EL EXTRAÑO ELIXIR DE JECKYL SENSEI - CAPÍTULO 2

Con un enorme sopor invadiendo mi razón, como si tuviera la cabeza metida entre las nubes, desperté con un rayo de sol que, molesto, me daba en la punta de la nariz. Mi nariz no es muy grande, así que, la luz llegaba hasta los párpados cerrados. Terminó por despertarme, maldiciendo por dentro el que me sacara del estado de gracia en que me hallaba inmerso. No recuerdo nada de lo que soñé; creo que no lo hice. Tan solo había caído dormido como un saco de patatas y ahora, sentía mi peso multiplicado por diez. En especial, el peso de mi cabeza. El colchón era duro e incómodo, aunque cálido y, curiosamente, emitía un bello tamborileo que me invitaba a seguir durmiendo. Con grandes dificultades, abrí los ojos. Lo que vi, me dejó fuera de juego por completo.

Me encontraba desnudo, tapado con una manta y sintiendo un delicioso hormigueo en toda la piel. Debajo de mi cabeza, el pecho de mi kohai se alzaba y se bajaba al compás de su respiración profunda. Su corazón retumbaba en mi oído; de ahí el tamborileo que escuchaba en mi ensoñación. Alcé la manta con temor, para comprobar lo que me temía: que él también se encontraba desnudo. Al descubrirlo, un grito salió sin querer de mi garganta.

¡Kuso!

—¡Senpai! —gritó Morinaga, incorporándose de golpe y haciendo rebotar mi cabeza varias veces. Desde arriba, me miró con asombro, mientras yo me sentía enrojecer hasta que la cara me ardió.

—¡Qué! ¿Puedes no gritar? ¿Quieres despertar a Kanako?

—Pero, si has sido tú quien ha gritado…

—¡Eso… da igual! —dije, absurdamente. Me levanté de la cama y, sin saber con qué taparme, muerto de vergüenza, me dirigí a la puerta de su habitación, para desaparecer de ese lugar lo antes posible. Necesitaba un baño; bajo el agua, podría reflexionar sobre todos los acontecimientos de la noche anterior. Antes de alcanzar la puerta, la mano firme de Morinaga prendió mi brazo con firmeza. Me detuve, molesto, y me giré a mirarle.

—Senpai —susurró, con voz de terciopelo—, no te sientas mal. Sé exactamente lo que pasó contigo anoche.

—¿Lo sabes…? —pregunté, con un hilo de voz.

—Pues claro. Probaste el elixir para Kuroshin en ti mismo, ¿verdad?

—Sí —bajé la cabeza y, de pronto, me olvidé de que estaba desnudo. Tan solo me sentía derrotado, débil y confundido—. Es importante, Morinaga. Necesito ese dinero, lo necesitamos todos. Las cosas no van bien y hay que ganar algo, ya no basta con las pocas monedas que nos pagan por las medicinas que fabricamos. Hay que hacer cambios, mejoras en la casa. Kanako quiere estudiar, el tejado está agujereado… ¡El laboratorio también necesita reparaciones! Estoy desesperado, por eso… —No pude seguir. La voz se me quebró y, muy a mi pesar, las lágrimas brotaron de mis ojos—. Siento muchísimo lo de anoche, te aseguro que no volverá a pasar.

Entonces, Morinaga tomó mi barbilla y la levantó, clavándome sus ojos en el fondo de los míos.

—Senpai, no tienes que disculparte. Soy… yo soy tuyo. Puedes hacer de mí lo que quieras, siempre que quieras —musitó, y acercó sus labios a los míos. Yo abrí los ojos con desmesura.

—¡No hagas eso! ¡No digas esas cosas, hombre! Solo… ¡No era yo mismo! A partir de ahora, no habrá más pruebas. Veremos el efecto que le hace el elixir a Kuroshin, ¡eso es todo! —exclamé, saliendo de su habitación y cerrando la puerta con un golpe.

—¿Onii-chan…? —La voz de Kanako me devolvió la plena conciencia de que me encontraba todavía desnudo, ahora en mitad del pasillo. Avergonzado, me cubrí con las manos, mirándola con fijeza. Ella se ruborizó.

—Kanako… ¡buenos días! —dije, alzando la voz innecesariamente, con la esperanza de que el suelo se abriera bajo mis pies en ese momento y se me tragara la tierra.

—¿Por qué estás desnudo… con el pelo suelto? ¿Y, por qué estabas en la habitación de Morinaga?

—¡No preguntes tanto y ve a tus cosas! ¡Ahora mismo te ayudo con el desayuno! —grité, corriendo hacia el baño.

El almuerzo fue un poco incómodo. En la mesa, Morinaga no se atrevía a decir nada, mientras yo era incapaz de aguantarles la mirada a ninguno de los dos. Kanako era la única que parecía estar pasándolo bien. Demasiado bien.

—¿Queréis más comida? ¡Seguro que tenéis hambre esta mañana!

Yo quería fundirme. Tardé en poder contestarle a esa descarada.

—¡Métete en tus asuntos! ¡Ya hemos comido bastante! Morinaga, vamos a trabajar.

—¡Oh, sí, a trabajar! —la voz de Kanako sonó melosa y cursi. Ese fue mi límite. La miré con ojos de fuego.

—¡Escucha bien, mocosa! No te atrevas a insinuar tonterías ni a meterte con nosotros, ¡¿está claro?! ¡Cualquier cosa que pase entre Morinaga y yo es puramente científica! —Lejos de arredrarse, el gesto de Kanako se dulcificó todavía más.

—¡Ayyy, ustedes son taaaan lindos! —Incapaz de contestarle, con las mejillas ardiendo, me levanté de la mesa y me encaminé al laboratorio, mientras veía por el rabillo del ojo a Morinaga, con el mismo deseo que yo de desvanecerse de la incómoda escena.

A pesar de la extraña situación, Morinaga conservó el temple. Fue a la mesa de trabajo y comenzó a observar los restos de mi experimento de la noche anterior.

—¿Qué es este líquido púrpura?

—La poción de Hiroto. Se me ocurrió mezclarla con el compuesto. No es necesario que te cuente el resultado...

—¡Vaya…! Pues, la verdad es que funciona. No solo hizo que aumentara tu carga de testosterona, también aumentó el tamaño de tu pene, ¿verdad? Normalmente, no es así —Le miré por primera vez en toda la mañana, con enorme asombro.

—¿Puede saberse qué sabes tú sobre el tamaño habitual de mi pene?

—Oh, bueno, soy un científico, ya sabes. Observo las cosas… ¿Recuerdas el día que fuimos al onsen?

—¡¿Cómo?! ¡¿Te dedicaste a calibrar mis...atributos ese día?!

—Fue simple curiosidad científica, senpai. Me pregunto cuánto tiempo durará el efecto del elixir… —se acercó a mí y me echó la mano entre las piernas. Me aparté de un salto y le propiné un bofetón que le giró la cara.

—¡No te atrevas! Has dicho que sabes lo que me pasó, ¿no? Que estaba bajo los efectos de ese elixir demoníaco. ¡Pero ahora, no lo estoy! Así que, como se te ocurra tocarme, ¡te mato!

La cara de mi kohai adquirió una mueca de tristeza. Se mordió los labios y bajó la mirada, empalideciendo un tanto. La verdad es que no sé por qué le hablé así. Sin buscarlo, me venían a la cabeza flashes de la noche anterior, sus manos, sus caricias, el olor de su piel. Su boca… Todas esas sensaciones me hacían sentir indefenso delante de él. Y yo no podía permitirme ser una débil damisela en sus manos. Era el cabeza de familia, tenía la obligación de tirar de la casa hacia delante, sin tonterías ni sentimentalismos. Ya había amado bastante: a mi madre, que murió. A mi padre, que me abandonó con Kanako. A mi hermano, que se había marchado a otro país. Eran más que suficientes pérdidas para una sola vida; no iba a permitirme más. El corazón estaba mejor bajo llave, yo ocupándome de mis experimentos y Morinaga ayudándome, hasta que encontrase esposa. ¿Quién sabe si Kanako…? Con esas ideas en mi cabeza, le aventé a mi kohai una fuerte palmada en el hombro.

—¡Venga, basta de tonterías! ¡A trabajar!

Pasamos la mayor parte de la mañana rehaciendo la fórmula, ajustándola para que hiciese efecto en Kuroshin. Antes del mediodía, habíamos logrado una cantidad razonable de elixir. Morinaga me miró, con cara de demonio.

—¿Quieres probarlo, senpai?

—¡Déjame en paz! ¿Por qué no lo pruebas tú? —le brillaron los ojos.

—Más te vale que no lo haga, te lo aseguro… —dijo, con una voz cargada de sensualidad. Teniendo en cuenta que me sacaba media cabeza de estatura y el tamaño de sus atributos, no me quedó más remedio que darle la razón en silencio. Si Morinaga se tomaba esa poción, no me soltaría hasta partirme en dos. Sentí de nuevo un calor que subía a las mejillas desde el vientre. ¡Maldita sea!

—¡Vamos al establo! —grité, casi con enojo.

Fue él quien le acercó al caballo un bebedero con el líquido dentro. Habíamos añadido esencia de avena, para que el olor le resultara más apetecible. Lo tomó despacio, pero sin parar. Una vez terminó, nos quedamos observando. Y se obró el milagro: a los pocos minutos, Kuroshin se acercó a la hembra y, sin delicadeza, la montó con energía. Mi kohai y yo chocamos las manos.

—¡Genial! ¡El elixir funciona!

—¡Y de qué modo! Senpai, ¿te das cuenta de la repercusión que puede tener esto? —¡Sí, podré venderle el potro a Isogai! —Morinaga me sonrió.

—¡No solo eso! Estoy seguro de que no hay en todo el archipiélago un afrodisíaco como este.

¿Sabes cuánto pueden pagar muchos nobles entrados en años por él? —le miré con asombro.

—¡Tienes razón!

—¡Senpai, creo que hemos encontrado oro!

Pasamos el resto del día observando a Kuroshin, sus reacciones, el tiempo que le duró la erección y las veces que montó a la hembra, que no lo rechazó en ningún momento. Todo aquello me puso de buen humor y me hizo olvidar la zozobra de la mañana.

A la hora de la cena, Kanako estaba encantadora.

—Es maravilloso que el experimento haya salido bien. ¡Estoy muy feliz por vosotros! —Puedes estarlo también por ti; si ganamos suficiente, podrás estudiar.

—¡Ay, qué bien! Aunque os echaré de menos —dijo, con la vista fija en Morinaga, que le devolvió una melancólica sonrisa.

—Y nosotros a ti, Kanako-chan —le dijo mi kohai, manteniéndole la mirada.

—Bueno, vendré siempre que pueda —contestó ella, sin quitar su sonrisa bobalicona. No sé por qué, eso me hizo enojar.

—Basta de sentimentalismos. ¡No es necesario tanto drama, ni siquiera hemos comercializado el elixir!

—¿Qué te pasa, onii-chan?

—¡Nada! Me voy a la cama. Morinaga, no te acuestes tarde, ¡mañana hay trabajo! —y me fui derecho a mi habitación.

¿Qué me pasaba? Mi kohai tenía razón, el descubrimiento era oro. Muchos pagarían por él. Incluso, con un poco de estudio, yo estaba seguro de poder adaptarlo a mujeres que desearan aumentar su apetito sexual. No había alquimistas mejores que nosotros, de eso no me cabía duda. Además, yo mismo había estado fantaseando esa mañana con la idea de casar a Kanako con Morinaga. De pronto, se me revolvió el estómago con la idea. ¡¿Qué demonios me pasaba?! ¡Maldición! ¿Qué era lo que me había hecho mi compañero aquella noche? ¿Qué embrujo me hizo para prendarme así de él?

Enfadado, dando vueltas por la habitación, escuchaba las voces de mi hermana y mi kohai afuera, riendo amigablemente. No pude más y me tendí en la cama, tapándome la cabeza con la almohada para no oírles.

No sé cuánto rato pasó. Solo que no me dormí en absoluto y que, un rato después, me retiré la almohada y ya no se oía sonido alguno. Sin pensarlo, me levanté. No creo que fuera consciente de lo que hacía. O quizás sí. Salí de la habitación y, a oscuras y en silencio, me encaminé al laboratorio.

A hurtadillas, como un ladrón, me acerqué a las redomas del elixir. Ni él ni yo las habíamos lavado. Eso era muy raro; jamás las dejábamos con restos de nuestros experimentos. Pero ninguno de los dos había querido eliminar del todo el compuesto. Consciente de ello, rebañé con el dedo uno de los recipientes y me lo llevé a la boca. No necesitaba convertirme en un animal. Me bastaba con perder la vergüenza.

Dos minutos y el efecto fue obvio. El picor, el cosquilleo. La sensación física que superaba cualquier barrera de mi consciencia, de mis complejos. Subí las escaleras y me introduje,sin hacer ruido, en la habitación de mi kohai.

Tardé un instante en que los ojos se acostumbraran a la oscuridad, un poco más densa en su cuarto. La luz de la luna me dejó ver su silueta. Se me paró el corazón: estaba sentado en la cama, con la manta tapándole hasta la cintura, el torso desnudo. Su voz me llegó como una melodía.

—Te esperaba.

—¿Cómo...qué…? —balbuceé.

—Eres muy obvio, senpai. Ven —me giré, indignado.

—Lo que soy es un idiota. Me voy.

—¿Vengo a buscarte? —preguntó, y en el acto, ya estaba junto a mí. Me tomó de la cintura y me giró hacia él—. ¿De qué tienes miedo?

—De… mí mismo, supongo. No lo sé —murmuré.

—Senpai, he visto tus celos y tu miedo esta noche. No temas nada. Kanako es una hermana para mí, igual que yo para ella. Sabe muy bien de quién es mi corazón —y sus labios de seda besaron mi cuello, arrancándome un gemido. Al escucharlo, sacó la lengua y recorrió desde la clavícula hasta el mentón. La erección que ya llevaba, aumentó junto con el hormigueo y las cosquillas.

—Morinaga…

—Shhh… no digas nada —susurró, con los labios acariciando los míos, que ardían. Me besó y me sentí fundirme. El ritmo subió y encontré su lengua en mi boca, que abrí para darle acceso.

—Vamos...a la cama… —pude decir. Como la noche anterior, tenía dificultades para hablar, pero muchas menos. La dosis había sido menor.

—Claro que sí, mi ángel. Vamos a la cama.

Su lengua bajando por mi pecho, entreteniéndose en los pezones, me volvía loco. Las manos acariciando mi vientre, masturbando mi miembro con firmeza. Las caricias en mis testículos. Me atreví a tocarle.

—Eso es, amor, tócame —dijo a mi oído. Sus palabras espolearon mis sentidos aún más y agarré su miembro con fuerza. Soltó un gemido.

—Así… más, no pares.

Al movimiento de mis manos, sus caderas se alzaron, buscando el contacto. No sé cómo fue, pero separé sus tobillos y coloqué cada uno de sus pies sobre mis hombros.

—Oh, sí, sí… —dijo.

—Claro que sí —contesté, apretando la punta de mi pene contra su entrada. Gritó, cerrando la boca para impedir que mi hermana nos oyese.

—Shhh… ¿Qué es eso? No quiero protestas, me vas a dejar penetrarte, ¿sí?

—Sí, senpai… por favor, entra hasta el fondo.

No fue difícil. Mi líquido preseminal humedeció su cuerpo y mi punta entró con suavidad. Viendo los esfuerzos que hacía para no gritar, me acerqué despacio a su cara.

—Grita en mi boca —dije, abriéndola y colocándola sobre la suya. Eso lo enloqueció todavía más y alzó las caderas, lo que me permitió penetrarlo por completo. Así, montado sobre él, apenas me moví un par de veces y ambos nos corrimos a la vez.

Me tendí a su lado y me abrazó por la cintura. Besó mi boca repetidamente, con tanta dulzura que casi me saltaron las lágrimas.

—Te amo, senpai —dijo. Le miré con asombro. Traté de decir algo, pero las palabras no salieron. De ese modo, enterré la cabeza en su pecho y, sin mirarle, le abracé. Escuché un profundo suspiro que llegó suave hasta mi oído, como un quejido silencioso. Y así, sintiéndome extraño y culpable, me quedé dormido de nuevo.