Capítulo 6: Expiación
Insane, inside the danger gets me high
Can't help myself got secrets I can't tell
I love the smell of gasoline
I light the match to taste the heat
I've always liked to play with fire
Play With Fire, Sam Tinnesz ft. Yatch Money
No es la primera vez que sus manos tienen grilletes y que las cadenas lo mantienen fijo.
Es la primera vez en ese templo, quizá, pero no en la vida.
Las manos hacia arriba, de tal manera que apenas si tiene movilidad. Los brazos se cansan, pero Xue Yang lo soporta. Está esperando algo.
Sabe que pasará, porque lleva dos días en aquel calabozo de mierda —¿es un calabozo o sólo una habitación abandonada?— y tan solo hace un rato que apareció el perro guardián de Xiao Xingchen a encadenarlo. Song Zichen —Song Lan, jura que ha escuchado a Xiao Xingchen llamarlo así, al menos una vez— es metódico, duro. No hay rastro de la ternura extraña de Xiao Xingchen ni de su piedad. Levantó sus brazos como si fuera tan sólo un muñeco de tela, como si no fuera una persona, como si fuera tan solo una molestia de la que hacerse cargo.
«Xingchen quiere verte», dijo, como explicación, frunciendo los labios.
Y lo dejó allí.
Los brazos de Xue Yang, por encima de su cabeza, resisten el cansancio.
Porque alguien dijo que Xiao Xingchen quiere verlo.
Siente el calambre desde las manos hasta los hombros cuando la puerta se abre y Xiao Xingchen abre la puerta y aparece ante él.
Se acerca con el mismo porte de siempre, aun cuando se nota la debilidad en sus pasos y hay una leve cojera, quizá causada por la herida que le dejó Xue Yang.
Se detiene a unos pasos.
Sus ojos lo atraviesan y Xue Yang intuye que están intentando asomarse a su alma. No sabe qué efecto tendrá aquello, si Xiao Xingchen se manchará con la oscuridad y la putrefacción que encuentre.
—El mayor crimen del mundo vampírico cuando eres un vampiro impuro es intentar matar a tu sire —es lo único que dice.
Y luego, el silencio.
Xiao Xingchen está lleno de silencios que caen pesados como lozas sobre Xue Yang. Le es más fácil intentar manipular sus palabras y sus gestos. Los silencios solemnes se le escapan de entre las manos amarradas y no sabe exactamente qué debe hacer con ellos.
«Intentar». Que se hace el esfuerzo por realizar algo sin tener la certeza absoluta de lograrlo.
—¿No es matarlo?
—No conozco todavía a ningún vampiro como tú que lo haya logrado.
La voz de Xiao Xingchen tiene todavía un deje gentil, pero es dura, certera. Está prometiéndole a Xue Yang que no lo logrará.
—¿Me castigarás, Daozhang?
Y otra vez, el silencio.
Está ante la ausencia de ruido que se aprecia en los mausoleos donde descansan los muertos, los santuarios, allí donde los vampiros se arrodillan para honrar a quienes llegaron antes y murieron en el camino y los humanos dejan ofrendas, esperando conseguir las bendiciones de aquellos que faltan. Un silencio que ni siquiera lo deja respirar.
Es por eso que se esfuerza por sobreponerse a él y abre de nuevo la boca.
—¿Daozhang?
—Song Lan quiere matarte —musita entonces Xiao Xingchen y es la primera vez que su voz no sale clara. Hay una inflexión que apenas se nota y deja pasar a la duda.
«Song Lan» y no «Song Zichen».
La muestra de que Xiao Xingchen confía en aquel perro guardián y eso hace que Xue Yang desee alejarlo, clavarle los dientes en la carótida, abrirlo en canal para pintarse con sus vísceras y con su sangre, quemarlo hasta que quede sólo el polvo y esparcir la ceniza de modo que no haya ningún recuerdo en el mundo de que existió algún día.
Quiere reclamar a Xiao Xingchen como suyo.
O más bien, entregarse.
Ofrecerle sus muñecas, decirle que puede atarlas, que lo seguirá allí a donde vaya.
No puedes irte, Daozhang, decir con la mirada y los gestos. Eres mío y yo soy tuyo, por los siglos de los siglos hasta la eternidad.
—¿Y tú, Daozhang? —pregunta.
Las palabras se enredan entre sus dientes y en su lengua, dejando claro que sólo le importa lo que piense Xiao Xingchen.
—¿Qué quieres tú, Daozhang?
Ya te lo dije, dicen sus ojos.
Si es él, Xue Yang es capaz de aceptar el castigo y la piedad que no ha conocido de la mano de otros.
(Ni siquiera de Jin Guangyao, quien finge apreciarlo —y a veces quererlo— para tener su favor atado).
Xiao Xingchen se acerca y a Xue Yang le parece percibir el aroma a bosque y montaña, poco común en los vampiros. (Pero cuándo ha sido Xiao Xingchen un vampiro común). Su mano se eleva y las manos de Xue Yang lo traicionan por primera vez, queriendo romper los grilletes para alcanzarla.
(Xue Yang nunca ha deseado tomar la mano de nadie más).
Sobre ellos queda el tintineo de las cadenas.
Los dedos de Xiao Xingchen se acercan a su mejilla. Primero la rozan como una caricia amable, el gesto tierno que se le hace a un niño buscando su tranquilidad. Luego presionan, como si quisieran dejar una marca de las yemas en la carne, el gesto con el que te aseguras que alguien todavía está vivo y siente.
Y la mano baja un poco y Xue Yang no se da cuenta de que está conteniendo la respiración hasta que nota que su corazón late más lento y recuerda la sensación de que le falta el aire —aquella de cuando era humano.
—¿Daozhang?
Y odia que su voz suene débil, porque Xue Yang no lo es.
Xue Yang es de los que fingen entregarse cuando controlan la situación, de los que dejan que otros crean que tengan el control cuando en realidad siempre han tenido un cuchillo bajo la manga.
La mano de Xiao Xingchen, en su cuello, amenazando con cortar un flujo de aire que ya no sirve de nada, porque ya es inmortal.
—Toda desobediencia carga un castigo, Xue Yang.
«Song Lan quiere matarte».
Xue Yang traga saliva.
La mano aprieta un poco, lo justo para hacer notar su presencia.
—No volveré a cometer el mismo error —dice Xiao Xingchen.
«¿Error…?»
Pero la mano, y los dedos. En su cuello. En su piel. Ese tacto. Tanto tiempo que deseó sentirlo, tanto tiempo que deseó rebelarse contra él, obligarlo a arrodillarse y retarlo a hacerlo suplicar y ahora está allí.
(Y las piernas quizá temblarían, si Xue Yang no supiera exactamente cuál es el juego al que está jugando).
—No volveré a abandonarte.
—¿Dejarás que sea tu perro guardián, Daozhang?
Xiao Xingchen esboza una pequeña sonrisa. No es ladina ni engañosa. Es genuina, tierna, como si algo realmente le pareciera muy divertido. Es una sonrisa que Xue Yang asocia con las criaturas más puras, aquellas que no deberían conocer el mal, ni dejar que los rodee. Pero él está allí para encaramarse a la luz que desprenden como una sanguijuela y embarrarlas de oscuridad.
—No —musita Xiao Xingchen—, ¿qué te hace pensar que mereces algún privilegio?
La mano y el cuello y los dedos. Sigue ahí.
Xue Yang sonríe de lado, enseñando los dientes. Es ladino y engañoso. Está justo donde quiere estar.
—¿Cuál es, entonces, mi castigo, Daozhang?
El castigo y la recompensa son lenguajes que Xue Yang entiende. «Si haces eso por mí, te daré el dulce que queda de mi plato».
Y si no, la amenaza queda velada, volando en el aire.
Entiende el lenguaje del látigo en la espalda, los golpes; un carruaje, sobre su mano, pulverizando su dedo.
Un castigo.
Entiende que, si hace lo que otros piden —exigen, a punta de espada, amenaza—, podrá seguir vivo para cumplir su venganza. Aprende rápido a manipular aquella lengua, dejando creer a otros que tienen el control.
Cuando sus labios se abren y preguntan, entiende lo que pide.
¿Qué elegirá Xiao Xingchen?
Los dedos dejan su cuello y el aire vuelve al mundo.
Lo ve alzar las manos, pero no alcanza a ver que hace con las cadenas. Los eslabones se golpean unos contra otros, dejando tras de sí el eco de un tintineo macabro.
—Lo primero —dice Xiao Xingchen—, es pedir perdón.
Y Xue Yang no puede contener la carcajada.
Nunca ha pedido perdón: le parece el lenguaje de los débiles y los pusilánimes. «Lo siento» son palabras que sólo dejan su boca cuando miente fingiendo un arrepentimiento que nunca ha conocido.
Xiao Xingchen lo mira confundido.
—¿Qué es tan gracioso?
La risa hueca suena todavía unos momentos, porque Xue Yang no puede pararla. Retumba contra las paredes y choca de golpe con el ambiente. Desentona con el porte erguido de Xiao Xingchen, con su mirada piadosa —apenas soportable—, con sus manos largas, sus dedos.
—Si no me arrepiento de nada, Daozhang…
No completa la idea.
«… ¿cómo seré capaz de pedir perdón?»
—Sólo sería una mentira —dice, en su lugar.
Una de las manos de Xiao Xingchen sostiene las cadenas y Xue Yang no sabe por qué y cuando las razones se le escapan siente como el mundo se le va entre los dedos.
—No será una mentira. —La voz de Xiao Xingchen deja sus labios completamente segura. Su otra mano vuelve al cuello de Xue Yang y su rostro se acerca al suyo. Lo hace tentativamente, como si todavía no supiera lo que busca o lo que desea hacer; deja caer su aliento en la piel del otro.
Xiao Xingchen tiene el mundo en sus manos.
Y el mundo es Xue Yang.
—Te lo prometo —sigue—, cuando lo digas, no será una mentira.
«Lo sentirás».
Promesa con regusto a amenaza.
Le sonríe retador, a medias; la sonrisa de quien tiene demasiada confianza en sí mismo, de quien busca que lo rompan en pedazos para juntar de nuevo pieza por pieza.
—Daozhang…
Están demasiado cerca, casi como aquella vez que Xiao Xingchen lo besó. Pero ahora no existe el gesto, ni siquiera un connato. No hay nada más que los ojos benevolentes de Xiao Xingchen, tan amplios tan grandes que dentro de ellos se esconde toda la piedad del mundo.
—Ya no te abandonaré, Xue Yang —asegura Xiao Xingchen—, sin importar lo que digan otros o lo que diga Song Lan; ¿no es eso lo que querías, acaso?
La mano del cuello vuelve a dirigirse a su mejilla y la acaricia brevemente. Es un gesto que otros le dirigirían a un cachorro abandonado, piensa Xue Yang.
(¿No es eso acaso?)
—Pero lo sentirás —repite y esta vez no lo mira directamente, sino que parece estar intentando convencerse a sí mismo—, lo prometo.
Xue Yang traga saliva.
El estar concentrado en el rostro de Xiao Xingchen evita que note el movimiento de la mano que aún tiene estirada y de sus pies. Es demasiado rápido, la manera en la que deja caer la cadena y a la vez golpea sus pantorrillas para hacerlo perder el equilibrio. Xue Yang intenta mover las manos —todavía encadenadas por encima de su cabeza— para asirse a algo, pero Xiao Xingchen da un pequeño paso hacia atrás, asegurándose de esa manera de que no lo alcance por ningún motivo.
Y lo siguiente que siente es el golpe y el dolor en la rodilla, cuando cae ante Xiao Xingchen. Ignora el golpe tanto como puede, pero el dolor es agudo y lo hace apretar la mandíbula.
Postrado de rodillas, como si se encontrará ante un dios.
—¿Te disculparás?
Aprieta los labios y le dirige una mirada calculadora a Xiao Xingchen.
¿Cuánto tardará en hacerlo perder los estribos otra vez?
—Tendrás que arrancarme la disculpa de los labios, Daozhang.
Xiao Xingchen lo mira con una piedad extraña, un dejo de decepción se esconde entre sus ojos. Pero al fondo de sus pupilas, bien escondida, se encuentra la determinación de hacerlo suplicar. Después de todo, Xiao Xingchen es un vampiro tenaz.
—Tenemos tiempo.
Y se da la vuelta, dejándolo con los brazos en el aire y las rodillas raspando contra el suelo. Sus palabras resuenan contra las paredes de aquel cuarto.
«Tenemos tiempo».
Notas de este capítulo:
1) Pasaron cosas y apenas traje la actualización, pero me moría por escribir este capítulo. Y los siguientes.
2) No me oculto me encanta amarrar a Xue Yang. Si quieren cooperarme para la comisión de ilustración de este fic… digonada.
Andrea Poulain
