Los murmullos eran más altos que de costumbre. El movimiento era más notorio conforme los alumnos iban y venían de una mesa a otra cargando el periódico. Bendito periódico.
Suspiró mientras seguía comiendo. Sus compañeros ya se encontraban haciendo suposiciones, cosa que a él no le importaba, pero debía participar por la insistencia de cierto pelirrojo.
—Es demasiado, en estos últimos años ha estado todo patas arriba —comentó Hermione apretando el diario El Profeta entre sus manos—. Es claro que algo está ocultando el ministerio, desde la desaparición de...
Todos se quedaron callado y lo voltearon a ver. Harry suspiró nuevamente y dio el último bocado de su comida.
—Está claro lo que está pasando —comentó con tranquilidad—. Mi secuestro y lo últimos acontecimientos fueron por la misma persona —declaró. Eso fue suficiente para que su alrededor bajara un poco la voz para escucharlo—. No se ha hecho público por el miedo que pueda ocasionar.
—Harry, ¿qué es lo que...?
—Todo lo pasado estos últimos meses y la fuga de Azkaban viene de la misma persona —interrumpió a Seamus y se limpió la boca y las manos con una servilleta. Muchos se quedaron atrapados por la elegancia del movimiento—. Ya está en cada quién creer si es verdad o no, pero eso no quitan los hechos.
—¿Quieres decir que quien-tú-sabes ha regresado? —preguntó Neville en un susurró.
Harry simplemente sonrió y se levantó de su silla, dispuesto a irse del gran comedor.
—Me retiro, chicos. Tengan un buen provecho.
Y, tras eso, se fue.
La mesa de Gryffindor estaba totalmente callada, para la extrañeza de los demás estudiantes, pero el chisme empezó a volar después de que la gran puerta se cerrara detrás del joven azabache.
Nadie sabía con seguridad lo que había pasado el último día del torneo de los tres magos, sólo conocían las horas que habían esperado a Harry éste volviera. Sabían las expresiones que habían hecho los profesores cuando el trofeo y el chico no se encontraban en ese lugar. Sabían de las semanas de silencio que habían llegado a Hogwarts, los miles de reporteros y hasta el mismo Ministro recorriendo la cancha de quidditch.
Sabían que Harry ya no era el mismo después de eso. El chico se refugiaba más en los libros, se alejaba de las personas y, por alguna razón extraña, empezaba a tener sus tiempos libres ocupados en no-sabían-qué.
Esos meses sólo denotaban misterio. Terror.
Habían teorías, una más improbable que la otra, pero sólo una era la más obvia.
Harry salió del comedor sin prestarle atención a todos los ojos que seguían sus acciones. Suspiró profundamente y miró al techo. Ya había pasado navidad y seguía sin poder ver a su Tom, tenía que esperar hasta las vacaciones de verano para poder ir a donde él estaba y quedarse todos los días pegado a él como una garrapata.
Siguió su camino de cada día y se dirigió hacia las mazmorras, a esa hora su profesor de Pociones ya estaría de regreso al castillo.
Sonrió.
Podría molestar más a Severus, por más que éste amenazara sobre matarlo si sigue enfadando, sabía que nunca le haría un verdadero daño, más cuando una sonrisa casi bailaba sobre sus labios en todas sus ridículas discusiones.
Bajó las escaleras y esquivó uno que otro hechizo del travieso Peeves, quien se aburrió de ver su cara sin expresión después de salvarse de cinco bromas. Estaba seguro que el poltergeist estaría buscando una nueva víctima y desquitaría toda su furia en ella.
Cuando menos lo pensó ya estaba enfrente de la puerta de las habitaciones de Snape. Tocó cuatro veces de forma lenta y entró como si estuviera entrando a su propia habitación.
Severus Snape sólo atinó a gruñir, sin querer moverse del sillón.
—Sí, sí; bienvenido —gruñó con toda la ironía del mundo.
La risa de Harry no tardó en invadir el lugar y, sentándose en el piso frente al sillón, miró fijamente al maestro de Pociones.
—¿Muy cansado? —se burló.
—Oh, cállate —siseó enojado—. Ya me enteré que todo esto fue culpa tuya.
—Estoy orgulloso de eso —comentó—. No quiero holgazanes en las tropas.
Severus abrió sus ojos y se fijó en el menor, analizando por millonésima vez la postura del chico, sin mencionar sus ojos, sus sonrisa y hasta la forma de hacer las pociones. Todo demasiado parecido a la persona que su pensadero había mostrando más veces de lo considerablemente sano.
—¿Qué tanto conoces al Señor Oscuro? —cuestionó.
Hace mucho le había hecho esa misma pregunta al joven maestro -que después descubrió que no era tan joven como aparentaba su físico- que siempre estaba con su Señor y la respuesta había sido...
—Lo conozco más que lo que se conoce a sí mismo —respondió Harry, sonriendo aún más cuando los ojos de Severus se habían abierto con asombro—. Y sé que él me conoce más de lo que yo me conozco a mí mismo.
—Mi Señor —susurró Severus sentándose rápido. Si el profesor estaba mareado, no lo hizo notar—, ¿cómo es posible...?
—Curioso que lo hayas notado —comentó Harry, levantándose y dejando caer el pequeño glamour que había hecho en sus ojos y cabello en todo este tiempo. Sí, todos los cambios eran pequeños, pero no pasarían desapercibidos por las personas que realmente lo conocieron en su otra vida.
—Imposible negar a quien me reclutó —contestó el ojinegro con tranquilidad.
El chico simplemente asintió y se encogió de hombros.
—No hay mucho que explicar —suspiró—: Harry Potter es la reencarnación y renacimiento de Henry Sant-Sayre.
Severus asintió confundido, sin saber qué decir exactamente.
»Confié en ti cuando eras joven, y sigo confiando en ti aún cuando eres adulto.
La confesión impactó en Severus más de lo que había esperado y, por alguna extraña razón, sus ojos se llenaron de lágrimas que no estaba dispuesto a derramar. Lo había hecho hace varios años y ahora no era tiempo de volver a hacerlo.
Abrió su boca para decir algo, pero las palabras no salían, menos cuando Harry Potter estaba parado frente a él, casi idéntico a Henry Sant-Sayre y con la misma sonrisa que éste le daba cada vez que hacía algo bien.
Unos toques en la puerta hicieron que el ambiente se destruyera casi por completo. El ojiverde movió su mano y, de un momento a otro, papeles empezaron a volar hacia la mesa.
Harry se acercó a ésta como si estuviera ordenando todo, fingiendo que era parte de algún tipo de castigo mientras que Snape se levantaba y abría la puerta. No podía gritar un "pase" gracias a las fuertes barreras que había puesto en sus habitaciones, era algo cansado mantenerlas todo el tiempo, pero no se arrepentía de eso.
—Pro-Profesor, el director Dumbledore me mandó a entregarle esto. —la nerviosa voz de Neville llenó la habitación. Miró hacia atrás y notó cómo su compañero le lanzaba una mirada dándole ánimos antes de salir corriendo lejos de las mazmorras.
Severus cerró la puerta y suspiró, enseñándole la carta al menor.
—Adivino: Quiere verte —comentó el más joven.
—Por lo visto se ha enterado de algo y es urgente mi visita —comentó con sarcasmo—. Ya sabes qué hacer, si te quedas no hagas desastres, si te vas no olvides acomodar y cerrar la puerta —comentó con tranquilidad.
Harry sonrió y asintió.
—Como ordene, capitán.
El mayor sólo bufó y salió de sus aposentos. Harry se sentía alegre cuando eso pasaba, sentía la confianza que le tenía Snape para dejarlo a solas con sus objetos personales, aunque no estaba en sí en su habitación -ésa estaba detrás de una puerta que escondía una de las paredes-, pero había algunos libros e ingredientes que Harry podía catalogar como confidenciales.
Se puso el hechizo glamour y canturreó alegre mientras se dirigía al escritorio, donde dejó todos los materiales correspondientes de una forma ordenada para poder hacer la tarea. Primero la que tenía que entregar al siguiente día y, después, la que entregaría en dos días... si se cansaba igual podría merodear por los libros de Severus y elegir uno que le parezca interesante.
Siguió su melodía de forma desinteresada mientras escribía algunas cosas en su diario de Adivinación... ¿podría cambiarse de clase? Igual podría salirse de Adivinación para meterse a Aritmancia, igual a Runas... aunque también le agradaría elegir Alquimia.
Lo platicaría con Snape para saber si era posible, hace varios años sí se podía, pero... bueno, muchas cosas han pasado desde ese entonces.
Terminó el diario y, con la misma facilidad, empezó a hacer las definiciones de hechizos de Encantamientos. Era aburrido que le dejaran cosas metódicas, pero no podía hacer mucho. Debía recordar que ya no era un maestro.
Suspiró y, sin previo aviso, la puerta se abrió dejando ver a un rubio entrando con confianza por ésta.
—Profesor, ¿usted sabrá lo que quiere decir este texto? —murmuró sin levantar la vista del pergamino— El profesor de Runas lo dejó como forma de exentar el parcial, pero la dificultad es... ¿Potter?
—Vaya, no podía imaginar alguna materia que se le complicara al gran Draco Malfoy —dijo el azabache volviendo a su tarea, dejando que la alerta en su cerebro se dispersara al ver al estudiante de Slytherin—. Gracias por el dato.
—¿Qué haces aquí, Potter? —siseó mirándolo con su típica burla.
—Lo mismo que tú, tal parece —comentó sin darle importancia—. Las tareas no se hacen solas.
—¿La sabelotodo decidió ya no pasarte los trabajos?
—Para tu información, Hermione sólo le pasa la tarea a Ron, a mí me reprende si se la pido y se queda conmigo hasta que la termine —susurró haciendo un hechizo sobre el pergamino en el que escribía para que la tinta se secara y pudiera guardarlo—. En todo caso, si te interesa, estoy aquí porque es el único lugar en el que podría estar tranquilo.
—¿Y el profesor Snape? —cuestionó mirándolo con desconfianza.
—El director lo mandó a llamar, me permitió quedarme aquí.
Draco se sentó en el sillón individual, quedándose callado mientras lo examinaba desde el otro lado de la habitación.
—¿Por qué haría eso?
Bien, Harry ya empezaba a desesperarse.
—Porque se lo pedí, he estado viniendo aquí desde el inicio del año para poder tener un poco de tranquilidad, así que, por favor, cállate antes de que te termine hechizando —siseó fríamente.
Puede que la expresión en la cara de Malfoy no haya demostrado algún tipo de reacción, pero el escalofrío que recorrió delató todo intento de mantenerse firme ante la situación.
Sin decir más, el mini-Malfoy decidió sacar su libro y tratar de descifrar el mensaje que el maestro les había dejado. En algún otro momento se habría regresado a su Sala Común, pero no con Potter en los aposentos de su padrino.
No podría confiar en él así como así.
Por otro lado, Harry estaba feliz por el silencio que recorría la habitación y las pocas veces que el sonido de una hoja se escuchaba. Sí, la tranquilidad siempre es buena.
Terminó la tarea de Transformaciones, dejando la tarea de Pociones para después, ya que el ensayo se tenía que entregar en una semana más y las ganas de leer le habían embargado por completo.
Se levantó con tranquilidad y se dirigió al estante para inspeccionarlo. No tardó mucho en encontrar el libro perfecto para leer, pero, claro...
—¿Qué crees que haces? —la pregunta detuvo sus movimiento y, antes de poder alcanzar el libro, miró hacia el joven.
—Creo que es muy lógico, ¿no? —volvió a sisear, pero esta vez más molesto que antes— Quiero leer, ¿hay algún problema?
—Son los libros del profesor Snape —comentó como si el hecho no fuera visible para el ojiverde.
—Pero que observador —susurró y, sin darle importancia, agarró el libro—. No es la primera vez que Severus me prestaría algo, así que, ahora dime, ¿qué debo hacer para que me dejes tranquilo?
—Ten un poco más de respeto, Potter —gruñó el rubio, causando que el Gryffindor pusiera sus ojos en blanco y lo ignorara para dirigirse al escritorio.
—Me encuentras en la oficina del profesor de Pociones estado completamente solo, sabiendo que éste no dejaría entrar a alguien que no quisiera, también me ves usando su escritorio, te comento que no en la primera vez que vengo y, para ser específico, duro más de dos horas con tu querido profesor —enumeró dejando el libro en dicho escritorio—; Si él me tiene confianza, ¿por qué tú no?
—Sin ofender, Potter, pero todo se escucha poco creíble.
Draco no parecía querer dejarlo solo o, peor, dejar de molestarlo, cosa que le fastidiaba, pero debía admitir que la lealtad que le tenía a Severus debía ser mucha como para tener que soportar su presencia todo ese tiempo.
Suspiró, ya no sabía qué hacer y eso que tenía experiencia tratando a niños malcriados.
—¿Qué quieres que haga para que me dejes en paz?
La sonrisa de Malfoy no tardó en salir como era de costumbre: toda altanera, burlona y la causante de su ganas de romperle la cara.
—Vine aquí para que el profesor Snape me ayude en una tarea de Runas, pero, como no está aquí y tú no podrías ayudarme, supongo que me quedaré a esperarl...
El ojigris se quedó callado cuando Harry se sentó en el sillón contiguo del que estaba y, de un movimiento, le quitó el pergamino en donde estaba escrito su trabajo.
—¿Se supone que esto es lo que no entiendes?
—¡Hey, dame eso! —siseó tratando de arrebatar el papel de sus manos, cosa que Harry esquivó haciéndose un poco para atrás.
—Tu problema es fácil —comentó dejando el pergamino en la mesita frente a ellos y señalando una de las runas—. Lo complicado está en que el profesor está combinando dos tipos de dialectos aquí. Ésta, por ejemplo, es nórdico muy antiguo, también conocida como futhark, ya no se usa dentro de los niveles educativos de Hogwarts, ahora enseñan más sus derivaciones, aunque se enfocan en la dalecarlia, que, si me preguntas...
No hubo vuelta atrás.
Después de unos momentos de estupefacción y de tratar de corroborar si lo que decía es cierto, Draco ya se encontraba escribiendo términos, símbolos y hasta leyendo su tarea, claro, no tan fluido ni experimentado como lo hacía el Gryffindor, pero lo suficiente para que Harry pudiera saber en dónde estaba leyendo y ayudarlo en algunas partes.
Harry hacía ver las runas como si fuera algo fácil de aprender. Como si el azabache hubiera nacido para leerlas.
Duraron unos cuartos de hora más, hablado sobre runas mientras Draco le exigía -aunque Harry notaba el ligero tono de suplica- que le siguiera explicando.
Harry se rió cuando el Slytherin soltó un chillido de emoción cuando logró comprender por completo lo que decía el texto, arrogándose hacia el ojiverde para darle un abrazo sin saber exactamente lo que su cuerpo estaba haciendo... al menos, no hasta que la puerta se abrió de golpe.
—¿Debería pedir ayuda?
La pregunta hizo reír al Gryffindor mientras que el Slytherin se separaba rápidamente y fingía que nada pasaba. Severus sólo se encogió de hombros y entró a su habitación.
—¿Cómo te fue? —preguntó el menor, levantándose del sillón para seguir al profesor.
—¿A mí? Bien —susurró cansando—, el problema será el cómo te irá a ti.
—¿A mí...?
Una sola mirada le hizo saber que no era buen momento para contestar esa pregunta, así que el ojiverde sólo asintió y comenzó a recoger sus cosas con flojera.
—¿Me podrían decir qué hacían los dos solos en mis habitaciones?
Harry y Draco se miraron entre sí antes de que el rubio desviara su mirada y tratara de esconder su sonrojo.
—Estábamos hablando de runas —respondió Harry encogiéndose de hombros.
—Ah, y como a ti no te gustan las runas. —el tono sarcástico hizo que el menor de la habitación hiciera un puchero.
—¿Eso fue una burla?
—Tómalo como quieras —canturreó el mayor abriendo la puerta escondida para entrar a su habitación—. Me bañaré, si ya no es necesaria mi ayuda, el joven Malfoy se podría retirar sin problemas, ¿no?
—¿Qué? ¿Sólo yo? —el rubio por fin habló desde que Severus ingresó a la habitación.
—Tratar de correr a Harry será un caso perdido, así que, si lo quiere intentar, buena suerte.
Desapareció tras decir eso, dejando a los dos jóvenes solos de nuevo.
Draco simplemente soltó un pequeño bufido, guardó sus cosas y se fue a su Sala Común, ignorando todo el desconcierto que sentía en esos momentos.
Harry... bueno, Harry dejó su mochila al lado del sillón y se acostó en éste para dormirse unos momentos antes de que la hora de la cena terminara.
