"La felicidad no se consigue con el vicio ni con la virtud, sino con la manera en que entendamos el uno y la otra..." —Marqués de Sade.


El doble negro dejó pasar veinte minutos. De hecho, lo cronometró con su reloj. Normalmente, a Wolfram se le pasaba el "enfado" en ese tiempo. Y, normalmente, no podía estar enojado con él mucho más tiempo que ese porque...

El doble negro desvió la mirada. Era difícil de admitirlo, pero Yuuri lo sabía en su corazón. Era amor, cariño, afecto, y un montón de otras palabras que describían su relación unilateral; una que él sabía que seguía adelante, que seguía fomentando indirectamente al no hacer nada, al parecer tímido y avergonzado, y al evitar alegremente lo obvio siempre que podía.

Pero ahora...

Ahora, los sentimientos de Wolfram parecían estar cambiando junto con su nueva vida con Zander. Y, en estos días, nunca sabía realmente a qué atenerse.

¿Eran novios o ex novios?

A Wolfram ya no parecía importarle. Y eso le molestaba.

Sin duda eran padres. Aunque había sido de forma improbable, tenían ese vínculo común. Wolfram había señalado esa parte en el templo.

Y Zander...

Yuuri se veía a sí mismo cuando su hijo manejaba la magia, y además a una edad tan temprana. Sonrió con orgullo al pensar en ello.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo, podía ver a Wolfram en su hijo. El rostro era blanco como una sábana, pero era inconfundiblemente una forma chibi de Wolfram: los mismos mohines, sonrisas y ceños fruncidos. Y no habría conjeturas sobre a quién se parecería el niño cuando creciera. Zander era, claramente, el hijo de su padre.

Y ambos pueden ser imposibles a veces —pensó con cansancio.

Yuuri dobló una esquina y se detuvo ante la puerta de Wolfram. Estaba entreabierta y parecía como si hubiera sido golpeada contra el marco lo suficientemente fuerte como para rebotar sin cerrarse correctamente. La posición de la puerta, ahora que la miraba más que de pasada, necesitaría ser reajustada en las bisagras. Por otra parte, las puertas de su dormitorio también tuvieron que repararse repetidamente a lo largo de los años. Así que conocía las señales.

Con un suspiro interior, Yuuri empujó la puerta del dormitorio un poco más y se asomó al interior con vacilación. Un poco más. Un poco más... asomándose. Luego, sonrió ampliamente cuando finalmente entró.

Hermoso —reflexionó.

Wolfram estaba profundamente dormido en la cama con Alexander acurrucado en sus brazos vestido con un pijama verde menta. La larga cabellera de Wolfram caía en cascada como un baño de oro y su cuerpo se curvaba ligeramente hacia adentro. Pero el rostro de Wolfram parecía preocupado (cosa que a Yuuri no le gustaba nada). Y un ceño fruncido tiró de los labios del portador de fuego.

Envuelto firmemente en los brazos de su padre, Zander giró su pequeña cabeza y miró al doble negro. Había una seriedad en su expresión que Yuuri no creía posible en un bebé.

—¡Ah... bah... maou! —Señaló con un dedo regordete a Yuuri.

Yuuri apartó la mirada, incómodo.

—No es «maou», Zander... Es «papá», ¿de acuerdo? —dijo con suavidad.

El bebé estiró su pequeño cuerpo a lo largo, se acurrucó hacia el calor de su papá, y parpadeó lentamente hacia él.

—Maou.

Yuuri se acercó a los pies de la cama y se sentó en ella.

—Supongo que... tendremos que trabajar en eso, ¿eh? —Luego, dirigió su mirada a Wolfram—. Tal vez, tendremos que trabajar en muchas cosas...

El bebé pareció burlarse de él.

—No lo vas a poner fácil, ¿verdad? —Yuuri se amargo.

El bebé se acurrucó dulcemente en Wolfram, pero miró agudamente al intruso de pelo oscuro. Expulsó un buen y sólido eructo de leche. Qué incluso Yozak se habría impresionado.

—Eso es lo que pensé —Yuuri suspiró.


—Di «papá», Zander. —Yuuri le hizo cosquillas al bebé bajo la barbilla. Estaba sentado en su trona en la habitación infantil mientras la abuela Kate, la niñera de día, le daba un bocado de puré de patatas.

Wolfram estaba sentado en el fondo de la habitación, encorvado en una silla de cuero marrón y con las botas apoyadas encima de una pila bastante grande de libros escritos por Anissina, una serie llamada "La primera lectura del bebé". Para su alivio, eran en su mayoría libros ilustrados sobre plantas y animales de Shin Makoku. Por supuesto, se burló abiertamente del libro "Aspectos básicos para la crianza de los hijos" que ella había escrito; verse a sí misma como una autoridad en la crianza de los niños cuando nunca había criado uno le molestaba un poco. Entonces, mantuvo ese en la parte superior para poner sus pies.

—¡P-a-p-á, Zander! ¡Vamos... Puedes decirlo!

—Esto es una profunda pérdida de tiempo —refunfuñó Wolfram, cruzado de brazos.

—Sé que puede decirlo —replicó Yuuri—. Ya lo ha hecho antes.

—Me habría dado cuenta —dijo el rubio, terminando con un gemido abiertamente aburrido.

Yuuri se dio la vuelta, irritado, pero luego decidió intentar otra táctica para mantener la paz. Tendría que esforzarse más si quería mantener intacta a su familia Shin Makoku. Tal y como estaban las cosas, se estaban desmoronando. Y sólo un idiota hace lo mismo todos los días y espera resultados diferentes.

Lo mejor es empezar por el principio.

—Sabes, Wolf, me disculpé por lo que dije sobre la bola de fuego y el bebé y todo eso. —Dio unos pasos hacia Wolfram, con una expresión sincera—. Y la verdad es que... no sabía lo que ibas a hacer. Tampoco hubo tiempo para que me lo dijeras. —Se arrodilló junto a la silla de Wolfram—. Sólo agradezco que no esté herido. Y creo que ambos estamos de acuerdo en eso.

Lentamente, el ex príncipe asintió. Era cierto, pero eso no hacía que las cosas fueran perfectas entre ellos.

Yuuri se puso de pie con las manos en los bolsillos. Vio cómo la abuela Kate levantaba al bebé desordenado y lo llevaba a la habitación contigua. Zander lucía ahora una cresta de patata hecha por él mismo. Lástima que la abuela Kate no le hubiera limpiado las manitas regordetas con la suficiente rapidez después de que se zambulleran en el cuenco.

—Sólo por curiosidad —comenzó y se volvió hacia Wolfram— ¿qué pasó con tu nodriza? ¿Ya no la necesitas?

Wolfram se encogió de hombros inquieto ante esa pregunta, con los ojos dirigiéndose a la puerta por la que acababan de pasar la niñera y Alexander, y deslizó los pies fuera de la pila de libros. Por lo general, los señores mazoku mantenían a sus nodrizas mucho más tiempo que esto. Sin embargo, Gissela dijo que estaba bien cambiar a alimentos sólidos y leche de vaca. Así que eso fue lo que hicieron.

Yuuri sintió que la irritación lo pinchaba de nuevo.

—Mira, Wolf. Puede que no sea la principal autoridad de Shin Makoku en materia de paternidad, pero me gustaría que me mantuvieran informado cuando se trata de nuestro hijo. En el futuro...

—Ella se me ha confesado —interrumpió Wolfram. La expresión era una mezcla de fastidio y actitud defensiva. Yuuri tenía la costumbre de hacer suposiciones cuando no conocía toda la historia y eso lo enfurecía. Iba a tratar este tema una vez que la niñera saliera de la habitación. Hablar de esto delante de una sirvienta —incluso de una tan importante como la abuela Kate—, sería de mala educación.

Yuuri parpadeó.

—¿D-disculpame?

Wolfram estrechó sus ojos verdes. ¿Qué tan franco tenía que ser para que Yuuri se diera cuenta?

—La nodriza de Alexander... Me dijo que me amaba y que quería estar a mi lado... ser mi amante... o la próxima Lady von Bielefeld si así lo deseaba. —La mano a su lado se cerró en un puño—. Pero teniendo en cuenta su posición social, sabía desde el principio que lo máximo a lo que podía aspirar realmente era a ser una amante.

La cara de Yuuri tenía esa expresión de «¡Oh, diablos!» que casi hizo que Wolfram olvidara su resentimiento y se riera a carcajadas. Pero la situación no era divertida, no realmente.

—Entonces, ¿qué hiciste?

Apenas formuló la pregunta, la mente de Yuuri recordó las innumerables veces que había visto a Wolfram y a la nodriza juntos en el pasillo. Ahora que lo recordaba, todas las señales estaban ahí. Ella siempre sonreía, echando hacia atrás su pelo platino con timidez. Caminaba con el bebé en brazos y se contoneaba, sólo un poco, para estar junto a él, dando la impresión de que eran pareja. Era rubia, de cintura delgada y pechos amplios, y tenía una risa encantadora. Sus palabras eran siempre respetuosas y amables, y cedían fácilmente a los deseos a veces sobreprotectores de Wolfram. Si hubieran estado en la Tierra, la habrían confundido fácilmente con una joven y alegre esposa.

—No es la primera que se ofrece a ser mi amante... y probablemente no será la última. —Los ojos verdes de Wolfram se volvieron hacia el pasado, recordando—. Pero no quiero eso de la gente y... —Volvió a cruzar los brazos contra el pecho, con el cuerpo en postura defensiva—. Me gustaría que dejaran de hacerlo... Sinceramente, lo deseo.

—Bueno... eh... teniendo en cuenta cómo estamos... —Yuuri dijo torpemente, una referencia indirecta a su compromiso— ...me sorprende que...

Wolfram se rió de eso con sorna y el doble negro no lo pasó por alto. Llamó su atención.

—Yuuri, es precisamente por "cómo estamos" que la gente se ofrece. —Se acercó al doble negro y lo encaró de lleno—. A ti te pasa lo mismo cuando vas a los bailes, a las cenas, a los festivales... tanto aquí como en el extranjero. —Puso las manos en la espalda, un nuevo hábito que había adquirido de Gwendal aunque no fuera consciente de ello. La expresión de Wolfram se suavizó un poco cuando dijo—: Cuando se acercan a ti... coquetean contigo... dicen cosas ambiguas que te permiten sacar tus propias conclusiones... —Levantó una ceja.

—Son sólo... cosas. No lo dicen en serio. Incluso Günter lo dice en sus lecciones —se defendió Yuuri.

Wolfram se lo pensó y luego contraatacó.

—¿No se te ha ocurrido que a veces Günter se deja cosas en el tintero? ¿Que a veces no te cuenta toda la historia? Puede ser un poco... delicado... con esas cosas porque te avergüenzas muy fácilmente. —La mente de Wolfram se dirigió a la Batalla de las Flores. Vaya, Yuuri se iba a llevar una sorpresa.

Yuuri negó con la cabeza

—No. No soy tan débil como crees... ni tan ingenuo. Ya soy mayor y estoy empezando a entenderlo.

La esquina derecha de la boca de Wolfram esbozó una sonrisa.

—Como tú digas. —Intentó pronunciar las palabras con cara seria—. En fin, para resumir la historia... le pedí que se fuera del castillo.

—¿Tú qué...?

—Lo hice.

Yuuri se sintió un poco mal por la bonita chica que había sido despedida en el acto. Lo único que hizo fue ofrecerse.

—¿No podías haber resuelto otra cosa? Quiero decir, ¿no había otra manera? —Sugirió esperanzado. Wolfram podía ser tan duro de corazón a veces, tan regido por las reglas.

El rubio le lanzó una mirada furiosa.

—Si las cosas fueran al revés, ¿eso es lo que habrías hecho con una confesión de amor? Bueno, ¿lo es?

Yuuri desvió la mirada hacia el suelo de la habitación. Las únicas confesiones de amor manifiestas que había recibido provenían repetidamente de Wolfram no hacía mucho tiempo: sus planes de boda, sus declaraciones acerca de que eran novios y debían estar juntos, su insistencia en que lo acompañaría en sus aventuras, sus exigencias de dormir en la misma cama... Esas cosas eran fáciles de ignorar porque Wolfram siempre hablaba como "Nosotros" y nunca como "Yo".

Apartarle.

Ignorarle.

Dejarle solo.

Dejarle morir por negligencia.

Él entendería el mensaje... eventualmente.

Oh, ya veo... —Un pequeño colmillo apareció en la comisura de la boca de Wolfram—. Entonces, realmente se merece esto...

—Déjame mostrarte lo que se siente —Suavemente, tomó las dos manos de Yuuri entre las suyas, haciendo círculos en el dorso de su mano derecha con el pulgar. Círculos... círculos suaves, tan suaves... Manos cálidas, toques íntimos.

El doble negro se quedó boquiabierto. ¿Realmente Wolfram estaba haciendo esto?

—Ahora que tienen tu atención, te miran a los ojos con esperanza y con miedo... esperanza de que sus sueños se hagan realidad y miedo de que su amor no sea correspondido y de que se convierta en un imbécil. —El bishonen soltó una oscura risa, de tono aterciopelado—. Pero vale la pena el riesgo... por estar con un rey.

El apuesto rostro de Wolfram se acercó al suyo y Yuuri pudo sentir que la habitación se calentaba.

¿Siempre hacía tanto calor? ¿Deberían abrir una ventana?

—¿Yuuri Heika? —dijo Wolfram seductoramente, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Entonces, los ojos verdes se volvieron hacia él... prometiéndole un mundo de placer en las profundidades líquidas. Todo lo que tendría que hacer es ceder... dejarse llevar. Sentir el placer.

El doble negro tragó grueso.

—Wolfram... sabes que odio que seas tan... formal... —se quejó débilmente, inexplicablemente atraído por el rubio que tenía delante, más hermoso que cualquier chica que hubiera conocido.

—Ah, pero ahora mismo no soy Wolfram, ahora... —dijo tímidamente, mirándolo a través de unas largas pestañas—. Haré lo que sea por ti —prometió, inclinando la cabeza lo justo y rozando la mejilla de Yuuri con su aliento. Se inclinó y se acercó al oído de Yuuri. Susurró—: Seré lo que sea por ti... —Se acercó más y acarició la mejilla del doble negro con la suya—. Todo lo que tienes que hacer es pedirlo...

Yuuri no estaba seguro de cuándo había sucedido, pero el apretón de manos había cesado y se encontraba entre los fuertes brazos de Wolfram.

¿Cuándo... sucedió esto?

El rubio era un poco más alto que él y los brazos lo rodeaban posesivamente, uno sobre los hombros y otro acunando la parte baja de la espalda. Wolfram presionó su cara contra la curva del cuello de Yuuri.

—Sólo di las palabras... y te esperaré.

Un breve y suave beso contra su piel.

Respiró con fuerza. Yuuri sentía que el corazón le retumbaba en el pecho. Y, antes de que pudiera armar otro pensamiento, el doble negro sintió que unos dedos le presionaban los hombros, una fuerza que lo empujaba bruscamente hacia atrás.

—Así de fácil —dijo Wolfram de forma desinteresada—. Te atraparán, absorberán toda tu inteligencia con eros, y ascenderán en la escala social a través de las delicias sexuales. —Wolfram se encogió de hombros mientras se dirigía a la puerta de la guardería—. Al menos, esa ha sido mi experiencia.

Miró por encima de su hombro para ver a Yuuri salir de su trance.

—¿Tu... experiencia? —Yuuri tropezó con las palabras. ¿Su Wolf realmente había dicho eso?

Wolfram, ligeramente avergonzado, se pasó los dedos por el flequillo para distraerse. Se apoyó en el marco de la puerta.

—Es tu vida. Haz lo que quieras. Sólo trata de ser cuidadoso... y discreto. Si no, pueden aprovecharse de verdad por muy "simpáticos" que parezcan por fuera —Forzó una sonrisa—. Ese es el mejor consejo que puedo darte.

El doble negro sintió que su corazón se hundía. ¿Wolfram le estaba dando permiso para tener una aventura? Así parecía.

—No puedo creer que simplemente... —Yuuri perdió todo lo que quería decir. Esto parecía tan irreal. ¿No se suponía que Wolfram estuviera celoso? ¿No lo estaba?

El rubio se pasó los dedos por la mandíbula inferior. Dándose cuenta de que pronto necesitaría un afeitado.

—He crecido un poco... como puedes ver al mirarme. Y he llegado a aceptar muchas cosas.

¿Qué? —Yuuri se acercó a él con pasos cautelosos—. Pero... tú... eh... —No había una buena manera de decirlo. Entonces, simplemente lo soltaría porque necesitaba saberlo.—. Quiero decir... todavía te gusto, ¿eh? —Sí, esa era la forma japonesa de expresarlo—. ¿Suki?

Wolfram le sonrió con tristeza.

—Creo que eres un gran tipo. —Luego, se volvió hacia la puerta—. Te veré en la cena... ¿de acuerdo?

Y se fue con un ligero movimiento de la coleta de caballo rubia.

Mientras Wolfram se alejaba, pensó:

No más confesiones. No más sueños. No te diré más que te quiero. No diré esas cosas. Son inútiles.

Yuuri se quedó en el umbral de la puerta y observó a Wolfram mientras se acariciaba ociosamente el pequeño punto de su cuello que Wolfram había besado.

No había nada más que pudiera hacer hasta la Batalla de las Flores. Y estaba decidido a que esa fiesta fuera un éxito. Haría las cosas correctas, diría las palabras correctas y encontraría la manera de acercar a Wolfram y a Zander a él.

Y eso sucedería.

Lo haría.


Yuuri esperaba impacientemente a Wolfram en la entrada privada que conducía al Gran Salón de Baile. Durante la construcción original del castillo, el Gran Sabio sugirió que se construyera esa entrada para la seguridad y protección de los Maou. Aunque, en realidad, la hizo construir para poder aconsejar a Shinou sobre lo que debía hacer y el orden en que debía saludar a la gente. Las habilidades sociales no eran un punto fuerte de Shinou y su reputación mejoró enormemente con la tutoría de última hora del sabio.

Yuuri se movió nerviosamente sobre sus pies. Sabía que había llegado demasiado pronto, pero no pudo evitarlo. Quería empezar la velada y que todo volviera a su cauce lo antes posible. Yuuri incluso le pidió a Conrad que lo ayudara con su traje, la corona y la capa para que Wolfram no tuviera que molestarse cuando se reunieran de nuevo.

—Pareces preocupado —vino la voz de atrás y Yuuri miró por encima del hombro con una sonrisa.

—¡Estás aquí! —La sonrisa se amplió—. Qué bien.

Wolfram se acercó con su nuevo atuendo: una camisa azul oscuro con un chaleco de color carbón claro y pantalones a juego. Una cinta azul más clara atada en la nuca le sujetaba el pelo. Esta noche, los pesados mechones dorados colgaban en gruesos y bien estilizados tirabuzones.

—Te ves muy bien —dijo Yuuri con un rubor en las mejillas.

Wolfram pareció sorprendido por el comentario.

—Gracias. —Entonces, se acercó a Yuuri, le ajustó el cuello negro y le alisó la capa sobre los hombros—. Tú también estás muy bien.

Ante eso, la expresión de Yuuri se agrió un poco.

—No estoy seguro... Le pedí a Conrad que me ayudara a vestirme para que no tuvieras que hacer esto... quiero decir, enderezarme y todo eso, como siempre.

La expresión de Wolfram cambió a una de comprensión.

Es hora de la verdad —pensó. ¿Qué más tenía que perder?— En realidad, parecías estar bien desde el principio. Creo que hago este tipo de cosas por costumbre. —Esbozó una pequeña pero genuina sonrisa y dijo en la formal lengua mazoku—: me disculpo. No debería molestarte por algo tan trivial.

Luego, tomó el brazo de Yuuri, como era costumbre, y esperó cortésmente a que se abrieran las puertas y los anunciaran.

Yuuri quería darse una palmada en la cara. Ya había metido la pata y la fiesta ni siquiera había empezado. Obviamente, los pequeños gestos y las pequeñas reverencias de Wolfram eran su manera de mostrar afecto, probablemente la única manera que se le permitía bajo sus circunstancias.

Las reglas. Había reglas entre ellos y Yuuri podía ver, ahora, que muchas de ellas —las que realmente importaban—, habían sido creadas por él y debían ser respetadas por Wolfram.

Debía estar a mi lado, pero increíblemente... solo —pensó Yuuri.

¿Qué había hecho todos estos años?

Se volvió hacia el rubio.

—¿Wolf?

—¿Sí? —Los ojos verdes parpadearon con curiosidad.

Lo mejor era ser sincero. No me ofende que me ayudes con mi ropa... enderezándola y todo eso... —Wolfram estaba a punto de hacer un comentario cuando Yuuri añadió—: de hecho, me gusta que te preocupes por mí.

Se mueve ligeramente nervioso sobre sus pies y, durante ese mismo movimiento, le da a Wolfram un suave apretón en el brazo.

El bishonen inclina su cabeza hacia un lado y parpadea de nuevo, aún procesando lo que Yuuri acaba de decir.

—¿Y Wolfram...?

—¿Sí?

Yuuri lo miró y luego se alejó tímidamente.

—Gracias.

Y, por primera vez en muchos años, Wolfram esbozó una sonrisa verdadera y cálida. Al verla, Yuuri bajó los brazos sólo para tomar la mano de Wolfram y entrelazar sus dedos con los suyos.

—Sé que la tradición dice que debes entrar de mi brazo, pero esa no es la forma en que quiero hacer las cosas esta noche.

Wolfram se quedó un poco boquiabierto y sus ojos bajaron hasta sus manos enlazadas.

Yuuri se rió.

—Después de todos estos años, me alegro de poder seguir sorprendiéndote.

Las puertas se abrieron y un mazoku anciano y barrigón llamó la atención de la multitud reunida y anunció:

—El rey Shibuya Yuuri, 27º Maou de la noble Raza Demoníaca y su prometido Lord Wolfram von Bielefeld.

Sin necesidad de empujones, Yuuri se adelantó con confianza, con Wolfram medio paso por detrás y aún desconcertado por la forma en que lo estaban paseando. Los nobles tampoco se lo perdieron, susurrando ocasionalmente detrás de sus abanicos y detrás de sus manos por la forma cariñosa en que Yuuri había llevado a Wolfram hacia adelante. Porque, en las celebraciones de la Batalla de las Flores, esto era casi inaudito entre un rey y su futuro cónyuge. Los celos solían estar en el aire. Y la clase noble siempre disfrutaba del drama.


Las velas blancas con aroma a vainilla ardían con fuerza desde la araña de cristal situada en lo alto y desde los candelabros de diseño ornamental situados en las cuatro esquinas de la sala. La cálida luz parpadeante hacía que las sombras de los asistentes a la fiesta se desplazaran por las paredes, dando la impresión de que había más de quinientas personas en el interior.

Como dicta la tradición, el propio salón de baile estaba decorado con magníficas flores de todo tipo y color. Pero Lady Cheri se había asegurado de que el "Hermoso Wolfram" amarillo ocupara un lugar destacado en los arreglos formales de las mesas de bebidas y postres. Los enormes y aromáticos ramos estaban atados con cintas de seda negras y azules —muy apropiadas en su opinión—, y los pétalos estaban salpicados de purpurina plateada.

Sí, el Gran Salón estaba decorado a la perfección y, en la humilde opinión de Yuuri, olía como una floristería. Elaborado, pero también adecuado. Volvió a contemplar la sala. Muy relajante. Con la fresca brisa que se filtraba desde las puertas abiertas del balcón, se sentía muy bien. Eso era todo. Y el doble negro decidió no analizarlo más.

Dondequiera que Yuuri fuera, llevaba a Wolfram con él, con las manos aún enlazadas y sudando un poco. Pero, eso no le molestó. A las jóvenes atrevidas que se acercaban, y muchas de ellas estaban bastante acostumbradas a hacerlo sin fingir una torpeza socialmente considerada, Yuuri mantenía una sonrisa brillante pero se inclinaba lo justo en dirección a Wolfram para comunicarles que estaba "acompañado", que eran una pareja. El doble negro parecía recordar que su padre le hacía eso a su madre cuando salían de compras, cuando los vendedores se ponían un poco "demasiado amistosos". Y, funcionó sorprendentemente bien esta noche.

Pequeños toques. Pequeños gestos, como cuando Wolfram le ajustaba la ropa. Esas cosas decían mucho. Y podía recurrir a las sutilezas de su cultura japonesa para que la gente supiera a qué atenerse.

Conrad, que acompañaba a Yuuri durante la noche como de costumbre, lo encontró interesante. Dos veces le lanzó a Wolfram una mirada de "¿Qué está pasando?" sólo para obtener como respuesta un encogimiento de hombros superficial y desconcertado.

—¿Quieres un trago? —le preguntó Yuuri ahora que estaban solos, o tan "solos" como podían estarlo en una sala con quinientas personas. Felizmente, las chicas habían pasado a la mesa de postres con pasteles en forma de grandes flores. Con suerte, después de eso, encontrarían algo más que hacer.

—¿Una copa? —dijo, levantando la voz porque el barullo era cada vez más fuerte.

—Puedo traerte una —ofreció Wolfram, tratando de desatar sus dedos para poder buscar algo.

Yuuri se apoyó en Wolfram y le susurró al oído:

—Hagámoslo juntos.

—¿Eh? —dijo Wolfram, con la boca abierta y la cola de caballo agitada. La cara de Wolfram se estaba poniendo roja hasta la punta de las orejas.

Preocupado, Yuuri le puso una mano en la mejilla.

—¿Te sientes bien...? —La cara del portador del fuego también se había puesto caliente.

Mirando a su alrededor, avergonzado, Wolfram puso una mano en la de Yuuri y la quito de su mejilla.

—Estoy bien —le susurró con toda seriedad—, pero lo que no entendí fue ese otro comentario.

Tenía que haber escuchado mal. Simplemente tenia que haberlo hecho.

Yuuri se rascó la cabeza.

—Sólo he dicho que deberíamos ir por las copas juntos. —Siguió una pequeña sonrisa de satisfacción. ¿Wolfram estaba nervioso? Sería un poco divertido si ese fuera el caso.

—Oh, ya veo. —El ex príncipe suspiró para sus adentros. Palabras descuidadas y un Yuuri despistado. Típico, típico, típico—. Lo siento. Es que me pareció oír...

—¿Oír qué?

El rubio negó con la cabeza.

—Nada. La habitación es ruidosa... No te preocupes —dijo como excusa y se sintió aliviado cuando Yuuri la aceptó tan fácilmente.

—¿Bebidas, entonces? —Sugirió Yuuri.

—Una copa de vino para ti —pronunció Wolfram en su habitual tono mandón con una mano en la cadera.

El doble negro sonrió ante eso y, con las manos aún enlazadas, arrastró a Wolfram a través de la multitud y en dirección a la larga mesa con el mantel de color crema.

Wolf cogería su copa primero.


—Y ahora, sin más preámbulos —anunció Günter grandilocuentemente mientras se colocaba delante de la orquesta de cuerda con una sencilla corona hecha de margaritas blancas tejidas y salpicadas de purpurina plateada y negra—, ¡Yuuri Heika elegirá a la próxima Reina de las Flores para la Batalla de las Flores!

La multitud de nobles, muchos de ellos achispados por el vino, vitorearon con entusiasmo, y sus voces resonaron en el salón de baile hasta casi convertirse en un rugido. Las mujeres, tanto jóvenes como mayores, se adelantaron mientras los hombres se reunían en la parte de atrás, en busca de más bebidas y otros se reunían en sus grupos políticos y sociales para tener alguna "charla de hombres". Pero también miraban con gran interés. Porque, la mujer que fuera elegida estaría dando el favor del rey a su familia por extensión. Y los hombres de las casas nobles tenían curiosidad por saber qué casa de entre ellas se beneficiaría.

Yuuri, que merendaba un modesto trozo de pastel de "flores" amarillo con Wolfram, se detuvo a mitad de bocado. Esto era un inconveniente. Las cosas habían ido tan bien esta noche que no quería arruinarlas. Después de todo, había llamado la atención de Wolfram de varias maneras buenas, había logrado sacarle una hermosa sonrisa, e incluso lo había convencido de reunirse más tarde para acostar a Greta y Alexander. Por primera vez en su vida, se sentía como un verdadero adulto. Sentía que tenía el control de su vida y le gustaba hacia dónde la dirigía.

—¿Heika? —llamó Gunther, escudriñando a la multitud con los ojos entrecerrados.

Yuuri frunce el ceño con decepción ante la tarea que tiene ante sí.

Wolfram se inclinó hacia su oído y le susurró:

—Está bien. Diviértete. Diviértete y procura que los demás también lo hagan.

—Pero, no lo quiero hacer... —Sacudió la cabeza.

Wolfram sonrió y se inclinó hacia atrás:

—Madre dice que una fiesta no es para ti. Una fiesta es para que tus invitados estén cómodos y se sientan apreciados.

Aquel parecía un consejo extraño viniendo de una mujer que era prácticamente la estrella de todos los eventos a los que asistía.

Yuuri asintió cabizbajo y avanzó, evitando a la gente que estaba de pie alrededor y que esperaba que tomara una decisión.

La sonrisa de Wolfram se torna tensa al ver a Yuuri sortear a Greta y a su madre y a Gissela y Anissina, así como a otras personas de la multitud reunida. Las jóvenes maozoku que constantemente se agolpan alrededor de Yuuri se habían abierto paso hasta el frente. E incluso algunas de las siervas se aseguraron de estar cerca de la orquesta. El tercer maou era muy aficionado a las sirvientas y una de ellas había sido coronada Reina de las Flores durante su reinado. Después fue nombrada Concubina Real Oficial y nunca trabajó de pie después de eso. Trabajar de "espaldas" era un asunto totalmente distinto.

Todos los ojos estaban puestos en él. Sí, Yuuri tendría que elegir. Todo el mundo estaba esperando.

A pesar de los ánimos, Wolfram, en el fondo, odiaba esta coronación y sus implicaciones. Tal vez, debería haberle contado todo a Yuuri. Ciertamente tuvo la oportunidad de hacerlo más de una vez. Pero, hasta esta noche, Yuuri nunca había intentado acercarse, no de la manera que Wolfram siempre había querido.

¿Era egoísta?

Ahora, el sentimiento de culpa lo corroía y deseaba poder tener de vuelta a Yuuri sólo por un momento.

Decirle las palabras, contarle todo.

Yuuri tomó la elaborada corona de margaritas de Günter y sus ojos negros buscaron a Wolfram entre la multitud. El rubio no parecía enfadado pero sus ojos color verde brillaban con dureza.

Por supuesto, está celoso. Tiene que estarlo —pensó Yuuri—. Simplemente ahora sabe disimularlo mejor o...

Existía la posibilidad de que Wolfram ya no estuviera tan "interesado" en él. Mentalmente, Yuuri se encogió sobre sí mismo ante esa idea. No podía concebirlo y no lo aceptaría si llegaba a ser cierto. Recuperaría a Wolfram.

Sostener la corona ahora, sentirla sobre sus dedos, lo hacía todo más claro. Sabía que necesitaba a Wolfram tanto como Wolfram lo necesitaba a él.

Juntos.

Ese era el futuro que quería.

No, ese era el futuro que él crearía.

Yuuri escaneó los rostros que tenía delante. ¿Pero cómo podía deshacerse de la corona? Podría arrojarla a la multitud, pero las mujeres se pelearían por ella y alguien podría resultar herido. Pensó en Greta. Pero la corona era demasiado grande. No le cabría y la regla era "mujer", no una menor que aún no había alcanzado la mayoría de edad. Yuuri vio a dos hermanas mazoku dándose codazos y susurrando en voz baja. Elegir a una de ellas significaría hacer enfadar a la otra durante años. Y aunque nunca había tenido una hermana, y no podía entender esa relación, no quería verla afectada.

Entonces, Yuuri recordó el último consejo de Wolfram y supo, al instante, quién debía ser coronada como reina.

Con pasos seguros, Yuuri se abrió paso de nuevo entre las mujeres, se acercó a Lady Cheri y le colocó la corona en la cabeza con una sonrisa bobalicona.

—¡¿Qué?! —fuertes jadeos se apoderaron de la sala.

—¡Pero qué escandaloso! —se susurró con dureza desde todos los puntos. Las mujeres fingieron esconderse detrás de sus abanicos y los hombres se quedaron boquiabiertos, incrédulos ante lo que acababa de ocurrir ante sus ojos.

Durante un segundo, incluso Lady Cheri se limitó a mirarlo con asombro antes de soltar un alegre:

—¡Yuuri Heika! ¡Nunca pensé que me elegirías a mí! Es una gran honor encabezar el desfile! —Luego lo abrazó con su habitual actitud maternal contra su pecho.

Una vez que lo soltó, Yuuri miró incómodo a la gente que lo rodeaba, escuchando palabras susurradas como: "es increíble" y "nunca imaginé que tenía esa clase de gustos", que llegaron a sus oídos.

Wolfram, con los puños apretados a los lados y una mirada acalorada que amenazaba con el desastre, giró sobre sus talones y salió furioso. Una vez que salió por la puerta, echó a correr, sin saber a dónde iba y sin importarle tampoco.

—Creo que será mejor que vayas a hablar con Wolfie y arreglen las cosas —le aconsejó Lady Cheri en un tono suave—. Yo me encargaré de todo aquí.

Le guiñó un ojo y le lanzó un beso.

Los ojos de Yuuri se dirigen a la puerta por donde Wolfram acaba de salir. Allí, miró a Günter parado con una expresión avergonzada en su rostro. Y las palabras de Wolfram regresaron a él:

—¿No se te ha ocurrido que a veces Günter se deja cosas en el tintero? ¿Que a veces no te cuenta toda la historia? Puede ser un poco... delicado... con esas cosas porque te avergüenzas muy fácilmente.

Molesto y aún sin tener idea de lo que había hecho, Yuuri salió corriendo también del salón de baile mientras escuchaba la voz de Lady Cheri diciendo:

—¡Es hora de alinearse para el desfile! ¡Vamos! ¡Todo el mundo! —Dio una palmada—. ¡Coged una copa, queridos, y vamos!

Si había algo en lo que la madre de Wolfram era muy hábil, era en el control de multitudes. Y, ella trabajaría en el control de daños en el camino también, Yuuri estaba seguro.

Ahora, eso lo dejaba libre para lidiar con un prometido que huía. Pero tendría que correr más rápido si iba a hacerlo.


—¡Eres un idiota, Yuuri!

Wolfram corría tan fuerte como podía, pero el sonido de pasos rápidos siguiéndolo llegó a sus oídos rápidamente. Por la reverberación de los zapatos de la tierra golpeando el suelo de piedra, supo sin duda que era Yuuri. Y, ahora mismo, era la última persona a la que quería ver.

Todo parecía tan injusto. Él era un soldado. ¿Por qué no podía correr más rápido que Yuuri? Además, era un demonio completo. ¿No lo haría eso más rápido que un medio demonio? ¡Maldita sea!

—¡Wolf, espera! —Yuuri llamó después de que pasaron por delante de un guardia divertido fuera de la oficina de Gwendal.

Esto se parecía a los viejos tiempos.

Los guardias y los sirvientes del castillo habían visto todo esto antes. Y sabían que no debían interferir. Era mucho mejor, y mucho más seguro, hacerse a un lado por unos momentos y permitir cierta medida de privacidad.

—¡Oh... vamos, Wolf!

Ahora se quejaba.

—¡No! —gritó el rubio mientras seguía avanzando, sin querer ver a Yuuri en absoluto.

—¡Wolf! —Yuuri gritó, llamando potencialmente la atención que Wolfram definitivamente no quería—, ¡Vamos! Dime qué acaba de pasar. No tengo ni idea.

Wolfram se detuvo en una esquina cerrada. La vela en el candelabro detrás de él brilló por un segundo y luego comenzó a derretirse en una avalancha de cera. Yuuri se detuvo y se quedó boquiabierto antes de volverse hacia el furioso hombre rubio que tenía delante.

Gracias a Shinou no llevaba su espada encima.

—¡Yuuri, no tienes ni idea la mayoría de los días!

Yuuri, irritado por ese comentario, replicó:

—Vale, sé que hice algo mal. La gente estaba actuando como si lo hubiera hecho. Entonces, ¿qué hice? —Golpeó el pie con impaciencia—. Quiero decir, le encantan las fiestas y no había forma de que estuvieras celoso de ella. Quiero decir, no de verdad. Es tu madre.

Wolfram no estaba seguro de por dónde empezar o cómo decirlo. Con la naturaleza de Yuuri, las cosas tenían que ser redactadas con cuidado. Pero, estaba tan enojado que no tenía ganas de darle a su declaración el viejo «tratamiento Günter» para apaciguar al doble negro.

—¿Quieres una respuesta? Bien, te daré una respuesta. —Levantó los brazos en el aire, exasperado—. Al darle a mi madre la corona de flores...

Un guardia de patrulla pasó rápidamente, tratando de mantenerse al margen de la discusión prácticamente abrazando la pared más cercana a él. Pero casi tropezó con sus propios pies cuando escuchó a Wolfram decir:

—...¡Acabas de anunciar al reino que te acostarías con gusto conmigo así como con mi madre!

Yuuri se olvidó de cómo respirar y, entonces, sus ojos se dirigieron al asombrado guardia que estaba ocupado intentando escabullirse sin ser notado. Esa declaración se extendería por todo el castillo al amanecer. El doble negro tomó a Wolfram bruscamente por el codo y lo obligó a seguir caminando. Este lugar era demasiado público. Y, él sabía que el rubio atesoraba su privacidad incluso por encima de la dignidad. Y ahora mismo, no estaba pensando con claridad.

Tal vez, si pudieran volver a su dormitorio y discutir las cosas allí...

—Yuuri, ¿cómo has podido? —le bramó el rubio, con lágrimas furiosas punzando en sus ojos.

—Esa no era mi intención —siseó Yuuri mientras caminaban rápidamente—. Sólo quería deshacerme de la corona.

Wolfram sintió que le dolía el corazón.

—Ya es bastante malo que me parezca a ella... pero el simbolismo... la insinuación de que te acostarías voluntariamente con ella... y conmigo... y mi reputación... y nuestro... como prometidos... —Se llevó una mano a su dolorida cabeza—. ...Aunque ya no...

Las habladurías del Ménage à trois o "casa de tres" le perseguirían de por vida. La idea de los tres en la misma cama —por no hablar de la obsesión pública de su madre por el "amor libre"— le hacía un nudo en el estómago.

Por primera vez en su vida, Wolfram von Bielefeld deseó ser invisible, desvanecerse en las nubes y desaparecer. No volver jamás.

Maldijo a Yuuri por haberle prestado atención esta noche, por haberle dado una pequeña pizca de esperanza de que las cosas cambiarían. Una estrecha amistad y una vida tranquila. Tal vez algo más años después, mientras veían crecer a su hijo, desarrollando un punto débil, un afecto, entre ellos. Había permitido esa esperanza. Además, se maldijo a sí mismo por ser tan débil como para dejar que Yuuri le afectara una vez más. ¿Cuántas veces tendría que pasar por esto antes de que aprendiera?

Wolfram arrancó su brazo del agarre de Yuuri. Ya había tenido suficiente.

—Voy a ver cómo está Alexander —dijo. Necesitaba un descanso de Yuuri y darse esta distracción sería lo mejor. Tal vez podría sentarse en la silla y mecer al bebé durante la siguiente hora. Y calmarse.

—Todavía estás molesto —señaló Yuuri. Diablos, él también estaba molesto. Y, definitivamente, el bebé captaría el estado de ánimo de Wolfram y se estresaría sin entenderlo—. Creo que deberíamos hablar un poco más primero... pensar las cosas. Discutir esto.

Wolfram le lanzó una mirada asesina.

—Creo que eres un idiota —y giró hacia el siguiente pasillo—. Y no creas que puedes detenerme. No puedes.


En la mecedora, la niñera sostenía a Alexander y tarareaba una suave y dulce melodía. Al otro lado de la puerta, los sirvientes iban de un lado a otro. Había mucho que hacer y con las celebraciones de la Batalla de las Flores que tenían lugar en los terrenos del castillo y en el propio Gran Salón de Baile, no faltaban los señores y señoras egoístas que exigían una atención especial.

—Me alegro que estemos aquí, pequeño. Hay demasiado ajetreo ahí fuera. —Señaló con el pulgar la puerta cerrada.

Zander miró a los ojos azul cielo y gorjeó, frotándose la nariz con un puño apretado.

—Tienes sueño, ¿eh?

—Bah...bah... —Salió como un suspiro mientras la manta amarilla se acurrucaba bajo su barbilla.

—Apuesto a que sí —dijo ella y sostuvo al bebé más cerca, meciéndolo.

La niñera nocturna llevó a Zander hasta la ornamentada cuna de la tierra de color marrón oscuro con el móvil de animales del zoológico adosado que Yuuri había traído en cinco viajes distintos, envolviendo las piezas individuales en bolsas de basura. Por supuesto, una vez que los sirvientes vieron el ornamentado "moisés", como ellos lo consideraban, se corrió la voz. Finalmente, todas las casas nobles de Shin Makoku insistieron en que Günter les proporcionara dibujos para que sus artesanos pudieran fabricarlos. Y, en dos meses, era lo más "de moda" que había que tener.

—Whoa... —Se oyó una débil voz.

Fuera de la ventana, parecía haber cierto revuelo. Se oyeron breves "uf" y, finalmente, el sonido de un largo trozo de metal que se estrellaba contra la pasarela de piedra.

—¿Hmm?

Los sonidos de una refriega continuaron por la ventana y, al abrirla, una paloma asustada pasó volando haciendo que la niñera diera un paso atrás. «¿Había alguien peleando ahí abajo?» Inclinó la cabeza en diferentes ángulos, tratando de ver lo que sucedía abajo. ¿Había un par de nobles borrachos que se estaban peleando bajo la ventana del balcón? Esperaba que no fuera así, ya que podría producirse un duelo y arruinar la diversión de la noche para todos.

Algo entró volando. Se apartó.

Un pequeño y afilado garfio se enganchó en el alféizar de la ventana, desconchando la pintura blanca al cortar la madera.

La cuerda dio dos tirones.

—¿Qué...?

La cuerda se tensó y estiró cuando alguien trepó por ella y un hombre con cara de rata se asomó.

—Je, je. —La risa era el resuello de un fumador de toda la vida. Apestaba a tabaco y a olor corporal mientras metía su cuerpo corto y delgado en la habitación. La camisa y los pantalones de trabajo le quedaban grandes —"prestados" para la ocasión—, y llevaba lo que parecía ser un tosco saco de patatas enganchado al cinturón de cuero.

Los ojos azules se abrieron de par en par.

—¡Sal de aquí, tú! —Intentó hacerlo irse agitando un pañuelo con bordes de encaje.

A través del grasiento flequillo marrón, la rata miró en dirección a la cuna y pareció más que encantada con lo que encontró.

—¡Bien! Está aquí... tal como dijo la mujer rubia en el bar. —Y se dirigió hacia el bebé dormido.

—¡Oye! —La voz de la niñera bajó varias octavas—. Te acabo de decir que te vayas de aquí. Si no quieres que te tire por la ventana...

Los bíceps se flexionaron amenazadoramente.

La rata se quedó boquiabierta.

—¡No eres una mujer demasiado grande! ¡Eres un...hombre!

Yozak enarcó una ceja ante eso.

—Bueno, nunca tendrás la oportunidad de averiguarlo con seguridad, ¿verdad? —Cerró el puño y estaba a punto de conectarlo con una mandíbula sin afeitar cuando una nube blanca y granulada voló hacia su cara.

—¡Polvo de pimienta! —Yozak se atragantó mientras se limpiaba los ojos furiosamente. Sabía que no serviría de nada. Él mismo había utilizado esa sustancia muchas veces para escapar y seguir manteniendo su tapadera como espía.

Peor aún, esta vez había inhalado el producto.

Asfixiado, Yozak consiguió cerrar el puño y golpear a la rata. Al parecer, el delgado hombrecillo también se había manchado con un poco de esa sustancia y la nariz le corría hasta la curva de la barbilla. Pero el puño no conectó y los ojos de Yozak ardían, lagrimeaban, dándole una visión deformada y húmeda.

Una patada en el pecho hizo que Yozak se tambaleara hacia atrás. No fue potente, sólo lo suficiente para desequilibrarlo. Utilizando una de sus posturas de lucha favoritas, evitó caer.

—¡Estúpido de mierda! —gritó el hombre con cara de rata e hizo borrosos movimientos de lanzamiento.

Yozak pudo sentir la cruel puñalada de tres pequeños cuchillos que penetraban en su piel: el hombro, la parte superior del brazo y el muslo. El carmesí goteaba por su falda de seda, arruinándola para siempre.

Lo que daría por tener su espada ahora mismo. Pero, al aceptar el trabajo que le había ordenado Gwendal, tuvo que prometer que dejaría su espada en sus aposentos o se arriesgaría a que se descubriera su tapadera. Después de todo, ¿qué niñera guarda una espada en la guardería?

Yozak respiró con fuerza y empezó a toser de nuevo, el polvo aún no había salido de sus pulmones. Cambió su postura a una más cómoda de lucha con los puños en alto, pero la falda no cedía tanto y se apretaba contra sus caderas. Además, empezaba a producirse un entumecimiento a la par que la sangre goteaba, pero Yozak sabía que no debía sacar los pequeños cuchillos. No hacía mucho, había visto a uno de los marineros de los muelles meterse en una refriega, ser apuñalado, y entonces el muy tonto sacó el cuchillo de la forma más varonil posible, para desangrarse de repente antes de que pudiera llegar la ayuda.

Un destello de plata.

—¡No otra vez! —Yozak esquivó.

Un ruido sordo junto a su cabeza.

Yozak resbaló en el suelo ensangrentado y perdió el equilibrio. Esta vez, su hombro golpeó fuertemente la puerta, haciéndola sonar, sólo para escuchar: «¿Qué demonios?» desde el otro lado con la voz de Wolfram. Peor aún, pudo distinguir el tono de la voz de Yuuri pero no las palabras exactas.

—¡Maldita sea! Deben haber tenido otra pelea —resopló Yozak para sí mismo, con los pulmones doloridos al toser de nuevo. Por su larga experiencia en escuchar los tonos de Yuuri y Wolfram —la forma en que se hablaban—, podía decir que estaban molestos. Y "molestos" no era nada comparado con "verdaderamente enojados". Yozak maldijo en silencio cuando escuchó más discusiones al otro lado.

Una pequeña llave traqueteó inútilmente en la puerta.

—¡Oi! —Golpe. Golpe. Golpe—. ¡Yozak, abre! —llamó Wolfram en un tono que no ocultaba su profunda preocupación—. ¡Has echado el cerrojo a la cerradura interior!

Yozak volvió los ojos hacia la puerta y eso fue todo lo que se necesitó para que el hombre tomara ventaja.

—Mira... mira... ¿Qué tenemos aquí? —Cantó la rata. Zander —que ahora también era un bebé muy despierto—, estaba apretado contra su cadera. Había un cuchillo girando entre los dedos de la rata—.Yo diría, señorito —bromeó—, que será mejor que salga por la puerta o algo malo... puede pasar. Y de paso, hacer que esos imbéciles se vayan.

Con una sonrisa de oreja a oreja, el hombre con cara de rata rozó con su mano, que empuñaba el cuchillo, el saco de patatas.

Probablemente tiene la intención de meter a Alexander en él cuando escape.

Yozak volvió a mirar hacia la puerta cuando sintió un golpe decididamente fuerte. Wolfram intentaba abrirse paso y, sabiendo como era el portador de fuego, no tardaría en decidirse a quemar la puerta. Pero el humo negro podría herir al bebé, y no podía predecir lo que haría la rata si se veía acorralada. Yozak había presenciado demasiadas escenas horripilantes en su vida. No quería aumentarlas.

No tengo opción. —El espía echó mano del pequeño cuchillo incrustado en el marco de la puerta. Al parecer, la rata había intentado clavarle el último en el cráneo. Era una suerte que sólo fuera un lanzador de cuchillos medianamente hábil.

—¡Juntos, entonces! —Vino del otro lado de la puerta.

¡Golpe! La vieja puerta de madera se resquebrajó, pero se mantuvo firme.

—¡Maldita sea! —Yozak entrecerró los ojos.

El bebé, asustado, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a llorar.

¡Golpe! Más crujidos, el marco de madera gimiendo bajo la presión.

El llanto se convirtió en un lamento por su papá que podía penetrar fácilmente la puerta y hacer eco en el pasillo.

—¡Otra vez! —Exigió Wolfram y le siguió un tremendo "¡Thwack!". Yozak sólo consiguió apartarse antes de que la puerta astillada se soltara, con los pesados restos golpeando la pared y los trozos más pequeños volando por la habitación.

Y, apareciendo en la puerta, Wolfram y Yuuri se pararon, temiendo lo peor.

Lástima que tuvieran razón.


A estas alturas, Zander estaba gritando con la cara manchada de rojo mientras era sujetado bruscamente contra la cadera del hombre rata. La pequeña navaja brillaba plateada.

Wolfram se volvió hacia Yozak y dijo entre dientes apretados:

—¡Llama a la guardia!

Con una mirada reticente, Yozak salió de la habitación tan rápido como se lo permitieron sus heridas, dejando un rastro de sangre en el suelo empolvado de pimienta. Conocía la seguridad de esta planta. Sería fácil encontrar guardias bien armados que lo ayudaran.

Los ojos de Wolfram se dirigieron a Yuuri.

—¡Consigue a Conrad!

Sí, eso también sacaría a Yuuri de la zona de peligro, para que pudiera pelear como era necesario.

El doble negro negó con la cabeza.

—No los dejaré solos con él —gritó por encima del sonido de los gritos de su hijo. Yuuri podía sentir el espíritu Maou dentro de él elevándose. Su hijo. No, su hijo estaba siendo amenazado con un cuchillo mellado en el medio. El lamento se hacía más fuerte cada minuto y, entonces, un zumbido.

La forma de Alexander chispeó como electricidad estática en la oscuridad. E incluso con la escasa luz de la única vela que ardía sobre la mesa, las pequeñas chispas saltaban claramente. El hombre con cara de rata apenas podía sujetarlo. Maldiciendo en voz alta, casi dejó caer al niño dos veces.

—¡Devuelve al niño!

Los ojos verdes de Wolfram se volvieron salvajes. Y el hombre rata pudo ver la amenaza de muerte en ellos. El cuerpo del rubio humeó y las llamas aparecieron detrás de él cuando entró con confianza en la habitación. Su pelo se soltó de la cinta de seda azul que lo sujetaba y el cabello rubio cayó en cascada sobre su hombro. Pequeños mechones de pelo cabalgaban en las mareas de aire caliente que se elevaban.

Con un giro brusco, Wolfram miró a Yuuri, que ahora estaba de pie junto a su codo, luchando por contener al espíritu Maou que veía justicia en matar la amenaza a su hijo pequeño. Un remolino azul de nubes empezaba a formarse y Yuuri se encontró respirando con dificultad, tratando de mantener el control.

Wolfram, con los puños en los costados:

—¿Recuerdas cuando una vez me dijiste, «me quedaré contigo... hasta el final»? ¿Lo recuerdas, Yuuri? —Dijo las palabras con lágrimas en los ojos, calientes y amenazando con caer.

Sorprendido, Yuuri lo miró y asintió, sin entender.

—Sí —dijo, con un tono tan enfadado como el de Wolfram y sus ojos se dirigieron al hombre con cara de rata.

—Quiero que sepas que... te ame por eso.

Yuuri se volvió de nuevo hacia él, confundido.

—No veo cómo...

Los fuegos que rodeaban a Wolfram se hicieron más calientes y brillantes.

—Este es el fin, Yuuri.

Y, con eso, Wolfram lo tomó del brazo en un movimiento experto que sabía que Yuuri no tenía forma de contrarrestar y lo hizo caer bruscamente a través de la puerta. Wolfram alcanzó los restos de lo que una vez fue una puerta, la arrastró a su lugar y disparó una ráfaga de fuego a la cerradura de metal, básicamente derritiéndola con un solo toque, mientras Yuuri gritaba sus protestas desde donde estaba tirado en el suelo.

Wolfram se volvió hacia la rata.

—¡Lo vas a liberar! ¡Baja a mi hijo ahora! —El rubio estaba más que enfadado. Sólo le quedaba una fina capa de razón y los instintos paternos se habían apoderado de él.

No existía nada más que ahora.

Nada existirá jamás.

Este hombre, sin importar lo que Yuuri quisiera, iba a morir.

Wolfram, Dios de las llamas del infierno, había dado su orden.

La rata se acercó a la ventana abierta.

—¿Tuyo? ¡Se suponía que era nuestro! Es Xahan... nuestro dios de la retribución... para defender a la raza humana. —La rata miró al bebé, todavía amenazando al niño de pelo blanco con su cuchillo—. ¡Pero, la has arruinado! —Apuntó el cuchillo de forma acusadora a Wolfram—. Y, ahora, en lugar de un adulto, tengo que lidiar con un bebé. —Miró al niño con desagrado, recordando las muchas novias embarazadas que abandonó en su juventud. Nunca se vio a sí mismo como padre—. Pero, no te preocupes... je, je, je...

Consiguió reírse a pesar de que Wolfram se acercaba amenazadoramente con humo negro y lenguas de fuego lamiendo su cuerpo. Un león de fuego se formó a su lado y los ojos verdes de Wolfram volvieron a él, feroces.

—¡Oye, mira! —La rata amenazó—: Será mejor que te apartes porque podría ponerme nervioso y podría ocurrir algo terrible...

Pero Wolfram no lo hizo. Siguió caminando lentamente.

—No creo que hayas venido hasta aquí para secuestrar a un niño... un niño muy poderoso... sólo para matarlo ante mis ojos —dijo por encima de los lamentos del bebé.

—Poderoso —sonrió la rata, mostrando sus dientes amarillos—. Eso es bueno... Hay rumores en el pueblo...

Y el bebé volvió a darle un golpe, y esta vez, la rata lo soltó. Pero, las manos del bebé se extendieron y formó una esfera a su alrededor. La bola de energía blanca rebotó con él dentro y el león de fuego de Wolfram empujó la esfera hacia el baño contiguo. Allí, la bestia de fuego vigilaría la entrada.

Los fuegos de Wolfram se iluminaron, la luz rebotó en las paredes del cuarto de baño con una intensidad creciente.

—Ahora, estamos solo nosotros... —Wolfram esbozó una sonrisa diabólica.

—Ahora... espera... —farfulló la rata, más que preocupada. Miró la ventana abierta con la cuerda aún atada a ella. Había un largo camino hacia abajo y dudaba que pudiera bajar por la cuerda sin que Wolfram le prendiera fuego a él y a la cuerda.

—¡Eso es! —Lo señaló con un dedo huesudo—. Al rey Yuuri le gusta la piedad... la piedad con los criminales... —Formó una sonrisa de suficiencia—. Todavía no ha muerto nadie... Me entregaré y me lanzaré a la misericordia de la corte... Y no hay nada que puedas hacer al respecto. —Señaló con su dedo huesudo.

Wolfram negó con la cabeza.

—No. Irrumpiste en mi casa... en el dormitorio de mi hijo... Intentaste secuestrarlo y luego intentaste matarlo...

A través de la puerta abierta, Wolfram pudo distinguir el lamento de Alexander que se calmaba y la palabra "maou" que se pronunciaba una y otra vez.

Así que puede decirlo —pensó Wolfram distraídamente, pero con la rabia que el hombre con cara de rata había suscitado todavía tirando de él.

Una lluvia de golpes sobre la puerta de la habitación se escuchó. Mientras unos ojos negros se asomaban por el agujero más grande de la puerta.

—¿Ves? —dijo la rata—. Muestra piedad... ¡Abre la puerta! Me entregué.

Levantó las manos en señal de sumisión mientras sus ojos se dirigían de nuevo a la ventana abierta.

Los ojos negros se fueron y los marrones los sustituyeron.

—¿Wolfram? —gritó Conrad seguido de la voz de Yuuri en el fondo. Una voz apagada—. Vamos a derribar la puerta. Atrás.

Y fue suficiente para que la rata tomara su cuchillo y lo lanzara.

Dio de lleno en el pecho de Wolfram, cerca de la clavícula. Wolfram gritó de agonía y sus piernas quisieron desmoronarse bajo él. Los fuegos a su alrededor se apagaron.

La rata dio un paso adelante, con una sonrisa torcida.

—Lo siento, tonto. Ha sido una fiesta preciosa, pero tengo que irme ahora, por mi cuenta. Tu gente mató a todos los míos. Así que me iré... con el niño. —Soltó una carcajada—. Mi nuevo bebé.

Había llegado demasiado lejos y arriesgado demasiado como para rendirse ahora, no cuando estaba tan cerca de conseguirlo. Buscó otra navaja en su bolsillo para enfrentarse a Wolfram. Tal vez, le cortaría la garganta al guapo portador del fuego mientras estaba retorciéndose por el dolor.

Yuuri podía ver todo a través del agujero.

—¡Wolf! —Yuuri suplicó—: ¡Por favor, abre la puerta o quémala! Por favor.

Una sonrisa de dientes amarillentos y retorcidos, llenó la visión de Wolfram.

Eso y nada más mientras la rata se abría paso.

—¿Qué te llevarás a mi hijo? —Wolfram escupió con rabia mientras se enderezaba—. Oh, no creo que tengas la oportunidad.

Le devolvió la sonrisa como un maníaco —demasiado amplia, demasiado jovial—, asombrando a la rata. Riendo sombríamente, un anillo de fuego rojo y dorado se formó a su alrededor, girando, dando vueltas. Wolfram se empuñó la espada en su pecho y la sacó sin hacer una mueca de dolor. Estaba sangrando profusamente por la parte delantera de su ropa, pero no le importaba, no lo sentía.

El fuego aumentó su intensidad: la cara de Wolfram se iluminó, el pelo se alzó. El cuchillo ensangrentado seguía en su mano.

—¡Te veré en el infierno... pero tú irás primero!

El fuego desgarró la habitación.

Hubo dos explosiones masivas. La primera envió una enorme ráfaga de fuego por la ventana abierta de la guardería. La gente de abajo se quedó atónita y los guardias que lo vieron tomaron inmediatamente las armas y cargaron contra el castillo. La segunda explosión, menos potente, derribó la pesada puerta del dormitorio de sus gruesos goznes y sólo la rapidez mental de Conrad evitó que Yuuri quedara aplastado bajo ella.

Zander seguía lamentándose desde donde estaba en la otra habitación. Y, por eso, Yuuri se sintió agradecido: por haber podido encontrar a su hijo a pesar de que el cuarto del niño estaba negro por el espeso humo.

Sí, tener al bebé de vuelta vivo e ileso era de hecho una bendición. Pero era una de las pocas.