Capítulo 5: Los señores de la noche
—¡Todo está saliendo según lo planeado! —se congratuló Integra mientras observaba por la ventana cómo Sir Jeremy Islands era llevado por la Scotland Yard—. Y eso que sólo hemos iniciado.
—Aún tenemos que recorrer un largo camino, condesa —razonó Alucard mientras se deleitaba con la fragancia de sus rubios cabellos—. Un largo camino que me encargaré de acortar para ti, ya verás.
Integra le dirigió una mirada significativa.
—Mientras hagas desaparecer a esa chupasangre, mejor para mí —acotó—. No confío en ella y la detesto aún más por no hacerse cargo de mi padre como debía.
—No te preocupes, esposa mía: Attila y yo nos encargaremos de quebrarla.
Y la segunda parte del plan se pondría en marcha unas semanas más tarde, en el cumpleaños de Sir Robert Walsh.
Llegado el gran día del segundo golpe, Alucard contemplaba el atardecer desde la biblioteca mientras bebía sangre de la bolsa que había conseguido en las reservas de los Hellsing en el sótano para Seras Victoria. Pensaba con satisfacción en lo contenta que estaría su mujer después de esa noche, tal vez hasta podría aceptar que la convirtiera. Era cuestión de volver a hacerle la propuesta de manera sutil y convincente, como siempre lo había intentado desde hacía más de veinte años. Entretanto, observaba desde la ventana cómo la algarabía de los soldados Hellsing y los Gansos Salvajes resonaba por todo el jardín, camino a los campamentos a las afueras para festejar el cumpleaños de Sir Robert Walsh.
Festejarían como soldados que eran. Todos juntos. Algo que a Alucard le fascinaba, pues todo sería más fácil. Llegada la hora, sólo tendría que chasquear los dedos.
—Y llegó la gran noche, Pater —comentó Attila surgiendo de entre las sombras. Su padre dio un respingo… ¿cómo no lo había percibido?
—La noche en que tendremos un gran avance —sonrió el vampiro—. Pero tú y yo sabemos que la chica policía puede llegar a convertirse en un gran problema.
—Si Seras Victoria se convierte en un problema, yo te digo que cualquier problema se resuelve siempre, Pater —replicó el joven entornando su mirada azul acero—. ¿No lo crees así tú también? Hellsing debe aplastar hasta a la pequeña flor inocente si esta flor se interpone en su camino.
—Pero yo no soy un Hellsing, mi querido hijo.
—Pero yo sí, Pater… con tu permiso, iré a hacer mi parte —se despidió Attila desvaneciéndose.
Extrañado, Alucard se quedó un rato largo con la vista fija en el lugar donde su hijo había desaparecido.
A varios kilómetros de la mansión Hellsing pero todavía dentro de sus dominios, se desplegaba el campamento general de las fuerzas armadas de la organización, con un anexo para los Gansos Salvajes. Aunque, en general, la mayoría de los soldados rodeaba los terrenos y la misma mansión Hellsing, el cuartel general era el sitio de entrenamiento y fiestas algo descontroladas de los uniformados. Hoy sería una de esas noches de descontrol, y podrían pasarla tranquilos, pues la presencia ghoul era prácticamente nula, y la policía local era muy capaz de arreglárselas sola ante alguna aparición no deseada. El último ataque de gran magnitud fue el del asesinato del antiguo Sir Hellsing, pero aún no estaba claro quién o qué lo había matado.
Apenas anochecía y varios soldados ya estaban afectados por el alcohol que estaban consumiendo a mares. Otros soldados más llegaban en jeeps de la organización entonando canciones patrióticas y uniéndose a la gran fiesta. Sir Walsh se encontraba entre ellos con una botella de whisky en las manos. Mientras todavía tuvieran un poco de luz natural y sus sentidos aún no se embotaran, decidieron organizar juegos de tiro al blanco con los muñecos que utilizaban en los entrenamientos, desafiándose para ver quién era, borracho y todo, el soldado más digno de Hellsing. Pip Bernadotte había ganado todas las rondas. Otros, por su parte, decidieron desnudarse e ir a sumergirse al lago cercano para hacer carreras de natación.
Dentro de las carpas y ante grabaciones sobre la organización y películas bélicas, otros soldados comían y bebían mientras bailaban. Varios grupos tocaban y bailaban danzas típicas inglesas que los Gansos Salvajes aprendían sin problemas. Todo era fiesta y diversión ante los cánticos de "¡Viva Sir Rob!", la mirada divertida de este daba cuenta del estado de entusiasmo y relajación que no vivía desde la muerte de su amigo, a quien había jurado frente a su tumba que atraparía a su asesino. Ni siquiera esa noche dejaría de pensar en él y en su promesa.
Desde lo alto de una montaña y contemplando la escena festiva, Alucard lo admiraba todo muy entretenido y expectante.
En la mansión Hellsing, una alterada Seras Victoria corría apresurada para salir. Estaba llegando tarde a la fiesta.
—¡No puede ser que me haya demorado! —siseaba contrariada. De repente, se detuvo como hipnotizada. El apuesto Attila Brenner había aparecido frente a ella con una botella de sangre, otra de champagne y dos copas, dirigiéndole una mirada dulce y a la vez seductora. La joven se sonrojó.
—La noche es aún joven y por lo que supe, en el cuartel aún no han comenzado con la diversión —mintió el joven—. ¿Me haría el honor de acompañarme con unos tragos?
Y, como una tonta, una entusiasmada Seras Victoria asintió con el sonrojo reflejado en sus orejas. Attila reía por dentro pensando en la cómica escena que tenía enfrente.
Ambos fueron hacia uno de los jardines laterales desde donde se podía vislumbrar los últimos rayos de sol que se aferraban débilmente al firmamento.
—¿Quiénes más irán a la gran fiesta de Sir Walsh? —preguntó Attila como para romper el hielo con el cumpleaños.
—Tengo entendido que, además de los soldados y los Gansos Salvajes, también algunos Caballeros de la Mesa Redonda irán, entre ellos, su tío, Sir Richard.
Attila levantó las cejas, divertido. A lo lejos, Alucard hacía lo mismo con una risita.
Un rato después, el nosferatu veía, con satisfacción, cómo los autos de Sir Richard Hellsing y otros tres Caballeros más llegaban al centro de los festejos, siendo recibidos por una ovación de parte de sus subordinados, mientras ellos se introducían a las carpas sonrientes. Alucard sonrió con todo lo que abarcaba su sonrisa en el rostro y decidió que ese era el momento.
Así que chasqueó los dedos.
Uno de los soldados, que en ese momento salía al muelle que daba al lago para vomitar los galones de cerveza que había bebido, vio a lo lejos cómo se aproximaba una especie de bote. Como ya no había luz natural, pudo percibir apenas unas siluetas encima de la embarcación. Aguzó aún más su visión como pudo, hasta que, con los ojos desorbitados del horror, comenzó a trastabillar hasta las carpas para dar la voz de alarma.
Eran ghouls.
Y no sólo provenientes de la embarcación, sino también del bosque que los rodeaba, burlando toda la alta seguridad de la organización. Como una horda de pirañas hambrientas, las criaturas se lanzaron sobre las carpas, los vehículos y los borrachos que aún se encontraban nadando y merodeando fuera del cuartel.
Adentro, el escándalo de la fiesta dio paso al espantoso pandemónium al ver a los monstruos atacarlos desde todos los ángulos.
—¡¿PERO QUÉ ES ESTO?! —gritó Sir Rob antes de ser mordido en la yugular mientras buscaba con desesperación su revólver.
—¡AAAAHHHH! —fue lo que se escuchó de parte de todos mientras eran mutilados y devorados vivos por el ejército de ghouls que algún enemigo secreto había creado para diezmarlos. Los Caballeros allí presentes, menos Sir Richard, quien había logrado deslizarse y esquivar a las criaturas, fueron despedazados en cuestión de segundos, mientras los soldados también eran reducidos a montículos de carnes y vísceras que se esparcían por doquier.
Sir Richard había logrado esconderse detrás de una roca y calculaba el momento perfecto para lanzarse corriendo hacia la mansión. Temblaba de miedo y farfullaba palabras sin sentido, víctima de la conmoción.
—Esto... no puede... ¿quién...? —gimoteaba casi de manera inaudible.
De repente, vio a una figura frente a él. Lo reconoció como el conde Brenner. Este lo contemplaba con gozo.
—¡Joseph! —chillo Sir Hellsing, entre aliviado y alarmado de verlo tan expuesto a los ghouls, y temeroso de que delatara su posición para ser devorado también—. ¡Escóndete! ¡Tenemos que salir de aquí!
—¿Tenemos? —replicó Alucard mostrando su sonrisa dentuda. A Richard un escalofrío le recorrió la espalda—. Yo me iré de aquí para tomar tu casa y tú te quedarás para ser comida para mis mascotas.
Y Richard, segundos antes de morir descubierto por un par de ghouls que habían aparecido detrás del conde, comprendió todo.
—¡MALDITA INTEGRA! —bramó entre la furia y el horror—. ¿¡A TAL PUNTO QUIERE EL PODER QUE SE HA MEZCLADO CON UN MONSTRUO!? ¡¿QUE TUVO QUE PARIR A UN HÍBRIDO DEL DEMONIO?! ¡MALDITAAAAAAAA...! —No pudo seguir berreando su furia, ya que los ghouls comenzaron a devorarle el rostro por órdenes de un molesto Alucard.
—No maldigas a mi condesa, escoria —le escupió mientras pateaba sus restos irreconocibles.
Herido en una pierna, Pip Bernadotte recurrió a su poca claridad de mente y fuerzas para intentar escapar entre los matorrales, dejando detrás suyo un espectáculo de muerte, llamas y gritos terroríficos, tratando de prender su radio para dar aviso a los que se quedaron en la mansión, a Seras que aún no había llegado.
Qué mala suerte... si ella hubiera estado allí con ellos, hubieran tenido oportunidad para reducir a los ghouls o al menos a una gran parte. ¿Qué la estaba demorando?
No tuvo tiempo ni para suponer una respuesta, pues se vio rodeado de tres ghouls que lo observaban sonrientes y ansiosos.
—¿Acaso no puedes beber sangre? —preguntó Seras, observando con curiosidad cómo Attila servía una copa de sangre para ella y otra de champagne para él.
—Puedo —respondió el muchacho—. Pero en estos momentos, mi parte humana es simplemente más fuerte. No soy un vampiro cualquiera sediento de sangre. Soy un dhampir, como pudiste darte cuenta, y puedo controlar perfectamente mis dos naturalezas.
—Veo que fuiste más educado como humano que como vampiro —observó Seras— ¿Tu padre nunca se mostró en desacuerdo por eso?
—Nunca tuvo por qué —contestó Attila recordando tiempos en los que su madre lo obligaba a aprenderse los protocolos de las comidas, como el correcto uso de los mil tipos de cubiertos, mientras que, durante las noches, su padre lo llevaba a cazar humanos desafortunados en el bosque cercano. Era en esos momentos, en compañía de su progenitor y bajo el manto de la noche que sacaba a relucir su lado salvaje. Algo que jamás admitiría; ni siquiera Integra llegó a enterarse de esas andanzas.
Ambos permanecían en silencio mientras bebían de sus copas. De repente, Seras se quebró.
—¡Perdóname! —comenzó a sollozar contra el pliegue de su codo—. ¡Por mi culpa tu abuelo murió de esa forma tan horrible! ¡No hice mi trabajo como debía! ¡No pude cumplir con la tarea que se me encomendó al entrar en la organización, y ahora tú no tienes a uno de tus seres queridos!
Attila sólo la contemplaba con su mirada azul impasible.
—Tú no tienes la culpa de nada —replicó mientras con un brazo le rodeaba los hombros—. No hay manera de saber el futuro, de un instante a otro las cosas pueden cambiar sin darnos tiempo para hacer nada.
Seras levantó su rostro bañado en sangre hacia él. Ya sea por el llanto o por otra cosa, su rostro se veía aún más sonrojado.
De repente, Attila percibió una voz a lo lejos que se comunicaba con él.
Ya está hecho.
Y, sin ninguna consideración, el joven soltó de manera fría a Seras, quien por un momento reflejó la confusión en su rostro.
—Disculpa, Seras, pero ya anochece y mi lado humano me pide que tome un descanso —se excusó el heredero austríaco—. En cambio, tú debes ir a festejar junto con los soldados. No robaré más tu tiempo —Dicho esto, se levantó y se adentró a la mansión rumbo a las habitaciones. Seras se enjugó las lágrimas de sangre y se dispuso a ir rumbo a la fiesta.
No tenía ni idea de lo que se encontraría una vez allí.
Attila, mientras subía las escaleras, prendió un cigarrillo y le dirigió una sonrisa malévola llena de complicidad a su madre, quien lo esperaba, cariñosa, tendiéndole la mano desde el rellano.
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