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Red balloon.

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Sasuke Uchiha, azotó fuertemente la carpeta contra el escritorio de su superior. Llevaba conteniéndose un buen rato, escuchando los argumentos poco fehacientes con los que su teniente intentaba refutarle.

El hombre frente a él se limitó a observarlo con indiferencia al igual de inmutable mientras hojeaba su periódico con calma.

—Teniente Hiruzen, es muy poco probable que el hombre se haya dado a la fuga simplemente —explicó nuevamente cansino—. Encontramos un rastro de sangre junto a la ribera del río, que definitivamente no corresponde con la del cuerpo del menor.

—Quizás algún animal salvaje atacó al niño —refutó nuevamente sin levantar la visita del periódico en sus manos—. Cómo consecuencia, cayó al caudal y se ahogó. En cuanto al padre, es evidente que tenía problemas con su esposa y por eso la dejó —explicó levantando la visita finalmente—. Fin de la historia.

—Pero, ¡¿de qué está hablando, teniente?! —explotó finalmente exasperado. Tomó la carpeta y reveló su contenido sin ningún pudor.

El expediente era muy explícito, contenía las fotos del cuerpo del niño de seis años que encontraron hacía un par de días al margen del río. Se podían apreciar sus deditos carcomidos, dejando a la visita las falanges, aún teñidas en carmín y la cabeza que prácticamente estaba cercenada, de no ser porque se sostenía únicamente por tendones al cuello del infante.

Había fotografías de un rastro de sangre esparcido por los matorrales resquebrajados y la tierra removida. No supo porque pero, Sasuke tuvo la certeza de que el rastro correspondía al papá del niño. Él de alguna forma lo había encontrado y sucumbido ante lo que sea que haya matado a su hijo. Por las proporciones del rastro, infirió que el hombre debió morir degollado o decapitado.

De no haber sido por el terrible temporal que azotó al condado los últimos días. El joven detective hubiera podido encontrar pruebas lo suficientemente contundentes para evitar cualquier tipo de réplica.

—Oh, vamos Uchiha. ¡Estaba a punto de comer! —reclamó su colega con una mueca de asco.

El joven lo observó por el rabillo del ojo sin dirigirle la palabra y volvió su atención a Hiruzen.

—¿Qué me dice, teniente? Los forenses determinaron que el tipo de sangre no corresponde con la del menor. Además, el grado de coagulación es distinto en ambas muestras —le increpó deslizando las fotos y análisis realizados.

Hiruzen, exhaló profundamente. Dobló con cuidado su periódico y sin prestar atención en el expediente frente a él, apoyó sus antebrazos sobre el escritorio, tratando de cubrir desesperadamente lo evidente a cualquier ojo crítico. Como si el considerar siquiera que las teorías del detective frente a él fueran remotamente razonables, significara el fin de su carrera… de todo lo que conocía y concebía de su pueblo.

—Mira, Uchiha. Sé que en verdad te esfuerzas —dijo en tono condescendiente—. Pero, hay cosas que simplemente debemos dejar sin alterar. Además, no tenemos la certeza de que los exámenes forenses sean los correctos.

Sasuke, retrocedió un par de pasos tan indignado como atónito. ¿Qué pasaba con la gente se ese pueblo? Todos los oficiales de la unidad actuaban con tanta indiferencia ante la abrumadora realidad de los hechos. Porque nadie había cuestionado que en tan solo unos meses, se había reportado de forma masiva, casos de niños asesinados y desaparecidos. Que pese a las condiciones tan escabrosas de los crímenes. Aún argumentaban que se trataban de meros accidentes.

Apretó los puños con fuerza, la sangre de su cuerpo comenzó a hervir y junto con ella su sentimiento de impotencia.

Entonces, Sasuke supo que perdía su tiempo. Que si existía alguna forma de esclarecer el homicidio del infante y la desaparición de su padre. Él tendría que arreglárselas solo.

Justo cuando pensó en irse, cuando pensó que no había más que pudiera decir. Recordó la declaración del único posible testigo.

—¿Qué hay del testimonio de Rei Hino? —soltó como último desesperado intento al llamado de la cordura de sus colegas.

—Esa mujer está loca —replicó con apatía el segundo detective a cargo del caso.

Sasuke, bajó la mirada. Avergonzado de sus propios pensamientos, porque él pudo haberlo creído también. No había duda de que la cordura de esa mujer pudo haber sido cuestionable a su juicio.

Pero, había una serie de coincidencias entre sus declaraciones y las de los pocos testigos que pudo entrevistar, que simplemente no pudo pasar por alto.

Sin embargo, no fue aquello lo que le dio la certeza de que las palabras de Rei, eran ciertas. Fue el terror que reflejaba su mirada que por instantes parecía perderse. Fue su testimonio en sí y la sed de venganza que nubló sus irises.

—Ella, mencionó que vio un payaso —dijo casi inaudible. Sin advertir el temblor en su propia voz, cuando recordó de forma tan súbita las pesadillas que lo venían aquejando semanas atrás.

«Morirás si lo intentas»

Aquellas cuatro palabras, tenían el poder suficiente para despertarlo a la mitad de la noche, bañado en sudor y con la respiración agitada.

—¿Escuchas lo que dices, Sasuke? Cualquiera con dos dedos de frente sabría que esa mujer no habla más que puras incoherencias —espetó el detective de cabellos platinados—. O cualquiera que se haya criado en este pueblo —agregó desdeñoso.

Solo bastaron esas palabras para que Sasuke, perdiera la poca compostura que le quedaba. Lo tomó por las solapas del saco y lo azotó contra la pared.

—¿Por qué no eres claro, Mizuki? ¿Por qué no me dices de una maldita vez qué te molesta?

En el momento en que el azabache se unió a la unidad de detectives de Konoha, advirtió que no fue bienvenido por la mayoría de sus compañeros. Aunque, para él era tan poco relevante que no le molestaba en absoluto, todo lo contrario.

Dado su carácter taciturno e impetuoso, le venía muy bien la soledad. No había nada que detestara más que el constante asedio de sus compañeros y por lo menos en esa unidad, él estaba tan solo como quería.

Hasta que asignaron a Mizuki como su pareja. Convivieron en relativa armonía los primeros meses. Hasta que comenzaron las desapariciones, de alguna forma, la apatía de Mizuki se exacerbó. Aprovechaba cualquier oportunidad para hacer toda clase de comentarios despectivos, aludiendo siempre al hecho de que Sasuke no se había criado en Konoha y que por supuesto, él no compartía esos gustos tan particulares del pelinegro.

Mizuki, curvó media sonrisa y lo miró desafiante y con desdén. Retándolo.

—Sabes perfectamente lo que me molesta, Uchiha —siseó—. ¿Por qué no se regresan a Tokio, tú y tu noviecito?

El platinado hizo amago de seguir con su discurso. Pero, el dolor que lo invadió fue tan repentino, que solo atinó en deslizar el dorso de su mano sobre sus labios rotos, producto del puñetazo que le asestó Sasuke.

—¡Basta, Uchiha! No aceptaré esta clase de comportamiento —rugió Hiruzen—. Tendrás que disculparte con Mizuki o me veré en la necesidad de suspenderte una semana.

A decir verdad, a Hiruzen le importaba una mierda lo que hicieran o dijeran sus detectives o la unidad entera. Pero, había solo una cosa que no podía tolerar y eso eran los entrometidos. Entrometidos como Sasuke Uchiha, que no parecía comprender la forma en la que Konoha coexistía. En la que había coexistido desde el principio.

Solo bastó con ver la mirada dolida, indignada, pero sobretodo orgullosa que le dedicó el joven, para saber que primero se aventaría de un puente antes que disculparse.

Sasuke, arrojó su placa al escritorio, giró en redondo dispuesto a marcharse, cuando se detuvo en el umbral.

—Konoha es una puta cloaca. ¿Van a decirme que no lo saben? ¿Han pasado toda la vida aquí y no lo saben?

Ninguno respondió, solo se limitaron a observar el vaivén de la puerta al cerrarse…

Sin duda alguna, Naruto era un arquitecto muy poco ortodoxo. Le encantaba ensuciarse las manos e involucrarse tanto como le fuera posible en la construcción de sus obras. En consecuencia, los trabajadores le tenían cierta estima, llegando inclusive a considerarlo uno más en el equipo.

Desafortunadamente ese trato tan amigable fue perecedero. Porque tan pronto como supieron que su joven y alegre jefe, tenía por pareja al inefable detective Uchiha. La cordialidad se esfumó.

Y aunque eso lo desconcertó en un principio. Pudo entender sus motivos, agradeciendo también que por lo menos uno de ellos le brindara su amistad.

Ciertamente, había muy pocas cosas que pudieran menguar el optimismo y el buen humor del rubio Uzumaki, que siempre se caracterizó por sonreír ante las situaciones más adversas.

Sin embargo, en los últimos meses se halló superado por la atmósfera tan lúgubre de su entorno, por la zozobra que reinaba en la mirada de sus amigos y compañeros de trabajo. Él podía manejar la tristeza, asumir el dolor de sus allegados como propio. Y aún así sonreír.

Pero, no podía manejar las mentiras. En especial las que se decían a ellos mismos cuando trataban de ignorar la realidad a toda costa. En los últimos tres meses, cuatro de sus trabajadores habían desaparecido sin dejar rastro. A dónde quiera que mirara percibía el fétido aroma de la muerte. No obstante, todos actuaban como si nada, como si con omitir el hecho de que la gente desaparecía lo hiciera menos real.

—Hey, Naruto. ¿Cuantos clavos más necesita esa viga, eh? —le preguntó Kiba al pie de las escaleras.

Naruto, estaba tan abstraído en sus propios pensamientos, que no advirtió que había colocado al menos media docena más de clavos extra en la viga frente a él. Deslizó su martillo en su porta herramienta de cinturón, limpió el sudor de su frente con la manga de su sudadera y bajó de las escaleras que Kiba sostenía para evitar perder el equilibrio.

—Tienes razón, Kiba —dijo a modo de disculpa mientras se rascaba la mejilla con su dedo índice.

—Descuida, hombre —replicó el castaño haciendo un ademán con la mano, restándole importancia—. Además, ya va siendo hora de irnos.

Una vez fuera da la construcción, Naruto volvió a percibir ese aroma fétido en el aire. Aún no se lo explicaba, ni tampoco entendía el hecho de que nadie más pudiera percibirlo.

«Es Konoha, hay algo malo con este lugar» se dijo a sí mismo, mientras dirigía sus pasos a su automóvil…

Sasuke, se encontraba en medio de una habitación de hospital. No había más luz que la que caía sobre sus cabellos ébano y no podía distinguir nada más a un metro de distancia, era una habitación particularmente amplia. Al fondo, en la más espesa penumbra se podía distinguir una cama, con un paciente recostado en ella.

Aún sin haber un solo haz de luz que aclarara la visita de Sasuke, sabía perfectamente de quién se trataba.

—Sasuke —lo llamó una voz susurrante, provocando que los vellos de la piel se le erizarán. Empezó a sudar frío y su respiración se tornó irregular.

Pese a ser sabido de lo que le esperaría, avanzó lentamente, no pudiendo detener sus pasos. Como si estuviera preso de un inexplicable influjo. A cada paso que daba, las lámparas neón del techo parpadeaban iluminando su camino.

Justo cuando estuvo a unos pasos del pie de la cama, Sasuke pasó saliva, el cuerpo le tiritaba frenéticamente y sentía que hiperventilaba.

—¿Quieres uno, Sasuke? —preguntó la demacrada figura de su hermano mayor, extendiéndole un manojo de globos rojos. Aunque, si Sasuke hubiera podido describir el color de los globos de una manera más exacta, hubiera dicho que eran color sangre—. Puedo darte todos los que quieras —agregó con una siniestra sonrisa.

Sasuke, no pudo articular palabra alguna. El sudor resbalaba por su frente, el pulso de su corazón resonaba en sus oídos y más extraordinario aún, empezó a alargar su mano dispuesto a tomar uno.

Sin embargo, estando a unos centímetros del alcance. Advirtió el singular estampado en la bata de su hermano, al principio creyó que eran motas rojas, pero eran globos entrelazados por los cordeles. No obstante, lo más singular de la bata eran los pompones anaranjados sobre el pecho. Sasuke retrocedió un par de pasos.

—Morirás si lo intentas —carcajeó Itachi, mientras su voz se distorsionaba en una gutural risa.

Sasuke, observó con horror la sangre que escurría por las comisuras de los labios de Itachi, la hilera de sarrosos, amarillentos y afiliados dientes en una torcida sonrisa.

—Morirás si lo intentas —siguió carcajeando…

Cuando Sasuke pudo despertar finalmente, se encontró con el rostro preocupado de Naruto a su lado.

—¡Sasuke! —exclamó el rubio abrazándolo con fuerza, con los ojos anegados en lágrimas—. Por un momento pensé que te daría un ataque de ansiedad. No pude despertarte, por más que quise, no pude.

Se sentía tenso, la rabia invadió su cuerpo tan rápido como lo había hecho el miedo. Se odió a si mismo, odió el hecho de dejarse dominar por un simple sueño. Odió recordar a su hermano y el dolor que le causó su muerte.

Hizo amago de levantarse, pero Naruto fue más ágil y lo tomó del brazo. No dijo nada, solo se limitó a observarlo mientras lo atraía a su cuerpo. Y Sasuke, simplemente se dejó hacer, siendo desarmado por los orbes acuosos y expresivos de Naruto. Necesitando su consuelo, aunque nunca lo admitiera en voz alta.

Por supuesto que Naruto ya había advertido que Sasuke no dormía bien desde hacía unas semanas. Cada mañana lo observaba inquisitivo, rogando por respuestas que sabía que su pareja no le daría, al menos no de inmediato.

Permanecieron abrazados un prolongado tiempo en silencio.

—Soñé con Itachi —confesó finalmente.

Naruto, pudo comprender el desasosiego en Sasuke. Sabido de la terrible aflicción que le provocó la prematura muerte de su hermano mayor a manos de una enfermedad que nunca se pudo diagnosticar.

Una vez que Sasuke le hubo relatado su pesadilla. Naruto se levantó de la cama y lo observó con seriedad.

—¿También te has dado cuenta, Sasuke? —formuló retórico—. Este lugar tiene algo malo.

—Tal vez deberíamos irnos —sugirió.

—Por supuesto que nos iremos —afirmó sentándose a su lado—. Pero, después de encargarnos del monstruo que vive aquí —agregó esbozando esa sonrisa de determinación que tanto amaba y odiaba Sasuke. Porque una vez que se le metía una idea a la cabeza, nada lo podía hacer retroceder a su palabra.

—Ellos no lo merecen, Naruto —rebatió impasible.

—Eso no importa. Esa cosa mata niños maldita sea, tenemos que hacer algo.

Las imágenes de aquel niño asesinado a orillas del río, llegaron a Sasuke tan nítidas, que no pudo estar más de acuerdo. Tenían que hacer algo.

—Eres el tarado más grande que jamás haya conocido —dijo curvando media sonrisa—. Pero, sí. Nos encargaremos juntos de ese monstruo —reconoció finalmente.

—Muy bien —dijo Naruto con ánimos renovados, haciendo un puño que le extendió a Sasuke. El pelinegro chocó su puño con el de él, sellando así su acuerdo—. Ahora iré a preparar un té.

—El mío sin azúcar —le gritó al verlo desaparecer tras la puerta.

Una vez dejó la tetera en el fuego. A Naruto le pareció escuchar un ruido incongruente que venía del patio trasero.

Llevado por la curiosidad salió y fue entonces que un destello rojo pareció brillar entre los arbustos, captando su atención. El rubio se acercó sigilosamente, advirtiendo el palpitar acelerado de su corazón, previniéndolo del inminente peligro que lo asechaba.

—Un zorro —susurró maravillado, extendiendo su mano para acariciarlo, pues desde niño sentía una especial fascinación por esos animales. Quizás fue esa misma admiración la que evitó que se diera cuenta del brillo en los ojos del animal, de ese extraño fulgor rojo y siniestro en su mirada.

La tetera silbó por un par de minutos sin ser atendida. Sasuke, había llamado un par de veces a Naruto sin obtener respuesta.

Bajó de poco en poco la escalera, sintiendo que sus más profundos temores se materializaban. La tetera seguía silbando en la cocina, pero lo que llamó su atención fue el sonido de las risas que venían del patio trasero. Era sin duda la voz de Naruto.

Posó su mano derecha sobre su pecho, que se contraía desesperado en busca de aire. La puerta estaba entreabierta, permitiendo que el frío se colara.

Sasuke, sostuvo el pomo de la puerta unos segundos antes de abrirla. Sus manos temblaban.

Ahí estaba. Pudo divisar la figura de Naruto en cuclillas al fondo del patio, cerca de los frondosos arbustos.

—Na- Naruto —llamó con la voz trémula.

—Hey, Sasuke —dijo levantándose, dando la espalda al zorro—. Mira lo que me encontré.

Todo ocurrió en cuestión de segundos, tan pronto como Naruto le dio la espalda al animal. El zorro se convirtió en una enorme bestia erguida de más de dos metros de altura, su pelaje era espeso de color rojizo, robusto y con enormes zarpas afiladas. De sus fauces sobresalían grandes colmillos y despedida una baba espesa.

—¡Narutoo! —vociferó Sasuke tratando prevenirlo. Pero fue demasiado tarde.

La bestia tomó a Naruto del brazo, levantándolo del suelo, el rubio se retorció desesperadamente intentando soltarse. Y fue entonces, que la bestia estrujó su brazo, quebrándole los huesos.

Naruto soltó un alarido profundo, desesperado y sofocado.

Sasuke echó a correr. Y como si se trataste de la más horrible pesadilla, empezaron a caer del cielo miles de globos rojos, casi púrpuras, impidiéndole el paso.

La visita de Naruto comenzó a nublarse en el momento en que la bestia le clavó una de sus zarpas en las costillas, perforándole el pulmón, era casi como si quisiese alcanzar su corazón. Su propia sangre lo ahogaba. Ya no podía gritar más.

El pelinegro pudo escuchar como crujieron las costillas de Naruto al romperse. Trató de avanzar sorteando los globos a su paso. De alguna forma, los cordeles blancos y finos de los globos, se le asemejaron a una enorme telaraña.

Cuando Sasuke estuvo a punto de llegar, cuando pudo divisar a Naruto finalmente. Su rostro se desencajó al darse cuenta de que no era una bestia la que sostenía al rubio, sino un payaso, su rostro pintado de blanco estaba contra su axila, de donde la sangre escurría a raudales.

Naruto, ya no se movía.

—Morirás si lo intentas —dijo el payaso curvando una maliciosa sonrisa, con su boca roja, relamiéndose los labios con la sangre de Naruto…

La policía encontró a Sasuke inconsciente en medio de su patio trasero. Naruto había desaparecido sin dejar rastro, dejando como única pista, un vestigio de sangre que salía de la propiedad y que se perdía cerca del mismo río donde habían hallado al infante de seis años unos días atrás.

Sasuke no supo porque dirigió sus pasos al cementerio. Siendo que no tenía un lugar donde despedir a la persona que más había amado en su vida, ni donde llorarle.

Tampoco supo porque se detuvo frente a esa lápida. La tierra estaba removida, las flores alrededor de la tumba apenas empezaban a marchitarse. Ahí yacía el cuerpo de Seiya Kou, el pequeño de seis años que había sido hallado a las orillas del río.

La fuerza en las piernas de Sasuke flaqueó y se dejo caer al suelo. El pecho le ardía al intentar contener las lágrimas que amenazaban con salir. Apretó los puños con fuerza, enterrándose las uñas al punto de hacer sangrar sus palmas. Decidiendo de esa forma entregarse al llanto. Sollozando en voz alta y con todas sus fuerzas.

Aquel monstruo, había cometido un grave error al llevarse a la única persona que le importaba a Sasuke.

Porque ahora, él ya no tenía nada que perder. Y así tuviera que descender al mismo infierno, no se detendría hasta perpetuar su venganza.

No se detendría hasta matarlo con sus propias manos.

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Notas:

Bueno, a decir verdad tenía muchas ganas de escribir otro crossover de It. Hace un año exactamente que leí el libro y debo confesar que me encantó.

Este relato lo escribí para una página que sigo en Facebook. Tenía que ser un relato de terror y que mejor que hacerlo con Pennywise jejejeje.

Sé que aparentemente no hay continuación con el primer capítulo, pero tengo pensado unir las historias. De momento es todo lo que tengo. De antemano muchas gracias por leer.