Este capítulo cuenta con bastantes HCs. Eso, muchas gracias. (?)

—Debes estar de broma.

Sero dijo lo que tanto él como Kirishima y Bakugō pensaron apenas salieron del auto.

Era sábado, y esa noche sería la increíble fiesta de Halloween que tanto esperó el anfitrión de esta que llegara. Denki pidió a sus amigos cercanos que lo acompañaran más temprano a su casa para ayudarlo con las preparaciones, les decía que les compensaría con un buen almuerzo para asegurarse de que lo acompañaran (aunque en realidad no hacía falta).

Kirishima y Sero aceptaron de inmediato, mientras que Ashido se negó pues ya tenía planes con las chicas antes de la fiesta. Bakugō, incluso si no confirmó explícitamente, se apareció a la salida de la UA mientras los otros tres esperaban el automóvil. Ya a esas alturas no les sorprendía.

La cosa era que, ya se le hacía extraña la situación a los tres chicos cuando el auto que iba a por ellos llegó. Aparte de que se trataba de un brillante y limpio auto negro de lujo, de este se bajó un hombre en traje y con lentes de sol, que sin decir nada más que un "Buenas tardes" les fue a abrir la puerta trasera. Ese fue el primer "¿Qué carajo?" que se dijeron.

El segundo fue cuando notaron que se encontraban por uno de los sectores más… acomodados, de la ciudad. Pensaron que el conductor se había equivocado, pero por lo visto Kaminari no se veía ni un poco sorprendido por el rumbo que estaban tomando. Así que no, no parecía ser que el conductor se hubiera equivocado.

La última y ya más definitiva sorpresa fue en ese mismo instante, cuando ya se detuvieron frente a la ostentosa casa.

—¿Por qué nunca nos dijiste que eras millonario? —preguntó Sero con un volumen un poco más elevado de lo normal, tomando al más bajo de los hombros y zarandeándolo.

—¿Qué? ¿Pero de qué diablos hablas, hombre? —refutó Denki, deteniendo al contrario tomándolo de las muñecas—. Yo no soy millonario.

Los tres lo miraron dudosos, para nada convencidos de esas palabras pero aún así dándole el beneficio de la duda.

—Mi abuelo lo es —Bakugō rodó los ojos mientras cruzaba sus brazos. ¿Por qué esperó algo lógico por parte del chico?—. Y después de eso, mi madre lo será. Y de ahí recién lo seré yo —explicó con tal convencimiento el chico, como si su corrección realmente hubiera sido valiosa.

Kaminari ignoró las muecas de sus amigos y se giró hacia la gran puerta de entrada, la cual fue abierta desde el interior. Un hombre de mediana edad, de cabello oscuro con toques grises pulcramente peinado además de un delgado bigote los esperaba dentro de la estancia.

—¡Yoshida! —Exclamó el rubio acercándose de inmediato al mayor y chocando su puño con él, aunque el hombre se mantuviera sereno—. ¡Hace rato no te veo! ¿Qué tal todo?

—Bienvenido a casa, joven Kaminari —saludó de vuelta al muchacho con formalidad. Seguido, sus ojos se posaron sobre los otros tres, y por alguna razón se sintieron intimidados—. Y...

—¡Ah! —Denki fue donde sus amigos, colocándose entre Hanta y Katsuki, abrazando por los hombros a ambos. Cabe destacar que el segundo no estaba muy contento con este contacto físico, pero Kaminari no pareció notarlo en lo absoluto—. ¡Te presento a mis amigos! Estos son Sero, Bakugō y Kirishima.

—Oh, sí, ahora recuerdo sus nombres. Los vi en el pasado torneo de deportes. Enhorabuena en sus resultados —Yoshida hizo una leve reverencia antes de abrir más la puerta y hacerse a un lado—. Sean bienvenidos a la casa de la familia Kaminari. Pónganse cómodos.

Quizá para Bakugō no era tan extraño un lugar así. No es que tuviera un mayordomo, o un chofér, ni que viviera en una mansión como esa, pero sí tenía sus comodidades gracias al trabajo de sus padres. Sin embargo, tanto Sero como Kirishima eran chicos de familias bastante más sencillas, por lo que se sentían algo más intimidados al pisar el piso pulcramente encerado. La actitud de ellos dos contrastaba bastante con la de Denki, que entró al lugar con la casualidad más grande del mundo.

Cuando los chicos pasaron al salón principal del lugar notaron a un hombre sentado en el gran sillón a un lado del librero. Al parecer logró captar la presencia de los jóvenes de inmediato, pues apenas ellos entraron los miró. Con ello, abrió sus ojos estupefacto, y de inmediato se puso de pie mientras soltaba una alegre exclamación.

—¡Denki! —El señor, ya de cerca, mostraba signos de una avanzada edad, además de su cabello ya totalmente blanco por las canas, pero eso no le impedía caminar hacia el menor con entusiasmo—. ¡Hasta que por fin te vuelvo a ver, muchacho!

—¡Abuelo! —exclamó de vuelta el rubio, abrazando al mayor apenas estuvo a su alcance. El hombre no dudó en abrazarlo de vuelta, aunque apenas lo hizo se fijó en los otros tres presentes.

—Veo que viniste con amigos —dijo sonriente apenas se separó, observando a través de sus redondos lentes a los muchachos—. Bienvenidos, muchachos. Siéntanse como en casa. Yo soy el señor Kaminari Hideki.

Tanto Kirishima como Sero y Bakugō hicieron una pequeña reverencia ante el saludo del hombre mayor, presentándose a sí mismos de vuelta de forma respetuosa.

Por unos momentos, Kaminari emocionado se puso a contarle muchas cosas que habían pasado en la preparatoria desde la última vez que había ido a verlo. El hombre mayor lo miraba atento y con una sonrisa en el rostro, aunque no entendiera varias cosas de las que el chico hablaba. Es decir, a veces ni sus propios amigos de su edad le entendían, no era raro que un hombre de dos generaciones anteriores no lo hiciera.

Sin mucho que decir o aportar a la conversación, la mirada de Eijirō comenzó a vagar por sus alrededores, mientras comenzaba a balancearse con sus pies hacia adelante y atrás. Miró el candelabro sobre ellos, que parecía ser mucho más costoso que toda su habitación junta. Siguió mirando, diferentes decoraciones y muebles hasta que inevitablemente terminó posando su mirada en el rubio junto a él. Le tomó por sorpresa notar, con algo de curiosidad, que Katsuki no parecía estar prestando mucha atención a su alrededor. Se veía pensativo, sus ojos entrecerrados…

¿Qué estaría pensando?

No pudo maquinar una respuesta por su propia cuenta cuando la mirada del otro chocó con la suya. Rápidamente la desvió, volviendo a mirar el candelabro como si fuera lo más interesante del mundo. Y sí, obviamente se puso rojo.

Ah, qué vergüenza.

Lástima que por avergonzarse tan rápido no pudo ver que Bakugō también se puso algo rojo.

—Abuelo, ¿aún no ha vuelto mamá?

Los dos chicos espabilaron y enfocaron su vista frente a ellos.

El mayor volvía a donde estaba sentado anteriormente en lo que respondía: —No, muchacho, aún no llega.

—¡Genial! ¡Entonces hay tiempo! —El rubio se volvió hacia sus amigos, sus ojos prácticamente brillando—. ¿Quieren conocer la casa?

—¿No crees que eso nos tomará mucho? —cuestionó Hanta alzando una ceja. Era demasiado grande como para que les tome unos cuantos minutos.

—Nah, para nada. Solo serían los puntos importantes. De paso vamos a mi habitación para que dejen sus cosas allí. ¿Qué dicen? ¿O prefieren estar en habitaciones separadas? —El rubio se encogió de hombros—. Hay una habitación de huéspedes bastante espaciosa, así que si gustan nos dividimos en dos para que estén más cómodos. En una habitación Sero y yo y en la otra-

—¡No!

La forma en la que Kirishima interrumpió al rubio fue muy abrupta, llegando incluso a asustarlos un poco a los otros tres chicos.

Apenas se dio cuenta de lo que hizo, sonrió nervioso. Los chicos luego de acordarse de las situación sentimental en la que su amigo se encontraba, notaron lo mal que eso se vio y lo obvia que podría ser la razón detrás de esa reacción, más aún por la forma en la que Bakugō estaba mirando a Kirishima, alzando una ceja. Katsuki abrió la boca para preguntar respecto a el porqué de ese "no" ahí mismo y sin tapujos, pero Sero fue más rápido que todos.

—Creo que Kirishima se refiere que sería mucho mejor que todos estuviéramos juntos en una sola habitación, ¿no? —explicó rápido y tratando de disimular lo mejor posible.

—¡Eso! Eso mismo, lo que Sero dijo —respondió Eijirō forzando una sonrisa.

Bakugō pareció dudar un poco esa respuesta, pero prefirió no preguntar nada. Ya iba a tener su momento para aclarar las cosas.

Luego de despedirse del mayor, los cuatro chicos partieron hacia la habitación de Kaminari para dejar sus mochilas, los tres invitados siguiendo al anfitrión por detrás. La conversación que llevaban los muchachos mientras avanzaban era de lo más trivial, y Katsuki realmente no estaba prestando mucha atención o siendo muy partícipe. Quizás ni Hanta ni Denki se dieran cuenta pero claramente Eijirō sí. Tenía presente esa extraña ausencia de Katsuki desde que llegaron al lugar, pero claramente estaba absteniéndose de hacer algún comentario.

Prefirió mantener la vista al frente antes de que Katsuki lo volviera a pillar mirándolo, sin embargo, apenas lo hizo sintió un agarre en su muñeca que detuvo su andar. Alarmado, rápidamente se giró al contrario, quien no parecía querer soltarlo en ningún momento, y lo estaba observando de forma demasiado fija para su gusto.

Qué diablos, ¿estaba en un drama o qué? ¿Por qué estaba viviendo escenas así?

Iba a preguntar, pero Bakugō le hizo una señal para que hiciera silencio, y seguido miró hacia su derecha asegurándose que ni Sero ni Kaminari se hayan dado cuenta. Y efectivamente, ellos seguían conversando mientras seguían de largo y doblaban al otro pasillo. Una vez desaparecieron de su vista, se volvió al contrario.

—Tengo que preguntarte algo —murmuró el rubio, soltando el agarre de la muñeca del menor.

El pelirrojo sintió un extraño peso en su pecho al oír esa pregunta. Tenía una idea de lo que le preguntaría… oh, por supuesto que la tenía, y por eso mismo sus manos comenzaron a sudar tal y como lo hacían cada vez que se ponía extremadamente nervioso. Las secó en su pantalón e intentó sonreír.

—Claro, eh… Sí, claro. ¿Qué cosa?

—¿Por qué me has estado evitando?

Sí, era exactamente eso lo que imaginaba que le preguntaría. ¡Maldito Bakugō! ¿Cómo diablos era capaz de preguntar algo así con tanta naturalidad, tan directo? ¡Así él no podía!

Mierda, ¿qué se supone que debía de responder? El chico lo acababa de dejar tan perplejo con su pregunta que Kirishima ni siquiera podía reaccionar apropiadamente. Se había quedado ahí, parado en medio del pasillo, perdido en esos penetrantes rubíes fijos en su mirada.

Apretó el agarre en las hombreras de su mochila, y miró el piso unos segundos, maquinando una excusa lo suficientemente creíble para escaparse de esa situación. ¿Dónde diablos estaban Sero y Kaminari y por qué no se daban cuenta de que no estaban detrás de ellos?

Volvió a alzar la mirada y sonrió algo nervioso, pero pareció ser lo suficientemente convincente porque el ceño del rubio frente a él se relajó un poco.

—Ah, sí, lo siento por eso —Eijirō rió suavemente, rascando la parte trasera de su cabeza—. No es solo a ti, realmente. He estado estudiando más, así que he tenido menos tiempo libre. Perdona —murmuró eso último inclinando su cabeza levemente.

—Pero ya te he dicho que puedes pedirme ayuda a mí para estudiar.

Oh, cierto. Pequeño detalle, sobre todo porque antes de todo ese lío con sus sentimientos estudiar con Bakugō era de sus primeras prioridades. Agh, qué mal se sentía. Pero no tenía otra opción.

—Sí, lo sé, y gracias. Pero… he estado, ya sabes, intentando valerme más por mí mismo.

Katsuki lo miró por unos segundos, aparentemente dudoso. Kirishima amplió su sonrisa, a ver si ese gesto lograría terminar de convencer al rubio de lo dicho. Se sentía horrible mintiendo, claro que sí, pero estaba seguro que decir la verdad sería mucho peor.

No pudo asegurarse si funcionó o no, pues los apresurados pasos de quienes suponían eran sus amigos resonaron por el pasillo.

—¡Aquí están! —exclamó Denki, acercándose a ambos y poniendo una mano en el hombro de cada uno—. ¿Por qué se quedaron acá? Me dejaron hablando solo, ¿se perdieron o qué? ¡Vamos, rápido! Quiero alcanzar a mostrarles el mini museo que hay de mi abuelo de cuando fue un héroe profesional. ¿No quieres verlo, Bakugō? Seguro te interesa, vamos, rápido, rápido.

Kaminari en un instante se puso detrás de Katsuki, comenzando a empujarlo hacia adelante, ignorando sus réplicas. Disimuladamente giró a mirar con una mueca al pelirrojo.

—¿Te dijo algo? —preguntó en un susurro Sero, algo preocupado.

Kirishima negó.

—No te preocupes, no pasó nada —respondió también en susurros el muchacho, golpeando el hombro del más alto—. Vamos antes de que quedemos muy atrás.

Sero miró al contrario unos segundos, dudando si la respuesta del pelirrojo era sincera o no. Bueno, si Kirishima decía que nada pasó no iba a cuestionarlo.

La madre de Kaminari no tardó en llegar con las decoraciones que su hijo había pedido, y así él y los otros tres chicos se pusieron manos a la obra, decorando la mayoría del primer piso de la gran casa. Apenas lograron terminar a tiempo, pues ni bien se cambiaron a sus respectivos disfraces el timbre sonó, indicando que los demás invitados ya habían comenzado a llegar.

Kirishima nunca desaprovechaba una oportunidad para andar semidesnudo, y esa noche no sería la excepción, su disfraz siendo algo bastante simple: un boxeador, con moretón en el ojo mal pintado incluido, y aunque al principio pensó en andar con los guantes puestos, se dio cuenta que era una mala idea cuando quiso tomar su móvil. Así que optó por llevarlos amarrados a un lado.

Denki olvidó el magnífico y genial disfraz que tanto había planeado para ese día en la residencia, así que lo único que pudo hacer fue recurrir a lo que tenía a mano: un onesie de Pikachu; peor era nada. Sero ya se había golpeado dos veces con una pared por andar con un parche puesto para complementar su disfraz de pirata, pero su terquedad le impedía ceder a el sentido común de quitárselo.

Katsuki fue el último en estar listo, y cuando lo hizo a Kirishima en verdad le costó despegar la vista de él. Él suponía que era un vikingo, con una especie de armadura ligera de cuero y una capa de piel, aunque claro que el material era falso. Y, también, el típico casco con cuernos.

Apenas el rubio terminó de bajar las escaleras, el timbre sonó, indicando que los primeros invitados habían llegado. Kaminari no se demoró nada en ir a abrirles, y fue una grata sorpresa ver que se trataba de sus demás compañeros, entre ellos Ashido, que apenas vio a Sero vestido de pirata sus ojos claramente brillaron, y no dudó en comentar cómo hacía juego con su disfraz de sirena.

Kirishima miró desde su posición, entrecerrando los ojos. Si esa noche su amiga no cumplía su palabra de confesarse al pelinegro, lo pagaría bien caro. Agh, debió haber apostado algo.

No pasaron más que unos pocos minutos para cuando llegaron más personas. Prácticamente todo el curso B también se encontraba allí —incluyendo al ruidoso de Monoma—, además de algunos amigos externos, entre ellos Camie que al final sí aceptó su invitación.

Para cuando el lugar estuvo bastante lleno y ya la música estaba algo más alta que para su gusto, Bakugō no sabía bien qué hacer. Realmente eso de las fiestas y demás no eran su especialidad. Pero bueno, no podía ser aguafiestas y haberse quedado solo en la residencia... No le hubieran dejado.

Miró a su alrededor. No estaba mal, en verdad. No le gustaba mucho tanta gente a su alrededor, pero la mayoría eran personas que toleraba. Aunque, claro, había que hacer énfasis en la mayoría y en toleraba. La escandalosa e irritante risa de Monoma no era algo que se pudiera ignorar fácilmente. Pero por suerte estaba algo más apartado, las personas más próximas a él siendo Ashido y Jirō.

—¡Hola! ¿Cómo lo están pasando, chicas?

El anfitrión de la fiesta hizo acto de presencia, llegando con total confianza a pasar sus brazos sobre los hombros de Ashido y Jirō, esta última removiéndolo al instante. Esto captó la atención del muchacho, y con ello notó mejor a la chica y su sonrisa se ensanchó.

—¡Wow, Jirō, te ves genial!

Esas palabras descolocaron por completo a la más baja, los colores subiéndosele por completo a la cabeza. Y apenas Ashido lo notó, tuvo que ponerse una mano sobre la boca para no comenzarse a reír como idiota.

—Gracias… —murmuró Kyōka, sin mirarlo.

Katsuki lo notó de inmediato, alzando una ceja. ¿Qué diablos…?

—Oye, estás roja, ¿tienes calor? —preguntó Denki, de forma absolutamente inocente—. A lo mejor y tienes sed, ¿no quieres tomar agua?

Si alguna cámara estuviera filmando a Bakugō, probablemente hubiera mirado a esta con una expresión de incredulidad incomparable. Nunca había visto a nadie tan pero tan imbécil.

—¿Ustedes tienen calor? —continuó el rubio, increíblemente sin notar a su amiga aguantando con todas sus fuerzas no estallar en risas—. Ahora que lo dicen, sí comenzó a hacer calor. Iré a prender el aire, cualquier cosa me avisan- ¡Hey! ¡Oye, tú! ¡Sí, Mineta, te vi!

Su voz se fue perdiendo entre la gente, volviendo a dejar al pequeño trío solos entre la multitud. Tanto Bakugō como Jirō se quedaron en silencio mientras que Mina, apenas se fue el otro, comenzó a reírse descontroladamente.

—Jirō, estás roja —imitó Ashido a su rubio amigo, volviendo a carcajearse.

Jirō arrugó su ceño y la miró con molestia, además de propinarle un pequeño golpe en el hombro.

—¡Cállate! —exclamó, aún igual de sonrojada.

Katsuki parpadeó, perplejo. Estaba tratando de procesar bien lo que acababa de ocurrir frente a él. Miró a Mina, luego a Kyōka, a Mina de nuevo y por último a Kyōka otra vez.

Hizo una mueca. Debía ser una puta broma.

—Oh, vamos, no puede ser —habló, captando la atención de las dos chicas—. Primero antenitas con cintitas, ahora tú con cerebro fundido, ¿que acaso todas ustedes se pusieron de acuerdo en tener malos gustos? —gruñó el muchacho, pareciendo genuinamente ofendido con el reciente descubrimiento.

—¡Hola! Ya volví, ¿de qué me perdí?

El rubio miró a la recién llegada, Ochako, quien los miraba con su usual fachada alegre y un refresco en mano.

Ew.

—¡Y hablando de malos gustos, llegó la pionera! —gritó, alzando los brazos y rodando los ojos, girándose por completo para irse de allí, ofendido por quién sabe qué y maldiciendo el aire.

Las tres chicas se quedaron mirando la dirección en la que se fue Bakugō por unos segundos, intentando procesar lo que acababa de pasar.

—¿Y ahora qué le dio a Bakugō? —rompió el silencio la castaña, tomando un sorbo de su bebida girándose hacia las otras dos presentes. Aunque algo de la de cabello morado le llamó su atención—. Jirō, estás-

—¡Ya lo sé! —respondió algo alterada. ¿Ya cuántas veces le habían dicho eso en menos de cinco minutos? Piedad, por favor.

—Al parecer eres la que peor gusto aquí tiene porque te gusta Midoriya —respondió Ashido a lo dicho en primera instancia por la castaña.

No pareció captar de primera, porque solo puso cara de fastidiada.

—¿Y eso a qué viene? ¿Por qué tan groser-? —Y bum, su cerebro terminó de entender lo dicho—. ¡No me gusta!

Le fue imposible no soltar una sonora carcajada cuando ya no solo Jirō estaba del color de la lata de Coca Cola, sino también Uraraka.

—Ajá, y a Jirō no le gusta Kaminari —comentó Ashido entre risas.

—¿Te gusta Kaminari? —preguntó la castaña, genuinamente sorprendida. Kyoka gruñó en frustración.

—Sí, adelante, ahora grítalo.

—Okay, ¡A JIRŌ-!

La nombrada inmediatamente se abalanzó a la chica de cabello rosa, tapándole la boca para evitar una absoluta desgracia para su vida, o al menos así lo veía ella.

No a mucha distancia estaba Katsuki luego de retirarse ofendido, junto a la mesa de botanas y refrescos. Continuaba murmurando insultos entre dientes mientras se metía un par de papas fritas a la boca. Se apoyó en la mesa, y comenzó a observar a su alrededor. Aún no podía creer que se dejó convencer en asistir a algo como ello. De lejos podía ver cómo varios de sus compañeros hacían el intento de bailar, cosa que le causó algo de gracia. Entre ellos podía ver claramente el llamativo cabello de su amigo, quien se encontraba conversando y riendo de quién sabe qué con Satō y Sero.

Sus pensamientos se detuvieron en un instante cuando cruzó miradas con otro par de rubíes, los cuales instantáneamente se perdieron tras haber chocado. No alcanzó a apartar la mirada cuando el otro ya lo hizo. Rayos, ¿y si lo hizo sentir mal con su pregunta? Él solo se estaba esforzando con los estudios y él hizo todo tan personal. Y, por Dios, ni mencionar el hecho de que creyó que Kirishima podría gustar de él, ahora se sentía como un idiota por siquiera haberlo pensado, como un reverendo idiota. Sentía que sonaba como esos idiotas que pensaban que por solo ser hombre ya le gustaban a todos los homosexuales del planeta.

Quizás y más rato le pediría disculpas. Pero, al menos, tenía el alivio de que nada grave sucedió, y que todo ese tiempo llevaba reventándose la cabeza por absolutamente nada.

—¿Bakugō?

El nombrado giró su cabeza, y frente a él estaba Yaoyorozu. Hizo una seña con su mano, saludándola.

—Disculpa, ¿sabes dónde están las chicas?

—Están por allá —respondió, señalando de donde recién se había ido.

—Gracias —dijo ella, haciendo una leve reverencia con su cabeza. Comenzó a ir hacia donde le indicó el rubio, pero no dio más de dos pasos antes de detenerse.

Dudó un poco, pero se volteó.

—Puedo… ¿Puedo hacerte una pregunta?

Bakugō ante esto la miró extrañado y alzó una ceja expresando esto.

—Depende de qué —murmuró, dándole un sorbo a su gaseosa haciéndose el desinteresado.

—Es sobre Kirishima.

Katsuki arrugó el ceño de inmediato, su supuesto desinterés se esfumó por completo. ¿Sobre Kirishima? ¿Qué diablos querría saber ella sobre Kirishima?

Tenía un mal presentimiento, pero no lo demostró. Se mantuvo firme y serio.

—¿Qué pasa con él? —inquirió el rubio, fingiendo indiferencia.

—¿Pasó algo entre ustedes? —La chica respondió con otra pregunta, la cual desconcertó por completo al contrario.

Okay, eso era mucho más ambiguo de lo que esperaba. Algo… algo… ¿A qué se refería con algo? ¿Algo malo? ¿Algo bueno?

—¿De qué diablos hablas? —Katsuki arrugó el ceño más que de costumbre.

Yaoyorozu apretó los labios y suspiró.

—Normalmente Kirishima estudia contigo, ¿no? —El rubio, extrañado, asintió lentamente—. Pues hace un tiempo ya que él me ha estado pidiendo algo de ayuda a mí. Me pareció raro, después de todo, se supone que tú eres el que lo ayuda con eso —Yaoyorozu suspiró—. Sé que no me incumbe, y lamento si incomodo, no me respondas si no quieres. Pero me preocupé un poco, sé que ustedes son cercanos. Le pregunté a Kirishima pero me dijo que no era nada, así que… quería asegurarme.

El ceño de Bakugō se arrugó aún más que antes, y si era posible, sobre todo considerando cómo se sentía en esos momentos. Estaba furioso. Sí, dolido también, pero por sobre todo furioso.

¿Kirishima le mintió? ¿De verdad le había mentido? ¿A él?

Había quedado tan seguro y convencido de la respuesta que Eijirō le dio, aliviando su prolongada preocupación. No le duró nada ese alivio, pues lo que acababa de oír lo tiró a la borda. Jamás, jamás podría haber imaginado que de todo el mundo Eijirō sería capaz de mentirle a la cara de esa forma.

¿Por qué? ¿Por qué mierda le mintió así?

No, ya, no lo iba a tolerar. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Aceptaba que lo ignorara, que lo evitara, o incluso hubiera aceptado que se negara a responder. ¿Pero mentirle de esa forma? No, no podía. Algo andaba mal, y no iba a dormir esa noche hasta sacarle la verdad a Kirishima.

—Gracias por decirme.

Momo no pudo responder nada, o siquiera evitar que Katsuki fuera a hacer lo que claramente iba a hacer, porque de inmediato dio media vuelta y comenzó a caminar apresurado, quizás algo más agresivo de lo normal al dar empujones para pasar entre las personas. ¿Dónde estaba ese pelo de mierda? Agh, maldita mansión de mierda, cuál era la necesidad de una casa tan grande.

Gruñó y miró a su alrededor. Fue ahí, cuando llegó al salón principal, que escuchó un montón de risas, y entre esas distinguió claramente la del menor. Miró hacia esa dirección y efectivamente, podía ver desde su posición la llamativa cabellera de Eijirō.

Apretó el puño y la mandíbula, esta última más inconscientemente que otra cosa, y eso solo sucedía cuando estaba muy molesto. Y, oh, realmente estaba molesto.

No lo pensó dos veces.

Se dirigió hacia su destino a paso firme, quizás algo más que firme, el sonido de sus pisadas resonaron tan fuerte que a pesar del ruido de la música y las conversaciones a su alrededor, tanto el grupo con el que se encontraba Kirishima como él mismo notaron que alguien se dirigía hacia ellos. Eijirō no tardó en sacar la conclusión correcta apenas vio el rostro de Bakugō. Mierda, mierda, mierda. ¿Qué hacía ahora?

Muy tarde, Eijirō, muy tarde.

No alcanzó a huir ni armar alguna excusa antes de que Katsuki lo agarrara de la muñeca y se lo llevara a un lugar más apartado, el más cercano siendo el baño. El estruendo de la puerta al ser cerrada por Bakugō dándole una mejor idea del estado del rubio.

Eran numerosas las veces en las que había visto a Bakugō así de molesto, pero normalmente él era quien lo tranquilizaba, no la razón de esa mirada. Y es que él estaba seguro que jamás, jamás Katsuki lo había mirado a él de esa forma.

Se le apretó el corazón.

—¿Por qué mierda me mentiste?

Y la culpabilidad le llegó como jamás le había llegado.

Permaneció estático, callado, inmovilizado, escuchando con claridad las chispas que probablemente provenían de las manos del chico frente a él. No sabía qué decir, no sabía cómo excusarse y temía que cualquier movimiento solo fuera a provocar algo peor. Sin embargo, estaba seguro que la respuesta a esa pregunta provocaría algo mucho, pero mucho peor de lo que cualquier excusa barata que pudiera dar.

Nervioso como nunca, Eijirō miró hacia el piso, su pulgar dando leves golpes a su otra mano. Vamos, piensa, ¡Di algo! ¡No te quedes callado como idiota!

—¿Podrías responder? —presionó el mayor, solo logrando acelerar más el pulso del contrario.

—Yo…

Mierda, ahora sí estaba frito. La había cagado monumentalmente. ¡Eres un completo imbécil, Kirishima Eijirō! ¿Cómo diablos pensaste que sería buena idea mentirle a Bakugō?

Agh, solo había una forma de salir de esa situación.

Eijirō alzó su vista, tan determinado como asustado. Sus manos fueron a parar a los hombros del rubio, sorprendiéndolo con esta acción.

—Bakugō, tú-

—¿Me pueden decir qué tanto hacen aquí-?

Ambos voltearon a ver al anfitrión de la fiesta, quien demoró un poco en procesar que las dos personas frente a él eran nada más ni nada menos que sus amigos Bakugō y Kirishima. Muy cerca. Encerrados en un baño.

Apenas analizó la situación le dirigió una mirada demasiado expectante y, claro, poco disimulada, al pelirrojo. Kirishima, en respuesta, inmediatamente se apartó del contrario. Kaminari se aguantó la mueca de decepción para no ser más obvio.

—¿Qué mierda haces aquí?

—Es un baño, Bakugō, y lo necesito usar, aquí a tu amiga ya se le pasó un poco la mano. ¿Te explico con más detalle?

Denki abrió un poco más la puerta para que se viera a Camie con una mano sobre su boca, sosteniéndose del brazo de…

—¿Qué haces tú aquí? —repitió Bakugō la pregunta, esta vez dirigida al otro chico.

—Utsushimi me dijo que viniera con ella —respondió el alto chico de Shiketsu, Inasa—. ¡Ahora muévete a menos que quieras su vómito encima tuyo! ¡No, mejor, ayúdame sosteniéndole el cabello!

—¿Por qué mierda haría yo-?

El sonido que Camie soltó interrumpió al rubio y no necesitó que se repitiera de nuevo para que Katsuki como Eijirō se hicieran a un lado para que Yoarashi entrara con la chica, el rubio siguiéndole para hacer lo pedido maldiciendo a la chica entre dientes. Bakugō hizo una mueca y apartó la mirada al escuchar el desagradable sonido que soltó Utsushimi apenas llegó al retrete.

Y, bueno, si no fuera porque al parecer Kaminari estaba más atento esa noche, Kirishima no hubiera reaccionado a aprovechar la oportunidad para huir de allí. Así que Denki disimuladamente tomó de la muñeca al pelirrojo y se lo llevó de allí mientras los otros dos estaban ocupados.

Una vez se encontraron lo suficientemente lejos, en el comedor junto a las botanas y bebidas, Denki se detuvo y encaró al pelirrojo.

—¿Qué diablos estaban tú y Bakugō haciendo allí adentro? ¿Estás bien?

El muchacho hizo una mueca y negó con la cabeza.

—¿Pasó algo?

Eijirō miró a Ashido y a Sero que estaba a su lado, quienes apenas vieron a Denki llevarse a rastras al pelirrojo de esa forma supuso que algo no andaba bien, y luego miró la lata que traía en su mano.

—¿Qué es? —preguntó, señalando la lata.

—¿Eh? —Ella miró hacia donde señalaba el chico—. Ah, es cerveza. ¡Pero oye, responde!

Kirishima ignoró la pregunta, y sin siquiera pedir permiso se hizo con la lata, la abrió y bebió de golpe su contenido.

—¡Oye! ¡No hagas eso! —Mina le arrebató la lata antes de que pudiera tomar poco más que un sorbo—. Toma despacio. Además, ¡se supone que ni siquiera te gusta la cerveza!

—¿Qué rayos pasó para que andes así? —cuestionó Sero, alzando una ceja.

Él se preguntaba exactamente lo mismo. ¿Qué rayos pasó para que terminara en situaciones como esa? Ah, cierto, le atraía su mejor amigo. Y mucho.

—¿Entonces? ¿Qué hacían Bakugō y tú solos en el baño?

Ashido y Sero abrieron sus ojos de forma exagerada, haciendo más que clara la sorpresa que les dio escuchar esas palabras.

—No se emocionen, no es lo que parece.

Kirishima suspiró y se pasa la mano por el rostro. Maldecía, oh, cuánto maldecía el momento en el que se metió en ese lío llamado "me gusta mucho mi mejor amigo pero me da miedo decirle porque no quiero que me rechace".

—Le mentí a Bakugō —murmuró—. Él me preguntó por qué lo había estado evitando y le mentí diciendo que estaba ocupado estudiando por mi cuenta. No sé cómo, pero se enteró que le mentí y casi cometo la estupidez de decirle que me gustaba. Por suerte, Kaminari justo llegó —Puso una mano en el hombro del rubio y le sonrió—. Gracias, bro.

Los otros tres presentes, en silencio, solo pestañearon, callados mientras sus cerebros procesaban la información. Apenas lo hicieron, Ashido se golpeó su propia frente mientras que Sero agarraba de la ropa a Denki y lo comenzaba a zarandear, reclamándole que cómo era posibLE QUE SIEMPRE APARECIERA EN EL MOMENTO MENOS INDICA EL DESGRACIADO. Ah, y, claro, ignorando sus excusas de que no fue a propósito. Le iba a dar el beneficio de la duda.

Ashido le extiendió la cerveza a Eijirō y le dio unas reconfortantes palmaditas en el hombro. Él, sin pensarlo dos veces, tomó un largo sorbo.

En ese momento, habían cosas peores que el amargo sabor de la cerveza.

Bien. Kirishima ya estaba agradeciendo al cielo y los astros por su suerte. ¿Quién lo diría? Después de ese inconveniente en el baño no se volvió a topar con Bakugō en ningún momento. ¡Ni un pelo le había visto en las últimas horas!

O eso se decía, porque en realidad, varias veces se topó al rubio, pero estaba tan concentrado en dejarse llevar por el alcohol en sus venas que no le dio tiempo a la preocupación de apoderarse de él. Estaba más ocupado bailando y jugando con sus amigos, tan despreocupado que ni se dio cuenta en qué momento terminó sentado en el círculo que armaron entre algunos de los invitados sentados en el piso para jugar… ¿Cómo habían dicho? No sé cuánto en el paraíso, poco le importaba realmente. Ah, y claro, tampoco se percató de la botella al medio de todos o del labial corrido de Ashido al volver con Sero de donde sea que se hubieran ido.

Por suerte, hace ya un rato que le impideron tomar más, por su propia seguridad y porque Denki no quería otro incidente como el de Camie. Y, luego de comerse casi que un bowl de papitas solo, estaba algo más lúcido.

Algo, esa era la palabra clave.

—Kirishima —escuchó decir a Ashido.

¿Eh?

Alzó la mirada. Todos lo estaban observando, atentos, y él más perdido que viajero en polo norte no entendía por qué. Le hubiera dado igual de no ser porque la forma en la que lo hacían sus mejores amigos era algo... alarmante. Bajó la mirada a la botella. Ah, le había tocado a él.

Ya iba a abrir la boca a preguntar con quién le tocaba cuando vio ponerse de pie a Katsuki- oh.

Oh, mierda. Ni siquiera se percató de que estaba ahí.

¿Sería este el fin de Red Riot?

—Te toca con Bakugō —murmuró Ojirō, señalando al otro rubio y reiterando lo obvio, y, claro, lo que Eijirō menos quería escuchar.

Era una jodida broma, ¿verdad? Tenía que serlo. Toda la noche, toda la bendita noche logró evitar algo así, y porque el niño es idiota y no sabe decir que no cuando sus amigos le piden jugar a un estúpido juego de fiesta, ocurrió lo único que no quería que pasara.

Pasó saliva y alzó la mirada para ver como Bakugō ya se había adelantado y estaba al lado de la puerta del mismo baño en el que casi cometía una estupidez.

Miró a sus amigos, esperando que sacaran alguna excusa o algo para ayudarlo, pero al parecer Ashido y Sero estaban muy ocupado diciéndose cursilerías y Kaminari estaba en el mismo estado que él, así que estaba aún más distraído que de costumbre.

—¿Qué esperas? —La voz de Kaminari lo espabiló—. Anda, hombre, que no tenemos toda la noche.

El pelirrojo miró de soslayo al muchacho que recién habló. Se lo veía tranquilo, emocionado incluso. Suena demasiado entusiasmado, pensó el pelirrojo. ¿Qué diablos le veía de bueno a esa situación? ¡De bueno tenía absolutamente nada! Lo único que no quería era quedarse solo con Katsuki, y ahora no solo se quedarían solos, si no que lo harían en un espacio un poco reducido. Probablemente solo se le había pasado ya la bebida.

Sea como fuere, no tenía un buen presentimiento.

Podría negarse, claro, pero eso probablemente sería aún más sospechoso. Ya de por sí estaba actuando diferente a cómo sería "normalmente". Por estas razones una carrera de actuación nunca fue una opción.

Inhaló disimuladamente una gran cantidad de aire, inflando levemente su pecho. Necesitaba calmarse, definitivamente lo necesitaba. Otra vez estaba alterándose mucho por literalmente nada.

Se puso de pie con dificultad. Ah, al parecer la cerveza aún le estaba causando algunos estragos.

Miró al frente, al chico que lo estaba esperando, y sonrió tal y como lo hacía cada vez que lo veía antes del desastre que se armó solito entre su cerebro y su corazón, el cual latía desmedido por los nervios del momento.

Avanzó hacia la puerta, la cual Bakugō mantuvo abierta para él ya desde adentro de la pequeña habitación. Entró, sintiendo escalofríos al rozar el hombro desnudo del mayor con el propio. Por instinto, una vez adentro, lo acarició, como si se hubiera lastimado ese mismo lugar.

Estaba dándole la espalda a la puerta y, por ende, a Katsuki. Solo escuchó el sonido de la puerta cerrarse, el click del seguro de la puerta y las ruidosas carcajadas de Sero y Kaminari.

Se mantuvo en esa posición por unos segundos, bastantes segundos realmente. Sus dedos moviéndose nerviosos sobre su propio brazo, su labio siendo lastimado por sus propios dientes de manera descuidada y sus ojos mirando a ningún punto en concreto, su mirada perdida al igual que su propia mente en sus pensamientos.

Realmente tenía que haber sido muy tonto para pensar que Katsuki, de todos, no notaría su repentino cambio de actitud hacia él. El rubio era muy perspicaz, rara vez algo pasaba desapercibido para él. Probablemente esperar que su temporal (y necesaria) lejanía fuera a pasar por alto fue muy ingenuo de su parte.

Sabía que Bakugō continuaría la conversación de horas atrás. Lo sabía muy bien. Y, mierda, no quería, no quería responder a ninguna de sus preguntas. Era el peor mentiroso del mundo, y Bakugō lo sabía, así como también sabía cada una de sus manías cuando mentía estando así de nervioso.

Probablemente Katsuki lograría sacarle la verdad. Y que Katsuki supiera la verdad a Eijirō le aterrorizaba.

—¿Y bien?

Aquellas palabras tomaron al pelirrojo desprevenido. No era la forma en la que esperaba que esa inminente conversación iniciara.

Katsuki realmente sabía cómo volver intimidante el ambiente.

Lentamente volteó, temeroso a encontrarse con el par de feroces rubíes que esperaban a los suyos.

Cruzado de brazos, mirada severa, cabello rebelde y un rostro muy apuesto medio fruncido. Ojos... ¿molestos? ¿afligidos? ¿preocupados?

¿Pero qué-?

—¿Entonces solo debo esperar a que te dé la gana de volverme a hablar?

Auch.

—Bakugō, no es eso, es… complicado.

Esa última palabra la dijo casi como un susurro, volviendo a bajar la mirada.

El rubio frunció más el ceño, y soltó una exclamación frustrada.

—¡Complicado o no, no me importa! ¡Solo quiero saber qué diablos te pasa!

Eijirō apretó sus labios. No, no podía decírselo. No podía.

—No puedo decírtelo —respondió encogiéndose de hombros y negando con su cabeza.

—¿Por qué mierda no? ¡Me mentiste! ¡Merezco saberlo!

—¡Ya te dije que es complicado! —exclamó Kirishima, algo más desesperado. Ah, diablos, no quería gritar.

—Estás de joda, ¿no? —murmuró incrédulo, rodando los ojos ante el silencio por parte del otro—. ¿Te hice algo?

La voz de Bakugō pareció tener algo extraño, algo que Kirishima casi nunca había escuchado. Parecía tener un nudo en la garganta.

—¿Dije algo que te hiriera? —Su voz se escuchaba más cerca, y para cuando Eijirō alzó la mirada el rubio estaba a unos pasos de distancia.

No, por favor, no hagas esto más difícil.

—No, no… Claro que no —respondió, nervioso por la cercanía, instintivamente dando un paso hacia atrás.

—¡¿Entonces qué mierda te pasa?! ¡Dame una puta explicación de porqué te alejas así de mí! —exclamó, sus manos yendo a parar a los hombros del contrario y sacudiéndolo levemente—. ¡Es todo lo que pido!

—¡No lo entenderías!

—¡Entonces házmelo entender!

Y esa frase fue la que rebasó el vaso.

No sabe si fue el alcohol en su sangre, la desesperación del momento, sus sentimientos acumulados con tanto dolor y desesperación, o simplemente una mezcla de todas. Sea cual sea la respuesta, ya era de poca importancia. Nada justificaba el estúpido arrebato que le dio. Nada justificaba el haber tirado sus principios a la borda de esa manera, su capacidad de actuar antes de pensar.

Y por sobre todo, nada, absolutamente nada justificaba lo idiota que fue estampar sus labios contra los de Katsuki, tomando su rostro entre sus manos para quizás, así, engañarse a sentir que estaba seguro de lo que hacía. Pero, como siempre, mentirse a sí mismo nunca sirvió y nunca serviría. No tomó más de dos segundos para que la razón volviera a él, y así le llegara como balde de agua fría ell impacto de lo que hizo que, probablemente, tendría peores consecuencias de los que podría esperar.

Y aunque quiso apartarse, no alcanzó a hacerlo. El otro ya lo había hecho. Bakugō los había separado primero, y quizás ese empujón fue suficiente para que el peso de lo que hizo le cayera encima.

De milagro no se fue al piso cuando se tropezó con sus propios pies intentando retener el equilibrio, sus manos apoyándose de la mesa que estaba detrás suyo.

Honestamente, estaba aterrado. Lo tenía escrito en todo su rostro. Esperó algún grito, algún insulto, algo que le recordara que había arruinado esa preciada amistad. Pero nada salía de la boca del rubio. Solo estaba ahí, parado a unos pasos de él, cubriendo su boca con su antebrazo como si estuviera protegiéndose.

Ya no estaban a dos pasos de distancia como antes, si no más, muchísimo más. En ese instante, Kirishima sentía que esos cuatro pasos eran kilómetros de distancia; sentía que estaban lo más lejos de lo que alguna vez estuvieron. Y todo por su culpa.

Mierda, eres un completo idiota, Kirishima. Eres un imbécil. ¿Qué diablos pensabas? ¿Eh? ¿Qué te devolvería el beso? ¿Es que acaso realmente pensabas que te correspondería? No seas ridículo. Mira, mira cómo te ve, cómo se apartó y se protege de ti. Mira las consecuencias de lo que acabas de hacer. Todo es tu culpa, por no controlar tus impulsos, por no pensar antes de actuar, por ser un completo ingenuo.

Todo es tu culpa por enamorarte de tu mejor amigo.

Bakugō seguía frente a él, pero ya no lo podía ver, las lágrimas responsables de ello tras comenzar a nublar su vista. De repente pudo salir de su trance, de su impresión, y los sentimientos afloraron de inmediato y sin aviso, haciéndolo reaccionar abruptamente. No solo le quedó claro que nada de lo que él sentía por Bakugō era mutuo, sino también cómo había arruinado cualquier oportunidad de evitar que él se enterara. Pfft, si él fue el imbécil que se lo dejó en claro.

Probablemente ahora no habría forma de que Bakugō quiera estar a menos de dos metros de él.

No se dio cuenta cuándo unas pocas lágrimas se volvieron un descontrolado llanto.

—Yo no quería… De verdad no quería…

Katsuki no sabía qué hacer. Mierda, sí, estaba sorprendido, demasiado, pero ver a Eijirō llorar jamás le había gustado. Y jamás le gustaría.

Y si antes estaba preocupado de haberle hecho algo, ahora estaba seguro que esas lágrimas eran por su culpa.

—Kirishima, espera, no…

Dio un paso hacia el pelirrojo, pero él dio uno hacia atrás.

—Lo siento.

—Espera, oye…

—¿Kirishima? ¿Qué te pasó?

La puerta se abrió en el momento más preciso. Tras ella, Kaminari lo miraba atónito al haber descubierto el estado de su amigo. Sin embargo, no obtuvo respuesta. Eijirō ni se dio el tiempo de notarlo. Solo estaba preocupado de salir de allí lo más rápido posible. Sus pies parecieron moverse solos, pasando a llevar al rubio al comenzar a correr.

—¡Eijirō, espera! ¡¿A dónde vas?! —Ashido intentó captar su atención con palabras, pero el pelirrojo solo siguió su camino. Ella inmediatamente fue tras de él.

Bakugō podía sentir la mirada de todos, de absolutamente todos sobre él. No le gustaba. No le gustaba para nada. Era obvio que él fue el imbécil que provocó que Kirishima saliera llorando de allí.

—¿Qué pasó? —preguntó Sero, llegando al lado de Denki.

—Bakugō, Kirishima acaba de irse llorando, maldita sea, ¿qué mierda le dijiste?

—¿Ustedes lo sabían?

Esas tres palabras descolocaron a, posiblemente, todos los presentes. Pero solo ellos tres comprendieron la verdadera magnitud de esas palabras.

Tanto a Sero como a Kaminari se les hizo imposible no reaccionar ante ello, sus rostros inevitablemente expresando la sorpresa provocada por esas palabras.

Denki fingió confusión, pues sabía perfectamente a qué se refería.

—¿Saber qué cosa?

—¿En serio vas a hacerte el estúpido ahora? Por la mierda, solo responde. ¿Tú lo sabías? ¿Alguno de ustedes lo sabían?

Katsuki siempre tuvo problemas para canalizar sus emociones, y peor aún emociones tan fuertes como la furia que sentía en esos momentos. El problema era que realmente no estaba molesto con los chicos frente a él, mucho menos con Kirishima. No, estaba molesto con él mismo, furioso, porque la había cagado monumentalmente al reaccionar de esa forma.

Pero no sabía controlarse, y siempre la forma más fácil para él era desquitarse con los demás.

—Bakugō, d-de qué hablas-

—¡No se hagan los imbéciles! —estalló, rojo de la ira, golpeando con su índice el pecho de Kaminari—. ¿Quieres saber qué pasó? ¡Kirishima me besó! ¡Eso pasó!

—¡Oye, basta! —exclamó Hanta, quitando la mano de Bakugō del pecho de su amigo con brusquedad—. ¿Cuál es el problema si lo sabíamos? ¿Acaso esperabas que te lo dijéramos? ¡Eso es algo que él te tenía que decir, no nosotros!

—¡Si lo hubieran hecho quizás nada de esto hubiera pasado!

—¡No, Bakugō! ¿Sabes qué? ¡Si esto pasó fue por tu culpa!

Esas simples palabras frenaron por completo la cólera del rubio, tomándolo totalmente desprevenido.

—¡No era nuestro lugar decírtelo, y tampoco nuestra obligación! ¿En serio nos vas a echar la culpa a nosotros? No es así, esto es por ti, tú y tu actitud, tu insensibilidad, tu agresividad.

El entrecejo de Katsuki se arrugó más y apretó los puños. No, no estaba de humor para escuchar eso, no quería hacerlo. Pero por alguna razón sus piernas no querían moverse.

Agh, no de nuevo.

—¿Qué diablos pensabas que ibas a lograr acorralando a Kirishima así? ¿Acaso no podías pensar un poquito? ¿Ser paciente? ¿Comprensible?

—Oye, Sero… —El rubio intentó detener al pelinegro, pero este no lo permitió, y tan solo dio un paso adelante para encarar al rubio de mejor forma.

—El problema no fue que rechazaras a Kirishima, si no tu actitud al hacerlo. Eso fue lo que provocó que él se fuera de aquí llorando como lo hizo, no nosotros. Si pensaras un poco antes de reaccionar nada de esto hubiera pasado.

La respiración de Katsuki estaba más acelerada que de costumbre y los ojos le ardían. Sabía lo que eso significaba. Él no era de llorar, odiaba llorar, pero cuando se sentía así de frustrado y enojado las lágrimas querían escaparse por cuenta propia.

—Yo solo pensé que había hecho algo mal —Bakugō agachó la mirada, apretando su mandíbula y sus puños—, que lo había herido con algo, no sé. Estaba preocupado, no quería haber lastimado a alguien como él. Y aún así…

Y aún así lo lastimó de esa forma.

Sin decir más, Katsuki optó por hacerse paso entre los dos chicos y tan solo irse de allí. No le importaba la hora que fuera, solo iba a ir a buscar su mochila y largarse.

Lo único que en esos momentos odiaba más que el escuchar la verdad, era a él mismo.

Era un grandísimo imbécil, y odiaba recordarlo y darse cuenta de ello.