Capítulo 10: Penitencia
Every room-mate kept awake
By every sigh and scream we make
All the feelings that I get
But I still don't miss you yet
Only when I stop to think about it
I hate everything about you
Why do I love you?
I Hate Everything About You, Three Days Grace
—¡Xue Yang!
El grito es furioso y dolido.
Xiao Xingchen ni siquiera se acerca a él, sino que cae de rodillas al frente, buscando sostener a Song Zichen, ahora completamente desconcertado y hundido en la oscuridad. El golpe de las articulaciones contra el piso —siempre dramático, siempre doloroso— se escucha como un estruendo. Y Xue Yang sólo puede pensar en que Xiao Xingchen está a salvo, que Son Zichen no le importa y que todo castigo valdrá la pena.
Cuando acaban con los cazadores y él lo sujetan para que no pueda huir, sonríe a medias, buscando la mirada de Xiao Xingchen. Lo ve sujetar a Song Zichen herido frente a él.
—¿Seguirá siendo tu responsabilidad ahora, Xingchen? —Y parece que escupe las palabras en medio del dolor. Salen y se estrellan contra la piedra del piso—. ¿Incluso ahora?
—Más que nunca —musita Xiao Xingchen.
Y su voz es triste.
Sus ojos buscan por fin a Xue Yang y lo perforan. Alcanza a ver la furia y la tristeza mezcladas mientras la serenidad de siempre de Xiao Xingchen intenta apagarlas o controlarlas, por los menos. Son unos ojos grandes, hermosos, piensa Xue Yang. Ojos ante los que ha acabado de rodillas las suficientes veces como para conocer cómo expresan la piedad y la misericordia. En aquel momento no hay ni rastro de ello.
Sólo furia y tristeza.
Esta vez son manos ajenas las que busca grilletes que Xue Yang no pueda romper. Manos ajenas —y crueles— las que dejan un rastro de verbena en el metal para que sus muñecas acaben en carne viva y no pueda curarlas después. Son crueles adrede, porque Song Zichen es apreciado en aquel templo y sus heridas les duelen a los demás en carne propia. Pero a Xue Yang no le importan los demás ni le importa el dolor que puedan infringirle. Los cazadores los castigaron una y otra vez. Y en la Secta de los Jin. El arroz en el suelo y sus rodillas en el arroz. «Serás un maleante, Xue Chengmei, pero debes cumplir las reglas», decían otras voces. Nunca Xue Yang aprendió una lección de aquella manera.
Oye a los otros vampiros discutir y no le importa.
«Debe pagar con sus ojos lo que hizo», sugiere uno.
Es, hasta el momento, el castigo favorito de los que quedan frente a él. Oye los cuchicheos pero no le pone atención a ninguno.
Ninguno es, de hecho, la voz de Xiao Xingchen. Así que no importa. Lo que opinen aquel montón de idiotas sobre el castigo que deberían imponerle no importa.
Xue Yang pasa el día sujeto a los grilletes. La sangre de las muñecas se le resbala por el antebrazo y el dolor hace muchas horas que dejó de ser una novedad. Puede vivir con él. En cierta manera le recuerda al arroz en el suelo y a sus rodillas en carne viva después de horas y otras. La verbena tan sólo es un poco más agresiva.
Estar de rodillas no es ningún problema tampoco. Es, después de todo, una posición a la que está acostumbrado.
A otros les parece humillante.
A él le da igual. Se puede manipular a las personas desde aquella posición en el mundo, haciéndolos creer que uno está en la palma de su mano. Sobre todo cuando no le importan. Siempre le hizo creer a los Jin que estaba a su entera disposición.
Y con Xiao Xingchen, aquel lugar en el mundo no le importa.
A sus pies es justo donde quiere estar.
Nadie sale ileso de relacionarse con él. Pudre todo lo que toca. ¿Cómo se las arreglará Xiao Xingchen con él? ¿Cómo planea controlarlo? ¿Cómo espera tener a Xue Yang amarrado a sus pies, como el perro guardián que es?
Oye los pasos y los reconoce.
Xiao Xingchen tiene una manera particular de caminar: controlado en sí mismo, sereno, tranquilo. Incluso en medio de las urgencias, Xiao Xingchen mantiene la serenidad.
Xue Yang alza la vista y abre los ojos. Mira hacia arriba.
Los ojos de Xiao Xingchen nunca habían sido tan tristes, tan enojados, tan furiosos, tan grises.
—Daozhang…
Diría que no espera la palma que le cruza la cara, pero mentiría. Diría que no espera la fuerza y la furia con la que recibe el golpe. Pero mentiría.
Es delicioso ver a Xiao Xingchen perder el control de aquella manera; rendirse ante una furia que no sabe controlar del todo. Su maestra le enseñó a ser el ideal de vampiro, a mantener sus emociones a raya, a controlarlas, a mantenerlas escondidas. Pero a veces la furia exige una respuesta para no consumir las entrañas de uno, no puede ser contenida ni controlada.
—Ah, Daozhang… —Xue Yang esboza una sonrisa torva y pasa la lengua por sus labios. El golpe le dejó un labio partido.
Y el silencio.
Los ojos severos de Xiao Xingchen que lo encaran mientras parece ordenar poco a poco sus ideas.
—¿En qué pensabas, Xue Yang?
Y Xue Yang sólo responde con la mueca que, con una imaginación muy abierta, parece una sonrisa a medias. Retadora y torva. Sonrisa que no dice nada, salvo que no se arrepiente, salvo que quemaría el mundo por Xiao Xingchen, se lo pidiera o no.
La sonrisa que dice que nada más le importa.
¿Pensaba, acaso?, es la pregunta que inunda el ambiente.
Ve la mano de Xiao Xingchen subir y no mueve el rostro cuando le cruza la otra mejilla.
Xue Yang conoce perfectamente la anatomía de los morenotes. No aparecerán hasta más tarde, cuando ya no quede el cosquilleo de la sensibilidad de los golpes y la furia pintada en su piel se haya atenuado.
—Podría decir «lo siento», Daozhang. —Alza la espalda para encararlo, pero Xiao Xingchen es alto, más alto que él, y no le queda más remedio que verlo hacia arriba cuando está de rodillas—. Podría esforzarme realmente. Fingir miedo. «Lo siento, lo siento» —canturrea, esforzándose en la impresión de alguien arrepentido—. De verdad. ¿Te gustaría así, Daozhang? A tus pies. Humillado. Podría ser eso también. Cumplir ese papel.
Y Xiao Xingchen se agacha para verlo a los ojos.
Pone una mano en su cuello y no aprieta. Sólo le hace saber su presencia.
—No me interesan los embustes, Xue Yang. Lo lamentarás realmente.
Y Xue Yang se ríe, porque duda lamentar algún día el destino de Song Zichen, si no lamenta el destino de nadie más, si la única vez que Xiao Xingchen le arrancó una disculpa genuina lo dejó a un paso de la muerte y lo hizo sentirla una vez tras otra, recordándole que había intentado matarlo.
No hay otro golpe, no hay más castigo a su risa desvergonzada.
—Es una promesa, Xue Yang. Encontraré la manera de que lo lamentes.
Y la carcajada se hace más fuerte y delirante un momento. Choca contra las paredes y regresa a ellos como el eco lunático que se pinta en los ojos de Xue Yang.
—Ah, Daozhang, nunca lamentaría lo que hice para salvarte —dice Xue Yang, saboreando sus palabras y saboreando el golpe. Puede volver a golpearlo, si quiere. Puede desnudar su espalda y hacer aparecer el látigo. Puede obligarlo a contar. El mundo sabe que los Jin lo hacían. «Uno». «Dos». «Tres». Hasta que tenía la espalda en carne viva. Soportará el dolor que Xiao Xingchen considere y nunca pronunciará un «lo siento» que sea genuino—. Si sigues vivo, no puedo lamentarlo.
Xiao Xingchen aprieta los labios y su ceño parece a punto de fruncirse. Xue Yang puede advertir la furia, pero incluso en ella parece sereno y tranquilo.
—¿Crees que todo es válido si se trata de mi vida?
Y Xue Yang asesta el golpe final.
—Sí —y la palabra sale de su pecho como si no hubiera otra verdad posible—. Soy tu perro guardián. Eso me hiciste, ¿no, Daozhang? No puedes quejarse cuando tu perro guardián te proteja.
La mano en el cuello se retira. Xue Yang sospecha que quizá no fue lo suficientemente cruel cuando siente otro golpe furioso en su mejilla que le voltea la cara. Una mano en su barbilla lo obliga a mirar a Xiao Xingchen. Sus ojos son profundos y lo perforan. Como siempre, parecen ser capaces de asomarse al alma. Xue Yang es incapaz de huir de ellos.
—Tienes razón, Xue Yang —dice Xiao Xingchen. Acaricia su mejilla lastimada con su dedo—. A veces el amo debe limpiar el desastre de sus perros, ¿no crees?
Xue Yang todavía se queda encadenado un día más. Ya no aparecen vampiros que quieran burlarse de él o escupirle en la cara. Lo cual es bueno, supone, porque no tiene que llevar la cuenta de todas las humillaciones que les cobrará más tarde. Parecen creer que, como Xiao Xingchen puede mantenerlo de rodillas, también ellos tienen derecho a vejarlo, a burlarse, a exigir un castigo.
Es ya de noche cuando lo arrastran hasta una de las salas principales del templo en medio de la oscuridad y lo hacen arrodillarse allí. Temen que intente escapar, así que se aseguran de mantenerlo sujeto con cuerdas y talismanes especiales para vampiros problemáticos.
Lo dejan en la oscuridad hasta que Xiao Xingchen aparece y, una a una, va prendiendo las antorchas de la sala.
Maneja el juego con maestría, sin hacerse daño, sin temer. Lo maneja con el debido respeto para que no se vuelva en su contra. El fuego es letal, pero ni siquiera los vampiros pueden escapar de su uso.
En todo aquel tiempo ni siquiera lo mira, como su Xue Yang fuera una parte más del paisaje que Xiao Xingchen ya conoce a la perfección.
No voltea a verlo cuando aparecen los demás vampiros y se colocan en las orillas como curiosos espectadores de lo que está a punto de suceder.
No voltea a verlo cuando Song Zichen hace su aparición con una venda negra que le cubre los ojos. Puede orientarse con sus otros sentidos, que los vampiros siempre tienen especialmente desarrollados. Xue Yang lo ve todo desde atrás. Lo ve alzar la mirada para encarar a Song Zichen de frente, aunque el vampiro no pueda verlo, y todavía se pregunta todas las cosas que se esconden en aquella mirada y en aquella relación ya rota.
—Song Lan —dice Xiao Xingchen. Y después de una pausa, agrega un nombre que sale suavemente de sus labios, con la sombra de una intimidad pasada que hace mucho tiempo murió—. Zichen.
Y entonces se arrodilla.
—Sabes lo que pido, Xingchen —dice el otro, yendo al grano e ignorando el saludo—; sabes el castigo justo por todos los crímenes que se han acumulado.
—Ha cumplido sus penitencias —responde Xiao Xingchen—; lo he hecho cumplirlas. Sólo vine a hablar de último crimen. Sólo vine a hablar de lo que te hizo.
—Pido lo mismo entonces, Xingchen. Pudo matarme. Y sabes el castigo de los asesinos.
Y entonces, brevemente, Xiao Xingchen por fin dirige su mirada hacia Xue Yang, un momento. No está cargada de lástima, pero sí de reflexión. Le recuerda al Xiao Xingchen que le preguntó en qué lugar estaba para él la ternura.
Sin embargo, tan rápido como sus ojos se posan en él también se van, se dirigen a un Song Zichen que no puede verlo.
—Clama que lo hizo para salvarme la vida —dice, con la voz fuerte, segura— y me siento culpable por eso, Song Lan. Indirectamente tengo la responsabilidad. Así pues, lo justo es entonces, pagar por el crimen de mi perro guardián.
Xue Yang lo ve sacar algo de entre sus mangas, pero no alcanza a ver qué es. Parece que se lo muestra a Song Zichen, pero en realidad sólo lo pone a la vista para que todos lo vean. Es otro vampiro desconocido el que tiene que acercarse hasta Song Zichen y decirle unas palabras al oído. En cuanto las oye, gira su cara hacia donde supone que está Xiao Xingchen con una expresión que no cree la imagen que le acaban de describir.
—¿Caerás tan bajo como para defender esa escoria, Xingchen? —pregunta el vampiro.
—Dije que era mi responsabilidad —responde Xiao Xingchen—; no puedo hacer nada sino cumplirla.
—¿Te arruinarás por un simple perro guardián, Xingchen? —Y la pregunta sale de sus labios con furia e incredulidad—. ¿Lo dejarás todo por un asesino al que te has obsesionado con controlar y reformar?
Xiao Xingchen vuelve a voltear. Esa vez, la mirada es más larga y Xue Yang todavía no comprende lo que está pasando, pero entiende que el castigo recaerá en otro. Quizá esa sea la manera de su sire de hacerlo cumplir penitencia. Si ninguna clase de dolor funciona, si lo único que logra es arrancarle de los labios una disculpa falsa, quizá ver lastimado a quien le salvó la vida a costa de otros sea un castigo suficiente.
Song Zichen parece meditar las palabras de Xiao Xingchen.
—Qué bajo has caído, Xingchen. Tan bajo como la escoria que juras proteger.
Y Xiao Xingchen no reacciona al insulto. Quizá porque incluso Xue Yang puede ver que no es genuino, sino sólo resultado de una ira guardada, palabras de las que más tarde se arrepentirá.
—Si lo haces, no quiero volver a verte. Si pagas tu la penitencia, no quiero que vueltas a pararte por aquí. Nunca.
—Sea, Song Zichen.
A nadie se le escapa que, por primera vez en aquel intercambio, Xiao Xingchen se dirige al otro vampiro por el nombre formal y de cortesía. No «Song Lan» pronunciado todavía con la sombra de una intimidad muerta.
—No volveré nunca.
Y Xue Yang alcanza a ver como alza lo que tenía en las manos —un cuchillo, puede ver— y como se lo lleva a la cara. Y oye el chillido de dolor y sabe lo que ha ocurrido.
—¡Daozhang!
Pero su alarido no importa y tras el dolor de Xiao Xingchen lo único que queda es una mano que ofrece sus propios ojos como penitencia y la sangre que chorrea sobre el hanfu y que, probablemente, aunque Xue Yang no pueda verlo, inunda ya las mejillas de Xiao Xingchen.
Notas de este capítulo:
1) Oh, boy. Lo que Xiao Xingchen está dispuesto a hacer por y para Xue Yang es… extraño. Es obvio que cree en la disciplina, pero también sabe que Xue Yang sólo disfruta el castigo. Pero tiene que pagar por lo que le hizo a Song Lan, porque los crímenes entre los vampiros no quedan impunes y… cosas. A Xue Yang no le duele el trasero, todavía, pero le fue como en feria, la verdad.
2) Hemos llegado a esa parte del fic. Like, Xiao Xingchen ya se parece mucho al del canon. *le pone una vendita en los ojos* Las miradas a Xue Yang fueron intencionales, sip.
Andrea Poulain
