"La Audiencia de Divorcio está fijada para mañana, Kiz", le informó Mazur a Rose, en su nueva comunicación, "cómo soy mi propio abogado, lo redacté en mis términos".

"¿Y el juez?, ¿Jué?, ¿y si no va?"

"Me inscribí como suplente, en línea. Aunque... no hay demasiada demanda, al menos... me llegó el aviso de un tal Mazur que quiere divorciarse a larga distancia de la bruja de su esposa. Así que... mañana veremos si nos vemos a la cara o no".

"El tal Croft se comunicó. Y por deferencia, le dijeron que revisaran los mails. Así que... no puede decir que no le avisamos", dijo Rose, divertida con la idea. "Quiero que recuperes St. Basil para nosotras, así como St. Vlad para Lissa, Baba. Esos contratos de arrendamiento con ese derecho a uso permanente, en estos tiempos..."

"Se llama usufructo, Rose. Y sí, eso se revisa cada... 50 años, en realidad, y fue postergado por 50 -o pico- de años, me temo".

"Que paguen, entonces".

"¡Oh!, lo harán, y dónde más les duela".

"La isla de los dhampirs, en Chile, Baba. Quiero esa. ¿Me la puedes conseguir?".

"¿Esa islita?, esa ya es mía, claro. A cambio de la porción de la corte en la que está construído su casucha y por el que debía pagarme renta... perpetua. Así que me quedé con la isla, y ella con su sucucho. Parte de las capitulaciones matrimoniales, que se desharán, claro", dijo, muy ufano.

"O sea, ¿la corte también es tuya?".

¿Por qué tan interesada, Rose?, ¿acaso ya no quieres ser una Princesa?, ¿o acaso... ahora ya quieres ser una Reina, más de lo que ya lo eres,claro?

"No toda, me temo. Las expansiones constantes han sido financiadas con dinero de muchos inversionistas, los Mazur, entre ellos. En complicados contratos, y muy difíciles de romper, claro. Si algo tenemos los moroi, es astucia. Más que la magia. Eso es sólo un pelo en nuestra cola. Bueno, los que la tenemos", sonrió, con todo y colmillos.

"Pero la has usado, a tu magia, digo. No a tu esposa. ¡puaj!", la sola imagen...

"A ambas, pero la magia es... satisfactoria. ¡Soy un moroi de sangre caliente, Rose!, también tuve tu edad, y también fui virgen...".

"¡Baba!".

Rose pareció verde, pero de asco.

"Lo he probado -casi- todo en el sexo, Kiz. Tríos, sub, con hombres, con bi, con morois, dhampirs, humanos y..."

"¡Ya basta!, ¡no quiero saber a qué pobre animalito se lo quisiste meter o que serpiente te metiste por el di'atrás. Pero gracias por las imágenes, Baba, ¡muchas gracias!, me acompañarán por siempre!".

"Para qué están los padres, Kiz. para eso estamos", dijo con una sonrisa que era sólo satisfacción.


El divorcio por no presentación -rebeldía o desacato, creo que lo llaman- salió tan expedito como tumultuoso fue el matrimonio.

Mazur estaba tentado de enviar por correo los documentos legales, pero temía que el servicio... estuviera muerto. Jeje.

Así que esperaría a los Himeneos de Rose y Dimitri, para hacérselos llegar, junto a un parte de matrimonio.

Claro.

Después de todo, ella seguía siendo la tía del novio.

Y -secretamente creía- que ellos esperaban algo de ella, que fuera un feo jarrón... que si ella -la Tía Tute, claro- fuera telequinética, les arrojaría -desde Pensilvania misma- y hasta sus cabezas.


Con el último envío de Mazur a su hija, llegaron también los papeles electrónicos firmados -por Mazur, como abogado, juez y demandante- del divorcio del siglo.

Y Rose quiso celebrar su buena fortuna, pero con todos, ¡incluso con Tatiana misma!, si la veían, claro.

Serviría para subir los -ya- agrios y paranoicos estados de ánimo de -casi- todos por allí.

Además que anunciaría la fecha de sus Himeneos con Dimitri.

Que serían -¡!- al día siguiente de la próxima luna llena.

¡Al fin!.

Y para la ocasión, Rose usaría un hermoso vestido -¡y de época de la Regencia, además! (¿Lizzi Bennet en Pride, Prejudice & Zombies, alguien?, ese con el tajo en que se le veía los churrines con vuelitos)- que venía en la caja de vestuario.

Al parecer, Abe no había discriminado entre vestuario real y de teatro o cine.

Pero las telas eran -siempre- bienvenidas.

¡Y eran muy hermosas!


Ese día, Rose y Dimitri habían decidido distribuir pequeños regalos personalizados a cada integrante del asentamiento, para así hacerlos sentirse felices y queridos.

Era una ofrenda, pero a la inversa.

Porque el asentamiento eran todos.

Pero también hubo ofrendas a la Pacha Mama, a Gaia, a la Madre Naturaleza, y a todas -y todos- los dioses benévolos, de cada cultura y religión.

No importaba como se llamaran.

Lo importante era llamarlos.

Que vinieran, que los ayudaran a salir adelante.


Había de todo, pero se ocuparon de que pudieran tener acceso a materiales para sus hobbies, que los ayudarían a pasar el encierro, que ya los tenía locos y alienados.

Hubo bailes y risas y juegos y premios -muy semejante a la de los días de la Scavanger Hunt de sus tiempos de estudiante-, y se formó una atmósfera que exorcizó -en parte- la nube oscura que pesaba sobre ellos.


"¿Recuerdas nuestra última Scavenger?", le dijo Eddie Castle, acercándose con una niña de pelo castaño, "fue antes de que te fueras con Lissa... ¡esa si fue una locura!, creí que Kirova sí te echaría esa vez... ¡Y te metiste a su hospedaje, Rose!".

Rose sonrió, pero recordaba otra Scavanger.

La del Multiverso.

Había sido Dimitri quién la ayudara a entrar al alojamiento de Kirova, y vio que tenía gatitos ocultos.

Además, ella había escamoteado el pesado brebaje de bruja que Cojarcu llamaba su colonia, desde su mismo alojamiento.

Con un traje negro y ridículas etiquetas pegadas por todas partes, dijo que era una ladrona de identidades.

¡Y todo por unas trufas de chocolates rellenas de tocino!, que Lissa le rogó para Cristian.

Los muchachos querían el vino, las cintas de DVD y el internet.

¿Y ella?, sólo la adrenalina del primer lugar.

Y ese beso robado a Dimitri.

"... Y, además, Jill quería conocerte", concluyó Eddie, y Rose parpadeó, ¿de qué se perdió?.

"¿Jill?"

"Sip, Jill Mastrano. Sonja Karp es mi tía", pió la niña rubia.

Oh. La hermana escondida de Lissa Dragomir, claro.

Se dijo Rose, entre confusa y nerviosa.


En medio de todo ese jolgorio, Alberta caminaba por las calles de la corte -en un sueño de la net, claro- para ir a hablar con Croft.

Previamente, la net dreamer había colgado un aviso mental para Croft, y esperaban que estuviera alerta.

Cómo él no sabía de ella -de la net dreamer, claro- sólo sentiría la necesidad de dormir una siestecita corta, en ese mismo momento.

O eso esperaban.


Era un gran riesgo para Alberta.

Así que tenía instrucciones precisas de no acercarse a él.

Y si era necesario, debería usar un antiguo ritual, para empujarlo fuera del sueño y de la net.

Pero él no podía intentar contenerla o retenerla.

Porque no sabían lo peligroso que eso podría ser para ella, para ellos o... para todos.

Y él... era un hombre desesperado.


¡Ah!, la recordada Tía Tute, claro. Los que vieron Sábado Gigante (en cualquiera de sus versiones) recordarán a la entrañable conductora en Chile era del bus escolar-, y ella gritaba ¡Tía Tute, Tute, Tute!, girando sobre mí misma, al anclar un pie en el suelo.