Esta es una compilación donde subiré oneshots de eventos del fandom que sean sobre la ship Kiribaku. La voy a inaugurar con mis participaciones de la Kiribaku Week 2020. Cada entrada es autoconclusiva y pueden leerse por separado.
Imagen de portada por kittlekattle (en twitter).
Resumen: Érase una vez un príncipe caminando sobre un cementerio de dragones. Érase una vez un dragón que estaba vivo.
Día 3: Royalty AU / Magic (Barbarian Prince!Bakugo y Dragon!Kirishima).
El príncipe y el dragón
I am the chosen wretched and divine
I am the unspoken
The one they left behind
Feelings fire till we die
I am broken the wretched and divine
Wretched And Divine, Black Veil Brides
Primera parte
Un príncipe sobre un cementerio de dragones
Érase una vez un príncipe buscando en un cementerio de dragones. Es un paraje horrible. Hay cuerpos muertos, a medio transformar, con las escamas arrancadas, con los cuernos cortados, llenos de flechas, de lanzas abandonadas.
El príncipe oye gritos y no sabe que son los suyos propios.
Nunca antes los oscuros habían llegado tan lejos en el reino dracónico. Nunca se habían atrevido a tanto. Nunca había visto un cementerio tan grande de criaturas tan majestuosas. Los cuervos no se acercaban a ellos. La rapiña había sido toda culpa de los oscuros, que comerciaban con dragones, con sus escamas, su cuerpo, su sangre, su vida.
Los gritos siguen sonando y al príncipe le duele la garganta. Podría desgarrársela de pura furia.
Los oscuros decían que no se juntaban con los salvajes del reino dracónico. Que incluso ellos estaban por encima. Pero el príncipe camina por el cementerio después de la batalla y sabe que los salvajes son otros. Son los que están en los tronos de piedra, de metal, de piedras preciosas, que permiten que los oscuros existan porque el mercado de dragones mantiene vivos sus reinos. Él no tiene un trono. Es sólo príncipe de nombre. Tiene que ganarse su derecho a gobernar. Pero es mejor que todos los que le apuntan con un dedo y lo llaman salvaje.
En su reino —que más que reino es un conglomerado de aldeas nómadas— no matan dragones.
«¿Estoy vivo?» es la primera pregunta que hace su consciencia al despertar. Si es que despierta en el mundo y no en el mundo de abajo, a donde van los dragones muertos. Después, lo golpea el hedor.
Es un olor asqueroso. No huele así ni en las tiendas de los pescadores cuando se pudre todo lo que pescan. Huele a sangre y a tierra mezclados. Hay pólvora todavía en el aire.
Va a abrir los ojos y se detiene, porque recuerda.
Recuerda los gritos, los alaridos. El ruido que hace un dragón al morir retumba en el cielo, le avisa al mundo de su partida, para que el mundo llore. Y hubo muchos.
Y luego siente.
Le duele una pierna. Es dolor común y corriente, como el de una caída. Es un dolor que le llega hasta el hueso, que lo paraliza.
«Sigo vivo».
Sólo alguien con sangre por las venas sentiría aquello.
Por eso grita. No quiere morir solo. Y la sangre sale y sale y le corre por la pierna. No quiere morir sólo. «No, por favor, no me dejen morir sólo». Pero no hay dioses. Nadie escucha.
Es un grito claro, agudo.
El príncipe se queda parado donde está un momento, intentando decidir de dónde viene la voz desesperada, que parece salir de todo el campo, de todos los cadáveres despojados. Luego se va moviendo, poco a poco, buscando la fuente.
Si hay un grito quiere decir que entre tanta muerte hay algo vivo. Alguien. Hay un par de pulmones con la fuerza suficiente capaz de proferir aquel alarido.
Lo encuentre debajo de un ala, con forma humana, con una trampa agarrándole el tobillo. Tiene los ojos cerrados y no parece notar su presencia por la manera en la que se retrae contra sí mismo.
Respira hondo. Es obvio que es un dragón. Hay rastros de escamas en sus sienes, en sus brazos, todavía se alcanzan a asomar las alas de la espalda —aunque mucho más pequeñas que en su forma real— y los cuernos en la frente, de un rojo oscuro penetrante. Cae de rodillas ante él.
Estira una mano, le roza el brazo.
—Estás bien —dice. Intenta que su voz usualmente ronca, acostumbrada a proferir gritos de guerra sea tranquilizante, no sabe si lo logra.
Tiene que abrir la trampa.
«Estás bien».
Intenta quedarse callado, pero el dolor es demasiado. Siente al otro maniobrar con los dientes de metal que él tiene bien fijos al tobillo.
Apenas si lo recuerda todo. Una voz diciéndole que se transformara, que se escondiera, una voz diciéndole que no hiciera ruido, que aguantara. Eso fue antes de pisar la trampa. ¿O fue después? Los hechos están confusos en su memoria y apenas si puede reconstruirlos.
—Carajo —oye la voz de antes. Rasposa, dura—. Muerde esto. Te va a doler como los mil demonios que limpie la herida.
No abre los ojos pero acepta la tela.
—Gracias.
Su voz le suena ajena, débil, desesperada. Le suena acabada.
Y entonces, recuerda que había alguien más.
Se incorpora de tirón, ya libre de la trampa, pero con el tobillo todavía ensangrentado. Apenas si pude aguantar el dolor.
Abre los ojos y lo ve.
Voltea frenéticamente hacia los lados.
—¡ERI!
De repente, Eijiro se da cuenta de que está completamente solo.
—¡EY, ESPERA!
Maldito dragón. Todavía que está intentando salvarlo. Tiene el tobillo echo una mierda u no se le va a curar como por arte de magia. Katsuki está intentando ponerle pétalos de flor de fuego antes de amarrársela. Necesita detener la pérdida de sangre si no quiere que la maldita curandera le diga que va a perder el pie porque él es un imbécil que no sabe vendar una herida.
—Quédate quieto. —Es una orden y una súplica.
—Eri, estaba aquí y… estaba aquí, pero…
—¡Ey! Respira hondo. Cuenta si es necesario.
—¡No lo entiendes!
—¡Estás herido! —espeta—. ¡Herido en medio de un campo de batalla! ¡Todo el resto puede esperar!
—¡No lo entiendes! ¡ERI! ¡Estaba… estaba aquí y…!
—¡TIENES QUE RESPIRAR!
Katsuki Bakugo es un príncipe salvaje con muy poca paciencia. Su grito parece silenciar al otro o al menos obligarlo a calmar su respiración un momento. Puede terminar de ponerle los pétalos de flor de fuego en la herida y medio vendarlo. Lo oye inhalar, exhalar.
Y luego, el sollozo.
Eri estaba viva.
«¡EIJIRO!»
Su mano intenta alcanzarla y no lo logra.
«¡EIJIRO!»
Tiene forma humana en su memoria, con un solo cuerno en la cabeza, algunas escamas en las piernas. Él intenta alcanzarla mientras otra voz le dice que se esconda. Estira su mano. Da un paso. Grita de dolor y cae al suelo.
«Ah, así llegue a la trampa».
Un ala del mismo color rojo que las suyas lo cubre.
«¡EIJIRO!»
Eri no está.
—Se la llevaron viva —dice. No le importa si su interlocutor lo está escuchando o no—. Estaba viva y gritaba. ¿Sabes lo que hacen con los que se llevan vivos? —pregunta.
El silencio se hace eterno. Esa es suficiente respuesta.
—Tengo que rescatarla.
Los Oscuros se llevan a los dragones que atrapan vivos y los venden. Los obligan a adquirir su forma humana y los llenan de cadenas que les impiden convertirse. Los vuelven mascotas exóticas, armas de distintos ejércitos o sujetos de experimentos.
El príncipe salvaje lo sabe.
Es mejor cuando son niños.
Cuando el dragón rojo intenta pararse, él lo detiene.
—No llegarás muy lejos con ese tobillo. —Apenas lo ve intentar apoyarlo, le ve la mueca de dolor.
—Tengo que rescatarla.
—Lo sé.
Dos palabras. Traducción: «voy a ayudarte».
Katsuki lo ayuda a salir de debajo del ala que cubre. El otro lo jala hasta que puede ver el rostro del dragón. Llora en silencio. No sabe cómo reaccionar cuando se abraza al cuello —con pedazos con escamas arrancadas y llora más fuerte—. No se queda ahí mucho rato. Da la vuelta, hasta que distingue los ojos del dragón.
—Ayúdame a cerrarle los ojos —pide.
Katsuki lo hace.
Lo ve hacerle una caricia entre los ojos.
—Era mi madre —murmura.
El silencio cae sobre ellos y amenaza con aplastarlos en vida.
Segunda parte
Un dragon y un príncipe tras el rastro de una niña
La curandera, Chiyo, se asegura que el dragón quede como nuevo. El tratamiento le da sueño y Katsuki se queda a su lado. Todo le pesa. Los dragones siempre han cuidado de los salvajes al sur de las montañas y los salvajes, a cambio, se encargan de mantener alejados a los cazadores.
Lo ve despertar en medio de una pesadilla.
—Estás bien —le dice. No se acerca, no se atreve. Una pausa—. Soy Katsuki.
El dragón no dice nada. Tarda en controlar su respiración.
—Eijiro —responde.
Silencio.
—Chiyo dice que tienes que descansar un poco más. Luego estarás como nuevo.
De repente, parece recordar algo.
—Tengo que… ir… Eri.
—Lo sé —dice Katsuki—. Lo sé.
—¡NO VAS A IR A NINGUNA PARTE AL NORTE!
—¡PUEDO APLASTARLOS, SÉ QUE PUEDO APLASTARLOS!
—¡NO PODRÁS TÚ SOLO!
Los gritos lo despiertan la segunda vez que se duerme. Vuelve a soñar con Eri estirando la mano, diciendo su nombre. Sus dedos rozan los suyos, pero nunca se alcanzan. Sale de la tienda en la que está tumbado, caminando con duda todavía, pero el tobillo parece estar bien.
Su salvador está peleando con alguien que se ve igual a él.
Cuando lo ve, se dirige hasta él.
—¡KATSUKI BAKUGO! —interrumpe la voz de la mujer—. ¡No te atrevas a irte tú solo!
—¡Hay un dragón en peligro! ¡PODEMOS RESCATARLO! —dice, volteando la cabeza un poco hacia ella.
Los gritos siguen cuando se para frente a él.
—¿Y bien? No me has dicho tu nombre —espeta—, cabello rojo.
—Eijiro —dice él.
—¡KATSUKI BAKUGO…!
Mitsuki no se calla, pero Eijiro parece hacerle bajar la voz. Los oye hablar a lo lejos. «Así que el inútil de mi hijo te salvó». «Si no fuera por él no estaría aquí». «No quiero que vayan… No sé si…». La ve mirar al horizonte y se aleja.
Reina por derecho propio.
Katsuki no recuerda la última vez que no acabaron gritándose el uno al otro.
Eijiro lo alcanza cuando se está alejando.
—Está preocupada por ti.
Katsuki bufa. Se contiene de decir nada porque lo recuerda abrazado al cuerpo de la suya y sabe que ni siquiera ha tenido oportunidad de enfrentarse a un duelo.
—Le juré que te protegería —sigue Eijiro.
Katsuki siente que debe ser al revés. Sigue sin decir nada. Eijiro ajusta su paso al suyo.
—No puedo ir solo —apunta.
—Lo sé.
Eijiro lo ve esforzándose por comportarse. Grita mucho, se queja, quema cosas cuando sus manos se calientan demasiado. Pero con él intenta no gritar o mantener los gritos al mínimo. Lo descubre mirándolo como si estuviera descifrando un acertijo. Y siempre está despierto cuando él tiene una pesadilla y grita y abre los ojos.
«Estás bien», le dice.
Nunca se acerca más.
No hasta que Eijiro sueña con Eri cubierta de sangre y al despertar y oír el «estás bien» de costumbre prácticamente se le lanza encima y lo aferra. Lo siente tensarse ante el tacto.
—No te apartes —suplica Eijiro.
«No estoy bien».
Piensa en Eri todo el tiempo.
Es una niña adorable. Apenas tiene un cuerno blanco que nos sabe muy bien como ocultar en su forma humana. Escamas blancas, risa adorable. Se obliga a pensar en ella en presente. Está bien. Está viva. La va a encontrar.
Se lo repite como mantra.
Katsuki no se aparta.
Los encuentran después de semanas, al cruzar las montañas. Eijiro sugiere montar una trampa, Katsuki los toma por sorpresa. Sólo capturan a uno.
Eijiro los reconoce por el aspecto. Híbridos casi todos, experimentos mágicos fallidos. Uno de cabello entre azul y gris que carga manos de sus víctimas, una bruja oscura rubia.
Los Oscuros. No son los únicos, pero Eijiro sabe que esos fueron parte de los que los atacaron.
—Había una niña. —Katsuki tiene atado a un hombre lagarto, los demás huyeron—. ¿Cómo era?
Eijiro está unos pasos más lejos.
—Cabello blanco. Pequeña —dice.
No mira al hombre lagarto.
Katsuki aprieta el cuchillo contra su cuello.
—Había una niña —repite—. ¿Dónde está?
El hombre lagarto empieza a reírse.
—La vendimos. ¡Muy buen precio!
Katsuki aprieta más el cuchillo y Eijiro ve gotas de sangre.
—¡¿DÓNDE?!
Al final, tiene un nombre. Kai Chisaki.
Tercera parte
En tierras oscuras
Los valles al lado norte de las montañas pertenecen a los oscuros. Las pesadillas empeoran y Eijiro despierta creyendo que está cubierto de la sangre de una niña. Suplica no llegar tarde. Tiene que encontrarla. Tiene que rescatarla. Tiene que asegurarse de que su sonrisa sigue en su lugar.
Una noche, al despertar, encuentra a Katsuki mirándolo. Hay un brillo triste en su mirada.
—Háblame de ella.
Antes se había negado a oír cualquier cosa sobre ella. Simplemente gruñía y se apartaba.
—¿…Qué?
—Eri. La niña por la que lloras desde que te encontré. Háblame de ella.
Nadie le ha enseñado a Katsuki sobre la delicadeza. Pero de todos modos Eijiro suspira y empieza a hablar. Conjurar el recuerdo de Eri en medio de la noche lo hace recordar que no está cubierto de su sangre, como en su sueño y lo hace olvidar que fue él quien no alcanzó su mano.
—Es… adorable. En serio. Cuando sonríe…, carajo, juras que el mundo entero sonríe con ella. —Katsuki bufa, pero Eijiro no se detiene ni deja de hablar—. Tiene un solo cuerno. —Eijiro se lleva la mano a la cabeza, señalando los suyos, que nunca esconde cuando nadie más puede verlos—. Es adorable. El otro todavía no le ha salido.
—¿Sus padres? ¿Están…?
—… muertos —completa Eijiro—. Los mataron poco después de que Eri naciera. Ya sabes. Oscuros. Cazadores de dragones.
Katsuki desvía la mirada. Se hace el silencio, otra vez.
—Gracias por acompañarme. —Eijiro estira la mano, buscando la de Katsuki, pero el otro aparta la suya. No lo mira.
Eijiro se queda sin saber qué decir.
Necesita un abrazo. Pero los brazos de Katsuki nunca le habían parecido tan lejanos.
Los oscuros se llenan la boca diferenciándose de los salvajes e inventando historias horribles sobre ellos. Katsuki presiente que las ha oído todas.
«Adoradores dracónicos» es el insulto menos ofensivo que les pueden dedicar. Los consideran por debajo de ellos porque están dispuestos a convivir con los dragones, a pelear junto a ellos, a sanarlos, a acogerlos. No son un reino dracónico por nada. El resto de las historias no son tan benevolentes, se recuerda Katsuki, mientras avanzan por el territorio de los Oscuros. «Los salvajes se comen a sus muertos», «matan a los niños», «lanzan maldiciones sobre los reinos». Mentira. Mentira. Mentira.
El resto del mundo nunca había entendido sus rituales. Y mientras más se acercan a los reinos que toleran la existencia de los Oscuros que matan o esclavizan a los dragones, de peor humor se pone.
Grita con más facilidad. Eijiro lo mantiene pegado al piso, aunque no sea su problema. Katsuki lo acompaña porque se siente responsable de él.
Cuando se acercan a las primeras aldeas de los reinos, Katsuki para.
—Llamamos la atención —le dice—. Tenemos que… ser como ellos. —Señala los cuernos de Kirishima—. Esos tienen que desaparecer. Las escamas también.
Lo ve hacer una mueca.
—Es más difícil —murmura—. Cuando mi apariencia tiene que ser completamente humana.
—Lo sé —dice Katsuki. Está frustrado—. Pero… ¡sabes cómo son en los reinos…! Sabes lo que hacen…
Eijiro asiente. Su mirada triste le rompe el corazón.
Qué curioso, Katsuki no sabía que tuviera uno tan frágil. Creía que los horrores que había visto en el reino salvaje lo habían curtido mucho más.
Cuando casi pueden ver las aldeas frente a ellos. Katsuki pasa horas vigilando el río. Eijiro no entiende por qué hasta que lo ve robar ropa que no los delate. Él necesita algo que le cubra el pecho y los tatuajes y Eijiro necesita algo que esconda las escamas de los hombros. Tienden a aparecer sin avisar si no está muy concentrado y los pedazos de tela que trae encima que pretenden ser un chaleco no cubran nada.
Y luego, lo ve cambiar.
Lo primero que cae es la capa roja. Luego las mangas de los brazos, que revelan todavía más marcas, además de las que tiene cerca de la cadera y en el hombro. Con los collares duda más. Para los salvajes representa un honor llevarlos al cuello. Cuando cree que nadie lo ve, Katsuki suspira y se los quita. Los guarda en el pantalón. Y luego se pone una camisa cualquiera, robada de la colada de una de las familias que viven cerca del río.
—¿Qué tal?
Eijiro se ríe.
—Ridículo.
—¡Tu turno, idiota!
Eijiro suspira. Hace desaparecer los cuernos, concentrándose y deja que su cabello le caiga sobre la cara. Lo prefiere en picos pero caído, al menos le cubre las sienes y si las escamas aparecen, el cabello las cubrirá. Y luego se pone una camisa idéntica a la de Katsuki.
—¡Ya no soy el único ridículo!
Casi tiene la tentación de sonreír.
Pero luego recuerda porque van hacia el norte.
Se mueven en las tabernas. Katsuki escucha las conversaciones, pregunta por Kai Chisaki cuando hay alguien dispuesto a contarle. Cada que quieren saber para qué lo busca responde lo mismo «negocios». Inicia más de veinte peleas con borrachos lo suficientemente imbéciles como para provocarlos.
Eijiro lo saca arrastrando cada una de las veces, antes de que alguien los mate.
—¡DÉJAME! ¡PUEDO APLASTRARLO!
Se debate, pero Kirishima no deja de arrastrarlo por el camino por el que llegaron.
Nunca deja de hacerlo.
—¡No ganas nada si aplastas a un idiota que tomó demasiado sake! —espeta Eijiro, cuando están lo suficientemente lejos. Sonríe con satisfacción cuando se da cuenta de que Katsuki no puede liberarse él solo de su agarre—. Te gusta olvidar que soy más fuerte que tú.
—¡SI PELEAS CONMIGO TE DEMOSTRARÉ QUIEN ES MÁS…!
Eijiro se ríe. La risa no le dura mucho, porque su situación siempre regresa para aplastarlo y recordarme que no están en ese viaje por gusto
—Cuando quieras, pero no aquí —dice. Katsuki frunce el ceño—. No voy a volver a dejar que alguien te de sake. Te pone como imbécil. —Suspira—. ¿Ya olvidaste a que venimos?
—¡CARAJO! ¡YA SÉ A QUÉ VENIMOS! ¡NO TIENES QUE RECORDÁRMELO CADA VEZ QUE…!
Usualmente, Eijiro respondería con un grito. Su rabia ciega casi siempre es suficiente para callar a Katsuki y dejarlo mudo. Pero esa vez sólo se retrae un poco sobre sí mismo.
«Por favor, no llores», le suplica a su cuerpo.
Pero las lágrimas cae y la pregunta eterna que se hace vuelve a su memoria.
«¿Eri está bien?»
—No llores. —Katsuki intenta ser delicado pero en realidad las palabras le salen más golpeadas de lo esperado—. No llores, Eijiro, carajo.
No dice que lo siente. Las palabras se le atoran.
—El hombre… —hipa. Carajo, Eijiro tiene razón, no puede dejar que le vuelvan a dar sake—. Dijo algo. Sobre Chisaki. Creo que sé dónde podemos encontrarlo.
Eijiro sigue llorando y él no sabe cómo calmarlo. Cuando se despierta de una pesadilla basta con que vea que sigue allí. A veces lo abraza. Pero en ese momento le da miedo y no sabe cómo quitarle las lágrimas no los ojos.
—No llores —intenta que sea una orden, por más rastrero que le parezca eso, pero sale como una súplica cansada—. No llores, carajo, Eijiro.
—Lo… siento…
Eijiro hipa, se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
—Creo que sé dónde podemos encontrar a Chisaki —repite Katsuki, desesperado, intentando que eso lo consuele—. Podemos estar cerca. —Otro sollozo que sale de los labios de Eijiro—. No llores. —Se recarga contra la primera pared que ve. Está agotado—. Por favor.
—Pienso en ella —dice Eijiro. Se mira los pies—. En si estará bien. En si no será demasiado tarde.
Cuarta parte
El rastro del pájaro
El silencio es lo único que los acompaña los siguientes días. Katsuki guía, buscando el pueblo que le dijo el hombre.
«Me contó que había oído rumores», le dijo a Eijiro. «Lo dijo muy borracho, así que podría no ser exacto, pero… Dicen que Kai Chisaki tiene una guarida aquí».
Eijiro asintió.
Carajo.
Se sentía débil. Odia sentirse débil. Cuando lo piensa con detenimiento, sabe que no lo es. Pero está en tierra extraña, donde no puede mostrar sus cuernos, sus salas, ni siquiera convertirse. Su verdadera naturaleza está oculta.
Así que sigue a Katsuki. Lo único que lo mueve es la voz de Katsuki cada noche diciendo «estás bien» y ese «tengo que rescatar a Eri» que le taladra la mente.
—No estamos acostumbrados a recibir extranjeros aquí. ¿De dónde dicen que vienen?
—Yuei —replica Katsuki. Es el único nombre de uno de los reinos del norte que se ha molestado en aprenderse. No da más detalles. El que habla es Eijiro.
—Ha sido un largo viaje —completa Eijiro—. ¿Sabe de alguna posada? Planeamos descansar unos días…
Nada de revelar que es su destino final.
Fuerza una sonrisa a acudir a sus labios. Mantiene sus dientes escondidos. Cada que alguien los ve con detenimiento surgen preguntas. Katsuki siempre acaba con ellas a puñetazo limpio.
Eijiro no puede cambiar la forma de sus dientes. Le gustaría. Pero no puede. No lo descubren como dragón, pero al menos sí como un híbrido. En esos pueblos los híbridos nunca son bien vistos.
—A dos calles —espeta el tabernero—. Nadie se queda. —Los recorre con la mirada—. Ustedes tampoco deberían quedarse.
Katsuki alza una ceja.
—¿Qué? ¿Hay fantasmas aquí?
—Peor. —El hombre se inclina por encima de la barra—. Hechiceros.
Ah.
Hechiceros.
Odiados y tolerados.
Katsuki prefiere los valles y las montañas del norte en las que es un príncipe donde la magia corre libre y fresca. En los reinos del norte le parece podrida. Los hechiceros son odiados —y muchas veces temidos, especialmente cuando se sientan en el trono—, usados en los ejércitos y en general, repudiados en el norte. Además, ahí la magia apesta a dragones muertos.
—Oh, ¿en serio? —Katsuki se muestra interesado—. Nunca hemos oído hablar de hechiceros.
Preguntar por Kai Chisaki es más difícil de lo que parece. Nadie contesta una vez que sale su nombre en la conversación y Eijiro se asegura de que Katsuki no lo pronuncie mientras la otra persona esté sobria. Lo mejor es esperar hasta que se estén cayendo de borrachos para que luego no lo recuerden y no puedan alertar a nadie.
La gente responde lo que sabe, que no es mucho.
«De eso no se habla».
«Nadie sabe».
«Puros rumores, niños, no anden metiéndose en esas cosas. A los hechiceros no les gusta que se metan en sus asuntos».
«Vayan a las afueras si quieren buscarlo. Aquí por el centro no hay de esa gente».
«Se oyen gritos, a veces. Pero sólo si te acercas mucho».
Hasta que una noche un viejo les señala un punto en un mapa.
—Se están metiendo en problemas —murmura, apurando el vaso de sake—. Aquí todos saben que no hay meterse con el pájaro. —Se calla, como si hubiera dicho algo terrible—. Chisaki. Ya verán por qué le dicen el pájaro.
Hay una pausa larga. Eijiro cruza una mirada con Katsuki, que alza una ceja.
—Nunca le digan así de frente.
Le pagan el sake nada más por haberles señalando un punto en el mapa.
Katsuki podría entrar quemándolo todo.
Eijiro también, pero se contiene porque alguien tiene que tener sentido común. Se obliga a pensar en Eri. «Qué bien nos haría si nos matan antes de que la rescatemos».
—Podemos acercarnos primero.
Resulta ser la peor idea.
Katsuki camina entre las casas de las afueras.
Eri nunca alcanza a ver a Eijiro.
Pero es el pequeño cuerpo que se lanza contra Katsuki y lo abraza como si lo conociera de toda la vida.
«Ayuda», dicen sus ojos.
Desde lo lejos, Eijiro ve cómo Katsuki se congela. Reconoce el cabello blanco de Eri y su pequeño cuerno. Se prepara para atacar. Y entonces ve a Kai Chisaki —supone— y comprende por qué le dicen el pájaro. Lleva una capa verde coronada con plumas y la cara cubierta por algo que parece un pico.
—Lo siento —lo oye decir a Katsuki—. Ella siempre huye de casa. —Una pausa—. Es mi hija.
Katsuki sabe que es una mentira. Eijiro lo ve evaluar la situación desde lo lejos. Está congelado.
Kai Chisaki extiende una mano. Los brazos de Eri se clavan en los hombros de Katsuki.
—¿Ella está bien? —pregunta Katsuki. Su voz suena estrangulada.
—Sí. —Es mentira. Tiene los brazos llenos de vendas. Eijiro lo ve a lo lejos—. Eri, ven. —Los dedos de Eri se clavan tanto en los hombros y en la espada de Katsuki que Eijiro ve el dolor en sus gestos. Considera lanzarse encima de Chisaki en ese momento—. Eri, sabes lo que pasa si huyes…
El pánico pinta la cara de Eri. Vuelve con su captor.
Katsuki estira una mano.
Eri mueve los labios, Eijiro no escucha. Más tarde Katsuki le dice que dijo «Lo siento, lo siento, lo siento». Y luego, con la voz más sombría. «Chisaki es más poderoso de lo que esperábamos».
¿Acaso alguna vez esperaron lo contrario?
Eijiro busca la mano de Katsuki en la noche.
Katsuki no sabe lo que hace cuando lo acerca hacia sí y lo abraza.
—Júrame que vamos a rescatarla —le pide el dragón.
El príncipe sabe que esas son promesas peligrosas. Pero la cara de Eijiro la impulsa a hacerla.
—Te lo juro.
Quinta parte
Plan A: atacar y no morir
Su plan es un plan con muchos hoyos. Charcos llenos de agua pantanosa que no saben cómo van a sortear. Pero Katsuki sólo piensa en ese «te lo juro» pronunciado por error y en los ojos anhelantes de Eijiro y sabe que no tienen permitido fallar. Tiene que salvar a esa niña de cabello blanco que lo abrazó en la calle como hubiera abrazado a cualquier desconocido que hubiera pasado cerca suyo.
A Katsuki no se le habían escapado las vendas de sus brazos ni de sus piernas, ni la manera desesperada en que lo había agarrado.
Se había congelado al sentir las manos de la niña y no la había reconocido hasta que le había visto el cuello y hasta que el hombre con el pico de pájaro se había acercado. Le había olido la magia a distancia.
Eso tenían los hechiceros.
Sentían la magia.
Y Katsuki recordaba que era uno, que sus manos podrían explotar como explotaba la pólvora de los reino. Había sentido una magia que olía a podrido, nauseabunda, a sangre de dragón.
A la sangre de una niña.
—No puedes transformarte —le dice a Eijiro—. No al principio. Son expertos en trampas para dragones. —No lo mira a los ojos. Le duele decirle eso—. Expertos en atraparlos y en…
—Está bien.
Le sorprendió que no se quejara.
Katsuki respiró hondo. Hacía mucho que no hacía magia. No era muy recomendable en tierras norteñas. Atacarían al caer el sol. Hace salir unas chispas de sus palmas. Eijiro lo ha visto varias veces, pero Katsuki ve cómo se le iluminan los ojos cada qué ocurre.
Esta vez, comprende algo.
Comprende por qué se le pegó desde el primer momento y por qué se negó a dejarlo partir solo. Porque se controla para no gritar demasiado, por qué no tiene su usual actitud de mierda, esa que le regala a todo el resto.
«Quiero verlo sonreír».
De manera genuina. Porque ya lo ha visto varias veces. Pero nunca llega a sus ojos o se borra demasiado pronto.
—Puedo cubrirte —sugiere Eijiro—. No necesito transformarme, igual puedo usar mis escamas. Nada puede penetrarlas.
Katsuki asiente.
El que tiene es un plan lleno de hoyos. Charcos demasiado profundos como para sortearlos. Plan: atacar, salir con vida, salvar a la niña.
La desgracia siempre se ve en cámara lenta, piensa Eijiro. Recuerda la mano de Eri alejándola y nunca puede verla con tanta claridad como ese momento, en el que el cuchillo se dirige directo a ella y él salta rogando llegar a tiempo.
¿La hoja está hechizada para penetrar incluso en sus escamas?
Endurece la espalda, la llena de escamas. Sin querer, hace salir las alas. Ve a Katsuki y sus ojos sólo le transmiten alarma. Presiente que cometió —cometieron— un error.
Se arroja sobre Eri.
El cuchillo penetra. Él grita.
«Estás a salvo, estás a salvo, estás a salvo».
A Katsuki se le clavan las palabras de Kai Chisaki en la piel. Parece incapaz de quedarse callado. Katsuki se concentra en mantenerlo alejado de Eri y de Eijiro desde el principio. Sus preguntas se le clavan. «¿Crees que ella quiere ser salvada?». Katsuki intenta explotarle la cara. «¿Crees que hubiera vuelto conmigo si lo deseara? Prefirió volver a que te lastimara. Y aun así, estás aquí».
La pelea sigue.
Los golpes continúan.
Katsuki evita que lo toque. Ha visto lo que pueden hacer sus manos. O más bien, deshacer. Y volver a hacer. Y hacerlo hasta el infinito.
—Así que quieres salvarla.
Y lanza el cuchillo.
No lo lanza hacia Katsuki.
Ni siquiera hacia Eijiro.
Es directo a Eri.
Lo ve cubrirla. Oye el grito que profiere cuando se le clava. Algo se le rompe adentro y se le lanza encima a Kai Chisaki con una fuerza que no conocía de antes. Lo derrumba. Sus manos se aferran a sus muñecas.
Chisaki lo ve con sorpresa un momento.
Después, las manos de Katsuki explotan.
Eijiro cubre a la niña con sus alas. Eri llora en silencio y se abraza al otro dragón. Bakugo se acerca a ambos.
—Tengo que sacar el cuchillo. —Una pausa. Duda. No sabe si quiere hacer eso con la dragona allí, pero no tiene otra opción—. Va a doler, Eijiro. —Otra pausa—. Aprieta los dientes.
—¿Ei…?
La voz de la niña desconcentra a Katsuki y sólo alcanza a ver a Eijiro asentir.
Saca el cuchillo. Eijiro contiene el grito. Katsuki sólo quiere pedirle perdón por lastimarlo, incluso cuando él no lanzó el arma culpable. Nunca se había sentido así por nadie.
El dolor va a matarlo. Está convencido. Katsuki le pone pétalos de flor de fuego en la herida y luego la cubre para detener la sangre. En lo único que puede pensar es que tiene a Eri en los brazos. Que esa vez, sí la salvó.
Con cuidado, con mucho cuidado, le pide perdón a su pasado antes de empezar a dejarlo ir. Ya no puede seguir viviendo con la mirada fija en el cementerio de dragones en que todo empezó cuando Katsuki lo encontró atorado en la trampa.
Y luego, se desmaya.
Un príncipe se encuentra otra vez entre muertos. Esta vez, la mayoría son su culpa. No encuentra de sí la suficiente fuerza para que le importe, pero sabe que está demasiado aturdido como para ver a los ojos lo que él y Eijiro hicieron.
—¿Vamos a casa? —pregunta la niña.
Katsuki asiente. Sí, van al sur. Un atisbo de sonrisa se asoma, aunque nunca se completa.
—¿Puedes caminar? —le pregunta.
Ella niega con la cabeza.
Un príncipe sale de la guarida de un hechicero con un dragón en brazos y una en la espalda. Al salir, respira hondo.
Por primera vez en semanas, a su alrededor, respira vida.
El viaje al sur es largo. Eijiro hace una gran parte apoyado en el hombro de Katsuki, que se queja siempre, pero no lo aparta. Lleva a Eri agarrada de la mano. No tiene fuerza para contarle que casi todos están muertos. Sólo quiere verla sonreír. Pero ella no lo hace. Duerme gran parte del tiempo.
—Vas a morir de frío si dejas que ella use tus dos mantas —le dice Katsuki—. Y las pateará antes de la media noche.
Tiene razón, pero Eijiro no puede evitar el impulso sobreprotector.
—Hace más frío aquí —dice—. Quiero volver al sur.
—Lo sé.
—Gracias por acompañarme.
—No podía dejarte solo. La desesperación no es buena compañera de la prudencia.
—Lo dice el menos prudente.
Katsuki bufa.
—Alguien tenía que fingir serlo.
—Bueno, pues apestas fingiendo ser prudente. La sacaste de su infierno a puño limpio. —Señala a Eri. Katsuki se encoge de hombros. No parece en lo absoluto avergonzado por ello—. Al menos está bien… —Hay una pregunta que se detiene en su garganta—. ¿Qué crees que le hicieron?
Katsuki se encoge de hombros.
—No pienses en ello.
Quiere decir que todos saben lo que les pasa a los dragones capturados y vendidos a los hechiceros. Es uno de los peores destinos. Les arrancan las escamas, les sacan sangre, hacen experimentos mágicos con ellos. Es un milagro que Eri esté más o menos ilesa, fuera de las heridas en sus brazos.
—Gracias.
Eijiro se recarga contra él. Katsuki se tensa.
—Gracias —repite.
Ve a Katsuki enrojecer.
Y entonces, Eijiro sonríe. Cruza la distancia entre los dos. Por una vez, se permite pensar en otras cosas que no sean fatalismos. Katsuki lo siguió hasta el infierno. Considera que un beso, entonces, entre los dos, no será gran cosa.
(Sí lo es, porque Katsuki responde. Besa como nadie ha besado nunca a Eijiro).
Epílogo
—Despierta.
—No.
—Eri quiere volar hasta el pico de fuego y no va a ir sola —espeta Katsuki, moviendo con más fuerza a Eijiro—. Muévete. Te está esperando.
—Ugh.
—Eres su hermano mayor.
—Adoptivo.
—¡Hermano mayor! —espeta Katsuki—. Vamos, yo no puedo volar, muévete.
Eijiro empieza a desperezarse. Diez años vuelan y de repente el príncipe ya no es príncipe sino rey de los salvajes. No tiene trono ni corona, sólo el título de nombre. En sus espaldas descansa todo el bienestar del pueblo salvaje. Hay días mejores que otros. Ese es uno de los buenos, porque Eri está esperando afuera, llena de escamas blancas, con una sonrisa que se adivina entre sus dientes de dragón, insistiendo para que Eijiro se levante y la acompañe hasta el pico de fuego, donde están los nidos de los dragones, donde una generación nueva empieza a crecer sin conocer la devastación y desgracia de la última.
—Ven con nosotros —dice Eijiro. Ya está sentado y se talla los ojos.
—Eri quiere ir contigo…
—Sé que quieres ver los nidos.
Katsuki bufa.
—Son cosas de dragones. Nosotros no nos metemos con…
—Ven con nosotros —insiste. Se levanta y le atrapa la cintura. El final de la adolescencia lo hizo al menos cinco centímetros más alto que Katsuki, que no importa los años que pasen, no se acostumbra a alzar la mirada para buscar los ojos de Eijiro—. Te gustará ver los nidos.
Y luego lo besa.
Oyen un bufido afuera.
—Es Eri —dice Katsuki.
Una dragona de quince años deseosa de visitar los nidos. Nadie le puede pedir paciencia.
Eijiro lo besa otra vez antes de jalarlo de un brazo y hacer que salga con él.
—Ven con nosotros —repite por última vez.
Katsuki acaba por asentir. Minutos después, un príncipe sale volando montado sobre un dragón rojo. Una dragona blanca los sigue de cerca. El cielo nunca se había visto tan claro.
Notas de este one:
1) La idea era simple: Katsuki rescata a Eijiro de una trampa de para dragones (hay mucho con esa premisa, mi favorito es el webcómic WANTED que encuentran en webtoon), pero luego me dije que lo que lo haría mejor sería ERI SIENDO UNA DRAGONA. Y lo hice.
2) Siento el festival de angst, pero decidí darles un final feliz como una pequeña familia.
Andrea Poulain
