¡Buenas! Esto se tardó más de lo que pensé, pero por fin llegó acá.
Vi que en el capítulo anterior dije "contradecido". Es contradicho, así que... eso.
Por cierto, por las reviews:
A64 Viewer: sí, Wendy falta en la misión de los 100 años, pero ya aparecerá!
Maximum Rhapsody: serán solo Fairy Tail y Bolu no Hero en este fic.
YusdeFT: gracias! Espero que este capítulo también te guste!
Nada me pertenece excepto esta historia.
¡Disfruten!
Capítulo II
Búsquedas.
Vuelve...
La voz llegaba apenas como un suspiro, casi inaudible en todo ese fondo negro.
Rápido, Erza... debes volver.
Parecía alejarse cada vez más, como un visitante nocturno que pasa rápido y se va sin despedirse.
Ahora.
Erza despertó, algo agitada. Miró a sus compañeros: Natsu y Grey todavía dormían. El bulto que debería ser Lucy, por otro lado, se encontraba vacío. Miró en derredor, intentando calmarse. ¿Qué había sido eso?
Se quedó unos minutos en la misma posición. Era de madrugada, y todo tenía ese tinte grisáceo previo a la salida del sol. La fogata era solo restos de cenizas. Cuando sintió a su corazón algo más calmado, se levantó, caminando sin rumbo específico. Se adentró en el bosque, moviendo algunas ramas, pisando algunas raíces. El lugar estaba tranquilo, y algunos pájaros ya empezaban a cantar.
Oyó, de pronto, un cuchicheo bajo. Las voces le resultaban conocidas, y siguió el rumor, que se hizo cada vez más alto.
Alcanzó un pequeño claro con algunos troncos caídos, y vio a Lucy y a Leo sentados, uno junto a la otra, hablando por lo bajo.
—Lo que dices es...
Lucy se interrumpió al sentir que alguien les observaba. Hizo contacto visual con su amiga, ambas con expresión seria.
—¿Qué es lo que decía? —preguntó Erza, acercándose a los otros dos. Se sentó junto a ellos, formando una diminuta ronda de tres personas.
—Hablábamos de anoche —mencionó Lucy, y con ese comentario creyó poner al día a su amiga. La pelirroja asintió.
—Investigamos algunas cosas con Virgo en este tiempo —dijo Leo, mirando a una y a otra—. Resulta que lo que sea que estaba ahí, se esforzó en no dejar rastros mágicos de ningún tipo.
—Así que... sabía lo que hacía —acotó Erza, pensativa.
—Exacto —confirmó Lucy—. Y no solo eso...
La rubia hizo un gesto a Leo, como pidiéndole que continuara.
—Lo más extraño de todo es el lugar —dijo él.
—¿El lugar? —preguntó Erza.
En respuesta, Leo se levantó de su lugar. Sin decir nada, se puso a mover algunos de los troncos que había allí. Despejaba toda el área del claro mientras Erza y Lucy lo miraban.
Leo nunca había sido genial con las explicaciones. No entendía demasiado del Mundo Espiritual él mismo. Prefería dejar las cosas técnicas y los saberes arcanos a los miles de hermanos y hermanas que lo acompañaban desde siempre. Había sido por eso que, seguido de su descubrimiento, había tenido que recurrir a más de una persona para entender qué estaba sucediendo. Las respuestas las fue consiguiendo por retazos, teniendo que armar, en tan solo unas horas, una teoría que soportara contradicciones. Como para complicar todo, después de una rápida investigación había tenido que ir al mundo humano, para así aprovechar realmente el tiempo. Se sentía agotado. Sería este su último esfuerzo antes de volver a descansar.
El área le quedó impecable y, tomando un palo delgado, se puso a dibujar sobre la tierra. El esquema que había conseguido en su mente era sencillo: un gran círculo, con dos más pequeños dentro del mismo, uno a cada lado. En el centro, dos medios círculos con sus partes rectas mirando hacia afuera, hacia los círculos más pequeños. Rompiendo todo el esquema, una línea cruzando por la mitad todo, pasando justo entre los dos medio círculos dándose las espaldas.
Se detuvo, observando su creación. Sí, eso era más o menos lo que tenía hasta el momento.
Erza y Lucy miraban con interés y confusión a partes iguales. Cuando su amigo terminó de dibujar, lo observaron, esperando la explicación.
—Imaginen que este —Señaló uno de los círculos pequeños— es el mundo humano. El lugar donde estamos en este momento.
Se detuvo para respirar. Estaba realmente cansado.
—Esta mitad de acá, junto a él, es el Mundo Espiritual. Este no funciona como el mundo humano, como bien han podido ver. Eso es porque, en esencia, el Mundo Espiritual está incompleto. Su "otra mitad", por así decir, está acá —Señaló el medio círculo restante—. Esa parte es desconocida para todas las estrellas. Nadie jamás lo ha visitado y, de hecho, está separada del resto por un fino velo, una frontera —Ante eso, remarcó la línea que atravesaba todo el gran círculo.
Frenó sus palabras, mirando a sus amigas. Parecían estar procesando la información, aunque sin lugar a dudas se veían sorprendidas. Esperó unos segundos antes de seguir.
—Hasta ahí, información conocida por todos nosotros —dijo, y sonrió al ver a las dos haciendo muecas—. Bueno, por todos los Espíritus, al menos.
—¿Estás diciendo que este... este ser, pasó a esa parte invisible del Mundo Espiritual? —preguntó Erza, sus ojos brillando con entendimiento.
—Sí, y no —respondió Leo—. Si hubiera hecho eso, sus rastros serían fáciles de encontrar. Aunque no podamos ver la otra mitad de nuestro mundo, sí podemos detectarla. Pero tampoco vino hacia aquí, porque para eso debería pasar por nuestra mitad, y sería fácil de encontrar. Lo que me lleva... —Señaló el otro pequeño círculo— A esto.
Lucy lo miró a los ojos, sorprendida. Sí, entendía, con tan solo señalar ese otro círculo le quedaba todo más que claro. Erza, por su parte, hacía fuerza para asimilar todo lo dicho hasta el momento.
Ninguno de los tres habló de inmediato. Ninguno se movió. Leo quería esperar cierta señal de autorización antes de seguir. Sabía que para los humanos (más para aquellos que no tenían un constante contacto con el Mundo Espiritual) era difícil reconocer y entender cómo funcionaba su realidad. Por fin, Erza levantó la mirada del dibujo, y asintió despacio.
—Es una vieja teoría, y ya casi nadie cree que sea cierto —dijo Leo—. Pero existe una posibilidad, aunque remota, de que del otro lado de esa mitad invisible se encuentre un mundo, también invisible. Sería como el mundo humano para el Mundo Espiritual. Por todo lo que sabemos, podría incluso ser el mismo.
—¿Algo como Edolas? —cuestionó Erza.
—No exactamente. Edolas sigue siendo su mundo, aunque sea una dimensión paralela —explicó Leo—. En este mundo, existe Earth Land y existe Edolas. Este otro mundo podía tener cientos de partes, o miles. Podría tener una. Incluso, y de nuevo, podría no existir.
—¿Y qué es este gran círculo que cubre todo? —preguntó Lucy, señalando el dibujo.
—Ese sería nuestro problema —dijo Leo—. Y por eso espero estar equivocado.
Se escucharon pasos poco discretos en el bosque, y Natsu y Gray aparecieron en el claro, confusos.
—Deberíamos volver —dijo Erza, levantándose de su lugar y sacudiéndose las piernas— Loki, tendrás que venir con nosotros. Y ustedes —dijo girándose a los dos recién llegados en un tono ligeramente brusco—. Prepárense. Tendremos que estudiar.
Mirajane tomaba cerveza en silencio siempre que podía. Durante las noches de fiesta, solía mantenerse sobria para poder asistir al resto de sus compañeros (y poder llevar a Cana hasta su casa sin perderse). Pero siempre, en algún momento, le gustaba tomarse al menos un vaso.
Solía ser durante la tarde, el momento menos concurrido de todo el gremio. O bien haciendo una misión, o bien con una galopante resaca, todos estaban ocupados con distintos asuntos. Y entonces, la mujer se escapaba hasta la bodega llena de barriles, agarraba uno y, sirviéndose el espumante líquido en un vaso considerable, bebía.
No se consideraba alcohólica, y rara vez estaba borracha. Pero sus pies siempre dolían, al punto en el que ya apenas recordaba tener dedos, y, siempre que pudiera relajarse un rato o hacer algo además de pelear, trabajar, o dormir, mejor. Y ahí estaba, cómoda en el húmedo y algo frío sótano.
Acogedor, le llamaba ella. Privado. Personal. Ser la hermana mayor de otras dos personas hacía que esas palabras sonaran casi a un sueño.
Cerró los ojos, descansando la vista. Calmada, se dejó respirar más y más lento, sintiendo sus pulsaciones bajar, su corazón ir más y más lento. Sí, necesitaba un momento a solas.
—Veo que estás libre.
O no.
Abrió los ojos, sin disimular la molestia. Cana la miraba desde arriba de las escaleras, apoyada en el marco de la puerta, de brazos cruzados. Tenía una media sonrisa que a Mirajane le decía que ya estaba ebria.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Mirajane, entre irritada y preocupada.
—No —soltó Cana de forma casual, bajando las escaleras.
Eso molestó a Mirajane. Las interrupciones siempre eran molestas.
—¿Y entonces? —preguntó, con algo de veneno en la voz.
—¿No te parece que está demasiado frío para esta época del año? —preguntó la aludida, tocando el piso del sótano con los pies.
—Viniste hasta aquí solo por eso —Era un intermedio entre pregunta y acusación.
Cana no respondió, caminando hasta su interlocutora y arrebatándole el vaso para dar un trago profundo. Se lo devolvió.
Fin de la paz, pensó Mirajane resignada. Se levantó de su lugar y se acomodó el vestido. Sonrió.
—Sí, puede ser.
—No hagas eso —soltó Cana, de pronto enojada.
—¿Querer privacidad? —preguntó la otra, rompiendo su postura amable.
—No. Ser amigable cuando quieres golpearme.
Sí, y demasiado fuerte.
—No te golpearía Cana, ¿por qué haría eso?
Además de porque estás siendo insufrible.
—Sé que hay algo extraño sucediendo, y creo que tú sabes qué.
Eso la descolocó a Mirajane.
—El clima nunca se enfría así —prosiguió Cana—. El sol pega igual de caliente pero hay algo que te llega a los hueso, algo extraño.
La otra no contestó. Se quedó pensando. Sí, sería la mejor forma de describirlo. Frío. Eso era lo que se sentía tan mal. Días grises sin que haya nubes.
—Hablé con el Maestro —soltó por fin Mirajane—. Él cree que deberíamos estar atentos.
No intercambiaron más palabras. Se sentaron, una junto a la otra, a compartir el vaso de cerveza. Sin embargo, la reunión se sentía, para ambas, mucho más lúgubre que alegre.
Mina Ashido quería a sus amigos. Le gustaba pasar tiempo con ellos, darles regalos de tanto en tanto, molestarlos, saber sobre sus vidas amorosas. Todo lo que una amiga pudiera hacer, ella quería hacerlo. Por eso le había sacado el celular. No tenía ningún tipo de intención suicida, pero si viene alguien y te desafía a hacer lo que ella había hecho: ¿qué otra cosa podía hacerse?
—¿Quién fue? —Podía escuchar a Bakugou pasearse por el salón común, y podía oír el trazo de pequeñas bombas que iban estallando en sus manos— ¡¿Quién MIERDA fue?!
A su alrededor, parecía que había personas que intentaban calmarlo con sonrisas y gestos simpáticos.
Kirishima, seguro.
Ashido jamás entendería cómo hacían esos dos para pasar tanto tiempo juntos.
—Podría llamarte —sugirió el pelirrojo de pronto— Y verás cómo está en alguno de los sofás o incluso arriba.
Oh no. No, traidor, no. Kiri no. No no no no no nonono.
Y entre sus manos comenzó a sonar una canción pegadiza, y lo hizo fuerte. Demasiado fuerte.
Así fue como escuchó los pasos acercarse. El armario no era tan grande como para poder esconderse sin que la vieran. Había llegado su fin. Sería la última vez que hacía caso al idiota de Denki. Sí, la próxima vez lo mandaría a él a hacer esto. Mina Ashido quería a sus amigos. Pero empezaba a pensar que no era mutuo.
Y entonces se abrieron las puertas. Y vio a ese par de ojos rojos, fúricos, buscando alguna suerte de explicación. Y entonces, Mina hizo lo que cualquier gran persona haría en su lugar:
—¡Kamianri me desafió!
—¡NO!
La voz del rubio llegó hasta sus oídos, y fue dulce música para ella. La atención de Bakugou cambió de víctima, ahora a cierto joven detrás de él con una cara contorsionada por el pánico. Echó a correr, y el chico-bomba detrás de él. Mina sonrió, alegre por su victoria. Sabía que funcionaría, el intercambio de rehenes siempre le funcionaba. Por alguna razón, Bakugou prefería descargarse con Kaminari. Y conste que tenía cierta justificación: Kaminari Denki era el primero en la lista de hacer bromas a Bakugou Katsuki.
—Es tan hermosa la justicia poética —dijo Mina saliendo del armario. Kirishima estaba junto a ella, todavía algo confundido. El pelirrojo recibió el celular de su mejor amigo y lo guardó en su bolsillo. De fondo, llegaban los gritos de muerte de Bakugou y las súplicas de Kaminari.
—¡Deberías al menos vengarte con ella también! ¡Ella lo tenía!
—Asqueroso soplón —dijo Mina, dejándose caer en uno de los sofás del área común.
—¿No fuiste tú la primera en hacer eso? —preguntó Sero, con la risa contenida en la voz.
No había demasiadas personas a su alrededor. Era muy temprano para ser día libre, pero Bakugou los había llamado a ellos para hablar de algo, y nadie iba a decir que no a la primera (y quizá última) invitación activa y en estado de sobriedad que el rubio les había hecho.
Los correteos siguieron unos segundos más, hasta que Kaminari, quizá cansado, se detuvo en medio del área común y abrió los brazos, diciendo:
—Me rindo, me ganaste. Eres y siempre serás mejor que...
¡PAM!
Acto siguiente, Kaminari se hallaba en el suelo, tumbado por Bakugou.
—Los halagos ya no funcionan, idiota, ponte al día.
Dicho eso, caminó hasta donde el resto. Ashido, Sero, Kirishima y Jirou lo esperaban. Pasados unos momentos, Kaminari se levantó con la respiración algo entrecortada y se sentó junto con ellos.
—Entonces, chico —dijo Mina, queriendo parecer amable, esperando que fuera suficiente para no recibir venganza— ¿A qué debemos el placer?
—Como si eso fuera a librarte —dijo Bakugou.
Ups.
—Es probable que Aizawa mañana lo anuncie a todo el curso, pero asumo que nos contaron antes para hacer correr la noticia y que les impacte menos.
Y, dicho eso, relató los eventos de la noche anterior. Sus amigos se veían algo alterados mientras el relato avanzaba y, al final, estaban estupefactos.
—¿Otro mundo? —preguntó Sero, extrañado.
—¿Nos enviarán a nosotros? ¡Todavía somos estudiantes! —soltó Jirou, indignada.
—Así que por eso estabas sin dormir anoche, ¿verdad? —Kirishima parecía afectado por la noticia, aunque se notaba que era el más entero de los tres.
—Creo que lo hacen para arriesgarse menos.
Los cinco se quedaron mirándolo, con los ojos bien abiertos. El color se fue un poco de sus rostros, y Bakugou continuó ante su silencio:
—Seríamos héroes si lo resolviéramos, y conejillos de indias si fracasáramos. Creo que igual seríamos conejillos de indias —En su voz había enojo, pero, más que nada, tristeza. ¿De esto se trataba, al final? ¿Este era el mundo heróico que les esperaba?—. Creo que Midnight y Aizawa comprendieron eso, y por ello estaban tan reacios a darle el sí al director.
—No creo que el director nos enviaría a morir así como así —dijo Kaminari, aunque su tono era dubitativo.
—Aunque tiene sentido, si lo piensas —dijo Jirou—. Si no sabes cuál es el peligro, y es tan inminente todo, mejor asegurarte de que funciona antes de mandar tus verdaderas cartas.
Nadie contradijo eso. Nadie podía hacerlo. Fríamente, tenía sentido.
Nadie dijo nada por varios minutos. Se quedaron todos ahí, hasta que, uno a uno, se fueron levantando. Mientras tanto, algunos compañeros llegaron al área común. Por los ojos sombríos de unos pocos, la noticia ya había empezado a correr. Bakugou vio entrar a Midoriya hablando por lo bajo con Uraraka.
Tenían que hacer algo. Tenían que intentar salvarse, aunque fuera absurdo ir contra la voluntad de Nezu. Intercambió una mirada rápida con su rival y (medio) amigo y asintió.
Tal parecía que su día libre tendría que esperar un poco más.
All Might no era quien para discutir sobre decisiones imprudentes. Su vida se había basado, y aún se basaba, en tomar decisiones imprudentes. Por eso, siempre que alguien aparecía con una duda sobre su conducta, o una pregunta sobre si hacer tal o cual cosa, él jamás se decantaba por un sí o por un no. Siempre prefería hablar lo más vago posible, esperando que la otra persona alcanzara la respuesta por sí misma.
Por eso, cuando Bakugou Katsuki lo llamó por teléfono pidiéndole verlo con urgencia, dudó en ir. El rubio era un caso especial, y solía necesitar de cierta guía para alcanzar una respuesta que fuera distinta a "golpea hasta que se resuelva todo". Con el tiempo, su razonamiento había cavado nuevas fosas, y había llegado a lugares más complejos. Pero todavía era muy joven, y había ciertos momentos donde una voz con más experiencia tenía que darle una opinión al respecto.
Y All Might odiaba opinar al respecto. No porque no le interesara. Quería mucho a quienes en ese momento eran los de último año de U.A., pero confiaban demasiado en lo que tuviera para decir. Él no quería tener nada para decir. Nunca. Punto. Su trabajo era ser un héroe que combatiera incendios y asesinos, no depresiones y ansiedades. Para eso había otros héroes.
Y aun así, ahí estaba, en su oficina, mandándole un mensaje a Bakugou Katsuki para que supiera que ya podía ir y hablar con él. El rubio respondió que llegaría de inmediato, pero olvidó mencionar que iba acompañado. Por eso All Might se sorprendió cuando no solo entró quein él esperaba, sino también Midoriya Izuku. Ambos tenían una mirada feroz, sus hombros tensos.
Esto no está bien...
—All Might —empezó Bakugou, sin siquiera saludarlo— ¿Sabes que eres el héroe de nuestra infancia?
—Sí —respondió el hombre, confundido. ¿Iban a elogiarlo? ¿Sería esto una fiesta sorpresa? Oh, podría ser una fiesta sorpresa.
Con algo de suerte podría salvarse de hablar.
—Eso significa que nunca harías nada que a nosotros pudiera significarnos un mal, ¿no?
All Might detectó en la voz de Midoriya algo de inseguridad. La ira del joven parecía calmada por la duda, mientras que la de Bakugou era solo furia.
—Por supuesto que no —respondió All Might con rapidez, moviendo los brazos en gesto apaciguador.
El ambiente se cargó de cierta tensión. El héroe retirado no sabía qué esperar de dos de los estudiantes más brillantes que la escuela tenía para ofrecer. Su amistad había sido algo impredecible, como casi todos los planes que juntos habían llevado a cabo desde que hicieran las paces. Sentado en su silla, detrás de su escritorio, All Might empezó a calcular. Pensó en las posibilidades de lo que podría llegar a sucederle. Quizá llorarían por algún problema, o se quejarían por alguna nota. Aunque jamás se pondrían a llorar estando juntos, y sus notas no eran problema. Además, no lo llamarían si no fuera algo realmente urgente, y esas dos cosas podrían resolverse en el horario de clase. O incluso descargándose con amigos. Quizá querían preguntar por algún tipo de intercambio o de trabajo dentro de una agencia. Eran jóvenes que siempre se preoc...
—¿Sabes del plan de Nezu? —preguntó Bakugou, voz fría y cortante.
Eso lo dejó perplejo.
—¿Plan?
—Te dije, Kacchan, no sabe nada —soltó Midoriya, y su tono se notaba tanto más relajado que antes.
—Primero —escupió Bakugou— no soy Kacchan.
Izuku bufó, pero no dijo nada más.
—Segundo —continuó el rubio, las palabras saliendo cada vez más rápido—, ¿me estás diciendo que el héroe número uno, el símbolo de la paz, profesor de este lugar, no sabía nada de la misión que ya nos fue comunicada?
—Bakugou —dijo All Might, preocupado— ¿De qué misión hablas?
Y habrá sido el tono de voz del mayor, o sus ojos confundidos, o su postura de preocupación, pero Bakugou pareció repensar todo en un instante. Se quedó perplejo, atónito, contemplando un punto fijo y sin pronunciar ni siquiera un sonido. Por un momento, All Might pensó que quizá le habría dado algo, hasta que habló:
—Necesitamos tu ayuda.
Y se sentaron a hablar. Los dos jóvenes pusieron al héroe al tanto de todo lo que había sucedido, contándole cómo sus otros dos profesores habían hecho lo posible por impedir el plan del director. Aún así, tal parecía que nada había cambiado. No podían estar seguros, y eso los aterraba. All Might podía ver detrás de sus palabras duras y sus frustraciones: estaban asustados. Al final del día, eran jóvenes. Aún no habían salido de la escuela y, aunque hubieran tenido que enfrentarse a situaciones complicadas y sumamente peligrosas, no estaban listos para todos los problemas que el mundo tenía para ofrecerles. Y, sobre todo, no estaban listos para una actuación semejante.
—Entiendo ahora por qué no sabía nada —dijo All Might, pensativo—. Nezu sabe que yo me negaría y que sin mí perdería casi cualquier tipo de apoyo que pudiera conseguir. Y sabe que jamás podría apoyar lo que dice.
Los adolescentes seguían el pensamiento de su mentor paso a paso, mientras intentaban calcular algún plan de acción.
Pasaron minutos, pasaron horas, y la luz del sol ya se sentía diferente. Y entonces, el héroe se levantó de su asiento, sus irises brillando con ilusión. Golpeó el escritorio con ambas palmas, y, victorioso, exclamó:
—¡Ya sé que podemos hacer!
Caminó hasta la puerta de su estudio y la abrió con fuerza, cosa que lo llevó a toser hasta que la garganta le doliera. Para cuando se hubo calmado, sus alumnos ya estaban junto a él, Midoriya palmeándole la espalda y Bakugou de brazos cruzados.
—Necesitaremos a todos sus compañeros para esto —dijo All Might, y los tres abandonaron el pequeño recinto, en busca del resto de la clase.
Espero que la próxima entrega no se demore tanto. Intentaré que no suceda.
Estoy seguro que más de un error se me pasó acá, así que disculpas adelantadas por cualquier dedazo.
¡Saludos!
