Capítulo 9: Xiao Xingchen

Who truly stuck the knife in first?
I cheated myself
Like I knew I would
I told you I was trouble
You know that I'm no good

You Know I'm No Good, Amy Winehouse


«¿Y la ternura, Xue Yang?»

Las palabras acechan. Las tiene clavadas en la espalda, donde los dedos de Xiao Xingchen pasaron cuando lo estaba animando a dormirse. Después de todo el dolor, las yemas de sus dedos, en círculos por su espalda. Y a Xue Yang se le escapa la amabilidad del verdugo, se le escurre entre los dedos y se hunde en la incomprensión. Aquello no está incluido en el juego que ha seguido hasta entonces.

La noche es larga y la sombra de los dedos de Xiao Xingchen se queda en la piel de su espalda y en sus pies y en sus brazos.

No sería difícil poner otro lecho allí, piensa Xue Yang. Hacerlo dormir en la alfombra. En el suelo.

No es la primera vez que lo hace.

Los amos no suelen permitir que sus perros guardianes ocupen los mismos lugares que ellos.

Jin Guangshan siempre se encargó de dejarle claro que podía existir en Jinlintai gracias a la existencia de Jin Guangyao y a su utilidad. La piedad terminaría el día que Xue Yang también probara dejar de ser útil.

Por eso Xiao Xingchen se ha erigido como misterio.


—Bebe.

Xiao Xingchen extiende su mano hacia él, ofreciéndole la muñeca. Xue Yang se queda mirando la palidez absoluta de su piel, las venas que sobresalen, por las que sólo corre sangre robada. Sus dedos se aproximan con una delicadeza extraña, producto de la desconfianza. Cuántas veces le fue ofrecida aquella muñeca sin poder saciarse realmente, dejándolo a la merced de la tortura que suponía la tortura constante.

—Todavía estás débil —agrega Xiao Xingchen; su tono de voz no admite réplica.

Xue Yang toma la mano con un poco de más fuerza, más determinación. Como si sus dedos quisieran pulverizar los huesos de Xiao Xingchen sin llegar a hacerlo, todavía con la desconfianza de que el manjar podría irse en cualquier momento.

(Como todos, como los dulces).

Muerde la piel sin ningún cuidado, clavando los colmillos, y la sangre empapa sus labios, llena su boca, cae por las comisuras de sus labios. Y esa vez, igual que la anterior, Xiao Xingchen lo deja beber hasta quedar saciado.

Xue Yang pasa la lengua por sus dientes a terminar, saboreando aún la sangre. Xiao Xingchen frunce el ceño al verlo.

Tan solo un poco.

Tan solo con curiosidad.

Y luego su mano se dirige a su rostro. Un dedo limpia la sangre que cayó de las comisuras de sus labios y luego se la ofrece.

Xue Yang curva los labios en una mueca medio sardónica antes de volver a tomarlo por la muñeca, cerrando sus dedos en torno a la piel de Xiao Xingchen. El gesto que hace al momento de lamer la sangre es casi obsceno y Xue Yang está seguro de que Xiao Xingchen no se sonroja debido a la palidez natural de los vampiros, pero sí aprieta los labios en una fina línea. Parece reprimir algo que desea decir, pero se lo calla.

Y cuando los dedos de Xiao Xingchen están completamente limpios, Xue Yang sigue sin soltar su muñeca; amplía tan solo la sonrisa a medias, una mueca retadora.

—¿No dirás nada, Daozhang?

Hay una pausa; Xiao Xingchen parece considerar las siguientes palabras con cuidado.

—Mi maestra me enseñó que los vampiros deberían comportarse con honor —dice, finalmente. Usa un tono de voz neutro y suave, casi impersonal. No es el tono al que Xue Yang está acostumbrado, puesto que le gusta jugar en la cuerda floja con Xiao Xingchen, intentar sacarlo de sus casillas—. Los vampiros somos más poderosos que los humanos a los que protegemos y salvo los que gobernamos. Por ello, no debíamos abusar nunca de aquel poder. Me enseñó que había maneras de comportarte, reglas. Que el honor era lo más importante. Tú no pareces conocer esa palabra. «Honor».

Xue Yang alza las cejas.

—El honor no lleva a ninguna parte, Daozhang.

—Antes de bajar de la montaña, creí que la filosofía de los vampiros… —Xiao Xingchen hace una pausa y vuelve a apretar los labios, como si estuviera autocensurándose—. No todas las sectas son así. Song Lan y yo soñábamos con crear una propia. Donde la pureza de la sangre no importara. Donde los vampiros…

Xue Yang entorna los ojos.

—¿Y ahora? —interrumpe. Suelta por fin la muñeca de Xiao Xingchen.

—Song Lan no cree que deba perdonarte la vida porque el castigo de los asesinos es la muerte —dice Xiao Xingchen—. Pero ya moriste una vez.

Ah, el castigo. Xue Yang conoce ese lenguaje.

—¿Y ahora? —repite otra vez.

—Haré de ti un vampiro digno, Xue Yang.

Un dedo se posa sobre su barbilla y él contiene las ganas de reírse en la cara de Xiao Xingchen, porque duda que «digno» sea un adjetivo que pueda aplicársele. No sé ríe porque también lo embarga algo que parece furia. No quiere ser la obra de la caridad de nadie. Ni siquiera de Xiao Xingchen.

—No quiero tu lástima. —Aparta su mano de un manotazo y se hace hacia atrás.

—No es lástima —se excusa Xiao Xingchen.

—No quiero tu caridad —corrige Xue Yang.

—No es caridad, Xue Yang.

—No quiero…

—Es disciplina. —Y una pausa, porque las palabras de Xiao Xingchen se estrellan contra el suelo como un plato que se rompe en la mitad del silencio. Xue Yang se queda entre una respiración y la siguiente, cuando Xiao Xingchen se aproxima de nuevo sin aviso, levanta su barbilla y fija en él sus ojos—. Ese es el lenguaje que entiendes, ¿no? —pregunta, sin esperar una respuesta.

«Si eres tú, Daozhang, lo aceptaré».

Xue Yang vuelve a sonreír a medias. Tiene a Xiao Xingchen justo en donde lo quiere.

—Sí, Daozhang.


No deja aquel cuarto en días ni ve a nadie más. Es un tipo diferente de cautiverio. No hay cadenas, pero hay talismanes en la puerta que no puede cruzar. El resto de los vampiros de aquel templo no quieren saber nada de él. Los ha oído discutir con Xiao Xingchen en la puerta. Especialmente a Song Zichen, alto, con la voz grave y severa. Pregunta casi siempre las mismas cosas. «¿Sabes realmente lo que estás haciendo, Xingchen?». Y el «sí» suave y amable que nunca falla.

Para Xiao Xingchen, Xue Yang es una responsabilidad que adquirió intentando enseñar una lección. Quizá.

Es un humano devenido vampiro que conoce también las armas y los trucos de los cazadores. Es un perro guardián al que no puede soltarle la correa porque entonces ocurrirá algo.

La primera vez, murieron los Chang.

La segunda, Jin Guangshan se encargó de volver a mostrarle su favor, liberándolo de todo castigo.

La tercera, Xiao Xingchen fue atacado por el puñal de un cazador.

Podría decirse que Xue Yang no ha aprendido absolutamente nada, pero recuerda la sed y las cadenas y la indiferencia de Xiao Xingchen y un «por favor» pronunciado presa de la desesperación. «Por favor, Daozhang». ¿Cuánto sería capaz de suplicarle si, Xiao Xingchen se lo pidiera?

Se pondría de rodillas, quizá, tras intentar rebelarse fútilmente una y otra vez. Xiao Xingchen no es sino paciente.

Sonreiría a medias y entornaría los ojos. «Por favor, Daozhang». «Lo siento, Daozhang».

Y no habría ni una palabra de verdad en aquellas frases.

Para ello, Xiao Xingchen tendría que destrozar su ser, poco a poco, parte por parte.

Aceptará el castigo de la mano de Xiao Xingchen; nunca dijo que se la pondría fácil.


La primera vez que Xue Yang deja la habitación de Xiao Xingchen en días es a causa de los gritos.

Es increíble cómo grita un vampiro al ver la muerte de frente. Para ser criaturas que nacieron muertas —o, en su defecto, murieron en medio de la conversión— tienen demasiado apego a la vida.

Los chillidos son capaces de romperle el tímpano a cualquiera.

Xue Yang se alimenta del miedo y del desastre. Sonríe al oír la conmoción, aunque todavía no entiende a qué viene. Sale corriendo tras Xiao Xingchen porque quiere saber qué ocurre aun cuando el otro probablemente lo hace por su apego a la justicia y su necesidad de salvar a quien esté en peligro.

El atrio del templo vampírico ya es un pandemónium cuando Xue Yang llega hasta él.

Para ser criaturas ya muertas, los vampiros gritan como niños asustados ante la perspectiva de perder la eternidad. Chillan cuando el fuego se acerca a ellos o cuando los cazadores clavan sus puñales embrujados en sus carnes. Durante un momento, es todo un choque de cuerpos desesperados por sobrevivir. Todo apesta a quemado.

Xiao Xingchen se une a la pelea y es la primera vez que Xue Yang lo ve pelear a lo lejos. Los movimientos de su espada están perfectamente coreografiados, el acero es tan sólo una extensión perfecta de su brazo. Y de repente, no hay nada más en el ambiente. No hay cazadores. No hay vampiros que gritan por su vida. No hay chillidos aberrantes.

Sólo Xiao Xingchen, con el hanfu blanco con acentos negros en los bordes; la espada, Shuangua, en su mano; sólo el baile letal de la muerte.

Los ojos de Xue Yang se abren al ver aquel prodigio.

Ya ha peleado con él, ya ha sido sometido por aquella espada, por las cuerdas, por la maestría absoluta de Xiao Xingchen.

«Daozhang…»

Y luego el hechizo se rompe.

—¡Tú! —grita una voz furiosa—. ¡Fuiste tú, cazador!

Song Zichen se dirige hasta él, con la espada en la mano. Xue Yang sonríe a medias; nadie lo culpara por la muerte de aquel vampiro si es en defensa propia, ¿no? Excepto quizá Xiao Xingchen, pero de su mano puede aceptar cualquier penitencia.

—¡No, Song Lan! —Xiao Xingchen pierde el hilo de su pelea para intentar aproximarse hasta ellos

Xue Yang empuña su espada. Hace tiempo que no la usa, pero Xiao Xingchen no ha considerado quitársela de las manos. Quizá porque siempre lo tiene cerca. Porque se sabe superior a él. Porque sabe que Xue Yang no podrá ganarle.

—¡Xue Yang!

No sabe de dónde proviene el grito.

¿Es un Xiao Xingchen desesperado y decepcionado o un Song Zichen enfurecido?

Xue Yang no tiene tiempo de lanzar una estocada en dirección a Song Zichen. Un cazador que aprovecha la distracción se dirige hacia Xiao Xingchen. Xue Yang ve rojo. Piensa como el perro guardián en el que se ha convertido. Sólo él puede hacerle daño a Xiao Xingchen, sólo él puede destrozar lo que está a su alrededor, sólo él puede ponerle una espada en el cuello.

Así que no lanza una estocada contra Song Zichen. En lugar de eso, lo finta. Sabe que no llegará a tiempo al cazador, tampoco.

Pero puede engañar al otro vampiro y empujarlo antes de que tenga tiempo de reaccionar y antes de que Xiao Xingchen comprenda lo que está pasando.

Song Zichen apenas si alcanza a reaccionar. El puñal del cazador no alcanza su corazón —y Xue Yang considera eso una lástima—. En vez de eso, en un movimiento desesperado por alejarse del acero, el puñal alcanza a clavarse en los ojos de Song Zichen.

Xue Yang escucha el grito de dolor que suena como un canto celestial para sus oídos.

Y escucha el grito furioso, enojado y triste a la vez.

—¡Xue Yang!

Sí, sólo él puede hacerle daño a Xiao Xingchen. Y luego Xiao Xingchen puede castigarlo.


Notas de este capítulo:

1) Hay una playlist en Spotify que se llama xuexiao heresy que tiene algunas de las canciones que me dan vibes para escribir este fanfic.

2) Creo que ya calculando en serio, esto va a tener 15 capítulos. No estoy segura. A la mera hora podrían ser más o podrían ser menos.

3) Estamos adaptando el canon de manera libre. Muy libre. Dado que esto es un AU.


Andrea Poulain