Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Chimaki Kuori.


Ningún sueño dura para siempre, por más que se desee.

Kanon no pudo hacer nada para evitar que aquel castillo de fantasía que construyó para ellos se desmoronarse como si lo hubiera construido con naipes.

Inició un domingo por la tarde, después de su centésima discusión con Erda decidió pasar el día encerrado en su oficina mientras su pareja salía a un trabajo de emergencia.

Nunca supo cuándo o dónde, pero Deathmask se enteró, no sólo de su romance con su cuñada, también sabía que Saga engañaba a Katya. Era una familia de víboras y traidores doble cara, eso fue lo que le dijo cuando lo confrontó, molesto, incluso temblando ante la necesidad de darle un fuerte golpe.

— Quiero que la dejes — le dijo después de gritarle por casi una hora, encerrados en su despacho.

Kanon palideció aún más que cuando Deathmask empezó a gritar. ¿Dejar a Katya? No podía, eso lo destruiría. Ella ya era lo que más amaba en el mundo, la simple idea de dejarla le causaba un hueco en el estómago.

No supo qué decir, así que el extranjero golpeó el escritorio con el puño, haciendo que todas las cosas saltaran.

— Quiero que la dejes, no te quiero ver aquí, te lo pongo fácil, aceptaré que ni siquiera le digas a Erda, sólo lárgate.

— ¿Quieres que… termine con Erda?

— No me importa lo que tu o tu hermano hagan, no me importa tu familia, sólo Erda así que te soy directo, déjala ir, no la mereces.

Kanon abrió la boca para concordar, a veces podía sentir la culpa apostándole como si fuera un pequeño insecto. En retrospectiva lo era, se merecía todos y cada uno de los insultos que Deathmask le dedicó esa calurosa tarde.

También era un cobarde, un gran cobarde.