Tom había decidido que el funeral fuera a puerta cerrada, no quería que nadie que no fuera cercano a su niño estuviera ahí de metiche o por pura lástima. Su Henry no merecía eso, él merecía ser tratado con el amor que le repartió a todo el mundo.

Merecía que lo recordaran como alguien que amó sin miedo y dio la cara cuando una injusticia pasaba frente a él, por su amabilidad y valentía, su inteligencia y astucia.

Tom sabía que Henry merecía ser recordado con una sonrisa en los labios.

Suspiró y miró a la persona a su lado. Roberts fue el primero en enterarse de la muerte del último Sant, el ojiazul no le había comentado nada, el mayor simplemente había estado esperándolo en la antigua casa de su chico, donde vivió toda su infancia antes de la desgracia de sus padres.

Lord Voldemort no supo cómo se enteró que iría ahí, tal vez el mayor le conocía tan bien que sabía que visitaría el lugar si algo realmente malo pasaba.

Con una sonrisa comprensiva, Roberts sólo pudo mirar al niño que crió con el amor que un padre le da a su hijo.

En ese momento sintió que algo estaba mal con el mayor, como si éste no pudiera procesar la información, no hasta ahora, cuando Henry se encontraba en un ataúd rodeado de flores.

—Murió —susurró la persona más leal a la familia Sant.

—Lo siento, Roberts —susurró Tom sin saber qué más hacer.

El mayor se acercó al ataúd y abrió la puertecita para ver dentro de éste. Tom no quería admitirlo, pero, después de muchos años conociendo al gran Aedus Roberts, pudo ver lo que realmente sentía... y no le gustó para nada.

—Mi pequeño —susurró con voz rota, acariciando la mejilla fría del menor—, estás bien. Ya nada podrá hacerte daño, ¿entiendes? Mamá y papá se alegrarán mucho de verte. —las lágrimas empezaron a correr por las mejillas del antiguo sirviente sin poder controlarlas— Aquí te vamos a extrañar, pero te recordaremos en cada Samhain y serás el recuerdo que encienda la fogata en Yule.

Tom se acercó al mayor, sin saber realmente qué hacer, sólo sabía que Henry no le perdonaría si no ayudaba a aquel que consideró su padre hasta el final. Dando unas palmadas en la espalda Aedus, miró el rostro pálido de su amante.

»Henry siempre fue muy alegre, ¿sabes? —comentó sonriendo con melancolía— Siempre ha tenido esa facilidad con los sentimientos, ha sabido manejarlos a la perfección y reconocía cuando alguien a su alrededor estaba triste por más oculto que uno lo tuviera. —acarició el cabello azulado del antiguo Slytherin— Era sorprendente verlo triste, sólo me tocó verlo así después de sus típicas pesadillas cuando su tío Areu falleció —sonrió ante el recuerdo—: Con los ojitos hinchados y dando hipidos bajos, pidiendo que durmiera esa noche con él, jurando que sería la última vez cuando los dos sabíamos que no era así.

Tom miró a su niño sin saber qué hacer más que escuchar, no podía ni llorar con el mayor, todas sus lágrimas habían desaparecido después de todo lo sucedido.

»Hey, pequeño, ya podrás ver a tus tíos de nuevo —susurró tratando de darle un poco de alegría al momento—. Estará toda tu familia unida, tus padres, tus tíos y, ahora, tu pequeño hijo. —eso último causó que un sollozo saliera de sus labios y que los ojos de Tom lograran encontrar nuevamente las lágrimas que juraba haber perdido— Tendrás que esperarnos, debemos hacer algunas cosas por acá, principalmente matar al malnacido que te hizo eso, lo entiendes, ¿verdad?

Roberts siguió hablándole a Henry como si realmente estuviera ahí, una vez que el mayor se fue -después de prometer traer la cabeza del engendro que les arrebató a su adoración-, Tom se sentó en el sillón que se encontraba en la habitación, mirando fijamente el ataúd que protegía a aquel que juró estar siempre con él.

Las palabras de Roberts dieron vueltas en su cabeza y, con ello, los recuerdos que pasó con su niño empezaron a florecer en pequeños capullos llenos de alegría y pureza. Capullos que se fueron marchitando mientras el tiempo pasaba y la realidad empezaba a caer en sus hombros.

Su Henry no estaba; no más besos de buenos días, risas contagiosas o seducciones inocentes. No más alegrías en su vida. Con la ida del Sant-Sayre había quedado pura frialdad y crueldad rodeándolo, llevándose con él todas las promesas, alegrías y, sobre todo, a su pequeño hijo. Aedus Riddle, así querían llamarlo.

Sonrío antes de que sus ojos empezarán a perder brillo. Mataría a cada uno de ellos, haría que Dumbledore perdiera la esperanza de todo y, justo cuando no tenga a nadie más a su lado, lo torturaría con sus recuerdos. Tal y como le estaba pasando a él.

No fue necesario días, ni meses, mucho menos años; sólo bastó menos de una hora para que el mundo se despidiera de un buen líder y el temible Lord Voldemort saliera a la luz con una promesa de venganza resguardada bajo muchas capaz de ira y rencor.


—Robert, ¿se te ofrece algo? —preguntó justo cuando el nombrado entró a su oficina.

Aedus se sentó en una de las sillas frente al escritorio, dejando una pequeña caja en la mesa junto a un pergamino hermosamente enrollado.

—Vengo a entregarte una carta de Henry, la dejó con su testamento —contestó—. Sé que lo correcto sería leerte lo que dictamina, pero no puedo volver a leerlo. —acarició con cariño el objeto antes de mirar a los ojos al ojiazul— Acabo de regresar de Estados Unidos después de que los duendes me dijeran que tú y yo éramos los únicos en poder abrir los últimos deseos de mi pequeño.

Voldemort asintió, no estando seguro en querer abrir el pergamino o la caja, sentía que, si lo hacía, sería lo último que tendría de Henry.

»Uno de sus últimos deseos era que entregara ciertas cosas a algunas personas... pero también me pidió que te cuidara.

—No tienes que hacerlo. —cortó el más joven con tranquilidad, podía ser duro con todos, pero no con Roberts, no con la única persona que realmente comprendía su dolor—. Ya no estás ligado a los servicios de los Sant, puedes vivir tu vida.

—¿Henry no te lo dijo? —el Lord frunció el ceño, dando a entender que no comprendía lo que quería decir— Yo siempre he amado a la familia Sant, nunca tuve un contrato de sirviente ante ellos, sólo un inmenso cariño por las personas que conformaban esta familia —explicó poniendo los codos sobre su escritorio y mirando a la pared—. Lo que me une a ellos es más fuerte que un contrato mágico, me une el amor y el respeto que siento por ellos. —sin cambiar de pose, sus ojos se dirigieron a mirar a la pareja de Henry, quien lo observaba con sorpresa—. Mi amor no se irá aún con su muerte, seguirá vivo hasta el último día de mi vida y, aún con eso, estoy seguro que me seguirá por el resto de mi existencia.

No sabía qué contestar, siempre había pensado que la familia Sant había contratado a Roberts, pero vio lo equivocado que estaba.

Su Henry siempre estuvo rodeado de amor.

Sonrió.

Henry no merecía menos que eso.

—Gracias, Roberts. —el mayor simplemente asintió y se despidió, levantándose de la silla para irse a algún lugar que Riddle no cuestionaría.

No pasó mucho para que Voldemort siguiera sus acciones. Agarró el pergamino y la caja para irse de la oficina.

Había mucho ruido en la mansión, algo extraño ya que pensó que los nuevos reclutas estarían ocupados pensando en qué sería de su vida ahora que se unieron a la causa, pero tal parecía que se equivocaba.

Caminó hacia donde se escuchaba el alboroto, el cual no estaba tan lejos de la puerta principal.

Voldemort frunció el labio al ver el pequeño festejo que se encontraba en la sala de la mansión. Sus mortífagos estaban comiendo galletas y hablando con alegría hasta que lo vieron y el silencio invadió el lugar.

—¿Qué hacen?

El siseo recorrió la espalda de los presentes antes de que Avery diera un paso al frente. Tom podría jurar que no había envejecido si no fuera por las ligeras arrugas en su frente.

Al amigo de su amante sólo lo miró, una mezcla de melancolía y tristeza cruzaron sus facciones.

—Estamos celebrando con galletas la entrada de los nuevos reclutas —comentó levantando una de las galletas—. Henry solía cocinar galletas y darles la bienvenida a los nuevos, no quisimos que el recuerdo de él fuera manchado por su ida.

Avery se mantuvo firme aún cuando los ojos de su Lord se volvieron rojos, demostrando su enojo por el hecho.

"¿Qué haces?" preguntó Tom abrazando las caderas de su novio con cariño mientras éste colocaba la bandeja con galletas recién salidas del horno en la mesa.

"Hago galletas para los nuevos reclutas." respondió con tranquilidad "Cuando alguien les pregunte qué hay en el lado oscuro, ellos podrán responder que hay galletas y leche."

Apretó los puños tras el recuerdo, ¿cómo podían festejar sin su Henry? ¿Cómo podían sonreír?

Tomó aire, dispuesto a gritar y lanzar una que otras maldiciones cuando lo vio. Un pequeño altar en el centro de la habitación con una foto de su dulce niño saludando a la cámara mientras comía unas galletas.

No tenía conciencia de que existía esa foto.

—Última vez que lo hacen —sentenció cerrando los ojos. Avery suspiró con alivio—. Quiero un plato de galletas y la foto en mi oficina cuando todo esto termine.

Zigor Avery asintió, mirando cómo el mago oscuro empezaba a recorrer la habitación y, justo cuando iba salir de ésta, comentó:

—No son tan buenas como las de Henry. —Voldemort se detuvo, escuchando eso antes de seguir caminando.

—No importa.

El siseo fue suave esta vez, todos en la habitación pudieron notarlo, pero sólo unos pocos lograron comprender lo que realmente estaba pasando.

Lord Voldemort estaba dejando que se despidieran de Henry.

Avery negó con su cabeza antes de seguir con la celebración, mirando de reojo al joven en la foto, sabiendo que todo iba a ser muy diferente tras su muerte.

Por otro lado, el Lord salió de la mansión y usó un tralador en forma de botón para aparecerse. Un pequeño traslador que había hecho su Henry para poder viajar a la tumba de sus padres, al pequeño recinto donde todos los Sayre eran sepultados.

Había encontrado el objeto en uno de los bolsos de la túnica que Henry llevaba a la batalla y Tom sólo pudo pensar en que su niño se pudo haber salvado. Pudo haberse trasladado con él a ese lugar, pero se quedó para abrir el portal y salvar a los demás.

Había entendido porqué lo hizo cuando vio a Lucius Malfoy días después, el cual se encargaba de abrazar a su esposa con cuidado, ésta teniendo unos cuantos meses de embarazo.

Henry no quería que el hijo de Malfoy fuera como ellos, huérfano.

Al mismo tiempo, Lord Voldemort no comprendía cómo una persona era capaz de arriesgar su vida para salvar a otros, claro, el ojiverde no había salvado sólo a Lucius, pero su vida era más importante que todos los mortífagos que seguían a Tom.

Negó con la cabeza y miró a su alrededor, buscando la capilla de los Sayre y, con ella, la tumba de sus niños.

Caminó lento y, justo cuando estuvo frente a la tumba más reciente, convocó un ramo de flores. Antes de salir les dejaría otro ramo en las tumbas del matrimonio Sant.

No pudo soportarlo más y sacó el pergamino, suponía que sabría qué era lo que guardaba la caja mientras leyera las últimas palabras de su niño.

Suspiró.

" Querido Ridls:

Es innecesario decir que todas las posiciones que han estado a mi cuidado son totalmente tuyas después de mi muerte. Estoy seguro que las cuidarás bien, pero, por favor, no dejes de visitar a los pequeños animalitos que todavía quedan en la casa de tía Louis, recuerda que hay veces que extrañan el contacto humano.

Roberts se encargará de los negocios que ha tenido la familia y de acomodar todo para tu llegada, lamento hacer esto difícil para ti, con tu trabajo y mi fallecimiento sé que te será duro lidear con los negocios de mi familia.

Cualquier cosa le puedes decir a Roberts, él te apoyará.

Te dejo la llave de las cámaras familiares, los duendes ya estarán enterados de todo, confío en que Roberts ya habrá puesto todo en su lugar, sólo tienes que llegar y mostrarla para que ellos hagan lo demás.

Creo que ésta sería mi última muestra de amor hacia ti, Ridls. Te dejo toda la fortuna que yo y mi familia hemos cuidado y recolectado, espero puedas darles un buen uso.

No sé con qué circunstancias me fui, pero realmente lamento dejarte solo. Juro no fue mi intención.

Una vez leí que cada alma tiene un tiempo en el mundo humano antes de que su energía se agote y recorra el otro mundo para siempre. No solemos recordar nuestras otras vidas, así que pensamos que sólo hay una oportunidad...

Espero que ésta no sea mi última vida y nos encontremos en la otra, créeme cuando te digo que no te di ni la mitad del amor que tenía predeterminado darte. Espero poder dártelo cuando nos reencontremos. "

Lord Voldemort puso los ojos en blanco ante eso, dudaba que hubiera otra vida y, si lo hubiera, seguro que el destino mantendría alejado a su Henry para no poder darle todo el dolor que le causó.

Continuó leyendo, su niño siempre había sido un fanático en alargar las cartas y, como todas las veces, se alegró de que esta última no fuera la excepción.

"... No pongas esa cara, te conozco.

Tal vez suene como el sueño de un niño, pero realmente me encantaría estar todo el tiempo a tu lado, ya sea una eternidad.

Vive, Tom.

Vive por ti, por mí, por mis padres. Vive para mostrarle a todos quién eres.

Y no lo olvides, te amo.

Siempre tuyo
(hasta la eternidad):
Henry Sant-Sayre. "

No pudo hacer más que sentarse frente a la tumba de su amante y releer la carta. Agradecía que el lugar tuviera hechizos de calefacción, porque estaba seguro que no podría haberse puesto uno para sí después de eso.

Si el tiempo pasó, Lord Voldemort no lo sentía. No pensó en las horas que estuvo ahí. No pensó en las veces que había leído la carta, las lágrimas que habían salido sin su permiso o hasta las galletas que seguro ya estaban aguadas en su escritorio.

Sólo pensó en su Henry.