Siguen creyendo que morí? Pos no! Sigo viva y lo voy a decir todos los meses hasta que actualice, no sé 2 veces al mes o algo lmao.
Lo que sí, andan diciendo que este sitio en cualca se muere, así que en caso de que eso ocurra (saquen screenshot(?)) Voy a empezar a subir esta historia en español en ArchiveOfOurOwn bajo el user Snowmanmelting. No necesitan ni user ni nada y pueden dejar corazoncitos (L)
Anygays, me retiro con esto y una *mini advertencia*: vieron las cicatrices del cap 3? Bueno acá como que medio que dice cómo se las hizo. Por las dudas aviso :(
¿Podría febrero haber empezado de peor forma?
Tal pregunta, a estas alturas, se contestaba sola. Bajo el agua helada, ojos cerrados presionando contra rodillas, dedos enredados en el cabello tirando desde la raíz, garganta áspera y el sabor del ácido gástrico no del todo fuera de la lengua.
No es como si a alguien le importara. No es como si a Elsa le importara. ¿Qué tanto le podía a importar la realidad catastrófica? Nada. ¡Nada!
La temperatura del agua debería ayudar a que el hielo se hundiera en el pecho y la arruinara por completo, a que fuera más que una protección exterior. No había estado lo suficientemente lejos como para dejar de sentir, cuando eso era lo que necesitaba ahora. Dejar de sentir.
Quizás era eso lo que más dolía. La ingenuidad al punto de creer en la ilusión de que un mes y medio después, existiría algún tipo de cambio.
Quería gritar. ¿A qué? ¿A quién? No tenía idea.
En vez de eso, desenredó una mano del pelo como pudo, tanteando la pared con la palma de la mano hasta dar con el agua caliente. En el cambio de temperatura fue que intentó, tras unas cuantas bocanadas de aire, levantarse para poder hacer que el cuerpo le funcionara lo mínimo indispensable.
El agua hirviendo dejaba marcas rojas con facilidad, también. Era una buena forma de desquitarse, de tirar sus frustraciones y dejar las marcas que Elsa elegía tener. Cómo, cuándo y dónde. Por qué. Qué dolor sentir. Un pequeño momento de decisión propia.
No dio cuenta de esas líneas finas, al costado casi sobre el hueso de la cadera, hasta que no resaltaron desde la periferia del ojo, en el espejo. Una vez que el cuerpo olía a la suavidad del jabón de avena y miel y el pelo a briza marina. No le importaron demasiado. Tampoco iba a mirarlas más tiempo de lo que debería o iba a caer en la espiral de observar sus defectos uno por uno. Elsa lo que necesitaba ahora eran distracciones, no razones.
Y es que el grito de sus músculos no la abandonó en ningún momento. O el de sus articulaciones cuando las movía.
Tres capas de ropa.
Ahora le sonaba raro. A un pensamiento lejano. Una estupidez.
Ahora quedaba el esqueleto ahí postrado mientras Elsa flotaba sin dirección fija, dentro de su cabeza. El odio y la rabia se fueron cuando el agua oxigenada comenzó a arder, reemplazándolo por una opresión en el pecho que amenazaba con brotar desde los ojos. Se obligó entonces a concentrarse en la acción de lavarse los dientes, ignorando el temblor de sus manos mientras abría el Listerine. Prefiriendo por concentrarse en su rutina de limpieza facial nocturna y lo tibias que se sentían las yemas de los dedos masajeando sobre la piel, aún a la distancia.
Elsa siempre prestaba atención al cuidado personal, más allá de la importancia de tener una apariencia prolija. Lo hacía por y para ella, porque ella tenía ganas de usar cremas corporales, bálsamos para labios con tintes de color y vivir con las pestañas arqueadas. Porque le gustaba verse bien, y sentir que se veía bien. Era de esas cosas que la hacían bajar a Tierra, el obligarse a poner la concentración en rutinas de cosas superficiales lo suficiente para sentirse un poco más normal. Que tenía control sobre su cuerpo aún.
El problema es que toda esa ilusión duraba dos o tres horas como mucho. Y es que tampoco podía pasar la noche entera encerrada en el baño sin levantar sospechas. Ya lo había hecho antes. No salió bien.
Así que abrió la puerta, despacio, esperando no encontrar lo inevitable. Como si pudiera viajar en el tiempo y abrir la puerta a un horario más temprano, o a otros años, o un tiempo lo suficientemente lejano para buscar una forma de escaparse de todas estas tragedias. Pero al girarse en dirección a su cuarto, su lado de la planta alta, no había más que la normalidad de todos los días. Todo de lo que se alejó durante un mes y medio y a lo que volvió ahora de lleno, porque la gente no cambia en tan poco tiempo y tenía absolutamente todas las pruebas de ello.
La decepción fue más grande. A pesar de que no sabía a quién estaba dirigida.
Su padre le habló como si nada, mencionó algo de sábanas limpias y comodidad para el buen descanso. Quizás fue su nula reacción lo que la delató, el hecho de que se quedó parada y no pudo decir más nada mientras sentía que los ojos comenzaban a picarle otra vez y el frío volvió a jugar con su necesidad de abrazarse los codos. Escudo tan útil como lo que aparentaba. Fragilidad.
Escuchó las palabras, la típica pregunta de que si estaba bien, que qué había ocurrido, y no supo si retorcerse la piel con fuerza o gritar, rajarse los pulmones ante el cinismo de tal pregunta. Detestaba eso, detestaba las preguntas de parte de quien tenía todas las respuestas. Era una de las cosas más horribles que podía hacerle, porque un intento de sinceridad era un riesgo que no podía darse el lujo de tomar.
Entonces, lo único que le quedó fue pestañear las lágrimas cuando un escalofrío le recorrió los huesos.
La peor señal que podía haber dado. Claro que iba a haber un intento de confort de por medio. ¿Qué iba a hacer, si no? ¿Pasarle por al lado y dejarla llorando en medio del pasillo?
Ojalá.
Ni Elsa se lo haría a sí misma. No sin una buena razón.
No. No, no. Calor, confort. El que te rodea con brazos amables y se disfraza de buenas intenciones, de vías de escape y ayudas, de comprensión, de preocupación. De caricias suaves en el pelo y disculpas vacías, que siempre lograban sonar reales, de alguna forma. Elsa sabía que no lo eran, ya no existían tal como se que quería hacer creer, porque de ser así no tendría que vestirse en capas. Ni tomar precauciones para poder escuchar todas las señales, ni el frío estaría ahí ante la alerta de endurecer los músculos.
Era todo mentira. Elsa lo sabía, lo sabía bien. Las vivía y las repetía todos los días.
Por eso no despegó las manos del cuerpo y no devolvió el abrazo. Tampoco hizo nada para zafarse, ni nada que indicara lo que verdaderamente le pasaba por la cabeza. Era inútil.
Y quizás, también, en el fondo, algo reconfortante.
¿Acaso no era este, el verdadero trabajo de los padres?
El domingo, luego de esa discusión (si es que merecía tal calificativo), Elsa se tomó los minutos necesarios para recomponerse y no dar motivo a preguntas de nada. Todo estaba bien, bonito y campante. En una realidad paralela, claro. Pero mientras nadie se parara a verificarlo, le bastaba.
Terminó por quedarse jugando con sus primas en el living, remarcando los tatuajes de colores que se aclararon con el lavado de manos. Mientras, sonaba de fondo más canciones de parte de una princesa que combatía el mal con la magia de la amistad y arco iris láser. Y, honestamente, esa fue la parte más divertida de todo el día. Hacer lo que Elsa tenía ganas de hacer, distraerse con dos niñas de siete años con la confianza suficiente para conspirar en hacerle perder los juegos de cartas. Que por lo único que la juzgaron fue por una flor le salió medio chueca ante un movimiento brusco.
Demás estaba decir que con su hermana no se hablaron más de lo necesario durante el resto del día. O mejor dicho, Anna no le habló más de lo necesario durante el resto del día.
Cuando Kai quiso preguntar si estaba todo bien, mientras terminaban de preparar la cena, Elsa nada más se encogió de hombros. Su tío le ofreció hablar, como siempre. Ella se lo agradeció, como estaba acostumbrada y enseguida cambió el tema respecto a lo que estaban haciendo en el momento.
Como era de esperarse, Elsa se quedó tiempo demás contemplando todas esas cosas, intentando entender los por qué. Mirando las estrellas de plástico del techo que se supone traerían cosas mejores y retorciéndose en su propia cabeza.
Elsa no era la favorita. En la vida lo fue. Tenía absolutamente todas la pruebas y algún que otro recuerdo de habérselo dicho a sus padres en quizás el peor de los tonos. Anna sabía lo mucho que detestaba que ella, de todo el mundo, se lo dijera. Para su hermana la responsabilidad era el mayor indicio de confianza y afecto, cuando en realidad tenía que ver con una simple cuestión de edad. De tener que hacerse cargo de más cosas y de Anna. Al mismo tiempo.
Más allá de eso, podía entender que estuviera enojada porque cada quien con sus formas de duelo. Pero entonces Elsa tenía derecho a no contestar, también. Vivió con ellos toda la vida, sabía cómo eran. Cómo fueron. Anna sabía un cuarto de la historia, (lo que estaba bien, para eso existían los esfuerzos) entonces no estaba habilitada emitir comentarios sobre nada.
Demás estaba decir que Elsa terminó durmiéndose como a las dos y media de la mañana, después de desperdiciar horas en redes sociales y jugar sudoku para distraerse lo suficiente y poder dormir.
Quizás el lunes era distinto. Se cambiaba de semana y arreglaban las cosas, de alguna forma.
Quizás hizo pura especulación.
Para las nueve treinta de la mañana, las únicas ocupantes eran ellas dos y esa tensión incómoda donde Elsa no podía evitar estar pendiente de cada movimiento, cada pequeño ruido que ocurría a su alrededor. Puso la radio en un intento de mitigarlo un poco, la que ponían todas las mañanas porque pasaba un popurrí aceptable de canciones, pero se sintió como una mala acción. Como si estuviera haciendo algo mal, no tomando los recaudos necesarios. Como si tuviera que estar alerta para poder adelantarse a lo que supuestamente estaba por venir.
Reacción netamente automática. Elsa estaría mintiendo si decía que no estaba acostumbrada a tener que navegar entre tensiones, o tener que prestar atención ante la más mínima cosa fuera de lugar. Pero no por algo tan mínimo. No por algo así. Muchísimo menos con Anna. Le hacía sentir el aire frío alrededor y le cerraba el estómago. Acrecentaba las náuseas al punto que su desayuno fue medio café.
Usualmente, cuando tenía un cúmulo de cosas encima con las que ya no sabía qué hacer (o nada más se sentía horrible), ponía el aire acondicionado a temperatura cómoda, se escondía bajo las sábanas y se ponía a ver videos en YouTube o alguna serie. O se encerraba en el estudio a dibujar lo que fuere con distintas técnicas, o intentaba leer un libro. Algo.
En vez de eso, se pasó el resto de la mañana en la esquina del sillón más próxima a la ventana, con un almohadón entre el pecho y las rodillas y su celular. No era una casa muy grande como para tener una gran variedad de opciones, dos cuartos, living y la cocina ahora ocupada por su hermana. Hacía calor para salir al patio, y el cuarto extra pegado al depósito, afuera (en esas cosas de casas antiguas), era más que nada el estudio de trabajo de sus tíos.
Y es que este no era su lugar, en sí. ¿Cuántas cosas propias tenía? Un bolso de tamaño medio y una mochila mediana con ropa extra, pijama, su cargador portátil, toallas y sus cosas de cuidado personal. Lo típico que se llevaba consigo siempre que sus padres la echaban momentáneamente a algún lado, más alguna cosa extra. Nada más. Todo el resto era absolutamente distinto, desde la estructura de la casa hasta el estilo de los muebles, y la casa terminaba por sentirse mucho más chica de lo que necesariamente era.
Quizás Elsa quería volver a esos espacios. Sus espacios personales. Encerrarse a pintar en el estudio, o aprovechar e ir afuera, recostarse en la hamaca de la galería del patio con un libro o a hacer garabatos en la libreta.
Pero ahora estaba en el living, rodeada de ángulos y paredes desconocidas, en un vecindario ajeno en el cual aún no se ubicaba del todo. ¿Qué sentido tenía quedarse con esa idea? No iba a volver.
¿O sí?
¿Quería, de verdad?
¿Podía?
No, no podía.
O, bueno, en teoría sí podía. Tenía su juego de llaves, la tarjeta de transporte cargada y Moovit al alcance de la mano para indicarle qué autobús tomar. Podía regresar a lo que su mente conocía y en lo primero que pensaba cuando decía su casa. En sus espacios propios personales de los que se armó con los años. Esta vez ni guardias en alto ni alertas. Sólo el silencio sepulcral de los fantasmas al acecho por darle la bienvenida.
Nadie podía decirle que no, sobre todo si no lo sabían. No es como si fuera una escena del crimen (y ante eso una voz le quiso decir que sí, de alguna forma, pero Elsa la echó de su cabeza tan pronto como vino).
Aún así, se estaría mintiendo a sí misma si decía que no le daba miedo. La última vez que estuvo fue antes del funeral, y las sensaciones que le quedaron las tuvo que quitar con agua hirviendo y jabón.
Esa vez se dijo que la detestaba, que no iba a volver. Que no necesitaba nada más de allí. Por más que hubiera sido una mentira.
No, no, no. No podía ir. Era como una regla autoimpuesta. O una implícita. Hubiera sido una para sus padres, diciendo que no con ese gesto que indicaba no escucharían una palabra más. Y si se rompía, entonces cualquiera fuere la expresión, iba a ser peor que el simple y llano enojo.
¿Qué quedaba, entonces? Tenía que quedar algo más. Esto no podía ser lo único. No era lo único. No podían haberse llevado todo lo que tenía, toda su vida. Tenían que haber más cosas propias.
Por alguna razón Elsa se quedó mirando la pantalla del celular más tiempo del necesario, intentando pensar en qué app tocar que pudiera darle una idea de algo. Pinterest como siempre fue la primera opción, porque ahí tenía un tablero completo con las fotos y cosas que se le aparecían y terminaba por gustarle la idea de dibujar. A veces empezaba con una forma concreta y la repetía, como patrones, o recalcaba siluetas o cosas por el estilo.
Por alguna razón le aparecieron videos de lettering y decidió que caligrafía estaba bien. Tenía una pluma y algunos cartuchos extras, quizás encontraba lapiceras de colores, ¿había traído la cartuchera con todas las cosas?
Se levantó sintiendo las rodillas llorarle por dentro, decidida hacer alguna de esas cosas que hacía siempre, más allá de que quisiera estar en otro lado y a la vez se odiara por eso. Seguir adelante, no quedarse en el pasado y todo eso, ¿no?
Su mochila estaba en el cuarto, la que trajo aparte con otras mudas de ropa extra el miércoles pasado porque se olvidó de llevarse su bolso. Encontró la cartuchera celeste claro con osos polares, donde guardaba las cosas que más usaba como bolígrafos y algunos lápices de colores. Y la libreta que usaba para hacer garabatos y cosas por el estilo, con hojas de poco gramaje.
Y la libreta de tapa celeste. No la otra, la artesanal que compró en Ushuaia para hacer dibujos más serios. Sino la que usó para las acuarelas.
¿Cómo carajos llegó eso ahí? Sus libretas la mitad de las veces terminaban apiladas en su escritorio, pero estaba segura que esa la puso en otro lado, o que quedó en el estudio, o en otra parte que garantizara no iba a estar al alcance de la mano. ¿No la guardó en el cajón? El viernes. No se acordaba mucho de qué había pasado el viernes.
No tenía por qué ocultarlo, igual, ¿no? Sólo era una libreta con hojas de más gramaje para poder practicar otra técnica. Sólo eran prácticas de acuarelas.
La curiosidad morbosa le hizo abrirla de todas formas, pasar por pruebas de tonalidades de colores, ruedas cromáticas, dibujos con formas y paisajes simples. Todos tenían detalles porque recién estaba aprendiendo y no fue hasta que le regalaron un set en Navidad, que se le ocurrió intentarlo de forma más seria. Algunos con demasiada agua, otros con poca, colores que se mezclaron entre sí, pero en general se notaba una línea de progreso, ya que Elsa tenía poca tolerancia a cometer los mismos errores dos veces.
Hasta que se llegaba al último dibujo, donde se iba todo por la borda.
Se supone era un boceto sencillo, partiendo de una foto que tomó a uno de los lagos en el Parque Nacional en el sur. La vista desde la orilla y las montañas a lo lejos reflejadas, las nubes ocupando la mayoría del cielo y dando una tonalidad fría al lugar. Lo más complicado era empezar a agregar detalles más específicos que requerían trabajar en capas y paciencia para los tiempos de secado.
Pero las nubes terminaron en un manchón gris sobresaturado, con bordes marcados por el exceso de agua, fundiéndose con las montañas y quitándoles definición. El trazo sin pulso. Ondeante. Desprolijo.
El último no era un dibujo. Era un desastre. Horrible. Muerto. Una porquería.
También era una prueba.
Era los últimos tres días de esa semana. De ese último y maldito miércoles. Del jueves, cuando le preguntó a su madre cómo podía hacer para corregir una cosa así, si es que tenía solución. De todo lo que siguió después, de todas esas cosas que nunca creyó iba a poder afirmar alguna vez.
Elsa se quedó ahí, sentada en el piso con una libreta en las manos y la única prueba existente. Lo único que le quedaba de todas las cosas que había perdido. O tal vez era la prueba de que las había perdido, efectivamente, y que no había sido necesariamente su culpa.
No. No, no, no.
Intentó concentrarse en otra cosa. Quitarse esa estúpida sensación de encima donde el frío le anudaba el estómago y subía hasta agitarle los pulmones, para acumularse en la nuca como frío húmedo. Las chicharras sonando afuera por el calor, el auto que acababa de pasar, el ruido de alacenas de madera cerrarse y música pop desde la cocina.
No sientas.
Necesitaba control, control, control. Respirar hondo y que las manos no le temblaran mientras el ambiente se tornaba frío y la piel de gallina era una nueva incomodidad.
No podía seguir prestándole atención a cosas como ésta. Las cosas que tenía que enterrar en la memoria, que debían fundirse con los vacíos y formar parte de ese miedo a caer. Cosas que ya no tenían entidad ni lugar ni tenía por qué asociarlas con un dibujo mal pintado. Con todo eso que ya estaba dicho, hecho y sellado. ¿Cómo sería esto una prueba si no tenía el más mínimo fundamento?
No iba a arruinarse el día con cosas así. Con nada parecido.
Existen cosas peores.
Volvió a meter todo de vuelta en la mochila, planes cancelados. Elsa se levantó con brusquedad para encerrarse en el baño, echarse agua fría en la cara. Una. Dos. Tres veces. A la cuarta dejó las manos ahí, respirando hondo, despacio. Una, dos, cinco veces. Las necesarias hasta que solo le quedó algo de nausea en el estómago y un frío en la piel lo suficientemente soportable.
Definitivamente no iba a volver a su casa ahora, a quedarse sola encerrada con todas esas no pruebas revoloteando alrededor.
Pero no podía dejar que eso le arruinara la vida ahora. ¿Qué no se supone que estas cosas no iban a pasar más? Entonces tenía que obligarse a seguir. Tenía que recuperar todas las otras cosas que le quedaban. Sentir que su vida aún era suya y no todo había cambiado.
Recuperar algo de su sentido de la normalidad. Olvidarse de las tragedias y quedarse con lo bueno. Distracciones. Más distracciones que las que usaba cuando estaba sola sin ganas de interactuar con el mundo. Las que la hacían sentir como una persona normal.
Así que volvió al living a buscar su celular, olvidando la idea de lettering que seguro terminaba en una pluma rota, y entrando a las apps de interacción social real. Como WhatsApp, donde ya iba acumulando notificaciones en rojo de tres cifras de grupos, contactos que ni tenía agendados (seguro familiares que no la conocían) y de todas las conversaciones de las que se estuvo zafando toda la semana. Y que no pensaba responder ahora porque no tenía ni ganas ni le veía sentido.
Terminó por chequear un solo grupo en particular, de nombre cursi con emojis de estrellitas conformado por sus amigas de hándbol y la escuela. Entre conversaciones de todo tipo de cosas, lo último era de Cati, anunciando que había vuelto de vacaciones mandando un montón de fotos de su perro, y un video donde estaba tan contento e hiperactivo saltando que casi tira una repisa entera.
Y ya que era la oportunidad perfecta, envió stickers de corazones y un "cuándo lo puedo visitar?" , como si no hubieran pasado casi dos meses desde que veía a una de sus mejores amigas. Hasta le daba algo de miedo qué podía llegar a pasar en toda esa interacción, conociéndola (y conociéndose).
No pasaron ni cinco minutos que apareció un "Mañana?" en la pantalla, entre los mensajes por Bobby y Emma diciéndole que al fin se dignaba a aparecer.
¿Mañana? ¿Ya?
Echó una vista rápida a la cocina, a su derecha. Su hermana seguía en su burbuja haciendo sus cosas, tarareando una canción de la radio mientras seguía haciendo lo que fuere que estuvo haciendo desde la mañana.
No, no, no. Tenía que hacer esto. Distracciones, ¿ok? Distracciones.
Elsa respondió con un simple "Mañana", sintiendo por primera vez en el día que se le elevaban las comisuras de los labios. Mañana estaba bien.
RicSanchez8: Eh...Muchas cosas (?). Jajajaja, bueno esto no resuelve nada creo, pero espero te haya sido más ligero? No hacer cosas no tristes, perdon :_
Recuerden me pueden venir a putear a mi tumblr Snowmanmelting :^) Ah y están los edits de como se verían en la vida real que hice si los quieren chequear (L)
Y que los comments me dan ganas de vivir, muchas gracias hasta prontos (L)
