El domingo comenzó con menos optimismo que el sábado, pero mucho más creativamente. Rigel se levantó incluso antes que el sol, recogiendo silenciosamente su mochila y dejando a sus dos compañeros de cuarto durmiendo tranquilamente detrás de sus cortinas de terciopelo. Tenía un plan tentativo en mente que tenía el beneficio de apaciguar su curiosidad y al mismo tiempo la ayudaba a terminar los ensayos de Flint. Mapa en mano, Rigel se adentró cuidadosamente en los pasillos del sótano, que estaban por encima de las mazmorras, pero por debajo del primer piso. Ya había explorado parte del sótano con Pansy en su primer paseo, pero sólo habían llegado tan lejos como la sala común de Hufflepuff antes de ir a desayunar. Una parte de ella, la parte que gustaba de gloriarse sobre conocimiento secreto de Pociones en la oscuridad de la noche y la parte que prefería hacer cosas importantes a solas, en caso de que fueran mal, en lugar de aceptar ayuda de un amigo, se alegró de que exploraría este próximo pasillo del sótano solo.
El retrato de naturaleza muerta era fácil de encontrar, ya que era varias veces más grande que ella, pero a pesar de que el Mapa había dejado en claro qué hacer a continuación, Rigel se sintió extremadamente tonta mientras extendía su mano derecha hacia el frutero. Copió la diminuta figura en el Mapa y le hizo cosquillas tentativas a la enorme pera verde. Se echó a reír, lo que quizás la sobresaltó más de lo que debía, y a Rigel le pareció ver que crecía un ojo y que le guiñaba antes de que el retrato se abriera. Rigel sonrió con triunfo manifiesto—no había nadie alrededor, después de todo, y además—acababa de encontrar las cocinas.
Inesperadamente, y con un desdén patente ante las probabilidades de la arquitectura, las cocinas eran por lo menos tan grandes como el Gran Salón. Al observar las cinco mesas largas, situadas exactamente de la misma manera que las mesas de las Casas y de los Profesores, Rigel se dio cuenta de que las cocinas debían estar exactamente debajo del Gran Salón, y que la comida de alguna manera se transfería verticalmente hacia arriba a través del techo una vez que se colocaba en las mesas en la cocina. De forma inesperada, también, las cocinas eran mucho más ruidosas que el Gran Salón durante las comidas, lo que Rigel no había pensado que fuera posible incluso mágicamente. Ollas y sartenes eran movidos de una superficie a otra por los elfos domésticos, haciendo ruido y ocasionalmente chocando entre sí. Había una enorme chimenea que rugía de manera impresionante cada vez que se abría la rejilla para agregar algo a las ollas de estofado que levitaban sobre las llamas. Los ruidos rítmicos de trocear y rebanar provenían de los elfos cortando verduras y parecía que los temporizadores sonaban cada pocos segundos, mezclándose de una manera que Rigel habría encontrado imposible de ordenar. Sin embargo, entretejido a través del caos, había orden, o por lo menos parecía haber algún tipo de plan. Los elfos bailaban uno alrededor del otro, aparentemente sin preocuparse por casi accidentes con cuchillos afilados y salsas hirvientes, en una suerte de desfile hermoso que a los humanos les habría tomado años siquiera coreografiar, y mucho menos intentar ejecutar.
Rigel se quedó de pie incómodamente a un lado, intimidada por la sensación de propósito que todos los elfos domésticos demostraban, y definitivamente no quería causar un problema en todo el proceso al interrumpir a uno de ellos. Pero al cabo de un par de minutos, y sin ninguna señal que Rigel viera, una elfina doméstica con un cubretetera alrededor de la cintura y un collar de corchos de champán se escapó de las filas y se acercó alegremente a ella.
—Hola —chilló la elfina doméstica, haciendo una elegante reverencia—. Lamentamos mucho la espera. ¿Qué puede hacer Binny por usted?
—Hola, Binny —Rigel se agachó para estar al nivel de Binny—. No quiero molestarte si estás ocupada haciendo el desayuno, pero esperaba que alguien aquí pudiera ayudarme con algo.—Binny no está ocupada, Binny está en su... —la elfina movió su rostro más cerca, susurrando—: descanso —como si fuera una palabra sucia.
—Oh, bueno, tampoco querría usar tu descanso —dijo Rigel con incertidumbre, incapaz de apartar sus ojos de la mirada luminosa de Binny.
—Oh, por favor, joven señor —Binny echó un vistazo a su alrededor con nerviosismo—. Dumblydoor nos hace tomar descansos de cocinar a cada hora, pero usted no necesita ayuda para cocinar, ¿verdad?
—Bueno, no -
—¡Entonces Binny te ayudará! —chilló la elfina felizmente.
Rigel le dio una sonrisa apesadumbrada a la pequeña criatura feliz.
—Bueno, no le diré a Dumbledore si tú no lo haces.
Binny hizo un movimiento exagerado de cerrarse la boca con cierre, rebotando en la punta de los pies con entusiasmo. Le recordaba a Rigel a una adorable niña de cinco años, y Rigel tuvo que recordarse severamente a sí misma no condescender a la elfina, que probablemente era mucho mayor que ella, de todos modos.
—Neesito disfrazarme —explicó Rigel—. ¡No por algo malo! —agregó, al ver la mirada consternada de Binny—. No voy a usarlo para romper las reglas de la escuela, lo prometo, pero necesito un uniforme que no tenga el escudo de Slytherin.
Binny le frunció el ceño con aire abatido al rostro de Rigel. —No se supone que ayudemos a los estudiantes con travesuras.
—Ni siquiera es para hacer travesuras —dijo Rigel—. De hecho, lo voy a usar para estudiar.
Binny parpadeó lentamente. —Usted dice la verdad. Binny lo nota.
—Entonces, ¿puedes ayudarme? —Rigel le sonrió, suplicante, a la elfina doméstica—. Ustedes lavan la ropa, ¿verdad? ¿Seguramente podrías prestarme la túnica sucia de otro estudiante, si la traigo esta noche para que puedan devolverla?
Binny sacudió la cabeza ferozmente, y sus orejas se movieron salvajemente.
—No, no, no. No podemos darte la ropa sucia de otro estudiante.
—Oh —suspiró Rigel—. Lo entiendo. No quisiera meterte en problemas.
Binny rebotó nerviosamente otra vez, luego se congeló, y una mirada de iluminación temerosa apareció en su expresivo rostro. Le lanzó miradas sospechosas a los otros elfos domésticos, ninguno de los que siquiera estaban mirando en su dirección, y luego se acercó aún más y dijo:
—¿Ha perdido alguna de sus túnicas?
—¿Qué? —susurró Rigel en respuesta, frunciendo el ceño, desconcertada.
—¡Lo hizo! —chilló Binny ruidosamente, y Rigel dio un brinco de sorpresa—. ¡Si ha perdido una túnica, venga conmigo! ¡La pila de objetos perdidos está justo aquí! —Binny alzó su voz por encima del ruido metálico de los platos y le guiñó un ojo exageradamente a Rigel antes de lanzarse hacia el tumulto. Rigel se apresuró a mantenerle el ritmo, agachándose e incluso saltando por encima de varios tazones de comida mientras seguía a Binny hacia una puerta al otro lado de las cocinas.
Emergieron en una habitación mucho más silenciosa, pero no mucho más pequeña, que estaba llena de enormes tanques de agua y bordeada por todos lados por canastas de ropa sucia etiquetados. Tenía que haber al menos una para cada dormitorio en toda la escuela, a juzgar por los números. Binny estaba señalando con impaciencia al lado derecho de la habitación, donde había un gran contenedor casi rebosante con ropa que tenía el nombre "Objetos Perdidos".
—Aquí es —Binny le sonrió triunfantemente—. Ya que quiere encontrar algunas túnicas, debes perderlas primero. Hay todo tipo de cosas perdidas aquí, y quizás encuentre algo que está perdido aquí, ¿sí, joven señor?
—Ohh —Rigel le devolvió la sonrisa a Binny—. Sí, qué tonto soy, estoy seguro de que perdí algo que necesito encontrar aquí. Gracias, Binny. —Examinó la canasta críticamente. Parecía que había de todo, desde uniformes de Quidditch hasta zapatos de tacón alto adentro. Era perfecto.
—Es mejor que tome todo lo que encuentre —dijo Binny seriamente—. Si vuelve a buscarlo más tarde, puede que no esté aquí.
—¿La gente suele volver por sus cosas, entonces? —Rigel frunció los labios, no le gustaba la idea de robar algo que alguien realmente quisiera.
—Oh, no, joven señor —Binny sacudió la cabeza para enfatizar—. Nadie vuelve por estas cosas, pero a veces se van.
—¿Van a dónde? —preguntó Rigel curiosamente.
—A la Habitación de Cosas Perdidas —dijo Binny con toda naturalidad—. Si se ha perdido el tiempo suficiente, o si se pierde a propósito, a veces se va a la Habitación.
—¿Cómo puedes perder algo a propósito? —se preguntó Rigel en voz alta.
—Quizás no quiere volver a encontrarlo —Binny sacudió sus pequeños hombros huesudos.
—O simplemente no quieres que nadie más lo encuentre —dijo Rigel pensativamente—. Suena como una habitación para esconder cosas. Interesante.
—Esconder o perder, si quiere encontrar algo en el canasto, no quiere que vaya a dar allá, ¿verdad? —dijo Binny con lógica.
—Supongo que no —Rigel sonrió—. Gracias, Binny, has sido de gran ayuda.
—De nada —Binny ladeó la cabeza ante un sonido que Rigel no escuchó—. Binny va a volver a trabajar ahora. Buena suerte con su búsqueda, joven señor.
Binny regresó a la cocina con una carrera feliz, y Rigel regresó a la canasta de Objetos Perdidos y la miró con determinación. Era hora de encontrar un disfraz que engañara al troll del a Biblioteca. Comenzó el exhaustivo (porque solo tenía una mano buena) proceso de sacar cosas y clasificarlas en dos pilas; una pila para cosas que parecía que le quedarían (y que no estaban totalmente fuera de lugar, como la falda de aro o los faldones), y una pila para cosas que claramente no iban a funcionar. Para cuando llegó al fondo del canasto, tenía suficiente para varios disfraces diferentes, lo que sería bueno en caso de que Madam Pince desenmascarara uno de sus disfraces de manera inesperada.
Rigel ahora tenía una túnica escolar para cada una de las otras tres Casas, completo con escudo de la Casa en el bolsillo del pecho y corbatas de colores para hacer juego. Las mangas de las tres túnicas eran lo suficientemente largas para cubrir su vendaje, pero no tanto como para que fuera obvio que no eran de ella. Encontró un par de anteojos que estaban un poco torcidos, que se quedó, y un bigote de manubrio falso, que descartó de inmediato por ridículos. También escogió tres pelucas de una colección de ocho que había encontrado en la canasta. Se preguntó cuántas personas simplemente debían olvidarse de sus disfraces de Halloween una vez que la oportunidad de usarlos pasaba. Las pelucas fueron una bendición inesperada. Rigel había estado planeando usar uno de los talleres de Pociones abandonados en las mazmorras para mezclar algunos tintes para el cabello básicos, pero le preocupaba que el tinte no se adaptara bien a su cabello negro. También habría sido difícil de explicar si se olvidaba de lavarlo. Tenía una peluca pelirroja que era desgreñada y algo rizada en las puntas, y también una peluca de un marrón ratonero que tenía pelo hasta las orejas, lacio como una aguja. Su tercera peluca sería el último recurso, decidió. Era la peluca de una chica, con largo cabello rubio que estaba cuidadosamente trenzado y con flequillo ía un último recurso.
Reunió su botín bajo un brazo e intentó encontrar una manera de llevarlos de regreso a los dormitorios sin que nadie se diera cuenta. Para cuando había puesto todo de vuelta en el canasto, seguramente ya habría otros Slytherin despiertos en la sala común, sin mencionar a sus compañeros de cuarto. Rigel encontró la inspiración cando echó un vistazo a los canastos de ropa sucia bordeando la habitación. Realmente no había ninguna razón para que no funcionara...
Rigel se movió al contenedor más cercano. Estaba etiquetado: Ravenclaw 1-G-1. Miró dentro, sintiéndose extrañamente incómoda, y vio que a diferencia de la canasta de Objetos Perdidos, este estaba separado en partes. Habían cinco segmentos en la canasta, y bajo una inspección superficial todos parecían tener pertrechos femeninos mezclados con las túnicas escolares genéricas. Partiendo de la suposición de que ese era la primera canasta para las chicas de cuarto de Ravenclaw, Rigel recorrió la habitación hasta llegar a la canasta que decía: Slytherin 1-B-2. Efectivamente, dentro había tres segmentos, y en uno de ellos reconoció los calzoncillos bóxer dorados de Archie (¿por qué, Archie, por qué?). Escogió un set de túnicas que usar ahí mismo y metió el resto en su sección de la canasta de ropa, justo con las dos pelucas adicionales. Se quedó con la peluca pelirroja, y la guardó cuidadosamente con los anteojos y la corbata roja y dorada en su mochila.
Salió del cuarto de lavado cargando la túnica de Gryffindor (con el escudo oculto) y agradeció cortésmente a Binny por ayudarla a "encontrar" su túnica perdida a medida que caminaba por la cocina, que estaban notablemente menos ocupadas que antes. Binny le guiñó un ojo alegremente desde detrás de un enorme tazón de fresas y le dijo que regresara a visitarla pronto.
Rigel enrolló la túnica extra usando su rodilla como una especie de mesa incómoda y las metió en su mochila también, agradecida por el hechizo de expansión indetectable que Sirius había agregado, en caso de que su hijo necesitara cargar objetos con formas sospechosas de manera casual. Se dirigió al Gran Comedor, asumiendo que si las cocinas estaban bajando el paso, el desayuno debía estar comenzando.
No recibió ninguna pregunta durante el desayuno acerca de dónde había estado toda la semana, y nadie parecía pensar que era extraño que su mano izquierda estuviera en su regazo en todo momento. Rigel usó la oportunidad para devorar sus gachas tan rápido como le fuera posible mientras se mantenía dentro de los límites del decoro adecuado de Slytherin. Le sonrió agradecida a sus amigos, tratando de decirles sin palabras que apreciaba que la dejaran en paz sobre su horario extraño, y tan pronto como bebió su vaso de jugo de calabaza, se fue de nuevo, determinada a terminar esos ensayos antes del almuerzo.
Rigel escogió cambiarse en el baño más cercano a la Biblioteca, ya que de esa manera menos gente la vería deambulando por la escuela disfrazada de un estudiante que no existía. Se cambió la túnica, puso la túnica de Slytherin en su mochila, y escuchó con atención para asegurarse de que estaba sola. Salió del cubículo y se acercó a los lavabos, mojándose el pelo con agua hasta poder echárselo para atrás lo suficiente para que la peluca lo escondiera. La peluca parecía casi imposible de forzar con una mano, pero Rigel finalmente lo logró, corazón desbocado ante el pensamiento de que cualquiera podría entrar en cualquier segundo. Hizo una mueca al sentir la parte interior áspera de la peluca deslizándose contra su cabello mojado mientras la ajustaba, y decidió que tendría que encontrar una manera mejor de apartarse el pelo eventualmente. Cuando terminó, se volvió hacia el espejo. Un muchacho con apagados ojos grises y desordenado cabello rojo la miró de vuelta. Pensó que se parecía un poco a un Weasley, razón por la cual había escogido la túnica de Gryffindor para esta peluca. Con algo de suerte, Madam Pince se preocupaba demasiado por sus libros como para recordar a todos los estudiantes, y un Gryffindor pelirrojo era lo suficientemente común como para no despertar sospechas en la anciana.
Rigel se puso los anteojos grandes y redondos en la nariz, y dio un paso atrás para apreciar el efecto. Con los anteojos, los lentes de contacto grises, que se veían extraños con su pelo rojo, estaban bastante oscurecidos y afortunadamente los anteojos eran anteojos de lectura, no recetados, por lo que no le molestaban mucho la visión ya corregida. En un destello de inspiración, Rigel buscó un bote de tinta en su mochila. Con cuidado aguó una pequeña cantidad hasta que era de un gris oscuro, y salpicó su nariz y mejillas con la punta de su pluma. No pudo evitar reírse un poco de su reflejo, que se veía bastante tonto de cerca, pero cuando se alejó la tinta se convirtió en pecas y le pareció que se veía como una persona pasablemente diferente.
Satisfecha, guardó la tinta y enderezó su túnica, intentando verse como un Gryffindor. Después de unos minutos de mirar fijamente su reflejo, se dio cuenta de que no tenía idea de cómo verse Gryffindor, o incluso lo que eso significaba, por lo que se encogió de hombros mentalmente y guardó la esperanza de que la gente viera lo que esperaban ver.
La Biblioteca estaba tranquila tan temprano en un domingo, aunque no dudaba que se llenaría esa noche, cuando los estudiantes intentaban terminar sus tareas todas de una vez. Rigel apartó la mirada casualmente del mostrador al entrar, caminando en línea recta hacia la sección de Historia. Encontró los libros que necesitaba para el ensayo de la rebelión goblin con facilidad, pero decidió sacarlos uno a la vez, en caso de que Madam Pince recordara haberlos recomendado, y de todos modos probablemente no podría cargar los tres con una mano. Así que, con el libro sobre la economía del siglo XVI en la mano, agarró una mesa y empezó a trabajar.
Los anteojos eran molestos, pero aprendió rápidamente a bajarlos lo más posible y a leer por encima de los cristales si no quería ponerse bizca. La peluca le picaba, pero no se atrevió a rascarse, y mechones de cabello rojo seguían cayendo en su campo de visión y haciéndola encogerse de sorpresa. Terminó su ensayo de Historia una hora más tarde, sin embargo, y afortunadamente los libros sobre la Venimus Tentacula fueron fáciles de encontrar en la sección de Herbología.
Encontró uno con ilustraciones a color y se dispuso a probar suerte con los diagramas etiquetados. Dibujó (nada fácil con una pluma) y etiquetó e intentó variar ingeniosamente el grosor de las líneas como lo hacía el libro, y cuando se echó para atrás para apreciar el resultado final, estuvo a punto de llorar. Era terrible. Se veía como si un niño de cinco años hubiera garabateado en la página y luego alguien más había llegado y escrito un montón de palabrería sin sentido en los bordes. Su interpretación de verdad se parecía más al calamar gigante que a la planta que estaba intentando dibujar, lo que, se defendió a sí misma, podía tener algo que ver con todos los tentáculos. Rigel arrugó su intento lastimoso en una bola y golpeó agitadamente los dedos contra la mesa. No podía devolver el ensayo sin el diagrama, pero no podía pedirle ayuda a nadie para dibujarlo, porque sería completamente obvio que estaba haciendo la tarea de un estudiante mayor.
Supuso que podría... miró subrepticiamente a Madam Pince y se encogió cuando vio que la mujer le estaba chillando en voz baja a un Ravenclaw, que parecía haber doblado un par de páginas en un libro que había pedido prestado. No, definitivamente no quería arriesgarse a que la atraparan desfigurando un libro. Aún así, no podía pensar en ninguna otra manera de obtener un diagrama decente sin lecciones de arte, y además, Rigel argumentó consigo misma, no era como si fuera a dejar el libro ilegible. Nadie podría siquiera notarlo cuando terminara. Movió su mochila a la mesa frente a ella para que bloqueara la vista de su espacio de trabajo de Madam Pince. Con el codo izquierdo sosteniendo el libro abierto, comenzó a trazar lenta y cuidadosamente las líneas de la ilustración del libro con tinta. La tinta se acumuló y se quedó húmeda en la parte superior de la página, sin empapar el papel como ella había esperado, y Rigel exhaló un suspiro de alivio; el libro había sido impermeabilizado mágicamente, por lo que en realidad no sufriría ningún daño por esto. Aún así, prometió mentalmente que cuando recibiera su mesada compraría otra copia del libro y lo donaría de forma anónima a la Biblioteca como penitencia por estar dispuesta a dañarlo.
Una vez que hubo trazado todas las líneas principales con tinta, usó sus dientes para sostener un borde y su mano derecha para sostener el otro, y lentamente bajo el pergamino sobre la página húmeda. La tinta empapó el pergamino a la perfección, y cuando apartó el pergamino, sin pensar en lo estúpida que debía verse con el pergamino sujetado delicadamente entre sus dientes delanteros, tenía un trazado aproximado al diagrama del libro. Dejó su ilustración robada a un lado y secó cuidadosamente el libro de la Biblioteca, dejándolo secar por completo antes de volver a cerrarlo. Rigel suspiró aliviada de que Pince no se hubiera dado cuenta, y completó su trazado con detalles y etiquetas hasta que hubo terminado.
El resto de la tarea de Flint era mucho más fácil de completar. Aunque los ensayos de Herbología y Pociones eran los más largos, sabía mucho más sobre los temas, por lo que fue el trabajo de una hora y media terminar ambos. Devolvió los libros mientras la arena secaba y, después de empacar todas sus cosas cuidadosamente con una sola mano, escondió su cara una vez más al salir por la puerta. Rigel estaba más que feliz de poder sacarse la peluca y los anteojos y limpiarse las "pecas" en el baño más cercano. Le tomaría un tiempo acostumbrarse a ese disfraz en particular.
Ella misma una vez más, decidió que sería lo mejor terminar con el viaje a la Lechucería primero, y luego pasar el resto del día con Draco y Pansy, si no estaban ocupados.
Rigel subió con cuidado los empinados escalones que conducían a la Lechucería. El viento de última hora de la mañana era vigorizante, y mantuvo la barbilla metida en el cuello de su ropa para mantener la nariz caliente. Desafortunadamente, sacrificó gran parte de su campo de visión para proteger su rostro de los elementos, y la fuerza del viento tan alto secó sus contactos y la obligó a parpadear rápidamente y a entrecerrar los ojos. Fue por todo esto, pensó, que no vio a la pequeña chica con coletas rubias bajando por las escaleras hasta que chocó contra ella. Más tarde, cuando su muñeca palpitaba al ritmo de los latidos de su corazón, se preguntaría con poca caridad cuál era la excusa de la chica rubia, pero el dolor de la colisión trascendió incluso pensamientos amargos.
Ambas chicas jadearon al caer de lado sobre la barandilla, Rigel muda con agonía y la otra chica con sorpresa y miedo. Las barandillas eran bastante fuertes, ni siquiera temblaron al recibir todo el peso (ciertamente magro) de las chicas, pero la pequeña rubia gritó de terror y se agarró desesperadamente al brazo derecho de Rigel (su brazo izquierdo había sido arrancado sin ceremonias lejos del alcance de la otra chica).
Tres respiraciones tranquilizadoras más tarde, Rigel se sintió a salvo al desapretar los dientes.
—¿Estás bien? —preguntó Rigel automáticamente, aunque sabía que era ella la más afectada por la caída.
—Eso creo —la niña, claramente una Hufflepuff de primero por su corbata amarilla y negra y su expresión sumisa, sollozó con tristeza hacia Rigel. Se había hundido a los escalones duros de inmediato al darse cuenta de que las dos seguían vivos y, todavía aferrada al brazo de Rigel, la había arrastrado a una suerte de pseudo-agachado. Rigel le sonrió con tanta cortesía como le fue posible y se puso de pie, tirando firmemente de su brazo, con la intención de que la chica lo dejara ir. En su lugar, se aferró con más fuerza al brazo de Rigel y lo usó para ponerse de pie también. —Lo siento tanto —gimió, arreglando su cabello nerviosamente—. No estaba mirando hacia dónde iba, pero no quería chocar con nadie, lo juro.
Parecía genuinamente nerviosa, por lo que Rigel ignoró valientemente el dolor punzante en su muñeca y le ofreció su mano buena como gesto de perdón.
—No hay problema. Soy Rigel Black.
La sonrisa de la niña se congeló en su rostro cuando sus ojos se dirigieron a la corbata verde y plateada de Rigel, y después al escudo en su túnica, como si hubiera algún error, y luego de vuelta al rostro de Rigel. Sus mejillas se volvieron un miserable tono rosa y tomó la mano de Rigel con la suya, pálida y temblorosa.
—H-Hannah Abbott. Lo siento, lo siento mucho, Black, no quería.. quiero decir, no estás... enojado, ¿verdad?
Rigel suavizó deliberadamente su mirada, sacudiendo la mano de la chica tan gentil y amablemente como pudo. —Por supuesto que no, sólo fue un accidente —le sonrió con una ecuanimidad que no sentía— Encantado de conocerla, señorita Abbott. Te reconozco ahora, del sorteo.
—Oh —Abbott parecía confundida, como si hubiera esperado que Rigel la maldijera después de ayudarla a levantarse de los fríos escalones y de presentarse—. Sí. —Miró aturdida a Rigel durante el tiempo suficiente como para que la sonrisa falsa de Rigel empezara a sentirse aún más rígida, y entonces parpadeó, se volvió una sombra diferente de rosa, y se apresuró a bajar las escaleras, coletas volando detrás de ella en el viento.
—Vale —murmuró Rigel, ajustando la mochila en su hombro y pensando que sería un milagro si le entregaba los ensayos en una pieza a Flint.
Escogió una lechuza escolar anodina para cargar sus ensayos, que había apilado y enrollado como si fueran una carga gruesa. Pensó que sería menos sospechoso de esa manera. Con una sensación de alivio, Rigel volvió a bajar las escaleras hasta el séptimo piso, esta vez con los ojos bien abiertos a pesar del viento. Estaba de buen humor, ignorando el dolor extra en su muñeca. Se sintió libre por primera vez en semanas. Era la primera vez que realmente se tomaba un momento para apreciar la novedad de sus circunstancias. Aquí estaba —una mestiza— en Hogwarts, la escuela soñada (si escuchabas a su padre hablar de ello), y estaba estudiando con la mente más brillante de su campo potencial. ¿A quién le importaba una muñeca lesionada o un pequeño chantaje entre conocidos casuales a luz de todo lo que había salido gloriosamente bien en la última semana?
Rigel pasó por alto el pasaje secreto al tercer piso a favor de tomar una ruta nueva hacia las mazmorras. Uno nunca debía dejar pasar la oportunidad para explorar. Examinó el Mapa y finalmente decidió tomar la escaleras del Noroeste hacia el quinto piso, y luego cruzar eso hacia las Escaleras Principales. Guardó el mapa en su mochila y se dirigió al Norte (acababa de salir de la torre Oeste), deteniéndose cada vez que algo parecía interesante de investigar.
Estaba empezando a bajar las escaleras relativamente apartadas del Noroeste cuando desaparecieron debajo de ella. Cayó hacia abajo, la respiración apretada en un grito, pie incapaz de encontrar apoyo, la mano no alcanzando la barandilla por escasos centímetros, y en el mismo instante un chorro de aire caliente silbó por sobre su cabeza en una confusión de luz roja. En los momentos siguientes, se dio cuenta de varias cosas: no había caído a través de una trampilla, sino que había caído presa de las mandíbulas de piedra de una escalera falsa particularmente desagradable, que se había tragado su pierna derecha en una pinza hasta la mitad del muslo. Su única mano buena había agarrado la escalera sobre ella y actualmente estaba ayudando a su mano izquierda a evitar que cayera por la escalera hasta la entrepierna, lo que seguramente sería doloroso incluso si ella no era un chico real, y su brazo izquierdo estaba apretado contra su pecho. Su mochila había aterrizado unos cuantos pasos más abajo en la escalera y estaba fuera de su alcance, junto con su varita (de tanto que le habría servido, sin duda). Además, alguien le había lanzado una maldición, y había fallado porque su objetivo se había movido inesperadamente un metro hacia abajo.
Rigel trató de girar su cuerpo, pero maldijo cuando su agarre en el escalón de piedra lisa le falló y se hundió unos centímetros más en la trampa. Apretó los dientes y apoyó el codo de su brazo ileso contra el escalón por encima de ella, estirando el cuello por encima del hombro para intentar atrapar un segundo ataque. Ninguno vino. En su lugar, escuchó pasos acercándose al rellano. Si solo pudiera ver—
Los pasos se acercaron más. Hicieron una pausa en lo que Rigel estimaba era lo alto de las escaleras, solo unos cuantos metros detrás de ella, pero no podía hacer que su torso se moviera hacia allá con dos extremidades apoyadas y las otras dos inútiles. Había una ventana en el lado izquierdo del rellano, y quienquiera que fuera debía de haber pasado frente a ella, porque de repente hubo una silueta dibujada en sombras debajo de ella, en el lado derecho de la escalera. A Rigel le pareció que pudo ver pelo largo y una estatura mediana y entonces el brazo de la sombra se alzó en un arco y ella escuchó algo golpear la escalera detrás de ella. Lo que fuera que era explotó antes de que pudiera apartar la cabeza y un hedor con el que estaba asquerosamente familiarizada asaltó su nariz y boca. Se le humedecieron los ojos y estornudó violentamente varias veces. Observó adormilada como la sombra se retiraba y escuchó los pasos que se alejaban rápidamente de la escena, y luego estaba tosiendo, incapaz de alejarse de la fuente del olor horrible o incluso de cubrir su vías respiratorias adecuadamente mientras se aferraba medio-cuerpo lejos de la escalera falsa.
La bomba de estiércol rodó hasta ella, provocándola desde su posición lo suficientemente lejos de su oreja izquierda como para que le fuera imposible empujarla escaleras abajo. Ella se retorció de nuevo, ahora luchando por pura terquedad, pero se rindió de nuevo después de varios minutos y mentalmente lamentó su predicamento actual. ¡Maldita mi mala suerte con las escaleras! Este estúpido escalón falso ni siquiera estaba en el Mapa, resopló malhumorada antes de darse cuenta de que probablemente debería estar agradecida de haberse quedado atascada en una escalera en lugar de ser golpeada por un hechizo desconocido. Por todo lo que sabía, el escalón falso la había salvado de un destino terrible. Aún así, era difícil apreciarlo mientras yacía en arenas movedizas de piedra.
Justo cuando pensaba que la situación no podía empeorar, escuchó el sonido de una risa áspera y gruñona proveniente del rellano superior. Había estado tan ocupada fulminando la bomba de estiércol con la mirada y echando humo por otra catástrofe relacionada con escaleras que no había notado una silueta nueva adornando la pared de la escalera. Esta era más alta, más ancha, y antes de que pudiera estar agradecida de que por lo menos no era su atacante, reconoció la risa y se dio cuenta de quién era.
—Bueno, esto no lo ves todos los días —pasos pesados marcaron el progreso del recién llegado hacia su enredo—. Y pensar que había empezado a sentirme culpable por tomar tu tiempo libre, cuando parece que incluso con el trabajo extra todavía tienes tiempo para pasear descuidadamente por el castillo - y nada menos que en el territorio de los Gryffindor.
Ugh. Flint. Rigel luchó contra una mueca cuando el Slytherin mayor apareció en su visión periférica. Tenía una mano en la barbilla en contemplación exagerada e hizo un gran espectáculo de examinar su posición desde todos los ángulos antes de detenerse en los escalones justo debajo de donde estaba atrapada. A pesar de que estaba de pie en un escalón más bajo, ella tuvo que estirar el cuello para mirarlo a los ojos, y él no hizo ningún movimiento para inclinarse o agacharse por su bien.
—Sabes —dijo, pensativo— creo que no se supone que lo hagas así.
Rigel suspiró, el sonido menos exasperado y más desesperado de lo que había pretendido. —¿Podrías por favor ayudarme a salir de aquí, Flint?
—¿Por qué no puedes salir tú solo? —preguntó, metiendo las manos en los bolsillos para demostrar su falta de voluntad para ayudarla.
—No soy lo suficientemente fuerte para abrir la trampa —con una mano—, mi varita está fuera de mi alcance y no puedo estirar la pierna sin despellejarla hasta que la trampa esté desactivada —dijo, intentando sin mucho éxito mantener la voz tranquila. Estaba casi jadeando con el esfuerzo de mantenerse fuera de la trampa por tanto rato; incluso con su otra pierna como palanca, se hundía lentamente, centímetro a centímetro.
Flint pareció considerar esto con mucho cuidado. Él vaciló y se movió ingeniosamente de un pie a otro, mientras observaba a Rigel esperar y sudar, como un dios del juicio con alas oscuras que imponía castigo y recompensa desde su trono dorado. Finalmente, él chasqueó los dedos como si tuviera una idea brillante y le sonrió.
—Quizás deberías intentar usar ambas manos.
Rigel casi gruñó.
—No puedo.
—Mm... —Flint golpeó el suelo con un pie lentamente—. Bueno, si no puedes, no puedes. Supongo que puedo ayudarte. Venga, toma mi mano.
Extendió la mano, estirando dicho apéndice perezosamente en su dirección. No se inclinó lo suficiente como para que ella tomara su mano con su derecha sin caerse el resto del camino en la trampa, y a juzgar por su sonrisa afilada sabía eso. Probablemente también se había dado cuenta de que incluso si ella le daba la mano, solo le estaría raspando la pierna en carne viva si trataba de sacarla directamente. Ella lo fulminó con la mirada, rebelde.
—¿Quizás podrías solo abrir la escalera? O mejor aún, desactiva la trampa —dijo ella.
—¿Qué, no confías en mí? —estiró la mano un poco más, acariciando su cabeza burlonamente con la punta de los dedos. Rigel alejó su cabeza deliberadamente. —Bueno, vale, no hace falta que seas grosero —se rió de nuevo—. ¿Y cómo propones que desactive este pequeño mecanismo?
—Por lo general, hay un interruptor en la parte inferior de las barandillas cerca del escalón falso —dijo Rigel.
Flint suspiró, pero comprobó obedientemente la barandilla a ambos lados de la escalera. —Sí, no veo nada. ¿Estás seguro de que no hay una contraseña o algo así?
En realidad, no era una mala suposición, pensó Rigel, molesta porque no se le había ocurrido. Pero ya era demasiado tarde para eso. El Mapa está fuera de alcance, y de todos modos, no voy a usarlo con Flint aquí.
—No tengo idea. ¿No puedes abrirlo a la fuerza? Por favor, Flint. —No lo miró a los ojos cuando lo dijo, pero él gruñó de sorpresa de todos modos.
—Hn —Flint se inclinó por fin y se arremangó—. Uf, el hedor es aún peor aquí abajo. Me debes una tarea de crédito extra por esto.
—Trato hecho —suspiró ella.
Flint se agarró firmemente a ambos lados de la escalera falsa y tiró. La piedra falsa se estremeció en protesta, pero los dos lados de la trampa con forma de tornillo comenzaron a moverse lentamente a los lados, hacia los bordes de la escalera. Cuando tuvo suficiente espacio para sacar su pierna, Rigel reunió energía y giró su cuerpo hacia arriba con toda su fuerza hasta que pudo colapsar de lado en la escalera inferior, la muñeca herida todavía sostenida de manera protectora contra su pecho y sin empeorar. Tan pronto como ella se alejó de los bordes, Flint permitió que la trampa volviera a cerrarse con un ruido seco repugnante.
—Gracias —dijo Rigel con cansancio. Estiró los músculos adoloridos en sus extremidades lo mejor que pudo y recogió su mochila de los escalones de abajo.
—Diría 'cuando quieras' pero... probablemente no volveré a hacer algo como esto —dijo Flint, sonrisa sin gracia de vuelta en su lugar—. Entonces, ¿vas a decirme de qué va la bomba de estiércol?
—No particularmente —Rigel evitó los ojos del estudiante mayor.
—¿Y tampoco vas a explicar qué le pasa a tu brazo izquierdo? —adivinó Flint.
—No lo tenía planeado —se puso la mochila en el hombro derecho y le dio a su salvador/chantajista un saludo especialmente sarcástico mientras comenzaba a bajar por las escaleras una vez más—. Gracias de nuevo, Flint. Ah, y lo que te debo está en el correo.
Pensó con ironía, mientras su risa la seguía fuera de vista una vez más, que puede que se acostumbrara a ese sonido áspero y estridente a este paso.
El regresar por fin a la sala común fue como Rigel imaginaba que los soldados se sentía al llegar a casa después de una guerra particularmente prolongada. Estaba agotada mental y físicamente, por lo que se sentía como el enésimo día consecutivo, y la verdad no podía recordar cómo era tener días normales desde que había llegado a Hogwarts. Pansy la saludó antes de cruzar el umbral, pero Rigel descubrió que no podía importarle. No había nada como el consuelo de la amistad después de un largo y duro día de—
—Ugh, Rigel, hueles a estiércol de dragón —exclamó Pansy al acercarse a ella. La chica rubia agitó las manos frenéticamente en el aire alrededor de la cabeza de Rigel. —Te iba a presentar a algunas personas que conocí hoy, pero definitivamente va a tener que aguantar otro día. De verdad, no me atraparían muerta contigo en este estado.
No había nada como el peso de la opinión de un verdadero amigo para sacarte de una contemplación melancólica, pensó Rigel.
—Lo siento, Pansy —sonrió con pesar—. Peeves me atrapó con una bomba de estiércol hace un momento.
—Oh —Pansy chasqueó la lengua con desaprobación. Rigel decidió no decirle lo mucho que la acción la hacía sonar como la madre de Rigel. —Bueno, nunca te librarás del hedor por tu cuenta. Vamos, te ayudaré a lavarlo.
Dicho esto, Pansy la hizo marchar por la sala común y hacia el pasillo de primer año. Rigel estaba a punto de decirle que no le permitirían entrar en la habitación de Pansy cuando se dio cuenta de que estaban caminando de largo, dirigidas al dormitorio de Rigel. Pansy golpeó dos veces por decoro, luego abrió la puerta y entró de inmediato.
—¿Pansy? En el nombre de Salaz, qué—¡Rigel! —Draco parecía desconcertado. Estaba sentado en su cama con su ropa informal de fin de semana, y había un libro en su regazo que obviamente había estado leyendo antes de que Pansy entrara de golpe—. ¿Algo anda ma...? Oh, Merlín, ¿qué es ese olor?
Se tapó la nariz y la boca y los miró con ofensa horrorizada.
—Lo sé. Es terrible, ¿cierto? —Pansy pasó junto al chico ahogándose y arrastró a Rigel al baño—. Peeves le dio a Rigel con una bomba de estiércol, y necesita ayuda para lavarse. Vamos Draco —añadió cuando Draco pareció no querer participar—. De seguro un Malfoy no se acobarda ante algo como un olor desagradable.
Draco le lanzó a Rigel una mirada que claramente decía que estaba debatiendo si de verdad valía la pena acercarse a ella, pero al final puso los ojos en blanco y pasó junto a ellos para dar el agua en el fregadero. Rigel pensó en protestar, diciendo que era perfectamente capaz de lavar su propio cabello, pero sus dos amigos se veían tan adorablemente determinados a desafiar el hedor insoportable de la bomba de estiércol para ayudarla que simplemente agarró una toalla extra para ponerla alrededor de su cuello y se arrodilló frente al fregadero tranquilamente.
Cuando Draco aprobó la temperatura del agua, Pansy empujó suavemente su cabeza hacia adelante hasta que estuvo inclinada sobre el lavabo, cabello directamente bajo el grifo. Rigel entrecerró los ojos para que sus lentes de contacto no fueran enjuagados y se quedó pacientemente inmóvil mientras Draco y Pansy discutían afablement sobre qué shampoo sería el más efectivo. Pansy quería usar el que tenía el olor más fuerte, para contrarrestar el olor a estiércol, mientras que Draco quería usar el que tenía el agente limpiador más fuerte. Al final, usaron ambos. Era una sensación extraña, tener dos pares de manos alternativamente tirando y frotando su cabeza, pero veinte minutos más tarde fue declarada "apta para compañía humana" y puesta en libertad.
Su casco se sentía muy rosado y hormigueante, pero ya no podía oler estiércol cada vez que inhalaba, así que le agradeció al dúo rubio generosamente.
—No nos des las gracias —Draco agitó una mano con desdén.
—Sí —Pansy inhaló dramáticamente—. Son nuestras narices las que salvamos, ya que no parecía molestarte en absoluto.
—Si hubieras crecido en mi casa, también habrías aprendido a tolerarlo —dijo Rigel mientras se secaba el pelo con una toalla, secándose el agua en las orejas.
—Bueno, de todos modos, ustedes dos quédense aquí un minuto mientras yo voy y agarro algo. A tu compañero de cuarto no le importará si me quedó aquí, ¿verdad? —Pansy claramente dirigió su pregunta a Draco.
—A Nott no le importará —Draco se encogió de hombros—. Invita a Zabini todo el tiempo.
Rigel no había estado al tanto de que ya se había convertido en una ocurrencia frecuente, y supuso que esa era la razón por la que Pansy le había preguntado a Draco y no a ella. Realmente se estaba perdiendo cosas, envuelta en su propio mundo. Por lo general, eso no la molestaba, pero de alguna manera... ah, bueno. Rigel se encogió de hombros mentalmente. Algún día se sentaría y pensaría en todas las cosas que necesitaban ser pensadas, como asaltantes misteriosos y cobardes que le lanzaban hechizos por detrás, pero ese día aún no había llegado.
Pansy regresó en breve con una baraja de naipes mágicos y una gran lata rosa que resultó estar llena de galletas. Puso ambas cosas en medio de la colcha de Draco y se dejó caer al pie de su colchón, haciendo un gesto impaciente para que se unieran a ella. Rigel se sentó torpemente al principio, encaramada a un lado de la cama mientras Draco se sentó con cautela en el otro. Pansy se rió de ellos y les ofreció una galleta a cada uno.
—Mi abuela me las envió esta mañana —explicó—. Es increíble con la comida, y como Rigel se perdió el almuerzo hoy pensé que debería tener algo de comer, aunque no es muy saludable.
Rigel le sonrió en agradecimiento y casi se tragó la galleta entera del hambre. Draco chilló indignado porque estaba dejando migajas en su cama, comiendo como un bárbaro, y a su vez Rigel hizo un espectáculo de recoger migajas invisibles (léase: inexistentes) de la colcha verde y plateada y comérselas, asegurándose de lamer sus dedos para mayor efecto. Los tres se rieron ligeramente ante eso, y Draco y Rigel se relajaron lo suficiente como para sentarse correctamente en el gran colchón. Los tres comieron galletas y jugaron a las cartas toda la tarde, hablando sobre clases, personas que conocían, y a veces nada en particular hasta que fue hora de la cena. Ninguno comió mucho, puesto que estaban llenos de galletas, pero charlaron cómodamente por sobre la mesa y también durante todo el camino de regreso a los dormitorios.
Mientras se subía a su cama esa noche, Rigel le dio las gracias a los dioses de la amistad. El domingo habría sido mucho peor sin ellos. También les agradeció por dispararle a Flint con el dardo de la amistad, incluso si los efectos resultaban ser una diversión temporal para él, como sospechaba que lo serían. Con todo, pensó, su primera semana en Hogwarts podría haber sido mucho peor. Lo había logrado, y eso era todo lo que importaba.
Nota de la autora: Quizás parezca poco probable que Rigel tenga tantos problemas con las escaleras para ciertos lectores, pero con 142 escaleras en el castillo, me parece que algunos eventos importantes deben, por el bien de la probabilidad, tener lugar allí ^^ Además, se me ocurre que Rigel suspira mucho. Si esto fuera la letra escarlata, esto sería un motivo, pero ya que no lo es, avísenme si se vuelve molesto. Como siempre, gracias por leer (a cualquiera que realmente esté leyendo), significa mucho para mí.
