eyyooo! He volvido(?). Ahre siempre voy a decir lo mismo jajaja.
Bueno, nada, este capítulo es de verdad más tranqui y lo que la niña se merecía hace rato. Quizás no tiene una suuuper calidad, estoy practicando esto llamado "no ser una perfeccionista de mierda al punto que arruino mis hobbies", y acabo de terminarlo pero ya no quiero hacer el chequeo con el lector en voz alta y todo. Así que pos eso. Tenía el draft listo y me tomé 3 semanas más en cambiar una parte de la conversación porque me gustó más así.
Anygays, aquí vengo con 4.2k de vuelta :^)
Miércoles por la mañana, Elsa se despertó de un sobresalto.
No el sobresalto que se da cuando se tiene una pesadilla, donde todo da vueltas por sentarse de forma brusca, sino los peores. Los que ocurren ante el más mínimo ruido de pasos, del chirrido que causa una puerta al abrirse, del ruido repentino de algo que se cae sin explicación aparente en medio de la noche.
Una de las peores formas de volver a la conciencia, a decir verdad. La que la traía del mundo de los sueños a las realidades inminentes e inevitables. A pesar de que con una primera vista a las luces del techo ya sabía que estaba en una casa segura, donde todo esto no eran más que imaginaciones puras de pasados cercanos.
Elsa tomó aire despacio por la nariz, refregándose los ojos con manos frías, intentando bajar un poco el frenesí repentino y el frío apoderándose de su estómago.
Otro ruido, otra vez. De envoltorio crujiendo.
Despacio y con somnolencia, Elsa levantó la cabeza. Cati tenía un sofá en L gigante, y habían puesto el colchón inflable justo en el hueco encajándolo como un tetris. La mesa ratona quedó a un costado, con vasos vacíos, un popurrí de porquerías dulces y saladas, botellas de gaseosas y el Dr. Lemon que abrieron con la aprobación de los adultos de casa (y la promesa de que era lo único con alcohol). Decidieron por juntarlo en la mañana, porque a las tres de la madrugada ya nadie tenía ganas de cruzar el comedor hasta la cocina.
El perro los encontró primero.
—Ay no, Bobby, —protestó por bajo, dejando caer la cabeza con pesadez. Se supone se había quedado arriba, justamente para que no bajara y no les estuviera encima toda la noche. Sobre todo porque a Melisa le daban miedo los perros, por más que Bobby fuera el Boyero de Berna más manso que podía existir—. Bobby, deja eso.
Lo llamó por lo bajo, chasqueando los dedos despacio para no hacer mucho ruido. Nada. Quizás porque no fue con el mayor de los ánimos y lo más tentador que podía ofrecer era una caricia detrás de las orejas. Así que con todo el desánimo del mundo, Elsa se sentó con cuidado de no mover demasiado el colchón.
Un paneo general le confirmó que era la única despierta, Cati seguía dándole la espalda, Emma roncando despacio en el otro extremo, Melisa tapada hasta la cabeza en un costado en el sillón y Camila durmiendo inmóvil cual momia en el extremo más largo. Bueno, ella y el perro, que decidió que ya se había contentado con las migajas del paquete de Doritos y ahora iba por algo dulce de la mesa.
Tirándose el cabello para atrás con un suspiro pesado, Elsa se levantó con cuidado y logró tomar un paquete de galletitas antes de que Bobby pudiera llegar a darles un mordisco. A lo que se ganó una mirada inquisitiva de su parte, que contrarrestó con una caricia en la cabeza. Y procedió a intentar agarrar cuanto paquete con comida podía para llevarlo a cocina, a la derecha después del comedor principal.
Por lógica, la puerta estaba cerrada, así que posó el oído sobre la madera primero, para saber si debía tocar antes de entrar o no. Y cuando recibió silencio, bajó la perilla maniobrando con el codo y entró.
Elsa nunca fue el tipo de persona que se moviera con tal confianza en casa ajena. En lo absoluto. La única excepción eran algunas casas de familiares y, justamente, la casa de Cati. Quizás porque al vivir bastante cerca una de la otra, el pasar las tardes luego de la escuela o quedarse a dormir se volvió algo común desde que se amigaron a los trece años. A estas alturas ya la conocía casi toda la familia, y hasta se fueron de vacaciones juntas o escapadas de fin de semana. Su madre, incluso, ayer por la tarde cuando llegaron del centro comercial, la abrazó de forma tal que casi hace que Elsa se largue a llorar frente a todo el mundo.
Fue una de esas cosas que la devolvió a la realidad de golpe. La realidad actual, donde su mamá ya no estaba más en ningún lado, para abrazar a nadie, y su casa no era más su casa, sino la de sus tíos y su hermana. Que le recordaba que esto no era una salida con amigas más, donde se reunían después de volver de vacaciones, como cuando fueron al cine el primer domingo de febrero. Esto era más que nada para distraerla a ella. Ella misma se dijo el día anterior que tenía que hacer como si nada y distraerse, seguir como si nada. Salir.
—Elsa, ¿qué diablos estás haciendo?
Elsa no supo cómo no pegó un grito. Lo que sí le dio fue un sobresalto que hizo que se abrazara a los paquetes de snacks que, recién daba cuenta, seguía sosteniendo.
—¡Catalina! —Exclamó, dejándolos sobre la mesada y poniéndose una mano en el pecho del susto. Su amiga hizo poco esfuerzo por aguantarse la risa sorprendida que le salió, mientras Elsa la miraba ofendida—. Dios, casi me das un infarto.
La respuesta que obtuvo fue un ruedo de ojos, a la vez que cerraba la puerta de la cocina. Porque, sí, Elsa prestaba atención a esos detalles. Primero se observa, después se decide si es algo sobre lo que actuar o no.
Por el momento, dado de quién se trataba, sería lo segundo.
—No, enserio. ¿Por qué estás haciendo eso ahora? No son ni las seis.
Y por primera vez en la mañana, Elsa se volteó a ver el reloj sobre el umbral de la cocina. Casi las cinco y treinta de la mañana.
—Tu oso me despertó. —Señaló con la cabeza al manto tricolor que venía caminando en dirección de su dueña, desde el otro extremo de la cocina—. Casi se come el paquete de las Milka con envoltorio y todo.
Elsa levantó el paquete de galletitas de chocolate en énfasis, aún hasta la mitad. No era una experta, pero sabía que el chocolate era tóxico para los perros y que Bobby tenía una dieta estricta y bastante específica a seguir.
Cati lo miró con el seño fruncido mientras se hacía un rodete en el pelo.
—Tú quieres otra visita al veterinario, ¿no? —Se agachó a su altura y lo sacudió de los mofletes—. Es muy temprano para que tengas hambre.
Bobby ladró en protesta.
Aún así, entre charlas y negociaciones, logró persuadirlo a que saliera al jardín a dar una vuelta, en vez de llenarle el pote de comida.
Elsa nada más se quedó mirando con curiosidad desde su lugar, apoyada contra la mesada y sintiendo el frío del piso sobre los pies descalzos. Había llovido en la madrugada, como ocurrió los últimos tres días, y la humedad del rocío aún se sentía pesada y hacia que el aire fuera casi tangible al ingresar a los pulmones.
Sin embargo no estaba incómoda. La cocina de la casa de Cati era del tipo que se ve en los catálogos, esas de alacenas blancas con mesadas de granito negro. Las típicas de las revistas de principios del dos mil que su mamá compraba en los bazares en oferta. Siempre decía que le encantaba esta cocina, de hecho, y cada vez que visitaba hablaba de renovar la suya.
Su papá siempre terminaba diciendo que le gustaba tal cual estaba hecha desde que se construyó a principios de los ochentas, que paredes blancas con alacenas en madera se le hacía cálido y le recordaba a su casa de la infancia, por alguna razón. Y su mamá le daba la razón en que cambiar calidades no tenía sentido. Hasta que la idea reaparecía meses después y así sucesivamente. Y cuando por fin se decidieron por comprar pintura blanca para las alacenas, el año pasado, a Elsa le dio una pulmonía que la dejó en el hospital. Y luego no tuvo sentido, si se iban a separar.
—¿Qué? —escuchó de la nada, y Elsa bajó de su propia cabeza para darse cuenta que Cati estaba del otro lado de la cocina, su espalda contra el marco de la puerta del patio.
—¿Qué de qué? — Elsa frunció el ceño, confundida.
Recibió como respuesta un encogimiento de hombros.
—No sé, tú te me quedaste mirando.
Pasó un momento donde ambas se miraron con confusión pura, sin entenderse demasiado. Elsa atribuyó la falta de reacción y su lentitud, a que aún no estaba despierta del todo.
—¡Oh! Uh, perdón. —Elsa se resfregó los ojos de vuelta y caminó hasta la puerta del patio, para apoyarse contra el otro costado del marco. De un momento a otro no quiso ver más los reflejos de las ventanas sobre la isla de la cocina—. Me colgué pensando en algo.
Y prefería ver a Bobby acercarse peligrosamente a un arbusto de flores.
—¿Qué cosa? —Bastaron con que Cati se diera vuelta a mirarla dos segundos para que él ya estuviera mordisqueando unas hojas, y Elsa no pudo disimular el asombro que le daba la viveza de éste animal—. ¡Bobby! ¡Deja las plantas!
—Nada, nada. No importa. —Elsa aprovechó la distracción para seguir la conversación como si nada, y quizás lograr escaparse. ¿Qué sentido tenía acordarse de estas cosas? Mientras más se decía a sí misma que tenía que seguir adelante, más su cabeza se empeñada por observar detalles y sustraer los recuerdos más inútiles de las cosas más mundanas.
—Ay, no seas así. Ahora quiero saber. —Cati la tironeó del borde de la remera del pijama. Despacio, pero insistente de todas formas—. Ya dime.
—Me acordé de mis padres siempre diciendo de renovar la cocina y nunca haciendo nada. —Elsa se encogió de hombros y se cruzó de brazos, en un intento de restarle la importancia extra que le estaba agregando sola—. Eso, nada más.
Ya no tenía idea de porqué volvía a ese tipo de cosas banales. Catalina, al parecer, tampoco. Porque no dijo nada, y aún así Elsa no tuvo que levantar la vista para saber que tenía su mirada encima, que la estaba analizando a ella para saber qué decir de la forma más sensible que pudiera encontrar.
¿Acababa de introducir por sí sola la conversación que tanto insistió, no quería tener? Quizás.
Se hizo un momento de silencio. Esos donde todos los ruidos del ambiente se vuelven más fuertes. Los pájaros cantando cada vez más a medida que se despertaban con el amanecer, las pisadas de Bobby en el pasto, el mínimo chirrido de las bisagras de la puerta cuando Elsa alternó la pierna sobre la que se estaba reclinando.
—No me dijiste nada. —Fue un murmullo, como si no quisiera irrumpir con la tranquilidad en el aire.
—No le dije nada a nadie. —No quería penas, ni explicaciones, e igual estaban todos ocupados con sus vidas, de vacaciones, preparándose para dar exámenes. Además de que tenía demasiadas cosas en la cabeza para pensar bien en qué decir sin necesidad de sonar como que quería llamar la atención. Uno no va por la vida anunciando las tragedias personales.
De todas formas se corrió la voz.
—Perdón por no haber podido acompañarte en el funeral. —Ya se lo dijo antes, apenas se encontraron en el centro comercial, un susurro doloroso y arrepentido entre un abrazo de los asfixiantes pero acogedores.
—Está bien, Cati, enserio. Ni siquiera estabas en el país. —Elsa se lo respondió una vez y se lo volvería a decir la cantidad de veces necesarias—. Apenas y lo registré.
Apenas.
Apenas era poco.
Sabía que sus amigas estuvieron ahí un rato, además de algunos compañeros de la escuela. Que hubo un intercambio de palabras en algún momento. Sin embargo se sentía como en un sueño, donde los momentos flotan en desorden y las imágenes son tan vagas como son nítidas. Podía haber sucedido ayer, o hace dos semanas, o hace seis meses. La idea seguía siendo la misma. Tan distante como cercana.
—¿…Estás bien, El? —No era una pregunta del ahora, ni en el sentido banal de la palabra. Se trataba sino de una invitación a que fuera honesta con ella. Catalina no era ajena a los duelos, ni a asistir a funerales desde niña por perder familiares cercanos en circunstancias mucho peores a las de ella. Le había contado a Elsa, en esas charlas de confesiones de madrugada, sobre la muerte de su hermano mayor, y la acompañó en el funeral de su padre biológico, a los catorce.
Así como Elsa sabía sus secretos, Cati sabía los suyos.
Por lo que levantó la mirada. Sólo para confirmar la preocupación de su voz en sus ojos marrones.
—Es… Es raro, —murmuró, sintiendo que las palabras se le iban solas—. Todo parece que sigue igual. Pero nada más se siente así, porque estoy haciendo cosas totalmente distintas. Viviendo en otra casa con gente que tiene formas diferentes… No sé, quizás es muy temprano y estoy diciendo estupideces.
Con un suspiro pesado, terminó por sentarse en el piso, piernas plegadas sobre el deck del patio y abrazándose los tobillos. Sin saber el por qué más que se estaba cansando de estar parada. Cati la siguió, haciéndose del hueco libre e inclinándose sobre los brazos.
—Nah, ey, no es estúpido. A mí eso me pasó con mi papá. —Le abrazó por los hombros, despacio, y Elsa acostó la cabeza sobre su hombro casi de forma instantánea. Catalina era de esas personas de movimientos espontáneos. Si bien a Elsa no le gustaban las invasiones de espacio personal repentinas, el calor que le transmitía era del mismo tipo que le transmitía Anna, ese que daba ganas de abrazar de vuelta—. Siempre fui consciente de que nunca le importé demasiado.E igual cuando vino mi cumpleaños… no sé, esperé que me llamara a la semana siguiente para ir a cenar y que me regalara una de esas gift cards suyas.
—…El mundo sigue. —Era eso, ¿no? El mundo seguía. Siempre seguía y seguía y seguía y uno debía acostumbrarse al ritmo tratando de no morir en el intento—. Nadie te espera.
—¿Y quién te dijo que lo tienes que seguir? —Elsa levantó la cabeza para observarla confundida. Cati nada se encogió de hombros, como si fuera obvio—. La gente a veces necesita pausas. Y, eh, como que no es por nada pero justo tú podrías hacerte de una.
—Para eso me fui un mes y medio al sur. —Y después lo pagó entero en los siete días que siguieron, porque así funcionaba todo. Si se quieren cosas buenas entonces hay que estar dispuesto a pagar los precios.
—Pero las vacaciones familiares son lo que menos cuenta, El.
—Cuando son con la familia que tú quieres, sí. —Lo dijo más como un comentario de algo dado por hecho, sin saber qué más hacer que chocar despacio las rodillas. Esta vez fue Cati quien se volteó a mirarla extrañada, y Elsa arrugó la frente—. ¿Qué?
—No, es que… Me suena raro que lo digas así, —murmuró—. O sea, creí que lo extrañarías.
Elsa seguía sin entender.
—¿Cuándo? —No era tan raro preguntar exactitudes, ¿o sí?
—No sé. —Dibujó círculos en el aire con la mano libre, como buscando sus propios significados—. ¿En general…?
¿Lo extrañaba, ahora? Elsa supuso que sí, estas últimas semanas. Que extrañaba casi todo, ya que la gente no es perfecta, tiene sus errores y no se puede esperar que los cambien nada más porque a uno le molesten. Es un tómalo o déjalo. Sobre todo cuando se trata de la familia, que nunca se elige. En cualquier caso, es una forma de aprender a convivir con gente totalmente distinta. Sirve para el futuro, la vida, relacionarse con la sociedad.
Por lo que Elsa asintió, como si fuera lo más obvio del mundo. Porque tenía que extrañarlo, ¿no? Debería. Debería.
¿Por qué, entonces, su cabeza negó por sí sola dos segundos después?
¿Por qué su cabeza la bombardeó con todas esas noches de sueño tranquilo que tuvo hasta ahora, incluso si el colchón no era el somier cómodo de su cama original, si se pasaba mirando a las estrellas del techo en un cuarto ajeno, o a la puerta abierta por lo que parecían horas? ¿Con las conversaciones con Anna del día a día, enfrascadas en eso de pretender que no tenían nada más importante que hablar?
¿Por qué su cabeza la bombardeó con todas las cosas que pasaron? ¿La sensación del frío húmedo empapándola por completo en medio de la madrugada? El frío seco, calándole los huesos. El frío que sentía ahora, recorriendo la columna vertebral y vertiéndose por todas sus terminaciones nerviosas. El calor. Ese que quema, que derrite partes de la piel y deja marcas a lo largo del cuerpo.
La razón por la cual aún hoy, en una de las casas donde siempre se sintió segura, donde podía dormir con las puertas abiertas y ligeramente abrazada a alguien, seguía teniendo una capa extra de ropa debajo del pijama.
—No sé, —admitió, con una voz demasiado temblorosa para su gusto—. Pero debería, ¿o no? O sea es- era mi papá. ¿Qué clase de hija soy?
¿Qué clase de persona sería? ¿Qué clase de familiar? ¿De verdad podría hacer algo tan egoísta?
Debería.
—O, mejor dicho, qué clase de padre fue él que ahora tienes tantas dudas, ¿no? —Su forma de decir deja de echarte la culpa por todo, y unas cuantas cosas más que seguro se estaba guardando por respeto. Ya que en lo que respectaba a este tema, todo este tema, tenían opiniones bastante definidas. Y opuestas. Al punto que el año pasado no se hablaron por meses.
—La gente comete errores, Cati, —Elsa no sabía por qué esa clase de comentarios la ponían a la defensiva, por qué se sentían como un ataque personal, doliendo justo en el pecho. Tal vez le molestaba que Cati siempre apareciera con soluciones como si todo fuera tan fácil. Como si entendiera.
—¿Enserio te dijo eso? —Era un tono indignado pero medido. Bajo. Elsa sabía que con un simple asentimiento iba a desatar el tipo de conversación en verdad no quería tener. La típica que venía con eso de dejar de echarse culpas. Y es que sí, se lo dijo, él y su mamá y se lo escuchó decir a la mitad de su familia. También le pidió disculpas, en otra numerosa cantidad de ocasiones. Disculpas que aceptó, con inocencia o esperanzas, o pretendió aceptar, por una u otra razón.
—Catalina, es demasiado temprano para esto. —En todo sentido. Éste sábado serían quince días desde que recibió la noticia. Y hoy eran quince días del miércoles. Y mañana serían quince días del jueves. Y Elsa ya no sabía por qué se ponía a contar esas cosas. Por qué Cati le prestaba atención a eso, también, si es que ya no tenía el más mínimo sentido.
—Ok, perdón, perdón. Me callo. —Y lo dijo de forma más forzada que porque realmente lo sintiera. —. Es que tú sabes cómo soy y- Dios, me preocupas, El.
—Hm… —Elsa nada más apoyó el mentón entre las rodillas, mirando a Bobby entretenerse con quién sabe qué cosa, olfateando entre los canteros de flores del costado.
Sintió que Cati volvía a abrazarla. El abrazo completo donde no queda opción que amoldarse y apoyar el mentón en su hombro. Brazos a los costados sin saber bien cómo responder del todo. Era de lo más raro, cómo funcionaba el contacto físico. Elsa no era una persona de abrazos. No era una persona de contacto físico en general. Detestaba saludar con un beso en la mejilla a casi todo el mundo, la gente parándosele muy cerca la ponía nerviosa y consciente en demasía del nulo espacio personal. Odiaba que la gente se le tirara encima, que alguien le tomara de los hombros de la nada. Tenía que reprimir las muecas y que el cuerpo se le pusiera en alerta. Sobre todo en pleno verano.
Sin embargo, para todo existían excepciones. Ésta era una de ellas.
—No te mereces esto, El. —Escuchó, cerca de su oído—. Absolutamente nada. Lo sabes, ¿no?
Elsa podía argumentar que en realidad sí, quizás sí lo merecía. O quizás no era exactamente una cuestión de "merecer", pero es lo único que queda. A veces las alternativas son peores a lo que la realidad actual ofrece. A veces hay que inspirar hondo y buscarle el lado positivo a las cosas. Pensar en todo lo que se tiene. Pensar en que podría ser peor. Muchísimo peor. En que sólo le quedaba un año más hasta la mayoría de edad y entonces iba a poder hacer lo que quisiera.
Podía argumentar, sí. Pero algo le inundó el pecho con una sensación que en vez de traducirse en palabras, se traducía en lágrimas. No sabía el motivo exacto. Tal vez era la forma con la que siempre le decía estas cosas. La firmeza. La convicción de que realmente Elsa no tenía culpas ni responsabilidades, aún sabiendo gran parte de la historia. Mucho más de lo que nadie sabía.
—Gracias, Cati. — Elsa terminó por rodearle el torso con sus brazos. Fuerte. Sintiendo el fuego del contacto sobre su cuerpo. Ardiente. Cómodo. Reconfortante.
La calidez de esos abrazos que no se quieren deshacer.
Para alrededor de las trece treinta, Elsa ya estaba de vuelta en la casa de sus tíos. De su hermana. ¿Suya?
Sea como fuere, el hecho de tener que cruzar un portón de madera de medio metro y pasar el caminito de piedras blancas hasta la actual puerta de entrada, en vez del típico portón y escalones de adoquín a puertas dobles, le hizo un nudo en la garganta. Esta no era su casa. Por eso mismo se quería quedar a vivir y a la vez volver corriendo.
Sin embargo, como era habitual, no quedaban muchas opciones. Así que inspiró hondo y puso la llave en la cerradura pensando en que, al menos, el mero hecho de atravesar una puerta no le revolvía el estómago, ni era la puerta de un hogar de menores, ni las puertas dobles con cerraduras de bronce del primo de su padre, ni de cualquier otra persona con la que no estaba segura de querer vivir.
—Buen día, —Anna estaba almorzando en el living, y Elsa decidió saludar como siempre. No sabía cómo estaban las cosas aún, pero a estas alturas no iba a parecer rencorosa por algo así. Si Anna quería seguir hablándole cortante, entonces que fuera su problema.
—¡Oh, hey! Creí que venías más tarde. —Bueno, al menos no era la única que pensaba eso—. ¿Almorzaste? Hay milanesas en el freezer, si quieres.
Apuntó con una cuchara en dirección a la cocina, Elsa negó con la cabeza.
—Todas tenían algo que hacer después del mediodía y, eh, desayuné recién, —dijo, dejando su bolso al pie del sofá cuando se sentó en el otro extremo. En realidad desayunaron a las once, pero no tenía ganas de comer más nada a estas alturas, después de tantas porquerías y demasiadas galletitas de chocolate—. Y si hay milanesas, ¿por qué sólo estás comiendo puré?
—Me ajustaron los brackets hoy a la mañana y las muelas me duelen como el infierno. —Anna se desplomó en el sillón de forma dramática, arrugando la nariz—. Ya tomé ibuprofeno y todo. Pero al menos ahora tengo banditas arcoíris.
—Me hubieras mandado un mensaje y te compraba papilla de manzana a la vuelta. —Anteeso su hermana le pegó con un almohadón e indignación exagerada, y Elsa se lo tiró de vuelta con una sonrisa, sintiéndose bien de por fin volver a esto, en vez de a echarse cosas en cara.
—Ja, ja. Muy graciosa. Debería haberte dicho que compraras helado, ¿qué no el frío te adormece el dolor o algo así? —Lo mencionó al aire, al mismo tiempo que se ponía a contestar algo en el celular. Elsa frunció el ceño, no del todo segura y casi que chasqueando la lengua.
Eso es un mito.
Se lo hubiera dicho, si no fuera porque se quedó con las palabras en la punta de la lengua.
—Nada que ver, pero estoy hablando con la abuela para ir a merendar hoy, y, eh, ¿asumió que tú también vas? —dijo, con una ceja arqueada mientras jugaba con un mechón de pelo—. Digo, ¿quieres venir? Si no le invento alguna excusa o algo.
Recibió una mirada expectante de una respuesta, y a pesar de su buen humor, Elsa tuvo que pensarlo un poco.
Ir a la casa de su abuela sería lo mismo que ir a su casa. Había pinturas de su mamá por todos lados, fotos familiares, recuerdos de tardes de lluvia jugando a las cartas con leche chocolatada y galletitas de por medio, luego de la escuela. Podían no ser los mismos fantasmas, pero eran fantasmas al fin y al cabo. Sumado que tantas visitas familiares tan seguido terminaban abrumándola.
Elsa asintió de todas formas, encogiéndose de hombros.
—Eh, sí, ¿por qué no? No tengo nada que hacer. —Y es que el día estaba bonito, de verdad no tenía nada más que hacer, y su buen humor le decía que quizás podían venir cosas mejores.
…Lo que teóricamente no sucedió.
Catalina es un personaje que apareció primero como uno de esos personajes re simples y después terminó cobrando vida propia y básicamente me contó su historia de vida lmao. Es terrible. La adoro lol.
Si les gustó, no les gustó, lo que sea, aquí abajito está la caja de comentarios.
