[Hola a todos! Realmente pido perdón a todos los que esperaban esta historia de vuelta, pero como comprenderéis no ha sido una temporada fácil para nadie, pandemia, depresión, más proyectos, etc. Esta historia me encanta y aún tengo mucho que escribir en ella, así que por mucho que tarde y aunque pierda visitas yo seguiré escribiéndola.
Este capítulo es más corto porque realmente quería subir algo para que sepáis que no he muerto, sigo aquí, y esta historia tampoco está muerta, sinceramente espero que vuestro interés por ella no haya decaído. Dejádmelo saber en las reviews si queréis, ¡estaré tremendamente agradecido! ¡Gracias por leer!]
Narra Tikki:
Me encontraba sola en aquel cajón oscuro de la habitación de María del Carmen. Aquella noche sus padres se habían quedado sentados en su cama, Carmen lloraba y Antonio la abrazaba tratando de consolarla. Él juró que descubriría la identidad de Gato Negro y le buscaría por toda Sevilla si hacía falta para encontrar a su hija, movilizaría toda la ciudad y a sus amigos y conocidos para llevar esto a cabo, se le oía realmente enfadado, yo incluso estaba asustándome porque eso podía significar cosas muy malas.
Yo no pude hacer nada más que tratar de dormir, ya que estaba muy débil como para volar hasta tan lejos y atravesar cosas para esconderme si hacía falta, contaba con que a la mañana siguiente me irían a buscar, quizá Alba o el mismo Alfonso, pero corría peligro de que sus padres le descubrieran.
Un buen rato después, Antonio y Carmen se marcharon de la habitación de su hija y por fin estuve sola, aunque esto no fue por demasiado tiempo, ya que sin esperármelo, Plagg apareció en el cajón donde estaba.
—Tikki, siento haber tardado tanto, esos humanos no se iban...—Me dijo con una expresión de pesadez.
—No esperaba que vinieras, pensaba que vendríais por la mañana a buscarme.—Respondí alegrándome por su llegada.—Ya estaba mentalizada para pasar la noche sola.
—Bueno... no podía dormirme pensando que estarías sola, así que he venido mientras los otros dormían.
—Gracias Plagg...—Yo le abracé, y al apartarme, él agarró el paño que tenía debajo para estar cómoda y me envolvió en este para llevarme volando, ahí abrió despacio el cajón y nos marchamos de la habitación de Mari por su ventana.
Tras haber estado un rato viajando hasta el cortijo Avilés llegamos y directamente nos dormimos con nuestros portadores, era una sensación muy reconfortante estar los cuatro juntos, hacía mucho que algo así no pasaba, y Plagg y yo podemos llegar a pasar muchísimos años separados, nos llevamos muy bien y nos encanta estar juntos, no nos podemos enamorar los kwamis, pero obviamente somos muy amigos y disfrutamos de la compañía del otro.
La noche pasó tranquila y sin problemas, aunque María del Carmen se despertó en varias ocasiones algo preocupada por el estado de su madre y su hermano no nato. Pensó en qué sería de ella ahora, si debía resignarse a volver o seguir escondiéndose en casa de los Avilés hasta encontrar un sitio para ella sola. Evidentemente si volvía a su trabajo sus padres acabarían por encontrarla, así que por el momento estaba atada de manos y pies, y ni siquiera podía andar a sus anchas por la mansión, ya que Natalia no debía verla tampoco, todas aquellas cosas la atormentaban demasiado y le impedían descansar.
Alfonso por su parte logró dormir más, pero también estaba inquieto por todo e incluso tuvo algunos sueños raros relacionados con Isabel y Natalia, e incluso su propia madre por lo que tuvo que ver.
Se hicieron las ocho de la mañana, llamaron a la puerta de Alfonso y este se despertó remoloneando y se estiró en su cama, incorporándose para levantarse.
—¿Quién es?—Preguntó en un tono moderado para no despertar a Mari Carmen, quien por fin estaba durmiendo mas de dos horas seguidas.
—Soy Natalia, es hora de desayunar, Alfonso.—Anunciaba la institutriz seriamente tras la puerta.—Y creo que no deberías cerrar la puerta por dentro... si te pasa algo deberíamos poder entrar.
—Ya voy...—El chico no quiso responder a todo lo que la mujer dijo, pues cada vez estaba siendo más obvia con sus intenciones, al menos para él, y le desconcertaba no saber si ella se daba cuenta de esto y estaba segura de lo que hacía o simplemente no era consciente, pero la verdad es que cada vez el rubio tenía menos escusas para no hablarle a su padre de esto.
La chica de pelo negro se despertó por las voces de ellos y se frotó los ojos, mirando a su alrededor. Los sonidos de pasos tras la puerta se alejaron y parecía que ya se marchó Natalia, así que Alfonso suspiró y miró a su compañera.
—Tenemos que hacer algo con esa mujer... cada vez me pone más tenso.—Le decía susurrando el rubio a la adolescente de ojos verdes.—¿Qué tal has dormido?
—Más o menos... y no tardaremos en resolver esto, no te preocupes...—Respondió ella, levantándose de la cama con él y luego estirándose, sentía bastante hambre pero le daba vergüenza admitirlo en ese momento.—Ahora tenemos que resolver otras cosas como que... no tengo ropa para cambiarme, aunque tenga que permanecer oculta aquí no me gustaría estar en camisón... o si tengo que salir para algo no puedo hacerlo como Catarina.
—Le diré a Carla que te preste algo mientras tanto, ahora tendremos que hablar con ella, el Maestro Fu le va a dar el prodigio de la abeja muy pronto, pero no puede venir aquí sin más, casi lo perdemos por culpa de Luparia que lo robó, así que debemos ir esta vez a su casa o quedar con él lejos de Natalia.
—De acuerdo...
Ambos se miraron por un momento, y luego nos miraron a nosotros que también estábamos despiertos sin decir nada, ya sabían que yo había llegado con Plagg, así que no les extrañó volver a verme ahí. El raro momento de miradas entre los cuatro cesó cuando el estómago de Mari emitió un profundo rugido que delataba su hambre, entonces la miramos y reímos.
—Te traeré rápido algo de comer, diré que no quiero comer abajo, espero que no me obliguen a hacerlo.—Dijo Alfonso, yendo hacia su tocador para peinarse un poco.—Voy al baño y luego me iré rápido, así podrás usarlo tú y asearte apropiadamente.
—Vale, muchas gracias por lo que estás haciendo por mi, de verdad.—Ella le agarró suavemente la mano al chico para evitar que se fuera un momento.—Debí haberme contenido anoche...
—No debo culparte por eso, sé que estoy muy guapo en ese traje y soy irresistible.—El joven trató de bromear con ella, sonriéndole y tomándola de ambas manos.—Pero ahora en serio, deja de pensar en eso, nadie tiene la culpa, somos un equipo y te ayudaré en lo que sea.
Mari Carmen sonrió conmovida y se abrazó al chico, este hizo lo mismo, acariciando su espalda, y después de unos segundos se apartaron, mirándose de vuelta a los ojos.
—Bien, lo olvidaré, pero ve a desayunar, no quiero que te digan nada malo por ello.—Concluyó la muchacha, y el contrario asintió, yendo por fin al lavabo para asearse, vestirse y hacer sus cosas. Después se fue a por su desayuno con Plagg en sus bolsillos, y María del Carmen le esperó allí, con algo de apuro por si alguien entraba. Y no se equivocó, tuvo que esconderse apurada conmigo en el cuarto de baño cuando una criada entró para limpiar el cuarto de Alfonso, y esperaba que no entrara esta en el baño.
Por suerte para ella el joven no tardó en llegar junto a Carla al cuarto con una bandeja repleta de comida, y pidió a su criada que volviera más tarde, esta obedeció y se marchó, quedando solos a los dos rubios. La morena los estaba escuchando y supo que se quedaron solos, así que aprovechó para lavarse la cara, peinarse y hacer sus necesidades.
Una vez salió miró a los otros dos adolescentes, que habían preparado la mesa que tenían allí para desayunar todos. La rubia me vio en sus manos, pero ya sabía quien era Catarina, así que Mari no se molestó en ocultarme porque ya lo suponía.
—Buenos días Mari Carmen.—Saludó Carla, con una leve sonrisa.—Te traemos algo de comer.
—Ah... Gracias...—Respondía esta, algo avergonzada por la situación.—Supongo que ya lo sabes todo...
—Sí, pero no pasa nada, guardaré el secreto así como guardé el de Alfonso. Y después debes recordarme que te preste ropa, sé que quizá pueda ser demasiado ostentosa para ti, pero por ahora servirá.
—Luego iré a ver qué tienes, pero habría que entretener a Natalia para que no me pille, no sé que es peor, esto o cuando Isabel estuvo aquí mientras yo era criada...
La muchacha rubia se quedó callada de repente y miró hacia otro lado visiblemente dolida, tratando de contener sus lágrimas, la de cabello negro se dio cuenta de que dijo algo que no debía y se sintió bastante mal.
—Creo que no es el momento idóneo para decir esas cosas, Mari...—Le llamó la atención Alfonso a la chica, también afligido por su amiga y nueva hermanastra.
—L-lo siento... no me he dado cuenta...—Pidió disculpas ella, acercándose a Carla, agarrándole suavemente las manos.
—Está bien... no pasa nada... yo... S-sé que no era del todo una buena persona para vosotros... Pero era mi madre... y... pienso que esa cosa que llevaba la corrompió.
—Vamos a llegar hasta el final con esto y averiguaremos lo que ha pasado y está pasando. Isabel ha actuado muy raro, tu padre también estaba muy bien y falleció repentinamente, y lo de mi madre... ella admitió abiertamente haberla matado porque ''no era tan buena como parecía'', yo no sé qué pensar, supongo que lo descubriremos.
—Sí, pero como has dicho, es mejor que no hablemos de eso ahora mismo y vayamos a desayunar.—La joven de ojos verdes se aproximó a la mesita donde pusieron el desayuno y se sentó para comer algo, realmente se moría de hambre y no aguantaba más.
—Está bien, tienes razón...—Alfonso la siguió, y por ende Carla también, aunque esta se había quedado en silencio y no aportó nada más a la conversación.
Por un buen rato estuvieron desayunando y a veces había un incómodo silencio ya que querían sacar el tema y deducir cosas que se dijeron y sucedieron, pero por otra parte no querían lastimar a Carla. Ella estaba decidida a saber qué pasaba con su madre, su pasado escondía algunos misterios, y al parecer el de Marta, la madre de Alfonso también, y eso la estaba revolviendo por dentro, no sabía si su padre Andrés tenía algo que ver, o si este fue víctima de la propia Isabel que le envenenó o hizo algo para enfermarle, estaba por volverse loca ella también, pero llegó a la conclusión de que era hora de interrogar a Juan Alberto de una vez, y hablaría de ello con su nuevo hermanastro.
Continuará...
