Parte III
El despiadado LÍDER SUPREMO HUX gobierna la Primera Orden desde su capital móvil estacionada en Coruscant. Con la comunicación entre sistemas intervenida, se rumora la muerte de la Resistencia y del Último Jedi, mientras detractores del régimen son ejecutados públicamente. Desde el rincón más alejado de la galaxia conocida, la UNIÓN DE ALIANZAS LIBRES liderada por la CANCILLER LEIA ORGANA se prepara para un contraataque, esperando encontrar en el Supremacy pruebas del regreso del temido Emperador...
Capítulo 1: Los Jedi Rebeldes (parte 1)
Ben aún tenía cosas que aprender, reconoció mientras forcejeaba con un cultista que trepaba a su espalda para derribarlo. Cosas como que, desde el lado luminoso, una horda de adoradores del lado oscuro era difícil de burlar con solo dos blasters y su ingenio. Ellos tenían el bosque. Pero él, la Fuerza. Paralizó al ser colgando de él con un disparo, y con la otra arma aturdió al que se acercaba con una hoz. Pateó al que sintió aproximarse por un costado y esquivó los rayos del que venía detrás de aquel.
A esas alturas de su vida reconocía una amenaza al oírla, incluso cuando se la chillaban en idiomas desconocidos, pero en la calma de la luz, él estaba bajo control. Extender sus sentidos a la Fuerza en Mustafar era ya de por sí una prueba de autodisciplina, hacerlo bajo ataque solo aumentaba el desafío, y Ben estaba dispuesto a aceptarlo. Aturdió al ser que le atacó y sin necesidad de mirar lo que hacía disparó al que se lanzó desde un árbol de palofierro, arrojándolo a los otros que cayeron como bolos.
Les disparó antes de que se levantasen a luchar de nuevo y fue al siguiente grupo de cultistas que se abalanzaban a él. Su fe los hacía fieros oponentes, pero él tenía cosas más importantes que hacer. La impaciencia amenazó a quebrar su enfoque, Ben la aceptó y dejó ir con una exhalación. Se cubrió tras un escuálido tronco de una ráfaga de rayos rivales y se ayudó con la Fuerza para esquivar el resto en su carrera a aturdir al último ser en pie. Cuando terminó, la marisma de Corvax quedó en silencio.
Se permitió unos momentos para recuperar el aliento. No por nada los cultistas protegían tanto ése pantano, pensó con leve admiración al tocar un esquelético tronco de palofierro. Incluso en aquel hostil planeta de lava y miseria, sentía en la Fuerza la vida frágil pero determinada, luchando por sobrevivir...
Giró con un escalofrío, mirando más allá del bosque ceniciento. También sentía la oscuridad en las ruinas del castillo de Vader, invitándolo a descubrir sus secretos. Serenándose, comprobó que ya no quedaban cultistas, guardó una de sus armas y fue en esa dirección. Debía acercarse de todas formas.
Su pulso se elevó al sentir la energía de las ruinas, y por un breve instante estuvo tentado a vagar entre la niebla y escombros. Tuvo que recordarse que lo que él buscaba ahora, no lo encontraría ahí. Para alcanzar el balance debía aceptar su oscuridad, sí, pero también ver más allá de ella. Pronto lo necesitarían en otro sitio. Eso esperaba. Se forzó a pasar de largo el castillo a través la espesa neblina.
En su último día de entrenamiento, Anakin le dijo que el oráculo y el objeto que aguardaban en el pantano junto a esas ruinas lo llevarían a enfrentar su verdadero destino. Como siempre, los detalles no eran claros, él asumía que era una prueba a su paciencia. Solo después se verían de nuevo. Tras el ambiguo aviso, se preparó por meses para terminar con lo que su abuelo empezó: acabaría con el Emperador, y con el ciclo de sufrimiento y violencia en el que aprisionó a su familia. Y a toda la galaxia.
El sonido de sus pasos debió alertar al oráculo de su presencia. Cuando llegó a la orilla del pantano, una criatura emergió de sus turbias aguas, agitándolas y alterando a la vez las nubes de tóxico vapor. El gigante ciego y oleoso frente a él padecía un dolor crónico que arrojaba ecos a la Fuerza, unido a una especie de araña de largos tentáculos. Ésta lo domaba desde la cabeza y un hombro. No parecía cómodo, y sin embargo, esa simbiosis era lo único que los mantenía con vida en aquel inhóspito lugar.
- Soy el Ojo del Pantano Hebroso. Sé lo que buscas... –la voz de la araña sonaba gastada, decrépita-. Pero no has pagado el precio. No mataste a mis protectores.
- No fue necesario –guardó el blaster de su mano, mientras hacía un sutil gesto con la otra.
La araña echó su cabeza hacia atrás con un chillido que él tardó en identificar como una risotada.
- Tampoco tu persuasión. ¿Crees que mi señor habría dejado algo tan valioso custodiado por alguien susceptible a un truco de la Fuerza?
Su abuelo pudo avisar. Pero al parecer, su espíritu no estaba autorizado a influir tanto en los vivos.
- No, supongo que no –tuvo que reconocer, inclinando la cabeza-. Mis disculpas.
- Las aceptaré... –cacareó, como si lo encontrase divertido-. Eres poderoso en la Fuerza, puedo sentirlo. Pero tu corazón no está en la oscuridad, no lo suficiente. Me temo que no eres digno.
Frunció los labios, una antigua ira agitándose dentro de sí. ¿Cuántas veces Snoke le dijo lo mismo? Él reparó en su error al sentir el calor de su sable de luz... Notó que su mano derecha se movía hacia éste, medio oculto bajo su chaqueta. No. La dejó caer al costado. El lado oscuro entorpecía su juicio, mostrándole las heridas que aún debía sanar. La intensa energía oscura de Mustafar nublaba su percepción, pero el lado luminoso también estaba ahí, tanto a su alrededor como dentro de sí. Suspiró.
- Soy el legítimo heredero de Anakin Skywalker. O el nieto de tu señor Lord Vader, si lo prefieres. El objeto que cuidas me pertenece, y realmente lo necesito para...
Reaccionó a esquivar la amenaza que sintió en la Fuerza, un ardiente dolor en el costado izquierdo lo hizo caer al suelo oyendo orquestas. No podía ser real. Cuando volteó a mirar la fuente de su ataque, paralizado, se debatió por despertar. Estaba en una pesadilla, de nuevo. Mientras música sonaba en el fondo de su cabeza, vio que con un destello rojo Kylo Ren cortaba al oráculo por la mitad.
Un altar salía del agua en lo que Ben razonaba que su herida era demasiado auténtica como para ser un sueño. El Kylo que tomaba el objeto guardado por la criatura muerta debía ser, de alguna forma, real. Se reprendió por sentir miedo, y se corrigió. El miedo era una oportunidad para practicar valentía. Despejando la mente para conectar con la luz, se levantó y extrajo su sable. La música se desvaneció.
- ¿Quién eres...? –lo increpó con seriedad- ¿Quién eres de verdad?
Kylo se volteó lentamente a él, la oscuridad que exudaba era intensa, cargada de fiero propósito. Con velocidad desconcertante, llegó hacia donde Ben estaba; él apenas alcanzó a bloquear el ataque de su sable de luz, rojo contra rojo, liso contra chisporroteante. Pero el de su rival no tenía una guarda.
- Soy quien tú debiste ser –la máscara distorsionaba su voz, pero no era el timbre de Ben.
Su alivio no duró, pues fue empujado brutalmente hacia atrás y su herida protestó. Manteniendo la emoción a raya, derrapó para conservar el equilibrio, y llamó a la luz para aliviar su dolor. A su mente vino el recuerdo de él escapando del Supremacy con una inconsciente Rue. Olvidó su máscara allá...
- ¿Estás con la Primera Orden? –entornó los ojos, intuyendo algo peor- ¿Sirves al Emperador?
Kylo no contestó. Pero Ben cometió el error de pensar en ella, y sintió su presencia en la Fuerza buscándolo desesperadamente. Gastó preciosos instantes en mantenerla fuera de su mente, instantes en los que su rival volvió a lanzar un mandoble en su dirección. Retrocedió, pero un ramalazo de dolor atravesó el lado izquierdo de su rostro, haciéndolo caer nuevamente. Su sable de luz rodó por metros.
Estuvo a centímetros de perder el ojo, veía borroso con él. Respirando agitado, Ben se incorporó lento y de a poco, mientras Kylo atraía su sable caído con la Fuerza. El objeto colgaba de su cinturón.
- Aún no es tu tiempo de morir... –Ren examinó la guarda de su arma-. Pero esto me pertenece.
Volvió a sentir a Rue cosquilleando en el fondo de su mente y cortó la conexión en la Fuerza que intentaba abrir. Enterró las emociones que bullían dentro de sí, enfocándose solo en el impostor frente a él. Ben estaba lastimado y en total desventaja, pero no escaparía del planeta con las manos vacías.
Cerró los ojos y vació su mente, entregándose a la corriente luminosa que le mostraba el camino. No siempre era capaz de llegar a aquel estado, pero al menos esa vez, supo de inmediato lo que tenía que hacer. Tomó aire volviendo a mirar al impostor. Con un grito, echó a correr directamente hacia él.
Por fracciones de segundos Kylo debió pensar que estaba desquiciado. Luego activó los dos sables de luz rojos y fue a su encuentro. En medio del espeluznante pantano del castillo de Vader, Ben Solo esperó a que las hojas de plasma estuviesen lo suficientemente cerca y frenó los mandobles usando la Fuerza con sus palmas abiertas. Antes de que el impostor tuviese tiempo a reaccionar, forzó sus manos hacia arriba, le atestó un cabezazo y en la confusión escapó quitándole el objeto del cinturón.
No debió hacer eso en aquel estado, la cabeza le dio vueltas con el golpe desviando su trayectoria al correr. Llamando a la Fuerza para calmar el malestar sacó un control remoto del bolsillo con la mano libre. Oprimió el botón mientras aún huía de Kylo, quien, oyendo el caza acercarse, fue a por su nave.
El X-Wing de Skywalker pasó de largo la ubicación de Ben, quien lo vio alejarse con airado estupor.
- Pedazo de chatarra... –soltó, y todo volvió a doler. Aferró el objeto en su mano para no tirarlo.
Dio un suspiro para calmarse, y recuperando su bloqueo al dolor echó a correr tras el caza sin dejar de oprimir el botón. Tendría que arreglarlo. Otra vez. La nave al fin volteó hacia él, pero notando que ésta no bajaría a recogerlo, Ben hizo acopio de todo su enfoque y saltó impulsándose con la Fuerza.
Aferrarse a una nave en movimiento era más fácil de lograr en su mente, pero se las ingenió para no caer, arrojando el objeto sin ceremonias dentro de la cabina para trepar a ésta con ambas manos. Apenas alcanzó a entrar y a cerrar la cubierta de transpariacero cuando comenzó la lluvia de disparos.
El Buitre Nocturno lo seguía de cerca, y resolvió que luego tendría tiempo para hacer teorías.
Tomó el control manual del X-Wing y evadió los rayos hasta perderse en una densa nube de vapor volcánico. Usó el calor y humo de los ríos de lava para confundir sus radares. La temperatura adentro aumentó riesgosamente, haciéndolo añorar su TIE desguazado en Ahch-To. Su caza modificado no olía a fondo marino, de donde sacó esa nave, pero era demasiado reconocible, y un Jedi debía entrenar para dejar ir sus todos sus apegos. En teoría.
Al cabo de minutos maniobrando en el humo los perdió, y empezó a sentir que sus fuerzas fallaban. Estaba herido y debía irse a curar a algún sitio. Perseguido por la Primera Orden y por la Unión de Alianzas Libres, encontrar refugio sería difícil. La meditación lo ayudaba a seguir consciente, pero sintiendo que su visión ya en sí afectada se nublaba, resolvió que debía elegir lo menos nefasto.
Dio unos saltos falsos, ingresó las coordenadas finales a la computadora y se acomodó al asiento en meditación profunda en cuanto la nave entró a hipervuelo. Horas después, la atmósfera de Myrkr bloqueó sus habilidades en la Fuerza. Apretando los dientes, haciendo lo posible para no desmayarse, aterrizó brusco y sin aviso fuera del refugio de la única persona que, tal vez, no dispararía al verlo.
Lando Calrissian palideció al verlo tambalearse fuera de la abollada cabina. El mundo le dio vueltas.
- No tenía otro sitio a donde ir… -balbuceó antes de perder la consciencia.
Un escalofrío recorrió la espina de Rue a los minutos de entrar encubierta al salón de baile con las otras acompañantes. Sabía que significaba peligro, pero sintiendo el lugar con la Fuerza, la noche en Canto Bight transcurría con la usual indolencia de la gente adinerada. Procuró actuar en conformidad.
La guerra de la Primera Orden contra los mundos libres no les afectaba, tampoco la miseria de los ya vencidos. Pero si ella lograba ser lo suficientemente discreta las próximas horas, las Alianzas Libres al fin tendrían oportunidad de dar su golpe. Dudó ante esa señal de alarma, mas abordada por un tipo en traje blanco, resolvió que ya no podía retractarse y arriesgar la misión. Conectando con la luz para mantener la mente despejada, sonrió aceptando su mano, y se dejó girar por él al ritmo de la orquesta.
Ser afable jamás fue su fuerte, para eso tenía a Nix y Finn que hiciesen amigos por ella. Pero con ambos asignados a otras misiones, debía practicar. Tras un incómodo intercambio de cortesías, ella y el altivo banquero kuati que la escogió guardaron silencio. Para su suerte, buena o mala, él tampoco quería hablar. Haciendo lo posible por ignorar la sudorosa mano sobre sus hombros descubiertos, la joven examinó el fastuoso salón con la mirada. Localizó a su objetivo en mitad de aquella canción.
El general Dent jugaba en las mesas de apuestas ubicadas sobre una plataforma que rodeaba la pista de baile. Solo necesitaba que viese abajo una vez. Confiando en la hábil conducción de su pareja, Rue se extendió con sus sentidos. El salón rebosante de seres se arremolinó frente a sus ojos cerrados mientras lo buscaba en la Fuerza. Una vez distinguiendo su presencia particularmente corrupta por la codicia, respiró profundo y rozó su mente con apenas un susurro: mírame.
Los ojos de hielo del general se levantaron de su juego directamente hacia ella, y Rue sintió un nuevo escalofrío. Se forzó a sostener su mirada fingiendo interés, con el insistente presentimiento de que alguien estaba en problemas. Luego volvió a fijarse en el tipo que la deslizaba por la pista de baile.
El kuati devoraba su cuerpo con los ojos, pero esa era la idea, ¿no? Mantuvo su desagrado a raya.
- ¿Tienes algo que hacer después? -preguntó él, sin siquiera dignarse a levantar la vista.
- De hecho, sí -sonrió a modo de disculpa, viendo de reojo a Dent-. Estoy reservada más tarde.
Reservada. La palabra ardió en su mente. Todas las acompañantes con las que entró eran meros objetos para gente como él. La única excusa válida para que dijeran no, era ya ser propiedad de otro. Recurriendo a la serenidad de la luz se recordó que no siempre podría salvar a todos. Debía priorizar.
- Oh. Una lástima –sus manos bajaron por la espalda de su vestido-. El rojo es mi color favorito.
- El mío también... -atinó a decir en lugar de noquearlo, y notó la mirada de Dent sobre ella por tercera vez. La pieza que bailaban terminó, dándole oportunidad de salir de ahí-. Con permiso.
Ya tenía la atención del general, pero caminar directo a él era demasiado obvio. Él debía buscarla. Con el pulso levemente agitado, Rue atravesó a paso elegante la pista de baile y subió la escalera a las mesas de apuestas, tomando una copa de la bandeja de un camarero que iba en sentido contrario.
Estaba por recorrer el lado opuesto de la plataforma cuando sintió un dolor agudo en el costado. Su corazón dio un vuelco al reconocer que no era su dolor. Buscando su presencia en la Fuerza antes de que desapareciera, se afirmó de una mesa y bebió de la copa para no perder contacto con el presente.
Porque era Ben quien estaba en peligro, en algún lugar volcánico. Podía oler el azufre en el aire y sentir el calor sobre su piel. Estaba peleando, en ése mismo instante, con... antes de averiguarlo sintió su mente ofuscarse por un ardiente dolor en el rostro. Se contuvo de gritar. Instintivamente lo llamó a través de aquella maldita conexión, pero reparando en ella, el orgulloso bastardo volvió a dejarla fuera.
Empujada de vuelta al indiferente salón, se extendió con el alma en un hilo. Pero como todas las otras veces durante más de un año, él escapó de su alcance como agua entre los dedos. No quería ser encontrado. Vio que sus manos temblaban. Respirando hondo para calmarse, se forzó a razonar que no había nada que pudiese hacer desde ahí. No ahora, en medio de esa misión tan importante...
- ¿Se encuentra bien?
Una mano rodeó ávidamente su cintura, y Rue necesitó toda su voluntad para no darle un puñetazo. Hizo bien en contenerse, porque al alzar la vista, el general Dent de la Primera Orden se inclinaba sobre ella con estudiada preocupación. En fracciones de segundo se forzó a dominar su angustia y volverse en la dama en apuros que él esperaba encontrar. Le habló con voz reposada, casi suspirando.
- Algo mareada, nada más... -agitó su copa, mortificada-. Solo necesito sentarme unos minutos.
- Pues si lo desea, puede acompañarme en mi siguiente ronda de espiga corelliana.
Era una variante del sabacc. En la Fuerza, podía sentir la avaricia del general como algo con vida propia. Ella era solo un adorno en su noche de juego, uno que le daría estatus y respeto frente a sus pares. Rue tendría que esforzarse para llevarlo a un sitio sin testigos, pero ése era un buen comienzo. Con una idea ya formándose en su mente, inclinó la cabeza y sonrió en señal de satisfacción.
- Me encantaría. ¿Con quién tengo el placer?
- General Corvus Dent, de la Primera Orden -Rue procuró impresionarse con la presentación. Llevaba semanas estudiándolo y sabía que le gustaba alardear-. ¿Y su nombre?
- Jaina Borealis.
Él tomó una de sus manos enguantadas y besó sus nudillos. Rue respiró hondo para tolerarlo.
- El placer es mío. Por favor... -con un gesto, señaló la mesa en la que lo esperaban.
No fue sorpresa que tuviese que sentarse en su regazo. Controlando sus emociones, se centró en la presente partida. Otros cinco jugadores observaban los movimientos del repartidor con expresiones neutras. Las cartas de Dent no eran una maravilla, pero Rue intuyó que debía esperar. Lo dejó perder un par de veces, y cuando el pozo de apuestas estuvo lo suficientemente lleno, decidió involucrarse.
Extendiendo sus sentidos, percibió que el repartidor llevaba un conteo de las cartas. Aún había un cero en el mazo, y Dent tenía valores decentes sobre la mesa. La Fuerza le dio una corazonada. Ella aún no la dominaba tanto como para adivinar los números exactos, pero concentrándose lo suficiente podría hacer que todos cambiasen de mano. Cuando llegó el momento de arrojar los dados por última vez, volteó las piezas a su antojo con un disimulado gesto de sus dedos bajo la mesa.
- Doble espiga -anunció el repartidor mirando los dados iguales-. Ya saben que hacer caballeros.
Dos se retiraron resoplando al ver sus cartas reemplazadas. Satisfecha, vio que las de Dent eran un tres, un menos dos, y el cero. Sobre la mesa tenía ya un menos tres y un dos, lo que hacía que su mano fuese la única en conseguir el cero absoluto. Él general sonrió como si fuese su propia hazaña.
- ¿Sabes lo que es un sabacc completo? -él le susurró en el oído. Tragándose la repulsión, ella le dejó creer que trabajando allí, no lo sabría. Negó inocentemente-. Es como acabo de ganar.
Mostrando las cartas, Dent recibió una oleada de tibios aplausos, y una camarera les ofreció una botella de licor para festejar. El pozo de créditos ganados podrían mantener a la UAL por todo un año, pero Rue se recordó que esa no era su prioridad. Dent lo era. Haciendo de tripas corazón deslizó las manos por las solapas de su traje, y mirándolo a sus fríos ojos azules le dedicó una seductora sonrisa.
- Deberíamos celebrar en privado... -sugirió con voz tersa, bajando la vista a sus delgados labios.
Encogió los hombros en el mismo gesto que vio mil veces en la Taberna del Jizz. Al alzar la vista de nuevo, tal como buscaba, los ojos de Dent estaban perdidos en su escote resaltado por la postura.
- Tal vez por una hora... -murmuró él, viendo que dos jugadores ya se iban con chicas del brazo.
- ¿Tal vez dos o tres...? -pestañeó cuando el tipo finalmente la miró al rostro, a comprobar que la había oído bien. Ella se acercó a susurrar en su oído-. No volverá a ser el mismo. Lo prometo.
Técnicamente, no era mentira. Dejó que el acalorado general la llevase hasta su suite, doce niveles por encima del casino, repitiéndose a sí misma que ella estaría bajo control en esta ocasión. Pero ya ante la fina puerta de madera abierta vaciló con el corazón inquieto. ¿Estaría realmente lista para eso?
- ¿Sucede algo, muchacha? -preguntó éste, esperándola dentro de la habitación en penumbras.
Muchacha. Dent tenía edad como para ser su abuelo, y sin embargo sus ojos relucían con lujuria. Una que Rue había provocado intencionalmente, pero que estaría al acecho de otras muchachas del casino, cada vez que él se tomase sus días de permiso para ir a apostar allí. A él le gustaban jóvenes y menudas, según los reportes de inteligencia. Tanto, que éstas se iban a casa llenas de moretones...
- ¿Disfrutas aprovechándote de gente más débil que tú? –su tono suave no ablandó las palabras.
Cerrando la puerta lento tras ella, sintió la ira acelerándole la respiración. Su poder era estimulante, como de costumbre. Podría simplemente matarlo, y quizá a cuántas chicas salvaría haciéndolo. Pero percibiendo su intranquilidad a través de la Fuerza, resolvió que luego de esa noche, él caería tan bajo que ya no tendría poder para lastimar a nadie. Dejó ir el frío, y sonrió bajando la mirada con sumisión.
- Quiero decir que ha de ser satisfactorio. Ser un hombre poderoso... –ronroneó para calmarlo, los bastardos disfrutaban ese tipo de alabanzas-. Uno que solo toma lo que quiere...
Envalentonado por la actuación, Dent recuperó su soberbia y también su lasciva. Dejó el maletín con los créditos en una caja fuerte bajo el escritorio, y se acercó a ella con pasos lentos y calculados.
- Lo es, en efecto -reconoció con voz ronca-. Y tendrás el privilegio de ver qué tan satisfactorio.
Con él ya imponiéndose sobre ella, Rue dejó que la luz la inundase y le diese la entereza necesaria para acariciar su rostro con las manos enguantadas. Llamó a la Fuerza mirándolo fijamente a los ojos.
- Te ves cansado... -susurró, serena y persuasiva, al tocar su mente-. Deberías tomar una siesta.
- Debería tomar una siesta -repitió el general con voz suave.
- Y te quedarás descansando por doce horas.
- Y me quedaré descansando por doce horas.
- No me recordarás al despertar.
- No te recordaré al despertar.
Rue le sonrió, y Dent se fue dócilmente a la cama. En instantes, estaba profundamente dormido.
- Buen muchacho... –suspiró de alivio, dejando caer los hombros.
Con la mente despejada por el lado luminoso, se puso a revisar la suite. El medallón de datos debía estar ahí, cada alto mando de la Primera Orden tenía uno y debía tenerlo al alcance en todo momento. Usando la Fuerza para abrir la caja fuerte, vio que adentro sólo estaba el maletín. Bufó, y antes de devolverlo a su sitio, consideró que los créditos nunca estaban de más. Y podrían servir de distracción.
Los dejó sobre la cama y juntando aplomo, deslizó sus manos tanteando por la ropa de Dent. Una dureza en su pecho la hizo revisar bajo la camisa, en donde finalmente encontró lo que buscaba. Tomó el medallón y los créditos, y se detuvo frente a la puerta antes de salir. Sacó un comunicador de la liga bajo su vestido, en donde también llevaba sus sables de luz, y lo activó mientras resolvía en dónde guardar el disco de metal. El maletín estaba descartado, era posible que se lo quitaran en el trayecto...
- Estoy lista -murmuró ocultando el medallón en su escote, a falta de bolsillos-. Ven a buscarme.
Caminando hacia la plataforma de aterrizaje, tuvo que pasar por el recibidor del casino. El banquero kuati que la abordó al llegar justo pasaba por ahí, borracho, e hizo un ademán de ir a cerrarle el paso.
- Aún reservada –lo esquivó. Una vez lejos, refunfuñó para sí misma-. Como una maldita mesa...
Esperando la nave pilotada por Emmie, observó la lujosa ciudad desde su punto más alto. Rue había cambiado su aspecto varias veces desde la última vez que robó ahí con la Flota Libre, pero aún sentía el mismo deseo de quemarla hasta los cimientos. No tardarían en volver a construirla; la guerra y la trata de esclavos mantenían esos lugares funcionando.
Tras esos crueles negocios siempre acechaba el influjo del lado oscuro. Insaciable. Indestructible. Inevitable... incluso dentro de sí misma. Ella no podía acabar con la oscuridad, nadie era capaz. Pero sí podía mantenerla bajo control, y enseñar a otros a hacer lo mismo para que coexistiese con la luz en auténtico balance. Aunque aún no sabía bien cómo llevar eso a la práctica.
Alguien podía ayudarla a resolver ese enredo y varios más: el lugar de los portales, el paradero del Emperador, y cómo contactar con su maestro... si tan solo se dignase a aparecer. Pero Ben Solo tenía su propia agenda, una que no le revelaría ni aunque su vida dependiese de ello. Rue aceptó y dejó ir la incertidumbre que la inundó. Él lo decidió así. Ella debía confiar en la Fuerza, y dedicarse a lo suyo.
Ahora a Rue, Finn y Jacen los llamaban Jedi Grises. Ella se esforzaba en no rodar los ojos al oírlo, era una rápida forma de sugerir que serían distintos a los héroes de antaño. No ignorarían el sufrimiento de los seres en su camino y así harían una diferencia, al menos en la vida de quienes estuviesen a su alcance...
Frunció el ceño ante el cuestionamiento que seguía a esa idea. Ellas estaban a su alcance. Exhaló su irritación dando una hosca mirada a las bellas calles extendiéndose a sus pies. Maz y ella ya habían sacado niños esclavos fuera de esa ciudad una vez. Con la Fuerza guiándola, repetirlo sería sencillo.
- Reservadas... –masculló entre dientes. No mientras ella estuviese ahí. Tomó el comunicador y lo activó de nuevo, aún tenían tiempo-. Pensándolo mejor, tal vez tarde unos minutos más.
NA: Hola! He vuelto, y con capítulo doble este fin de semana porque noté que era demasiado contenido para uno solo, el otro estará pronto. Si has llegado hasta aquí en esta larga historia, agradezco el interés y los comentarios, y aprovecho de avisar que iré avanzando lento pero seguro para hacerle justicia. Espero que disfruten ;)
