Los personajes de She-ra y las princesas del poder no son de mi propiedad.

– 4 –

Hubiera esperado que fuera difícil, pero me alegraba el equivocarme. Mi relación con Catra iba mejorando, quizá hasta sanando.

Era fácil cuando tenía el control de mis tiempos. Mis horarios en la escuela eran variados, pero de alguna forma los mantenía a raya y constantes. Era cuestión de despertar, darme una ducha rápida con agua tibia, preparar el desayuno mientras de fondo, algunos días, escuchaba los pasos lentos de mi compañera que se despertaba con la modorra y se tardaba en el baño lo que necesitara para espabilar y salir rejuvenecida de ahí.

Los primeros días intenté esperarla, pero terminé llegando tarde a mis clases y eso no me lo podía permitir con la beca. Al final, a veces optaba por solo verla salir del baño, con renovadas energías, para despedirme de ella y anunciarle que le había dejado preparado el desayuno.

Asistía a mis clases, tomaba apuntes, hacia las preguntas necesarias para alimentar mi cabeza, tomaba un descanso para almorzar, platicaba con mis amigos, quedaba de verme con Bow y con Glimmer, regresaba a clases, después iba al club de Judo, entrenábamos por 2 horas, me iba a las regaderas y salía para encontrarme con mis amigos nuevamente. Al regresar a casa a veces estaba Catra, sabia cuando ella estaba porque el departamento olía a ella y se sentía cálido. Cuando aún no regresaba, se sentía frio. Nunca lo había percibido de esa forma cuando vivía sola.

En aquel tiempo procuré no ser sobreprotectora con Catra. No le pedí sus horarios, ni tampoco le proponía vernos entre clases. Cuando no estaba en casa suponía que había salido a conocer la ciudad o con sus compañeros de clases. Cuando estaba en casa, mantenía la puerta de su habitación cerrada, por lo que suponía que hacía tarea o descansaba. Por las noches salía y cenábamos juntas, hablábamos de banalidades, de cómo nos iba en el día, de cómo eran nuestras clases, nuestros compañeros y un largo etcétera.

Fuera mucho o poco –inclinado más a la segunda opción comparándolo con antes–, me era suficiente.

De verdad pensaba que todo iba bien.

Hasta que aquel día, en vez de ver a mis dos amigos al finalizar mi entrenamiento de Judo, solo vi a Bow. Él me dijo que Glimmer se había quedado de ver con Catra, no supe por qué, pero supuse que era para lo del trabajo y aquella noche, no se resolvieron mis dudas. De hecho, salí con mi compañera de cuarto a hacer la despensa y Catra no mencionó nada sobre su salida.

La semana que siguió a aquella, Catra empezó a regresar tarde al departamento. Y uno de esos días, en los que era lo suficientemente tarde como para preocuparme, le mandé mensaje. Evidentemente, no me contestó, por lo que tuve que verme en la necesidad de marcarle. A la tercera llamada, ella me respondió.

Al escuchar su voz del otro lado, me arrepentí de lo que había hecho y, sintiéndome estúpida, empecé con un discurso barato.

– Hola, Catra, ehm, verás, yo estaba en casa y tú –carraspeé–… pues tardabas en regresar, empieza a oscurecer y yo… –de fondo escuché otras voces.

– Permíteme –me dijo, tapando la bocina, pude escuchar su voz distorsionada y a bajo volumen, casi lejana, la escuché desplazarse y entonces volvió el sonido–. Me decías que tú, ¿qué?

– ¿Dónde estás?

Empezó a reírse.

– En el trabajo, torpe.

– ¿Trabajo?

De repente su risa cesó.

– Mhm, ¿No te comentó Glimmer? Creí que sería lo primero que haría al regresar el viernes pasado.

– Ahm, no.

– Pensé que eran de esas amigas que se contaban todo –volvió a reírse–. Supuse que lo sabías, lo del trabajo.

– Pues no…

Un silencio y una voz ajena que en la bocina de mi celular llegó. Fue audible que alguien más le hablaba.

– Adora, tengo que colgar. No puedo estar en el móvil en el trabajo. Llego en la noche, ¿vale?

– Esta bien, cuid…

Antes de que siquiera pudiera terminar la frase, me colgó.

Evidentemente, en cuestión de segundos y con el corazón latiéndome con fuerza, a la siguiente persona a la que llamé, sin pensarlo dos veces, fue a Glimmer. Ella no tardó en contestar.

– Hola, Adora, ¿sucede algo?

– Claro que sucede algo –espeté ligeramente alterada– ¿Por qué no me dijiste que Catra ya tenía trabajo?

– Pensé que ella te lo diría.

– Pues ella pensó que tú me lo dirías –hice énfasis en el –, pero parece que no soy digna de confianza para nadie.

– No seas melodramática, Adora.

– Da igual –suspiré–. ¿En que está trabajando?

Glimmer se quedó en silencio y temí lo peor, porque sus silencios siempre significaban algo desagradable.

– ¿Glimmer? –insistí.

– Lo siento, Adora, estaba leyendo un artículo para un trabajo

– ¿Dónde está trabajando? –volví a preguntar ignorando su anterior comentario.

– En la tienda de instrumentos.

– Oh… –hice memoria de los lugares que manejaban los padres de Glimmer y en mi cabeza algo hizo click de manera alarmante–. Espera… ¡ese lugar queda lejísimos!

– Eso le dije.

– Entonces, ¿por qué eligió aquel lugar?

– No lo sé Adora, solo la llevé a donde quiso.

– Pero Glimmer.

– Adora –ella me interrumpió y en su tono de voz se escuchaba cierto hartazgo, por lo que permanecí en silencio–. Tengo mucho trabajo pendiente para la escuela. De verdad lamento que tu vínculo de confianza con Catra no sea el mejor, pero pregúntale sus razones a ella. Tengo que colgar.

Y por segunda ocasión, me colgaron. Sabía que Glimmer podía ser medio hosca cuando estaba estresada y bajo mucha presión por pendientes que tenía. La mayor parte del tiempo era una persona dulce y amistosa, nada presumida para ser la hija de los Moonstone. Sin embargo, a veces podía soltar comentarios hirientes, no era la primera vez que lo hacía, por ello alguna vez mi relación con ella se vio en peligro, por suerte ambas teníamos a Bow. Sin embargo, aquellas palabras me habían dolido más de lo que hubiera esperado.

¿Acaso mi relación con Catra era así de mala y ni lo había notado? Hablábamos bastante. Quizá era yo quien más lo hacía. Tal vez, solo tal vez, era yo la única que realmente lo hacía. Desde el inicio.

Pero ahorita no era el momento de pensar en eso porque lo más alarmante era su lugar de trabajo. Conocía la tienda de discos, claro que la conocía. Estaba escondida en un pequeño barrio remoto que tenía entendido era el lugar de nacimiento del padre de Glimmer, Micah. Cuando se casó con Angella, tomó su apellido y ella, como regalo de bodas le dio la tienda de instrumentos de la cual él estaba enamorado. Absurdos los regalos que se hacen los ricos, ¿no?

El barrio no era peligroso, estaba más bien como despoblado y lleno de personas retiradas que se negaban a dejar sus tierras por puro amor, pero quedaba lejos, no tan lejos como la casa de Catra, pero sí lejos y si algún día salía tarde, estaría vagando por calles desconocidas muy entrada la noche y eso no me agradaba ni un poco.

Traté de hacer mis actividades del día, preparar la comida, comer, hacer mis tareas, ejercitarme un poco, hasta que escuché la puerta de la entrada. En ese momento, giré mi rostro, ignorando la televisión que realmente no estaba viendo, solo la prendí para hacer ruido en mi cabeza. Y ella entró, con una extraña sonrisa que al verme sentada en el sillón se desvaneció.

– Hey –la saludé sentada y ella solo asintió con la cabeza–, ¿Qué tal el trabajo en la tienda de instrumentos?

Ella dejó su mochila en el sillón individual que estaba en la sala, se dirigió a la cocina y tomó una fruta. Al salir, me miró con una ceja alzada y una sonrisa socarrona.

– ¿Te acordaste? –vi como mordía la manzana y vislumbre sus perfectos colmillos.

– Sí, algo así –me llevé una mano a la nuca y me sobé–. Entonces… ¿fue un buen día?

– No –soltó una carcajada, se limpió una lagrima que empezó a salir por su ojo izquierdo y guardó silencio de repente–, siempre pasan cosas muy extrañas en el trabajo, pero creo que puedo acostumbrarme a ello. Es… entretenido.

– ¿Como qué? –pregunte con genuina curiosidad y empezaba a sentir que se desvanecía el peso que sentía en el pecho.

Sin embargo, Catra me miró aun de pie, desde arriba, con una mirada indescifrable, volvió a morder la manzana, esta vez me pareció que con más fuerza, pero quizá haya sido mi imaginación. Masticó y tragó el bocado.

– No tienen importancia –giró sobre sus talones y se encaminó a la cocina.

La vi desde mi asiento como tiraba el corazón de la manzana al cesto de la basura y después procedió a servirse un vaso con agua, la vi tomar con premura y limpiarse la comisura de los labios. Luego regresó a la sala de estar, pero no se acercó a mí.

– Buenas noches, Adora.

Ni siquiera me miró.

Fue directamente a su cuarto.

Esa noche no dormí muy bien.

Era evidente que mi relación con Catra no era tan buena como pensaba. No esperaba que fuera igual que antes, pero ahora no era ni siquiera la sombra de ese pasado.

Los días consecuentes los dediqué a seguir a raja tabla mi rutina, me levantaba, preparaba el desayuno, me despedía de Catra, asistía a mis clases, iba al club de judo, al finalizar ayudaba a mi entrenadora a dejar limpio el lugar, regresaba a casa, hacía de comer y me alimentaba, hacia mis deberes, me ejercitaba un poco, me duchaba y luego me preparaba para dormir.

Catra solía llegar tarde, pero había días en los que llegaba más temprano de lo acostumbrado y supuse eran sus días de descanso. Cuando yo salía los fines de semana con Bow y Glimmer, ella se quedaba a descansar, aunque la invitaba a ir con nosotros. Los domingos se iba al trabajo.

Hablábamos muy poco, cosas banas y sin importancia, superfluas y regularmente eran conversaciones muy cortas. Pero cuando ella se retiraba o yo lo hacía, empezaba a sentirme abrumada por todo. Hasta que un día, cansada de aquello, intenté acercarme a ella.

– Oye, Catra –empecé, ligeramente nerviosa–, ¿Qué me dices si hacemos algo tú y yo? Como en los viejos tiempos.

La escuché bufar de forma burlona.

– ¿Qué haremos? ¿Jugar Mario Bros hasta las 10 de la noche? –volvió a reírse–. No, no… inventarnos historias de terror sobre la universidad.

– No… –fruncí las cejas y agradecí que estuviera lavando los trastes y dándole la espalda–, estaba pensando en algo más simple, como ver una película en la noche y desvelarnos un poco.

– ¿Solberg, vas a romper tu rutina?

Casi podía asegurar que Catra portaba una cara de fingida sorpresa porque seguía con una tenue risa.

– Siempre lo he hecho por ti –y como si hubiera pisado terreno minado ella guardó silencio.

Me sequé las manos y giré mi cuerpo para encararla. Ella observaba la mesa como si en la madera estuviera un secreto, el más interesante del mundo. Vi en su rostro asomarse una sonrisa y por un momento pensé que había ganado.

– Ya no somos unas niñas, Adora –se levantó, se dirigió a la salida de la cocina, se detuvo con la mano en la pared y agregó sin voltear–, mejor sal con tus amigos. Gracias por la cena.

Sentí una punzada en el pecho, cuyo dolor fue rápidamente remplazado por una oleada de coraje que invadió todo mi cuerpo y me obligó a ir tras ella. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta de su habitación, la detuve con mi mano y ella me miró sorprendida.

– ¿Por qué haces esto más difícil, Catra?

– ¿A qué te refieres?

– Yo lo estoy intentando.

– Intentando, ¿qué? –la vi fruncir el ceño.

– Esto –agregué, señalándome a mi primero y luego a ella con ambas manos–, lo nuestro, recuperar nuestra amistad.

Ella abrió los ojos momentáneamente y volví a ver con claridad mi reflejo en sus iris. Aquello me sorprendió, el verme en ellos, porque no lo había hecho. No había notado que Catra casi no me miraba a los ojos. Y de repente, su expresión se endureció y vi el dolor en su rostro.

– Pues no lo estás haciendo muy bien. Madura, Solberg –y me empujó para poder cerrar su puerta en mi cara.

Escuché el pestill, y el rechinido de las patas de su cama arrastrándose en el suelo. Seguramente se había dejado caer como cuando era pequeña o simplemente de coraje se había aventado al colchón. cerré mis manos en puños, me fui a mi cuarto, azoté la puerta –cosa rara, puesto que dormía con la puerta abierta, porque una vez me pegué cuando intenté ir al baño en la madrugada– y me acosté en la cama.

La única que estaba siendo inmadura aquí, era ella.

Al día siguiente todo fue de mal en peor. Quemé mi desayuno de lo cansada que estaba, me dormí entre clases, se había terminado uno de mis ingredientes favoritos para la ensalada que comía en la Universidad y lo único que ansiaba era entrar al club de judo y sacar un poco del estrés que llevaba dentro.

Al entrar al auditorio donde practicábamos, ahí estaba nuestra entrenadora Huntara y me saludó con la mano. Siempre era la primera en llegar al club, así que siempre le ayudaba a poner los tatamis y todo el equipo que fuéramos a utilizar mientras mis otros compañeros iban llegando espaciadamente. Después iba a los vestuarios, me ponía el judogi, mi cinturón y salía para empezar la práctica de aquel día.

Lo que me gustaba del judo –y de las artes marciales en general– era que no solo se enfocaban en el entrenamiento físico, sino en el desarrollo mental y emocional. Desde pequeña mi madre me había metido a toda clase de actividades, en parte porque era muy hiperactiva y por otro lado para no tener que cuidarme todo el día. No obstante, aquello me sirvió para apropiarme de la disciplina y aplicarlo en todos los ámbitos de mi vida.

En el club de judo también teníamos rutinas. Empezábamos con estiramientos, algunos movimientos de calentamiento, practicábamos las caídas de forma individual, luego con parejas. Huntara procuraba cambiarnos de pareja cada día y así poder trabajar con diferentes estaturas y pesos. Una vez establecidas las parejas empezábamos con el verdadero entrenamiento, inmovilizaciones, estrangulaciones y proyecciones.

Dependiendo de que tan avanzado era nuestro compañero, era la intensidad del entrenamiento. Todo consistía en el equilibrio y en utilizar la fuerza de nuestro contrincante en su contra para derribarlo. Quien fuera que se cayera, se levantaba y volvíamos a empezar. Si eras un alumno mas experimentado, tenias que aleccionar a tu compañero.

Mi compañero de aquel día era un principiante, así que mi día sería tranquilo.

No es por alardear, pero era buena en el judo. Por esa razón el año pasado fui competidora en un evento que se realizó en Salineas, iba con unos compañeros del club, pero Glimmer y Bow fueron a verme competir. Ese día conocimos a Mermista y su novio Sea Hawk, con quienes salimos y pasamos la noche en la playa privada del hotel en el que se hospedaban mis amigos. Aquella noche pensé en Catra.

Empezamos con las caídas en pareja, le enseñé a usar mi fuerza para derribarme, aprendió rápido. Asimismo, repasamos como debía él caer para no lastimarse. Lo logramos. Sí, el trabajo era más sencillo cuando el otro estaba dispuesto a aprender.

No como la gente testaruda…

Posteriormente le mostré el modo en que funcionaban las inmovilizaciones. Que lado del cuerpo debía tomar, en que forma y como debía estar la postura de su cuerpo para poder lograrlo. Aquello fue más tardado, pero sus resultados fueron satisfactorios. Lo vi sonreír con cierto orgullo.

Justo así me sonreía Catra cuando me ganaba en algo, aunque hiciera trampa, desde que éramos pequeñas. Mirándome desde adelante o arriba, ladeando la cabeza y mostrándome sus filosos colmillos, mientras con una rasposa risa me decía que era demasiado lenta.

Lo último que veríamos aquel día serian las estrangulaciones. Cada una debía hacerse con sumo cuidado, sobre todo cuando se trataba de alumnos que iniciaban. Así que le explique en que puntos iba a ejercer presión. Unas palmaditas en mi brazo me alertarían de que estaba empezando a sobre pasarme.

Tengo que admitirlo, extraño a Catra.

Pasé mi brazo izquierdo por debajo de su axila izquierda, el derecho lo posicioné en su cuello y ejercí presión con las solapas de su judogi. Ahora debía hacer presión con los brazos.

Todo sería más fácil si solo Catra pusiera de su parte.

– Solberg…

Pero ella es tan testadura.

– Solber, suéltalo…

Quizá esto no tenga remedio...

– ¡Solberg!

Escuché el grito atronador de mi entrenadora y en ese momento me di cuenta de que estaba asfixiando a mi compañero de entrenamiento, lo solté inmediatamente y me puse de pie. Lo vi hacerse bolita en el suelo mientras intentaba recuperar el aire, luego se recargó con sus rodilla y mansos, empezó a toser. Cuando vi que estaba estable, alcé la vista y vi que todos me miraban con asombro.

– A las bancas, quedas fuera de los entrenamientos por una semana, pero no puedes faltar a las clases, entendiste ¿Solberg?

Sentí a mi mandíbula endurecerse y haciendo la respectiva reverencia, solté.

– Sí, maestro –y fui a sentarme.

Me quedé sentada lo que resto del entrenamiento, me sentía muy culpable de lo que había sucedido y lo único que hacía era mirar mis pies desnudos pisando la madera lacada del suelo.

– Adora –alcancé a oír una suave voz, sabia a quién pertenecía.

Al alzar el rostro, lo vi sentado en las gradas, tenía una tableta en las manos que procedió a guardarla en cuanto lo vi.

– Bow –lo saludé con genuina alegría–. ¿Y Glimmer?

– Estudiando para los exámenes en la biblioteca.

– ¡Solberg, pon atención al entrenamiento, no estás descansando!

– Sí, maestro –cuando vi a Huntara regresar su vista al frente, giré a ver a Bow quien me miró con una sonrisa solicita y con un gesto le dije, sin necesidad de palabras, que después del entrenamiento podríamos hablar.

Y así fue, terminó el entrenamiento y cuando salí de las duchas, ahí estaba mi amigo, esperándome en el auditorio.

– Vi eso, ¿qué te pasó? Eres la mejor alumna de Huntara.

– Lo sé, lo sé –agregué, suspirando con resignación–. Supongo que todo el asunto con Catra me tiene mal.

– ¿Lo del trabajo?

– En parte –seguimos caminando en dirección a la biblioteca, para ir por Glimmer–. He intentado acercarme a ella y no me deja.

– ¿Cuándo te ha dejado acercarte a ella? –escuché a Bow reírse–, lo poco que recuerdo que nos contabas, simplemente lo hacías, invadías su espacio personal.

– Bueno, era una niña…

– Pues quizá solo debas volver a hacerlo –mi amigo se encogió de hombros.

Nos detuvimos y lo miré a los ojos momentáneamente. Suspiré y tomándolo por uno de sus hombros, pregunté.

– ¿Por qué me duele tanto?

– Porque es tu mejor amiga, te ha lastimado y la has lastimado –Sentí su mano darme unas palmaditas en la espalda.

– Supongo…

Yo sabía que aquello era una verdad a medias, porque, así como con Catra, con Glimmer había tenido discusiones y nos habíamos hecho daño, pero ella no me dolió con la misma intensidad con que me dolía Catra.

Ese día, con aquella mirada que Bow y Glimmer compartían, entendieron que necesitaba distraerme, así fue como me llevaron a pasar el día fuera de casa y lo agradecí profundamente. Cuando regresé a casa me di permiso de no hacer ejercicio y procedí a sentarme en mi escritorio para hacer mis tareas de la escuela.

Estaba tan concentrada en ello, con los audífonos puestos que hasta que terminé. Me estiré, vi la hora, era demasiado tarde. Cuando me levantó para tomar un vaso de agua antes de irme a dormir. Vi a Catra en la puerta de mi habitación. Tampoco me había tocado verla ahí.

No sabía cuanto tiempo llevaba recargada en las jambas, pero me miraba. Me quedó de pie, inerte, por miedo a dar un paso en falso y que de repente cayera sobre mi algún maleficio. La escuché respirar fuertemente y haciendo un movimiento tieso con las manos, espetó.

– Yo… lo siento –su vista viajó a todos lados mientras lo decía, pero regresó sus iris a los míos y me sonrió lánguidamente–. La película… suena a un buen plan. Descansa, Adora.

Y giró sobre sí. La vi desaparecer en la oscuridad del pasillo.

Yo solo sonreí.

N/A:

Regresé :3

Quiero que sepan que, como con casi todas mis historias, está inspirada en michas canciones, pronto sabrán cuales porque pienso agregarlas en alguna lista y en los títulos de los capítulos.

En fin…

¿Cuáles van siendo sus impresiones?

¿Por qué Catra cambio de parecer?

En el siguiente capítulo lo sabrán uwu

A modo de respuesta para Mondkatze: No hay poderes ni chica gato u.u

¡Hasta la próxima!