500 palabras.


24. Desesperación

Duo estaba sumido en un mar de oscuridad del que no podía escapar. Solo el instinto lo hizo buscar el camino hacia la luz y apenas vio un poco de brillo, se aferró a él con todas sus fuerzas.

Sentir dolor fue el primer atisbo de conciencia. ¿Qué le había pasado? No recordaba nada, pero la cabeza le hizo soltar un quejido. Intentó tocársela y cuando no pudo, por tener las manos esposadas, su memoria regresó.

Abrió los ojos. La sonrisa despiadada de Randall, sentado en una silla frente a él, fue lo primero que vio.

Lo segundo, el cuerpo degollado que yacía tirado en el piso.

—Me tomé la molestia de traerlo —explicó Randall, siguiendo su mirada— para recordarte qué es lo que te espera.

—Mm… —probó primero si podía hablar—. A decir verdad, me has hecho un favor. Ese sujeto me daba asco.

—Sé bien por qué —dijo Randall, poniéndose de pie—, ¿pero has entendido ya por qué lo maté?

No, no tenía idea, pero el mismo instinto que lo había traído de vuelta de la inconciencia, le estaba avisando que la explicación no le iba a gustar.

—Porque hablaba hasta el cansancio de tomarte —siguió, dándole una patada al cuerpo en el suelo—. Y me terminó por gustar la idea.

Duo pasó saliva cuando se inclinó hacia él y le mordió el cuello con fuerza, varias veces, incluso algunas hasta hacerlo sangrar.

—¿Estás seguro de que se te levanta? —replicó.

Los ojos de Randall hirvieron en ira.

—Ya verás que sí —masculló—. Tráiganlas.

Duo sintió un automático alivio a ver que sí lo habían llevado a todas las mujeres que deseaba salvar.

—Chicas, mírenlo bien, voy a cortarlo hasta que me diga todo lo que informó a Preventers. Luego, vivo o muerto, disfrutaré de su cuerpo como lo hago con ustedes. Solo para que vean cómo el salvador que esperaban termina de puta.

Así que las había traído para que vieran cómo era torturado. Nada que le sorprendiera de ese sádico. Decidió que no gritaría delante de ellas para no aumentar su desesperación. Bueno, tampoco pensaba darle esa satisfacción, pero ¿acaso no iba a poder librarse de esa?

Era tan simple, soltarse, acabarlos y sacarlas de allí. De refilón contó los hombres que, a sus espaldas, esperaban órdenes.

Algo llamó su atención. No estaban todos allí.

—¿Qué pasa con el resto de tus hombres? No imaginé que iban a perderse este espectáculo.

—¡Qué observador! —respondió Randall animado, girándose hacia él—. Supongo que puedo decírtelo: Di un largo paseo por tu historial y descubrí que hay algo que te importa más que tu propia vida y quise arrebatártelo.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Hoy la paz muere contigo. Voy a asesinar a Relena Peacecraft y tu informe me dio todo lo necesario para llegar a ella.

Heero. Lo imaginó al enterarse, a miles de kilómetros, impedido de salvar a la reina que era el centro de su existencia.

Ahora sí iba a odiarlo.