"Yami no matsuei no me pertenece es obra de Yoko Matsushita, mi única finalidad al realizarlo fue pasar un rato divertido"

Cuando dos almas comparten el mismo cuerpo poco a poco este pierde su energía llevando a su poseedor a la muerte. Cuando eres shinigami es más peligroso tu poder escapa de tu control y la fuerza te abandona; de esta manera te conviertes en un estorbo. El mejor shinigami del departamento Enma encargado del área dos, Kyûshû, está sufriéndolo en sus propias carnes. Lleva dos meses intentado evitar que sus compañeros noten su debilidad, pero cada vez se agota más rápidamente. Su compañero, quién duerme en su interior, lo nota y desea hacer algo para evitarlo.

- Solo un paso más, vamos Tsuzuki ya casi estamos. - La voz de Hisoka retumbaba en el interior del joven ojos amatistas. El olor a tabaco le hizo arrugar la nariz. - Tarezuma.

- Eh Tsuzuki, ¿te pasa algo? - Por lo general no se habría preocupado, pero desde hacía algún tiempo notaba un olor raro en él. El aludido calló al suelo. - ¡Wakaba!, llama a ese médico loco algo le pasa al payaso del área dos.

Tatsumi se acercó al oír el escándalo, el pecho se le encogió al darse cuenta de quién era el enfermo. Lo trasladaron a la enfermería, donde Watari le atendió. Salió de la habitación con una fingida sonrisa y despachó a los curiosos alegando que solo se trataba de un desmayo por falta de descanso. Una mirada le dio a entender a Tatsumi que no estaba siendo totalmente sincero.

- ¿Qué es lo que sucede? - El secretario se apoyó sobre la mesa.

- ¿Te has dado cuenta de que lleva lentillas negras? - El secretario asintió.

- Sí. Dijo que estaba harto de que le confundieran con un demonio. -Dedicó una tierna mirada al que había sido su compañero.

- No me lo creo y menos después de haber visto esto. - Levanto delicadamente los párpados de Tsuzuki, dejando a la vista una amatista y una esmeralda. - Tiene un ojo de cada color. Ha realizado un hechizo de admisión. Creo que el alma de Hisoka está en él. - Tatsumi le miro espantado. - Si no les separamos acabará consumiéndose.

- Sabes que se negara. - Watari asintió y después se encogió de hombros.

- Entonces morirán los dos. Iré a decírselo al jefe Konoe. - Los dos muchachos salieron de la enfermería y se dirigieron al despacho del jefe. Mientras Hisoka temblaba en el interior de Tsuzuki.

- Jefe, todos sabemos lo que cuesta tener a alguien en el interior, Tsuzuki debería descansar más y aun así sería difícil. - El jefe los escuchaba atentamente.

- Los poderes de Hisoka tampoco ayudan mucho, el muchacho necesitaba dormir mucho para controlarlos. Ahora los posee Tsuzuki y no sabe controlarlos.

- Muy bien dudo que Tsuzuki quiera deshacerse de su compañero; así que tendremos que optar por otra opción. Llamad a Wakaba.

Tsuzuki se sentía sonrojar mientras oía las explicaciones del jefe. Después de todo lo que había hecho para que no se enteraran y al final había sido en vano. Suspiró. Alguien en su interior le decía que era lo correcto, o mejor dicho alguien. Aunque por unos breves segundos noto como éste se asustaba.

- Muy bien, le llevaré al mundo de las ilusiones. - Wakaba abrió la puerta y les envió.

Se encontraron separados, por primera vez en mucho tiempo pudieron mirarse a los ojos. Volaron hasta el patio del palacio Tenku dónde se abrazaron.

- Eres realmente hermoso. - Tsuzuki sujeto el mentón del muchacho y le dio un suave beso en los labios. - No quiero perderte.

- No me perderás. - Hisoka le sonrió dulcemente y se abrazó a él. - Pero si me quedo contigo podría pasarte algo malo y yo no quiero que eso suceda. - Los dioses ceremoniales les observaban desde una distancia prudente. - Márchate antes de que se preocupen.

- De acuerdo, volveré pronto. Te lo prometo. - Levitó. - Hermana cuida de él mientras yo esté fuera. - Hisoka sintió una mano en su hombro. Tsuzuki desapareció y él se giró llorando entre los brazos de Suzaku.

- Ahora si le he perdido para siempre. - Sus lágrimas sabían amargas.

- No llores mi niño, el volverá.

- Si, pero por cuanto tiempo, crees que no encontrará a alguien allí fuera. Alguien a quién tocar, a quien amar. - Corrió hacía los jardines dejando a la señora del fuego en la amargura.

Mientras en la ciudad de Osaka un médico acababa de atender a su último paciente. Lavó sus manos y subió al piso superior dónde vivía. Penetro en la habitación, la luz del atardecer la bañaba con tonos anaranjados. Sobre la cama de sábanas escarlatas reposaba el hermoso cuerpo de un adolescente de pálida piel. Sus ojos verdes miraban al horizonte, vacíos.

- Cuanto más te miro más recuerdo porque te violé antes de matarte. Realmente eres un ser hermoso, casi tanto como tu compañero. - Retiró las ígneas sabanas. - Tu rostro es tan suave y dulce como una mujer. Que gracia ni siquiera te había salido a barba. Realmente tienes muy poco vello por todo el cuerpo. - Lamió su cintura y deslizo su lengua hacía abajo. - No te preocupes pronto tú también disfrutarás con esto, no solo yo. - Le penetró de una sola envestida, haciendo que apareciesen unas marcas sanguinolentas en su piel. - En cuanto encuentre tu alma. - Sus cabellos plateados se pegaron en su frente por culpa del sudor.

En el mundo de las ilusiones Hisoka sentía arder su piel, las marcas de la maldición brillaban y los recuerdos de aquella noche volvían a hacerse presente. Byakko y Suzaku observaban la escena sin saber que hacer. Mientras en el edificio Enma un muchacho de cabellos castaños abría la puerta del despacho de Tsuzuki, quien hablaba con Watari. La conversación cesó de golpe y los dos se levantaron como si hubieran visto un fantasma. El muchacho le tendió la mano y su camiseta se arremango mostrando unos tatuajes rojos en su antebrazo.

- ¿Tsuzuki Asato?, el jefe Konoe me dijo que le encontraría aquí, soy su nuevo compañero. - Tsuzuki cayó en la silla sorprendido.

Capítulo 2: Segundo acto

El muchacho de cabellos castaños seguía con la mano extendida, en un silencio incómodo. Sus ojos esmeraldas observaban nerviosos las amatistas del otro.

- Perdona Hijiri, te había confundido con otra persona. - El muchacho sonrió. - Me alegro de verte. - Le abrazo y en ese momento se quedó pálido. - Espera un momento Hisoka y yo te salvamos hace seis meses.

- Hace cuatro días me atropelló un coche. - Se encogió de hombros. - Supongo que alguien me quería aquí. - Siguió buscando con la mirada. - El jefe Konoe me ha dicho que seré tu compañero, acaso ¿te ha abandonado?

- Hisoka está en una misión especial. - Una sonrisa fingida. - Me gusta tu tatuaje.

- Si. Me gustaron mucho los de Hisoka; así que me hice uno en el brazo. Espero que no se moleste.

- Si eres tú, seguro que no. Sería como discutir consigo mismo.

Mientras en Osaka un médico acicalaba los cabellos rubios algo crecidos de su muñeca.

- No te preocupes mi dulce muñequita pronto estarás entera. Jamás pensé que te dejarías seducir por el mal; me alegro de haberme equivocado. Supongo que no se puede negar algo que se lleva en la sangre. – Rio y comenzó a recitar un hechizo.

En el mundo de las ilusiones Hisoka notaba como alguien le reclamaba en algún lugar, tirando de él, arrastrándole. Cerró los ojos y se abrazó intentando que el dolor disminuyera, pero fue inútil. Lo último que vio antes de desmayarse fue a Suzaku y Byakko acercarse a él. Cuando volvió a abrir los ojos se encontraba en una oscura habitación, iluminada por la suave luz de cinco velas. Unos ojos grises brillaron en la oscuridad. Mientras en el mundo de las ilusiones se daba la alarma. Los Tengu aparecieron en el Enma causando un gran revuelo.

- ¡Wakaba!, ¿qué diablos hacen esos cuervos aquí? - Hajimi se sorprendió ya que ella no les había convocado.

- No lo sé. - Se dirigió hacía ellos. Apenas tres palabras para explicarse y la muchacha corrió al despacho de Tsuzuki. - ¡ASATO! - abrió la puerta de golpe. - ¡Hisoka ha desaparecido!

- ¡QUÉ!, ¡abre la puerta ahora mismo!, tu primera misión Minase. - Cuando llegaron el palacio estaba realmente revuelto. - Sôryû dime que es una broma.

- Deberías saber que yo nunca bromeo. Suzaku y Byakko le vieron desaparecer. Estamos tratando de encontrarle.

- Estaba muy asustado y por ello le dejamos un rato a solas. - Le explicó Suzaku.

- ¿Cuánto rato? - Tsuzuki estaba realmente enfadado.

- Toda la tarde, pero Byakko y yo le vigilábamos entre los arbustos y de pronto comenzó a gritar. – Estaba al borde del llanto. - Fuimos a ayudarle, pero solo pudimos agarrar el aire. Se me escapo de las manos. - Tsuzuki dulcifico su expresión.

- Le encontraremos. - Byakko le puso la mano sobre el hombro. - No te alteres.

- Solo llevaba aquí cuatro horas Byakko. - Suspiró. - Enseñadme el lugar donde desapareció.

- Perdona Tsuzuki, pero no te parece una broma pesada secuestrarlo tú y teñirle el pelo de negro. - Tôga le miró furioso, Tsuzuki se giró.

- Él es mi nuevo compañero Hijiri Minase. Se parece, pero no es él. Yo también me sorprendí la primera vez que le vi.

Al lado del lago, junto a los cerezos, ese era el lugar donde había desaparecido. Un hermoso paisaje adornado con la luz de un atardecer primaveral. Gran cantidad de sangre bañaba el lugar, sobre el que aluna vez había estado tumbado el shinigami.

- No otra vez, no. Es imposible. - Tsuzuki cayo de rodillas y golpeó el suelo con fuerza. - Seguid buscando, debo volver al Enma. - Cogió la mano de Hijiri y tiró de él. - ¡Vamos!

El jefe Konoe escuchaba las explicaciones de Tsuzuki y le miraba sorprendido. Watari se encontraba preocupado y Tatsumi estaba empezando a enfadarse. Hijiri miraba la escena sin entender.

- Ya basta Asato. - Tatsumi le tomo por los hombros. - Lo que ha sucedido era normal. Sin un cuerpo tangible era lógico que Hisoka desapareciera. Lo siento te mentimos al decir que podría sobrevivir en el mundo de las ilusiones. – Las lágrimas corrieron furiosas por las mejillas del muchacho de ojos amatistas. Tatsumi aparto la vista. - No creí que sucediera tan pronto. Yo… lo siento. - Un puñetazo impacto sobre la mejilla del secretario.

- ¿Y crees que eso basta? Ahora entiendo por qué esta él aquí. - Señaló a Hijiri. - Era un truco, para que me olvidara de Hisoka. Pues lo siento, pero no ha funcionado. - Dio un portazo al salir.

Los siguientes dos meses Tsuzuki se comportó como un fantasma. Su habitual sonrisa había desaparecido, se concentraba como nunca en el trabajo y a penas comía dulces. Su comportamiento con los compañeros era distante. Hijiri había pasado a ser su compañero, pero apenas hablaban sino era estrictamente necesario. Ese día otoñal también amaneció como un día más, no parecía que nada especial pudiese ocurrir. Tsuzuki se paró en la puerta de la biblioteca, su corazón había dado un vuelco al ver a Hijiri leyendo un libro, en la puerta.

- ¡Hola Tsuzuki! - Le saludo briosamente. - Acércate. - El shinigami acepto, en el fondo le gustaba estar con ese muchacho y no solo porque se pareciese a otra persona.

- Tenía que devolver este libro, ¿me acompañas?, seguro que los hermanos Gushônshin se alegran de verte. – Una mueca de desacuerdo fue la respuesta de su compañero, no obstante, le acompaño.

- Hola Hijiri- Sonrió el mayor. - Tsuzuki, ¿Qué haces tú aquí?

- Ha venido a por un libro de cocina. - Mintió Minase. - Vamos creo que están por allí.

- Vaya Gushônshin con lo tacaño que es Tatsumi y os ha puesto una televisión. - Tsuzuki la miro sorprendido.

- Si a nosotros también nos sorprendió, mi hermano esta ahora viendo un programa interesantísimo. - Tsuzuki se acercó y sonrió al ver que se trataba de un programa del corazón.

Tsuzuki le quito el mando al bibliotecario y elevo el volumen, todos le miraron sorprendidos, para después mirar la televisión. "Este año en los premios de medicina que se entregan en la ciudad de Osaka el ganador ha sido el doctor Kazutaka Muraki."

- Muraki. - El mando callo de las manos de Tsuzuki. - Necesito sentarme. - Ni siquiera busco un asiento, simplemente se sentó en el suelo. Respiro profundamente varias veces. - Necesito un favor y me lo haréis. - Ninguno de los presentes jamás habían visto a Tsuzuki tan serio; así que simplemente asintieron. - Necesito una copia de ese certamen.

Tsuzuki entro en la oficina del jefe con la cinta de video del certamen médico. No llamó, Tatsumi y Konoe le miraron sorprendidos. Detrás de él venía Minase con la televisión de la biblioteca. La conectaron y pusieron el video. Lo paró en el instante en el que aparecía el médico.

- ¡Muraki! - Tatsumi estaba sorprendido. - No puede ser.

- ¿No? - La ironía de Asato era patente. Konoe y Tatsumi se lanzaron una mirada cómplice. Tsuzuki se dejó caer pesadamente en la silla. - Lo siento es que no puedo creer que Hisoka se sacrificara para matarlo y siga andando tan campante.

- La verdad es que tiene más vidas que un gato. - Susurro Konoe. - Bueno lo primero es averiguar cuáles son sus próximos planes.

- Deberíamos ponerle bajo vigilancia es muy posible que quiera llevar a cabo más crímenes. - El secretario del Enma se rascaba la barbilla.

Tsuzuki suspiro, salió del despacho sin que nadie lo notase. Necesitaba relajarse, pensar, distraerse. Camino por las calles mojadas de Tokio sin notar la lluvia que mojaba su cabello y su gabardina. Al final la lluvia empeoro y eso le obligo a resguardarse bajo una marquesina. Cerró los ojos, en su mente se creó la imagen de un adolescente de cabellos rubicundos con unos hermosos ojos verdes. Una lágrima resbalo por su mejilla y se confundió con la lluvia que le empapaba. Abrió los ojos al sentir un grito en su interior.

- Hisoka. - Apenas susurró su nombre, pero era imposible, debía haberlo imaginado. Desando sus pasos para regresar al Enma.

A varios kilometras de allí, apartada de la ciudad, se alzaba una maravillosa casa tradicional japonesa. A veces se utilizaba como consultorio. Un adolescente de ojos esmeraldas se revolvía sobre la cama, en un vano intento de desatar sus ataduras.

- Si sigues así te harás daño. - Sonrió un hombre de ojos grises. - Deberías estar agradecido de que te haya proporcionado un nuevo cuerpo. - El muchacho le miro sin comprender. - ¿De verdad creías que me habías derrotado? Todo eso solo fue una ilusión, una pequeña distracción para poder llevar mis planes acabo sin intromisiones.

- Cabrón. - Trato de escupirle.

- Deberías tener más respeto por mayores.

- Suéltame y te enseñare el respeto que te tengo. - Tiro de nuevo de los pañuelos de seda azul que lo amarraban.

- Quédate quieto niño. - Se acerco para sostenerle la mirada. - Aún no lo entiendes, te he dado una oportunidad para vivir de nuevo. - El muchacho le miro con extrañeza. - Tu cuerpo se destruyó durante nuestro último encuentro. Pensé que si estabas muerto tu compañero estaría demasiado, como decirlo, decaído para darse cuenta de mis movimientos. Y quién dice él, dice el resto del departamento. - Rio - Pero no te preocupes ya le he enviado un nuevo compañero. Creo que le conoces es tu viva imagen, solo que en moreno.

- Hijiri…- Ahora si se estaba enfadando. Los pañuelos se tornaron morados.

- Habría sido más fácil acabar con él e introducir tu alma en su cuerpo, pero no por nada soy un genio de la ciencia. - Miro las ataduras. - Por cierto, deja ya de moverte, este cuerpo no se cura tan rápido. - Hisoka palideció al comprender la situación.

- ¡Me has clonado! - Grito asustado.

- Sí. Magia y ciencia para crear una muñeca perfecta. Ahora vuelves a estar entre los vivos. ¿Se nota diferencia? - Hisoka sonrió al pensar la cara que pondría el Conde cuando viera su llama nuevamente encendida.

- ¿Por qué? - Una mirada sugerente. Muraki lamió dulcemente los labios del muchacho.

- ¡¿Por qué?!, ¿y por qué no? Piénsalo, no tendrás que morir ni ser juzgados, si estas de mi lado seremos más que dios.

- Puedes crear cuerpos, pero no almas. No te compares con un dios, solo eres un humano… super desarrollado. - Muraki se quedó de piedra al ver como el muchacho soltaba los pañuelos que le ataban y se recostaba cómodamente en la cama.

- Eres fascinante. ¿Qué más trucos sabes hacer?

- Eso depende, ¿qué consigo yo estando de tu parte? - Se levanto de la cama para abrazar el cuello del médico desde atrás.

- La inmortalidad. - Aceptó el mordisco que le dio el muchacho en su lóbulo derecho.

- No es suficiente. - Sus ojos centellearon. - Pero tendrá que servirme...de momento. Ya te diré más adelante lo que quiero como pago. - Sonrió y beso los labios del médico, mordiendo el inferior por dentro. Sellaron su juramento con lujuria en una noche en que la luna brillaba roja.

Capítulo 3: Descubrimientos inesperados

Hisoka se levantó de la cama cuando oyó cerrarse la puerta. Muraki se había ido, por fin. Se dirigió a la ducha y reguló el agua. Dejo el agua correr sobre su piel, ocultando sus lágrimas. Se sentía sucio, usado. Se había dejado poseer por ese ser. Había sido necesario, pero no se sentía mejor por ello. Cada vez que recordaba lo que había sucedido le daban arcadas. Acabo de ducharse y se dirigió envuelto en una toalla a la habitación. Reviso el armario de Muraki, tenía que salir de allí, lo más pronto posible. Tomo unos vaqueros, que jamás pensó que ese hombre podría tener, y un jersey que le venía grande.

Salió del apartamento asegurándose de que nadie le seguía. Corrió por las calles, atravesando parques y pasos de cebra, sin prestar atención a la gente que pasaba por su lado. Necesitaba llegar a esa maldita cafetería. Eran las once por lo que su "compañero" estaría comiendo una tarta de queso, con sirope de frutas del bosque. Veinte minutos después, dejo de correr. La cafetería estaba justo enfrente. Miro por el cristal, antes de cruzar la calle y una lágrima cayó. Empezó a llover.

Dentro de la cafetería, Tsuzuki comía su deliciosa tarta bajo la atenta mirada de Hijiri, quién simplemente le sonreía. Tres platos vacíos se apilaban en una esquina de la mesa.

- Te vas a empachar. - Rio el pequeño. Tsuzuki le dedico una sonrisa con sirope en la nariz. Hijiri se recostó sobre la mesa para lamerlo. Un escalofrío recorrió la espalda del mayor. - Tenías razón, es una tarta deliciosa.

- Si quieres te pido una. - Un nudo en su garganta se formó cuando el muchacho se sentó en su regazo.

- No hace falta. - Rozo los labios del shinigami y lamió el interior de su boca con pasión. Las amatistas se abrieron sorprendidas. Fuera empezó a llover.

Sus pies le llevaron solos hasta el parque. Desandando sus pasos, lentamente se dirigía a casa de aquel que le había asesinado. Pero ¿acaso tenía otro lugar al que ir? Una persona apareció enfrente de él, haciéndole tragar saliva. La figura le dedico una sonrisa, mientras limpiaba sus gafas. Sin entender por qué se arrojó a sus brazos y lloró. Le contó todo lo que había visto y la figura secó delicadamente sus húmedas mejillas, con la punta de sus dedos. Acarició los cabellos rubios consolándole.

La noche llegó. Hisoka se asomó a la ventana cubierto por la camisa que Muraki había llevado a trabajar ese día. Empezaba a gustarle su aroma y eso le preocupaba. Se estaba acostumbrando demasiado rápido a esa situación. El doctor le miro divertido desde la cama. Desde niño le habían enseñado a manipular a las personas y a utilizarlas para su propio beneficio. Pero ahora, quería conservar a ese pequeño de espectacular belleza hasta el final. Se levanto, cubriendo su desnudez con la sábana, se dirigió hasta el muchacho y le abrazo por la espalda. Sintió como éste tembló durante un segundo para después recostarse en su pecho.

Hisoka miro a su nuevo "amante", a su mente regresaron los recuerdos de aquella fatídica noche en que se conocieron. Sintió su cuerpo temblar. Pero el valor volvió a él. Se giro y le encaro, obtuvo una respuesta por parte del mayor.

- No soy un clon. - Muraki estalló en carcajadas.

- ¿Cómo te diste cuenta? - Se perdió en las esmeraldas. Las marcas de la maldición aparecieron en la piel del muchacho.

- ¿Cómo crees? - Muraki le estrecho entre sus brazos. - ¿Qué paso esa vez? - Se aparto y caminó hasta la cama donde se sentó. - Siempre dices que soy un niño malcriado, un estorbo. Pero no me dejaste morir, ¿por qué? - Muraki se recostó en la pared.

- Lo de tu sacrificio solo fue un truco. Tsuzuki puso todo su poder y tú le apoyaste. Tu empatía te unió a él. Así que cuando salí de allí me llevé tu cuerpo. - Hisoka le miro sin comprender.

- ¿Crees que eso es una respuesta? - Aun no entiendo por qué hice todo aquello. - Se cubrió la cara con las manos.

- Debe de ser por tu linaje. - Una mirada a través de los dedos de marfil. - Investigue a tus antepasados. - Se dirigió a la biblioteca, tras ponerse la ropa interior y una bata de satén blanca. Eligió una carpeta y sacó de ella varios papeles. Se los entrego al muchacho. - Tu linaje se remonta más lejos de lo que crees muchacho. ¿Sabes quién es el Gran Duque Astarot?

- El jefe del infierno. - Respondió el muchacho mientras tomaba los papeles con curiosidad.

- Más o menos. - Sonrió Muraki dejando perplejo al muchacho. - Él cuida del Infierno mientras su verdadero dueño esta fuera. ¿Sabes quién es el dios del infierno?

- ¿Es una clase de religión histórica? - El muchacho suspiró. - Yomi.

- Bien, ¿has visto alguna vez tu árbol genealógico al completo? - El muchacho negó con la cabeza. - Pues mira el primer nombre de esa copia. - El muchacho se quedó petrificado al ver el nombre del señor del inframundo.

- Es solo una coincidencia. -Retó al hombre de los ojos plateados con la mirada. - ¿O puede que te lo hayas inventado? - El hombre rio.

- ¿Eso crees? - Se acerco al joven. - ¿O es que tienes miedo de que sea verdad? - Le arrinconó contra la pared. - Tu eres el heredero de Yomi, eres el nuevo señor del infierno; y muerto puedes reclamar tu trono.

El pequeño cayó al suelo. Demasiadas emociones, demasiada información. La imagen de Tsuzuki regreso a su mente. Todo debía ser falso, si él era el heredero de ese demonio, ¿Por qué el gran rey Enma le había convertido en shinigami? Necesitaba pensar. Salió corriendo de la casa, apenas vestido con su ropa interior y la camisa del doctor. Necesitaba pensar. Necesitaba confirmar esa información. ¿Pero a quién le podía preguntar?

Capítulo 4: Huida

Hisoka corría por las calles de la ciudad deseando alejar de su mente toda aquella información que Muraki le había dicho. ¿Sería verdad? No, se negaba a creerlo debía ser todo falso, una gran mentira. Sintió sus pulmones arder y tuvo que pararse, miro su imagen reflejada en el escaparate de una tienda. Apenas cubierto por la camisa de seda del doctor. Hacía frío, demasiado frío para andar así por la calle. Descalzo y sin saber a dónde ir camino por las calles desiertas al abrigo de la luna.

Estaba tiritando en un callejón, cuando sintió como el frío disminuía de repente. Abrió los ojos para encontrarse con la sucia cara de una mendiga.

- No te preocupes pequeño no voy a hacerte daño. - Le sonrió mientras le acomodaba la tela. Hisoka miro la prenda, estaba desgastada y se notaba que la habían cosido demasiadas veces, probablemente era lo de más valor que poseía esa mujer.

- Tú lo necesitas. - Trato de incorporarse para devolvérsela, pero las fuerzas le fallaron y dio con sus huesos en el piso. La mujer le regaño y busco algo en el carrito de hipermercado en el que guardaba sus cosas.

- Aquí esta. - Sonrió triunfal y le ofreció varias viejas prendas. - Póntelas o cojeras una pulmonía. - El adolescente obedeció. - Anda acompáñame debajo del puente estaremos más calentitos. - Hisoka la siguió. - Allí prendemos bidones de gasolina para conseguir calefacción. ¿Necesitas un médico chico?

-No gracias. - La dedico una sonrisa.

- ¿Te has escapado de casa? - Le miro tiernamente. - A veces los padres pueden ser un poco duros con sus hijos, pero te aseguro que es por qué quieren lo mejor para estos. -Sus ojos se tornaron melancólicos.

- ¿Tiene hijos señora…? - Ni siquiera le había preguntado su nombre. La expresión de la mujer se tornó triste.

- Tuve dos. Un niño y una niña eran preciosos. Su padre murió poco después del nacimiento de la pequeña. Mi marido era el que trabajaba y cuando enfermo gastamos todos nuestros ahorros para curarle, pero fue en vano. - Se frotó los ojos secando las incipientes lágrimas. - Trabaje como prostituta para que mis hijos pudieran comer y estudiar. Aún me echan en cara el oficio que elegí.

- Lo siento. - La mujer le dedico una sonrisa, tendría unos sesenta años, aunque estaba demasiado estropeada por la dura vida que le había tocado.

- ¿Y cuál es tu historia? - El muchacho lo pensó dos veces antes de contestar. Prefirió darle una versión más simple de su historia.

- ¿Te lo creerías si te digo que me asesinaron hace cuatro años, me convertí en shinigami y deje al hombre que amaba para comenzar una relación con mi asesino, ¿quién dice que soy el príncipe de las tinieblas? - La mujer se echó a reír.

- No te preocupes no tienes que darme explicaciones. - Hisoka la dedico una tierna sonrisa.

- Hisoka Kurosaki. - Se presento y la tendió la mano.

- Himiko Kurumada. – Sonrió a la mujer. En ese instante todos los recuerdos de la mujer atravesaron al empata, su dolor, su felicidad.

Apenas hablaron hasta que llegaron a su destino. Debajo del puente había una gran comunidad de vagabundos. Algunos eran familias con niños pequeños; otras personas que lo habían perdido todo. Algunos saludaron alegremente a la mujer, la ofrecieron comida para los dos. La mujer se sentó con unas amigas y el muchacho se quedó un tanto desconcertado hasta que un hombre le tomo del hombre y se lo llevo.

- Si te juntas mucho con ellas te destrozaran los oídos, muchacho. Son unas viejas cotillas. - Rio el hombre.

- Te oído Nachi. - Gruño en bromas la mujer. - Tratadlo bien, que lo tengo que devolver a las doce. - Hisoka sintió como sus mejillas se encendían.

Los hombres reían y contaban historias que el muchacho escuchaba con atención. Algunas de ellas trataban sobre grandes casas, como en la que él se crío, los pequeños los escuchaban como si se tratase de cuentos. Sintió un poco de lástima por ellos, sabiendo que a menos de doscientos metros vivía gente adinerada.

La noche transcurría rápida y los pequeños se habían ido a dormir cuando unos policías llegaron. Los hombres se levantaron al verlos con expresión preocupada.

-Vaya, vaya, pero si son los malditos mendigos. - Eran seis guardias. Sin embargo, estaba en condiciones inferiores ya que solo había un hombre joven, otro mayor, un lisiado, tres ancianas que escondían a dos niños pequeños, una mujer embarazada que era objeto de las miradas lujuriosas de los asaltantes y el adolescente.

- Os pagamos el dinero ayer, acordamos que nos quedaríamos una semana. - El muchacho más joven les intento hacer frente, pero una porra impacto contra sus costillas.

- ¿Qué tenemos aquí un rebelde? - Todos los guardias rieron. - Tendréis que volver a pagar si queréis quedaros.

- Pero no tenemos con que hacerlo, ayer os dimos todo lo que teníamos. - Dijo una de las mujeres; mientras el policía se acercaba a la embarazada.

- Se me ocurre como podéis pagarnos. - Estiro la mano para tocar los cabellos de la joven, pero ésta fue sujeta por otra, la del adolescente. - No te metas crio. ¿Tú eres nuevo, ¿no? Bien entonces te enseñaré como se hacen aquí las cosas. - Le golpeo la cara con la porra provocándole un gran hematoma, sin embargo, el agarre no se aflojo.

- Marchaos. - Clavo sus esmeraldas en el policía que se quedó aterrorizado al ver como el golpe desaparecía.

- ¿Qué diablos eres tú? - Corrió hasta estar al lado de sus compañeros.

- Soy un shinigami. - Les dedico una sonrisa torcida. - Y estoy aquí para conduciros al Meifu. - Los policías aterrorizados sacaron sus armas. La situación se complicaba, si disparaban podían herir a alguien. Dispararon.

Se arrojó contra ellos intentando concentrar el mayor número de balas en su persona, sin embargo, una impactó contra la mujer que le había recogido, arrebatándola la vida. Hisoka vio como su alma se escapaba de su cuerpo y su poder explotó contra los hombres. Todo el dolor que sentía su alma y el de los que estaban a su lado fue multiplicado en el interior de los oficiales.

Los mendigos huyeron de allí antes de que la policía llegase, intentaron llevar al muchacho con ellos, pero fue imposible. Se acerco a la mujer cuyo cuerpo reposaba cerca, sin vida. Sintió como su alma le abrazaba reconfortándolo.

- No ha sido culpa tuya. - Una preciosa mujer con un impecable kimono le sonreía.

- Ya has visto lo que soy capaz de hacer. Soy un monstruo. - Se echó a llorar.

- Te equivocas, eres un ángel. Tú intentas protegernos a todos. No te culpes, me siento muy feliz de haberte conocido. - El alma de la mujer brilló y desapareció. Alguien le toco el hombro, se arrojó a los brazos del hombre sin poder mirarle debido a las lágrimas que empañaban su rostro. Sin embargo, el individuo le tomo del mentón obligándolo a mirarle. Hisoka no pudo evitar sorprenderse al ver a aquel hombre de gafas. la persona a quién menos podía imaginarse que podría encontrarse en un lugar como aquel.

Capítulo 5: Preludio

El ángel de piedra tembló en la cúspide del castillo, quebrándose. La piedra se desprendió y la espada de frío metal partió el suelo anunciando el final. La puerta a los infiernos estaba abierta y el momento de traspasarla había llegado.

Las alarmas se dispararon en el Enma anunciando la explosión de energía que se produjo en Osaka. El jefe Konoe salió del despacho de gran rey con una expresión de preocupación en el rostro. El secretario camino a su lado esperando respuestas.

- Es el muchacho. ¿Tenemos a alguien cerca? - Tatsumi se quitó las gafas para limpiarlas, una costumbre que había adoptado cuando era niño y siempre repetía cuando pensaba.

- Watari se tomó unos días de descanso y está allí. Haré que le avisen. - Sin cruzar palabras innecesarias se dirigió a su cometido. Tsuzuki espera en el centro de reuniones.

- ¿Qué ha pasado? - El jefe se mordió los labios buscando como evadir la pregunta. Hijiri se acercó a ellos.

- Ha habido una ruptura en el espacio dimensional. - El shinigami de ojos violetas le miro asustado. Mientras que el adolescente sentía como le empezaba a doler la cabeza.

- ¿Qué significa eso? - Pregunto Hijiri sorprendido.

- Que los demonios pueden traspasar la barrera hasta el mundo humano. - Contesto Tsuzuki como si lo dicho fuese lo más normal del mundo.

- Ah. - Contesto el muchacho sorprendido de lo serio que se había vuelto su "compañero". - ¿Y cómo ha sucedido?

- Una explosión de energía producida por una fuente por determinar. - Contesto el jefe intentando evitar más preguntas.

Mientras cerca del puente en Osaka Watari hablaba por teléfono con el secretario del Enma mientras apartaba algunos escombros intentando averiguar lo que había debajo.

- Aquí hay un montón de escombros. No veo mucho, pero… espera. - Una mano de blanca porcelana sobresalía de entre las ruinas. - Veo algo te llamó luego. - Colgó dejando con la palabra en la boca al hombre de ojos azules.

Con gran esfuerzo el científico consiguió liberar el cuerpo de un adolescente rubio cubierto de polvo y lo que parecían cenizas. Tomo el pulso rezando por que siguiera vivo.

- ¡HISOKA! - Grito el mayor haciendo que el pequeño despertara. Lo primero que vio el muchacho fue el reflejo de unas gafas metalizadas que le hicieron temblar. -Tranquilo muchacho, ya estás a salvo. -Le costó reconocer la voz.

- ¿Watari? - Pregunto sin estar seguro. Recibió una sonrisa a modo de respuesta.

- No te preocupes ahora mismo llamo para que nos recojan. - Una sombra cubrió ambos cuerpos.

- Lamento comunicarle señor Watari que eso no será posible. - El aludido se colocó en una pose defensiva.

- Muraki. - El desprecio con el que fueron dichas las palabras habría herido a cualquiera, excepto por supuesto a Muraki.

- Me alegra que se acuerde de mi nombre teniendo en cuenta que no hemos tenido el placer de ser presentados formalmente. - Dos pasos al frente.

- Ni falta que hace. - Contesto el rubio secamente arrancando una sonrisa al peliplateado.

Mientras en otras partes del mundo extraños sucesos se daban lugar en otras partes del mundo. En Inglaterra las ruinas de Stonehenge la tierra se abrió y dos caballos negros con el pelo en llamas. La pirámide Azteca de Cholula se vio separada en dos mitades creando una enorme fosa en el centro. Mixcóatl, el demonio serpiente se alzó de las sombras destrozando todo a su paso. En Egipto la estela de piedra que sellaba la puerta a la esfinge cayó a las arenas del tiempo convirtiéndose en polvo; arrastrándose desde su interior el gran chacal volvió a la vida.

Tatsumi corría por los pasillos del Enma llevando con él la información acerca de los demonios aparecidos en las últimas horas. Al parecer los pilares que velaban por la seguridad de los humanos caían uno tras otro con vertiginosa rapidez.

- Los shinigamis de los diferentes países están haciendo todo lo posible, sin embargo, la situación no ha mejorado en absoluto. - Comento el secretario. - Aunque aún nos queda una remota esperanza. El sello de Tokio aún no ha caído y nuestros empleados están vigilándolo.

- Esa es una gran noticia Tatsumi. Tszuzuki dirígete allí inmediatamente. - Se volteo para buscar al shinigami de ojos violetas, pero allí solo quedaba el vacío. - Advierte a Watari que Tsuzuki está de camino.

En Osaka el científico se defendía de los ataques del médico del mejor modo que podía y para sorpresa de este no lo hacía nada mal.

- Te defiendes bien con hechizos tan básicos. - Sonrió cómicamente.

-Tu tampoco lo haces mal. - Le siguió la corriente. Unas risas llegaron a los oídos de los contrincantes. - ¿Tus amigos? - El hombre de ojos platinos negó. Un dragón de blancas escamas salió a la luz.

- El gran duque Astarot. - Murmuro el médico en un susurro apenas audible. - ¿Qué hace aquí? - Antes de que alguno de los dos pudiese reaccionar el demonio se colocó detrás de Hisoka, quien con muchos esfuerzos había conseguido ponerse en pie.

- Hola pequeño. - Dijo la tétrica voz paralizando al pequeño. Antes de que alguno de los dos pudiese evitarlo ambos habían desaparecido.

- ¡Chico!, ¡Hisoka! - Grito el científico que corría hacía el lugar.

- Agh esto no entraba en mis planes. Se ha complicado todo. - Murmuraba el médico revolviendo la tierra con el pie. - Bueno aquí ya no hago nada será mejor que vaya. - Watari iba a impedírselo cuando una familiar voz llego a sus oídos.

- ¡Watari! - Gritó Tsuzuki. - ¿Dónde está? - Fue en ese instante en el que vio a Muraki. - ¿Qué haces tú aquí?

- Estaba admirando el paisaje y debo decir que tu presencia lo hace aún más hermoso. - La ira invadió a Tsuzuki sin embargo se resistió a dar rienda suelta a sus violentos deseos.

- Tsuzuki él sabe cómo encontrar al muchacho. - replicó el rubio.

- Entonces te vienes con nosotros. - Un sello impidió que Muraki pudiera huir; en ese instante los ojos grises descubrieron a un tímido muchacho que miraba la escena algo alejado.

- ¿Puedo preguntar quién es el hermoso muchacho qué nos acompaña? - Pregunto haciéndose el casual.

-No, no puedes. - Le amenazaron los ojos amatistas. Una traviesa sonrisa se dibujó en los labios del menor y una palabra que nadie pudo leer se formó en ellos "Kazutaka".

En otro lugar Hisoka despertaba entre unas sábanas de seda negras. Antorchas iluminaban la estancia. Un agudo dolor se acentuaba en su cabeza. Se toco las sienes. Desconocía cuanto tiempo llevaba dormido, y su último recuerdo se centraba en un enorme dragón. La puerta de la habitación se abrió y un hombre de largos cabellos rubios entro.

- Ya está despierto. - Se apoyó contra la jamba para dejar pasar a una mujer de cabellos azabaches y hermosos ojos violetas. - Puedes pasar. - La muchacha se acercó a él sonriéndole.

- Buenos días Kurosaki-kun, ¿dormiste bien? - Asintió sin poder dejar de mirar esas hermosas amatistas que creía haber visto antes. - Gracias Astarot. - Dedico una sonrisa al demonio, quien la correspondió de igual modo.

- La familia debe estar junta querida, además ¿qué clase de esposo sería sino te concedería un capricho tan simple? - Contesto el demonio.

- ¿Familia?, ¿entonces es cierto que soy descendiente de Yomi? - La muchacha le dedico una tierna sonrisa mientras su marido estallaba en carcajadas.

- Digamos que eso fue una pequeña broma. - Apostilló Astarot. Hisoka no comprendía.

- Mi pequeño shinigami tu eres el cebo para atraer una presa mayor. - Le sonrió la mujer.- Considérate como en tu casa, después de todo eres un invitado muy especial para mí. Por cierto, puedes llamarme Ruka. - Dijo cerrando la puerta tras de sí y volviendo a dejar solo al muchacho. Ciertamente como en su casa solo y encerrado. Llorando en silencio y suplicando que la pesadilla acabase y poder despertarse entre los brazos de Tsuzuki.

Capítulo 6: Preparativos

Las puertas de la división de citaciones se abrieron para permitir el paso a cuatro hombres. Uno de ellos llevaba las manos atadas y caminaba empujado por un hombre de cabellos negros.

- No te pares. - Dijo con furia.

- Esta no es manera de tratar a un invitado mi querido Tsuzuki. - Rio Muraki.

- Tú no eres un invitado sensei. Eres un detenido. - Le recordó amablemente Watari. Cruzaron el pasillo que comunicaba con el despacho de su jefe como una exhalación, sin embargo, antes de entrar el shinigami de ojos amatistas arrojó al médico contra una silla donde lo inmovilizo.

- Disculpa que no te invite a la reunión, pero supongo que podrás perdonarme. - El peli plateado únicamente le dedicó una sonrisa. Un hombre de cabellos y extrañas cicatrices en los ojos se acercó a ellos. - Tarezuma, ¿te importaría vigilar un momentito al doctor Muraki? - El hombre encogió los hombros mientras expulsaba el humo de su cigarrillo.

- Uhmm. - Una sonrisa burlona apareció en su rostro.

Watari y Tsuzuki entraron en el despacho de su superior tras despedir cordialmente a Hijiri. En el interior de la instancia se encontraba el jefe Konoe acompañado de Tatsumi, el hombre clavo sus ojos en el miembro más antiguo dirigiéndole una mirada severa.

- No podía dejarle allí. - Fue la única excusa que utilizó en su defensa, mientras tomaba asiento al lado de Watari. - Puede que nos sea útil.

- No soy yo quien debe juzgar tus acciones Tsuzuki. - Todos los presentes le miraron sorprendidos al secretario. - Sin embargo, - Ya era extraño que no añadiese nada. - Creo que no tomaste en cuenta el peso que tus acciones podrían acarrear.

- ¿Sabéis algo del chico? - Tercio Watari. El jefe negó con la cabeza.

- No. - El secretario se apoyó en la mesa. - Nuestras lecturas son bastante inestables desde que se abrieron los pasajes al Inframundo.

- Debo encontrarle. - Tsuzuki se colocó sus codos sobre las rodillas y enterró su cara entre sus manos.

- ¿Es cierto que viste al Duque Astaroth Watari? - El rubio asintió. - Esto complica las cosas. Si entramos en los dominios del Duque probablemente nos capturarían antes de localizarle. Sin una posición concreta es un suicidio. - El secretario se rasco la barbilla. - Sin embargo, si no hacemos algo pronto podrían matarle. - Tsusuki levanto la vista con preocupación.

- ¿Y cómo sugieres que le busquemos Tatsumi? - Watari se cruzó de brazos. - No podemos presentarnos en Judesca y preguntarle a Astaroth por el chico. Aunque puede que no sea tan mala idea. - Se levanto de la silla con una gran sonrisa y salió del despacho siendo seguido por todos. Se dirigió hacía la silla en la que estaba atado Muraki. - Tarezuma golpéale por favor. - El aludido dio una calada a su cigarrillo y sin esperar una explicación hizo lo que se le ordeno.

- Watari, ¿estás loco? - El rubio sonrió al ver que Muraki escupía sangre.

- Eres un hombre increíble sensei. - Dijo el hombre de ojos de miel. - Eres capaz de invocar demonios, entrar en la tierra de los muertos…sin olvidarnos del poder que tienes sobre las personas.

- ¿A dónde quieres llegar? - Preguntó Konoe sorprendido colocando a Hijiri tras él.

- Nunca he conseguido una explicación que me satisficiese de cómo podías encontrar a Tsuzuki tan fácilmente. Y es que no la había. - El doctor sonrió.

- ¿A qué te refieres? - Los ojos violetas del shinigami iban de uno a otro pasando por todos los presentes.

- Siempre decías que era sorprendente como te encontrabas con él en todas tus misiones. Pero la verdad es que él se encontraba contigo a través de Hisoka. ¿No es cierto doctor? No solo le maldijiste, le marcaste. Y puedes encontrarle este dónde este. - Sonrió satisfecho.

- Al final sí que vas a resultar útil. - Sonrió Tatsumi.- Localízale.

- ¿Y si me niego? - Contesto orgulloso el médico.

- Probarás dolores inimaginables. - Le susurró al oído Tsuzuki.

- Oh mi querido angelito no causarme dolor, estoy acostumbrado a él. - El muchacho de ojos esmeraldas se acercó a él.

- Lo que necesitáis es un poco de diplomacia. - Les sugirió. - Me permitís. - Los muchachos asintieron y el joven se acercó al médico, escondiendo algo entre sus manos. Se arrodillo ante el peliplateado.

- No eres tan atractivo muchacho. Me gusta más tu versión rubia. - Dijo con sorna.

- Sensei, por favor no te equivoques conmigo. - Dejo ver el abrecartas que traía acercándolo a una zona sensible del hombre; a la vez sus piernas fueron inmovilizadas por Hajime y Tsuzuki. - Tienes dos opciones. Escucha atentamente pues no lo repetiré. Primera nos ayudas y todos contentos; segunda te niegas y empiezo a cortarte cada parte de tu cuerpo empezando por la que más te gusta.

- ¿Quién quiere discutir pudiendo negociar? - Fingió una sonrisa mientras tragaba saliva con fuerza. - Pero necesito tener mis manos libres. - Tsuzuki se colocó detrás de él y lo sujeto por el cuello.

- Imagino que mi contacto no te supondrá una distracción Muraki. - Se jacto Tsuzuki.

- Tu contacto siempre es delicioso mi querido muchacho; es más si quieres puedes pegarte aún más. - "No me des ideas", pensó el pelinegro. Muraki comenzó a formar sellos con sus manos. Un mapa apareció en enfrente de todos. Era plano y transparente apenas se reconocían las fronteras del lugar sino era por líneas verdosas que fluían en el aire. Un punto del mismo color apareció de pronto, estaba estático.

- ¿Qué es eso? - Pregunto Hijiri sorprendido tratando de tocar aquellas líneas de luz.

- No hagas eso. - Espetó Tatsumi. - Eso es un mapa espiritual, y el punto es Hisoka.

- Demo, ¿de dónde es? - Pregunto el muchacho frunciendo el ceño. Los mayores y más expertos se dirigieron una mirada preocupada.

- Hijiri tú sabes que hay varios mundos, ¿verdad? - El adolescente asintió. - Bien. Primero está el mundo de los humanos, después el otro mundo que podríamos decir que está dividido en tres submundos.

- Watari resúmelo. - Le susurró Tatsumi, éste simplemente le ignoro.

- Bien como decía este otro mundo está dividido en el lugar donde nosotros estamos. El segundo mundo es el de las ilusiones donde residen las bestias sagradas y por último está el inframundo, infierno o como prefieras llamarlo. - El muchacho abrió los ojos enormemente.

- Hisoka, ¿está allí? - Todos asintieron.

- Por eso nosotros no podíamos localizarle. Solo alguien que este armonizado con el mal podría hacerlo. En nuestro caso eso es imposible. En el suyo, - Señaló a Muraki.- supongo que es algo natural.

- ¿Cómo vamos a entrar allí? - Tsuzuki y Hajime se dedicaron a atar al doctor.

- Supongo que no nos queda más remedio. - Suspiro Konoe. - Deberéis ir solo dos y él. - Apunto con el índice al doctor. Es el único que puede encontrar al muchacho. Sin embargo, ante cualquier señal de peligro, o extraño movimiento deberéis matarle y salir de allí lo antes posible. Aunque eso signifique dejar al muchacho allí. - Tsuzuki fue a reclamar. - Es una orden.

- ¿Quién irá? - Pregnto Watari. Tsuzuki se adelantó con la determinación en su mirada. El jefe Konoe suspiró resignado.

- No nos queda otra opción. Los únicos que pueden cumplir esta misión son Tsuzuki y Tatsumi. Partiréis mañana al amanecer. Necesitáis descansar reponer fuerzas. Además de un plan. Hablare con los gemelos para ver si pueden conseguir algún plano del lugar. - Mientras el doctor pasara la noche en uno de nuestros calabozos y esta vez nos aseguraremos de que no escape.

La luz se filtraba por la puerta dando a la estancia un aspecto tétrico. El muchacho de cabellos rubios y piel de marfil se agitaba violentamente bajo las sábanas, empapándolas en sudor. Imágenes incomprensibles cruzaban su mente. Una niña de largos cabellos negros gritaba desesperada mientras un hombre la arrojaba violentamente sobre una cama de madera con largos cortinones. Olía a alcohol, a sangre, a sudor y sobre todo a miedo. Sentía el dolor desgarrándole como si fuese la muchacha.

De pronto la escena cambio. La muchacha seguía con él, pero ahora no estaba con el hombre sino con un niño de apenas dos años entre sus brazos. El hombre volvió a aparecer y sintió temblar sus piernas. El niño fue arrojado contra el suelo y la muchacha abofeteada. Pudo sentir el dolor en sus propias mejillas. Y de nuevo el reflejo de esos ojos amatistas.

Despertó con un profundo grito. Esos ojos le habían asustado, pero más aún cuando comprendió que no pertenecían a la mujer. Golpeó frenéticamente la puerta suplicando que le dejaran salir. La puerta se abrió y la muchacha con la que había soñado, ahora convertida en mujer, apareció en el rellano.

- ¿Quién eres tú? - Pregunto Hisoka sujetando su mirada. La mujer simplemente estiro su mano para rozar el rostro del joven, quien trato de zafarse.

- Tranquilo Soka-chan. - Le sonrió amablemente. - Solo tuviste una pesadilla.

- Y un cuerno. - Se quejo. - Eso no fue un sueño, eso era real. Era… era tu dolor. - Sintió como las lágrimas resbalaban por su piel de porcelana en el mismo instante en que la joven le abrazaba.

- Eso que viste es parte de mi pasado, mi pequeño. - Aparto el flequillo que se golpeaba en la frente del muchacho a causa del sudor. - Por eso te traje aquí. No somos tan diferentes, ¿no crees?

- Tengo miedo. -Las palabras escaparon de sus labios. Su insisto le hacía confiar en ella.

- No te preocupes. Yo te protegeré. Toma mi mano Hisoka, no dejaré que vuelvas a sufrir. - El muchacho se abrazó a ella. - Yo te devolveré al lugar que te corresponde, mi dulce niño. - Tras la puerta un hombre rubio sonreía maliciosamente.

- Tsuzuki…- Hipo el muchacho. La joven revolvió los cabellos dorados.

- Hay alguien ahí fuera a quien extrañas Soka-kun. - Le sonrió, el muchacho se sonrojo visiblemente. - Si quieres yo puedo mostrártelo.

- ¿Cómo? - Pregunto tímidamente.

-Ven conmigo. - Tomo su mano y salió de la habitación, corriendo y riendo por los pasillos. Su vestido de color vino ondeaba por la velocidad. Torcieron los pasillos del laberinto de piedra imposibles de distinguir. La mujer se paró de pronto y soltó una risita al ver el rostro sonrojado del joven. - ¿Ni siquiera aguantas una carrerita? - Se burlo cariñosamente.

La poseedora de las amatistas giro el pomo de la puerta de madera lacada. La estancia estaba llena de muebles cubiertos por sábanas de color violín. En el centro de la estancia brillaba un espejo ovalado de plata, suspendido en el aire. Una extraña energía lo rodeaba.

- Pídele que te muestre a quien deseas y él hará su magia. - El muchacho lo miro con desconfianza. - ¿Quieres ver una prueba? - Miro al espejo y colocó su mano sobre él. - Muéstrame a Astaroth. - A los pocos segundos el reflejo brillo y les mostró a un hombre rubio que iba a tomar una ducha. - Ups. - Y retiró la mano rápidamente. - Ahora inténtalo tú. - Aún con escepticismo siguió las instrucciones.

- Muéstrame a Asato Tsuzuki. - El espejo brillo y dejo ver a un hombre tumbado en la cama sin dejar de dar vueltas. - Baka. - Sonrió el rubio. Pero de pronto alguien más apareció en la estancia.

Mientras en el edificio del Enma Tsuzuki se levantaba para abrir le puerta de la habitación donde pasaría la noche. Había estado trabajando hasta tarde con Tatsumi para elegir el plan de acción por lo que creyeron que sería más cómodo alojarse allí. Pero no habían sido los únicos. Ante el un adolescente de cabello oscuro se sobaba las manos, nervioso.

- Lo siento, ¿estabas durmiendo? - Tsuzuki negó y se apartó para dejarle pasar. - Es que tengo miedo.

- ¿Miedo? - Sonrió el mayor. - ¿De qué?

-De que no vuelvas. - Tsuzuki le sonrió divertido.

- Eh no hay de qué preocuparse. Soy el empleado más antiguo, ¿recuerdas? - El muchacho le miro sin comprender. - Eso es por algo y te aseguro que tengo una gran experiencia. - Iba a decir algo más, pero unos húmedos labios sobre los suyos le hicieron callar. De pronto la presión de un cuerpo sobre él le hizo caer sobre la cama. Una lengua se deslizo ansiosa por su cuello. En ese instante Hisoka retiro su mano del espejo.

- ¿Ocurre algo? - Preguntó preocupada la joven al ver como dos cristalinas lágrimas resbalaban por los sonrosados carrillos del joven.

- Él… me ha reemplazado. - calló de rodillas al piso y sintió como alguien le abrazaba.

- No merece que llores por él. - Susurró la mujer en su oído. Le ayudo a ponerse en pie y le guio hasta la salida. La puerta se cerró tras ellos y el espejo volvió a brillar con la energía residual del muchacho.

- No vallas tras él es un suicidio. - Grito el adolescente llorando. - No quiero perderte Tsuzuki. ¡Quédate a mi lado! - Gritó. Sin embargo, lo único que consiguió es que el otro hombre le apartase delicadamente.

- Lo siento Hijiri, pero yo…le amo. - Sonrió tristemente. - Y si es mi vida lo que tengo que dar para recuperarle. - La tristeza de su rostro despareció y sus ojos brillaron con determinación. - Que así sea. - Hijiri le miro sorprendido y salió del lugar llorando. - Soka-chan, ¿dónde estás? - Suspiró Tsuzuki dejándose caer en la cama.

Los pasos de Hijiri se alejaron del lugar. Sus ojos húmedos no le permitieron distinguir la figura de un hombre entre las sombras. Una silueta que se deslizo hasta el despacho del jefe Konoe.

- Empieza a complicarse, ¿no crees, Konoe? - Sonrió el conde mostrando su verdadera forma al retirarse la máscara.

- No creo que "complicada" sea la palabra apropiada para definir esta situación. - El jefe frunció el ceño y entre los suaves claro oscuros su faz envejeció mostrando profundas arrugas. - Yo diría más bien "peligrosa".

- Sigues pensando que ella está detrás de todo, ¿no? - El jefe asintió y el Conde suspiró. - Astaroth está bajo su influjo, realmente esa muchacha es increíble. Pero ¿crees aconsejable dejar ir a Tsuzuki?

- No. - Dijo el hombre provocando la risa en su amigo. - Pero sería peor si se lo impidiese.

- Si la ve y recuerda el pasado, ¿sabes lo que pasará? - Tomo un pisapapeles y se lo paso de mano en mano. - Le costó mucho recuperarse. Si cae en otra crisis durante la misión…

- Conozco los riesgos; pero no tengo elección. Yo también espero no haberme equivocado. – Contestó a la pregunta no formulada. - Las piezas han sido colocadas en el tablero, ahora solo podemos esperar.

- Y rezar. - Apostilló su amigo. - Solo espero que no sacrifiques tus peones innecesariamente. - Colocó el pisapapeles en su sitio y se dirigió hacia la puerta. - Siempre odie el ajedrez.

Las disfunciones en el espacio temporal de los mundos volvieron a darse en el mundo de las ilusiones, donde un nuevo agujero de gusano se abrió. El olor a mar penetro en el desierto flotante llevando junto a él una agradable brisa. El señor de los dragones observo con calma como uno de los generales del señor de las tinieblas penetraba en su tierra de destierro. Focarol hacía su aparición.

- Mis respetos señor de los dragones. - El monstruo con aspecto de serpiente marina y dos grandes colmillos en su boca inclino la cabeza ante el diminuto rey dragón. - Traigo buenas nuevas para ti y una jugosa alianza que encontrarás gratamente satisfactoria. - Kurikara sonrió y ladeo su cabeza. Sería una charla realmente interesante.

Capítulo 7: Figuras de ajedrez

El dragón de ojos escarlatas sonrió altaneramente y estiro orgullosamente su rostro hacía el cielo. El demonio deslizo su cuerpo a través de la incandescente arena, para que sus ojos quedaran a la altura de los del señor del desierto.

- Has pasado demasiados años en este infierno Kurikara. Mi señor Astaroth te ofrece el privilegió de servirle. A cambio de tu lealtad te sacará de este horrible lugar.

- ¡Eh merluza de agua dulce! - Bramo el dragón con cuerpo humano. - ¿Acaso yo me he metido con tu casa o tu aliento de besugo? - El enviado del señor tenebroso le miro incrédulo. - Pues no te metas con mi casa.

- Mis disculpas gran señor. - Inclino aún más su cabeza. - No quería ofenderte. - A pesar de la delicada apariencia del dragón su energía era comparable a la del mismísimo Astaroth. - Os pido que aceptéis las más sinceras disculpas señor de los dragones. - La soberbia avivó el valor del enviado y su orgullo le hizo alzar la cabeza.

- Largo de mi casa. - Escuetas palabras escupidas con desgana. La cola del demonio cortó el paso al dragón, que se giró lentamente para encararle.

- ¿Con quién crees qué tratas, insolente? - Kurikara sonrió. -Yo soy el gran Focarol, señor del mar y los vientos. Futuro brigadier del señor Astaroth y su mano derecha en estos momentos. - El pequeño, de estatura, bostezo. - Muestra respetó a quienes son superiores a ti.

- Siempre lo hago. - Sonrió pícaramente. - Pero aún no he visto a esa persona aquí. - El enfado de la serpiente marina se hizo patente cuando trato de atrapar en su cuerpo al dragón; quien se apartó de un salto. - Se mira, pero no se toca. - Relamió sus labios. - Hoy cenare pescadito.

Futsunomitama la espada de bronce que años atrás forjo el señor del desierto flotante acudió a la llamada de su amo. La risa del dragón se oyó a través de las arenas en el instante en que el metal atravesó el corazón del monstruo marino.

- Estúpido. - Escupió con sorna. - No deberías enfrentarte al señor del fuego en su territorio. Desde el instante en que entraste tu cuerpo se debilito. En este lugar no hay humedad para que puedas utilizar tu poder. - El agujero por el que había entrado aún no se había cerrado y Kurikara no dudo en atravesarlo. - No te imaginas cuantos años llevaba esperando esto. - Susurro al viento antes de lanzarse a lo desconocido.

Mientras en el palacio de Astaroth, conocido entre las sombras del inframundo como Judesca, un niño de rubios cabellos lloraba en el regazo de una mujer de penetrantes ojos amatistas.

- Ya paso mi niño. - Susurraba sin dejar de mesarle el cabello. - No permitiré que nadie te vuelva a dañar. - Los ojos cristalinos y enrojecidos del muchacho se clavaron en los de la joven.

- Él también me lo prometió. Pero solo soy una carga soy demasiado débil. - La mujer secó las lágrimas con la punta de sus dedos.

- Si lo que deseas es poder yo te lo daré. - Hisoka asintió. - Tu linaje es poseedor de grandes poderes latentes. Los despertaremos. - La puerta de la habitación, dónde había dormido la noche anterior el muchacho, se abrió y el gran señor de las tinieblas penetró.

- Lamento molestar. - Les dedicó una sonrisa algo forzada. Hisoka trato de usar su poder empático y se sorprendió al no encontrar odio contra él.

- Cielo no mires al niño con esa sonrisa, parece que fueras a comértelo vivo. - El hombre estalló en una sonora carcajada. - Debes disculpar a mi marido Soka-chan no está muy acostumbrado a sonreírle a la gente. ¿Deseabas algo mi amor? - El hombre asintió.

- Nuestro invitado ha llegado y me temo que está haciendo de las suyas. ¿Podrías ir a calmarle? - La mujer dio un dulce beso en el pómulo al niño. - Volveré en seguida. - Salió de la habitación dejándoles a solas.

- Si lo deseas puedes pasear por el palacio. - Hisoka miro al hombre sorprendido.

- Creí que era un prisionero. - Apenas alzo el rostro, el hombre se acercó a él y le despeinó.

- ¿Por qué ibas a serlo? Ruka lo dijo, eres un invitado muy especial.

- Pero, se supone que sois los malos.

- ¿Malos? Que tontería. - Hisoka le miro sorprendido. -El mal y el bien son las dos caras de una misma moneda. ¿Sabes cómo se diferencia? No es por las acciones o los hechos. Es por el resultado. - Hisoka alzo una ceja. - Al ganador se le llama bueno y al perdedor malo. Sino me crees piensa en los indios americanos que murieron por proteger su cultura, sus tierras de los colonos. Históricamente son los malos. ¿Crees que el motivo de su lucha no fue el correcto?

- No. Creo que ellos lucharon por su libertad. Supongo que eso no puede estar mal. - Contestó tímidamente.

- Ahora míranos a nosotros. ¿Crees que Ruka es mala? - Hisoka negó con la cabeza sin pensar. -Ella fue condenada por un delito del que fue la víctima. - Se agachó para mirar a los ojos del muchacho. - Yo fui el primero en llegar a este lugar. Es cierto, cometí errores, ¿pero merezco el castigo eterno? Solo queremos una segunda oportunidad. - Se acerco a la puerta. - Ruka perdió a alguien cuando llegó aquí, solo quiere volverle a ver. - Salió de la habitación dejando aún más confundido a Hisoka.

-Kami-sama me duele la cabeza. Ellos no son malos, solo quieren ser felices. Pero mis compañeros tampoco son malos, ¿o sí? - El recuerdo de Tsuzuki besando a Hijiri volvió a su mente. - Bueno tampoco son del todo buenos. Necesito ordenar mis ideas.

Fuera de la habitación Ruka esperaba a su marido. Sus ojos brillaban dándola un aspecto demoníaco. Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.

- Así que, ¿no es un prisionero? - Pregunto con sorna. El hombre medito la respuesta unos breves segundos.

- Técnicamente no está aquí contra su voluntad. Es cierto que tampoco gracias a ella, pero… - Se encogió de hombros sin acabar la frase.

La puerta del cuarto se abrió e Hisoka se quedó parado en ella con los ojos fijos en el suelo. La mujer le estudio brevemente para a continuación extenderle la mano. El muchacho la acepto y camino junto a ella en silencio.

- Soka-chan, ¿alguna vez has tratado de imponer tus emociones en otros? - Pregunto haciéndose la casual.

- No. - Las esmeraldas temblaron levemente al mirarla. - Eso está mal, ¿no?

- La mayoría de las veces. - Dijo Astaroth ganándose una mirada de incomprensión por parte del menor. Rodeó con su brazo los hombros del muchacho. - Algunas veces hay que hacer sacrificios por un bien mayor, ¿no? - Un asentimiento como respuesta. - Bien y si tu poder pudiese calmar a una persona que esta fuera de sí y que amenaza la vida de tus amigos, ¿no lo utilizarías?

- Sí. - Tímida y casi inaudible, pero allí estaba la afirmación. Una sonrisa de compenetración nació entre el matrimonio.

Con pasos firmes y relajados se dirigieron hasta el salón del trono real. Un agujero de gusano había sido abierto en el centro de la estancia. Los cuerpos de soldados mutilados estaban dispersos por la habitación, Hisoka se cubrió la boca para evitar vomitar. La sangre había cubierto parte de las paredes y el suelo. Nuevos guerreros entraron para defender a los reyes; sin embargo, estos simplemente se dirigieron hasta el trono dónde se había sentado un diminuto ser. El adolescente se adelantó un paso al reconocerlo.

- ¿Kurikara? - El rey dragón se levantó para dirigirse hasta él, también asombrado.

- Niño, ¿qué haces tú aquí? ¿No se suponía que eras un shinigami? - Una mujer de oscuros cabellos abrazo posesivamente al muchacho atrayendo la atención del dragón. -Así que por fin haces tú aparición pequeña Ruka.

- Bienvenido señor de los dragones. Me alegro de verte. - Reviso descaradamente la forma antropomorfa del dios. - Aunque sea en un estado tan lamentable como este.

- Muy graciosa. ¿Puedo saber para qué he sido convocado? - Cruzo los brazos y fijo su mirada en el adolescente que inconscientemente se resguardo bajo el protector abrazo de la dama.

- Mejor hablemos en privado hermano. - El dragón del desierto siguió al señor de las tinieblas por el largo corredor. Hisoka mantuvo fija su mirada en ellos hasta que sus cuerpos se difuminaron entre las sombras.

- Ruka, ¿qué está sucediendo? - La mujer se mordió un labio y desvió sus ojos contra una pared, para después tomar aire.

- No he sido del todo sincera contigo Hisoka. - Le tomo de la mano y le llevo a pasear por los jardines.

Estuvieron varios minutos en silencio contemplado el empedrado, las acacias y asfódelos que crecían a lo largo del camino. En el centro del jardín había un baldaquín de piedra con columnas salomónicas, donde la enredadera había ascendido casi hasta el techo. La joven se sentó cerca de las rosas púrpuras que allí florecían, acarició una con la yema de sus dedos y pidió al muchacho que se sentara en el banco de mármol junto a ella.

- Lo que voy a contarte solo lo saben cuatro personas más. - Acarició el rostro del joven y clavo sus penetrantes ojos morados en él.

En ese mismo instante algunos empleados del Enma se encontraban en la sala de reuniones del edificio principal. Un ordenador estaba encendido, aunque mostraba su pantalla totalmente negra. El hombre de cabellos plateados se acercó hasta él y puso su mano sobre la pantalla, sin embargo, a escasos milímetros alguien se la detuvo.

- Si tratas de engañarnos, acabaré contigo instantáneamente. - Sus ojos amatistas se entrecerraron conteniendo su ira. El otro hombre sonrió.

- No te preocupes estoy deseando encontrarlo, odio dejar mis muñecas en otras manos. -Tsuzuki estuvo a punto de golpearle, pero Tatsumi se lo impidió.

- Basta los dos. Tsuzuki concéntrate en la misión y tú - Una sonrisa perversa se formó en su rostro, se acercó a su oído para susurrarle algo que solo el de los ojos grises pudo entender. - ¿Trato hecho?

- Sí, pongámonos en marcha. -Tsuzuki soltó obediente el brazo del hombre. De la pantalla irradió una luz azulada que envolvió a los shinigamis. - Agarraos a mi si queréis acompañarme. - Cuatro manos se aferraron al doctor en el instante en que desapareció.

Segundos después aparecieron en una pequeña habitación con una cúpula de cristal. El agua se filtraba por las grietas golpeando el suelo. Tatsumi reviso el lugar buscando a alguien que podría haberse percatado de su presencia. No había nadie, ¿o quizás sí? Tsuzuki abrió los ojos sorprendido al ver aquellas esmeraldas suplicantes.

- ¿Qué haces tú aquí? - Cruzo los brazos tratando de controlar el volumen de su voz que había estado a punto de elevar.

- Solo quería ayudar.

- Hijiri. - Suspiro Tatsumi. - Pero no te das cuenta de que así nos retrasaras. - El pequeño desvió la mirada al suelo a punto de llorar.

- Ya no podemos devolverlo así que… - Le tomo por la cintura. - Vamos a empezar nuestra misión. Tsuzuki les separó dando un empujón al sensei e indicándole que les mostrara el camino. Tatsumi le siguió. El castaño cerro la marcha.

Se encaminaron por los angostos pasillos con poca iluminación atravesaron varios pasadizos internándose en el interior del castillo. Corrieron por el patio interior que comunicaba con el jardín. La risa de una mujer llego hasta los oídos de Tsuzuki quién se paró en el acto. Sus ojos se desviaron hasta la mujer que caminaba entre las flores y sus pasos se dirigieron hacia ella. Hijiri trato de sujetarle, pero el castaño se deshizo de él con un solo gesto. Tatsumi se giró al notar el revuelo.

- Maldición. - Solo pudo ver como el adolescente corría tras su compañero. Dirigió una mirada a Muraki y otra a Tsuzuki una difícil decisión.

- ¿Por qué no vas tras tu compañero?, temes que me marche. - Una sombra sujeto la boca del médico y lo arrastro por otro camino. Debían acercarse sin ser vistos.

- Tsuzuki, ¿qué haces? No deben vernos. - Agarrado a su brazo Hijiri era arrastrado. La mujer les daba la espalda. Seguía cantando, parecía que no se hubiese dado cuenta de su presencia.

- Ruka. - El nombre fue escupido con rabia. La aludida se giró y le miro sorprendida.

- Tsuzuki has venido a rescatarme. - Dejo caer las flores y se acercó para abrazarle sin embargo el castaño se apartó. - ¿Qué sucede?

- ¿Cómo puedes ser tan falsa? Eres tú verdad, todo este tiempo has sido tú quien ha estado moviendo los hilos. - Los ojos de Tsuzuki brillaron de rabia contenida. - Me asegurare de que esta vez no vuelvas a…

- ¿A qué? - Pregunto fríamente una voz espaldas a los shinigamis. Un escalofrío recorrió la espalda del mayor.

- Soka-chan. - Sonrió Hijiri y se acercó al rubio, siendo recibido por un bofetón que le arrojó al suelo. Su mirada esmeralda se clavó fríamente en las amatistas.

- Hisoka. - Susurró el castaño, mientras el otro adolescente contemplaba la escena aterrado; sobándose el moflete dolorido. - Ruka, ¿qué le has hecho? Este no eres tú Hisoka. Mirame soy yo, Tsuzuki, soy…

- Mi enemigo. Despídete ¡asesino! - Una persona apareció tras el rubio. Era algo más bajito y sus orejas puntiagudas y su larga melena llamaban la atención. - Acaba con ellos Kurikara.

Los ojos de Tsuzuki se desviaron hasta la mujer que se cubrió la boca con la mano para después correr hasta Hisoka y abrazarlo. La ira de Tsuzuki se desató, el rey dragón se arrojó contra él. La batalla había comenzado.

Capítulo 8: Reencuentro

Los ojos violetas del shinigami brillaron cargados de ira mientras se lanzaba contra el rey de los dragones. Un sello explotó cerca del costado derecho de Kurikara quemándole la ropa. Tsuzuki disminuyo las distancias entre los dos sabiendo que un combate directo sería ventajoso para él. El dragón contraatacó golpeándole en el abdomen y robándole el aire. Aprovechó el efímero segundo que el dios de la muerte tardo en recuperarse para poner distancia entre los dos.

El señor del desierto flotante blandió su espada, la fina hoja corto el aire a escasos centímetros del pómulo del pelinegro. Un filo hilo de sangre se formó en su mejilla; aunque su piel no había sido rozada la presión del aire había logrado lo que el metal no pudo.

Una traviesa sonrisa se dibujó en los labios del dragón, que lamió el filo del arma sugerentemente. Una barrera protectora se interpuso entre ellos, permitiendo a su enemigo evitar el segundo ataque. La onda expansiva del golpe hizo temblar el suelo. Tsuzuki desvió su mirada para asegurarse de que todos estaban bien. Los ojos verdes de Hisoka se clavaron en él. Una punzada de dolor encogió su pecho. Unas décimas de segundo de descuido bastaron para que la siguiente barrera no se levantase a tiempo.

El impactó le arrastró varios metros y redujo su gabardina a jirones. La sangre resbalaba por su labio inferior, partido durante la caída. Hijiri vio con horror como su amigo apenas se podía mover. Su cuerpo se levantó por inercia para acudir en su ayuda. Una pálida mano se aferró fuertemente a su muñeca impidiéndole el avance.

- Hisoka, ¿qué haces? Va a matarle, tengo que ayudarle. ¡Tenemos que ayudarle! -Trato de zafarse. - ¿Qué te pasa? Es Tsuzuki, es tu compañero. Tienes que…- Una bofetada le hizo callar.

- No eres quien para decirme lo que debo hacer. - Hisoka cerró el puño y lo estampó de nuevo contra el rostro de Hijiri haciéndole retroceder.

- Muy bien. Si quieres resolver esto así. - Le devolvió el golpe. - Por mí de acuerdo.

Los dos muchachos se enzarzaron en un violento intercambio de golpes. Hisoka salto sobre el moreno haciéndole caer al suelo. Se sentó sobre su cadera y deslizo las manos alrededor del cuello tratando de asfixiarle. En un desesperado intento por soltarse Hijiri araño los ojos del rubio. Hisoka se dejó caer a un lado mientras las lágrimas humedecían la zona herida.

El turno de ataque había cambiado de manos y ahora era Hijiri quien se lanzaba para apagar su sed de sangre. Sus puños golpearon la carne hasta que Hisoka consiguió apartarlo. El rubio se recostó para escupir sangre. Tuvo que sacar toda la fuerza de su interior para apartarse de un sello que explosionó a su lado. Se giro para enfrentarse a su agresor, pero sus piernas le fallaron al reconocerlo.

- Tsuzuki. - Susurró. El pelinegro le dirigió una mirada de reproche mientras se sujetaba el costado que manaba sangre. La espada del dragón había atravesado la piel causando un corte limpio.

- Por favor Hisoka, esta lucha es estúpida. Hemos venido para rescatarte. No somos tus enemigos. No sé lo que te ha contado Ruka, pero es mentira. - Se dejo caer al lado del pequeño para acariciar su barbilla. - ¿Ya no confías en mí? - Los ojos verdes de Hisoka titilaron brillantes por culpa del llanto.

- La confianza es algo que se debe ganar Tsuzuki. - La mujer se acercó hasta ellos y abrazo al rubio por la espalda. - Es frágil, es fácil que desaparezca y terriblemente difícil mantenerla.

Cerca de allí un hombre moreno de penetrantes ojos azules y otro de cabellos plateados trazaban un plan de ataque.

- Mis sombras os protegerán. Sácales de aquí. Pero te advierto que, si intentas algo raro, te aplastaré como el gusano que eres. ¿Quedo claro doctor?

- Como el agua. - Muraki alzo las manos en señal de defensa. - Ahora puedo yo hacer otra pregunta. - Los ojos azules le miraron furiosos; sin embargo, eso no acalló la curiosidad del otro. - ¿Qué relación tiene mi querido Tsuzuki con esa mujer? Vamos Tatsumi, estoy arriesgando mi vida, ¿no merezco al menos una explicación?

- No soy yo quien debe contestar a esa pregunta. -Trato de levantarse, al sentir la mano del médico sosteniéndole.

- Antes de ir debes saber algo. - El castaño le dedicó una mirada llena de curiosidad. - El muchacho que tanto se parece a Hisoka, no es el único polizón en este viaje.

El shinigami estiró los ojos para secar el llanto del joven rubicundo. La joven le apretó contra su pecho, para impedirle el movimiento. Hisoka clavó sus húmedos ojos en su antiguo compañero. El contacto de su piel trasmitiéndole el dolor, la sensación de culpabilidad. Su poder de empatía entro en juego.

Las imágenes invadieron su mente en un caótico conjunto provocándole una sensación de vacío y ansiedad. Un olor dulzón se expandió a través de la boca provocándole un sabor metálico. Frente a él repiqueteaba el fuego de la chimenea invernal en una pequeña habitación. Dos figuras discutían acaloradamente en el centro de la instancia. La sensación de impotencia volvió a invadir al adolescente, sabía lo que seguía. Había visto esa escena con anterioridad, aquel mismo día. Trato de hacerse notar grito contadas sus fuerzas, pero nadie le escuchó, solo pudo contemplar el horror en silencio una vez más.

Las manos del hombre se aferraban con violencia aplastando la garganta de la mujer, que de rodillas luchaba con todas sus fuerzas para sobrevivir. Los arañazos y golpes fueron interrumpidos y el brazo de la mujer calló al vació. El cuerpo fue arrojado con violencia al suelo. El hombre se miró las manos manchadas con una invisible sangre.

Hisoka se llevó la mano a la boca ahogando un grito. Los ojos violetas se clavaron en él provocándole un sentimiento de miedo que le hizo caer al suelo. Era imposible que pudiera verle, solo eran recuerdos del pasado que su cerebro transformaba en imágenes. El hombre llegó hasta él y se quedó parado mirándole; un sollozó le hizo girar la vista al fondo de la habitación.

Una fría mano se aferró a su muñeca sacándole de la ensoñación. Miro con distracción el reloj de Tsuzuki recordando las marcas de muerte bajo él. Acarició mecánicamente el lugar con la mano libre. El rey de los dragones se acercó tras el mayor preparándose para asestar un golpe.

- Soka-chan. - Susurró el pelinegro con una cansada sonrisa, tras él la espada de acero se elevó en el aire. Descargo el golpe dispuesto a separar la cabeza del tronco.

Todo sucedió demasiado rápido para impedirlo. La espada cruzo el espacio con fuerza mientras Hisoka se deshacía de los brazos de Ruka con un gesto violento. Los ojos de Tsuzuki se abrieron sorprendidos al sentir el aliento del rubio en su boca. Los brazos de porcelana rodearon su cuello protegiéndole. La sangre cayo a borbotones, la herida era profunda. A escasos centímetros del dragón se encontraban las sombras de Tatsumi, con un grito trato de advertir del peligro, Muraki corrió tras él. Hijiri por su parte aún tumbado en el suelo solo pudo mirar la escena con horror.

- Qué pasa chico, ¿ya no le consideras tú enemigo? - Bromeo Kurikara. Para frenar el potente golpe tuvo que interponer su antebrazo. La sangre manaba de la herida abierta, salpicando los dorados cabellos y el rostro del menor.

- ¿Porqué...? - Tsuzuki no podía creer lo que acababa de ocurrir. Para evitar cortar las cabezas de ambos, había preferido provocarse una profunda herida a sí mismo que a punto estuvo de seccionarle el brazo.

- Ahora soy su ceremonial. - Sonrió ocultando su dolor. - Debo actuar según sus deseos.

- ¿Porqué? - Sonó la dulce voz de la mujer. - ¿Porque me traicionas Hisoka?, ¿Es qué todo lo que te conté no significo nada para ti? - Rugió y Tsuzuki le abrazó más fuerte.

- Ruka, todo lo que me dijiste, - Su voz tembló. - Sé que era verdad, pero…- Sus ojos se desviaron hasta los de Tsuzuki. - Por mucho que lo intente no puedo odiarte.

- Que escena más enternecedora. - La voz y los aplausos les hicieron desviar la mirada. El señor del infierno estaba frente a ellos. Con una leve inclinación ayudo a su esposa a ponerse en pie. - Lamento que tu reunión familiar no haya acabado como deseabas.

- Seguro que tú puedes arreglarlo. - Sonrió la mujer besándole en la mejilla. El hombre la dirigió una extraña expresión y asintió. - Supongo que debería decir que fue un placer verte, pero… sería mentira. Adiós Asato. - Dirigió una furiosa mirada al shinigami.

Los emperadores desaparecieron dejando tras ellos algunos de sus mejores guerreros. Con una sonrisa de superioridad Kurikara se lanzó al ataque. Sus oponentes cayeron al suelo manchado de escarlata.

- Será mejor largarse de aquí. - Aventuro Muraki lanzando un sello para crear una barrera protectora. - En esas concisiones Tsuzuki no puede pelear y en cuanto a Hisoka, no creo que su habilidad en la lucha haya mejorado tanto.

- Llévatelos de aquí como acordamos. Yo me quedaré en la retaguardia para daros tiempo. - El médico asintió y se dirigió hasta los adolescentes que ayudaban a levantarse a Tsuzuki.

- Hora de irnos. - Tomo la mano del rubio quien se apartó violentamente. - ¿Crees qué en una situación como esta puedo hacerte algo?

- De ti ya me lo creo todo. - Respondió recargado a su amante sobre él. Una mano se posó sobre el muchacho relajándole.

- No te preocupes Hisoka. - Sonrió Tsuzuki. - No dejare que te haga daño. - La sonrisa se desvaneció cuando las fuerzas le abandonaron.

- Tsuzuki. - Muraki le ayudo a sostener el peso.

- Debemos volver al lugar por el que entramos. Es la única manera de regresar. - Les azuzó el peliplateado. - Y es mejor darse prisa, no creo que el señor secretario pueda aguantar mucho más. - Dijo con sorna y preocupación.

Entraron en el túnel, Hijiri en la retaguardia dirigió una última mirada al shinigami de ojos azules. Las sombras del hombre les protegían creando una barrera, sin embargo, la presión cada vez era mayor y por algunas zonas estaba a punto de quebrarse. Kurikara no se quedaba atrás, su brazo estaba únicamente unido por unos tendones. La visión le causo una arcada; sin embargo, el dragón no prestaba atención a sus heridas e ignoraba el dolor y la sangre que perdía. En pocos minutos no le quedarían fuerzas.

Uno de los guerreros golpeo directamente al brazo herido del ceremonial seccionándolo por completo. Por no gritar, se mordió los labios causándose una nueva herida. Tardo varios minutos en recuperarse del ataque, lo suficiente para que varios enemigos cruzasen la línea de defensa, lanzando varios ataques contra los shinigamis que huían por el túnel.

Muraki empujo a Hisoka al interior y corrió hasta colocarse delante de Hijiri. Sacó unos sellos ocultos en el bolsillo interior de su blanca gabardina. Su hechizo chocó con el poder de los demonios, produciendo una fuerte explosión en el interior. El polvo comenzó a caer sobre ellos y pronto las piedras se les unieron, algunas en pedazos y otras completas. No hubo tiempo para reaccionar, Kurikara se lanzó al interior para proteger a su amo. Tatsumi envió algunas de sus sombras quebrando su defensa. Un golpe seco en su espalda le hizo perder la conciencia. En el interior no hubo tiempo para pensar, ni para despedirse, ni siquiera para rezar.

Capítulo 9: Abismo

El cálido líquido de metálico sabor regó su garganta reseca. Los ojos se negaron a abrirse. Su estómago se sentía pesado. La mano entumecida, se deslizo con gran esfuerzo. El contacto de la fría piel le hizo temblar. La clara luz le impidió ver durante unos segundos. Una suave voz susurro su nombre. Abrió los ojos despacio encontrándose con su propio reflejo.

- ¿Qué? - Trato de levantarse, pero su cuerpo le dolía demasiado. Hijiri le acarició el cabello, retirando con cuidado el color carmesí que bañaba la pálida tez del tendido.

- Shhh. No hables y recupera tus fuerzas. - Una sonrisa afable se dibujó en el rostro del adolescente. - Supongo que le debemos una al sensei. - Sonrió y miro hacia atrás.

Hisoka siguió sus ojos. Contra una gran roca Muraki descansaba. Tenía la mano ensangrentada. Un rápido vistazo le hizo ver que él estaba cubierto con su gabardina blanca.

- ¿Tsuzuki? - Los ojos de Hijiri se desviaron hasta Muraki. Se mordió el labio y se levantó con aspecto cansado.

- Sensei, tu herida sigue sangrando. Deja que te la vende. - El doctor le dedicó una triste sonrisa de agradecimiento. Las manos de Hijiri pasaron la tela de su camiseta rasgada taponando la herida con una lentitud asombrosa. Ninguno de los dos quería hablar.

Hisoka los observo durante varios segundos para a continuación comenzar a mirar alrededor. El túnel se había derrumbado en gran medida. La única zona dónde estaba era la que aún conservaba el techo. Las piedras habían bloqueado el lugar por el que habían entrado; el otro lado había sido algo vaciado para permitirles moverse con menor dificultad. En el centro del lugar había un sello luminoso. No pudo evitar que las lágrimas brotasen empapando sus mejillas al mirar al frente.

El cuerpo de un hombre reposaba en el suelo. Su cabeza cubierta por una gabardina negra no mostraba ninguna fluctuación de respiración. Con un gran esfuerzo logro arrastrarse hasta él. Retiro la gabardina y acarició el cabello negro. Deslizó las yemas de sus dedos por los rasgos hieráticos de Asato. Con dulzura retiro la sangre seca que cubría su boca.

- Se giro para cubrirte con su cuerpo. - Habló Muraki. Hisoka no reaccionó, simplemente siguió acariciando al shinigami mecánicamente. - No pude expandir tanto mi protección. - Abrazo a Hijiri que sollozaba en silencio.

- Parece que llegue tarde. - Las esmeraldas buscaron la procedencia de la voz. Tirado bajo las rocas que tapiaban la salida se encontraba sepultada la mitad inferior del rey dragón.

- Kurikara. - Le dirigió una triste mirada. -Todo esto es por mi culpa. Ni muerto puedo dejar de traer desgracias a quienes me rodean. - El dragón escupió sangre entre risas.

- Técnicamente toda la culpa es suya. - Señaló a Muraki con un vago cabeceo. El doctor le sonrió con indiferencia. - Aunque ya poco importa.

- ¿Qué haremos ahora? - Pregunto Hijiri resguardándose entre los brazos de Muraki.

- Lo más conveniente sería regresar. Sin embargo, no sabemos que ha ocurrido con Tatsumi. - Respondió el doctor. Hijiri miro las piedras que atrapaban a Kurikara y un escalofrío recorrió su columna vertebral. Los ojos plateados se clavaron en la espalda del rubio que se recostó sobre el pecho del pelinegro. Las lágrimas fluyeron libremente por sus ojos limpiando su polvoriento rostro. El grito de dolor hizo estremecer a los presentes.

Ruka miraba con sorna al secretario del Enma. Atado de pies y manos con gruesas cadenas le era imposible escapar. Su pecho golpeado presentaba enormes moratones. De su nariz goteaba sangre que manchaban la piel y el suelo.

- ¿Cómo llegasteis hasta aquí? - Repitió su torturadora.

- Con los zapatos mágicos de charol rojo, que me presto Dorothy. - Un nuevo puñetazo le hizo callar.

- Jamás pensé que tuvieras tanto sentido del humor Tatsumi. - Rio la mujer de cabellos azabaches acercándose.

- Es que he estado entrenando desde la última vez que nos vimos. - Espetó con mofa. La mujer estalló en carcajadas, para clavar sus uñas en la espalda del hombre.

- Lástima que deteste a los cómicos. Ahora, ¿por dónde iba? A sí, ¿dónde está el agujero de gusano por el que entrasteis?

Muraki acariciaba la cabeza oscura de Hijiri sin apartar la mirada preocupada del rubio. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al ver el dolor reflejado en los ojos cristalinos del pequeño. Tan tierno y frágil como en la noche en que lo poseyó y, sin embargo, en este momento se sentía incapaz de causarle ningún dolor. Con la determinación gravada en su rostro, apoyó la mano en el suelo y tomó impulso para ponerse en pie. Hijiri le miro sin comprender.

- Si seguimos aquí no tardarán en encontrarnos. Es hora de movernos. - El pequeño desvió los ojos hasta la figura aprisionada del dragón y a pesar de abrir la boca ningún sonido pudo escapar de ella.

- Tiene razón. - Kurikara miraba al techo pensativo. - Daos prisa. - Sus orejas se movieron gatunamente. - Ya vienen. - Hijiri se puso en pie y se acercó a Hisoka para zarandearlo.

- Soka-chan. Es hora de irnos. - Le susurró al oído.

- No para mí. - Los tres se miraron entre sí para después volver a mirar al pequeño.

- Soka-chan no hay nada que podamos hacer. Debemos volver a casa y pedir ayuda. - Los profundos ojos de Hisoka se clavaron en su compañero quemándole hasta lo más profundo de su ser. Aparto rápidamente la mano que tenía apoyada sobre su hombro como si éste en verdad ardiese.

- Hijiri, ¿comprendes el significado de pertenecer al departamento del Enma? - Dejo el cuerpo de su compañero y lo cubrió con delicadeza con la gabardina oscura.

En el ministerio el ambiente estaba turbio. Tardaban demasiado en volver y las fluctuaciones entre realidades comenzaban a ponerse peligrosas. Si no se daban prisa en regresar deberían sellar la puerta que comunicaba ambos mundos y abandonarles allí. Y esa era una idea que a ninguna le apetecía demasiado.

Tarezuma aplastó el paquete vació de cigarrillos con una mano y lo arrojo a la papelera. La improvisada pelota reboto contra la pared y cayó al suelo. Una muchacha lo recogió y lo tiro. Le dedicó una dulce sonrisa y tomo asiento al lado del contenedor de la bestia negra. Este sonrió al verla.

- ¿Qué te dice tu intuición esta vez? - Pregunto apagando el cigarrillo.

- Me dice que estamos en un grave apuro. - Dejo caer la cabeza al regazo del hombre, que revolvió el pelo de la muchacha en un gesto afectivo.

- Eh, no hay nada de lo que preocuparse. Ese patán les destrozará la casa. Ya sabes que eso se le da bien. Volverán pronto. A estas alturas ya estarán comprando algunos dulces para el camino.

- Tarezuma, ¿Cómo puedes tener tanta confianza en él? - El hombre la pellizco la punta de la nariz.

- Porque los idiotas siempre tienen suerte, ¿Y si no mírame a mí? - La dedico una dulce sonrisa, que les hizo evadirse de una importante cuestión. Por primera vez, no se había trasformado al contacto de una mujer.

El sonido de los pasos despertó a Kurikara. Una media sonrisa se dibujó en sus labios al reconocer a quienes tenía en frente.

- Vaya, debe ser cierto que me estoy muriendo. - Le acariciaron la cabeza con delicadeza. - ¿Qué haces aquí?

- ¿Dónde está? - Evadió la pregunta haciendo otra ...

- ¿Qué pasa crees que lo tengo escondido debajo de las piedras? ¿Dónde crees? Tiene mucho carácter, pero supongo que tiene a quien parecerse, ¿no? Después de todo es hijo de su padre. - El hombre sonrió.

- Supongo que necesitarás ayuda para liberarte. - Colocó su mano sobre las pesadas rocas.

- No si creerás que estoy aquí abajo porque me hace cosquillas que se me trituren los huesos. Será chistoso el tío. - Se quejo revolviéndose incómodo. El hombre colocó la mano sobre las piedras.

-Aunque las retire…- Comenzó.

-Lo sé. - Contestó con una desganada sonrisa.

- ¿Si hay algo qué pueda hacer?

- Quédate a mi lado, hasta que llegue el momento. - El hombre se dejó caer pesadamente en el suelo, retirándose el antifaz de plata con el que cubría su rostro. Con la otra mano acarició despreocupadamente la cabeza del rey dragón.

Los ojos esmeraldas brillaban en la oscuridad confirmando la decisión de su dueño. Con pasos firmes recorrió los sinuosos corredores sin prestar atención a la dirección. Tras él dos figuras trataban de captar su atención.

- Hisoka, esto es una locura. No puedes ir allí sin un plan de ataque. - Trato de hacerle comprender el castaño. - No puedes llevar a cabo un ataque directo. Estás demasiado agotado y somos muy pocos. -Le sujeto el brazo para impedir que siguiera andando.

- Hijiri. No estoy tan loco como para no tener un plan. - Retiro un mechón rebelde que caía sobre el rostro de su gemelo. - Pero tampoco puedo evadir mis responsabilidades. Se que me comprendes. - Le dedico una sincera sonrisa.

- ¿Qué demonios estás tramando muchacho? - Pregunto Muraki por inercia. En su interior había comprendido leyendo entre líneas la verdad. No habría cabida a dudas ni errores.

La mujer de cabellos azabaches salió de la sala de tortura. Corrió por los pasillos hasta su habitación y se dejó caer en el piso. Las lágrimas corrieron y los gritos inundaron el lugar. El desasosiego, la sensación de vació, era demasiado. Cierto era que había deseado su muerte y sin embargo ahora que lo había conseguido no podía sino sentirse vacía. Quizás por no haberle podido matar personalmente o por no poderle haber hecho sufrir antes.

Si ese niño le habría traicionado habría podido sentir lo mismo que ella en vida. Los muebles pagaron la culpa. Arrojo las sillas contra las paredes despedazándolas. El joyero de madera voló contra el fino espejo de plata haciéndolo pedazos. Se acerco para mirar su reflejo. Siempre tan desagradable, daba igual dónde lo viese. Ese era el rostro de su peor enemigo, sus ojos amatistas no eran sino el firme recuerdo de la traición que sufrió. La pieza de cristal brilló en el aire antes de clavarse en sus ojos. Las lágrimas de sangre brotaron empapando todo alrededor. Pronto las heridas cicatrizaron recordándola su condición. Ni siquiera la muerte la había liberado del odio que nacía en sus entrañas, quemándola, extasiándola; sin dejarla un solo segundo para recuperar la cordura.

El gran Duque Astarth tomo asiento en el trono que le correspondía. Ataviado con su armadura de guerra miro a los siete generales que allí se encontraban. En los últimos años habían sufrido algunas bajas importantes y las caras nuevas se habían hecho comunes. Estudió a sus hombres de confianza antes de decidirse a hablar. Para algunos sería la última vez que se verían.

- Mañana a esta hora, el rey Enma habrá caído a nuestras manos. - Sentenció. - Muchos de nuestros hombres pagarán un alto precio por nuestra victoria. - Los hombres rugieron. - Pero no dejaremos que su sacrificio sea en vano. - Las puertas se abrieron interrumpiendo la oda. Una andrógina figura entro en la sala. En su mano derecha brillo el acero de Futsonomitama.

-Vaya, pero que mal educado puedo llegar a ser. Se me olvido llamar a la puerta. - Golpeo el portón cínicamente con los nudillos. - Supongo que no os importará que pase, ¿o sí? - Arrastro la espada por el piso arañándolo.

- Imposible. - Se sorprendió el duque. - ¿Estás vivo? - Sonrió relamiéndose los labios. - Mejor así tendré el placer de matarte, personalmente.

- Te falta mucho para estar a mi nivel. - Se burlo, aunque conocía de sobra su debilidad.

- Arrogancia. Si es eso lo único que tienes para enfrentarte a mí me temo que no te será suficiente. - Hizo un gesto a sus generales para que se encargasen de él.

- ¿Ese es todo el valor con el qué cuenta el gran Duque Astaroth? Que decepción, y yo que pensaba que el señor del Infierno sería capaz de ocuparse de sus propios problemas.

- No seas tan presumido. Tú no eres un problema, solo una pequeña molestia que pienso erradicar ahora.

- ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿De aburrimiento? - Ironizó el pequeño con una sonrisa arrogante en la que se escondía su cansancio.

El duque bajo las escaleras que permitían el acceso al trono para dirigirse al centro de la sala. Uno de sus generales le alcanzo la espada que se deslizo a través de la vaina de piel de jabalí para quedar expuesta, brillando bajo la luz de las teas.

Cuatro pasos les separaban. Con pasos cortos se deslizaron por el suelo dibujando un pequeño círculo en el que poder mantener la distancia mientras estudiaban a su oponente. El cabello rubio del adolescente se pegaba a su frente empapada de sudor. Su cuerpo estaba entumecido por el esfuerzo, y las manos le temblaban ligeramente impidiéndole poder moverse con la libertad deseada.

- ¿Estás preparado para desaparecer? - Pregunto con cinismo el señor del mundo subterráneo.

- Eh, no me robes mis frases. - Si el veneno de su lengua era la única arma que podía usar con libertad, no dudaría en empapar a sus adversarios con el ardiente licor de sus palabras.

Como un jugador de cartas en mitad de una partida importante oculto sus intenciones bajo una máscara de cinismo. Apenas podía sostener la espada que antaño forjo el rey dragón, mucho menos podría levantarla; pero debía aguantar por lo menos unos minutos más. Debía demorarse, debía sobrevivir un poco más, solo unos minutos más.

El hombre de cabellos blancos caminaba apoyado contra las paredes de palacio. Las heridas recibidas aún estaban demasiado recientes y a su pesar escocían lo suficiente como para obligarle a sujetarse las costillas en un par de ocasiones. Uno de sus brazos tampoco había salido bien parado, le hormigueaba y apenas podía sentir la mano. Se apoyo unos segundos para tomar aire y un ruido seco atrajo su atención.

Unos metros delante de él se encontraba una puerta de madera semi abierta. La habitación estaba bien iluminada y el interior podía verse con claridad. Distinguió la figura de un hombre de cabello oscuro arrodillado sobre el piso con el cuerpo cubierto de cadenas y heridas. Los ojos azules del cautivo brillaban con altanería; a pesar de que su cuerpo había conocido mejores épocas. No pudo sino asombrarse de la entereza y la fuerza que demostró el secretario del Enma cuando el hierro candente se hundió en su espalda marcándolo.

El médico deslizo la mano en la que aún conservaba agilidad y reviso los sellos que le quedaban. No eran muchos, y algunos resultaban totalmente inútiles para la ocasión. Los miro de nuevo con mayor detenimiento y suspiro al no encontrar una mejor solución. Sujeto uno entre los dientes mientras guardaba el resto y se concentró para activarlo.

El carcelero de cabello ígneo sonrió ante la resistencia del preso. La tortura solo podía considerarse un arte cuando los que la padecían podían disfrutarla en varias de sus modalidades, logrando conseguir la información que sus superiores requerían. Si no, simplemente se convertía en una burda forma de asesinato, bastante desagradable y sin sentido. Con cuidado reviso las herramientas que se encontraban sobre el ensangrentado aparador, adoraba innovar.

La mujer de ojos amatistas se apoyó contra la puerta con una sonrisa triunfante y la cabeza alta. El carnicero hizo una reverencia, ella ni siquiera se dignó a mirarle. Se acerco hasta el shinigami volteo a su alrededor.

- ¿Ha hablado ya nuestro invitado? - Un no fue lo que obtuvo por respuesta. - Bien, déjanos solos. Hay cosas que es mejor hacerlas por una misma. - El hombre desapareció haciendo reverencias y cerrando la puerta tras de sí.

- Puedes preguntar cuanto gustes. Tu y yo no tenemos nada de qué hablar. - La mujer sujeto la mandíbula del secretario para obligarle a mirarle a los ojos que en ese instante tenían un color grisáceo.

- Entonces, ¿no quieres volver a casa? - Abrió las ataduras con las llaves que había sobre la mesa, en el mismo instante que su cuerpo volvía a su auténtica forma. - No me queda mucho poder; así que procura recuperarte rápido.

- ¿Cómo me has encontrado?

- Bueno, bajo los escombros no estabas, por lo que supusimos que ellos debían tenerte. - Aclaró el médico mientras miraba por la cerradura de la puerta para asegurar la posición del guardia. - No podíamos irnos sin ti, nos hemos separado para buscarte. Hay que encontrar a Hijiri y largarnos de aquí en el acto.

- Y Tsuzuki e Hisoka, ¿dónde están? - El médico medito las palabras antes de pronunciarlas.

- Hisoka está corriendo un grave peligro por ti. Por eso no debemos desaprovechar esta oportunidad. - Tatsumi le sujeto del brazo roto y le obligo a mirarle a los ojos.

- Dime que está pasando médico, o te juro que te haré probar cada una de mis técnicas de sombras. - El otro suspiro con resignación.

Hijiri se sorprendió con la cantidad de puertas que podía tener un palacio. Una tras otra abrió todas las que encontró a su paso con la esperanza de encontrar a su compañero. Con el terrible miedo que le daba ser descubierto, recorrió de puntillas los pasillos de piedra alumbrados por antorchas. Se acerco a una desviación y tuvo que esconderse al ver llegar a dos guardias. Trago saliva con dificultad y entro en una de las habitaciones.

Pego su oído a la puerta para asegurarse de que los guardias habían desaparecido, pero un ruido a su espalda le hizo girarse aterrado. El lugar estaba destrozado. Trozos de vidrio regaban el piso junto a sedas de diferentes colores y maderas astilladas de lo que en tiempos mejores fue una silla. En medio del caos, sentada de rosillas, se encontraba una mujer de largos cabellos azabaches que se abrazaba fuertemente las rodillas mientras gemía inconexas frases, no, sin cierta dificultad.

Movido por la curiosidad se acercó hasta la joven. Su figura le era familiar y no pudo evitar llevarse la mano a la boca para no gritar cuando a menos de un paso reconoció aquellos ojos amatistas que le miraban desde la profundidad del dolor. Ante él se alzó con la gracilidad de una mariposa recuperando su orgullo. Quiso correr, huir de aquel lugar en el que encontraba refugio su rival; sin embargo, ningún músculo de su cuerpo se atrevía a obedecerlo.

- Por los doce signos del zodiaco. - Susurro la mujer mirándole de nuevo. - Perdona muchacho te confundí con otra persona. Por favor recoge esto. - Salió de la habitación secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

En la habitación Hijiri suspiro aliviado mientras se dejaba caer de rodillas, había tenido demasiada suerte. Recupero el aliento y se asomó al exterior. Tras comprobar que no había nadie en el pasillo se alejó del lugar a gran velocidad. Atravesó varios corredores que le parecieron no tener fin, hasta que se golpeó contra alguien. Cayó al suelo sintiendo un gran dolor en sus nalgas. Sus ojos miraron con terror al frente.

- ¿Cómo has llegado hasta aquí?

- Sensei. - Se levanto abrazándose con fuerza a la cintura del médico de cabello plateado. Por su parte Tatsumi miraba la escena con una mezcla de interés y sorpresa. - Tenía mucho miedo. Unos guardias estuvieron a punto de cogerme y entonces me resguarde en un dormitorio y esa chica estaba allí y la habitación…

- Eh cálmate un poco. Sino hablas más despacio no puedo entenderte, ¿Quién dices qué estaba y dónde?

- Esa chica, esa a la que Tsuzuki habló. ¡La que trato de matarnos! - Muraki le tapó la boca con la mano, ya que había subido el volumen de su voz sin percatarse.

- Ruka. - Susurró con preocupación el secretario. Muraki abrazo al pequeño para tranquilizarlo.

- Shinigami. -Le llamó. - ¿Vas a explicarnos que tiene que ver esa mujer con Tsuzuki? - El castaño se mordió los labios y comenzó a caminar.

- Es su hermana. - Dijo dando la conversación por terminada.

- Pero, ella ha intentado matarle. - Apeló el adolescente deshaciéndose de la mano del médico. - ¿Cómo puede una hermana querer acabar con la vida de su hermano? No lo entiendo- Desvió su mirada al piso.

- Lo siento, pero a eso no te puedo contestar. Se que Tsuzuki la quiere, pero por alguna razón también la odia. - Miro al frente. - Será mejor que nos demos prisa. Debemos volver con refuerzos, si queremos salvar a Hisoka.

En el salón del trono un adolescente de cabellos rubicundos yacía agotado en el suelo. Su cuerpo perlado por el sudor empapaba la ropa raída y manchada de escarlata sangre. Aunque su cuerpo no presentaba graves heridas si tenía numerosos cortes superficiales en las mejillas y brazos. Con torpeza y cansancio se puso de nuevo en pie, desafiando al señor de aquel osario al que no pocos llamaban hogar.

Con el profundo temor en su alma de que sus verdaderas intenciones fueran descubiertas alzo de nuevo el acero en su contra. Con un rápido juego de pies, el duque se apartó de su trayectoria haciéndole caer una vez más. Su estómago golpeó pesadamente el piso, perdiendo el aliento. Entre jadeos volvió a incorporarse causando gran impresión entre los generales. Aunque físicamente era imposible para él vencer al menos podría mellar su orgullo.

- Te lo he dicho antes. Por mucho que me caiga volveré a levantarme una y otra vez, ¡hasta que acabe contigo!

- ¿Conmigo? - Pregunto divertido. - ¿Tú y qué ejercito? - Ante la falta de respuesta por parte del menor, Astaroth se arrojó sobre él.

Con un rápido movimiento la espada de acero fundido atravesó el aire impactando en el abdomen del joven. Un grito sordo lleno el espacio difuminándose entre las risas de los hombres que esperaban verle desaparecer. Postrado de rodillas a causa del dolor, se sujetó la herida mientras su sangre comenzaba a manar. El metal escapó de sus entrañas ampliando la contusión, lo cual consiguió marearle.

- Lo siento. - En los ojos del hombre se dibujó la pena. - Realmente no deseaba que las cosas acabarán así. - Se acercó para hablarle al oído. - Tu fuiste testigo de su dolor, y aun así te vuelves en su contra. No permitiré que nadie más la dañe. - Alzo la espada para dejarla caer sobre su sacrificio.

La mujer de cabellos azabaches se paró en seco al recordar el rostro de aquel muchacho de cabello carbón. Su humillación al descubrirse en una postura tan poco acorde a su regia persona la hizo no percatarse de quien había entrado, pero ahora con sus emociones serenadas se sentía engañada.

Volvió sobre sus pasos dispuesta a arrojarse sobre aquel pequeño en busca de respuestas. Tras el desplome del túnel ninguno había creído en la impredecible supervivencia del grupo. Quizás, con suerte, todos aquellos años llenos de conspiraciones y alianzas traicionadas podrían verse recompensadas.

El laberinto que formaban los angostos pasillos serpenteantes y el olor a muerte hicieron que sus piernas temblaran y amenazaran con fallarla en cualquier momento. Se llevo una mano para cubrir su nariz. Asfixiada por el pesado aire dejo que sus sentidos la guiaran hasta aquella pequeña abertura entre las ciclópeas piedras. Sus ojos amatistas no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Allí, tendido sobre un charco de sangre escapa el último aliento del que un día fue un glorioso rey dragón. A su lado un hombre le acariciaba fraternalmente la cara, a pesar de que ya ninguna sensación podía ser percibida. La mujer entorno sus ojos, hasta que se convirtieron en una simple rendija bañada por el odio.

- ¿Como te atreves a venir aquí? - El hombre la dedico una mirada cargada de dolor.

- Ruka, yo solamente he venido a pedirte perdón.

- ¡Perdón!, ¿perdón?, perdón. Tú no tienes derecho a pedirlo. - Replico al borde del llanto. - Si esto está sucediendo es tu culpa. -Señaló a Kurikara. - Si él ha muerto ha sido por ti. Eres el único culpable de lo que está sucediendo.

- ¡No estás siendo justa! - Grito levantándose de golpe.

- No puedo creerlo. - Se mofó. - ¿Crees que tú puedes pedir justicia? - El hombre agacho la cabeza.

- Lo siento Ruka, Pero no puedo dejar que él conozca la verdad. - El hombre se acercó a ella con su rostro oscurecido. - No quería tener que llegar a esto.

- Oh, ¿crees qué puedes hacerme más daño del que ya me hiciste? Tengo una noticia para ti. - No pudo acabar la frase un golpe seco en su estómago le hizo saber que el tiempo se había acabado. - Je, volviste a ser el más rápido.

Sus rodillas temblaron antes de golpear el suelo violentamente. El cuerpo cayo hacía delante y fue sujeto por la cintura. Sus manos frías se aferraron a la nuca del hombre. La sangre resbaló por sus labios y una sonrisa se dibujó en ellos mientras sus fríos iris amatistas perdían su brillo. Tomo el cuerpo rígido de la joven y se encamino a través de los angostos pasillos con una única idea en la mente.

El secretario del Enma reviso los pasillos antes de permitir a sus compañeros penetrarlos. A pesar de la pésima iluminación podía saberse con facilidad si había algún guardia en ellos. Siguieron las indicaciones de Hijiri para llegar hasta la habitación de la gran duquesa, pero no encontraron nada. Exhaustos y fracasados emprendieron el camino de regreso, hasta el punto por el cuál habían accedido al demoníaco reino.

- Es mejor regresar. - Sentenció el doctor cansado de dar vueltas. - Con un poco de suerte mandaremos refuerzos. - El secretario clavó sus penetrantes ojos azules en él. Deseaba arrancarle las entrañas por ese comentario. Aunque, muy en el fondo, sabía que tenía razón.

- ¿No será peligrosos abandonarle? - Pregunto el adolescente abrazándose a sí mismo.

- Es más peligroso quedarse aquí. Hemos perdido demasiado. - Miro de reojo al secretario. Aunque su poder ayudaba a que sus heridas se cerrasen más rápido, no era suficiente. Sus cuerpos estaban agotados.

- Abre el portal. - Ordeno Soiichiro. - Enviaremos refuerzos nada más llegar; así que prepárate. - El albino asintió mientras recitaba el Sutra.

En la sala del trono Hisoka abrió sus ojos sorprendido ante el ataque que no llegaba. Un par de gotas rojas mojaron su frente atrayendo su atención. La espada del Duque había sido interceptada por unas manos desnudas, que se hirieron en el proceso. El demonio retrocedió varios pasos, para evaluar a su oponente. Desde el suelo el adolescente atónito, estiró la mano para alcanzar la figura que se desdibujaba ante él.

Capítulo 10: Redención

La mano de nácar se deslizo hasta la frente para empaparse con las gotas de rubí líquido. El adolescente apenas podía creerse quien estaba frente a él. Sus ojos esmeraldas brillaron y en un inconsciente acto se aferró a la cintura de aquel que lo había protegido. El hombre de cabello negro aprovecho el acto de sorpresa del duque para alejarse y revisar al pequeño que temblaba ligeramente bajo su abrazo.

- Soka-chan. - Le llamó con dulzura.

- Vaya menuda sorpresa. ¿Hoy es el día de las resurrecciones? - Pregunto con cinismo. - ¿Alguien más quiere participar en la fiesta?

- No te preocupes. - Su voz sonaba áspera. - Tu no tendrás tanta suerte.

- Asato Tsuzuki. Deberías ser más amable con tu familia. - El pelinegro le dirigió una mirada de asco. - ¿No vas a abrazarme?

- Solo he venido para llevármelo de vuelta. - Apretó a Hisoka contra sí. - Y si te entrometes. - Sonrió. - Simplemente tendré que matarte.

- Cada día te pareces más a Ruka. Se sentirá orgullosa de ti cuando te vea. Lleva mucho tiempo esperando este momento.

- No la menciones en mi presencia. - Se colocó frente al adolescente que no podía para de llorar.

- ¿O qué? ¿me matarás?, ¿frente a él? - Señaló al pequeño. - Hazlo, así verá la clase de persona que eres.

- Tú comenzaste esto. - Grito Hisoka furioso. No le culpes a él. Solo hará lo que sea necesario.

- Necesario, ¿para qué? ¿Para llevarte de vuelta con él? Después de lo que has hecho. - El pequeño tembló ante las palabras.

- Si está aquí es por tu culpa. Si va a morir es por tu culpa. Tú nos ayudaste, ¿recuerdas? Por ti se encuentra en esta situación. - Hisoka cayó de rodillas entre gritos y lágrimas, se arañó la cara al sentir todo el odio que manaba de Tsusuki.

- ¡Soka-chan! - Se arrodillo para abrazarle. - Tranquilo Soka, tú sabes lo que siento. Entra en mí. Averígualo. - Le tentó. A pesar del miedo, el rubio se concentró para poder entender hacía quien dirigía el resentimiento y la ira que inundaban aquel corazón.

Noto el miedo que Tsuzuki había sentido al pensar que podría perderle. Se sintió culpable, pero no pudo decir ni una sola palabra. La calidad de los sentimientos del hombre de ojos violetas le reconfortaban asegurándole que todo estaría bien. Una canción en el pecho le decía que no había nada que temer pronto estarían de vuelta en el hogar.

- ¿Soka-chan? - Le llamo preocupado al sentir como temblaba. Una débil sonrisa le hizo tranquilizarse. -Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Colocándole tras él adquirió una pose defensiva de combate. Esta vez no podrían huir, para bien o para mal. Con un gesto de cabeza el duque le permitió que recogiese la espada del rey dragón. Se lo agradeció con una reverencia, típico saludo de esgrima. Al menos se alegraba de contemplar como el honor de la lucha no se había perdido. Se acercaron lentamente el uno al otro, las armas desenvainadas imploraban por la sangre.

Una primera carga que se resolvió a favor de Astaroth sufriendo el otro una laceración en su costado izquierdo. Regresaron a la posición inicial mientras Hisoka se llevaba las manos a la boca para evitar gritar. No debía ser una distracción para su compañero, de lo contrario los dos acabarían muertos. Sintiendo como su corazón palpitaba tratando de escaparse de su pecho se alejó unos pasos del campo de batalla con la esperanza de permitirle una mayor movilidad.

La segunda carga fue distinta, más rápida, más penetrante. La hoja afilada de Tzuzuki se hundió en el muslo derecho del conde, mientras este trataba de contraatacar rebanándole la cabeza. Sin embargo, los agudos reflejos del pelinegro hicieron que retrasar el cuello quedandose el acero pendiente en el aire, a escasos centímetros de su objetivo. Furioso el duque arranco la capa que le cubría la armadura, que no servía para protegerle de la mística espada, y el peto de esta. El metal infernal del que estaba hecha solo entorpecía su camino en la batalla negándole la protección que debería haber albergado. Tsuzuki retrocedió un par de pasos dispuesto a volver a cargar. Debería ser más rápido que la vez anterior, porque esta vez quien diera el golpe se alzaría con la victoria.

Muraki sujeto la cintura del secretario del Enma mientras que con la otra mano trataba de abrir el portal. Hijiri al otro lado de Tatsumi miraba sin descanso hecía atrás con la esperanza de ver aparecer el cabello rubio de su gemelo. Los ojos azules del herido le miraron con ternura, también él deseaba ver aparecer al adolescente. Y ser posible en compañía de un goloso shinigami.

- Está abierto. - Anuncio el doctor.

-Dale un par de minutos. - Rogó el pequeño.

- Eso es imposible. - Dijo con voz ronca.

- O vamos solo un minuto. - Suplico.

- Créeme que lo deseo, pero sino nos damos prisa el portal se cerrara. Y lamento decirte que estoy demasiado débil para abrir otro ahora. Además, él necesita un médico.

A regañadientes acepto. Se sujeto muy fuerte al adulto que estaba a su lado cuando sintió que algo tiraba de él. De nuevo aquella extraña sensación en el estómago, como si hubiera subido a una montaña rusa en el espacio. Cuando su vista se despejo pudo ver como yacía en el piso de la oficina del trabajo. A su alrededor varios shinigamis los miraban boquiabierto.

A unos pasos Watari atendía al castaño de ojos claros. Su semblante claramente preocupado se dulcifico al ver que el muchacho despertaba; aunque no por ello dejo de cumplir con su obligación. Tras varios minutos de ajetreado trabajo consiguió vendar las heridas de su amigo y cortar le profusa hemorragia.

- Listo. - Dijo satisfecho de sí mismo. Para dirigirse al adolescente y curar los pocos rasguños que tenía. El último en ser atendido fue Muraki. Su mano derecha presentaba un horrible color morado y estaba inflamada. Un chasquido de lengua les hizo saber que no debían esperar buenas noticias.

- Tiene varios huesos fracturados. Y un esguince en un ligamento. Con esta hinchazón no podrá mover la mano al menos en una semana. - El jefe Konoe se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer en una silla.

- ¿Y Tsuzuki e Hisoka? - Pregunto en un hilo de voz.

- Lo siento señor. - Contesto Tatsumi tratando de levantarse de la improvisada camilla, que en realidad era una mesa. - No lo…

- Shhh calla. - Le ordeno Watari. - Será mejor que lo lleve a la enfermería. Tarezuma échame una mano por favor. - El pelinegro apago en cigarrillo en el cenicero de su escritorio y se dirigió hasta el médico. Wakaba los acompaño abriéndoles las puertas.

- Jefe, ¿no deberíamos buscar la manera de enviarles? - Sugirió Saya. El hombre negó con la cabeza.

- Ellos eran los refuerzos. Les daremos una hora más. Si para entonces no han vuelto…

- Volverán. - Sentencio Yuma. - Ya lo verá. Confíe en Tsuzuki le traerá de vuelta.

El jefe abandonó la habitación preguntándose si las muchachas habían entendido mal las palabras del secretario a propósito. Para él estaba claro de que si Tsuzuki no lo había conseguido era porque había caído en el intento. Resignado se dirigió a su despacho rogando porque la ayuda secreta que les había enviado trajera por lo menos al pequeño sano y salvo.

Tsuzuki apretó la empuñadura de la espada con las manos resbaladizas. Cerró los ojos y con un grito ensordecedor se lanzó al ataque. Imitándole su contrincante repitió sus movimientos. Las espadas colisionaron en el aire y una ráfaga de ardientes chispas dibujaron una estela en el aire. Aguantando la respiración ambos oponentes presionaron para hacer caer a su enemigo. Por un instante los ojos del Duque se clavaron en un punto lejano del horizonte, entonces la presión cedió. Con un rápido y preciso movimiento las espada del shinigami se clavó en el estómago del otro.

- Has perdido Astaroth. - Sus piernas fallaron, pero unos delicados brazos le sujetaron en el aire. Hisoka había abandonado su escondite para atenderle.

- Vamonos Tsuzuki. - Le pidió. - Llévame a casa. El pelinegro le acarició el rostro y le beso la frente antes de darle un pequeño abrazo.

- Sí. - Dijo agotado. - A casa.

Los seguidores de Astaroth se apartaron de su camino mientras se rasgaban las ropas y gritaban sollozantes. Algunos incluso derramaron su sangre en honor a su líder caído. En el suelo agonizante el duque no prestaba atención a lo que pasaba a su alrededor, como en durante el combate sus ojos seguían fijos en una oscura esquina de la gran sala.

Un hombre se acercó tambaleante por el peso extra hasta el moribundo. En su rostro se veían la marca de los años. Su cabello plateado oculto le oculto los ojos mientras dejaba reposar en el suelo su preciada carga. Una larga melena negra se desparramo en el suelo y el que antes fue amo y señor de esa tierra se arrastró sobre ella para acariciar su rostro lleno de paz.

- Asesino. - La sangre resbaló por sus labios. - No tuviste bastante con matarla una vez, que tuviste que hacerlo dos. - Acarició el rostro de la joven y beso tiernamente sus labios maquillándolos de carmesí.

- No había alternativa. Sabes tan bien como yo que nunca quise llegar a este extremo. - La risa mezclada con las arcadas rojas inundaron los oídos de los presentes.

- ¿Tratas de convencerme a mi o a ti? Puedes alegar lo que quieras en tu defensa, pero solo eres un vulgar asesino que mata para ocultar sus errores. - Le tomo del brazo. - pero te prometo que tarde o temprano tus fantasmas te atraparán.

Una convulsión le hizo caer al piso. Las sacudidas se volvieron más violentas a medida que le faltaba el aire y como única meta se aferró al cuerpo sin vida de su esposa. El hombre observo un instante los cuerpos que yacían a sus pies. Sabía que lo que había sucedido aquel día allí era culpa suya, pero, aunque Ruka lo desconociera hacía mucho que llevaba pagando por sus pecados con una vida eterna que le atormentaba en la soledad de sus largas noches.

Salió del salón del trono y siguió las huellas de sangre fresca que Tsuzuki había dejado a su paso. Se dirigían al lugar por donde Muraki les había traído. Suspiro aliviado al percatarse que debía de estar consciente y con fuerzas para guiar al muchacho. Con rapidez se colocó el antifaz de plata que guardaba su identidad y corrió a su encuentro.

- ¿Aquí? - Pregunto Hisoka viendo el lugar desierto.

- Al menos deberían estar. - Dijo el castaño mientras se sujetaba el costado herido. - Muraki nos trajo hasta aquí. ¿Dónde diablos se habrán metido? - Se dejo resbalar por la pared hasta el suelo.

- Se fueron. - Suspiro resignado Hisoka. - Se suponía que tu estabas muerto y yo, bueno, no pensaba sobrevivir. Solo darles tiempo. - Le dedico una sonrisa triste y no pudo evitar que las lágrimas cayeron empapando sus mejillas.

Tsuzuki extendió el brazo para acercarle. Le recostó sobre su pecho y le beso el cabello, acariciándoselo. Realmente se sentía cómodo en aquella posición, era como volver a aquellos días despreocupados en los que se tumbaban al sol y el mayor de sus problemas era decidir qué postre comerían ese día. Le apretó fuerte entre sus brazos ahora solo era cuestión de tiempo que los encontrarán y matarán como animales. El sonido de los pasos acercándose le hizo temblar e inconscientemente tapo el oído del

muchacho para que no descubriera lo que él temía. Una respiración entrecortada llego hasta el lugar donde estaban descansando.

- ¡Hisoka! - La voz le era amigablemente conocida. - ¿Tsuzuki? - Parecía sorprendida. Los ojos violetas del shinigami se enfocaron con cansancio en la oscuridad. Un antifaz de plata brillaba frente él.

- ¿Conde? - Pregunto sin poder entender del todo la situación. - ¿Qué hace aquí?

- Refuerzos. - Y aunque no podía verle el rostro le pareció que sonreía desde su invisibilidad. - ¿Nos vamos o preferís continuar con vuestras vacaciones aquí?

Hisoka se puso en pie y sujeto al pelinegro por la cintura el conde la ayudo y de pronto algo en el aire comenzó a brillar. La luminiscencia les hizo cerrar los ojos. Un grito de sorpresa les hizo regresar a la realidad. Volvían a estar en el Enma. Saya y Yuma tomaron a Tsuzuki mientras llamaban a gritos a Watari. Por su parte el jefe Konoe ayudo al adolescente a tomar asiento cuando este se tambaleo. El médico llego corriendo y les hizo un examen preliminar antes de ordenarles ir a la enfermería.

- Gracias a Kami-sama que estás bien muchacho. - Dijo el hombre de cincuenta años con una sonrisa dibujada en el rostro. El muchacho avergonzado bajo la cabeza. -Ya ha pasado todo, estás en casa. - Le levanto la cabeza sujetándole el mentón. No se trataban de palabras vacías, era cierto por fin todo había acabado.

Con una sonrisa cansada siguió a Watari hasta la enfermería, lo único que deseaba era saber que Tsuzuki estaba bien. Y después dormir, descansar y sobre todo dejar de pensar. Por el rabillo del ojo observo como su jefe y el Conde se dirigían al despacho del primero. Esperando poderles atrapar antes se lanzó con pasos rápidos tras ellos. Sin embargo, ninguno de los dos se percató del muchacho que les seguía. La puerta se cerró frente a él, tomo el picaporte para abrirla, pero una voz le interrumpió.

- ¿Qué paso con Ruka? - Pregunto Konoe. El Conde se dejó caer sobre la silla frente al escritorio y dejo el antifaz sobre él.

- Tuve que matarla.

- ¿Tuviste? - Pregunto incrédulo. - ¿O quisiste?

- Sabías que esto pasaría. Si la hubiera dejado viva probablemente habría vuelto a atacarnos. Tsuzuki estaba en peligro. Lo hice por él. Se excuso, pero Konoe negó con la cabeza.

- No es a mí a quien debes darle explicaciones y supongo que tampoco se las darás a él.

- Es mejor. Conoces a Tsuzuki mejor que nadie, sabes que si supiera la verdad no dejaría de culparse. No. - Suspiró con resignación. - Es mejor que lo olvide todo y siga adelante. Yo soy el único responsable de todo lo que ha pasado.

- ¿Y qué te hace creer qué no se enterará? - El Conde le miro sin comprender. - Ruka pudo habérselo contado al muchacho. - El hombre asintió.

- No lo hará. No hará nada que este seguro que pueda dañar a Tsuzuki. O eso espero. - Añadió con una sonrisa cansada. - El conde volvió a colocarse el antifaz en el rostro recuperando su invisibilidad. Pero ya era tarde.

Hisoka se llevó una mano a la boca para no gritar cuando vio aquel cabello de color negro y esos penetrantes ojos. Le reconoció al momento, había visto ese rostro en los recuerdos de Ruka. Mareado camino hasta la enfermería. Tatsumi estaba recostado en la cama y conversaba animadamente con Watari, le dedicaron unas sinceras sonrisas al verle. En la siguiente cama Muraki estaba sentado con la espalda apoyada contra la pared, Hijiri sentado a un lado le daba de comer pequeñas cucharadas de compota de manzana. La imagen no le pudo resultar más cómica.

- ¡Soka-chan! - El pelinegro había dejado su tarea para lanzarse sobre él en un abrazo-prisión. Sonreía de oreja a oreja y parecía ruborizado. - Menos mal que estás bien. ¿Tienes idea del miedo qué nos has hecho pasar? - Quiso contestar, pero la voz del doctor le supero.

- Hijiri deberías dejarle respirar si quieres que te conteste. - El castaño le soltó avergonzado y escondió las manos a la espalda. - Además seguro que está deseoso de ver a su compañero. - Aún desconfiado Hisoka le dio las gracias con una perfilada sonrisa.

Al fondo de la habitación se encontraba la cama que Tsuzuki ocupaba, era cómoda. Se sorprendió al ver lo rápido que le habían tratado las heridas. Tenía algunas vendas alrededor del pecho y un parche en la mejilla. Su cuerpo había sido lavado y olía a perfume de azahar. Por un momento se sintió culpable por no ocuparse de él personalmente. Recorrió las facciones del joven con la punta de los dedos recordando dónde las había visto antes. Un sueño o un recuerdo o como pudieran llamarlo los incrédulos hay había visto aquellos preciosos rasgos que hacían latear a su corazón.

- ¿Quieres conocer mi historia? - Le había pregunto la mujer de cabello azabache. Él había tardado un par de segundos en reaccionar tragando saliva. - ¿Quieres saber por qué luchó? - El joven asintió. - Los de tu departamento lo llamarían venganza, pero yo lo llamo justicia.

El aire se hacía pesado a su alrededor. Los ojos violetas se clavaban en él penetrando en sus defensas. Los sentimientos y recuerdos fluían hacía él, asfixiándolo. Las rodillas comenzaron a temblar y al poco le era imposible sostenerse en pie. La mujer se deslizo hasta el joven y le abrazo. Recostó la cabeza del pequeño sobre sus piernas y le acarició el cabello mostrándole lo sucedido más de cien años atrás.

El caos inundo la mente del rubio. Imágenes sin orden aparente le desorientaron durante interminables minutos. Recuerdos de vida y muerte. Su mente grito y una escena apareció tenue y clara frente a él.

La suave luz de las lámparas de aceite inundaba la habitación en la calurosa noche. La mujer gritaba sobre la cama mientras sus manos buscaban anhelantes las sábanas que apretaban furiosamente en un vano intento de mitigar el dolor.

Una mujer de castaña melena se acercó a la joven para secarla el llanto. Cubrió su frente con una toalla húmeda y pasó la mano por la hinchada tripa. Ya faltaba poco, en unas horas todo acabaría. Las uñas de la joven se clavaron en la piel tostada de aquella que tanto la había cuidado, suplicando porque todo aquello parara. Sin embargo, el ciclo de la vida había vuelto a comenzar y solo los dioses sabrían cuánto costaría para una primeriza.

Tres mujeres entraron en la habitación con toallas y agua caliente, sonriendo amablemente a la parturienta. Con la serenidad que da la experiencia la más mayor ayudo a la muchacha a relajarse, una infusión de hierbas calmo los constantes dolores.

Durante casi dos horas la joven dio pequeños gritos esporádicos y golpeó el futón. Las sabanas se tiñeron de color bermellón cuando un terrible grito escapó de su garganta. El parto había comenzado. Un hombre de negros cabellos paseaba en el pasillo como una fiera enjaulada. Sus ojos amatistas se clavaron en la puerta que le separaba del suceso.

El alba llego y junto a ella el primer llanto de la esperada criatura. Su pequeño cuerpo manchado de sangre fue lavado con una bondad infinita por la mujer de cabello castaño mientras la comadrona atendía a la nueva madre. Con una sonrisa colocó al pequeño en los brazos de la cansada muchacha.

Quiso hablar para decirle que el sexo del bebe, pero calló al ver la sonrisa de la joven. Las frágiles manos de la parturienta recorrieron la sonrosada piel, las pequeñas manos, las puntiagudas orejas y la chata nariz. Las comadronas salieron del lugar y un hombre ocupo el espacio vació. Los ojos amatistas de los dos se retaron durante un breve espacio de tiempo. La sonrisa de la joven se volvió cínica al mostrar al pequeño recién nacido.

- Es un varón. - Espetó levantando el rostro altivo. - Contempla tu obra padre. - El hombre de cabello negro no la presto atención.

- Un niño. Un maravilloso niño con el que prevalezca nuestro apellido. - Dijo tratando de acercarse para acariciar a la frágil criatura. - ¿Por qué no estás feliz querida? - Pregunto extrañado. - Bueno supongo que también estabas así cuando tuviste a Ruka.

- ¡Estás loco! - Bufo rabiosa. - Yo soy Ruka. - Dijo a voz en grito. - Madre murió hace tiempo. Mírame, padre, soy tu hija. Mírame. - Suplico al borde del llanto. El hombre la abofeteo.

- Basta Sora no te consentiré esas estúpidas rabietas.

La escena cambió entre sueños, aunque no reconoció la estancia. Parecía un salón de corte clásico en el que una pareja discutía acaloradamente. La mujer gritaba furiosa mientras señalaba al hombre que suspiraba en la chimenea. Escondido tras una puerta corredera un pequeño de seis años miraba la escena sin comprender. Sus ojos amatistas lloraban en silencio por el miedo que producían los gritos. Hisoka le miro con ternura la imagen infantil de su compañero se alzaba ante él. Aunque pronto su atención regreso a la pareja.

- Si los otros niños no lo aceptan es tú culpa. - Le señaló. - Si le tiran piedras, es porque saben cómo fue concebido.

- Fue concebido por el amor. - Rugió el hombre.

- ¿Amor? Tú no sabes qué es eso. Despierta de una vez y mira a tu alrededor. Mírate. - Le señaló. - Nos has marcado a los tres, llevamos la vergüenza grabada en los ojos. El hombre miro al fuego y sus ojos amatistas resplandecieron. Hisoka sintió temblar su cuerpo al mirar aquel rostro tan parecido al de su hijo.

- No permitiré que Tsuzuki sufra por tu culpa. - La mano de la mujer se aferró al alfiler de pelo que sostenía su largo cabello. Avanzo en silencio dispuesta a clavarlo en la espalda del hombre.

- ¡Padre! - Advirtió el falsete del pequeño, pero la alarma llego tarde. La mujer había descargado el golpe que el hombre no trato de evadir. El niño salió de su escondite asustado y se arrojó sobre el cuerpo que yacía. Esos ojos violetas miraron con profundo odio a la joven antes de huir a su habitación.

Hisoka abrió los ojos, confuso. El sueño le había dejado desorientado y con un amargo sabor de boca. Había visto como acababan los recuerdos de la mujer y eso aún le perturbaba. Al cumplir los veintiún años el shinigami había tomado control de las posesiones de su padre y había vengado su muerte delatando a su asesina. Ruka hija del conde Tsuzuki había sido condenada a una muerte privada permitiéndola quitarse la vida personalmente. Cinco años de no vida después Tsuzuki la había seguido.

El roce de una mano en su mejilla le hizo recobrar su propia mente. Se levanto con pesadez de una cama donde no se había acostado. A su derecha Tsuzuki comía con entusiasmo los bombones que Saya y Yuma le habían traído. Se sentó con las piernas colgando y de un pequeño paso sus pies llegaron al frío suelo. No hubo tiempo para reaccionar el pequeño se arrojó feliz a los brazos del hombre y le dio un suave beso en los labios dejándole sin palabras.

- Vuelvo en un momento. - Sonrojado Asato no pidió explicaciones. Las muchachas gritaron eufóricas mientras el secretario las hacía callar.

El adolescente de cabello rubio salió camino con tranquilidad disfrutando del frío contacto de los azulejos, aunque no se molestó en calzarse cuando salió al jardín. Los guantes del Conde flotaban cerca del árbol de Sakura más alto. Hisoka se colocó a su lado llamando su atención.

- Conde. - La invisible figura se giró e hizo una reverencia. -No le di las gracias por salvarme la vida.

- No es necesario. - Su voz fingía una felicidad que no sentía. - Era necesario. Quiero decir que eres parte de esta familia y por eso era necesario que volvieras. - Hisoka acorto las distancias y levanto las manos para atrapar con delicadeza el antifaz de plata. El rostro sorprendido del hombre quedo expuesto.

- Realmente os parecéis. - Dijo con una sonrisa.

- ¿Te lo dijo ella? - Hisoka hizo una mueca que no pudo descifrar.

- Digamos que me mostró sus recuerdos.

- ¿Y quieres ver los míos para comparar? - El chico negó con la cabeza.

- Ya lo hice. - Le sonrió. - Sigue doliéndole, se siente culpable. Por eso acepto ser el guardián de la casa de las velas. Quería seguir cuidándoles, por eso Tsuzuki tardo más de cinco años en morir. Usted se lo impedía. - El hombre le miro sorprendido.

- ¿Cómo lo…?

- No sabía lo que hacía cuando violó a Ruka y creo que realmente nunca lo supo hasta que murió. Cuando llego aquí se dio cuenta de todo y el remordimiento le impidió cruzar al otro lado. Por eso acepto ese trabajo que nadie más quería. Necesitaba redimirse.

- Pero no funcionó. - Cansado se apoyó contra el árbol. - Cuando logré el puesto Ruka ya había fallecido; así que hice todo lo posible para cuidar de Tsuzuki. Por mi culpa, ha odiado a su hermana durante toda su vida. No puedo decirle la verdad.

- No pienso entrometerme en eso. Solo quería decirle algo que creo merece saber. - El hombre le miro con curiosidad. - Cuando Ruka me mostró su pasado también me mostró otros sentimientos. Creo que no era consciente de ello. Pensaba en usted.

- Me odiaba. - Negó con la cabeza.

- Sí y no. Nunca pudo perdonarle lo que la hizo, pero tampoco pudo perdonarse a sí misma por matarle. Cuando empezó esta lucha ella ya sabía el resultado. Y no se equivocó. Solo quería que todo acabara para poder descansar, pero necesitaba volverle a ver una vez más. No podía odiarle todo lo que le gustaría y eso la hacía sentirse peor.

- Hisoka…- Una lágrima había descendido por su mejilla. - ¿Por qué me cuentas esto?

- Porque se merece saber la verdad. Usted no tuvo nada que ver con lo que sucedió allí, no fue su decisión sino la suya. Podía haberle contado la verdad a Tsuzuki pero prefirió callar. – Hisoka le dio la espalda para coger una flor de cerezo caída unos pasos más adelante. - ¿Cree qué renacerá?

- Eso espero. - Sonrió.

Pasaron dos días hasta que Tsuzuki recibió el alta y para celebrarlo se marcharon a una cafetería. Hisoka pidió un café solo con hielo y su compañero un chocolate con nata montada con confites de colores esparcidos por encima y dos trozos de tarta, una de cerezas y un bizcocho de limón.

- Va a darte un empachó. - Tsuzuki le miro con los ojos llorosos y el rubio no puedo evitar reír. Parecían lejanos aquellos días en que habían estado separados, aunque eran muchos los cambios que se habían producido en poco tiempo.

Desvió la mirada por el cristal del bar y sonrió al ver a una pareja caminando por la acera de enfrente. El doctor Muraki caminaba con un adolescente que era su vivo retrato, aunque tenía el cabello negro. El joven reía y el médico también, como había sucedido aquello aún era un misterio para todos los que los conocían. Pero milagro o no la realidad era sencilla y gratificante el peli plateado se había unido a ellos solo para estar cerca del muchacho.

Sin pensar se llevó la mano hasta la cadena plateada que colgaba de su cuello. Una preciosa alianza de oro blanco se balanceaba en ella y la sonrisa volvió a iluminar su rostro cuando su prometido le miro sin entender.

- Te quiero. - Dijo con total naturalidad y el otro casi se atraganto. Con rapidez se levantó y se hizo con el trozo de pastel de limón que Tsuzuki iba a comerse. Asato le miro sorprendido y luego le devolvió la sonrisa besándole. Ahora todo iría bien estaba seguro de ello.

Lejos de allí un hombre colocaba su antifaz sobre la mesa del escritorio y se mesaba las sienes. Frente a él los retratos de una niña de doce años y un niño de seis le miraban risueños, había sido realizado solo con sus explicaciones y el resultado había sido el mejor. Simbolizaban una realidad que debió haber sido y que sí años antes significaban dolor ahora le daban una nueva alegría a la estancia. Tras él una vela se ilumino y el no pudo evitar sonreír el ciclo de la vida volvía empezar.

(Gracias por leer. Este fic lo subí hace mucho tiempo en otra página y al reencontrarlo en el ordenador decidí subirlo aquí también, por esta razón, aunque son varios capítulos he preferido subirlo todo en uno solo bloque.)