—Me rehuso.
La simple frase hizo que toda la habitación mirara hacia el otro extremo de la mesa, donde se encontraba un Henry Sant-Sayre con ropas más grandes de lo normal sentado.
—¿Por qué? —preguntó Lord Voldemort mirando a su pareja con firmeza, esta vez no había forma de dar marcha atrás.
Ésa era una de las ideas que su Tom se metía en la cabeza y no lo podías sacar de ésta hasta que la cumpliera.
—Admito que es una excelente idea, todo está completamente arreglado —comentó cruzando sus brazos, dispuesto a una discusión si eso hacía cambiar de opinión al mayor—. Me sorprendería si no tuvieras planeada la forma en la que deben respirar, —Tom puso los ojos en blanco ante eso, pero no interrumpió, siempre dispuesto a escuchar a su chico— pero somos humanos, podemos equivocarnos o puede pasar algo fuera de lugar que no debía suceder...
—Es la única oportunidad que tendremos en un largo tiempo, no podemos desaprovecharla —contraatacó Tom mirando con una ceja alzada a su amante—, ¿estarías dispuesto a dejarla pasar?
—Estoy dispuesto a salvar las vidas necesarias si ese plan no sale bien.
—¡Todo saldrá bien! ¡Yo hice ese plan! —gritó Voldemort levantándose de su silla y golpeando la mesa con enfado.
Podría escuchar cualquier cosa que Henry tuviera que decir, pero no podía con la desconfianza.
El grito causó que los mortífagos se estremeciera y pegaran su espalda a la silla, tratando de desaparecer de la visión de su Lord. Claro, eso pasó sólo con los mortífagos, Henry no era uno, así que simplemente se levantó de igual forma, mirando fijamente a los ojos del heredero de Slytherin.
—Los estás llevando a una muerte segura —siseó sin desviar su mirada de los ojos rojos.
—Me llevaré a los mejores para esta misión, iré yo mismo, ¿qué podría salir mal?
—Errores humanos, Tom.
El uso del nombre hizo que el ambiente se hiciera denso, los mortífagos casi podían jurar que, si duraba eso más tiempo, no podrían respirar.
—Son los mejores, no se equivocarán —dijo el Lord con seguridad—. Mi círculo cercano también estará en esta misión.
—Lucius será padre, debe atender a su esposa —gruñó Henry, acercándose a la mesa y recargándose en ésta como tratando de imponer dominio, pero el Lord no necesitaba de intimidación. Él era la intimidación en persona.
—Debió pensar en eso antes de jurar lealtad a la causa.
—¿No te importa que un niño se quede sin padre?
El silencio se hizo insoportable en los momentos que Henry y Tom se miraron a los ojos. Los mortífagos no sabían qué pasaba, pero las miradas que se lanzaban los amantes eran más que complicadas de leer, como si hablaran un idioma que sólo ellos dos entendieran.
Y, justo cuando Henry soltó un gruñido molesto, supieron que había sido la primera discusión que el menor perdía ante el Lord.
—Entonces yo iré —afirmó Henry sonriendo.
—Te quedarás en casa, es una orden —siseó Voldemort y, por alguna razón que sus seguidores no entendían, el rojo de sus ojos se hizo más intenso.
—Soy tu esposo, no tu seguidor. Iré a la misión y punto.
Tom no podía creer que Henry haya llegado tan bajo como para usar el nombre de esposo para chantajearlo. Nunca habían usado ese nombre porque no habían tenido una unión pública, pero el nombre calzaba tan bien y tan hermoso en sus labios que no pudo formular ni una palabra más hasta que vio a su esposo salir de la habitación hecho una furia.
Henry suspiró entrando a la biblioteca de la casa, no había hablado con Tom más que para fortalecer el plan y, siempre que se encontraban solos, los dos simplemente pasaban de largo.
Odiaba cuando se peleaban, pero no iba a dejar que los demás murieran por un capricho.
Claro, tampoco podía estar tan molesto con Tom cuando éste acariciaba su pequeño vientre abultado cuando se suponía que estaba dormido.
Sí, su chico seguía siendo atento, dejando platos de frutas en su mesa de noche cuando se despertaba antes que él, obligando a los elfos a mantener el agua tibia para cuando Henry quisiera bañarse, siempre apareciendo para que no cargara cosas pesadas...
Quería gritar, pero no podía, no en esos momentos tan críticos. En dos horas debían estar alistados para salir y completar la misión.
Suspiró justo cuando la puerta de la habitación se abrió de forma casi silenciosa. Casi.
Henry sonrió mientras acomodaba los libros que ya no necesitaba en los estantes.
Miró hacia atrás, donde se encontraba un Severus Snape cerrando la puerta, asegurándose que nadie estuviera adentro de la habitación más que Henry para lanzar ciertos hechizos por si algún chismoso quería escuchar.
La sonrisa del mayor se estancó por unos momentos hasta que se hizo comprensiva y, como hace pocos años, abrió sus brazos para que el niño fuerte pudiera tomar toda la fortaleza que estaba perdiendo en ese momento.
Severus, un adulto completamente serio y amargo, caminó hacia los brazos de su mentor, y se dejó abrazar por éste.
—¿Qué se hace cuando el corazón duele? —preguntó en menor en un siseo casi silencioso.
Henry sonrió y acarició el sedoso cabello del joven.
—Ir a los brazos de papá —comentó con tranquilidad.
Nunca se había dicho en voz alta, ni Severus ni Henry habían hablado de sus sentimientos hasta ese momento. No había ninguna confirmación exacta hasta que esas palabras salieron. El profesor de Pociones suspiró y se abrazó más a la persona que consideraba un padre, escondiendo sus problemas entre la túnica del mayor, dejando sus emociones vaciarse en el abrazo que éste le regalaba.
—Lily está embarazada de Potter —susurró—, lo anunció con toda felicidad, pero no me lo dijo a mí, me enteré por Pettigrew, el pulgoso de Black será el padrino y...
—¿Te arrepientes?
La pregunta sacó de lugar a Severus, quien miró al mayor con duda. Si no hubiera pasado lo que pasó en sus años de estudiante puede que Severus hubiera sido el padrino del mocoso o, tal vez, hasta el padre.
Pero...
Miró a su mentor recordando todas sus lecciones y cómo ése día había marcado algo realmente especial en su relación.
Sí, podría haber sido parte especial de la vida del mocoso, pero no tendría a un gran mentor y padre como Henry Sant-Sayre, no tendría a Lucius y Narcissa, quienes lo nombraron como padrino del niño que también venía en camino.
No, nunca podía arrepentirse de tener personas tan asombrosas en su vida.
—Claro que no, señor...
—Entonces no todo está perdido —comentó acariciando la mejilla de su pequeño (no tal pequeño) con cariño—, tú hiciste tu vida, ella hizo la suya. Muchas veces duele alejarse de nuestros seres queridos, pero ten en mente que los errores están ahí por algo, los fracasos que has cometido te hacen la persona fuerte y capaz que eres ahora, el joven del que siempre estaré orgulloso —sonrió—. Lo que llegue a pasar no significa que fue cien porciento tu culpa, siempre hay más de un factor en los caminos que llegamos a tomar.
»Y sé que habrán razones para que tú quieras arreglar tu camino —susurró poniendo una mano en el hombro del menor, alejándose un poco de él, pero aún transmitiendo la tranquilidad que le caracterizaba—. Pero recuerda seguir siempre lo que está aquí. —señaló el pecho, justo en el corazón— Muchas veces la cabeza nos juega malas pasadas, nos hace creer que lo merecíamos o que es por nuestra culpa... —suspiró, alejándose de su aprendiz— pero nunca es así.
—Señor...
—Lo que está pasando es un cúmulo de cosas, de momentos, de personas —siguió, sin darle importancia a las palabras de su chico—; es un cúmulo de todo. No sólo de ti, ¿entendido?
Severus asintió mirando el rostro de la persona que, para él, se acercaba más a un padre de lo que el esposo de su madre era. Admiraba a la persona que tenía enfrente, algo que nunca había sentido por alguien más.
Lo quería, quería su aprobación, sus abrazos paternales, la forma en la que lo miraba con orgullo cada vez que opinaba algo frente al Señor Tenebroso... y sentía que todo se iba a acabar.
—Cuídese —susurró sin aliento, dejando toda barrera abajo, mostrando su preocupación y afecto a la única persona que lo ha merecido hasta esos momentos.
—Lo haré, Severus.
Se miraron unos momentos más hasta que Voldemort llegó con una túnica de duelo. Severus ya se iba a retirar cuando unos brazos lo alcanzan y lo presionan hacia un cuerpo que, con el pasar de los años, ahora estaba unos centímetros más abajo.
»Eres como un hijo para mí, Severus.
No pudo reaccionar. No pudo responder el abrazo, sólo se quedó con el suave murmullo antes de que la habitación quedara vacía. Se quedó con el último momento de felicidad que tendría durante varios años.
Todo pasó muy rápido, cuando menos lo esperó ahí se encontraba la orden del fénix, no sabía cómo se habían enterado, pero no pudo pensar más que sólo sacar su varita e iniciar una pelea.
Los hechizos pasaban más de un lado a otro, haciendo casi imposible la tarea de ver hacia dónde se dirigían. Sólo podía estar atento a Henry, a la manera lenta de contestar, la forma cansada que tenía, la mano agarrando su vientre...
Gruñó y se puso frente a él, protegiéndolo mientras Henry sólo se agachaba y empezaba a escribir runas por todo su brazo.
Tom las reconoció con facilidad. Desde que comentó el plan, su pequeño había estado leyendo libros sobre protecciones y hechizos de curación. No quiso decir nada, pero era como si el instinto de Henry le hubiera gritado que esto iba a pasar.
Debió hacerle caso, su chico tenía el mejor instinto que había visto en toda su vida.
Una luz resplandeció frente a los otros mortífagos, quienes se encontraban unos metros lejos de ellos. Henry había convocado un escudo y, con él, también un portal.
—Henry, no...
Pero el menor ya no lo escuchaba, estaba metido en un pequeño cántico.
Sabía lo difícil que era, la magia que debía gastar, el esfuerzo necesario para hacer eso... No quería que su niño saliera herido, podía ver morir a todos los demás, pero no a su Henry.
Siguió defendiendo, no podía hacer más, era peligroso sacar al ojiverde del trance que había entrado. No era difícil hacerlo, los contrincantes se habían enfocado más en el portal que en el creador, lanzando hechizos hacia los mortífagos o el mismo portal, tratando de cerrarlo.
Después de eso, todo pasó aún más rápido.
Unos ojos azules mirándolos con burla detrás de unos anteojos de medialuna, un estallido de hechizos yendo hacia ellos y un Henry recargado en la pared.
Su cabeza palpitaba, podía sentir su sangre corriendo por sus venas, su corazón latiendo, su magia explotando...
Gritó.
Gritó todo lo que sus pulmones y garganta les permitieron.
Su magia se descontroló, quería a todos lejos de Henry, de su niño... de su familia.
Todos eran conscientes que la magia accidental podría llegar a ser peligrosa en un niño promedio, pero Tom no era un niño, ni mucho menos uno promedio.
Se escucharon gritos antes de que la habitación quedara en silencio. No tuvo que prestar atención a los cadáveres para saber que estaban muertos y, los que no, estaban demasiado heridos como para pensar en otra cosa que no fuera huir.
—Henry —miró a su chico, quien se agarraba con más fuerza el estómago.
—¿Tom? —el nombrado no sabría decir qué era más débil, la voz del ojiverde o la magia que fluía por el cuerpo de éste.
—No, no, no, no —susurró mientras trataba de controlar la hemorragia, pero unas manos lo detuvieron—. Henry...
El menor sólo sonrío y juntó sus manos con las de su pareja, haciendo que una pequeña luz blanca saliera entre éstas.
—Sabemos lo que significa, Ridls —balbuceó con dificultad, sonriendo con cariño. Si demostraba su miedo iba a ser más difícil para Tom, lo sabía.
—No me hagas esto, Henry —dijo empezando a negar con su cabeza—. No tú, no nuestra pequeña serpiente.
—Perdón, Tom.
—No, Henry, te lo prohíbo —siseó llevando una de sus manos al vientre del pelinegro-azulado—. No me hagas despedirme de él aun cuando no le he conocido.
Su esposo sólo sonrió y levantó la mano contraria que no estaba en su vientre para ponerla junto a su mejilla, respirando con lentitud.
Tom no perdió tiempo, comenzó a lanzar hechizos para ayudar a su amante, pero, cuando las heridas de Henry se cerraron y sus huesos se habían unido, ya era muy tarde.
La pequeña luz brillante que quedó de la magia de Henry sólo hizo espiral en su vientre, desapareciendo después de unos momentos.
