Nota de la autora: ¿Está muy trillado este tema, verdad? Snape encuentra a Harry siendo abusado por los Dursley, juró protegerlo, lo cría, se le ablanda el corazón, etc. La cuestión es que es una temática que me encanta, son historias que siempre me han producido muchísima ternura y, aunque sé que forzosamente tendrá similitudes con algún fic ya escrito, porque el tema da para lo que da, siento que necesito escribir mi versión. No tengo miedo de reconocer que estoy pasando por una situación sentimental complicada y que probablemente volcaré parte de lo que yo necesito en esta historia, así que os ruego me perdonéis por usar esto como un espejo de mi alma. Espero que os guste.
Capítulo 1. ¿Qué es lo que ven mis ojos?
Harry Potter caminaba detrás de su tía y su primo de mala gana. Cualquiera habría pensado que, para un niño de cuatro años, una salida al centro comercial era una gran ocasión. Montones de posibilidades de conseguir juguetes, helados, chucherías… Y, sea como fuere, una excusa perfecta para pasar una tarde fuera de lo común.
Pues bien, así era para la mayoría de los niños, no así para Harry. Mientras Dudley, su primo, se dedicaba a chillar señalando un escaparate cada cinco segundos, exigiéndole a su madre (y normalmente consiguiendo) que le comprara esto o aquello, la misión de Harry era arrastrarse detrás de su tía haciendo, llamándolo vulgarmente, de mula de carga. Cualquiera habría podido protestar ante este trato, pues Petunia no hacía nada por esconderlo, pero el centro comercial estaba lo suficientemente cerca de casa como para que todo el mundo supiera la maldad que albergaba ese niño en su interior, así que más bien hacían lo contrario, alagbaban a los Dursley por tener tan buen corazón y cuidar de él.
-¡Mamá, lo queroooooooo!
Llevaban cinco minutos discutiendo porque Dudley quería conseguir su quincuagésima figura de acción, para jugar con ella cinco minutos y dejarla tirada y olvidada después. Tía Petunia, en un principio, había intentado razonar con él diciéndole, sin estar muy convencida, que mejor esperaban unos días porque ya llevaban muchos paquetes. Pero todos sabían que acabaría cediendo:
-Está bien, pichoncito, no llores, mami te dará lo que quieres.
Dejó a los niños fuera de la tienda y entró a comprarla. Harry no pudo reprimir un sollozo. Después de todo, tenía cuatro años y, aunque sabía que la regla de oro para vivir relativamente seguro con sus tíos era agachar la cabeza y no quejarse, a veces no podía evitarlo. No era justo que su primo tuviera todo lo que quería mientras él, Harry, tenía que conformarse, si acaso, con las arañas de su alacena.
-¿Ya estás lloriqueando otra vez, niño desagradecido? -dijo con desprecio la tía Petunia, que acababa de salir de la tienda. Dudley rió ante ese comentario y le dio un capón a Harry al pasar.
El niño bajó la mirada, se limpió los ojos y la nariz como pudo con la manga de su holgada camiseta y siguió andando penosamente detrás de su familia.
Severus Snape soltó un suspiro de alivio al entrar a sus habitaciones. El viernes había llegado, no más mocosos hasta el lunes, dos días y medio para él, para ser él mismo y dedicarse a lo que realmente quisiera hacer. Era maravilloso.
Esa tarde tocaba excursión al mundo muggle. Contrariamente a lo que pensaba todo el mundo, Severus poseía una amplia variedad de productos muggles para que los estúpidos niños de primero aprendieran las distintas técnicas de corte del sutil arte de las pociones. NO porque le importaran los chiquillos, simplemente porque le parecía un desperdicio enorme de ingredientes arruinados por un cuchillo torpe.
Si bien podía conseguir estos objetos en las propias cocinas del castillo, Snape era muy consciente de la importancia de saber moverse en el mundo muggle, más considerando el papel que representaba. De hecho, el legado de entender también ese mundo era lo único que podía agradecerle al imbécil de su padre.
Así que iba regularmente al mundo muggle, para irse actualizando. Iba cambiando de sitio, quería ser completamente un extraño.
consultó su mapa. Tocaba Little Winging, en Surrey.
Una sensación extraña se extendió por su cuerpo. ¿No era allí donde vivía la hermana de Lily? El cuchillo de su corazón se hundió un poco más, si es que eso era posible.
Trató de desechar ese pensamiento con un encogimiento de hombros. No estaba seguro y, aunque así fuera, las probabilidades de cruzarse con ella eran nulas.
Se cambió a su vestuario muggle y salío de sus habitaciones. Caminó por el castillo y sus terrenos hasta el borde de las protecciones, y allí se desapareció.
Apareció en un solitario callejón. Andó con toda tranquilidad, saliendo a la calle principal y mezclándose con los transeúntes.
Divisó unos carteles a lo lejos: "Centro comercial". Perfecto, centenares de muggles en su elemento. Se dirigió hacia allí.
Comenzó a deambular por las tiendas, realizando sus compras. Llevaba ya un rato, ensimismado en sus pensamientos, cuando una voz lo paralizó:
-¿Ya estás lloriqueando de nuevo, niño desagradecido?
-Esa voz, ese tono de asco… Se dio la vuelta, casi temiendo lo que pudiera encontrar. Y allí estaba ella. Alta, delgada hasta lo imposible, rubia, con esa cara de caballo tan en disconformidad con el resto del cuerpo…
Si aquella imagen no fue suficiente para dejarlo paralizado, sí lo fue la de sus acompañantes. Uno era un niño rubio y muy gordo, obviamente su hijo, que lucía feliz y extremadamente consentido, a juzgar por la expresión de satisfacción de su rostro mirando el paquete que su madre tenía en la mano. Justo en ese momento, le dio un capón al otro niño. El otro niño… Severus no se lo podía creer. Era James Potter en miniatura. Muy desmejorado, pero habría reconocido esos rasgos en cualquier parte. Llevaba unas ropas cuatro tallas más grandes que la suya, como mínimo, que le hacían parecer más pequeño aún de lo que ya era. Cargaba con varias bolsas en cada una de sus frágiles manos. Pero ese pelo alborotado… no había duda. Snape no pudo evitar mirar los ojos que había tras los lentes mil veces pegados con cinta adhesiva. Y sí, ahí estaban, los ojos de Lily. No había ninguna duda. Esta vez, el puñal de su corazón se retorció dolorosamente.
¿El niño que vivió, relegado a actuar como elfo doméstico para una familia muggle? Ya podía ver los titulares si eso llegaba a saberse. Por los calzones de Merlín, ¿en qué demonios estaba pensando Dumbledore? Tenía su parte de razón en querer que no creciera arropado por su fama, así con suerte no sería tan arrogante como su padre. Pero incluso el malvado murciélago Snape sabía que eso era un trato negligente para cualquier niño. De hecho, lo sabía mejor que muchos, ya se había encargado su padre de ello.
Su primer instinto fue desaparecerse ahí mismo (¡al cuerno con el estatuto del secreto!) e ir a pedirle explicaciones a Albus. Se iba a enterar. Por suerte, pudo controlarse. Decidió seguirlos un poco más, solo para poder hacer un informe completo. NO es que el mocoso le importara lo más mínimo.
Por fin la tarde terminó. Mientras volvían a casa en el autobús, tía Petunia le enumeró a Harry las tareas que le quedaban por hacer antes de poder irse a dormir. Hoy tocaba hacer la cena, limpiar la habitación de Dudley mientras ellos cenaban, fregar la cocina luego y acabar dándole un masaje en los pies a Petunia. El niño se lamentó interiormente, aunque se cuidó mucho de no reflejarlo en su expresión.
Cuando llegaron a casa, mientras Vernon saludaba a su familia, Harry se puso a ordenar las compras y luego se dirigió sin decir nada a hacer la cena. Todavía tenía algunos problemas con eso, porque algunas sartenes y cacerolas eran todavía muy pesadas para él, pero sabía que más le valía no decir nada. De todas formas, lo peor que podía pasarle era que se quemara, y ya estaba más que acostumbrado.
Hizo todas las tareas lo más rápido posible y se metió en su alacena. Se mantuvo despierto hasta que la casa se quedó en silencio y, entonces, se deslizó furtivamente hacia la cocina para robar algo de comer. Casi nunca podía comer carne o pescado, no podía arriesgarse a cocinar y que le oyeran, esa era la razón por la cual estaba tan desnutrido y era tan pequeño. Sin embargo, saboreó el panecillo con queso como si fuera la mejor exquisitez del mundo. Al fin y al cabo, al mediodía solo había podido robar una manzana.
Severus, a estas alturas, estaba horrorizado. Había seguido a la familia con un hechizo desilusionador y había estado observando a Harry en todo momento. Aquello era inhumano. Las ganas de entrar y llevarse al niño eran prácticamente incontenibles.
Se forzó a calmarse e intentar respirar. Si quería ayudarle, debía andarse con muchísimo cuidado y pensar muy detenidamente en su siguiente movimiento. Solo si jugaba muy inteligentemente sus cartas podría defender los intereses del niño como él quería. Porque, si una cosa estaba clara, era que, por mucho que confiara en Albus y lo creyera un mago muy capaz para multitud de cosas, entre ellas no estaba el tomar decisiones sobre la vida de Potter.
