Personajes de Naoko Takeuchi.


Me encontraba sentado en el patio de la escuela, como todos los días cada vez que teníamos descanso. Hoy era mi cumpleaños número 18, aunque nadie más que yo lo sabía. Me encontraba cursando tercero de preparatoria, lo que significaba que pronto me graduaría y podría ir a la universidad. Todavía no estaba seguro de a qué universidad asistiría, mis opciones eran pocas ya que no tenía dinero.

Mi madre había muerto cuando yo era tan solo un niño, apenas tenía recuerdos de ella y si no fuera por una fotografía vieja que me había regalado mi padre, no recordaría tampoco su rostro. Mi padre era otra historia de la cual odiaba hablar. Él era un reconocido empresario que vivía en Tokio. Había conocido a mi madre en una de esas fiestas que hacen los ricos para beber y acostarse con otras mujeres que no son sus esposas.

Mi madre, desafortunadamente, había tenido una vida difícil y se encontraba trabajando de mesera. Aiko Chiba, mi padre, había quedado encantado con ella cuando la vio mientras le servía tragos a sus amigos empresarios. Se encaprichó con ella y a mi madre no le quedó más remedio que acceder a sus peticiones. Ella no tenía dinero, ni oportunidades, y no hubiera podido hacer nada contra ese señor que tenía en sus manos todo el poder del mundo.

Mi padre la mantuvo como amante varios años hasta que quedó embarazada. Entonces no la quiso más. Le dijo que le enviaría dinero suficiente cada mes para mantenerme a mí y a ella, pero que no quería saber nada de nosotros. Así vivimos durante algunos años, hasta que ella murió de una extraña enfermedad. Nunca supe qué fue lo que le sucedió, y tampoco quise averiguar mucho porque era un tema doloroso para mí.

Lo único que recuerdo es que unos días después de que muriera, mi padre llegó al departamento en el que vivíamos y me llevó con él. Hicimos algunos trámites en los que me registró con su apellido y luego viajamos en su camioneta hasta llegar a Yokohama, una ciudad muy cercana a Tokio. Cuando llegamos, me trajo hasta este instituto. Se despidió de mí y lo último que me dijo fue que no tendría que preocuparme por mis estudios ni por nada más, porque aquí me darían todo.

Eso fue hace diez años. Desde entonces nunca lo volví a ver. Sé que envía el dinero correspondiente a mi colegiatura cada mes, incluso Yuriko, la secretaria, una vez me contó que envía una considerable suma de dinero para el colegio en donación. Así nadie lo molesta y él no tiene que preocuparse por mí.

Al poco tiempo de llegar al Instituto Privado de Yokohama, me di cuenta de que era uno de los internados para los hijos de las personas más ricas de Japón. Todos los estudiantes que estaban inscritos era porque sus padres tenían cantidades estúpidas de dinero o puestos muy importantes en el gobierno. Salvo por algunas personas como yo que estaban ahí gracias a la compasión (o lástima, como me gustaba llamarlo) de alguien más.

Me costó mucho trabajo adaptarme a ese lugar. Sentía que todos eran muy diferentes a mí y no lograba encajar en ningún lado. Terminé la primaria, terminé la secundaria y ahora estaba a punto de terminar la prepa. Siempre traté de tener buenas calificaciones, no quería tener problemas con nadie, y mucho menos quería que la administración del instituto molestara a mi padre. No quería darle ninguna molestia en lo absoluto.

A pesar de haber pasado tanto tiempo en ese lugar, no había logrado hacer amigos, salvo por Andrew Furuhata. Andrew había sido la primera persona que conocí cuando recién llegué. En ese entonces, nos había tocado ser compañeros de habitación y nos llegamos a conocer bien. Cuando pasamos a la prepa, cada quien se mudó a su propia habitación. Tampoco compartíamos clase, por lo que desde que nos habíamos separado de habitación nuestro contacto había disminuido, pero era un buen amigo. Sin embargo, era muy diferente a mí. A él le gustaba convivir con los demás, le gustaba socializar y ser parte del grupo. Él nunca me reclamó por ser diferente, siempre me aceptó.

Andrew era un buen chico. Fuera de él, todos me rechazaban, de una forma u otra, y también tenía que aceptar que había adoptado una posición muy cómoda, ya que me parecía mucho más fácil no tener que convivir con nadie. Además, todos me tenían miedo por mi apariencia. Todos decían que parecía muy serio y rudo, y me temían. Siempre me evitaban en los pasillos y casi nadie me saludaba. Todos creían que en cualquier momento iba a saltarles encima para asesinarlos, o eso imaginaba yo.

De cualquier forma, yo estaba completamente acostumbrado a la soledad. La señorita Yuriko era la persona con la que más hablaba, y eso era porque ella me trataba como a todos los demás. No me tenía miedo y siempre me revolvía el cabello con ternura. También le gustaba pellizcarme la mejilla y decirme que tenía lindos ojos. Supuse que me trataba así porque me conocía desde que era un niño y ella trabajaba en el instituto desde mucho antes de que yo llegara. Debía tener alrededor de 50 años.

En vacaciones, el instituto se quedaba solo. Todos se iban a casa con sus padres y no regresaban hasta dos meses después. Esto sucedía dos veces al año. Eran pocas las personas que se quedaban ahí a pasar las vacaciones. Yo me dedicaba a ayudarle a los jardineros a arreglar todas las áreas verdes, también me la pasaba días enteros en la biblioteca o simplemente ponía películas en el auditorio.

La graduación era algo que me preocupaba de sobre manera. Yo no tenía idea de lo que mi padre tenía planeado, quizá ni siquiera le importaba. De cualquier manera, yo no quería seguir dependiendo de él. En el instituto me daba desayuno, comida y cena. Tenía mi propia habitación, mi propio baño. En fin… lo tenía todo y nada al mismo tiempo. Lo único que tenía eran algunos libros que la señorita Yuriko siempre me regalaba. Eran libros que la bibliotecaria sacaba de los estantes para tirarlos, así que ella los rescataba y me los daba, sabía que me gustaba leer.

Me preocupaba porque al terminar la prepa, ya no podría seguir viviendo ahí. ¿Qué era lo que debía hacer ahora? Ya no quería seguir dependiendo de él, ya no quería nada de él. Por fin era mayor de edad y podía tomar mis propias decisiones. Era por eso que tenía que decidir a cuál universidad iría y cómo viviría de ahora en adelante. ¿Cómo me ganaría el dinero para comer? ¿En dónde viviría? Todos esos pensamientos invadían mi mente día y noche.

Todos lucían felices ese día. Era 3 de agosto y comenzaban los festivales de verano. El calor estaba bastante intenso ese día, así que las chicas llevaban falda. Tenía que aceptar que la mayoría de las chicas en ese instituto eran hermosas, pero sabía que ninguna de ellas se atrevería a fijarse en mí. Todas deseaban conocer a alguno de los chicos con más dinero y casarse con uno de ellos.

Me encontraba sentado en el pasto, como siempre me gustaba hacerlo, y comencé a observar a todos disimuladamente. No muy lejos de mí se encontraba Rei Hino y sus amigas. Rei era una de las chicas más populares de la escuela, y entre su grupo de amigas se encontraban Minako Aino, Lita Kino y Amy Mizuno. Ellas tres eran unas chicas muy lindas, apenas había cruzado palabra con ellas, pero parecían no ser tan detestables como los demás. Rei, por el contrario, me parecía una chica bastante dura. También me parecía que se creía mejor que las demás chicas de la escuela. Tenía que aceptar que era hermosa, sí, pero no me gustaba su actitud de superioridad. Ella siempre disfrutaba molestándome de una forma muy extraña y quizá por eso tampoco me caía muy bien.

También muy cerca se encontraban Michiru, Haruka y Setsuna. Ellas eran muy cerradas con los demás, parecía como si no les gustara incluir a nadie en su grupo. Michiru era una chica muy talentosa. Tocaba el violín de manera espectacular y siempre ganaba los concursos nacionales de música. Haruka era una excelente deportista y se llevaba todas las medallas, mientras que Setsuna era una de las chicas más inteligentes de la escuela junto con Amy, aunque quizá Amy le ganaba un poco. Tan solo un poco. Michiru me parecía hermosa también, aunque ella nunca me había dirigido la palabra, ni siquiera para molestarme.

De pronto noté que alguien se acercaba con un par de cajas que parecían pesadas. Era Serena Tsukino. Ella parecía estar teniendo problemas con las cajas y no supe si acercarme a ayudarle. Cuando estuve a punto de levantarme, noté que Rei le ponía el pie para que se tropezara. Serena cayó directamente al suelo y todo lo que había en las cajas salió volando. Eran algunas herramientas y parafernalia que necesitaba para el club de jardinería, del cual ella era el único miembro. Serena Tsukino lucía muy molesta, pero en lugar de ponerse a llorar, se levantó y se desarrugó la falda.

-Eres una estúpida, Rei.-dijo Serena sin dudar.

-Y tú eres una zorra. ¿Por qué no le dices a alguno de tus noviecitos que te ayude a recoger todo?-respondió Rei.- Tu lista es bastante larga.

-Ya déjala, Rei.-intervino Amy.- Por favor…

-Bien, bien…-dijo Rei riendo.- Dejaré a la zorrita en paz.

Sin pensarlo ni un minuto más, me puse de pie y corrí hasta donde se encontraba Serena para ayudarle a recoger todo lo que se había tirado. Serena me miró extrañada mientras yo echaba las cosas a las cajas nuevamente.

-No es necesario.-dijo ella sin dejar de mirarme.

-Oh, vaya.-dijo Rei.- ¿Ahora también te metiste con el pobre de Chiba? Entiendo por qué te metes con los demás, pero… ¿Darien Chiba?-dijo riendo.- ¡Por favor!

-¡Cállate!-respondió Serena.- Por lo menos los chicos a mí sí me ponen atención.

-¿Qué estás tratando de insinuar?

-Lo que te estás imaginando.

-Solo te buscan por zorra, que no se te olvide.

-Por lo menos me buscan.

Terminé de recoger todo y levanté las cajas. Rei estaba sumamente molesta y tenía miedo de que ella y Serena terminaran golpeándose.

-Vamos, Chiba.-dijo Serena caminando frente a mí.

Caminé detrás de Serena durante algunos minutos hasta que llegamos a la sede del club de jardinería. Jamás había estado ahí, a pesar de conocer cada rincón del instituto como si fuera la palma de mi mano. Era un lugar con muchísimas plantas, de todo tipo, y todas en perfecto estado. Dejé las cajas donde Serena me indicó y sin querer la miré a los ojos. Era muy malo hablando con otros, pero pude darme cuenta inmediatamente de que estaba molesta e incómoda.

-Gracias.-dijo sin mirarme.- No tenías que molestarte…

-No hay de qué…-logré responder.

-Y yo… lo siento por lo de Rei.

-No… no te preocupes…-sonreí sin darme cuenta.- Rei… también me molesta.

-Supongo que así es ella.-sonrió también.- En fin… gracias de nuevo, ahora tengo trabajo que hacer.

Sin decir nada, me di la vuelta y salí de ahí. Serena Tsukino me parecía un caso muy especial en el instituto. Todos siempre la molestaban, tal como lo había hecho Rei hace rato, pero a ella parecía no importarle, o eso pretendía. Tenía fama de ser una chica promiscua en toda la escuela. Había muchos rumores de que se acostaba con cualquiera que se lo pidiera, pero a mí me parecían rumores exagerados. Siempre le decían "zorra", "puta" o cosas peores. Ella y yo nunca habíamos hablado antes, esta había sido la primera vez. Tampoco estábamos en la misma clase, ella estaba en el otro salón, pero en esa escuela todo se sabía.

Serena tampoco tenía amigos, y mucho menos amigas. Cuando no estaba en clases, se la pasaba el día entero encerrada en el club de jardinería. Nadie más había querido ser parte del club desde que ella había decidido pertenecer a él hace tres años. La verdad era que no sabía nada de ella fuera de los rumores que decían en los pasillos, pero no me parecía una horrible persona como todos creían. Quizá tenía empatía con ella porque de alguna forma me recordaba a mí mismo.

Me dirigí a mi habitación para cambiarme, ya que tenía que ir a mi club. Yo estaba en el club de teatro, y solo era el tramoyista. Es decir, solo movía las cosas, las luces, y todo lo que se necesitaba. Me gustaba ese trabajo porque no tenía que hablar con nadie y solo tenía que cargar cosas. Dedicaba varias horas en el gimnasio, así que estaba bastante fuerte y no me molestaba el peso.

Cuando entré al auditorio, donde ensayábamos, vi que Seiya ya se encontraba ahí. Estaba memorizando algunas líneas del guion y ni siquiera se dio cuenta de mi presencia. Seiya Kou era el chico más popular de la escuela junto con sus hermanos, Yaten y Taiki. Todas las chicas estaban enamoradas de él, ya que parecía un ídolo pop. A mí me parecía una persona fría y calculadora, como si no le importara nada más que el éxito.

-Buen día, Chiba.-dijo algunos minutos después.- Siempre llegando antes que los demás.

-Hola…-dije en voz baja.

-¿Sabes?-dijo acercándose a mí.- Esta obra que montaremos es muy importante. Servirá para mi expediente y necesito que salga perfecta.

-Así será.-dije sin mirarlo mientras acomodaba la escenografía.

-¿A ti nunca te ha interesado actuar?-dijo de pronto.

Lo miré extrañado y él sonreía en modo burlón.

-No… la verdad es que no…

-Entiendo.-dijo cerrando la carpeta que tenía entre las manos.- Es obvio que no te gusta convivir con otras personas, mucho menos te gustaría hacerlo frente a toda la escuela.

Hubo un silencio prolongado y aun seguía sin llegar nadie. Seiya rompió el silencio nuevamente.

-No soporto que los demás lleguen tarde. Tendré que correrlos a todos del club y quedarme contigo.-sonrió.- Dime, Chiba, ¿tienes novia?

-No…

-Qué tonto soy.-dijo riendo.- Por supuesto que no tienes novia. Yo tampoco. A decir verdad, tener novia quita mucho tiempo y no te deja concentrarte en lo que realmente importan, así que haces bien. Sé que hay muchas chicas que se mueren por mí, pero… no creo que ninguna de ellas sea suficientemente buena para mí. ¿Qué opinas?

-Que… que… quizá… deberías darle la oportunidad a una de ellas.

-Quizá, pero… no me interesa ninguna.

El resto de los chicos del club comenzaron a llegar y pronto dieron inicio al ensayo. El tiempo transcurrió lentamente y el ensayo se alargó demasiado. Salimos del auditorio muy tarde, cuando ya comenzaba a oscurecer. Decidí que antes de ir a mi habitación pasaría a la cafetería para cenar algo.

-¡Darien!-dijo alguien detrás de mí.-¡Darien!

Cuando me giré, noté que era Andrew quien corría hacia mí.

-Voy saliendo del club y te vi a lo lejos.-sonrió.- ¡Feliz cumpleaños!

Andrew me dio un abrazo.

-Gracias por recordarlo.-respondí.- ¿Cómo estás?

-Muy cansado.-aceptó.- Planeo devorar todo lo que encuentre en la cafetería.

-Te acompañaré.-dije guiñando un ojo.

Andrew y yo entramos a la cafetería y nos formamos para elegir lo que queríamos cenar. Ambos nos servimos platos con bastante comida y nos sentamos en la única mesa que estaba vacía en ese momento, la cual estaba cerca de la comida. Comenzamos a cenar tranquilamente y al terminar, Andrew se formó de nuevo. Regresó a la mesa con un par de rebanadas de pastel y a la mía le colocó una velita.

Pude notar que Serena había entrado a la cafetería y se formaba en la fila. También noté, disimuladamente, que se compraba la última rebanada de pastel que quedaba. Buscó una mesa vacía con la mirada, y como no había ninguna estuvo a punto de irse, pero Rei le tiró su rebanada de pastel al suelo mientras iba pasando. Serena rodó los ojos y no dijo nada. Todos a nuestro alrededor se rieron y Serena se dedicó a recoger lo que se había quedado en el suelo.

Andrew se dio cuenta de todo también y me miró cabizbajo. Yo no había tocado mi pastel todavía, ya que estaba esperando un café que había ordenado. Me paré, tomé mi pastel y caminé hasta Serena.

-Toma.-dije sin siquiera saludarla.

Ella me miró extrañada, al igual que todos a mi alrededor.

-Pe…pero…

-Anda, tómalo.

Ella lo aceptó a regañadientes y noté que se sonrojaba ligeramente.

-Gracias…-dijo sin mirarme.

Le di la espalda y regresé a la mesa con Andrew.

-Ya haz hecho tu buena acción del día.-dijo Andrew.- Ahora yo haré la mía y compartiré mi rebanada contigo.

-Gracias.-sonreí.

-¿Conoces a Tsukino?

-En realidad no. Pero… hoy hablamos por primera vez.

-Ya veo. ¿Cómo fue eso?

-La ayudé a recoger unas cosas que se le cayeron… o más bien, que Rei le tiró también.

-Esa Rei…

-No entiendo por qué la tratan así…

-Bueno… ¿qué te puedo decir? La gente rica se divierte de maneras muy extrañas…

-Como tú, siendo mi amigo.-bromee.

Andrew y yo caminamos hasta el área de habitaciones y nos despedimos. Leí un poco antes de dormir y pronto caí rendido ante el cansancio.

Al día siguiente, desperté temprano y salí a correr unos cuantos kilómetros a la pista. Regresé para darme un baño y ponerme el uniforme. Asistí a las primeras clases del día y a la hora del primer descanso me dirigí hacia la cafetería para desayunar algo. Mientras iba de camino, me topé accidentalmente con Ryusei y lo hice derramar su café. Él me miró muy molesto.

-Lo…lo siento…

Ryusei no dijo ni una sola palabra y me empujó tan fuerte que terminé en el suelo.

-No vuelvas a acercarte a mí, imbécil. Me das asco.-me dijo agarrándome de la camisa.- O si no…

-¡Oye!-dijo una voz aguda detrás de nosotros.- Déjalo en paz.

Ryusei me soltó y comenzó a reírse.

-¿Quién lo dice?

-Yo.

Serena se acercó a nosotros y se puso en medio de Ryusei y yo. Me quedé totalmente sorprendido.

-No te tengo ni un poco de miedo.-dijo Ryusei.- Solo eres una cualquiera.

-Lo que tú digas, Ryusei, pero no quiero verte molestando a Darien.

-¿O si no qué?

-Le diré a todos lo pequeño que es tu pene.

Ryusei se le quedó mirando sorprendido. Noté cómo se sonrojaba y cómo se quedaba sin palabras. Sus amigos soltaron algunas risas y él nos dio la espalda molesto mientras se alejaba rápidamente. Serena sonrió triunfante y se agachó para ayudarme a ponerme de pie.

-Gra…gracias…-logré decir.

-No importa. Ahora estamos a mano.-guiñó un ojo.- ¿Por qué me miras así?

Ella se rio.

-Ahhh, ya sé. Quieres saber cómo sé que el pene de Rysei es pequeño, ¿cierto? Pues… verás, Darien Chiba… Lo que la gente dice de mí es verdad. Soy una zorra.

La miré sin decir nada, no tenía palabras.

-Bueno, te veré por ahí.-dijo ella despidiéndose y alejándose de mí.

¿Acaso Serena ya estaba tan harta de que todos la molestaran que prefería defenderse de esa manera? Yo no entendía nada, pero lo que sí sabía, o lo que me parecía, era que Serena no era quien todos creían que era. Estaba seguro que debajo de ese caparazón ella era mucho más de lo que todos pensábamos.