Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Summary: Isabella Swan ha decidido dejar su vida delictiva y montar una agencia de seguridad. ¡Quién mejor para proteger a sus clientes que una ex ladrona de guante blanco! Edward Cullen, el atractivo millonario con el que ahora comparte su vida y su corazón, está convencido de que, con el nuevo negocio, Bella se mantendrá alejada del latrocinio. Una noche, el primero de sus clientes aparece asesinado en extrañas circunstancias y sus joyas robadas. Además, alguien tiene mucho interés en que Isabella se vea involucrada en el crimen. Para demostrar su inocencia, Isabella decide aprovechar sus conocimientos como ladrona y desenmascarar al asesino.
Capítulo 1
Devonshire, Inglaterra Miércoles, 1:51 a.m.
Un coche con los faros encendidos redujo la velocidad junto al recodo de la casa principal, vaciló, acto seguido aceleró y continuó nuevamente el camino hacia la oscuridad.
—Turistas —farfulló Isabella Swan, enderezándose desde su posición agazapada y observando las luces de los faros desaparecer tras la curva. El paseante, británico nativo y buscador de fama de vacaciones, centraba de tal modo su atención en las altas verjas forjadas que quedaban a su espalda y en la apenas visible mansión más allá de éstas, que probablemente Bella podría ponerse a hacer el pino y malabarismos sin que siquiera reparara en ella en los arbustos.
Por tentador que fuera darle un susto de muerte a algún paparazzi aficionado, en esos momentos el objetivo era «pasar inadvertida». Tras echar otro vistazo a la oscura carretera, Isabella volvió a adentrase en ellos y emprendió la carrera hasta el muro, introduciendo la punta del pie en una grieta de la argamasa a media altura y utilizándola para encaramarse a la angosta y bien acabada parte superior de la piedra.
Cuando actuaba como ladrona, en realidad prefería desconectar las alarmas de la verja y entrar a pie, pero daba la casualidad que estaba al corriente de que aquellas puertas estaban surcadas de cables que recorrían las tuberías enterradas que llegaban hasta la casa del guarda en la parte norte de la propiedad de Devonshire. Para desactivar las verjas tendría que desconectar la luz de toda la casa, lo cual apagaría las alarmas en batería del perímetro.
Se dejó caer al césped del jardín interior con una leve sonrisa en los labios. —No está mal —murmuró para sí. A continuación, tenía que sortear los
detectores de movimiento y los grabadores digitales de vídeo, además de media docena de guardas de seguridad que patrullaban el área en torno a la casa. Afortunadamente, esa noche soplaba una notable brisa, de modo que los detectores de movimiento estarían sobrecargados y los guardas hartos de controlarlos y reajustarlos. Siempre era mejor entrar en una propiedad en una noche ventosa, aunque enero en el centro de Inglaterra venía a significar que la temperatura ambiental descendería y se tornaría glacial.
Sacando del bolsillo un par de tijeras de podar, que hacían las veces de corta cables, cercenó la enorme rama, cuajada de hojas, de un olmo. La recogió y se dirigió a lo largo del muro hacia la cámara más próxima de las que había repartidas a intervalos regulares por el perímetro. Tal vez su solución al problema que planteaban las cámaras digitales fuera simple, pero Dios, por experiencia sabía que algunas veces la tecnología menos complicada era el mejor modo de vencer los sistemas más complejos. Además, ya podía ver el titular:
CHICA CON UNA RAMA VENCE EL SISTEMA DE ALARMA MÁS SOFISTICADO.
Meneó la rama frente a la cámara, armando gran estruendo, y esperó unos segundos antes de hacerlo de nuevo. Acoplando el balanceo al ritmo del viento, golpeó contra el lateral y las lentes unas cuantas veces más, luego tiró y golpeó fuertemente la carcasa con la parte más gruesa de la rama. La cámara osciló hacia un lado, proporcionándole a quienquiera que estuviera observando una magnífica vista de una chimenea del ala oeste. Tras unas cuantas sacudidas más, arrojó la rama por el muro exterior y se dirigió hacia la casa.
A buen seguro que no tardaría en salir alguien de la casa para reposicionar la cámara, aunque ella estaría dentro para entonces. Salir de un sitio era muchísimo más fácil que entrar. Isabella tomó aire y se encaminó a lo largo de la base de la casa hasta alcanzar el muro levemente rebordeado que marcaba la cocina. Enhorabuena a quienquiera que fuera el aristócrata que, quinientos años antes, había decidido que la cocina era demasiado peligrosa para estar integrada en su totalidad dentro de la casa principal.
Los marcos de las ventanas de la planta baja estaban conectados al sistema de alarma, y el cristal era sensible a la presión. Nada de atravesarlo, a menos que quisiera despertar a todos los que habitaban la residencia. Por supuesto, no había nadie en casa, a excepción del servicio y el personal de seguridad, pero éstos podían telefonear a la policía sin problemas.
Se cercioró de que las podadoras estuvieran bien guardadas en su bolsillo, puso el pie en la estrecha repisa de la ventana y se impulsó hacia arriba. Unos puntos de apoyo más y se encontró en el tejado de la cocina. Quince pasos hacia arriba y hasta el otro lado, y la terraza de la biblioteca le aguardaba, tentadora.
Retirando de su hombro la cuerda que portaba, sacó las tijeras y ató un extremo de la empuñadura con fuerza. En su primera intentona, éstas aterrizaron sobre la baranda, y tiró de la cuerda para cerciorarse de que las tijeras estaban bien encajadas entre la balaustrada de piedra.
Isabella agarró la cuerda, mientras el corazón le latía desaforadamente por el grato subidón de adrenalina, acto seguido bajó del tejado de la cocina. Quedó allí suspendida durante un momento, meciéndose lentamente adelante y atrás en el aire. Una vez estuvo segura de que la cuerda no iba a ceder, enganchó las piernas en ella y reptó hasta el balcón. ¡Dios, que fácil había sido! Aunque, a menudo, los nervios eran lo único que diferenciaban a los ladrones descamisados y fumadores que aparecían en Policías de aquellos que jamás eran atrapados. Nervios y una buena herramienta de jardinería. Bien merecía las dieciocho libras que había pagado por ella en el vivero local.
Se arrastró por encima de la barandilla y desligó las tijeras de la cuerda, devolviendo ambas cosas a su lugar correspondiente. Las puertas de cristal que conducían al interior de la biblioteca tenían el cerrojo echado, pero no le preocupaban. Estaban conectadas, naturalmente, pero no tenían sensor de presión. A tal altura, recibirían las brisas vespertinas y harían saltar las alarmas cada cinco minutos. Nadie quería lidiar con eso, aun a costa de la seguridad del interior.
Desenroscó el cable de cobre que rodeaba su muñeca izquierda, cortó dos trozos de cinta adhesiva del pequeño rollo que guardaba en el bolsillo e insertó con cuidado un extremo bajo cada puerta para interceptar y sortear el circuito eléctrico. Hecho lo cual, simplemente forzó la cerradura y abrió las puertas en un silencio casi absoluto.
—Pan comido —murmuró, descendiendo el llano escalón y entrando en la estancia.
Las luces del techo se encendieron con un brillo cegador. Isabella se hizo a un lado de modo instintivo, agazapándose en las sombras que quedaban. «¡Mierda!» Todos los criados deberían de haber estado durmiendo, y el propietario se encontraba en Londres.
—Qué interesante —dijo con languidez una fría voz masculina con un leve y culto acento británico.
Ella hundió los hombros.
—¿Qué narices haces aquí? —preguntó, volviendo al centro de la habitación y procurando disimular que no había estado a punto de mearse en los pantalones. A pesar de su casi infalible información de primera mano, resultaba obvio que el propietario «no estaba» en Londres.
Él se apartó del interruptor de la luz.
—Vivo aquí. ¿Has perdido tu llave?
Isabella se le quedó mirando durante un momento. Alto, moreno y maravilloso, Edward Cullen, ataviado incluso con vaqueros y sudadera, era la encarnación de los sueños húmedos de cualquier joven. Y eso sin contar el hecho de que fuera multimillonario, o que como diversión practicara deportes como el esquí y el polo.
—Estaba entrenando —replicó, soltando el aliento—. ¿Cómo sabías que iba a entrar por aquí?
—Llevo media hora observándote por las ventanas. Eres muy sigilosa.
—Ahora estás siendo un listillo.
Él asintió, sonriendo ampliamente.
—Probablemente.
—Y no llevas media hora aquí, porque me pasé cuarenta minutos escondida junto a la verja de entrada mientras algún capullo simulaba tener una rueda pinchada.
—¿Cómo sabes que fingía?
—Porque llevaba una cámara con un enorme teleobjetivo en su caja de herramientas. —Ladeó la cabeza, evaluando su expresión. Ed era difícil de descifrar; se ganaba la vida ocultando sus emociones—. Apuesto a que llegaste aquí hace cinco minutos, mientras trepaba el muro de la cocina.
Ed se aclaró la garganta.
—Independientemente de cuándo llegara, es la segunda vez que te pillo allanando una de mis propiedades, Isabella.
«Así que había estado en lo cierto acerca del momento de su llegada.» Por mucho que le cabreara haber sido pillada, debía reconocer cierta satisfacción porque en esos momentos el sueño húmedo de este multimillonario le perteneciera.
—En esta ocasión, no pretendía robarte nada. No te empeñes en perder las formas.
—No me empeño en nada. No obstante, me gustaría una explicación.
Encogió un hombro al pasar por su lado, cruzando por mitad de la vasta biblioteca hacia la puerta que daba al pasillo.
—He pasado tres horas oyendo a John Harding quejarse sobre los maleantes e inútiles que quieren robar su colección de arte —bufó—. Como si cualquier ladrón que se precie quisiera sus caóticas miniaturas rusas. Al menos solía coleccionar crucifijos de plata.
Unos pies descalzos sonaron a su espalda.
—Corrígeme si me equivoco, Isabella, pero creí que ibas a dedicarte a ayudar a la gente a proteger sus objetos de valor. Después de todo, por lo que recuerdo, tu último robo tuvo como resultado una enorme explosión y casi la muerte del dueño de la casa y la tuya propia.
—Lo sé, lo sé. Por eso me retiré del oficio de ladrona, ¿te acuerdas? Y fue así como nos conocimos, don Propietario.
—Lo recuerdo, mi amor. Y se me ocurrió que te interesaría tener a Harding como cliente.
También lo había pensado ella. Por lo visto era más tiquismiquis de lo que ninguno de los dos había previsto.
—La parte de evitar allanamientos está bien. Es hablar con los objetivos lo que me hace…
—Clientes —la interrumpió.
—¿Qué?
—Has dicho «objetivos». Ahora son tus clientes.
—Bueno, Harding fue un objetivo en una ocasión. Y es un gilipollas aburrido, no un cliente. Jamás habría hablado con él si tú no me lo hubieras pedido.
Bella escuchó su pausada inhalación.
—Espléndido. Podrías haberme dicho que le habías robado antes de que me tomara la molestia de presentártelo.
—Quería conocerlo.
—¿Hablar con tus objetivos te produce una descarga de adrenalina?
Bella se encogió de hombros.
—No es para tanto, pero cualquier subidón es bueno.
—Eso dices tú. —Bajó la mano por su columna—. ¿Por qué nunca trataste de robarme hasta aquella noche en Palm Beach?
Ella esbozó una amplia sonrisa.
—¿Por qué? ¿Acaso te sientes ignorado?
—En cierto modo, supongo que así es. Ya me dijiste que sólo ibas a por lo mejor.
Había una docena de rápidas réplicas que podía responder, pero, con toda franqueza, aquélla era una pregunta que se había hecho a sí misma.
—Imagino que es porque tu colección y tú erais —sois— prominentes. Todo el mundo conoce lo que posees, así que, si alguien apareciera con algo…
—¿Así que lo único que me salvó de ti fue mi asombrosa fama?
—Correcto. Pero antes de que empieces a ponerte en plan santurrón conmigo, ¿qué estás haciendo aquí? Se suponía que estabas en Londres hasta mañana.
—La reunión terminó pronto, de modo que decidí conducir hasta casa… a tiempo, debo añadir, de demostrar que sigues sin poder superarme. Tal vez sea ésa la verdadera razón de que nunca me robaras, cariño.
Su espalda se puso rígida y se detuvo, volviéndose de cara a él cuando llegaron a la puerta que daba al pasillo.
—¿Qué?
Él asintió.
—Te pillé en Florida, hace tres meses, con las manos en la masa, y ahora aquí, en Devon. Puede que sea buena idea que te hayas retirado del negocio del latrocinio.
Ah, ya estaba bien de tanta superioridad británica. Isabella se estiró para besarle, sintiendo la sorpresa en su boca y luego sus brazos la rodearon al tiempo que relajaba el cuerpo. Descolgó la cuerda de su brazo y le ciñó las manos con ella, agachándose para escapar de su abrazo.
—Bella…
Enroscó el extremo libre de la cuerda alrededor de él, tensándolo y atándole las manos al frente, a la altura de las costillas.
—¿Quién supera ahora a quién? —preguntó.
—Quítame esto —espetó, el humor jocoso desapareció de su voz y de su expresión.
—No. Has menospreciado mis habilidades —le empujó con el pecho, y él cayó pesadamente en uno de sus butacones de estilo georgiano—. Discúlpate.
—Desátame.
«Ay, ay, estaba cabreado.» Aunque estuviera dispuesta a hacerlo, soltarle ahora le pareció una malísima idea. Además, se había estado trabajando un saludable subidón de adrenalina que él se había encargado de destrozar. Le ató a la butaca con el resto de la cuerda antes de que pudiera ponerse en pie.
—Tal vez esto te convenza de no enfrentarte a la gente que irrumpe en tu casa a no ser que cuentes con algo más contundente con qué defenderte que el encanto.
—Eres la única que irrumpe en mi casa y empieza a parecerme de todo menos divertido.
—Por supuesto que sí —musitó, dando un paso atrás para admirar su obra—. Yo estoy al mando.
Sus oscuros ojos azules se cruzaron con los de ella.
—Y, por lo visto, te va practicar el sometimiento. Niña mala.
—Discúlpate, Ed, y te soltaré.
Su mandíbula se contrajo nerviosamente y su mirada descendió hasta su boca.
—Digamos que estoy descubriendo tus verdaderas intenciones. Sé todo lo mala que puedas.
—Oh —«Aquello se ponía interesante»—. Cuando soy mala, soy muy mala — comentó, su adrenalina comenzó a recuperarse. «Atar a Ed Cullen. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?»—. ¿Seguro que estás preparado?
—Definitivamente —respondió, tirando de ella contra la cuerda.
Isabella se inclinó con lentitud y lamió la curva de su oreja izquierda.
—Bien.
El giró la cabeza, capturando su boca en un apasionado beso.
—¿Con que esto es lo que debo esperar cada vez que te reúnas con un cliente? Bella sacó las tijeras del bolsillo trasero, divertida ante el repentino recelo en sus ojos.
—Eso parece —contestó, cortando el cuello de su sudadera con tijeretazos sucesivos y abriendo acto seguido la parte delantera de la tela para exponer su pecho y sus marcados abdominales. La primera vez que había puesto los ojos en él pensó que su físico guardaba mayor semejanza con el de un jugador de fútbol profesional que con el de un hombre de negocios, y seguía sin poder controlar el modo en que todo eso afectaba a su cuerpo.
—Entonces, te animo encarecidamente a que expandas este negocio tuyo.
—No quiero hablar de negocios en este instante. —Sus manos ascendieron la cálida piel de su torso, repitiendo la caricia con la boca. El gimió cuando ésta se cerró sobre un pezón, y Bella se humedeció.
—¿Qué me dices de la expansión? —sugirió, su rica voz mostraba cierto temblor.
Con una risilla ascendió de nuevo hasta su boca. Parecía que al menos había desviado su atención del incidente del allanamiento, aunque si Ed se mantenía fiel a su pauta, lo retomaría más tarde. Era extraño, pero después de tres meses había prácticamente llegado a un punto en que no le importaban sus preguntas o el modo en que éstas le obligaban a realizar demasiado autoanálisis, algo que anteriormente había evitado por todos los medios.
—Al menos, desátame las manos —propuso.
—No. Has perdido. Sufre las consecuencias.
Respirando con dificultad, todavía un poco enervada por el modo en que Ed podía atravesar todas y cada una de sus defensas sin tan siquiera proponérselo, se puso a horcajadas sobre él. Profundizó el beso hasta tornarlo en un apasionado pulso de lenguas y, empujando cuando él trató de recuperar cierto dominio, enredó los dedos en su cabello negro como el carbón. Podía sentirle entre los muslos, presionando contra sus vaqueros, y meneó las caderas al tiempo que dejaba escapar un suspiro satisfecho.
—¡Dios! —gruñó—. Quítate la camisa y sube aquí.
Bueno, puede que aquello pusiera en tela de juicio quién estaba al mando, pero parecía una buenísima idea de igual modo. Se quitó la sudadera negra por la cabeza, la arrojó al suelo, seguida por el sujetador. Por lo general no le iban los juegos de poder y dominación, pero tenerle a su absoluta meced tenía un algo embriagador. Aquello no sucedía con frecuencia. Se alzó, ofreciéndole los pechos a su boca y su lengua, gimiendo cuando sus manos atadas se dedicaron a la cremallera de sus vaqueros negros. Para ser un rehén era muy emprendedor, aunque nunca había tenido motivos para dudarlo.
Isabella se aferró a los bastidores del respaldo de la silla y se arqueó contra él.
—Eres casi tan bueno como un allanamiento —murmuró.
—¿«Casi tan bueno»? —repitió con la voz amortiguada contra su pecho izquierdo—. Y hablando de «irrumpir», quítate los malditos pantalones.
Con una risita entrecortada se deslizó por sus muslos, desprendiéndose de los vaqueros y arrojando seguidamente la ropa interior al rincón próximo junto a la estantería.
—Tu turno —se agachó y se desabrochó el botón de los vaqueros.
Se arrodilló entre sus muslos y, centímetro a centímetro, comenzó a bajarle la cremallera. Su respiración se aceleró con cada clic de los liberados dientes de metal, mientras que Ed reposaba la cabeza contra la caoba tallada y aguantaba. Finalmente dejó escapar un gemido.
—Me estás matando, lo sabes.
—Ése es el propósito de la tortura, ¿no? —Aunque, cuando quedó libre, salvo por el delgado y abultado tejido de sus calzoncillos, tampoco ella pudo soportarlo más.
Le bajó de un tirón los vaqueros y los calzoncillos por los muslos y volvió a subirse nuevamente al butacón. Supuso que podría haber prolongado la tortura, pero le deseaba al menos tanto como él a ella. Parecía desearle en todo momento, con mayor desesperación y frecuencia de lo que pudiera ser normal.
Pero claro, había mantenido muy pocas relaciones largas con las que poder comparar. Aferrándose con las manos a los brazos de la butaca para sujetarse, se hundió lentamente en su dura y dispuesta verga.
Ed alzó las caderas contra ella, la máxima acción que podía realizar estando atado a la butaca. Afianzándose sobre los reposabrazos, se deslizó arriba y abajo por su longitud con toda la lentitud que pudo soportar, resollando ante la potente y satisfactoria sensación de tenerle en su interior. Ed echó de nuevo la cabeza hacia atrás, embistiendo dentro de ella y pugnando obviamente por mantener el control.
—Maldita sea, Isabella —dijo con voz ronca.
Ella incrementó el ritmo, apoyándose contra su pecho mientras se hundía en él con fuerza y rapidez.
—Vamos, Ed —susurró, mordisqueándole la oreja—. Córrete para mí.
—¡Dios! —gruñó roncamente, embistiendo en su interior una y otra vez.
Ella se corrió primero, violentamente, asiéndose a los brazos de la butaca y arrojando la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo se convulsionaba. Sintió los músculos de Ed contraerse bajo ella, dentro de ella, su gruñido animal de satisfacción… y luego la silla se desplomó bajo los dos.
Cayeron al suelo en un enredo de miembros y cuerda y una butaca de doscientos años de antigüedad. Después de un momento de consternación que sobrevino, Isabella levantó la cabeza para mirar a Ed.
—¿Estás bien?
Él se rió entre dientes, liberando una mano de las flojas cuerdas.
—No desde que te conocí. —Enroscando la mano en su cabello, tiró de ella para darle otro profundo y largo beso—. Y ten la cuerda a mano. Puede que sienta la necesidad de vengarme, yanqui.
—Mmm. Promesas, promesas, inglés.
