Capítulo 4: Súplica

Your faith was strong but you needed proof
You saw her bathing on the roof
Her beauty and the moonlight overthrew her
She tied you to a kitchen chair
She broke your throne, and she cut your hair
And from your lips she drew the Hallelujah

Hallelujah, Leonard Cohen


La vida en los calabozos de los Jin se hace lenta sin un Xiao Xingchen que acuda a verlo, pero Xue Yang se las arregla.

Meng Yao, ahora oficialmente Jin Guangyao, se pasea con la suficiente frecuencia por enfrente de sus barrotes contándole las buenas nuevas. Aunque, más que nada, habla de «Chifeng-Zun» y «Zewu-Jun», sus hermanos jurados. Nie Mingjue y Lan Xichen. A Xue Yang ninguno de los dos le importa, pero Jin Guangyao disfruta quejarse del primero mientras alaba al segundo. Y Xue Yang escucha, aunque sea de pasada.

No hay mucho qué hacer en el aburrimiento de los días que pasan.

—Chifeng-Zun sigue obsesionado con matarte —informa Jin Guagyao.

—Pero eso no pasará —espeta Xue Yang—, ¿cierto?

Jin Guangyao sonríe de manera taimada, calculadora.

—Por supuesto, Xue Yang —responde—. Eso no sucederá.

Quizá haya sido Jin Guangshan quien se interesó primero en los extraños poderes de Xue Yang, que entendía la magia de los vampiros, pero ha sido Jin Guagyao quien lo ha mantenido vivo todos esos años. Xue Yang sabe que lo hace a cambio de sus poderes y de su conocimiento: su vida no es gratis, pero no le molesta. Puede entenderlo, porque también lo ha visto arrastrar su dignidad entera frente a otros.

—Tengo una idea que podría sacarte de aquí más pronto de lo que mi padre está dispuesto —reconoce, finalmente, Jin Guangyao—. Ha dicho que tu condena será perpetua. Le sirves tan bien aquí que como sirviente del Clan Jin. Quizá incluso mejor aquí, nadie tendrá que ocuparse de los desastres que dejas al pasar.

Xue Yang entorna los ojos.

—¿Cuál es el precio por mi libertad?

—Primero, conviene acabar con Chifeng-Zun —dice Jin Guangyao.

—¿Lo matarás? —Xue Yang alza una ceja, interesado. Matar al vampiro que está a la cabeza de una de las sectas vampíricas más poderosas, eso sí que es interesante.

—Acabar, Xue Yang, la palabra tiene matices —responde Jin Guangyao—. Acabar con su influencia, con su reputación, acabar con él. Matices, Xue Yang.

Pero su sonrisa taimada ya dice que lo matara.

—¿Y después? —pregunta Xue Yang.

—¿Crees que seré un buen líder de la Secta Lanling Jin?

A Xue Yang, sinceramente, no le importa. Los vampiros pueden pelear por su poder político, pero Xue Yang, aunque logre convencer a Xiao Xingchen de convertirlo —porque tiene que ser él y nadie más—, siempre estará muy por debajo de los vampiros pura sangre. Pero si eso lo hace salir de la celda en la que está, bienvenido sea.

—¿Cuál es el precio?


Son las mujeres. Xue Yang las convence de que nada ocurrirá cuando todo ocurre y Jin Guangshan muere ahogado en su sangre. Hay un par de supervivientes que huyen, pero Jin Guagyao se convence de que nadie les creerá si le cuentan a alguien más la historia de cómo un joven sirviente de los Jin las reclutó para servir a su padre y todo salió mal. Son mujeres de las calles, sin reputación alguna. Son el primero precio que fija Jin Guangyao y Xue Yang lo cumple a la perfección. No le importa escuchar los gritos, ni ver al vampiro patriarca de los Jin agonizar en el suelo.

Jin Guangyao sonríe al constatar que es el único heredero, una vez hijo ilegítimo de Jin Guangshan y una de esas mujeres que Xue Yang había reclutado y luego se había olvidado de ella.

Sin Nie Mingjue ya en el panorama, Jin Guangyao puede convertirse perfectamente en la cabeza de todas las sectas de vampiros sin que nadie se le oponga.

Ese es el segundo precio.

El cuerpo de Nie Mingjue.

«Distribúyelo», dice Jin Guangyao, «que nadie sea capaz de encontrarlo nunca, que nadie pueda averiguar lo que ocurrió con él».

Un brazo por allí, una pierna, una mano.

Tradicionalmente los restos de vampiros se queman, pero Jin Guangyao es infinitamente más cruel separándolo tan solo, negándole incluso el descanso eterno.

Después, de eso, deja a Xue Yang hacer lo que le plazca.

«No olvides que estás a mis órdenes», dice. «Quiero el amuleto del Tigre Estigio».

El antiguo amuleto del Yiling Lazou. Si hay alguien capaz de replicarlo, ese es definitivamente Xue Yang. Lástima que él no esté a las órdenes de nadie.

Así es cómo va a buscar a Xiao Xingchen, dispuesto a no perderlo jamás.


Lo encuentra en Yueyang, todavía enfrascado en la muerte de los Yueyang Chang.

Le parece hasta irónico que esté tan enfrascado en averiguar lo que ocurrió cuando los Chang siempre fueron una familia que aprovechó su poder una y otra vez para destrozar las vidas de otros. Los aldeanos soportaban su constante abuso de autoridad porque mantenían alejados a los vampiros que asolaban Yueyang, pero, a cambio, el Clan nunca fue amable con los mortales.

Quizá por eso todos tapiaron sus ventanas cuando los vieron morir.

Otro clan vendrá, se dijeron. No vale la pena arriesgarse por este, comprendieron. Otro clan vendrá.

Así encuentra a Xiao Xingchen. Todavía en Yueyang, mirando al cielo, pidiéndole respuestas.

—Daozhang —dice, detrás de él.

Y Xiao Xingchen se da la vuelta y lo encara con sus ojos todavía amables, aunque severos. Xue Yang alimenta su fantasía de que lo está encontrando en igualdad de condiciones, frente a frente.

El vampiro desenvaina su espada y la pone en el cuello de Xue Yang.

—Xue Yang —dice y parece que, incluso en la amabilidad normal de su voz, escupe el nombre.

Hay una pausa y Xue Yang no mueve los ojos ni un momento. Están tan cerca que tiene que mirar un poco hacía arriba para encararlo.

El silencio se extiende y el filo de la espada descansa sobre su cuello.

Xiao Xingchen podría terminarlo allí, si quisiera. Destrozarle la carótida y ver brotar su sangre, si le place. Pero el vampiro no es así. No podría. Demasiado recto, demasiado comprometido con sus ideas de justicia.

—Jin Guagshan dijo que te encerrarían para siempre —dice.

No parece estar de acuerdo con esa sentencia, pero parece aceptarla.

—Jin Guagshan está muerto, Daozhang, ¿no escuchaste las noticias?

Y sonríe a medias, quizá porque quiere darle a entender que él tuvo algo que ver, que él fue quien buscó a las mujeres y las llevó hasta su lecho y le mostró sus cuellos a Jin Guagshan. Toda aquella sangre y todos aquellos muertos son sólo útiles en la medida que Xue Yang le pueda confesar sus pecados a Xiao Xingchen, como si aguardara un castigo, provocándolo, intentando sacarlo de sus casillas.

La sangre de sus crímenes tiñe el piso y Xue Yang sólo tiene ojos para Xiao Xingchen.

—Chang Ping retiró las acusaciones en mi contra, además —declara Xue Yang, metiendo el dedo en a herida abierta de Xiao Xingchen, que se enfrenta a una justicia ya no solo ciega, sino sorda—. No creo que merezca estar encerrado si…

—¡Tú los mataste!

—Oh, Daozhang, las sectas no te darán lo que quieres —musita Xue Yang—. No te darán el placer de verme castigado y pagando por mis crímenes.

Pone su mano en el filo de la espada, pegándola un poco a su cuello, todavía sin hacerse daño. Siente un corte en su palma, pero no le molesta.

—Si deseas que cumpla una penitencia por todos mis pecados, Daozhang, tendrás que hacerlo con tus propias manos. —Y entonces se pone de puntas, tan sólo para ponerse a la misma altura que Xiao Xingchen—. Si quieres —musita, intentando acercarse a su oído—, puedo ponerme de rodillas y recitarlos todos ante ti, hasta que decidas el castigo adecuado.

Y entonces, la mano.

Demasiado fuerte como para dejarlo respirar, pero no lo suficientemente fuerte como para matarlo.

Los dedos de Xiao Xingchen en la piel de su cuello, como una caricia letal. La piel suave y tersa de vampiro que podría terminar con su vida en tan solo un momento. La viva muestra de que aquel vampiro también puede perder los estribos.

La espada se retira tan solo un momento de su cuello y la palma de su mano, que aferraba la hoja, chorrea sangre.

La mano de su cuello prácticamente lo arroja hacia el piso, lo obliga a ponerse de rodillas.

Y lo más aterrador, quizá, de todo aquello, es que Xiao Xingchen ni siquiera parece enojado o molesto. Parece alzarse como una criatura justiciera, nada más.

Xue Yang sonríe de lado, enseñando todos los dientes, como un niño que ha roto toda la vajilla. Dispuesto a retarlo y a llevarlo a su límite hasta el final.

—¿Así me deseas, Daozhang? ¿Cómo un perro a tus pies? No se me olvida que entonces buscaste mis labios, Daozhang. Puedes hacerlo otra vez —provoca, alzando una ceja— si quieres verme en silencio.

Xiao Xingchen aprieta los labios en una fina línea, sin decir nada. Tampoco hace ningún movimiento y es eso lo que impulsa a Xue Yang a seguir hablando.

—¿Debería enumerar mis pecados, Daozhang? ¿Me harás arrodillarme hasta que mis rodillas sangren, Daozhang? ¿Me harás venerarte como a un dios, Daozhang? Porque lo haré. ¿No te dije? Tu perro guardián siempre te estará esperando. Seré un buen vampiro.

Y le ofrece las manos, como si buscara que las amarrara. Retándolo a hacerlo.

—¿Acaso te importan realmente los Chang, Daozhang? Estás solo. Nadie te acompaña. ¿Cuánto tiempo tomará antes de que la gente declare que eres tan solo un loco obsesionado?

Porque Xue Yang no puede evitar notar la soledad absoluta de Xiao Xingchen en ese momento. Ni siquiera lleva detrás al otro vampiro que usualmente lo acompaña, ese al que le dedica palabras amables y que Xue Yang desprecia.

—Un asesinato no puede quedarse sin resolver —declara Xiao Xingchen, y parece incluso un discurso aprendido.

—Sabes que nadie me castigará en tu lugar, eventualmente también pasaré a formar parte de las filas de los Jin oficialmente —sugiere, para presionarlo, aunque Xue Yang no desea que nadie más lo convierta en un vampiro—. Sólo hay una solución a eso, ¿no? —Las palabras de Xue Yang son taimadas ante la mirada calculadora de Xiao Xingchen—. Oh, Daozhang, pagaré la eternidad por todo lo que tú consideres un pecado. Es tu única opción.

Y la mano en su cuello, otra vez, obligándolo a pararse.

—Suplica, entonces —dice Xiao Xingchen.

Y lo arroja al suelo, dispuesto a humillarlo.

—¿Quieres la eternidad? —insiste Xiao Xingchen, alto, como un dios que se cierne sobre la absoluta mortalidad de Xue Yang—. Suplica y entonces pagarás por todos los días de tu vida. Suplica, Xue Chengmei.

Y se dirige a él con el nombre de los cazadores.

Xue Yang sigue sin quitarle los ojos de encima.

—Oh, Daozhang…

«Xiao Xingchen…»

—Por favor…

«No sabes lo que pides».

Xue Yang supone que sueña con controlarlo y castigarlo con una eternidad insoportable. Entregarlo a la muerte —porque todos los vampiros conversos son muertos, finalmente, casi como fantasmas alejados de su antiguo ser— pero a la vez hacerlo pagar por todos los asesinatos.

Sujeta sus manos al agacharse, sin permitirle moverse.

Expone su cuello.

Y luego, los colmillos.

Se clavan en su carótida y Xue Yang le entrega toda su sangre.


Tarda horas en morir. La muerte de un vampiro siempre es lenta. Primero, el cuerpo tiene que desangrarse casi por completo. Quedar con tan solo medio aliento de vida. Y luego, la sangre. Sangre vampírica, contaminada, en sus labios. Xue Yang la bebe como si bebiera el elixir de la vida. Brota de un corte en la muñeca de Xiao Xingchen y Xue Yang besa su piel cómo si se entregara al más poderoso de los dioses.

Al juego del control pueden jugar dos.

Y Xue Yang puede jugar limpio si conviene a sus intereses.

Y luego, la muerte.

El estado medio. Xiao Xingchen le troza el cuello, asegurándose que nunca más vivirá como un ser humano común y corriente, atándolo para siempre a él.

¿Qué lo habrá llevado, se pregunta Xue Yang, a tomar aquella decisión desesperada? ¿Quizá teme que algún otro sea quien lo convierta y no haya nadie capaz de controlarlo? Quizá se crea capaz de mantenerlo atado a una correa.

Pero a pesar de todas sus promesas de ser un buen perro guardián, Xue Yang sabe que jugará con los límites cada que sea posible. Jugará con Xiao Xingchen haciéndole creer, por momentos, que le entrega el control y su vida.

Pero Xue Yang nunca ha estado en un lugar que no quiera estar.

Nunca se ha entregado sin pedir nada a cambio.

Para él, tan sólo desea la corrupción de Xiao Xingchen. Quiere que le entregue toda su pureza para beberla y contaminarla. Quiere que le entregue la inocencia para destrozarla a pedazos.

Quiere que le entregue su sangre para mezclarla con la suya.

Xiao Xingchen y Xue Yang, para siempre, en el firmamento y la eternidad.

Lo último que siente antes de morir son los labios del vampiro en los suyos. Y Xue Yang sonríe. Aquel castigo casi parece piedad.


Notas de este capítulo:

1) Elegí cortar el capítulo aquí porque ya estaba lo suficientemente largo. Ahorita ya estoy calculando que quizá serán diez. ¿Pocos más? No creo pasarme de eso.

2) Estoy obsesionada con la estrofa de Hallelujah que puse al principio. Nótese. Muy obsesionada. Además vi un fanart de Xue Yang lavándole los pies a Xiao Xingchen y dios, el simbolismo me mató.

Andrea Poulain