Advertencia: a todos los pudorosos, vayan a dar una güeltecita!
Rose POV
"Dimitri, soy yo, déjame entrar", yo apenas rascaba la puerta.
Y no era que nadie supiera que nosotros vivíamos juntos.
Era que tenía frío y quería calentarme... en él, con él y con él dentro de mí.
¡Oh si! ¡Ya era la Hora de tronar el pistachito!, y si él ya me hablaba de anillos, ¡capaz que me llegara con la roca!
Habría que motivar al muchachón, ¿verdad?
Él de inmediato abrió la puerta y me dejó pasar.
¡Oh!, parecía que Dimitri se preparaba para dormir, a juzgar por la ropa de cama ya removida, además de que sólo brillaba la pequeña luz solar del velador.
Las cortinas estaban totalmente cerradas.
Además, sólo usaba la parte inferior del confortable pijama.
Su pecho ¡Oh, su pecho tan masculino! - yo casi ronroneaba-, estaba desnudo.
Las puntas de su pelo parecían aún húmedos y se curvaban graciosamente.
Y yo ahí -con la boca abierta y la mirada hambrienta- me quedé repentinamente fija en mi sitio.
"¿Pasa algo, Rose?", ¡oh!, esa voz profunda que me remecía los interiores y de una manera muy deliciosa.
¡Oh, cuánto deseaba que él me tocara!, pero con todas sus ganas, sin detenerse, sin temer a nada.
Se veía tan guapo, era un hombre tan maravilloso. Cualquier cosa, con él, parecía simplificarse.
No lo podía besar con tanta distancia, y necesitaría de toda su ayuda para hacerlo, así que me lancé a su pecho, para poder saborear su piel suave y cálida.
"¿Qué pasa, amor?", me abrazó, "estás..."
"¿Qué crees, Dimitri?, te quiero por entero y para mí...", lo vio fruncir el ceño por un momento. "¿Creí que también lo querías...?, ¿crees que soy linda, Dimitri?", él jamás me lo había dicho, en todo el tiempo -por poco o mucho que fuera- que llevaban juntos.
Claro, lo insinuaba, pero no era lo mismo, ¿verdad?.
Había sido casi una Venus seductora para los muchachos de la Academia -y un poco afuera, también- pero necesitaba oírlo de él, el único del que le importaba oírlo.
Él sonrió y me acarició las muñecas de mis brazos.
Una corriente eléctrica nos recorrió por entero. Sus manos se movieron por mis brazos, empujando las mangas del pijama hacia arriba.
Su mirada se volvió hambrienta como la de un lobo y me aprisionó contra su cuerpo musculoso y fuerte.
Una de sus manos subió hacia mi cuello, enrollando uno de sus dedos en mi pelo y haciendo girar mi rostro hacia él.
E hizo que sus labios apenas me rozaran .
"Eres hermosa, Roza. Tanto, que me hiere no mirarte", y sus labios me buscaron -feroces y hambrientos- y me consumieron por entero.
Sus manos desesperadas tironearon la polera del pijama hacia arriba y ese simple toque me incendió más que una caldera.
Eso -junto al beso- era suficiente para arrancarme de mi piel.
Y, finalmente, arrancó suavemente la ofensiva polera del pijama de mi ardiente piel.
Y la arrojó descuidadamente al suelo.
"Y eso que era tu mejor pijama", le susurré, "creí que era tu favorito"
"Sí, sabes que me encanta. Pero se ve mejor en el suelo", y entonces... me tomó en brazos y me llevó a la cama.
Nunca estuve -totalmente- desnuda con un muchacho... o un hombre. Y me asustaba muchísimo llegar a eso.
Pero mi excitación ya había perforado -figurativamente- el techo.
Y allí, sobre la ropa de la cama, continuamos tocándonos con desesperación y besándonos como si no hubiera mañana.
Sus manos y boca tomaron posesión de mi cuerpo, de mi mente y espíritu, y cada uno de sus toques me quemaba viva.
Después de desearlo tanto, apenas podía creer que estaba pasando.
Aunque lo físico era algo maravilloso, tenerlo así de cerca y ver como me miraba, era la cosa más sexy y más maravilloso de todísimo el mundo.
Adoraba como decía mi nombre en ruso -ROZA- que murmuraba como si rezara a una deidad.
Sólo sabía que debía estar con él y no pensar en nada -o nadie- más.
Seguir tocándolo, besándolo, amándolo.
Y el fuego en sus ojos me decía que quería mucho más que eso, pero iba lento, porque sabía de mis nervios... y mi temor.
Su pantalón de pijama -ya muy bajo en sus caderas- estaba aún puesto, así como la toalla, que tapaba apenas mis pulsantes partes acaloradas.
En un momento, quedé sobre él -sus labios en mis pechos me tenían loca, y quería darle más... dimensionalidad a esas caricias- y mi pelo parecía taparlos, con falsa modestia.
Toqué su cuello y cuando él lo giró, vi claramente las marcas de honor del guardián.
"Seis strigois, ¿eh?, ¿antes de todo esto?, ¿ durante?"
Él acercó mi cuello a sus labios, para comérselo a besos tan suaves como el posarse de una mariposa.
"Antes y durante el camino acá...", y capturó mi boca con la suya.
"¿Alguna vez sentiste culpa por eso?, ¿por matarlos?, sé que algunas veces sueñas con eso y te molesta"
"Tristeza, sí. Eran... fueron humanos, o morois o dhampirs alguna vez. Era algo que se debía hacer... antes, solía ir a la iglesia -con el primero o segundo, creo- para encontrar algo de paz, pero cuando no pasó más... la paz la encontré -y la tengo- acá, contigo".
Nos volvió a rotar y volvió a quedar sobre mí.
Sus besos se volvieron más y más urgentes, más exigentes, más... de todo.
"¡Oh Dios!, no puedo aguantar más", me dije y él debió leerlo en mis ojos.
Sus dedos se deslizaron dentro de la toalla -casi un adorno, ahora- y mi estómago parecía una batidora en estos momentos, y se iba encendiendo más y más, hasta que mi respiración se volvió pesada y tuve que abrir la boca para respirar.
Sus labios absorbieron el aire de mis sufrientes pulmones y casi me reventé de deseo.
Miré a mi alrededor.
Ambos -casi- desnudos.
La cama desordenada.
Pero nada se compararía a lo que seguía.
Una gran emoción llenó nuevamente todo mi cuerpo.
Era cálido y maravilloso y hacía a mi corazón querer arrancarse de la mejor manera.
Envolví mis brazos en torno a su cuello, para atraer su boca hacia la mía.
Ese beso estaba hecho sólo de amor, dulce y bendecido; y fue aumentando sus intensidad, hasta llenarnos por completo de algo que incluso parecía más poderoso y hambriento que el amor mismo.
Parecía que estábamos demasiado hambrientos -del otro- o ahogándonos, y el otro era el único que podría salvarnos.
Mis uñas parecían querer dejar surcos en su piel, de lo profundo que lo aferraban.
Sus manos aferraron mi cintura y una de ellas se deslizó -con urgencia- hacia mi pierna, haciendo que se enganchara a su espalda.
Y cuando volvió a besarme, supe que no podía -no podíamos- dar pie atrás.
Así que ataqué su pantalón -esa ofensiva pieza de ropa, que bloqueaba mi acceso a ese paraíso terrenal- con la pierna que se enganchaba en su espada, y sus manos soltaron totalmente la -ahora- inútil toalla., que cayó -como desvalida- al suelo.
El calor de nuestros cuerpos era similar al que teníamos tras entrenar, y parecía que la energía de ambas cosas era -demasiado- similar.
Ambas venían de una parte -muy- animal ,muy adentro nuestro.
Que ya había tomado todo el control, a esta altura.
Y al mirar muy adentro de sus ojos, ví que me amaba como a nada o a nadie, que era más que su tabla de salvación en la vida, que era el todo... como él para mí.
El dónde ya no me importaba. Podría ser acá o en la cabaña al borde del asentamiento o a la cabaña en dónde nos hallaron.
Sólo él me importaba. Solo a él lo amaba tanto, que todo lo demás... Era irrelevante.
Él y la tibieza -el fuego- de su piel, que me quemaba por entero.
Y no sabía en dónde yo terminaba y dónde empezaba él. Y así me encantaba estar.
¡Y él parecía tan sabio y paciente y experto!, pero parecía encantarle la idea de que yo hiciera lo que quisiera con nosotros.
Éramos iguales, él y yo..
"Despacito", casi maullé, "¿sí?"
"Jamás te haría daño, mi Roza, sólo... relájate. Lo haré... lo más suave y gentil que la urgencia de ser uno contigo me permita"
"¡Ni tan suavecito ni tan gentil que no te sienta, Dimitri!", y le dí un agarrón, que lo hizo endurecerse y alargarse más y más.
Sentí algo cálido y grande y mimoso en mi guardada entrada a mi paraíso, y eso -él, ¡Obvio!- fue presionado de a milímetro, hasta que sentí que algo se rompía dentro de mí.
¡Adiós soltería!, mi corazón parecía gritar.
¿Soltería?, ¿era lo primero que pensaba cuando...? ¡auch!.
"¡No te muevas!", intenté moverme yo, algo avergonzada, con él en la puerta del horno, y quemándose más y más, los músculos forzados de tanto esfuerzo.
Me fui arrastrando hacia él, metiéndolo a medida que podía, hasta quedar en una incómoda postura, aferrada a su espada y con él... ¡totalmente encajado, yessssss!
Y lo empujé a la cama, quedando con él encajado -de por vida- en mí.
Sus rodillas dobladas -apoyándome- y sus manos frenéticas en mis pechos emocionados, que saltaban a todas partes, ¡mientras yo- ¡al fin!- cabalgaba al Cowboy!.
"¡Ahúuuuu!", grité a todo pulmón, y me apreté más y más, hasta verlo casi explotar. "¡Arre, Camarada Cowboy!", y salté, vertiginosa, sin permitirle que se saliera.
Y él puso toda esa musculatura de semental en hacerme tocar el cielo con los dedos.
Afortunadamente, ambos éramos dhampirs, o esto no estaría pasando.
"¡Sin globo te puede salir el lobo!", oí gritar a alguien -obviamente hacia nosotros- y nos echamos a reír -bueno, yo gruñí, también-, mientras Dimitri estallaba y yo sentía que se me deslizaba afuera, así que lo apreté más.
Yo aún tenía para rato, así que me acarició con sus dedos -y su boca en mis pechos, forzando su espalda hacia mí- y sentí como si la temperatura del planeta -completo- subiera en miles de grados.
"¡Yessss!", me deslicé hacia su pecho, más satisfecha con con una hamburguesa doble, con tocino y pata -y con papas, además- y me enrosqué a ronronear en su pecho mullido -de músculos, aclaro- y poco peludo.
Mi cuerpo palpitaba por todas partes, como si se rearmara.
Pero estábamos -mi corazón, mi cuerpo y yo- contentas, bendecidas y nos sentíamos maravillosas.
"¿Por qué cresta no lo hice antes?"; me dije, "¡debí saltar sobre sus huesos en el día uno!".
Pero sabía que debía hacerlo en el momento preciso, para que fuera -por siempre- atesorado.
"Estoy tan feliz, Mi Mitri, que lo haremos a diario y por siempre jamás!", ¡y él se echó a reír, el muy patúo!
Él seguía hirviendo y me arropé con él.
Sus dedos recorrían mi pelo.
"Te amo, mi Roza", me dijo, antes de volver a besarme.
Podría estar así por siempre y para siempre.
Pero ya comenzábamos a enfriarnos, sip.
Que nos buscaran y nos encontraran -en pelotas y congelados- no sería bonito. ¡Oh, no!.
Así que -casi sin movernos- intentamos recoger nuestra ropa.
Y ahí estaba el problema.
Ninguno estuvo realmente vestido.
Así que él recogió su pantalón -y se lo puso así, ¡comando!- mientras yo me revolvía, para encontrar algo así como otro pantalón.
Al final, tuve que levantarme y recoger la ya -muy- fría polera del pijama, y me puse un par de leggins que andaban por allí, para abrigarme.
Dimitri se puso la misma camiseta del día, y nos metimos a la cama, para seguir besándonos.
Finalmente, todo había encajado.
Finalmente, me sentía totalmente unida a él.
si notaron algo familiar, es la adaptación de las dos escenas -de los libros- de RoMitri. El conjuro y la cabaña.
Me parecieron adecuadas por sus líneas -románticas y profundas- considerando todo lo que han pasado.
¡Gracias Sandy, por todas tus sugerencias!
