Antes de nada aclarar, que para poder disfrutar del salseo a gusto y haceros disfrutar a vosotras/os conmigo, he hecho un poco de trampilla con el canon y las edades de los personajes. ¿Por qué? Ah... ¿Y por qué no?
Avisar también que el rating M es por algo (aunque así de primeras no lo parezca mucho), y que los capítulos seguirán especialmente a Narcissa, aunque eso no quita que no haya Bellatrix y Andrómeda para disfrutar.
Dicho eso, ¡a leer!
Disclaimer: Todos los personajes e historias pertenecen a JK Rowling, yo sólo escribo cosas por pura diversión
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"The truth." Dumbledore sighed. "It is a beautiful and terrible thing, and should therefore be treated with great caution."
–The Sorcerer's Stone
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El trueno rugió como si de una bestia encolerizada se tratara, iluminando la habitación con una luz centelleante que sólo duró unos segundos, pero que provocó que la pequeña Narcissa saliera de un salto de su cama, apretándose la boca con la mano para no gritar.
Al otro lado de la puerta el pasillo estaba en silencio y a oscuras, solo escuchándose el repiqueteo de la tormenta sobre el tejado. Narcissa avanzó dando saltitos y procurando hacer el menor ruido posible. Ojeó la primera puerta con la que se cruzó, dudó un instante, pero acabó sacudiendo la cabeza y aproximándose a la siguiente, al otro lado del pasillo.
El pomo soltó un chirrido quedo cuando sus pequeñas manos lo giraron. La habitación estaba silenciosa y olía a pergamino limpio. Siempre le había encantado ese olor, su olor. Un nuevo trueno relampagueó a través de la cortina y le siguió un estruendo ensordecedor. Esta vez sí gritó; fue una exclamación corta pero aguda y echó a correr en dirección a la cama, donde un bulto se removió entre gruñidos.
—Ummm… ¿Cissy? –murmuró el bulto. Narcissa se metió debajo de las sábanas y se abrazó a ella temblando. Su cuerpo estaba calentito y en seguida le cubrieron unos brazos acogedores—. Cissy ya hemos hablado de esto.
—No me eches por favor –rogó ella, en un hilo de voz suave y desesperado.
Ella se rió un poquito, y Narcissa notó la vibración en su barriga.
—No te voy a echar –aseguró. Bostezó suavemente—. Sabes que no lo haré.
Narcissa asintió.
—Pero ya sabes que a papá no le gusta que te escabullas en mi cuarto por las noches. Ya eres mayorcita, Cissy.
—No tan mayor.
—Ja, eso dices ahora.
La tormenta comenzó a amainar en la calle, los truenos ya apenas eran suaves ecos muy lejanos. Narcissa sacó la cabeza del edredón y miró a su hermana. Tenía el pelo recogido en una trenza, oscuro y suave. Olía a flores.
—Andrómeda…
— ¿Mm?
— ¿Cómo es Hogwarts?
Aún en la penumbra, pudo ver la sonrisa de su hermana, dientes blancos encerrados entre labios gruesos y carnosos. Siempre pensó que era lo que más le gustaba de ella, la forma en la que sonreía iluminando hasta la más profunda oscuridad.
—Pues es un sitio muy viejo, muy viejo. Lleno de libros antiguos, muebles que tienen más años que esta casa y paredes de piedra dura y firme –Narcissa le apretó el abrazo, instándola a continuar. Ella volvió a bostezar, sin perder la sonrisa—. Tiene pasadizos iluminados por antorchas que nunca se apagan, fantasmas que te saludan y cuadros llenos de historias. Tiene… —Andrómeda inspiró fuertemente, como si intentara acceder al recuerdo—, las mejores tartaletas del mundo. De fresa, frambuesa, cereza… Oh, Cissy, están taaan ricas.
— ¿Qué más? ¿Qué más? –exigió ella, botando suavemente en la cama.
—Shh, nos van a oír –le reprendió—. ¿Quieres que Bella nos descubra?
Cissy se quedó paralizada. Comenzó a negar con fuerza.
—Perdón… Sigue, por favor.
Andrómeda volvió a sonreír, se removió en la cama y su almohada desprendió olor flores.
—Tiene… No sé, Cissy, un aura tan especial y deslumbrante que nunca quieres marcharte. Nunca jamás.
—Guau…
—Aunque las clases son duras y te exigen mucho –afirmó, intentando añadir algo de seriedad—. Este año ha sido muy difícil, eso te lo aseguro.
Volvieron a guardar silencio. Ya apenas llovía. Sólo se escuchaban las últimas gotas rezagadas chocando sobre las tuberías y los canales del tejado. Andrómeda soltó un hondo suspiro, anunciando que quería volver a dormirse. Aún no le había pedido que volviera a su cuarto y Cissy sabía que no lo haría, ella no.
— ¿Andrómeda? –susurró de nuevo. Le respondió un suave gruñido. Narcissa dudó unos instantes, pero acabó por abrir los labios y soltar la pregunta—. ¿Tú tuviste miedo el primer día?
Andrómeda volvió a abrazarla, una de sus manos reposando en su cabeza, masajeándole el pelo con suavidad.
—Claro que sí, Cissy. Yo, Bella, mamá, papá y todo el mundo.
Narcissa no dijo nada más. Las caricias de Andrómeda se hicieron cada vez más lentas y dos minutos después su respiración tranquila le confirma que había vuelto a dormirse.
En el fondo no se lo creía. No se creía que Bella y su padre tuvieran el más mínimo sentimiento de terror. ¿Ellos?
No, ellos no tenían miedo. Lo daban.
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Narcissa engullía su desayuno con una angustia feroz. De reojo, podía ver como los elfos hacían levitar los baúles desde las escaleras hasta el recibidor. El de Bella, oscuro y algo destrozado, el de Andrómeda, tan limpio y cuidado que parece nuevo y por último el suyo, tan lleno de futuras posibilidades como ella.
Volvió a meterse la cucharada en la boca y la pasta de avena se agolpó en su garganta, haciéndole toser.
Su padre chasqueó la lengua con desaprobación y las páginas del periódico bailaron en sus manos. Desde el otro lado de la mesa Narcissa percibía el olor del tabaco, su mirada, ojos claros y fríos, y su boca haciendo esa mueca torcida que sólo significaba una cosa.
Una, dos y…
—Narcissa.
Voz gélida, grave y sorprendentemente armoniosa. Narcissa se limpió la boca con la servilleta, aparentando normalidad. A su lado Andrómeda bebía su taza de té tranquilamente, sin mirarla.
— ¿Sí, padre?
Cygnus Black dejó el periódico sobre la mesa y la miró. El pelo, castaño y con atisbos de blanco estaba perfectamente peinado hacia atrás, enmarcando una cara angulosa en la que destacaba la nariz, tan recta y fina que parecía una columnata griega. La pipa, meciéndose suavemente entre sus labios.
—Dime, ¿cuál es tu apellido?
Narcissa miró un segundo a su hermana, pero Andrómeda parecía encontrar más interesante el papel de pared.
—Black, padre.
—Ajá, y dime, Narcissa Black, ¿acaso los Black comen como puercos en un lodazal?
Intentó no reírse, de verdad que no. Pero la imagen de su padre, hombre delgado y símbolo de la rectitud diciendo esa palabra, la superaba.
Puerco, puerco, puerco… Se repetía una y otra vez en su cabeza.
Iba a sonreír, era inevitable, así que se tapó la boca con la servilleta y agachó la cabeza, aparentando un arrepentimiento humilde que entonces no podía encontrar.
—No, padre –aseguró, intentando que su voz no temblara—. Lo siento, padre.
Él sólo soltó una especie de bufido más o menos conforme. Expulsó el humo y la habitación se llena de ese olor amargo a hierbas.
—Padre –Andrómeda, al rescate como siempre—. Me preguntaba si podrías conseguirme aquel libro sobre pociones del que te hablé, ¿recuerdas?
Andrómeda no era su favorita, eso estaba claro; aquel puesto le pertenecía a Bella desde siempre. Pero había algo, algo que sólo su hermana podía hacer, algo que conseguía que el gran Cygnus Black III depusiera sus barreras de rectitud y se volviera más humano, más amable. Asentía, mirándola de una forma que podía hasta parecer cariñosa, y Andrómeda sonreía.
Y de pronto todo volvía a estar bien. Narcissa continuaba con su comida, y le lanzaba mirada de agradecimiento a su hermana. Andrómeda le guiñaba un ojo y la tranquilidad se asentaba en aquel salón.
Hasta que llegaba Bella. Su voz retumbaba en las paredes de aquella casa como una estampida de elefantes.
—No, madre, te he dicho mil veces que odio ese apestoso trapo con el que llevas todo el verano persiguiéndome. Antes me ahorco que vestir esa… Esa Cosa.
Bellatrix. Dieciséis años. A simple vista podía parecer la chica más preciosa del universo. Pelo negro brillante y ojos oscuros en una cara redonda y perfecta. Labios rojos, anormalmente rojos. Andrómeda y ella se parecían bastante, pero Bella tenía una energía salvaje, atrayente y descontrolada que te incitaba a acercarte e intentar no morir en el intento con la que Andrómeda sólo podía soñar. Siempre conseguía todo lo que se proponía, era la reina de aquella casa y eso nunca se le discutió.
Apareció como tornado en el salón, perseguida por nuestra madre. Nada más ver a padre, se acercó felina a su silla. Apoyó las manos en sus hombros.
—Padre, hazle entrar en razón –exigió, apretando suavemente el agarre. El efecto en Cygnus fue inmediato. Miró a su mujer, y la fiereza de su mirada hizo que ella diera un paso atrás.
—Druella.
Su nombre. Sólo hizo falta eso. La ilusión en los ojos de madre se apagó y esbozó una sonrisa truncada antes de desaparecer por el pasillo. Bellatrix sonrió, triunfante, y besó a su padre en la mejilla. Andrómeda la miró con rencor y, levantándose con tranquilidad y gracilidad increíbles, salió del salón.
Seguramente en busca de madre.
Bella se sentó a la diestra de padre, cogió la manzana más roja del frutero y le dio un gran mordisco, haciendo que le resbalara jugo por la barbilla. Narcissa miró a su padre, esperando que censurara a su hermana igual que hizo con ella. Pero la riña nunca llegó.
Y nunca llegaría.
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Druella Black era una mujer menuda, delgada y de aspecto algo enfermizo. Poseía una de esas bellezas frágiles, que salían a flote en los momentos de silencio y calma. Como cuando bordaba en la butaca al lado de la ventana, la luz acariciando su tez blanquecina, sus ojos azules y claros que refulgían como zafiros en la arena y esa voz sedosa y suave, con una melodía inconclusa en los labios. Druella sonreía, y un poco de rubor cubría sus mejillas, dándole más color a su cara.
En ese momento podías sentir que te robaba el aliento.
Con el paso del tiempo, sin embargo, sus ojos brillantes se habían vuelto hielo congelado. Ya apenas cantaba y mucho menos se ruborizaba. La causa era sencilla. Cygnus no la quería, al menos no de la forma que una pareja se debía querer. No es que ella le amara de esa forma tampoco, pero si había un respeto, una especie de cariños fraternal entre ambos. Algo que hacía su convivencia soportable y tranquila.
Al menos al principio.
Con la llegada de Bellatrix, la pareja vio sus lazos más unidos. Era su primera hija, al fin y al cabo. Pero después llegó Andrómeda y Druella comenzó a sentir la guillotina sobrevolar su cuello, la ira en los ojos de Cygnus. La promesa silenciosa en sus labios.
El día en el que nació Narcissa llovía a mares. El cielo estaba negro y oscuro. Cuando los elfos fueron a llevarle la noticia a Cygnus, no hubo felicidad. No hubo sonrisas contenidas y suspiros de regocijo. Tardó una semana en subir a ver a su hija, y ni siquiera visitó a Druella.
Desde ese momento, Druella lo supo, las cosas cambiaron. Y aunque no fue su intención, también ella comenzó a mirar a Narcissa de esa manera. Como echándole en cara su propia existencia, lo que pudo haber sido y nunca fue. Movida por ese rencor, cortó el pelo de Narcissa lo más corto que pudo y jamás la vistió con vestidos, como si eso pudiera cambiar algo.
Sin embargo, Narcissa sabía lo que era, y se escabullía al cuarto de Andrómeda para vestirse con su ropa y mirarse al espejo. Para ver con sus propios ojos lo que todos pretendían negarle.
Un día, Druella jamás lo olvidaría, la pequeña Narcissa, que siempre parecía callada y sumisa, y que sólo tenía seis años, hizo desaparecer todas las tijeras de la casa. También destrozó toda su ropa, todos los pantalones y camisas que su madre le obligaba a ponerse y entonces bajó a cenar.
En pelota picada.
Su padre se escandalizó. Bella no podía parar de reírse y Andrómeda la miraba con una admiración gigantesca. Sólo tenía siete años, pero cuando Druella fue a reprenderla y a llevársela a rastras, ella dio un paso hacia delante. La habitación vibró, los platos temblaron y todos guardaron silencio.
Narcissa, desnuda, despeinada y con la mirada enfurecida parecía una ninfa de los cuentos. Poderosa, indomable. Habló, mirando fijamente a su madre y padre.
—Quiero vestidos. Quiero que dejéis de cortarme el pelo. Quiero decidir que ponerme –su voz era chillona, pero nadie le discutió.
Su padre cabeceó ligeramente. Druella no dijo nada. Narcissa entonces sonrió. Los platos dejaron de moverse y la habitación se liberó de esa magia descontrolada. Sonrisa pletórica y ojos brillantes y salió de la habitación.
Nunca más su madre le pidió que se pusiera pantalones y se cortara el pelo. Esa mirada, sin embargo, ese reproche silencioso, persistió. Narcissa siempre supo el motivo, lloró por eso, se enfadó y acabó por aceptarlo.
Así que entonces, cuando encontró a su hermana abrazando a su madre en la cocina. Cuando sólo el cariño de Andrómeda parecía ser capaz de calmar los lloros de madre, sintió envidia. Envidia de la forma en la que Druella miraba a su hermana. Envidia de esos besos que le daba, de ese amor.
Envidia y pena.
