Desde esa noche las cosas estuvieron… más que complicadas.

No habían pasado más de cuatro días, pero para el afectado grupo de amigos se sentía una eternidad. Kirishima no estaba siendo muy comunicativo y se lo notaba claramente decaído, y Bakugō aún no les daba la más mínima señal de querer dirigirle la palabra a una mísera persona.

Y para peor, todos estaban con un enredo de pensamientos, y si seguían así probablemente ninguno iniciaría la conversación que tan urgentemente necesitaban tener. Kaminari y Ashido no sabían cómo intervenir sin verse muy entrometidos o arruinar más todo el lío, Sero creía que Bakugō no quería saber nada de él nunca más, Kirishima pensaba que no solo había arruinado su amistad con el rubio sino todo el grupo, y Bakugō pensaba que definitivamente había perdido el poco de amigos que había logrado hacer en su maldita vida.

Todos sus compañeros estaban conscientes de la situación por la que estaban pasando, es decir, casi todos vieron en vivo lo que pasó para que terminaran así. Sin embargo, los profesores, que claramente no tenían ni idea del drama adolescente por el que estaba pasando el 2-A, les respiraban en la nuca para ya terminar los últimos detalles del festival cultural que estaba a la vuelta de la esquina; así que no había mucho que ellos podían hacer para ayudar a la Bakusquad, o al menos no por el momento.

Aunque lo que para la mayoría parecía ser una pena, Katsuki lo consideraba una bendición. Y es que faltar a clases jamás sería una opción para él, podría sentirse increíblemente fatal pero jamás arriesgaría sus calificaciones por ello. Por eso, el que en las clases estuvieran tan ocupados prestando atención y murmurándose entre ellos ideas para el acto que realizarían para el festival lo ayudaba mucho, porque así no tenían tiempo de andarse entrometiendo en asuntos que no les incumbían.

Y, claro, no tendrían tiempo de andar mirándolo y murmurando a sus espaldas el cómo el malvado e insensible Bakugō le había roto el corazón al pobre Kirishima Eijirō.

El rubio había pasado esos días consumiendo todo su tiempo en hacer tareas y repasar hasta el más mínimo detalle de las clases, aunque fueran cosas que ya se sabía de memoria. Y es que ocupar su tiempo en eso lo ayudaba a no pensar mucho.

El problema era cuando sí tenía tiempo de pensar.

Y en esos momentos, acostado en su cama en la oscuridad de su habitación, plena madrugada del miércoles, Katsuki estaba teniendo demasiado tiempo para pensar. Había logrado dormirse a su hora, pero se despertó bastante adelantado a su alarma, y aunque pensó que haciendo algo de ejercicio, duchándose y vistiéndose con el uniforme le daría la hora de ir a clases, sus cálculos no fueron lo suficientemente precisos, aún sobrándole una hora más de hacer nada.

Intentó volverse a dormir, mas no pudo. Una vez su cabeza comenzaba a maquinar de la forma en la que lo hacía, era demasiado difícil callarla.

No sabía si las mañanas estaban comenzando a bajar de temperatura, o si él era el que comenzó a sentir tanto frío de repente.

"...esto es por ti, tú y tu actitud, tu insensibilidad, tu agresividad".

¿Cómo se supone que debía defenderse de algo que era verdad?

"Si pensaras un poco antes de reaccionar, nada de esto hubiera pasado."

No sería la primera vez en que haberse controlado habría evitado tantos problemas.

Se pasó la mano por la cabeza, desordenando aún más su cabello e intentando disipar de alguna forma los tontos recuerdos que en su mente se repetían. Era inútil. Nada de lo que se dijera para tratar de consolarse le quitaba ese gran peso que su culpa le había dejado encima.

¿Por qué le era tan difícil entender algo tan simple y humano como los sentimientos?

Por más vueltas que le diera no se veía capaz de entender qué había hecho para que alguien como Kirishima, tan amable, bueno y sincero, viera algo en él.

Se supone que debería sentirse bien, es decir, gustarle a alguien era quizás una de las cosas más halagadoras de la vida. Pero él no lo entendía, no le interesaba, y algo como eso solo provocaba problemas, problemas como… como hacer llorar a Eijirō. Y era tan frustrante, tan malditamente frustrante saber que no podía hacer nada para que el pelirrojo se sintiera mejor, porque lo único que podría servir no era capaz de hacerlo.

Y definitivamente era un estúpido. Oh, sí, la idiota de Utsushimi probablemente estaba gozándola, sabiendo que efectivamente era estúpido.

No debió presionarlo así. No debió acorralarlo así. Ninguno de sus estúpidos miedos o inseguridades podían justificar la forma en la que obligó a Kirishima a confesar algo que definitivamente no quería ni debía.

Quizás lo único que le quedaba era acostumbrarse nuevamente a la soledad.

Su móvil pareció apiadarse de él, porque por fin el sonido que lo despertaba todas las mañanas comenzó a repetirse una y otra vez. Se giró hacia su celular y apagó la alarma. Se levantó, tomó su mochila, metió el celular en esta y salió de la habitación. Podía desayunar algo rápido con el tiempo que le sobraba, aunque en realidad no es que tuviera hambre.

Era tan temprano que no era sorpresa que no había nadie merodeando aún por la sala común de la residencia. Al fin una ventaja de haberse despertado a las cuatro y media de la mañana, se dijo.

El sol no se alzaba por completo aún, y aunque caminó lento hacia el quiosco que quedaba de paso a las instalaciones principales de la UA, seguía cerrado. Gruñó y pateó el basurero a un lado de la tienda, pero apenas este cayó, maldijo por lo bajo y lo recogió de inmediato.

Siguió su camino hacia el salón, que afortunadamente para cuando llegó ya estaba abierto. No se molestó en prender la luz y solo siguió de largo hacia su puesto, dejando su bolso sobre la mesa y tomando asiento. Agarró la mochila y la abrió, para buscar dentro de esta su móvil y audífonos. Sin la luz no podía ver lo que estaba dentro de la mochila, así que dependía de su tacto. Por ello, cuando sintió un envoltorio de aluminio, lo tomó algo extrañado, no sin olvidar lo que estaba buscando en un principio. Usó su celular para iluminar lo que había encontrado, y apenas reconoció la barra de cereal, estaba seguro de que el mundo tenía algún tipo de conspiración contra él.

Era una barra de cereal, de las mismas que le dio al pelirrojo esa mañana en la que lo obligó a ir a clases.

Su primer instinto fue ir a botarla, pero el gruñido que su estómago soltó lo detuvo. Suspiró y cedió a comerla, no sin antes ponerse los audífonos y colocar algo de música. No tenía idea desde cuándo estaba en su mochila la barrita, pero realmente no le importaba mucho. Masticó el primer bocado. A Kirishima le gustaban mucho esas mismas barras, sobre todo la de chocolate. Masticó el segundo bocado. ¿Quizás regalar barras de cereal era algún tipo de gesto romántico del que no estaba enterado?

Dio el tercer y último bocado. Incluso sabiendo que un rechazo podría ser absolutamente devastador, ¿qué tan egoísta sería pedirle que sigan siendo amigos?

Gruñó, esperando que su cerebro se callara de una maldita vez. Cerró los ojos y dejó su cabeza caer hacia adelante, apoyándola en el escritorio. Y quizás era el cansancio acumulado, pero no se dio cuenta cuándo se quedó dormido.

Y no se hubiera dado cuenta de no ser porque despertó de golpe cuando el señor Aizawa golpeó su escritorio con la palma de su mano.

Casi se cae de la silla hacia atrás, y para cuando se estabilizó, miró a su profesor con molestia.

—Iida quiere dirigirse a ti y tú llevas dormido como media hora —se dirigió al rubio el mayor.

¿Media hora? ¿Cómo es que una pestañada se volvió media hora? Debía comenzar a tener más control sobre su sueño, mierda. ¡Ahora todos lo estaban mirando! Ah, dejen de hacerlo, ¡dejen de mirarlo!

—Bakugō —empezó el delegado de la clase desde el frente de la sala—, el compromiso de todos al momento de alistarnos como los encargados del musical junto al 2-B fue trabajar todos, y tu participación hasta la fecha ha sido —Iida miró una hoja en su mano y luego volvió a mirar al rubio, señalándolo con su palma extendida y el brazo rígido como robot—. ¡Absolutamente mínima! ¡Según esto, no has ido a ningún ensayo de esta semana!

—Yo no me he comprometido a nada —dijo de mala gana, volviendo a dejar su frente apoyada en la mesa.

—De hecho, sí —Tenya sacó otro papel de quién sabría dónde—. ¡Todos firmamos esta hoja un mes atrás cuando nos organizamos con el Segundo B!

¿De dónde sacaba tantas hojas? Se preguntaba Bakugō.

Miró con los ojos entrecerrados al de lentes, intentando rememorar cómo diablos su firma estaba en esa hoja.

Le tomó tres segundos recordar cómo el cuarteto de idiotas prácticamente lo obligaron a firmar ese papel, diciendo que sería divertido y que necesitaban la firma de absolutamente todos de ambos cursos para que hubiera registro del compromiso de todos para algo tan ambicioso como un estúpido musical.

Ah, maldita sea. Y ahora esos cuatro idiotas lo estaban ignorando. O, bueno, él los estaba ignorando. Aunque en verdad ninguna de esas dos opciones era la correcta, pero ni el rubio ni los otros cuatro podían ver eso.

Ya no tenía con qué defenderse o escudarse, pero su orgullo era tanto que no iba a ceder a una estupidez como esa. Abrió la boca para volver a rebatir a su profesor y al delegado, sin embargo, todo el salón estaba en silencio expectantes ante la respuesta del rubio. Mineta estaba a tan solo dos puestos de él, así que oyó perfectamente cuando el más bajo murmuró algo que definitivamente no debía de haber escuchado.

"No sé qué hacen insistiéndole, desde lo que pasó en la fiesta de Kaminari debe estar peor de lo que ya es".

Peor de lo que ya es.

Oh. Así que ya era malo.

Se quedó unos cuantos segundos asimilando lo que había escuchado y, si bien los demás también lograron oír con suficiente claridad como para estar a punto de darle una paliza a Minoru por decir la estupidez del año, no fueron tan rápidos en reaccionar como lo fue Katsuki al levantarse de su silla y largarse de allí, dejando el ambiente más incómodo que alguna vez se hubiera sentido en el Segundo A.

Todos, absolutamente todos, miraron a Mineta de tal forma, que el chico hubiera preferido ser golpeado o insultado por el rubio.

Los últimos días tampoco habían sido amables para Kirishima Eijirō, no desde que cometió lo que él llamaba la "estupidez más tonta que pude haber hecho en mi vida".

¿Cuánto tiempo estuvo repitiéndose que no iba a decirle nada de lo que sentía a Katsuki? Semanas, estaba seguro. Y se odiaba por como un poco de alcohol logró que hiciera todo lo que se prometió que no haría. Nunca jamás en su vida volvería a tocar una cerveza, de eso estaba seguro.

Mientras corría lejos de la habitación en la que besó a Katsuki solo podía pensar en cuánto deseaba poder regresar el tiempo. No confesarle a Ashido su sexualidad, que nadie se enterara, y quizás así, solo así, ese pequeño giro de eventos ayudaría a que el estúpido enamoramiento de su mejor amigo alguna vez ocurriera.

Incluso, en su momento más bajo, encerrado en la oscuridad de uno de los baños de la mansión de Kaminari, las lágrimas cayendo por su rostro y su pecho tan apretado que algo tan simple como respirar le costaba. Llegó a desear con todas sus fuerzas no haber nacido gay. Eso habría solucionado literalmente la mayoría de los problemas que lo llevaron hasta ese momento.

Y a decir verdad, por unos momentos le sonó razonable. Llorando, odiándose, abrazando sus piernas mientras su rostro se escondía entre sus rodillas, pensó que esa habría sido la solución más fácil para todo. Y es que realmente desde que salió del clóset, su estabilidad emocional estaba demasiado mal como para que fuera sano.

Pero, como todo pensamiento estúpido llegaba, se terminaba por ir. Y es que debía de dejar de escuchar a su cabeza en momentos así, donde sus emociones lo controlaban por completo y volvían mudo a su sentido común, puede así mismo fue cómo por un microsegundo le pareció totalmente razonable estampar sus labios contra los de Katsuki.

Ashido lo había seguido, y aunque en un principio no quería verle la cara a nadie y solo planeaba ahogarse en el llanto de su desgracia, una vez se comenzó a calmar más pudo ver las cosas con más claridad y aceptó el apoyo de su amiga.

Y es que ese no era él. Mierda, ¿qué diablos le estaba pasando?

Ya era lo suficientemente estresante siendo un estudiante de la academia de héroes más prestigiosa del país, trabajar semana tras semana en ser cada vez más fuerte y hábil, tener el peso de la vida de muchas personas en sus hombros. Así que, sentir que el simple hecho de ser gay le trajera tantos problemas debía de parar.

Así que tuvo algunos días para meditar, e intentar devolverle el orden y la cotidianidad de su día a día.

Claro, ser gay tenía sus dificultades, lamentablemente no es como que pudiera gritarlo a los cuatro vientos y esperar que lo aplaudieran. Pero a pesar de todo, estaba orgulloso de quién era y jamás lo cambiaría. Y si bien el error de Ashido no fue la mejor manera en la que sus compañeros se enteraran, tampoco lo cambiaría, porque debía de confesar que probablemente nunca les hubiera dicho a los demás si no hubiera sido por eso. Las cosas pasaban por algo, y no tener que ocultar más el hecho de que no le gustaban las mujeres era realmente lo mejor que le había pasado. A pesar de los pequeños inconvenientes que ha tenido, todos los ha podido resolver.

O, bueno, casi todos.

Aún seguía el pequeño detalle de Bakugō, obviamente. A lo mejor sí le gustaría cambiar cómo el chico se enteró de sus sentimientos, porque probablemente no había una forma más horrible de confesarte que con un beso que nadie pidió. Sin embargo, lo hecho hecho está, y arrepentirse de haber besado a Bakugō no iba a arreglar nada.

No podía seguir así. Simplemente no podía. No había nada menos masculino que dejarse vencer por sus errores, por los sentimientos que no podía controlar, por la culpa. Debía de dejar de ahogarse en un vaso de agua e intentar enmendar su error.

Bakugō ya sabía cómo se sentía, nada cambiaría eso, pero sí podía cambiar el hecho de que el chico probablemente lo odiaba por haberlo besado. Y si alguna vez tuvo oportunidad de tener algo con el rubio, estaba seguro que ese beso la había tirado a la basura.

Y por más que se había preparado mentalemente para el rechazo, ninguna preparación servía mucho para cuando realmente sucedía. Así que sí, dolía, claro que le dolía.

Pero aún así no iba a permitirse perder a su amigo. Debía comenzar a reordenar su vida, e iba a comenzar por enmendar las cosas con Katsuki.

Fue una buena conclusión a la que llegó esa noche. Y aunque todo ese viaje emocional que se mandó hasta las adentradas horas de la madrugada sonaba maravilloso, no quitaba el hecho de que tenía clases a las 7 AM. Así que podría decirse que el día de Kirishima no había iniciado de la mejor forma.

Quizás era algo gracioso como, totalmente contrario a Bakugō, en vez de despertarse mucho antes de lo necesario, el pobre Eijirō se pasó de la hora y se quedó dormido. Y no por unos pocos minutos, sino que por bastante.

No fue la alarma la que lo despertó, la cual probablemente sí sonó pero que no logró su cometido debido al profundo sueño del muchacho. Lo que lo despertó fue la melodía que alertaba de la entrada de una llamada.

Totalmente desconcertado, tomó su móvil casi que con los ojos aún cerrados, y sin ver bien lo que hacía contestó la llamada.

—¿Hola?

El grito que se escuchó en la otra línea casi lo hace mandar a volar el celular del respingo que dio.

—No es por asustarte ni nada, pero si no llegas en diez minutos Aizawa te va a matar, e Iida enterrará el cuerpo.

Le tomó unos momentos repasar una y otra vez esa frase por su cabeza, analizándola. Y para cuando la comprendió, sus ojos se abrieron de par en par. De repente se sintió más despierto que nunca.

—¡Mierda! ¡El ensayo! —Exclamó, levantándose casi que de un salto de la cama—. ¡Te veo allá!

—¡APÚRATEEE-! —La voz de la chica se interrumpió tras que el joven cortara la llamada.

En tiempo récord se pegó un duchazo, se vistió y se peinó. Estaba seguro que nunca en su vida lo había hecho tan rápido, pero definitivamente ese tipo de récords no eran de importancia cuando debía llegar prácticamente de inmediato a las clases de Aizawa. Normalmente tenía matemáticas, pero con el festival tan cerca, los profesores se veían en obligación de pedir horas a sus colegas para terminar los últimos detalles.

Un musical era quizás una de las cosas más ambiciosas que su curso había optado por hacer (fuera de las hazañas heroicas, claro está). Pero, sin exagerar, encontraba muchísimo peor intentar actuar o bailar que cualquier misión que alguna vez le haya tocado.

Y le han tocado unas horribles.

No le importó si llegaba todo sudado al salón de clases, fue corriendo a su máxima velocidad. Ya estaba como media hora atrasado, así que no podía darse el lujo de demorar ni un segundo más.

La distancia que tuvo que correr no fue poca, por lo que apenas estuvo frente a la gran puerta de la sala de clases se detuvo tan solo unos segundos a tomar aire, apoyando sus manos en las rodillas.

Arregló el desastre que era su cabello en lo posible, y se enderezó. Listo para recibir los regaños de su profesor y su delegado, acercó su mano para abrir la puerta. Sin embargo, esta se abrió de golpe antes de que siquiera pudiera tocarla.

No sabía si era, nuevamente, una mala broma del destino, pero Bakugō salió de esa puerta como alma que lo llevaba el diablo. Tanto así, que ni siquiera se detuvo a mirarlo. Y probablemente si él no hubiera reaccionado a hacerse a un lado, lo hubiera empujado a un lado.

Perplejo, se quedó estático unos segundos, viendo la espalda del rubio alejarse.

¿Qué diablos pasó en ese rato que estuvo atrasado como para que Katsuki saliera de esa forma? ¿Y por qué tenía el leve presentimiento de que él tenía algo que ver?

Definitivamente esa no era una buena mañana.

Nervioso, asomó su cabeza por la entrada, tanteando el terreno al que se adentraría. No podía pasar desapercibido ni aunque quisiera, por lo que apenas se mostró unos centímetros, su profesor lo alcanzó a ver. Pero no pudo decirle nada, pues Hanta se había acercado al hombre a decirle algo que no alcanzó a oír. Aizawa asintió y Sero inmediatamente salió de la sala, aunque se detuvo cuando lo vio a él.

—Deséame suerte —murmuró antes de partir.

Y otra vez se quedó ahí, paradote, sin entender un carajo.

¿Alguien le podía explicar?

—Kirishima, ya entra, a menos que quieras que sí te anote el atraso.

—¡Ah! ¡Sí, profesor! —respondió de inmediato, entrando al salón e inclinándose ante el mayor—. ¡Disculpe el atraso!

—Solo que no se haga costumbre. Ahora anda a tu asiento —murmuró Shōta, haciéndole un gesto con la mano al pelirrojo—. Iida, puedes seguir.

El de lentes asintió y continuó explicando algunas cosas sobre el festival. Aunque todos estaban más atentos y expectantes a lo que pasaría con Bakugō que a lo que el delegado decía. Excepto Kirishima, claro, que miraba las espaldas de Kaminari y de Ashido esperando a que se giraran a explicarle.

Y mientras no lo hicieran, él seguiría teniendo ese hueco en el estómago, porque los nervios y la ansiedad le decían una y otra vez que algo tenía que ver él con la forma en la que Katuski salió de la sala.

Sero jamás había maldecido tanto el enorme tamaño del instituto. Es más, podría decirse que durante la mayoría del tiempo le parecía algo fascinante. Pero en esos momentos definitivamente era un gran obstáculo.

Buscar a Katsuki entre las edificaciones y los jardines llenos de hojas secas y anaranjadas era más difícil de lo que creía. ¿Por qué no podía tener un color de pelo mucho más llamativo como Mina, Kirishima o Midoriya? Así probablemente la búsqueda sería mucho más sencilla.

Él solo quería hacer lo correcto, pero al parecer el universo tenía otros planes.

Después del fatídico "incidente" ocurrido en la fiesta, no fue difícil darse cuenta de que la había cagado. Sí, así de simple: la había recontra cagado. Fue bastante hipócrita de su parte juzgar el carácter de Bakugō cuando todas las cosas que dijo fue por el mismo problema: no controlar su temperamento. No es que no tenga control sobre este, al contrario, normalmente él era uno de los más relajados del curso, pero cuando se molesta no piensa mucho las cosas. Pero apenas se relajaba un poco se daba cuenta de los errores cometidos.

Y aunque no se hubiera dado cuenta por sí mismo, Ashido no dudó en darle la reprimenda del siglo. Aún no eran oficiales y ya la había cagado. Es que tremenda habilidad que tiene este muchacho para cagarla en tiempo récord.

Ya más calmados, al día siguiente, él junto a Mina y Denki no pudieron evitar hablar del tema. Es decir, ignorarlo era imposible, e intentar ayudar a sus amigos era quizás lo más importante, además de enmendar su error y disculparse con Bakugō en el caso de Sero.

Y precisamente era la palabra "amigos" la que los hizo darse cuenta de la estupidez que habían hecho durante ese tiempo. Tanto Kirishima como Bakugō eran sus amigos, y haberse preocupado solamente de cómo uno de ellos se vería afectado y no haber pensado en el otro fue quizás una de las razones que también provocaron que todo llegase a este punto de una manera tan incómoda. Se preguntaron si, a lo mejor, haber considerado los sentimientos del rubio hubiera hecho alguna diferencia. Y lo más probable era que sí, sí lo hubiera hecho.

Suspiró. Aunque martirizarse no servía de nada y lo hecho hecho estaba, se sentía inútil y totalmente derrotado. Llevaba dando vueltas una y otra vez sin dar con Katsuki, así que decidió voltear y volver a la sala de clases de una vez por todas antes de que Aizawa se molestara.

Caminó con la cabeza gacha durante unos minutos, lento, mirando con demasiada atención el montón de diminutas piedras que conformaban el camino. Siguió así durante unos momentos, antes de notar algo particular con el rabillo de su ojo. Alzó la vista, y eso fue suficiente para que Hanta se detuviera abruptamente cuando, tras unos arbustos floridos, vio esa desordenada cabellera rubia que tanto reconocía. Bakugō, dándole la espalda, estaba sentado en una de las bancas de concreto que había a un lado del estrecho camino de grava.

El pelinegro lo miró por unos segundos, percatándose de que Katsuki probablemente no lo había notado pasar a tan solo unos metros de él. Nervioso y con las manos escondidas en sus bolsillos, decidió acercarse al rubio.

El sonido de las pisadas en el camino de grava no era fácil de disimular, por lo que apenas Sero dio unos pasos más cerca de Bakugō este giró su cabeza para mirar al pelinegro.

Y, extrañamente, no se levantó ni hizo algún movimiento para alejarse, o alguna expresión de molestia o enojo. No. Al contrario, solo volvió su mirada nuevamente a su celular, del cual se podía escuchar un tenue audio de alguien hablando. Una vez más cerca, Sero pudo ver con claridad que se trataba de un tutorial de cocina.

Rio bajo y entre dientes, esta vez captando de mejor manera la atención del contrario.

—¿Algo que decir? —cuestionó el rubio de mala gana.

Rápidamente Hanta calló sus risas—. ¡No! No, para nada. Solo no sabía que veías esos vídeos —agregó, intentando alivianar el ambiente un poco.

—Me relajan y me distraen —respondió Katsuki en un murmullo antes de volver la mirada al vídeo.

Hanta se quedó de pie unos segundos a un lado de la banca, debatiendo consigo mismo si era mejor quedarse parado o sentarse junto al otro. Katsuki pareció notar aquello y para facilitar las cosas se movió un poco hacia el lado, esperando que Sero entendiera. Lo hizo, claro. Captar indirectas no le era tan difícil afortunadamente, así que tomó asiento junto al rubio.

Permanecieron callados por unos segundos. El distante murmullo de los audífonos de Katsuki y el ruido del ambiente evitó que aquello fuera silencio absoluto.

Sero suspiró y sin tener las agallas de mirarle a la cara a Bakugō, murmuró:

—En verdad, sí tengo algo que decir.

Bakugō, aunque con los audífonos puestos, lo escuchó claramente. Y aunque no pareció tomarlo en cuenta en un principio continuando pendiente del vídeo, poniendo algo nervioso a Sero, la preocupación del pelinegro se disipó tenuemente cuando el rubio pausó el vídeo y se quitó los audífonos, guardando el celular en el bolsillo de su pantalón.

—Si es lo que creo que es, no te molest-

—No, Bakugō, escúchame. Por favor.

El rubio miró con su característica fachada molesta al pelinegro por unos segundos, segundos en los que los nervios de Hanta se colocaban de punta por la mera idea de que el contrario no quisiera escucharlo. Y lo entendería, claro que lo haría. Es decir, después de lo que le dijo, tenía todo el derecho de hacerlo.

Pero Katsuki no era así, por eso asintió, dándole a entender al más alto que podía hablar.

—Bien, mira, yo... Antes que todo, lo lamento. De verdad lo lamento. No solo por lo que dije, sino por siquiera pensar esas cosas.

Sero pausó por unos segundos, atento a la reacción del rubio. Él solo agachó la mirada, así que Hanta decidió seguir.

—Lo hablamos con Mina y Kaminari, y nos dimos cuenta de que estuvimos tan preocupados de los sentimientos de Kirishima y de cómo llegaría a sentirse, que nos olvidamos de... de ti, de tus sentimientos y de cómo esto te afectaría a ti. Sabemos que no eres alguien que comparte mucho lo que pasa por su cabeza o cómo se siente, y eso siempre lo vamos a respetar. Pero no hay que ser muy listos para saber que esto te afectaría mucho.

» Y en vez de pensar en eso, nos enfocamos en proteger a Kirishima, algo estúpido porque realmente no necesita protección, ambos sabemos que es alguien muy fuerte. Así que cuando lo vi salir llorar, seguí enfrascado en eso y por eso dije esas idioteces.

El pelinegro suspiró y decidió mirar al rubio, poniendo una mano en su hombro de forma reconfortante.

—Lamento no haber pensado en ti. Después de todo, también eres mi amigo, y tomar solo un lado fue un completo error. Es decir, si a mí Kirishima me hubiera besado probablemente también lo habría apartado así.

Katsuki no respondió nada por unos segundos, su mirada aún estaba fija en el suelo.

—No quiero que me mientas ni finjas mucha compasión ahora. En serio —dijo, suspirando y apartando la mano del más alto de su hombro—. Todo esto se pudo haber evitado si no lo hubiera acorralado de esa forma y respetado su espacio. Es solo que...

Katsuki suspiró y se reclinó hacia atrás en la banca, ahora su vista se enfocó en el nublado cielo otoñal.

—Antes de estar aquí, antes de ustedes, yo realmente fui un asco. Ya sabes la historia —El pelinegro asintió, recordando cómo Katsuki en un momento se abrió contándoles sobre su pasado con Midoriya—. A veces pienso que aún lo soy. Ver a Kirishima llorar por mi culpa me hizo sentir que lo era. Muchas veces creo que no valgo la pena como para que me consideren su amigo. Por eso cuando comencé a sentir que se alejaba me... no lo sé, me sentí...

—¿Triste?

—...Sí. Ustedes son los primeros verdaderos amigos que tengo. Ustedes... se preocupan, me incluyen, me aceptan. Y, mierda…, no quiero perder eso. No quiero volver a estar solo.

—Y no lo vas a estar.

Ante esa oración el rubio finalmente miró al pelinegro a la cara, encontrándose con una reconfortante sonrisa, recibiendo una amigable palmadita en la espalda.

—Hombre, así amargado y todo te aprendimos a querer, y así como eres te vamos a seguir queriendo. Eso no va a cambiar.

El rubio no pudo controlar los bordes de sus labios, una pequeña sonrisa colándose en su rostro, rápidamente bajando la mirada para que Hanta no lo notara, aunque no sirvió de mucho porque el pelinegro de igual manera lo hizo, y no dudó en dejarlo en claro repitiendo: "¡Sonreíste! ¡Lo vi!", por lo que se ganó un amistoso puño contra su hombro, que solo logró hacerlo reír más.

—¿Cómo está Kirishima? —preguntó Katsuki luego de un breve silencio.

—Honestamente... mal —respondió el pelinegro, sobando su hombro—. Cree que lo odias.

El rubio chasqueó la lengua y rodó los ojos.

—Ese imbécil... Debo hablar con él.

—Sí, deberías. Pero primero, deberíamos volver al salón, que nada te va a salvar del sermón del señor Aizawa —dijo el muchacho mientras se ponía de pie, Katsuki hizo lo mismo.

Ambos comenzaron a caminar de vuelta a la sala de clases, aunque el andar de Hanta se detuvo cuando sintió un firme agarre en su hombro. Se volteó y se encontró con una tenebrosa mirada por parte de Bakugō.

—Si le cuentas a alguien de esto, te golpearé —murmuró, con una seriedad y calma que le provocó escalofríos al más alto.

Lo único que Hanta atinó a hacer fue pasar su índice y su pulgar sobre sus labios, como si estuviera cerrando una cremallera.

Al menos el Bakugō de siempre había vuelto.

Aunque Kaminari y Ashido sí le explicaron al pelirrojo lo que había ocurrido, cuando vio a Katsuki y a Sero volver a entrar al salón el hueco en su estómago solo aumentó, más aún cuando sus ojos se encontraron con los del rubio por unos meros segundos. Y le hubiera gustado que esa sensación hubiera sido algo nada más temporal, pero ya era tarde, las clases ya se habían acabado y él aún tenía ese peso en su abdomen. Y lo peor era que no podía solo llegar e irse a su habitación a despejar su mente haciendo ejercicio o jugando videojuegos, oh no, porque estando a apenas unos días del festival cultural debían de terminar absolutamente todos los detalles, hasta el más mínimo.

Al ser un musical en conjunto con el otro curso de héroes, ambos grupos se juntaban luego de las clases en los jardines comunes entre ambas residencias. Como no aceptó ningún papel de actuación primordial (nada más le tocó ser un extra el cual se llamaba "Aldeano 2"), lo habían incluido en el equipo de tramoya, así que en esos momentos se dedicaba a martillar y cortar madera para terminar de armar algunos elementos de escenografía.

Considerando el tamaño de las escenografías, debía de subirse en una escalera para martillar los lugares más altos. Así que ahí estaba, acongojado por la preocupación de lo ocurrido en la mañana, sobre una escalera, martillando y no aplastándose los dedos solo por la salvación que su quirk le daba.

—¡Kirishima!

El nombrado miró hacia abajo, a sus espaldas. Satō, Kōda, Shōji y Sero lo miraban desde el suelo.

—Hombre, vamos a darnos un pequeño descanso. ¿Quieres venir? —habló Sato, alzando la bolsa que estaba en su mano—. Traje pastelillos —agregó, sonriente.

—¡Claro! Enseguida voy, solo déjame terminar de martillar esto de una vez.

—No hay problema, te esperamos en las bancas de allá.

El pelirrojo asintió y volvió a lo suyo. Quizás un descanso le vendría bien. Sí, definitivamente lo haría. Comer pastelillos, una pequeña charla, preguntarle a Sero qué diablos había pasad-

Y se martilló el dedo por accidente. Bravo, Eijirō, bravísimo. O, bueno, casi, afortunadamente alcanzó a endurecer su mano. Ah, no, olviden lo de afortunadamente, rompió el clavo.

Y no le quedaban más clavos ahí arriba.

Soltó un quejido, mirando al cielo y expresando su descontento con una mueca como si algo allá arriba fuera la razón de todas sus desgracias. Pero, incluso si realmente hubiera algo o alguien que fuera el causante de todo esto, no es como si tuviera la habilidad para hacer mucho contra esto.

Miró hacia la distancia, donde estaban sentados los demás. No estaban tan lejos, así que pensó en gritarles para captar su atención y que alguno de ellos le pasara una nueva caja de clavos, pero prefirió no molestarlos, optando por bajar él mismo de la escalera a tomarlos. No obstante, antes de siquiera bajar un escalón, sintió un toque en su pie.

Miró hacia abajo, y aunque Bakugō le estuviera extendiendo los clavos que tanto necesitaba, el simple hecho de que el rubio fuera parte de la oración hizo que se olvidara qué era lo que iba a bajar a buscar.

Lo miró por unos diez segundos mínimo sin reaccionar, el rubio con la mano extendida.

—¿Los vas a tomar o qué?

El pelirrojo espabiló con aquellas palabras y se inclinó para tomar la pequeña cajita. Pero al parecer no calculó bien y se inclinó más de la cuenta, perdiendo el equilibrio. Tanto Katsuki como Eijirō demostraron sus rápidos reflejos, pues el rubio logró hacerse a un lado mientras que Kirishima alcanzó a activar su quirk en un santiamén.

—Auch —expresó, pues el dolor que le provocó la vergüenza de ser tan idiota como para caerse de una escalera frente a Katsuki era, probablemente, mucho mayor que el de la misma caída.

El rubio intentó no reírse, claro que lo intentó, pero simplemente se le escapó esa pequeña carcajada que tanto se esmeró en ahogar. Kirishima estaba más ocupado deseando que la tierra lo tragara, así que prácticamente no se percató de las acalladas carcajadas del mayor.

Bakugō se obligó a componerse, aclarando su garganta y volviendo a su seriedad de siempre.

—Supongo que ya no necesitas los clavos —expresó, mirando al pelirrojo en el piso.

—No —respondió Eijirō, sentándose en el césped y sacudiendo un poco su pantalón, mas se detuvo al darse cuenta de un pequeño detalle—. ¿Cómo sabías que necesitaba clavos? —preguntó, mirando algo confundido al contrario.

Katsuki rápidamente cambió su expresión a una mucho más estoica e, incluso, miró hacia un lado mientras su mejillas tomaban un tenue color rosa.

¿Eh?

El muchacho suspiró y se pasó la mano por el rostro, soltando una especie de quejido ronco. ¿Ya qué? Se dijo. Ya estaba ahí, mentirle a Kirishima no serviría de nada. Así que, sorprendiendo al pelirrojo, tomó asiento a su lado en el pasto.

—Quería hablarte —murmuró luego de unos segundos en silencio, sin atreverse a mirar a Eijirō a la cara.

Y con eso, lo que el rubio trató de decir fue "llevo veinte minutos mirándote y buscando una excusa para iniciar la conversación que tanto debemos de tener porque no soporto tenerte lejos ni la culpa de haberte hecho llorar así", aunque eso claramente no lo entendió Kirishima más allá de que efectivamente debían de hablar.

Eijirō desvió la mirada hacia un lado, pensativo, abrazando sus rodillas. Sí, lo sabía, tenían que hablar. Y quería hacerlo, ¡de verdad que quería! Sabía que era lo correcto. Pero había un ardor en su pecho que conocía muy bien. Ardor que sólo florecía cuando el nerviosismo y el miedo se apoderaban de él de tal forma que hasta sentía que podría llorar. Ardor que durante los últimos días había sentido con frecuencia cada vez que recordaba lo sucedido.

Tener que hablar significaría tener que tocar el tema, y tener que tocar el tema significaría que Bakugō pondría en palabras lo que quedó claro esa noche en la fiesta.

Katsuki… no sentía lo mismo que él.

Aunque eso era lo que esperaba, ¿por qué se sentía tan... destruido? No lo entendía. Estuvo semanas preparándose para ello, ¡lo tenía más que claro desde un principio! Entonces, ¿por qué le costaba tanto asumir que de verdad las cosas salieron así? ¿De verdad hubo una pizca de esperanza dentro de él? Tan pequeña que era totalmente ignorada por Kirishima, pero tan fuerte que en esos momentos estaba batallando por no creer lo que escucharía en cuestión de momentos, lo que ya le había dejado claro el rubio.

Podía simplemente pedirle a Bakugō que se fuera y decirle que no había nada de qué hablar, que todo estaba claro, porque técnicamente lo estaba. Pero no podía, por más amargura que sintiera sabía que Bakugō no tenía ninguna obligación de corresponderle, y que ese rechazo no podía ser la razón por la que tan preciada amistad se fuera a la mierda. Porque antes de ser el chico del que estaba enamorado, Bakugō era su mejor amigo y ningún sentimiento debía de nublar ese hecho.

Tanto Eijirō como Katsuki tomaron una bocanada de aire, preparándose para decir algo sumamente importante.

—Lo siento —dijeron ambos al mismo tiempo.

Eijirō alzó la mirada de inmediato, totalmente confundido por haber escuchado al otro disculparse. Y Bakugō hizo lo mismo, mirándole hasta con un deje de fastidio.

—¿Por qué mierda te disculpas? —cuestionó el rubio, probablemente más molesto de lo que debería estar.

—No, ¿por qué te disculpas ? —rebatió Kirishima, arrugando el entrecejo.

Katsuki no lo podía creer. ¿En serio le preguntaba eso? ¿Cómo podía hacerlo? Bufó y volteó su mirada al frente, su vista fija en cómo las puntas de sus zapatos se mezclaban con el césped.

—Porque soy un cabrón insensible, por eso —murmuró, su diestra jugando con la hierba bajo él. Habló mucho más bajo de lo que acostumbraba a hacer, pero suficientemente alto para que el chico a su lado lo escuchara.

Eijirō observó sorprendido al rubio luego de que dijera eso. No tanto por lo que dijo, aunque le pareció la mentira más grande de la vida, sino por cómo lo dijo. Lo dijo con demasiada convicción, demasiada honestidad, como si en serio él creyera eso.

Y, mierda, técnicamente le rompió el corazón, pero ni así podía pensar en Bakugō como un cabrón insensible.

—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó el pelirrojo, no ocultando la molestia en él.

—Ah, vamos, solo es la verdad —El rubio se encogió de hombros y chasqueó su lengua—. Fui un idiota, un completo y reverendo imbécil. Te presioné a decirme algo que claramente no querías decirme. Tú querías espacio y yo debí respetar eso. No lo hice porque aparentemente cuando me ofusco creo que todo justifica mis acciones, y por mi culpa todo terminó como terminó y yo herí tus sentimientos como lo hice.

—No te puedo decir que no heriste mis sentimientos, porque sí lo hiciste, pero… es normal. No es tu obligación sentirte igual. Yo cometí el error de apartarte sin darte explicaciones. Quizás reaccionaste peor de lo que esperaba, pero, ehm… besarte estuvo completamente mal, ni aunque me hubiera tomado todas las cervezas del mundo debía hacerlo. Que me apartaras fue lo correcto —El pelirrojo pausó unos segundos, mirando al mayor—. ¿Esto es por lo que Sero te dijo? Mina me contó, y de verdad no deberías de hacer caso-

—No es solo eso, Kirishima —interrumpió Katsuki, aún no convencido de lo que el nombrado había dicho—. No es algo de solo esa noche. Es… es de siempre. Siempre ha habido ese contraste entre tú y yo, entre tu amabilidad y mi amargura, tu calidez y mi frialdad, tu paciencia y mi intranquilidad… —En ese punto, el rubio tenía la cabeza completamente gacha, y el menor podía notar la aflicción en él.

Katsuki no se vio capaz de terminar la oración, pero si lo hubiera hecho, habría sido con algo entre las líneas de: "Mereces a un amigo que te trate mejor que yo y te demuestre que te quiere".

Kirishima nunca había visto a Bakugō tan desanimado. Lo había visto mal, pero jamás así. Y no le gustaba, en lo absoluto. Si había algo que odiaba era ver a alguno de sus amigos mal. Katsuki podría tener defectos, pero nada de lo que había dicho eran defectos. No ser como él no significaba no ser buena persona. Bakugō solo… solo tenía una forma de ser distinta, una forma de ser que lo hacía especial.

Suspiró y puso una mano en el hombro del contrario, logrando que lo mirase.

—Quizás no tengas el mejor carácter del mundo, eso ya todos lo saben…, pero has estado trabajando en ello. Aún así, ser como eres no tiene nada de malo. No es que no seas amable, solo tienes una manera diferente de demostrar las cosas. Si realmente fueras como dices, no me gustarías.

El rubio no pareció inmutarse con esa última frase, pero a Kirishima se le subieron los colores a la cabeza apenas procesó lo que se le escapó. Qué manera de arruinar su intento de discurso motivacional, ¿eh?

—¡Quiero decir! Eh, pues, no serías mi amigo, ni el de los demás. Te queremos así como eres y así te vamos a seguir queriendo. Nadie es perfecto, todos tenemos defectos; yo soy terco como una mula, Sero es más ingenuo de lo que parece, Ashido no piensa mucho antes de hablar y Kaminari varias veces parece que anda en la luna.

Ambos rieron ante eso último. Ver que había logrado hacer reír al mayor fue quizás uno de los mejores sentimientos que Eijirō pudo sentir.

Sus miradas seguían cruzadas, y por primera vez, Kirishima logró dominar los nervios que lo invadían cuando fijaba sus ojos en los intensos rubíes del contrario.

—Eres muy importante para mí, Bakugō, fuera de que me gustes o no —dijo el pelirrojo, una tenue sonrisa adornando su rostro—. A lo mejor tú no te das cuenta, pero eres el mejor amigo que jamás podría tener. Me has apoyado y reconfortado cuando más lo necesitaba, así que nunca vuelvas a decir que eres un cabrón insensible, porque eres todo menos eso. Intentaré superarte, y una vez lo logre volveremos a ser los mismos de siempre. ¿Está bien?

Kirishima extendió su puño al contrario. Bakugō miró el puño del pelirrojo y volvió su vista al rostro de él, para dirigirle una leve sonrisa ladina.

—Está bien, pelo de mierda.

La sonrisa de Eijirō se extendió más. Si bien no era correspondido, hablar con Bakugō y arreglar las cosas logró hacerlo sentir mejor de lo que se había sentido en las últimas semanas guardando todo eso dentro de él. Quizás superarlo le tomase un tiempo, pero estaba dispuesto a lograrlo, esta vez sin apartar a Bakugō, pues ya vio cómo salió eso.

Y, bueno, a lo mejor había una pequeña esperanza dentro de él que le decía que tuviera solo un poco de paciencia y de fe, que a lo mejor una sorpresa ocurriría.

—¡Bakugō!

Ambos giraron a ver a Iida a la lejanía, que llamaba al rubio agitando los brazos. Katsuki al verlo hizo una mueca, cosa que hizo reír al pelirrojo.

—Bueno, supongo que esa es mi señal. Parece que me tomé más tiempo de lo que debía —dijo Katsuki mientras se ponía de pie, sacudiendo su pantalón para quitar los pedacitos de pasto y la tierra en este.

—Yo iré donde Sero y los demás. Solo espero me hayan dejado pastelillos —Aquello último lo dijo con algo de pesimismo, pues las probabilidades de que fuera así eran casi que cero—. A quién engaño, seguro ya no quedan.

Ambos rieron unos segundos, aunque cuando Iida volvió a llamar a Bakugō, este comenzó a avanzar hacia donde el delegado, agitando su mano como despedida al pelirrojo, quien también se alejaba en la dirección contraria. Sin embargo, Katsuki detuvo sus pasos abruptamente.

—Por cierto, Eijirō —apenas escuchó que lo llamó por su nombre, se detuvo por completo, mirando al rubio sorprendido. Él le sonrió levemente, y mientras giraba dijo—. Tú también eres muy importante para mí.

Y como si no le hubiera soltado una bomba al pobre Eijirō, Katsuki solo volteó y siguió su camino, dejando al muchacho intentando ordenar sus pensamientos y controlar los latidos de su corazón.

Eres un idiota, Kirishima Eijirō, se dijo. Un reverendo y pobre tonto.

¿Cómo mierda piensa superar a Bakugō?