D I E Z: Epílogo

Se despertó de golpe. No estaba seguro de lo que había soñando, pero su corazón acelerado le dio a entender que era otra de sus pesadillas. La sábana se pegaba a su pecho desnudo gracias al sudor. Miró fuera de la ventana, y un pequeño y lejano destello le informó que pronto amanecería. Se pasó la mano por su cabello húmedo, en un intento de relajarse. Sus compañeros de habitación dormían tranquilamente.

Escuchó un aleteo cerca suyo, como el de un insecto. Casi por inercia, se acercó a su mesa de noche para tomar su varita. Había una pequeña figura de papel bailando al lado de su casi agotada vela. Parecía una pequeña grulla en origami, y bailaba como si estuviese feliz de verlo despierto. Draco, sabiendo perfectamente qué significaba aquello, sonrió.

"Te espero en el baño de prefectos a la 6am. No tardes, por favor"

Sin dudarlo, se vistió y colocó un hechizo en sus zapatos para que no resonaran en los pasillos. Iba con su varita en mano, atento a cualquier sonido, y aún así sentía que estaba a punto de salir trotando, de correr para llegar antes a su destino. Conforme se acercaba al baño de prefectos, su corazón latía con más fuerza, emocionado. Aquello que le brindaba la mayor felicidad en este mundo se encontraba del otro lado de esa estúpida estatua. Luego de musitar la contraseña, la figura se movió, abriéndole paso al baño de prefectos.

Ella ya estaba ahí, con sus tobillos en el agua, y su mirada en el mural roto del otro lado. Él se quitó los zapatos y las medias y se sentó a su lado. Aunque no se volteó para verlo, ella sonrió. Estuvieron en silencio por un momento.

Ya había pasado mucho tiempo desde aquella noche en la enfermería. Recordaba perfectamente cómo Luna se subió en la cama con él y hablaron el resto de la noche. Solo hablaron. Si bien antes se veían seguido, nunca habían hablado tanto como aquella vez. Lo que más le sorprendía a Draco era la capacidad de estar frente a ella y no intentar besarla cada segundo que pudiese.

Él había sido algo así como un casanova, un simple don juan que tuvo la oportunidad de conquistar a muchas chicas de Slytherin en sus mejores días. Pero Luna jamás entraría en esa categoría. Para empezar, ella lo había conquistado a él.

- ¿Estás listo para la tarde? - murmuró ella.

Draco se volteó un poco para observarla. La rubia tenía pequeñas trenzas en su enredada cabellera, sus manos descansaban en sus muslos, mientras que sus pies se movían inquietamente dentro del agua. Llevaba una camiseta de pijama y un short morado con detalles amarillos. Draco hubiera sonreído, como hacía siempre que la veía, de no ser porque miró sus ojos. Parecía distraída, y algo que le había visto tan solo unas veces en la mazmorra en la casa de sus padres: tristeza.

El momento que había estado esperando desde que decidió volver al colegio había llegado. Esta tarde se graduaría y nunca más tendría que ver a esas personas. Todo estaba planeado: se iría a América a especializarse en Aritmancia y Pociones. No estaba seguro de cuándo volvería, o de si volvería.

Tan solo había una pequeña cuestión por la que no quería que aquel año terminara. Y la tenía en ese momento al lado suyo. Señaló con su varita los grandes grifos del otro lado de la habitación. Comenzó a salir espuma lila y burbujas más grandes que su propia cabeza. A ella le gustaban.

- Nademos.

Se lanzó al agua sin esperar una respuesta. No estaba seguro de si ella lo siguió, pero sentirse rodeado por el agua caliente y la espuma que se sentía como algodón, reconfortó su pecho. Cuando resurgió en la superficie, aclamando por aire, miró hacia atrás. Luna lo miraba desde las gradas, con la sonrisa triste que le rompió el corazón a Draco. Sin pensarlo, como sucedía siempre que estaba con ella, nadó hacia ella. En pocos segundos llegó donde ella y la miró desde el agua.

- Yo me iré a los Alpes por un tiempo… Iniciar en magizoología - murmuró ella.

- Yo me iré a América, a diferentes talleres de Aritmancia y Pociones - admitió él.

No habían hablado mucho de eso, y no estaba seguro de si debían hacerlo o no. Draco no diría que ellos eran pareja. A pesar de que él no dejaría que alguien le hiciera daño a Luna, debía confesar que tan solo se veían en las noches, a escondidas. Ni siquiera estaba seguro de si la Weasley y la otra ñoña de Gryffindor estaban al tanto de lo que sea que fuese aquella relación. Blaise sabía que Draco se escapaba de vez en cuando en las noches y que Luna estaba involucrada, pero nunca realmente habían compartido más allá de eso.

Por un momento pensó que hablarían de esto, pensó que ella lloraría, pensó que él saldría del agua y la abrazaría, pensó que tendrían una charla que les destrozaría el alma y luego nunca más se verían. Pensó todo eso en poco tiempo pero, como siempre, Luna le sorprendió.

La rubia entró en la tina gigante y se acercó a él. Draco sintió las piernas de ella envolverse en su cintura y sus manos acariciar su cabello antes de romper la poca distancia entre ellos.

Amaba su espontaneidad. Amaba ver esos ojos grises antes de sentir el roce de labios. Amaba esos besos y lo bien que lo hacían sentir. Amaba sentirla tan cerca suyo. Amaba…

Llevaban meses viéndose a escondidas. Llevaban meses disfrutando la compañía del otro, conociéndose, y creando nuevas memorias juntos. Llevaban meses de besarse y, aún así, cada beso le devolvía la vida a Draco. Llevaba meses de luchar con la culpa y de gozar de tenerla en su vida. Meses de miradas furtivas en el Gran Comedor. Meses de notas secretas. Meses de risas, lágrimas, consuelos y caricias. Tantos meses y nunca se dio cuenta.

Todo ese poder que ella tenía sobre él no era casualidad. No solo él había permitido que llegasen a ese punto, sino que lo volvería a hacer si lo pusieran a escoger. Draco amaba todo lo que había vivido con ella.

Cuando rompieron el beso, en busca de normalizar su respiración, Draco se dio cuenta de algo y su vida nunca podría ser la misma luego de eso. La miró a los ojos. Aquellas esferas grises que tanto amaba.

- ¿Puedo escribirte? - preguntó, hipnotizado por aquellos ojos y el dulce aroma que la rubia siempre tenía.

Luna sonrió, asintió y volvió a besarlo. El rubio acarició el cabello de ella, dejándose llevar por el contacto entre sus labios. A veces, si él tenía suerte, ella decidía darle besos en sus encuentros nocturnos; era algo que no pasaba todas las veces. Pero sabía que la escasez de besos no era lo que los hacía increíbles, era ella.

- ¿Dijiste los Alpes? - preguntó él, rompiendo el beso. Ella río un poco mientra asentía. - He oído que los remedios caseros, los contra envenenamientos, de ahí son exquisitos… Tal vez podría desviarme un poco de mi viaje.

Ella tan solo sonrío y volvió a besarlo. Draco sintió en su pecho algo que solo podía sentir con ella. Felicidad. Era él, finalmente y después de todo lo que había vivido, feliz. La culpa siempre volvía, en especial estando lejos de ella, pero ya no se trataba por haberla lastimado con la maldición imperius aquella vez; sino que la sensación de estar aprovechándose de algo tan bueno le atormentaba de vez en cuando.

Dichosamente para Draco, esa marca se esfumaba con un solo beso de la rubia. Aún más dichoso, ella estaba dispuesta a probarle (todas las veces que fuese necesario) que él se merecía a alguien como ella, y que ella también quería estar con él. Probablemente algunas marcas en su cuerpo nunca se marcharían, pero esta rubia ha dejado una marca dentro suyo, una que lo acompañaría hasta su último día. Y Draco no querría que fuera de otra forma.

F I N

Espero que estén bien, gracias a todas las personas que se toman el tiempo de leer lo que escribo. Toda la situación mundial es un caos, y me ha costado terminar este capítulo más de lo que me gustaría admitir. Espero les guste.

:)

Wenn.