La feria de intercambio prometía ser la mejor del estado (de Zombieland inc, claro) y dar algo de diversión a los oscuros ánimos internos.

El encierro, la escasez, la diferencia entre moroi y dhampir -lógica-, la amargura, el resentimiento y la angustia por el futuro; sumado a la necesidad de saber si los otros lo lograron; hacía que no fuera muy buena la idea de dejarlos solos por demasiado rato, y tampoco sacarlos a tomar aire.

E iba para todos.

Tenían que, claramente.

Y debían expandirse más y más, escarbar más y más, cazar más y más y evitar más y más a los carroñeros, que ya habían eliminado a su guardia zombie, y se aprestaban a salir a los caminos, y más ferales que nunca.

Claramente, harían pagar a los hijo'e'puta que les hicieron la encerrona, y el asentamiento era el primer sospechoso, claro.

El que aún no encontraban, extrañamente.

Ahí había algo raro, y era algo que -probablemente- podía tener que ver con la carga mágica.

Algo aún no explorado.

Algo que deberían estudiar, si querían sobrevivir a ese mundo de locura.


"Que Bertie y Ellen se queden con alguna cosilla", presionó Rose a Mikaela, que instalaba su stand de intercambio en la feria, "les ayudará a..."

"¿Distenderse?, ¡y sí que lo están, el par de cochinonas!, ¿sabemos quiénes son los afortunados... o afortunadas?, da lo mismo, en este caso".

"¡Se lo tienen más que guardado!, ¿Andy?, ¿algún secreto de confesión que quieras... confesarnos?"

"¡AH!, esas pecadoras pecan en privadísimo", suspiró y se echó a reír, "¡Y hay tan poco que chismear en estos tiempos aciagos!, pero creo que son pajaritos y no... pollitas, si me entienden... yo sí sé que Ellen tenía un prospecto y es guardián. Pero nunca supe más de eso".

"¡Guardián!", se asombró Rose, "¡Ellen Kirova!, ¿será Lawrence?"

"No le gustan las guaguas, Rose, si no pasa a los niñitos, no querrá hacer crecer a uno", la amonestó Mikaela.

Y de pronto, todos se miraron.

Y sumaron dos más x... y les dio...

"¿Stan?", dijeron a coro.

Stan.

Stan Alto.

El mayor de todos los guardianes de la academia.

De 45 años.

"Y ella tiene... ", dudó Rose.

"Cumplió los 35 años", corroboró Andy.

"Entonces nos falta Bertie, ¡y sí le gustan los niñitos!", dijo Mikaela, excitada.


La feria fue un éxito.

Todos los estamentos sacaron todo lo que les ocupaba espacio.

Desde las cocinas, al guardarropa.

Herramientas, libros, juguetes (¡ejem, sexuales también, claro!); y de todo, para su satisfacción personal.


Una figura silenciosa se separó del grupo y del jolgorio -llevando dos tazones de café fresquito- y entró en el edificio de administración.

Un trío de ojos la siguió, curiosos.

"Alguien de los de turno, adentro", susurró Andy, sorbiendo su café, "son cinco. Dos guardianes, dos morois y un humano. Y tres están -recientemente, al menos- emparejados. Y eso nos deja..."

"A un moroi y a un humano", susurró Rose, sobre excitada.

"¡Y ambos bajo los 25 años!", casi saltó Mikaela.


"Éste es el Capitán Hans Croft, de Pensilvania, por la línea privada de emergencia inter escuelas. Repito, soy Hans Croft. Necesito una identificación positiva, over", sonó la voz en la radio, cargada gracias a las baterías solares que habían llegado.

El tec miró a la radio, dubitativamente.

No era que no supiera usarla, pero dudaba del hablante.

¿Aparecía Croft, así de la nada?, ¡sospechosa la wuá!, habría dicho un comediante que vio en internet, una vez.

"¡Acá Croft, de Pensilvania...!", repetía la -ya- molesta voz.

"¡Ya te oí, viejo!", respondió, tomando la radio, "¿quién dijiste que'rai?, ¿y de dónde?".

"¡Habla Hans Croft, Capitán de la Guardia General!, ¿con quién hablo?"

"Me dicen el tec o el nerd. Da lo mismo, Croft. Acá no usamos esos títulos rimbombantes que se usaban antes de la primera guerra... pero de la Era del Hielo. Cómo sea... ¿qué querí?, tengo cosas que hacer acá. Y estoy siendo amable, podís ser cualquier otro".

"¡Ésta es una línea privada!"

"Claro, pero Pensilvania podría estar bajo ataque o destruída, por lo que sé o me importa. Así que, chopchop. Habla o te corto... la señal", y se rió de su propio chiste de doble sentido. "Te bloqueo y todo, ¿cachai la onda?, ¿qué querí, cabrón?"

"Nos llegó la información de que un cargamento dirigido a nosotros se desvió y fue enviado a ustedes, en Montana", comenzó.

"El correo anda como la mona en estos días, ¿y qué querí que le haga?".

"¡Necesitamos ese cargamento!"

"¿Y tení el track, al menos?, si no lo enviaron certificado, me temo que no es rastreable".

"¡Lo iba a enviar Mazur a nosotros!"

"¿Mazur?, ¿tenemos algún Mazur acá?", fingió revisar papeles e hizo ruido y todo eso, riéndose por dentro, "nop, ninguno. Así que puede tener mala la dirección. Espera a que se devuelva y entonces, lo reclamas, como todos los ciudadanos del mundo".

"¡No!, Abe Mazur iba a enviarnos una remesa. Luego, recibimos un mensaje de que lo envió a Montana, y que -ahora- ustedes eran su prioridad. ¡Había un acuerdo previo! ¡Exijo hablar con quién está a cargo!. ¡Kirova o Petrova!"

"Ninguna está a cargo ahora, idiota. No somos más una escuela o un orfelinato o lo que creas que somos. Tenemos dos gobernadores y una de ellos es una de las tres -legítimas- herederas de este sucucho acogedor. Así que nop, estás desinformado. Y... Juera!"

"¡Entonces quiero hablar con alguna de las Princesas!", gritó Croft, desesperado.

"¡Vaya!, nos pusimos oligárquicos, por lo que veo".

"¡La Princesa Vasilissa o la Princesa Natalie, por favor!"

"Natalie murió, como zombie, me temo. Y en cuanto a Lissa... bueno, ella va como Lady Lissa, sólo si llamamos Princesa a su prima, ¿capicci?, actualiza tus redes, cabrón".

"¿Prima?, ¿acaso Janine Hathaway está allá, con ustedes?", dudó el atemorizado Croft.

"Ella sigue de regente en St. Basil. Es algo de derechos sucesorios, me temo. Algo complicado de comprender, para zopencos como tú, claro".

"¡Y entonces quién está ejerciendo de Princesa Dragomir en St. Vlad!", se desesperó Croft.

"Ya deberías saberlo. Te lo dije, ¿cierto?, una de las tres. Acá es vox populi, amigo mío. La Step Princess también la llaman, la hijastra de tu reina moroi"

"¿Hijastra de quién?, ¿de la Reina Tatiana?", dudó Croft.

¡Ah, no se habían enterado!, ¡güena!.

Se frotó las manos el tec, con el chisme fresquito.

"¡No entiendo nada!", gimió Croft, casi al borde del colapso. "¡De quién mierda estás hablando, estúpido morón!", estalló.

"¿Sumaste dos más dos y te dio veintidós, verdad? ¡pobrecito!, me refiero a la única, grande y nuestra Princesa Rose; hija de la Princesa Janine y de Abe Mazur -o el Zmey, como lo conocen por esos lares- y, por ende, Step Princess de Pensilvania; a causa de su madrastra, Quenny Tati o Tía Tute, como cariñosamente le dice. Después de todo, está comprometida para casarse con su sobrino, Dimitri, que es hijo -cómo ya deberías saber-, de un tal Randy Ivashkov... ahora, ¿cómo te quedó el ojo?".

"Estamos perdidos", murmuró Croft, derrotado.

"Y nosotros no, aún, pero somos más inteligentes, creo yo. ¡Zeeee!, Ustedes sólo tienen arrogancia -¡con sus inútiles lords y Príncipes moroi, allá ocultos!-, mientras nosotros usamos nuestra magia para vivir, y no para sobrevivir ni para subsistir. Los morois somos como los guardianes, ahora. Somos cazadores, ya no más simples recolectores. Prevaleceremos más que ustedes. Y respecto al despacho; sip, Mr. Zmey Mazur, Sr. está pagando -a cuotas, ¡cómo lo hayaí!- la manutención de su hija Rose, que cumplirá 18 años. Así que está 18 años atrasado. Así que no creo que tenga más para mantener a una inutilidad con piernas y corona, como es su esposa. Puedes decirle eso. ¡Y dile, además -a la muy cabrona-, que revise su mail, o perderá más que esta remesa!. Cambio y Fuera".

Y cortó la transmisión y cruzó los brazos sobre el pecho, con mucha satisfacción.

Un ruido lo alertó y se enderezó.

En la puerta, una boquiabierta Alberta lo miraba.

Traía en la mano el café, aún caliente (¡más caliente se veía la Diosa de Ébano, esa Reina de Saba que era Alberta!).

Y en la otra, su propio mug, aún humeante.

"¿Upsy?, ¿se me anduvo arrancando el gato, al parecer?", se encogió de hombros y aceptó el café.

¡Oh, glorioso café!, lo sorbió con gozo.

"Lo tenían que saber, tarde o temprano".

"¿Qué oíste?".

"¡Pues todo!, seguro que era Croft, ¿verdad?".

"Pude chequear la señal y geolocalizarla en Pensilvania y en el sucucho que ellos llaman su corte. Además, conozco esa voz. Cuándo me envió acá -negándome el derecho a escoger y a mis vacaciones, que no pagó, el muy miserable- fue el inicio de su tumba. Que la disfrute. Y se de vueltas en ella, porque no iré a enterrarlo yo".

"A Tatiana le dará un sopocio", sonrió Alberta.

"¿Y quién reinará, me pregunto?, el padre de Rose, como su consorte... ¿o Dimitri?, que es su sobrino y del único que sabemos que está vivo... Mazur debería enviarlo un helicóptero, me temo. ¡Y no tengo licencia de manejo, lástima!".

"Interesante pregunta", se sentó Alberta, no sin antes cerrar la puerta, y dejando su propio café sobre la mesa...

Mientras él le iba desabotonando su blusa... botón a botón.

Y ella sonreía, ¡la muy traviesa!.