Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada, Chimaki Kuori y Toei Animation.
El timbre del teléfono lo despertó.
El día anterior había estado con Mime y Julián bebiendo sake; la cabeza le dolía, la última vez que había bebido mucho fue en México, tomó tequila y despertó en medio de la playa, con Erda a un lado.
Todo lo que alcanzó a registrar cuando puso la bocina en su oído fue que la señoría Cassiopea iba para allá.
Por un momento se alertó, no conocía a ninguna Cassiopea, el temor de que algo hubiera pasado la noche anterior le dio náuseas, no podía hacer esas cosas, no a Erda.
La puerta sonó. Kanon pensó en esconderse pero se armó de valor y se levantó de la cama, enfrentaría cualquier cosa que estuviera detrás de su puerta.
Al abrirla se sorprendió de ver a Erda, vestida con pantalones ajustados, su chaqueta de cuero y el pañuelo que él le había regalado en su cuello. La dejó pasar y se quedó parado en la puerta, mirando el pasillo, esperando que la tal Cassiopea no apareciera en ese momento.
— ¿Buscas algo? — le preguntó ella alzando una ceja al verlo parado en la puerta.
Kanon la miró, le había prometido que sería honesto, sólo honestidad a partir de ese momento.
— No... bueno, me dijeron que una tal Cassiopea me estaba buscando y yo pensé...
Kanon se interrumpió cuando ella comenzó a reír, había extrañado su risa.
— Yo soy la tal Cassiopea — le dijo una vez que se calmó — ese es mi nombre, mi primer nombre, mi nombre original — ella se sentó en la cama destendida y le hizo una seña para que se sentara a su lado — yo tampoco he sido muy honesta contigo.
Se llamaba Cassiopea por su madre, una madre alcohólica que la golpeaba cuando no quería pasarle la botella, o cuando no juntaba lo sufriente en la venta de botellas de plástico o latas. Erda amó por mucho tiempo a su madre, lo hizo hasta que esta la mandó al hospital con un ojo morado, el brazo lleno de quemaduras de cigarros y grandes moretones en todo el abdomen, lo hizo hasta que la acusó con el doctor que la atendió y este levantó la denuncia.
— Death Mask, o el doctor Ángelo, me ayudó, y aunque no podía adoptarme legalmente, sí se hizo cargo de mí, pagó mi universidad y sacó los papeles para que me cambiara el nombre.
Ella estaba llorando, no había detenido su historia, su voz no había bajado el tono, no se había quebrado, pero lloraba. Kanon la había tomado de la mano y había escuchado en silencio, se preguntaba por qué el doctor se apodaba Death Mask, pero no iba a preguntar, no en ese momento.
— Sé que no es igual — continuó la chica una vez que se calmó — pero yo también te oculté cosas, creo que no tenía derecho a molestarme tanto contigo.
— Lo tenías, tienes tus razones para ocultar eso, lo mío es estúpido cuando lo vemos desde afuera — Kanon sonrió, algo en él se sintió bien al reconocer que su enamoramiento adolescente estaba caduco, tal vez.
— Tus sentimientos no son estúpidos — Erda lo miró a los ojos, entrelazando los dedos de sus manos — Nunca me había sentido enamorada y cuando me hablaste de tu cuñada creí que no sentías lo mismo, sentí rechazo y hui, solía hacerlo mucho, creo que es parte de mí, pero lo pensé y no quiero huir, estoy enamorada de ti Kanon.
Él la miró, su corazón latía, anhelaba el sentimiento, finalmente ella había eliminado el "creo".
Recordó Grecia, pero la desechó, lejos, enterrada en su corazón, ya no había tiempo para Grecia.
— Sé que tienes sentimientos por ella, pero ¿crees que la olvidarás? — Erda se mordió los labios y bajó la mirada — ¿crees que podrías amarme?
Kanon la agarró de la barbilla para que lo mirara.
— No hagas eso, no lo digas como si estuvieras mendigando mi amor, no lo merezco y tú eres demasiado fantástica para hacerlo, nadie debe de hacer esas cosas.
Se detuvo, recordó Grecia, pero la enterró, más profundo, en el fondo de su corazón, esperaba que se quedara así.
— Te extrañé Erda, tanto, y te amo.
Sintió un pequeño peso, leve, en sus hombros. Se preguntó si eso sentía Saga cada vez que mentía, si era por eso que bajaba la cabeza o la movía cuando mentía, como si el peso de las mentiras sobre sus hombros creciera.
Lo ignoró, besó a la chica, la desvistió y se preguntó si eso era amor, si así debía sentirse.
