Capítulo 16

"Boda en picada"

Ayame contemplaba maravillada aquel anillo que portaba su amiga. Rin les contaba cómo fue que conoció a Sesshomau hace más de seis meses y que la única que sabía de la relación era Kagome. La familia de él aun no sabía nada, por lo que les dirían en una semana.

― ¿Y cómo supiste de esto? – exigió saber Ayame – ¡Porque tú si y yo no!

Kagome esbozó una sonrisa pícara, miró a Rin y ella asintió.

― ¿En verdad deseas saber cómo caché a cabecita de color rosa y a su ahora prometido?

― ¡Si! – todas, menos Rin hablaron al mismo tiempo.

―Los vi teniendo sexo en su oficina. – respondió sin más.

La pelirroja abrió los ojos y pasó la mirada a Rin de Kagome y entornó los ojos hacía la azabache, que por un momento se sintió ofendida al saber que su amiga no había dicho ni una sola palabra al respecto.

― ¿Pretendías guardártelo para ti?

Kagome se encogió de hombros.

―Era asunto de ella, no mío.

―Y bueno ¿Cómo se llama el afortunado? – preguntó Kikyo.

―Sesshomaru Taisho.

Pero Kagome borró la sonrisa de sus labios al escúchalo. "Taisho" ¿Dónde había escuchado eso? ¿Sería posible? No, negó, no era posible.

― ¿A qué se dedica? – exigió saber Ayame – No le he dado mi consentimiento para que se lleve a la más joven de mi jardín.

Ante ese comentario cariñoso Rin rio, para luego responder.

―Es arquitecto, él y su hermano son dueños de Corporaciones Taisho.

Kagome contuvo el aliento ante la confirmación que acababa de dar Rin. No podía creer que el mundo era muy pequeño como para unir al hermano de Inuyasha con una de sus mejores amigas. Sin duda alguna era una coincidencia.

Después de celebrar y felicitar a Rin por su compromiso, Kagome se disculpó para ir al tocador seguida de cabecita de mundo de color rosa. En cuanto ella estaba fuera de la vista del resto, Kikyo se llevó las manos a la cabeza de frustración.

― ¿Y ahora qué? – preguntó Ayame – No podemos dejar que se case, debe saberlo.

― Si – asintió Sango – Pero tampoco podemos amargarle la noche a Rin.

Kikyo asintió de mala gana y se encogió de hombros.

― Sango tiene toda la razón ¿No viste la cara de felicidad de cabecita de color rosa? Es notoria, no podemos hacer nada.

― Pero Kagome es tu hermana – insistió nuevamente la pelirroja – Todo esto se habría evitado si Kagome se hubiese enterado de una maldita vez que Hoyo le es infiel con Eri.

― ¿Algún plan?

Por supuesto que tenía uno y no lo iba a dejar pasar.

― Mañana nos la vamos a jugar el todo por el todo – comentó Kikyo – Escuchen bien. Cuando estemos en el reservado de la iglesia, justo antes de que la ceremonia comience le contamos todo.

― ¿Y porque no antes? – inquirió Sango, algo confundida.

― Así es mejor, no solo va a encarar al infiel, sino también a la zorra de Eri.

Guardaron silencio cuando las vieron regresar del tocados. Más tarde, Sango se encargaría de explicarle el nuevo plan a Rin. El resto de la noche fue tranquila, disfrutándose como amigas, bromeando. No sabía lo que el día de mañana les depararía, pero estaban plenamente seguras de una cosa, de su amistad y de la complicidad que tenían la una con la otra.

Sábado 9:00

Se levantó temprano y antes de cualquier otra cosa tomó la última dosis de pastillas que Kikyo le receto hace tan solo dos días como medidas preventivas para no quedar embarazada. Pero eso no era lo que la tenía de un estado tan decaído, sino que hoy, a tan solo de cuatro estaría de camino hacía el altar para casarse con alguien a quien su corazón ya despojó hace tiempo. Incluso sus maletas ya estaban hechas y solo faltaba llevarlas hacia lo que sería su nuevo hogar.

Aun no entendía porque las circunstancias la habían aorillado hasta ahí, tan fácil y sencillo que era aclarar las cosas. Pero el primer error fue de ella, por creer que casándose con él todo iba a mejorar. Estaba en un error si creía que casándose con Hoyo olvidaría a Inuyasha y no, esa no era la solución.

Llamaron a la puerta y era su madre, quien llevaba una taza de té en la mano y la dejaba en su escritorio.

― Hoy vamos a tener un día muy agitado. Peinado, maquillaje, vestido, iglesia, fotos– enumeraba por orden lo que se haría ese día – Y no sé por dónde comenzar.

Kagome esbozó una sonrisa débil, pero al final no dijo nada. Bebió un sorbo de té y fue directo a tomar un baño relajante de agua caliente.

10:30 a.m. "El peinado y maquillaje"

Mientras una estilista maquillaba con esmero a Kagome, usando tonos nuestros de acuerdo con su textura y tono de piel para hacerla lucir lo más natural posible. Otra chica simplemente usaba peine y secadora. Había decidido usar una vez más su cabello suelto, por lo que solo deseaba que ondas.

― Estas quedando muy bella, Kagome – comentó la maquillista – Este tono va muy bien con tu color de piel.

11:00 a.m. "El vestido"

Kikyo apareció en el umbral de la puerta ataviado con el vestido de dama que había elegido. Contemplaba como su madre ayudaba a Kagome a colocarse aquel vestido estilo años ochenta. Un vestido con los hombros caídos, pero con las mangas muy expandidas. Al verlo, hizo una mueca de desagrado.

― Solo falta que salgas y cantes "Like a Virgin" – bromeó ella.

― Cierra la boca Kikyo – reprendió su madre, mientras ajustaba el cierre del vestido – No entiendo como esa mujer se empeñó tanto en que usaras ese horrendo vestido.

― Comprendan, es la madre de Hoyo y su ilusión era esa. La única condición era que solo tendría que hacerle ajustes por si no me quedaba.

― En ese caso te habría dado mi vestido de novia y te hubieras encargado de rediseñarlo. Es más bonito que esto.

Ellas no lo podían notar, pero con cada comentario solo la hacían sentir más pequeña.

No había razón por que ir elegante, así que solo usó un habitual traje de costumbre y una corbata que combinara con él. Aquella pequeña no le había tomado las llamadas en dos días, por lo que la boda supondría un lugar adecuado, tenía que intervenir antes de que cometiera el peor error de su vida para luego condenarlos a los dos.

Tenía que hacerle ver que esa magia que había entre ellos era más fuerte y se lo jugaría el todo por el otro.

12:00 p.m. "Esperando el momento"

Los nervios la consumían por dentro, estaba en un pequeño salón privado de la iglesia antes para cuando llegara el momento salir de ahí y emprender su destino. Pero ahora que estaba a tan solo unos pasos, comenzó a sentir como su estómago se revolvía dándole una ansiedad de vomitar, afortunadamente no había probado bocado alguno.

Sus damas estaban sentadas en un rincón, apartadas de ella e intercambiándose miradas de complicidad, algo estaban tramando o más bien intentaban decirle algo.

― ¿Pasa algo? – preguntó al fin, viendo a las cuatro.

― Kagome – comenzó Kikyo – Debes saber algo.

Ella asintió, prestando atención a lo que sus amigas iban a decirle.

― Es sobre…

Pero justo en ese momento llamaron a la puerta y la cara de frustración de todas fue mayúscula Kikyo se llevó las manos a frente, Sango dio media vuelta, Rin suspiró y Ayame grito.

― ¡Ah que la chingada! – exhaló frustrada― ¿Quién es?

Al ver que no obtuvo respuesta, Kikyo se encaminó hacia la puerta, pero cuando la abrió se hizo hacia atrás cuando vio ante ella a un hombre alto y con un traje de tres piezas. Lo reconozca tan bien, era el chico con el que Kagome se había acostado en Cancún.

En automático todas se arremolinaban alrededor de la novia como si con eso pudieran protegerla. Inuyasha entró al pequeño salón y cerrando la puerta tras de él. Por un momento quiso reír al ver la expresión de las damas de honor, pero guardó compostura. La mirada de iba de la novia a las damas.

― ¿Me conceden cinco minutos con la novia?

― ¿Cómo para qué? – la pelirroja tomaba de la mano a Kagome y era como si no deseaba soltarla.

― Si – asintió Rin – Lo que tengas que decirle, se lo dirás delante de nosotras.

― Mas vale que me dejen a solas con ella o les garantizo que esto se saldrá de control.

Bajo tal amenaza Kikyo pudo percibir algo, seguramente ese chico no estaba ahí para felicitarla, sino para hacerle entrar en razón en cuanto a su boda con él. Así que fue empujando una a una a sus amigas para encaminarlas hasta la puerta.

― Vamos, dejémoslos solos.

― Pero Kikyo – protesto Sango.

― Cierra la boca Sango – gruñó ella y le susurró al oído – Él podría evitar esto.

Ante eso la castaña asintió y así, todas salían del pequeño salón custodiando la entrada por si a alguien se le ocurriera entrar. Kikyo observó su reloj de pulso, faltaba exactamente seis minutos para que la ceremonia diera inicio.

Dentro del salón, Kagome e Inuyasha no podían quitarse la mirada. Era como si ambos deseaban correr hacía el otro y fundirse en un abrazo. Desaparecer e irse a otro lugar que no fuera esa maldita iglesia.

― ¿Por qué no me contestas las llamadas?

― ¿Qué quieres, Inuyasha?

Quería llorar, pero debía ser fuerte. Ese hombre que estaba delante suyo era como un imán para ella. Solo anhelaba una caricia, un abrazo u otro beso. Pero sabía que eso ya no podía ser. Que sería prohibido que con el paso del tiempo él la olvidaría para unirse a alguien más.

Él dio el primer paso y avanzó hacia ella, pasó una mano por su cintura y la atrajo hacia él.

― ¿A caso no es obvio? – la miró con intensidad – Estoy aquí para evitar que cometas el peor error de nuestras vidas.

Kagome recargó ambas manos en sus brazos para evitar que la continuara acercándola hacia él.

― Debemos parar – explicó ella – Lo que pasó en Cancún fue hermoso, pero pasajero.

― ¿Y la magia que sientes? – preguntó, no se iba a dejar vencer ― Sé que la sientes al igual que yo – fue acercando sus labios a la cien – Si me dices que no me voy en estos momentos – beso sus mejillas.

Dios, si lo besaba y estaba realmente perdida, le pediría que se la llevara de ahí a un lugar muy lejos.

― No siento nada de eso – mintió.

Pero él sabía que lo estaba haciendo, su cuerpo temblaba entre sus brazos, su respiración era agitada y en sus ojos había un dejé de brillo difícil de borrar. Ella no quería casarse y si lo hacía, era solo por compromiso y no por amor.

― Kagome…― susurró contra sus labios – Créeme que lo estoy haciendo de la mejor manera posible. No me hagas hacerlo por las malas.

― ¿Y cuál sería por las malas? – respondido, cerrando los ojos y esperando un beso.

Uno que no llegó, porque después de eso, sintió un vacío y un frio recorrer su piel. sus brazos la habían abandonado y ahora estaba en la ´puerta, con la mano en la cerradura. En sus ojos había algo más que una decisión.

― Tendré que intervenir – aseguró – Cuando hagan la pregunta "Existe algún impedimento" ― hizo una pausa y añadió – Me levantaré y diré que tú y yo fuimos amantes varias veces.

― ¿No lo harás? ¿Verdad?

― Soy un hombre que actúa, yo no amenazó.

Y la dejó ahí, temblando como una gelatina con su amenaza. En cambio, a él le hormigueaban las manos, deseando regresar por ella y llevándosela lejos. Cuando entró a la iglesia saludó al novio y fue directo en busca de una banca, pero alguien lo llamó, reconociendo la voz al instante.

Frunció el cejo al ver a Naraku y Koga sentados ahí, con traje de etiqueta.

― ¿Qué hacen ustedes aquí? – preguntó confundido.

― La hermana de la novia me invitó – respondió Naraku.

― De hecho, es curioso. Mi chica es amiga de la novia y de la colega de Naraku ¿Puedes creerlo? – miró a su amigo – Eres un cabrón por haberme ocultado a Ayame durante mucho tiempo, pero ni creas que estas perdonado.

― Yo que iba a saber. – entonces reparó en Inuyasha, quien se había sentado en la esquina de la banca ― ¿Y tú de donde conoces a la novia?

El ojidorado miró hacia ambos lados, con la finalidad de asegurarse de que nadie los escuchara y en voz baja reveló la información que tenía a mano.

― Porque yo me acosté con la novia en Cancún – respondió en tono bajo, de modo que ellos dos pudieran escucharlo – Y el novio me invitó.

― ¿Te acostaste con Kagome? – preguntó Naraku en el mismo tono.

Desde luego conocía a Kagome, varías veces había ido al hospital y Kikyo no tuvo más remedio que presentarlos.

― Ándale – dijo de repente Koga ― ¿Así que era ella la del yate?

Inuyasha miró hacia el frente, la madre de la novia ya estaba ocupando su lugar, poco después apareció el sacerdote, mientras aguardaban a la novia charlaba animadamente con Hoyo. Frunció el cejo al verlo tan pasivo, como si no tuviese ningún problema alguno.

― Cierra la boca Koga. – dijo al fin.

En ese momento un chico de pelo castaño les pidió que, si podía ocupar un asiento a lado de ellos, Koga al verlo asintió, recorriéndose un poco.

Tras la partida de Inuyasha hace tan solo un minuto, su padre se acercó para anunciar que había llegado el momento de que la ceremonia diera inicio. Las chicas se acomodaron en fila, junto a lado de cada padrino. Ayame tuvo que hacer una mueca ante las insinuaciones de Renkotsu.

― ¿Cuándo me invitas a tomar algo, bombón?

― Ni en tus más locos sueños, Renkotsu – susurró para que nadie la escuchara solo él.

Ayame lo único que deseaba era que esta farsa terminara y poderse ir con Koga, quien estaba sentado al lado de un chico pelirrojo y del hombre con quien Kagome se había acostado.

Pero no solamente era ella la que sufría los acosos por parte de los amigos de Hoyo, sino la propia Kikyo también tuvo que soportar al descarado de Bankotsu.

― Nunca he sabido lo que es coger con una ginecóloga. Dicen que son buenas en la cama ¿Tú que dices?

Kikyo miró a su acompañante, quien estaba sentado en la banca observándola pasar y simplemente esbozó una sonrisa a aquel cardiólogo que aceptó su invitación.

―Que te quedaras pensando como es. Así que déjame en paz.

Las damas ocuparon el lado de la novia, mientras que los padrinos, uno por uno iba felicitando a Hoyo por anticipado. Kikyo fruncia el cejo cuando su mirada se cruzó con la de Hoyo. Quería abalanzarse sobre su yugular, el muy maldito fingía una felicidad que no se reflejaba.

De pronto, la marcha nupcial hizo eco en cada rincón de la iglesia. Las chicas se irguieron y todos miraron hacia atrás. La novia caminaba a lado de su padre, su velo cubría aquel demacrado rostro. Avanzar con su padre ese tramo tan corto, era el más largo que daría en toda su vida.

Pasó a lado de Inuyasha y sintió como su mirada se clavaba en ella, se veía decidido, dispuesto a cumplir su amenaza.

Cuando llegaron por fin al altar, el padre de Kagome la entregó a Hoyo, no sin antes de decirle que cuidara de su hija siempre, algo que él, con una media sonrisa no dudo en negarse. Antes de irse, por última vez su padre la miró con una resplandeciente sonrisa y le dio un beso en la frente.

Kagome vio como el sacerdote se acercaba a ellos y los bendecía, se sentía hipócrita, no había sido sincera con Hoyo del todo y comenzar un matrimonio con mentiras e infidelidades no era lo que ella deseaba. Debía confesárselo, antes de que ese secreto la terminara ahogando por completo, ya no podía callarlo y deseaba gritarlo. Bueno, no gritarlo, sino decirle en voz baja, esperaba que la comprendiera. Era un hombre que comprendía y asimilaba las cosas.

― Queridos hermanos, nos hemos….

Pero ella alzó una mano en señal de que se detuviera antes de que comenzara a dar su sermón, cuando aquel párroco guardo silenció, ella suspiró y se giró sobre sus talones para verlo mejor de frente.

Las chicas se miraron las unas a las otras, preguntándose qué es lo que iba hacer.

― Tengo algo que confesarte – explicó su actuar.

― ¿Justo ahora? – preguntó en un susurró, como para que ella solo lo escuchara.

Ella asintió.

Hoyo suspiró y se llevó una mano a la nuca de impaciencia, odiaba que las cosas se retrasaran, pero al final accedió.

― Muy bien ¿Qué es?

Kagome se mordió el labio inferior, cerró sus ojos y se acercó a él para susurrarle algo al oído, algo que solo es también pudo escuchar.

En la iglesia se respiraba pura tención, al grado de que se podía escuchar las respiraciones de los presentes. Había una mujer con un bebé llorando que tuvo que salir por un momento para calmarlo y no molestar durante la ceremonia.

Los padres de Kagome se miraban el uno a otro, después a su hija mayor. Kikyo solo les hizo una señal de que se tranquilizaran, seguramente eran los nervios de Kagome. Pero conocía a su hermana y sabía perfectamente lo que le estaba revelando, a pesar de no poder oír nada.

Kagome se apartó poco a poco de Hoyo. Podía ver en su rostro confusión, arrugaba la frente, después la enderezaba. La recorrió con la mirada para luego arrugar esta vez la nariz.

― ¡¿Te acostaste con alguien en Cancún?! ― exclamó asqueado.

Un "OOOH" en toda la iglesia se hiso presente, los presentes, tanto familiares de ella como los familiares del prometido estaban atentos a lo que escuchaban.

Justo lo que no quería, que lo gritara y en voz alta, deseaba que esto solo quedara entre ellos sin involucras todos los presentes. Pero no, Hoyo lo tenía que haber hecho a su maldita manera.

― ¡Y con un desconocido! – repitió nuevamente― ¡Que zorra y puta eres!

Bueno, ante eso no tenía nada que objetar, si, se había acostado con un desconocido y ya no había marcha atrás.

― Hoyo, la verdad ….

― No – él la interrumpió – Yo siempre te fui fiel a ti, en los malos momentos y en todo siempre he estado ahí.

― ¡Ay por favor! – exclamó Kikyo, interviniendo en el asunto.

Tomó del brazo a Kagome y la arrastró hacia ellas, Kikyo le entregó el móvil de Rin a su hermana. Todas estaban haciéndole bolita, como para que nadie pudiera ver ni escuchar. Bajo la mirada de Hoyo.

― Ve esto – dijo su hermana.

Kagome tomó el teléfono de Rin y analizó la imagen. ¡Abrió los ojos de par en par al ver a un Hoyo muy abrazado de…de…! ¡Su prima Eri!.

― ¿Qué significa esto? – les preguntó a sus amigas, mostrando el móvil.

― Hoyo te es infiel con Eri – explicó Rin – Los descubrí en un hotel muy amorosos hace más de tres meses.

― ¿Cuándo pensaban decírmelo? – estaba realmente enfadada.

― Intentamos decírtelo de muchas maneras – confesó Sango – Pero siempre se presentaba algo.

Ella levantó la cabeza como buscando a Eri y después reparó en Hoyo. Ahora si estaba molesta, el hecho de que le gritara puta y zorra en la iglesia para después alegar que siempre le había sido fiel eran motivos suficientes para encabronarse aún más.

Se apartó del grupo de amigas y se encaminó con hacía Hoyo, con el móvil de Rin en mano.

― ¿Te estas cogiendo a mi prima Eri, cabrón?

Otro "OOhh" se escuchó, solo que esta vez más fuerte que el anterior. El padre de Kagome volteó a ver a su hermano y después a su sobrina a la cual únicamente la miraba con decepción.

― Yo…― Hoyo tartamudeó – No es verdad.

― Explícame mejor qué es esto, Hoyo – Kagome le mostró el móvil con la imagen de ellos dos abrazados. ― ¿Y tú me hablas de fidelidad? ― entornó los ojos hacía él – Que hipócrita.

― Es mentira, no tengo nada que ver con ella. Tus amigas me difaman.

Pero desde los presentes una joven entornó los ojos hacia ellos y armándose de valor se puso de pie.

― Vamos, ya dile la verdad – lo animó Eri – Dile que tú y yo cogemos desde hace un año y hasta embarazada me has dejado.

Kagome al escuchar esa revelación se llevó las manos a la cabeza, era mucha información la cual estaba procesando su cerebro de tal modo que su única reacción fue soltar una nerviosa carcajada.

Inuyasha solo veía como la mujer que lo tenía cautivo sufría en el altar, deseaba levantarse, ir tras ella y sacarla de ahí, pero al ver que estaba a punto de hacer exactamente eso sus amigos se lo impidieron. No era el momento de intervenir, eso complicaría todas las cosas, se podía leer en los ojos de ellos. Así que con un suspiro asintió.

― Vaya – resopló Kagome – No sé qué es más pendejo, engañar a un familiar o dejarse embarazar.

Entonces Hoyo hizo algo que sorprendió a propios y a extraños, se acercó a ella y tomándola de ambos brazos para mirarla fijamente.

― Olvidemos esto – dijo – Olvidemos que tú me fuiste infiel y que yo te fui infiel. Casémonos.

Ella lo empujó hasta donde estaban sus tres amigos que estaban observando todo.

― ¡NO! ― arrugó la nariz y negó ― ¡NO! – repitió–Hoyo, cuando dos novios son infieles, no se casas. Al contrario ¡Se gritan! ¡Se destrozan entre ellos! – en cada exclamación sentía como su cuerpo se iba liberando de algo que la apresaba hace tiempo ― ¡Se agarran de los putos huevos cabrón!

― ¡Eso!

Fue tanta la felicidad de Kikyo que se vio reflejada en su grito, al ver que su madre la regañaba con la mirada se quedó callada. Nadie intentaba acercarse a la pareja, ni mucho menos a Eri, que estaba aun de pie. Todos observaban el espectáculo.

― ¡Hija! Mas respeto, están en la casa del señor – irrumpió el padre.

Pero Kagome lo miró y frunció el cejo.

― ¡Cállese, padre!

Kagome tomó aire, sentía que el aliento comenzaba a faltarle. Todo la estaba sobrepasando.

― ¿Y sabes una cosa? – prosiguió ella para después alzar aún más la voz ― ¡A la chingada con los invitados! ― señalaba a todos los presentes. ― ¡Con la boda!

Al escuchar eso el párroco se persigno

– Y SOBRE TODO ¡A LA CHINGADA CON ESTE VESTIDO DE TU PUTISIMA MADRE!

Agarró el dobladillo de su vestido y emprendió su huida, quería salir de ahí, le asfixiaba le quemaba en vida. Deseaba estar sola sin la compañía de nadie más que su alma.

Pero la voz de Hoyo hizo que frenara de golpe en medio del altar, ella giró sobre sus talones y lo miró con el cejo fruncido.

― Al menos regresa el vestido de mi madre, puta.

Kagome le lanzó el ramo, dándole justo en la frente.

― ¡VETE A LA MIERDA PENDEJO!

Bajó rápidamente las escaleras de la iglesia, podía escuchar todo el ajetreo a sus espaldas.

―Kagome…. Espera hija.

Ella volteó y vio como su familia y amigos trataban de ir tras ella. Pero volvió la vista al frente y continuó corriendo, lo que le importaba era cruzar la gran plaza de la iglesia y cruzar la calle, donde estaba segura los perdería de vista.

Se detuvo un momento, solo para quitarse el ridículo velo y éste se lo llevó el viento. Tomó el borde de su vestido de novia para emprender de nuevo la huida. Corría todo lo que le permitan sus pies enfundados en esos tacones altos. Había sido una mala decisión comprar unos del número 10, pero quería verse alta y esplendida ese día, pero nunca pensó que terminaría así. Ahora ya muy poco importaba en esos momentos, lo mismo le daba si le clavan en los pies.

Quería huir.

Alejarse.

No volver la vista hacia atrás nunca más.

Alcanzó a llegar a la avenida y antes de que el semáforo cambiara de color cruzó la calle como si su vida dependiera de eso. Logró dejar a sus conocidos atrás y se perdió en el inmenso parque que se alzaba ante ella.

Mientras caminaba un poco más tranquila, no dejaba de pensar que el día más importante de toda mujer, esa justamente ese, el día de su boda. Estaba en un grave error al creer esa estupidez.

Se dejó caer en una de las bancas, sentía como sus pies le palpitaban debido al gran maratón y a los ajustados zapatos. Con una mueca se los quitó con los pies y sintió un gran alivio al liberarse de ellos.

El cielo estaba nublado, las nubes grises reflejaban su estado de ánimo. En esos momentos tenía el corazón fragmentado. Pero sabía que en parte también ella era la culpable y eso no podía negarlo.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer y no se movió de ahí.

¿Cómo es que el día de tu boda, terminas en un parque, con un vestido de novia sucio y empapada?

La lluvia comenzó a caer intensamente y entonces terminó llorando.


Hola!

Ay Kagome, no te conocía así de mal hablada, pero supongo que lo ameritaba la ocasión. Veamos que pasará en el siguiente capítulo.

Gracias por apoyar siempre esta historia.

Besos.

BPB