Boobies no, Panties sí
Desde que podía recordar, Peter tenía una malsana obsesión con la ropa interior femenina.
Amaba su tacto suave y aterciopelado, la forma en que se amoldaba sobre su piel. Particularmente, en sus caderas.
Bragas, calzones, pantaletas; no importaba el sustantivo que le diera. Él siempre prefirió el trozo de tela que cubría la parte de abajo, no la de arriba.
Cuando era niño, en navidad, pidió a sus padres un paquete de Victoria´s Secrets. Era demasiado listo para recurrir a Santa Claus. Padres liberales y progresistas que eran los suyos, se lo concedieron. No sabían que iban a dar propicio a La Colección.
Al llegar el momento de comprender la desagradable cuestión económica familiar (escasa, atemorizante, impredecible) comenzó a ahorrar sus mesadas. Centavo a centavo, guardaba el dinero como una ardillita guardaba bayas. Un día, por fin, en su cumpleaños número trece, gastó quinientos dólares para los mejores inmencionables que encontró por internet. Fue el mejor dinero invertido de su vida.
Actualmente, tía May no estaba al tanto de su obsesión privada, aunque a menudo iba por la vida preguntando: «¿Dónde se habrá metido la ropa interior nueva que compré la semana antepasada?». «¿En qué momento perdí de vista mi lencería fina?». «¿Qué fue de mi lindo conjunto de brasileños?». «¿Por qué sólo encuentro el bra, pero no el bikini?».
En el cuarto de Peter, sobresaliendo del cajón, estaban los bóxers grises, negros y azules, completamente insípidos y desprovistos de todo color (¡puaj!); por debajo, se escondían las divertidas combinaciones de encaje, seda y algodón, todo en una alegre maraña de tintes y diseños cada vez más atrevidos.
Sólo había un problema.
Dos, en realidad.
Pues… ¡Era un chico!
Demonios, Peter sabía que un hombre convencional no tenía por qué entusiasmarse ante las nuevas líneas de Victoria´s Secrets, pero seguramente tampoco era tan grave como su atribulada imaginación quinceañera hacía ver.
Sin embargo, algo que constantemente ocupaba espacio en su vida, en su cabeza, y que era casi tan importante y mucho más problemático… ¡Era un superhéroe!
La de burlas que recibiría si alguien fuera a enterase, y si a ello le sumaba el hecho de que la población general no se iba a sentir a salvo si supieran que su amigable vecino araña portaba una minúscula tanga…
Mierda.
Nadie lo tomaría en serio.
Adiós a su aspiración de héroe enmascarado.
Y su vida social y reputación caerían en picada.
Lo bueno es que, después de Spider-man, sus panties eran su secreto mejor guardado. Su pequeño, sucio, y colorido secreto.
Nadie tenía por qué enterarse.
Nadie jamás iba a enterarse.
Hasta que un día…
