella.
Nunca había tenido que contarlo, ¿por qué lo hacía ahí, entre extraños?.
Ellos le daban paz.
Eran como ella. Dhampirs.
Y también habían pasado las de kiko y kako.
"En un momento, me dijo que me apartara, porque iban a orar o algo así, y esos rezos eran privados. Algunas personas se alejaron, y yo me distraje, la verdad. Miraba a un lado y al otro y ví a un cortejo en otro lugar. Lloraban y gritaban, llevaban muchas flores y fotografías y me sentí atraída. Y sin querer, los seguí. No tenía más que hacer, la verdad. Los seguí por otros caminos y hasta el final del camino, y observé todo el proceso, el dolor, la pena, el entierro. Las oraciones y bendiciones. Y luego, me sentí mal de estar espiando, e intenté devolverme. Era muy tarde y el cementerio estaba cerrando ya. Me dije que lo mejor sería volver con mi grupo original y si no estaban allí, al menos me encontrarían. ¡que tonta!", comenzó a llorar.
Lissa se acercó y la abrazó, y con palabras suaves, la instó a continuar.
"Ellos... no se habían ido. Estaban todos allí, los del grupo. Sin acompañantes... externos. Como yo lo era. Y rodeaban la tumba -que era en la tierra y sin lápida o nada- y murmuraban y extendían las manos y se movían, con los ojos cerrados. Vi que sus manos estaban sucias, como si hubieran arrojado tierra... o la hubieran escarbado. Sus ropas negras estaban sucias, de hecho. Era noche cerrada ya. No había luna. La oscuridad era... aterradora. Y entonces... un grito se dejó oír. ¡Y lo juro!, vi la tierra agitarse. Retrocedí, horrorizada. Y corrí a todo escape, ciegamente, hasta encontrar la reja, y me trepé por ella y me lastimé y corrí y corrí, hasta encontrar algún lugar con mucha luz y allí me oculté, temblando y llorando".
Sus gritos y lloros sonaban ya histéricos.
"Llamé a mi casa y les dije en dónde estaba, y me enviaron un taxi. Me esperaban -entre nerviosos y preocupados por mi llamada- y les dije que tomaría la beca, me vendría a Montana y viajaría... ¡ya!. Que si él llamaba, le dijeran cualquier cosa, pero que él... no debía verme u oírme. Les dije que salir con él había sido un error. Que era un hombre raro y malo y no quería volver a verle la cara. Pero que no debían decirle nada de eso. Simplemente, tenía mucho que hacer, para entrar a la universidad. Él debía creer que me quedaría allí, y no debía saber que había aceptado la beca... Dos días después, había aceptado la beca y volaba hacia acá. Había quemado todo lo de él. Todo lo que nos ligaba. Había acudido a una iglesia a bautizarme. Y me instalé en la misma universidad. Al medio. Muy arriba. Bajo mucha luz. Fui cambiando de habitación hasta quedar casi en una torre, literal. Pero aún así, sentía que había ojos siguiéndome, mirando hacia mi ventana. Él no tenía acceso a mi dirección. Tenía un nuevo mail y teléfono. Pero aún así, sentía que me perseguían. Incluso... creo haber visto a un hombre -o parecía un hombre- con la ropa rota y sucia, y el pelo lleno de tierra, de pie bajo una lámpara. Mirando hacia mi ventana. Luego desapareció... Cuando vino el apagón, supe que debía huir. De inmediato. Que él o ellos lo habían hecho, que quizás era una trampa. Así que huí. Esa fue la última noche que oí la voz de mi madre. Cuando la volví a llamar -y a todos- con lo último de la batería de mi teléfono, nadie respondió. Lo supe, que ya estaban muertos. Que estaba sola, y que estaba maldita. Que ellos me maldijeron, por conocer su secreto. Que levantaron a su amigo de la tumba. Que usaron magia negra o lo que fuera que usaron".
Sonja miró a Lissa y a Rose, e hizo una seña imperceptible a Mikahil.
Iba a intentar entrar en los recuerdos y separar la fantasía de la realidad.
Por el bien de todos.
Así que la compelió para relajarse, y la llevó a la cabaña, para que proyectara ese recuerdo, sin que la afectara.
La única diferencia, era que Rose y Sonja debían estar en el mismo recuerdo.
Para ver. Para oir.
Sonja se quedó en la escena, mientras Rose forzaba su visión, intentando detectar sólo lo que ella veía.
"Ahí vuelve Bía", susurró a Rose, y se ocultaron. "Ahora, debemos acercarnos. No deben notarnos. O se va a desvirtuar su recuerdo. Rápido y en silencio".
Y se acercaron muy sigilosamente, mientras Bía se acercaba más y más.
"Fíjalo, Rose. Es el momento", susurró Sonja. "Yo no puedo hacerlo. Dime qué ves"
Rose caminó hacia el grupo, lo más que pudo -funcionaban en cámara lenta, para demorar el recuerdo de Bía- y miró lo más que pudo.
Lo que vio, le erizó los vellos de sus brazos.
La tierra sí se movía, algo.
Ellos sí estaban cubiertos de tierra -como si hubieran comenzado a desenterrarlo- y sí vocalizaban algo que sonaba muy raro.
La recorrió un escalofrío.
Sonja se acercó, echó una mirada y se la llevó de allí, antes de que el recuerdo se desvaneciera.
Salieron del recuerdo y sacó a Bía, haciéndole pensar que la oscuridad y el miedo la habían hecho percibir las cosas de una manera... aterradora.
Que lo mejor que hizo fue llegar a Montana.
Que al fin estaba entre sus pares.
Que los muertos no la alcanzarían allí.
Le encomendaron que hablara con Deidre, que sacara todos sus demonios internos y comenzara el luto por la familia que debió dejar atrás, y de la que nunca pudo despedirse.
Este relato lo viví en primera piel.
Lo soñé, hace mucho.
Y -aunque no lo parezca- verlo era realmente aterrador.
La cabaña es una práctica de imaginería que me enseñaron hace años atrás. Se usa para muchas cosas, pero puedes llamar -por ej- al autor de un libro y conversar de lo que escribió. Obvio, es tu imaginación, pero te abres a nuevas ideas.
¡Y vaya que lo sé!, en la práctica, teníamos que convocar al adaptador de la técnica, Serval (Sergio Valdivia) y todos decían que fue maravilloso. Menos yo. Él solo me dijo: sabes bien cuál es tu duda interna. Plop!. Yo jamás habría -conscientemente- guiado la conversación hacia un punto en que ni sé que pregunté.
Intentaré buscarla y publicarla entera, si les interesa.
