So shame on me now
Una vez al año, su tío, trae a casa cajas y cajas de cangrejos Matsuba. Aparece en la puerta apestando a puerto y se cuela en la cocina gritando "maibo". El saludo tradicional del dialecto Kansai no es lo único que cobra vida entre las paredes de la residencia. Durante horas los utensilios remueven, el agua hierve y los cuencos pasan por las manos de los adultos. Es la tradición Miya anual.
Él siempre creyó que la mejor parte de ese día era la ausencia de adultos durante una mañana completa. Nada de normas, nada de "no corran por la casa", "bajen el volumen de la tele" o "dejen de jugar en el huerto". Pero, entonces llegaba el almuerzo.
El comedor quedaba impregnado con el olor del cangrejo cocinado. Hay cuencos repartidos por toda la mesa. Los adultos se sientan y reparten la comida. Es un hecho que en la casa de los Miya no se pueden comer raciones normales. "La buena comida se come en cantidades grandes" canturrea su madre antes de plantar cuatro cangrejos enteros delante de él. Y no sería él si no se lo hubiera tomado como una competencia. Cuatro cangrejos y Samu a su derecha.
Su tío, siempre considerado el cómplice de Atsumu, le bastó una ojeada a la esquina de los más pequeños. "Kettakusowarui" decía sonriéndole. Y si el hermano mayor de tu padre dice "tengo un mal presentimiento", solo te queda jugar la carta maestra. Sonreír y afirmar "otōsan, okan, quiero más".
Ese día tuvo una pésima idea. Una que le persiguió durante dos semanas dejándolo postrado en su litera con un fuerte dolor de estómago y una terrible incapacidad para comer cangrejo de por vida. Su hermano tuvo que traerle los deberes y se perdió el festival deportivo escolar. Y si alguien, ahora, en ese baño donde Kiyoomi se corrió en sus muslos, le preguntara cuál sería su peor decisión en la vida diría "Kiyoomi". Comería todos los cangrejos Matsuba, se intoxicaría con ellos y pasaría semanas y semanas enfermo antes que repetir la sensación de culpa que oprime su pecho.
—Shimota.
Es todo lo que sabe hacer. Mirarse al espejo y maldecir. Escuchar el sonido de las sábanas removiéndose en la habitación y maldecir. Está despierto. Está a una pared de distancia y maldice.
Siente su cabeza orbitar como si fuera una tacita giratoria. Da vueltas al ritmo frenético de sus pensamientos y sus emociones son el motor que necesita para continuar. Las manos le tiemblan, hiperventila y su estómago se remueve al punto de amenazar con una vomitona mañanera. Estoy en la mierda.
Lo supo nada más abrir los ojos y sentir la ansiedad asentarse en su pecho. Derribo cualquier idea de llorar, recogió sus cosas en silencio preparado para el eminente rechazo y se encerró en ese baño. El baño en el que se corrieron.
Echa un último vistazo al espejo. Finge una sonrisa, un "aquí no ha pasado nada", toma aire buscando un pensamiento que le eleve la autoestima, y se desinfla como un globo al ver el chupetón en el cuello. Kiyoomi.
Es su destino. Precipitarse, arruinarlo todo, enamorarse de personas que jamás podrán corresponderle. Escucha el "la has cagado al girar el picaporte". Camina pisando sin gana hasta verlo, sentado sin respiración. Yo le hice esto.
—¿Omi-kun?
Lo dice bajo y temerario como quien rompe un jarrón caro y va a su madre con los trozos escondidos tras la espalda. Repite su nombre y Kiyoomi no le habla, no le mira, no parece comprender ni que estén en la misma sala.
Da dos pasos hacia el frente y ojalá hubiera recibido dos tiros en el pecho. Kiyoomi, si le había oído. Escuchó sus pasos y decidió en consecuencia que la mejor decisión era huir. Salió disparado hasta su maleta de viaje sin mirarle, respirando con una fuerza ruidosa que él también reconocía. Yo le hice esto. Yo le hecho sentir así.
—Omi-kun yo-
—Vete.
Roto, vulnerable, dolido. Un grito de auxilio que Atsumu desearía nunca oír. Un grito que no puede hacer eco dentro de él porque ya existe su consciencia recordándole que cada mal trago de Kiyoomi fue culpa suya.
Siente sus latidos con golpes rítmicos que susurraban "tú lo hiciste".
—Pe-
—Vete, ahora mismo Miya.
—Entiendo.
No quiere molestarle más con su presencia. Recoge la maleta previamente preparada para el desenlace fatídico, pero esperable y desaparece por el pasillo. Le deja el espacio que necesita para odiarle y culparle por cada contacto piel contra piel. La puerta se cierra separándolos, queda abandonado en el pasillo del hotel y solo hay una cosa que puede ayudarle.
Para: Samu
Más te vale no venirme con mierdas de tu restaurante. Te necesito en Osaka.
De: Samu
No soy tu sirviente, donkusai.
Idiota. No podía recriminarle el insulto porque verdaderamente así se sentía. Un completo idiota. Donkusai.
Para: Samu
La he cagado.
De: Samu
Lo sé. Siempre lo haces.
Llegaré a la hora de la cena.
Now I'm lying on a cold hard ground
Oh, trouble, trouble, trouble
Oh, trouble, trouble, trouble
Solo da problemas. Es lo que una y otra vez se repite al pensar en su hermano. Mentiroso, egoísta y ladrón. Enumera sus defectos subiendo uno a uno los escalones. "Tienes los genes del tío" piensa como si se tratara de una maldición. Y todo eso se esfuma al llegar a la puerta.
Su hermano lo necesita en Osaka. "Es mi hermano" repite por duodécima vez. Mi gemelo solo que versión remake con bajo presupuesto. Se engaña quitándole hierro al asunto. Y se supone que somos gemelos espejo. Teclea la numeración del código y abre la puerta. Todo lo que necesita para reconocer la magnitud del "la he cagado".
—¿Tsumu?
Las luces están apagadas y las cortinas sin tocar igual que la maleta de viaje junto a la puerta. Está llorando. No necesita oírle sorber los mocos o verlo tirado, manta como escudo, en el sofá de tres plazas. Es lo que siempre hacían de pequeños. Correr al cuarto, esconderse en la oscuridad y llorar esperando la compañía del otro.
—La he cagado, Samu —susurra hipando una voz rota.
—Sukatan. —Se queda esperando, pero Atsumu solo le mira con esa cara que pone cuando le da la razón. Te digo idiota y no me contestas. Voy a tener que volver más tarde de lo que pensaba—. Tsumu, levántate y vete a ducharte. Yo me ocupo del resto.
Lo hace con lentitud y arrastrando la manta, pero se levanta del sofá y se esconde en el baño. ¿Qué has hecho? Le aterra imaginárselo. Bebiste con Sakusa y la cagaste. Le pone de los nervios imaginarse la cantidad de estupideces que pudo hacer.
Eres la voz de la razón de los dos. Prácticamente eres su consciencia. Se lo recrimina como cachetadas en la mejilla. Respira hondo y hace lo único que puede hacer en estos casos. Comida. Había traído los favoritos de su hermano escondidos en una neverita portátil. Uramaki, nigiri, onigiri. Todo con atún. Desempaquetó y repartió la comida sobre la mesa como si se tratara de un cliente. Preparó té verde para los dos y esperó a oír la puerta abrirse.
—¿Obu? —le dice ofreciéndole la taza.
—¿Es verde?
—¿Acaso tienes otro?
Toma la taza de sus manos mirando el contenido como si se tratara de un pozo de los deseos o el mismo Yoda presentado en forma de agua caliente con sabor. Se deja caer en su lugar de siempre y entre suspiros sirve la salsa de soja en los cuencos. Esto está un poco mejor.
Toma asiento frente a él y observa su rostro. Lo conoce mejor que sus padres, sabe cómo se siente la mayor parte del tiempo y conoce los niveles de estupideces que puede cometer. Están las que hace y él tiene la necesidad imperiosa de pegarle una paliza por su estupidez; las cagadas que hace y tiene un ataque de logorrea para calma su consciencia; y estas, las que la caga a niveles tan grandes que permanece callado hasta que algo hace clicy se desahoga.
Seguro que fue por Sakusa. Su hermano atrapa un onigiri relleno de atún que en condiciones normales se lo zamparía de un bocado y tal vez sea alguna mierda de hermanos gemelos, pero hay un algo en su cara que se lo confirma. Es por Sakusa.
Le comenta algunos cambios que ha hecho en las recetas. Pequeños detalles que para su sorpresa Atsumu ha notado. Entre cortes de sushi y especias, su hermano se toca el estómago y sigue comiendo. Bebisteis demasiado. Estoy seguro.
Entre la sobremesa y acomodarse en el sofá se coló otro indicio. Un chupetón en su cuello que trataba de esconder con una chaqueta de cuello. ¿Te acostaste con alguien?
Le costó un buen rato oírle hablar. Empezó con un me lo hizo Sakusa y después de veinte minutos terminó con un ahora qué hago compungido.
—Entonces te lo tiraste en el baño. —Atsumu asintió—. Y dices que le preguntaste si quería hacerlo. —Volvió a sacudir su cabeza afirmativamente—. ¿Qué te dijo?
—Me besó —respondió atropellando su pregunta.
—¿Youte? ¿Ya ibas youte?
—Todo me daba vueltas y por momentos veía doble.
Te pillaste una buena borrachera.
—O sea que lo hicisteis borrachos, pero le preguntaste si quería hacerlo.
—Deja de repetirlo como si te sorprendiera. —se lo recrimina y sabe que le ha tocado la moral—. ¡Yo también tengo límites!
—¡Y donde estaban esos límites cuando decidiste pillarte por tu compañero de equipo!
—¡Cállate! Eso simplemente pasó, ¿vale? —Le hace caso. Cierra la boca y piensa. De todos los que podían gustarte, elegiste al más difícil. Intercambian miradas—. ¿Y bien? ¿Qué hago? Shimota, la he cagado tanto.
—Bastante, la verdad.
—Samu, ahórrate la charla. Sé que es mi culpa así que dime que hago para arreglarlo.
Le ha robado, le ha mentido, le ha utilizado. Nada le ha importado y todo lo ha firmado con su sonrisa sacada del libro de las travesuras del ángel Lucifer. ¿Culpa? Si alguna vez en su corazón podrido de egocentrismo sintió algo parecido, siempre lo maquilló con patadas voladoras y puñetazos. Tantos años viviendo contigo y ni una vez has admitido tu culpa. Verdaderamente tiene ganas de pegarle una patada en el estómago para que vomite todo lo que le había cocinado.
— ¿Qué? —pregunta.
—Es la primera vez que te escucho admitir la culpa de algo y para colmo no es del todo tuya.
—¿Eh?
—¿Lo emborrachaste apropósito? —le pregunta con cansancio.
—No.
—¿Le obligaste a tocarte?
Atsumu frunce el ceño y le ametralla con sus ojos.
—Esa pregunta sobra.
—Y, además, le preguntaste si quería hacerlo y él te besó. —El brillo de guerra se evapora de sus ojos y calla—. Tsumu —le llama—, la has cagado, pero él también.
—Si, pero… No sé, Samu. —Toma aire. Parpadea evitando la lágrima que le pica por caer—. Cuando estábamos, ya sabes, sabía que mañana todo sería una mierda.
¡Como me toca las pelotas que lo defiendas, donkusai!
—Y Sakusa probablemente al besarte sabía que estaba dando su consentimiento a pesar de que mañana sería una mierda.
—Esto no me lo perdonará. Nunca voy a gustarle —susurra sin fuerza.
—Eso es algo que yo ya sabía sin necesidad de que lo comprobaras. Déjale espacio y con suerte, Sakusa volverá a hablarte.
Tal vez me pasé. Los ojos marrones se llenan de brillo líquido, un mar de agua salada. Lagrimones ruedan por sus mejillas como aquella vez que no pudo participar en el festival deportivo. Sí que me pasé.
—No empieces otra vez —le pide al escucharlo sorber.
—No me digas cuando puedo llorar, Samu —suplica.
Le duele verle así, incluso si desea un escarmiento para él. Lo envuelve con sus brazos esperando que el cariño le arrope, pero solo vale como puerta a la liberación. Moja su hombro de mocos y tristeza. Desearía tener las palabras correctas para hacer que pare, pero solo se le ocurre repetir las que tantas veces uso su madre con ellos.
—Tranquilo, lo peor ya ha pasado, Tsumu.
Su cabeza se agita en su hombro y entre sollozos canta la verdad:
—No seas mentiroso, Samu.
No tengo palabras de consuelo. Ya no son niños a los que poder contar embustes. Ahora viven la realidad, trabajan vendiendo comida y colocando valones para estrellas del voleibol. Se precipitan, cometen errores y se enfrentan a la realidad. Sakusa Kiyoomi lo va a alejar de él.
No apologies
He'll never see you cry
Bailar con los monstruos dentro de una cuadrícula, dar el toque y ver como se despliegan. Pasos, giros, saltos. Dentro de las líneas blancas, frente la red se encuentra su felicidad. Nunca esperó que sus padres lo comprendieran. Para ellos una buena vida es un puesto fijo para el gobierno o ser el propio jefe de su comercio. Ellos no comprenden lo que se siente al estar en la cancha. Su casa es el arena de la ciudad de Hirakata en Osaka. Disciplina, trabajo duro y una dosis de osadía para marcar su territorio. Miya Atsumu es un chacal. No puede vivir lejos de su hogar ni permitir que otros acechen lo que es suyo. Voleibol. Lo tenía claro, Kiyoomi podía estar enfadado, pero no podía tocar el voleibol. Tienes que seguir jugando para mí.
No se engañaría, mirarle a la cara por primera vez después de haberle echado solo le hizo ver el enorme muro que les separada. Esa distancia que poco a poco con pasos temerarios había acortado, ahora se había convertido en kilómetros de distancia. Debía dejarle espacio. Eso pensó durante siete eternos días. Cada entrenamiento, cada momento en los vestuarios, cada reunión de estrategia o mañanas de desayuno en el recinto deportivo, se repitió las palabras de su hermano. Déjale espacio y con suerte, Sakusa volverá a hablarte.
La segunda semana de entrenamientos desde el incidente daba comienzo cuando el enfado crecía en su pecho. ¿Es que no piensas hablarme? Se estrujaba las neuronas intentando recordar cuál fue el día en que empezó a sentir algo por él. ¿Fue cuando empezó a aceptar sus palmadas en la espalda? ¿Cuándo les tocó compartir cuarto por primera vez? ¿Cuándo le contó que siempre quiso un perro y le habló sobre Hikari, su perrita de la infancia? Cada recuerdo se torna más y más cálido. Un día solo era su compañero de equipo y al día siguiente se había transformado en algo más íntimo y complejo para ponerle nombre.
—Oi, Tsumu-san.
La voz era indiscutiblemente de Shōyō. Casi podía sentir su energía irradiándole desde la espalda. Era la luz que quemaba sus pensamientos.
—No pienso hacer más colocaciones por hoy, Shō-kun.
—No, en realidad no era eso.
Las deportivas negras con las serigrafías del equipo se detienen frente a él. Intercambian miradas. Está nervioso.
—¿Entonces qué?
—¿Ha pasado algo con Omi-san? —pronuncia la pregunta con prudencia—. La última vez parecía que estaba todo, ya sabes, guay y ahora… bueno, no está afectando al equipo, pero ambos parecéis distantes.
Ahí está frente a él, su amigo tan nervioso que parece que tiene un palo de escoba metido por el culo. Le mira con ojos de corderito esperando oír una explicación. Joder, no quiero contarle el ridículo que hice. Es tan irritante.
—Es una larga historia.
—¿Quieres hablar? Te invito a-
—No quiero hablar. —Shōyō da un brinco. Shimota, estoy tan cabreado—. Estoy hasta los cojones de hablar. ¿Sabes qué?, si no quiere ni verme, pues por mi bien. No pienso hacer nada más por él.
—¡Eh, Tsumu-san! Pero si sois amigos desde siempre. Además, jugamos en el mismo equipo y-
—Soy profesional, Hinata. —Tampoco es para tanto. Solo es Om… Solo es Sakusa—. Si lo que quiere es mantener las distancias pues no hay problema. Lo trataré como cualquier otro jugador extranjero al que no le entiendo una mierda. Todo lo que importa con él es el voleibol.
Asiente. No afirma sus palabras, solo intenta entenderlas y de algún modo le lee su estado de ánimo. Le pone la mano en el antebrazo y le da una palmadita consoladora. Si no lo reviento a hostias es porque es él. Deja caer su mano aun milagrosamente bronceada y le sonríe. El cerdo sabe cuál es su encanto.
—Vale, bien, pero al menos vamos a comer juntos. Echo de menos las feijoadas y tú eres el único que se apunta a comer comida brasilera.
Aceptó. No solo a la comida brasilera sino a un sinfín de planes. La cuenta regresiva contra el equipo de Suna se iba reduciendo y él emborrachaba su ira en alegría radiante disfrazada de opuesto aficionado a Dragon Ball.
El marcador mental señalaba el lunes como el comienzo de la tercera semana desde el incidente. Las palabras que había pronunciado llevado por el cólera se habían cumplido a rajatabla. Sus entrenamientos individuales se habían prolongado para no coincidir a solas en los vestuarios los martes y miércoles. No chocaba los cinco ni le daba una palmada, solo aplaudía a la lejanía como si se tratara de un jugador al otro lado de la red. Hasta había dejado de controlar a Kōtarō y su constante necesidad de contacto físico. ¿Qué le quedaba? El voleibol. Lanzar un balón, bailar en la pista hasta que el reloj daba la hora. No me habla. Lo repite mentalmente mientras hace girar el balón Mikasa en sus manos. Nunca volveremos a estar como antes. Lo piensa y por primera vez, estar en la pista no es lo que verdaderamente quiere. Coloca el balón, perfecto y osado, su firma. La pelota vuela y cuando llega a su mano derecha, la golpea con ese movimiento de muñecas. Nunca podré tener una oportunidad con él. El eco del repiqueteo casi es imperceptible. El equipo los felicita, pero él no está ahí. ¿Por qué tuvo que gustarme él?
—¡Buen golpe Omi-kun! —grita desde la red—. Hay monstruos que bailan solos.
Irau con él fue una pésima idea. Le da la espalda, sin darle las gracias por el pase. Toma su toalla, saluda al resto y se retira a continuar su rutina individual del día. Si, nunca debí liarme contigo Kiyoomi.
So shame on me now
Pull me to places I'd never been
Hay más de mil razones por las que no debería hacerlo. Tiene pautas, patrones y rutinas para que su mundo no se desmorone. Posavasos para no manchar el cristal de su mesa central, limpiar los platos después de usarlos y un pijama para cada noche. Le gustaría culpar al suavizante de manzana verde y flores refrescantes nuevo o al inminente partido contra el equipo de su primo. Pero no podía. No era una sensación reconfortante que quisiera celebrar o una acumulación de estrés que necesitara liberar antes de hacer al EJP Raijin morder el polvo. Su torso desnudo llegó ante él en una nueva publicación de Instagram y sus manos cayeron por la línea central de sus abdominales directo a su pubis. No debería. Su imaginación lo intoxicaba con imágenes de Atsumu. Él no es nada para mí. Desnudo, debajo suyo, sonriéndole, tocándose para él. Solo me ha utilizado. Con las manos en el lavamanos, obediente y muy dispuesto como aquella noche. El corazón le pide acción, su mano baja la pretina y las fantasías se recrean en su polla. Se la ponen dura con una imagen y su mente sucia. El dedo índice le acaricia la punta. ¡Joder! Está húmedo y duro. Todo es culpa de Atsumu. Se le filtra incluso en su cama envenenándola con las embestidas que le haría. Lubricante. Lo pondría a cuatro y lo obligaría a decir su nombre. Kiyoomi más. Le suplicaría y él se movería más rápido. Tan rápido como la mano que tiene en su polla. Arriba y abajo. Más fuerte, más estrecho. Siente la piel palpitar, pero no le importa porque está follando con Atsumu. Él le aliviará. Kiyoomi voy a correrme. Se lo diría y las caderas le bailarían para llegar juntos. Entonces le tomaría por las muñecas y lo llevaría hasta el límite. Eso seguro que le gusta. Bruñe con su propia recreación, se la sacude con la fuerza del resentimiento de las últimas tres semanas. Una, dos, tres y se deshace en un gemido. Atsumu me he corrido. Debería limpiarse la mano, pero su cerebro es más poderoso. Con los ojos cerrados y el clímax relajando su cuerpo, ve una sonrisa traviesa. La teme y la desea, pero sobre todo le encanta verla sobre sus sábanas.
—¿Por qué tuvo que joderme tanto?
Abre los ojos y la imaginación se quema desapareciendo en una cortina de cenizas ante él. ¿Qué le queda? La corrida en su mano y un sentimiento pesado sobre su pecho. Lo oprime sintiendo el peso de una mala decisión sobre su cuerpo suciamente satisfecho. Uso su cuerpo, su foto, su voz siguiendo las mismas normas: usar y no dejarse usar. Lo odio. Suspira intentando encajar las piezas. Lo odio por gustarme.
Pretend he doesn't know
That he's the reason why
You're drowning, you're drowning, you're drowning
La victoria huele a sudor de chacales, una sobremesa de copas vacías y anécdotas de campeones, pero incluso cuando son coronados como los vencedores, Kiyoomi no le da tregua. Le advierte con la oscuridad de sus pupilas que desaparezca de su vista y él le complace. Huye al lugar donde uno vomita sus penas y llora por ser despedido de su trabajo cuando. El camarero le saluda con una leve inclinación. No hay nadie más que ellos dos.
—Bienvenido, ¿puedo servirle algo?
—Una copa de lo más fuerte.
El chico, igual de joven que Atsumu, asiente y saca de algún compartimento de la barra un vaso de cristal. Echa el guante a unas cuantas botellas de cristal y posiciona un medidor frente a él. Comienza el desfile, nombres extranjeros siendo destapados y arrojados sin piedad dentro de unas medidas en apariencia pequeñas. Lo mezcla todo en la coctelera y al arrojarlo dentro del vaso, Atsumu tiene claro que esa bebida bajará como fuego hasta su estómago y se asentará ahí dándole la peor borrachera del año. Por la puta victoria. Baja la bebida hasta la mitad de un trago.
—Espero que sea lo que busca.
—Si, ookini.
—¿Osaka? —pregunta lustrando una copa húmeda.
— Hyōgo.
—Yo también. ¿Esta mominai?
—No, tiene mucho sabor.
—Menos mal. Es la primera vez que hago este coctel. Tenía miedo que mizukusai.
—Te aseguro que no sabe a agua. ¿Mizukusai? Omoroi.
Segundo y último trago. Omoroi. Sí que es divertido este camarero. Extiende el brazo y le marca con el dedo índice que rellene el vaso nuevamente. El barman frunce el ceño durante una milésima de segundo y repite el ritual. La coctelera cubría el sonido de sillas moviéndose y pasos alejándose. Se están retirando a sus habitaciones. Agitaba mezclando el brebaje y lo dejaba caer con elegancia en el vaso. Era como una coreografía que le hipnotizaba con la promesa de borrar los recuerdos de Kiyoomi. Era lo que más deseaba, borrar la ira, el dolor, la tristeza. Así tomó el cristal con firmeza y se decidió a abrasar su boca cuando su bolsillo trasero vibró.
De: Samu
Donkusai.
¿Qué mierda te pasa?
Aho, respóndeme.
Para: Samu
¿A quién llamas idiota?
De: Samu
A ti, donkusai.
¿Qué cojones te pasa? ¡Nameton no ka!
Has ganado el partido.
Contra Suna.
Y habéis pasado a la final.
¿Por qué no me dices una mierda?
La gran compañía se exhibe sobre un posavasos. Su pantalla del smartphone está a punto de apagarse y hay un hormigueo en sus dedos que piden el cristal frío, pero algo dentro de él —la parte infantil y temperamental— le recuerda que teclear es casi tan fácil como luchar la pelea de la bebida contra su ira.
Para: Samu.
¿Para qué iba a decírtelo si ya tienes a tu novio para contártelo?
¿Quién toma a quién por idiota, donkusai?
De: Samu.
Shimota, nos conocemos, saco de mierda.
Siempre me llamas cuando estas de fiesta para restregarme lo feliz que eres.
¿Qué cojones has hecho ahora para no llamarme?
Ahí está. Ese lastre que lleva solo por su mera existencia. Todas esas travesuras que acumula en su historial como carta de presentación. Miya Fuiste-Tú Atsumu. Miya Qué-Has-Hecho Atsumu. Miya Atsumu, empleado a tiempo completo en ser el culpable. Ese sentimiento de tristeza intrincado con enfado le persigue, porque donde lo culpan, él ya se ha adjudicado el crimen. Es más fácil ser lo que ellos quieren sin ningún pudor que intentar defenderse.
Para: Samu
No eres okan.
No tengo que darte explicaciones.
De: Samu
No bebas.
Para: Samu
Tarde.
La mano le zumba. Me importa una mierda. El cuerpo entero le zumba culpa de la furia combinada con el alcohol. Estoy hasta los cojones.
—Dime, tú. —El camarero se detiene con un gesto de estupor—. ¿Tengo algo malo?
—N-no.
—Entonces, ¿por qué a mí? No lo entiendo. Todos salen con alguien, todos tienen citas románticas y suben fotos ñoñas comiendo curri mal cocinado a Instagram, ¿y yo? ¿Es qué no puedo gustarle a alguien?
—Estoy seguro de que habrá alguien. Solo, espere.
—¡No, no, no! No pienso esperar más. Llevo mucho tiempo esperando y no me ha servido de nada. ¿Es tanto pedir que se fije en mí? Dime, qué tengo que hacer para qué la persona que me gusta se fije en mí.
—¿Confesarse?
—¡Aj! Qué mierda de consejo. ¿No se supone que los camareros dan buenos consejos?
—Yo solo hago cocteles.
El camarero continuo con su deber en un silencio incómodo instaurado por Atsumu. Él, ocupado en meditar las palabras y luchar contra el alcohol ingerido, reconsidera el consejo.
—¿Y si no me confieso?
—Entonces nunca sabrá sus sentimientos.
Sí. La copa ya mojando sus labios le camela. Lo haré. Quema su juicio interno y se entremezcla con esa emoción en su pecho. Se lo diré. Incluso cuando el hotel entero parece tambalearse ante él, busca la numeración correcta para dar con el chico de piel como la luna y cabello hilado con la noche.
I don't know if you know who you are
until you lose who you are
Alguno podría decir que la madre naturaleza truncó los dados. Liberó un tifón y el último soplo eligió a dos depredadores. Chacales y águilas. MSBY Black Jackals y Schweiden Adlers. La final de la copa disputada entre rapaz y presa. Mientras el marcador se iluminaba y el silbato daba comienzo la pelea, la tribuna se dividía entre locales y forasteros recordándoles que era una cuestión de supervivencia. Pero los chacales son animales territoriales dispuestos a ensuciar su madriguera. Y cuando el marcador cambió la numeración por última vez, fue confeti dorado el que calló desde los focos del arena en Osaka. Fueron los MSBY Black Jackals quienes levantaron la copa y se abrazaron boyantes de triunfo. Fue Kiyoomi quien rodeo a Atsumu con sus brazos y le susurró "ven a mi casa después".
Así, en cuanto se fanfarroneó de su victoria por teléfono con su hermano y atrapó una muda de ropa recién salida de la secadora, corrió a infringir las normas del entrenador. ¿Descansar? Pienso celebrar hasta no poder más.
No estaba seguro si había llegado en un tiempo récord a su portal o simplemente las agujas que marcan la hora se habían detenido, pero sus piernas se movían solas. Marcó el número tres y espero con impaciencia por el ascensor. Puerta A.
Era extraño y excitante. Esta era la tercera vez en la semana que se subía a ese ascensor. Solo habían pasado seis días desde aquella conversación-declaración-ajuste-de-cuentas y una parte de él aún no creía que Kiyoomi le correspondiera. No podía creer que le devolviera sus besos sin estar borrachos o que accediera a dejarle preparar la comida en la misma cocina en la que le sirvió café. Simplemente no sabía cómo lidiar con tanta felicidad y, de cualquier modo, cuando el ascensor anunció su parada, Atsumu salió con el objetivo de tener más. Omi.
La puerta A está ligeramente abierta. Una invitación a meterse en la madriguera y seducir al terrateniente del piso con olor a lavanda. Se cuela con sigilo y apresura a quitarse las Adidas. El problema es que ni la presa más lista puede hacer nada cuando un depredador está preparado para cazar. Las zapatillas quedan en el suelo como un camino de migas hasta ellos. Atsumu contra la puerta y Kiyoomi asegurando eliminar distancias. Le da la bienvenida con un beso que sabe a victoria y promesas indecentes.
—Maido —le saluda en una tregua para terminar de cerrar la puerta.
—Hola a ti también.
Sus bocas vuelven a encontrarse, chocan, se separan y vuelven a chocar. ¡Qué bien besa! Kiyoomi repite hambriento de más, acomoda sus labios en los de Atsumu saboreando la menta y la sensación extraña de sus lenguas jugando. Y es mientras se divierten, cuando Kiyoomi toma la cinta del bolso deportivo de Atsumu y la tira al suelo. El sonido seco no les detiene de seguir tentándose. Atsumu baja sus manos por la cintura estrecha y deja sus palmas sobre su culo. Un beso hambriento, un intento por acercarlo aún más hacia él. El rastro de picos descendiendo le anuncian su próxima perdición. Sus rizos le acarician el marco de su rostro en el mismo momento en que deja un mordisco en su nuez. Él solo puede dejarse devorar y disfrutar al apretar las manos contra sus glúteos trabajados.
—Hemos ganado —lo dice jadeando.
Hay fuego en sus ojos, destellos del confeti dorado salpicando sus pupilas negras y llenándole de un entusiasmo que solo conocen los ganadores. Le sonríe excitado y lo toma por el cuello de su camiseta. Shimota, está a mil.
—No —le dice invicto y tira con fuerza de la tela—, hemos jodido a Kageyama.
—Sí. —Rodea la cintura, contagiado de su euforia—. Hemos jodido a los putos Adlers.
—El pase que me hiciste en el tercer set… —Deja la frase en el aire y su fuerza de voluntad fuera de su cuerpo. Lo besa con agresividad. Manos sujetándolo y dientes tentando la carne—. No dejes de hacer esas locuras.
—Cualquier cosa con tal de ganar contigo —le canturrea dejando caer las palabras sobre su boca.
Le acecha. Acerca su pico con una sonrisa inequívocamente depredadora y se aleja cuando Atsumu está a punto de tocar el cielo con su boca. Como me pone. Le toma por el cuello en un intento caprichoso de conseguir lo que quiere, pero Kiyoomi se adelanta. Atrapa su muñeca y la sujeta mientras con la mano libre se deleita levantando la tela. Le toca el hueso de la cadera, sube por sus abdominales hasta llegar a su pectoral derecho y pellizcarle para enviar una descarga a todo su cuerpo y ahogar su corazón en éxtasis. Atsumu no tiene alternativa, alza la mano restante y se deja desnudar. Kiyoomi le complace, abandona sus labios en la mandíbula y comienza el peregrinaje hasta su oído.
—Vamos a la cama —susurra.
Son chacales. Depredadores. Juegan con garras y dientes. Se golpean, tropiezan y en algún lugar lejano a ellos se cae un jarrón. No les importa la distribución de los muebles ni el Feng Shui. Kiyoomi tantea el interruptor a la vez que empuja su lengua un poco más lejos, Kiyoomi lo arrastra hasta rozar la cama mientras le desabrocha el botón de las bermudas caqui. Y, en alguna parte de Osaka está la prensa coronando el partido el mejor de la historia del voleibol japones. Kiyoomi solo le vale sentarse en su cama y laurearse con Atsumu. Abre sus piernas y coloca sus manos sobre el colchón a cada lado de sus caderas. Ahí lo tiene, sin alcohol de por medio, llamándolo con ojos autoritarios. Si no conociera sus sentimientos por él, habría culpado a la adrenalina del campeón por todas esas bocanadas de aire extra que necesita para llegar hasta él, clavar sus rodillas a cada lado de su pelvis y bajar hasta donde el calentón de sus pollas pide su propio partido.
—Muévete —le ordena Kiyoomi con voz grave.
¡Shimota!
—¡Ah, sí! —Eleva sus caderas, pero Kiyoomi lo devuelve a su lugar. Busca sus ojos desconcertado—. ¿No quieres que me duche?
—No, quiero que te muevas encima de mí.
Lo dice con una seriedad que le retiene entre la dicotomía de doblegarse o resistirse caprichosamente. Pero a él también le gusta cazar. Conoce sus músculos trabajados y sus horas de sueño perdidas en clubs nocturnos. Te daré el baile de tu vida Omi-Omi. Inclina su cuerpo hacia atrás imitando a Hwasa en su nueva canción María y hace el body roll para él. Le muestra sus dientes en una sonrisa presuntuosa, mientras disfruta de ser visto como el mayor manjar para llevarse a la boca. Kiyoomi se deshace de su camiseta con urgencia y vuelve su atención a lo único importante. Él.
—Si querías que hiciera un numerito para ti solo haberlo pedido Omi-Omi —le tienta mientras se deja tocar los abdominales que ondea como olas. Kiyoomi le acaricia con ambas manos de cuello a pelvis encendiéndolo y transformándolo en pura fogata. Solo necesita oxígeno para no morir en su propio infierno—. ¿Te gusta la mercancía? —le provoca.
—Podría estar mejor.
Puedo hacerlo mejor, beppin. En ese calor sofocante le conduce las manos por las llamas, cambia el ritmo, mueve las caderas aumentando la fricción y le obliga a tocarle con más asiduidad, especialmente ahí abajo donde el baile solo invita a la sangre.
—No seas mentiroso, Omi-kun. Soy yo el que te la pone dura. —Alza las caderas y baja el culo directo a su erección devorando el gruñido que sale por su boca con un beso húmedo—. ¿Ya no hablas Omi-Omi? —le insiste y busca su oído para seducirle con una voz maliciosa— ¿Qué es lo que deseas tan duramente?
Invicto, arrogante, dolorosamente atractivo y muy follable. Así, se siente y así se lo hace llegar mirándole con esa sonrisa de te joderé y me lo agradecerás. ¿Le gusta cuando Kiyoomi le toma del pelo? Sí. Se excita tanto que, con un tirón de pelo, se le escapa un jadeo. Lo hace sonoro y sin pudor para que capte el mensaje. Vuelve a tirarle y le chupa el cuello para luego soltar y dejarle totalmente desconcertado.
—Quiero que me comas el chinpo.
Lo enuncia como un discurso político. ¿Qué? ¡Sonai! Semblante serio contrapuesto con su pecho agitado, y ojos ónix clavados en él con una intensidad capaz de perforarle el cuerpo. Le dice polla en el dialecto local con el que creció, pero en su mente solo resuenan sirenas de aviso. Si lo hago, se enfadará después. La imagen mental le asusta. Me echará.
—¿Estás seguro de que no quieres que me duche?
—Ya te dije que no.
—¿Seguro?
—No es necesario que insistas tanto.
—Vale, vale.
No sabía exactamente que esperaba. Sakusa Kiyoomi, rematador y persona con TOC sigue siendo humano, sigue siendo un chacal consumido por la victoria. Le indica donde buscar el lubricante y el condón, le ayuda bajándose los pantalones, pero se reserva la tela húmeda del bóxer azul. Le besa con dulzura la uve para luego pellizcar con sus labios la punta aún escondida. Gruñe y empuja su cabeza abriendo más las piernas. No me odies. Acaricia el elástico y sus manos se congelan.
— Omi-kun, no vas a decirme que me vaya ¿verdad?
No lo hagas. Le mira desde abajo a unos centímetros cortos de su mayor placer. Un torbellino pasa por su rostro. Enfado, vergüenza para acabar en su habitual seriedad.
—Eso… ya te expliqué que no es lo habitual.
Le es suficiente. No necesita más razones para frenarse. Sin ningún preámbulo le quita la ropa interior y agacha la cabeza. Reparte besos en la cara interna de los muslos esperando la mano enredada en su cabello y al suspirar con el primer tirón de pelos, alarga la lengua y se la chupa por toda la longitud hasta la punta. Lo repite una y otra vez hasta oírle un bufido suplicante. Te mueres porque te la coma. Sonríe con astucia sobre el glande. Deja su lengua jugar ganando puntos por cada gruñido. Le da picos succionando lo justo para darle una falsa ilusión de anticipación. Enrosca su lengua y aprieta sus mejillas. La tiene más gorda de lo que recordaba. Avanza o es empujado. No le importa, solo se mueve a un ritmo desesperante para Kiyoomi. Voy a tragarme hasta la última gota. Siente su mano intentando dominar la cadencia. Lo impulsa a comérsela entera y él —caliente y con una mano buscando su entrepierna— le deja someterle. Toma tanto como entra dándole gemidos vibrantes. Le folla la boca sin piedad y él se toca con lentitud torturadora. Fóllame. Se balancea cada vez más rápido, pierde la simetría del tiempo al igual que el último ápice de consciencia y se corre en su boca. Lo hace largo y gimiendo "Tsumu" entre sus labios mientras él se traga el líquido salado.
Kiyoomi le acaricia el cabello de la nuca, despacio y suave, mientras recupera el aliento. Es una obra de arte. Espalda ancha y cintura estrecha con un regalo de buen grosor. Se la he comido a Omi-kun. Sigue sacudiéndosela disfrutando las vistas. Se deja descubrir con las manos en su propio pene. Fóllame de una vez. Es observado desde arriba y amonestado con una mano apretándole la punta.
—¡Shimota! Ansan… ikan… ¡igamu!
—Tsumu, no entiendo lo que dices —dice marrullero.
—Quiero puto correrme —le farfulla entre suspiros furiosos.
—Sube y lo haré por ti.
¡Shaanai! Más le vale que sea la corrida de siglo. A duras penas (nunca mejor dicho) se pone en pie y vuelve al canto del colchón. Clava una rodilla y es derribado sobre la cama. Piel pálida, rizos negros perfectos y el aura de un depredador relamiéndose. Le pasa el dedo hasta la punta dejándolo con un gemido suplicante.
—Ya también podría joderte un rato.
—No lo hagas Omi-Omi —le ruega.
Le implora. Lo pide como si fuera la presa y Kiyoomi el cazador de garras y colmillos afilados. Hace gala de ojos peticionarios y rostro dócil acompañado de unas manos firmes trazando la espalda del otro chacal. Pero, Kiyoomi ve la máscara en esa sumisión. Atsumu antes de chacal fue zorro. Traza con su lengua el contorno de su oreja y mordisquea el lóbulo esperando ver la cara oculta. Lo repite hasta inflamarle el pabellón y buscar sus ojos castaños. Atsumu es un depredador nato.
Bésame. Lo desea a niveles que desconocía. Entre la locura y la humillación se encuentra su necesidad por Sakusa Kiyoomi. Alza su rostro buscando el contacto, en cambio le recibe el frío aire y una mano devolviéndolo contra el colchón. ¡Shimota! ¿Desde cuándo Omi-kun es más fuerte que yo? Lo intenta, pero cuando sus picachos están a un centímetro del roce, Kiyoomi rehúye. No me jodas.
—¿Qué pasa? ¿Puedes correrte en mi boca y ahora no puedes besarme? —le recrimina—. Omi-kun, que malo eres. ¿Es qué nunca has probado tu corrida?
—Cállate.
Omoroi.
—Dame un beso —le pide entretenido. Kiyoomi le responde con una mueca claramente de repulsión y añade para incordiarle—. Con lengua.
—No.
—Bésame.
—No pienso hacerlo —contesta tajante.
—Bésame o te beso.
—Si lo haces te juro que te echo a patadas.
Una parte de él, temía oírle decir esa palabra. Vete. Seguía repitiéndose como un disco rayado en su cabeza hasta asentarse como una posibilidad. Lo sabía. Una inseguridad, un temor que ahora volvía como un búmeran.
—¿Lo harías?
El peso de la pregunta cayó con una severidad que desconocía en sí mismo. Kiyoomi le miraba extrañado y en algún momento de su hilo mental comprendió. ¿Vas a echarme? Llegó hasta el límite donde sus narices se tocaban para rozar los labios. Se meció en ese mínimo contacto. Suspiro una vez y cuando la sensación fantasmal del resuello desapareció, le besó. Fue corto y suave. Sabía a miedo y perdón.
—No voy a echarte. —Otro toque de labios—. Nunca, Tsumu.
Nunca. Atrapado entre su promesa, la cama y su cuerpo. Kiyoomi se deja caer sobre él creando una fricción infernal. La próxima vez, él baila para mí. Le besa la mandíbula y hunde la lengua dentro de su boca. Escalan. Pasan de un beso sentimental para cerrar heridas a un beso francés apasionado que termina en una pelea por quien succiona a quien el labio del otro. Y no negará que ser inmovilizado por sus muñecas hace que su polla sea un volcán con peligro de erupción. Sigue moviendo así las caderas Omi.
En algún balanceo de caderas, Kiyoomi atrapa el lubricante y lo moja entre las nalgas. Palpa la zona devorándole la boca y en la cúspide de un mordisco de su labio inferior, mete dos dedos hasta el fondo. Lo mataría por no avisar, pero el tema es que le gustaba que lo hiciera así, sin previo aviso, hasta el final. Gimió sobre su boca cuando lo hizo y siguió recordándoselo cuando movió los dedos dentro de él. Sus ojos se encontraron y se sintió tan íntimo que intimidaba.
—¿Qué?
—Follemos toda la noche. —Kiyoomi le sonrió. Una sonrisa sincera y sencilla, pero solo para él— Me gusta tu sonrisa. —le dijo entre jadeos—. Y tus lunares. Me ponen.
—Atsumu.
—¿Qué?
—Cállate y disfruta —susurra entretenido mientras saca los dedos.
—No quiero —le responde caprichosamente. Kiyoomi solo le sonríe y rompe el plástico del envoltorio—También me gusta tu piel, tu espalda… tu polla.
—A mí me gusta cuando estás calladito.
—Es una pena Omi-Omi. Me gusta mucho usar mi boca —le insinúa con tono obsceno.
Kiyoomi se limita a poner los ojos en blanco y colocarse el condón. No pierde el tiempo con sus tonterías a pesar de que el rubor en sus mejillas le delate y le deja mudo al colocarse firmemente entre sus piernas. Tomar sus rodillas y empujarlas hacia afuera. ¿Cuántas veces había hecho él lo mismo? Abrir de piernas a alguien y colarse entre los muslos de otro. ¡Me pone a mil! Se muerde el labio con rabia hasta que la boca de Kiyoomi le roba el lugar a sus paletas. Le besa con pasión jugando al distraído y cuando hacen un duelo con sus lenguas, se la mete de un único movimiento de caderas. El gemido agudo se ahoga en el jadeo de Kiyoomi, quedan inmóviles de éxtasis y reinician el juego con besos profundos. Más. Recorre su espalda ancha hasta estrecharse en una cintura perfecta, hace parada en sus hoyuelos y se sube a la curvatura atlética de su culo. Más. Aprieta y empuja. Más. Jadean y marcan el ritmo. Sí. Una vez y otra y otra hasta abandonarse al placer de cada embestida. Se mueve con determinación sin cambiar el compás entre "voy a joderte" y "lo estoy haciendo con sentimiento". Le llama al oído diciendo su nombre para bautizar cada embestida y él le responde "Omi". La piel arde, los músculos se tensan, el baile se vuelve caótico y justo cuando se le escapa una súplica llega el momento. Es la corrida más larga de su vida. Sabe a una vida nueva, sudor y remanentes del confeti tras el partido. Se siente valioso, único y cálido. Tarda unos minutos en darse cuenta de que sigue vivo y no en ese limbo sexual. Es una mano apoyada encima de su esternón y la energía irradiada desde su cuerpo tendido a su lado lo que le despierta.
—Ookini Omi-kun —susurra sin entender por qué.
—Ookini.
—Suena bien el Kansai en ti.
—No te acostumbres —le responde abandonando su pecho para acariciar su mejilla.
Una risa se le escapa. En cierto modo le parecía cómico que Kiyoomi usara su dialecto natal para complacerle. Se sentía descabellado, pero acogedor. Y en ese silencio se asentó una complicidad que siempre había codiciado, pero nunca tenido. Encontró su mirada y vio sus sentimientos reflejados en el brillo de sus pupilas y una pequeña sonrisa. Kiyoomi.
—Aún —dijo al ver que había captado su atención— no hemos hablado de que haremos con el voleibol.
—¿Qué pasa con el voleibol? —le preguntó aún embriagado por el orgasmo.
—No pienso permitir que arruines mi carrera deportiva. Hay que poner límites.
Ya ha vuelto el Kiyoomi verdadero.
—Omi-kun, jugamos en el mismo equipo —le recordó—. Perjudicarte es contraproducente para mí y los chacales. Además, te crees que soy idiota. El voleibol es intocable.
—Pues no metas tus mierdas en la cancha.
Es muy sexy cuando está serio.
—Lo mismo digo.
—Tampoco me abraces ni me beses.
—Espera un momento, abrazos de celebración si valen.
La idea cruza por la mente de Kiyoomi frunciendo el ceño y evaluándole hasta soltar su veredicto con cierta desconfianza:
—Cinco segundos.
—Diez —le propone meramente por discutirle.
—Dos segundos.
—Nueve y un beso —insinúa con una sonrisa bandida y lanzándole un besito.
—Eres una mierda.
—Pero en el fondo te gusta que lo sea —le recuerda con voz melosa.
Te mueres por darme la razón.
—Diez segundos de abrazo y ni se te ocurra darme una nalgada como a Hinata.
Pienso hacerlo.
—Me vale.
Cella la promesa con un beso suave y cariñoso propia de ángel caído. Y en alguna parte se escucha un zumbido que separa sus labios.
—¿Eso es un móvil? —pregunta Kiyoomi.
—Debe ser Samu.
—¿No habían hablado antes?
—Ah, sí, pero me dijo que venía para Osaka. Debe estar en mi piso esperándome.
—Eres una mierda —dice separándose.
—¡Yo no le dije que viniera! —Kiyoomi ni le presta atención. Se levanta de la cama y enciende la luz LED de su baño—. Además, como no iba a venir si me invitas a tu cama en medio de una victoria de la V-league.
—Voy a la ducha —anuncia—. Ten al menos la decencia de hablar con tu hermano.
El zumbido desapareció tras el sonido del agua cayendo, pero conocía a Samu, insistiría hasta recibir una respuesta. Levantarse de esa cama perfumada en sexo y Kiyoomi fue más complicado de lo que creía. No era el dolor muscular posterior a un partido ni el cuerpo resentido después de pedirle tantas veces que le dé más con cada penetración, sino su reflejo en el espejo. Esa figura de piel blanca estrellada en lunares dispersos lo que le retenía la mirada y calentaba la entrepierna. Y solo por cumplir la fantasía de follar en la ducha corrió a la entrada y rebuscó en su bolsa de viaje.
Para: Samu
Iyaa!
Estoy en lo de Omi-Omi.
No me esperes.
Te estoy ganando, sukatan
Soy el más feliz de los dos.
