Capítulo 17
Entre tequilas y besos
Todos se arremolinaron en la iglesia, los padres de Kagome discutían con los de Eri, que simplemente ella se encontraba a lado de la madre de Hoyo.
Hoyo no pudo alcanzarla, quería alcanzarla para pedirle que le regresara al menos el anillo de compromiso era lo más justo que debía hacer.
― ¿Qué? – preguntó Kikyo a sus espaldas ― ¿Ahora te vas a preocupar por ella?
― ¡Cierra tu puta boca Kikyo! – Hoyo se dio media vuelta para tenerla de frente.
―Qué bueno que no se casó contigo. Hubiera sido desdichada.
― ¡Maldita zorra! – exclamó aún más furioso – Tú y tu grupito de amigas son unas perras. Acabaron con mis planes.
―Oh no – ella negó – Ese fuiste tú y tus pantalones flojos, papacito.
Hoyo cerró una mano en puño con la intención de darle en la cara a esa mujer odiosa, pero en el acto otro puño se atravesó en su paso, frenándolo de golpe, dándole justo en la nariz y derribándolo al suelo. Hoyo se llevó una mano a la cara para limpiarse la sangre que comenzaba a brotar y contempló al hombre de pelo rojizo que estaba entre Kikyo y él.
―Ni se te ocurra tocarla delante de mío! – en los ojos de Naraku se podía reflejar mil emociones, pero sobre todo el enfado.
Hoyo se levantó y se alejó de ahí, seguido de su madre y de Eri, a quien no le importó si sus padres discutían con los de Kagome.
Naraku volteó a ver a Kikyo, la tomó cuidadosamente de la mandíbula y comenzó a inspeccionarla.
― ¿Estas bien? ¿No te tocó?
―No – ella negó, maravillada ante la reacción tan rápida que había tenido – Gracias.
Inuyasha salió tras de Naraku y observó como tenía tomada a esa mujer. Por fin se volvían a ver todos, ahora reconociendo a todas las amigas de Kagome.
―Será mejor que lleven a todos a casa – y con eso se refería a las amigas de Kagome y a los padres.
―No – intervino Sango – Debemos encontrarla.
―Tiene mi teléfono – explicó Rin.
―Bien – Inuyasha asintió – Pásame tu teléfono – le pidió a Rin.
Justamente comenzó a llover y todos volvieron a resguardarse en el interior de la iglesia. Menos Inuyasha, quien había ido en su búsqueda.
Había seguido exactamente el mismo camino por donde ella salió huyendo, cruzando la amplía calle fue como llegó al parque, pero no encontraba ningún rastro de una mujer ataviada con un vestido blanco y eso le preocupaba mucho.
Pasó sus manos por el cabello empapado, su saco le pesaba un poco debido al agua acumulada en él, pero eso era lo de menos. Quería encontrarla, saber que estaba bien, solo de esa manera de tranquilizaría más.
Marcó el teléfono que una de sus amigas le había dado, pero no tomaba las llamadas.
―No otra vez. – suspiró.
Kikyo abrazaba a su madre quien estaba angustiada por su hija, nunca la había visto con ese semblante. Sango y Rin habían ido a preparar té mientras el resto aguardaba en la sala de estar.
― ¿Saben? Nunca había escuchado a Kagome decir malas palabras en un solo día – intentó animar el ambiente la pelirroja.
―Lo que no puedo creer es lo que hicieron esos dos malditos – arrastraba las palabras su madre, quien miró a su marido – Desde ahora en adelante tu hermano ya no será bien recibido en esta casa.
Su esposo asintió, pues el también no daba crédito a lo que había sucedido aquel día. Se suponía que sería especial, que había visto a su hija feliz, ahora entendía que no era buen observador.
―Bueno ― dijo la madre a su hija ― ¿Y quién es ese tal Inuyasha?
Ella no supo que decir, la verdad conocía muy poco de él y solo lo había visto de lejos una sola vez. Seguramente la ajusticiaría si le confesaba que ella misma alentó a Kagome para acostarse con él.
―Es un buen tipo – intervino Naraku, al ver que ella no respondía – Es uno de mis mejores amigos y no dudo que va a dar con su hija, señora Higurashi.
La mujer asintió más tranquila, conocía a Naraku por ser el colega de su hija. Varias veces lo había visto en el hospital cuando ella iba a visitar a Kikyo.
Después de media hora Ayame y Koga se habían retirado, seguidos de Sango y Rin. El único que permaneció más tiempo era Naraku. Pero al ver que la noche comenzaba a asomarse, decidió que era hora de retirarse.
Kikyo lo acompañó hasta la salida, se miraron por unos segundo y al final él solo le dio un beso en la mejilla, giró sobre sus talones alejándose de ella. Pero la voz de Kikyo lo detuvo en medio del camino de grava.
― ¿Cuándo una cita?
Él se volvió con una media sonrisa y avanzó hacia ella, mirándola como si de un depredador se tratara. Metió ambas manos a los bolsillos de su pantalón, por temor a tocarla y echar todo a perder.
―Cuando quiera, señorita Higurashi.
Ella esbozó una sonrisa, también se acercó a él y le susurró al oído.
―Las palabras desnuda y cama… ¿Aun estas involucradas?
Naraku se mordió el labio inferior y alzó una ceja ante la osadía de aquella mujer.
―Si así lo quieres.
Kikyo se paró de puntitas y le dio un beso fugas en los labios.
―Nos vemos mañana, doctor Becker.
Naraku esbozó una media sonrisa un tanto sorprendido y asintió. Nada más quería en este mundo que tomarla por esa cintura y atraerla hacia él, pero una vez más hizo fuerza de voluntad.
―Hasta mañana, doctora Higurashi.
Volvió a sonar el móvil, esta vez era Sango quien marcaba, así que la rechazó. Si hubiese sido su móvil lo habría abandonado en aquella banca, pero era de Rin. Cuando comenzó a llover se había ido, deambulando por las calles para encontrar algún refugio y ahora estaba delante de un pub, en su interior se veía desierto y tranquilo.
Había dejado de llover, tenía el vestido empapado, frio, pero deseaba ahogar ahí sus penas.
El pub quedó en completo silencio cuando vieron entrar a una mujer vestida de novia. Kagome tenía completamente la mirada perdida, como si no fuera consciente de donde estaba. Pero le daba igual lo que en esos instantes estuviesen pensando de ella. Con pasos firmes se dirigió hacia la amplía barra y como pudo tomó asiento en una de las pequeñas sillas. Sentarse en ella, con el vestido había supuesto un reto.
Dejó sobre la mesa el móvil de Rin, que no paraba de sonar y dejó que así siguiera. Llevaba más de cincuenta llamadas perdidas, entre sus amigas, "Sesshomaru Taisho" y de un número desconocido, de ese tenía más llamadas. Así que la dejó pasar una menos no supondría mucha diferencia. Sabía que la poca gente que se encontraba en el bar no dejaba de mirarla, pero eso muy poco le importó.
Un chico joven que atendía la barra hizo una mueca al ver el rostro de tan bella novia. Parecía que había estado llorando y mucho, sus ojos estaban completamente rojos y el rímel se esparcía por todas sus mejillas. Probablemente había asustado a más de uno con ese aspecto demacrado y pálido.
Él se acercó a ella, apoyando las manos en la barra.
― ¿Quiere algo dulce o algo fuerte? – fue su única respuesta y al parecer sabía lo que necesitaba.
Pero Kagome ni se inmuto a verlo, estaba más perdida en sus pensamientos que lo que pasaba.
―Ponme en fila seis caballitos llenos del mejor tequila que tengas – señaló la barra – Y por último deja la botella.
El chico alzó una ceja, no llevaba billetera y tenía duda de como pagaría.
― ¿Cómo piensa pagar?
Con un suspiró, Kagome se sacó el anillo de compromiso que Hoyo le había dado y lo dejó cuidadosamente sobre la encimera. El hombre se le quedó viendo al diamante que venía incrustado en él.
―Eso vale más que una botella de tequila.
―En seguida se la traigo señorita – respondió mientras tomaba el anillo y lo guardaba en la caja registradora.
Mientras preparaba los seis caballitos y tomaba la botella de tequila, contemplaba a aquella mujer. No sabía si obedecerla o tomar su móvil y contestar la llamada de quien fuese que la estuviera buscando o simplemente llevarla él mismo hasta donde viviese. Pero un trago no vendría mal a nadie así que hizo exactamente lo que la extraña novia le pidió. Colocó los seis caballitos en fila y sacó una botella de 1800 aneja, se dispuso a llenarlos y por último dejó la botella a un lado.
― ¿Ha comido algo, señorita? – preguntó.
Ella negó, la última vez que comió fue antes de salir a la iglesia y de eso habían pasado ya unas cuantas horas. De hecho, ni hambre tenía.
―Debería hacerlo. El tequila…
Pero calló al ver como la mujer se bebía de un solo golpe el primer caballito.
―El tequila es algo que se toma con respeto y más solo. Beberlo de golpe solo hará que se le suba a la cabeza, más si no ha comido.
―Qué más da si he comido o si me pongo ebria – una lagrima surcó sus mejillas, moviendo las pequeñas partículas de rímel que aún estaban adheridas a su piel.
Se alejó de ella no sin antes de observar que una nueva llamada entraba al móvil de la chica. Había muchos caballeros que se le quedaban observando, era mejor no perderle de vista y cuidarla por si lo necesitaba. Aunque viendo cómo se tomaba el segundo caballito era probable que así sería.
Kagome iba por su cuarto caballito cuando sintió que iba en una montaña rusa que comenzaba a subir y a subir para después caer en picada, eso la hizo agarrarse fuerte de la barra. Y unos deseos por vomitar hicieron estragos en su estómago vacío. Se levantó a trompicones de la silla y salió tambaleándose hasta el sanitario. Sintió como alguien la tomaba con delicadeza de la cintura y la guiaba cuidadosamente. La ayudó apoyarse mientras desechaba todo lo que había bebido.
Esbozó una amarga sonrisa. Que estúpido, pagar por una bebida que tarde o temprano terminaría en una taza de baño. Aunque ciertamente no había pagado, dejó su maldito anillo de compromiso en garantía.
―Essstoy bien – le dijo a quien fuera que la estuviese ayudando.
Aquel chico soltó un suspiro antes de soltarla con cuidado. Kagome se sentó a un lado del inodoro con las piernas extendidas y la mirada al frente. Su nuevo amigo la miraba con lastima, incluso frunció el cejo al verla descalza y se preguntaba qué era lo que le había sucedido a una novia tan bonita como ella. Como si Kagome pudiera escuchar sus pensamientos alzó la cabeza y se encontró con el bar tender.
Él apoyó una rodilla para estar a su altura y le entregó un pañuelo
―Eres muy joven – comentó ella ― ¿Cómo te llamas? – cada vez que hablaba arrastraba las palabras a modo de escucharse como simples mormullos.
―Shippo – respondió él ― Y usted muy bonita como para estar así ¿Qué le ha sucedido?
Kagome volvió llorar con el simple hecho de recordar todos los acontecimientos que sucedieron ese día. Y no era por la traición de Hoyo lo que la tenía así, sino porque estaba a punto de cometer el peor error de su vida, uno que seguramente la condenaría no solo a ella, sino a Inuyasha.
―Se supone que el día esperado de toda mujer es justamente el de boda – un sollozo se escapó de sus labios y se limpió la nariz con el pañuelo.
Él torció los labios al escuchar la palabra "boda" ligada a otras palabras como "compromiso" "hijos", era muy joven como para estar muy familiarizado con ellas.
– Una pasarela por el altar, elegir los colores perfectos para los vestidos de dama – prosiguió ella y esbozó una amarga sonrisa― Pasear en un Roll Royce del 68… ¿Y todo para qué?, para que el futuro esposo o prometido se estaba viendo a escondidas con mi prima. Tal vez no me habría afectado tanto si el imbécil hubiera resultado gay…pero no – golpeó el piso con los puños― Tuvo que chingarse a una de mis primas ¿Tú crees?
Él no decía nada simplemente se limitaba a observarla, tomó asiento al otro extremo del baño y se quedó a resguardo de la joven dama.
―Y en cambio ella aprovechaba el momento para saboteaba mis planes de boda. Nunca sospeché que esos dos me veían la cara de pendeja.
―Eso si esta jodido – respondió sin más.
―Al menos no tanto – Kagome miró hacia la nada y a ella vinieron un par de ojos dorados – También le fui infiel en mi despedida de soltera – confesó.
―Eso si está más jodido.
Ella asintió y se mordió el labio inferior.
―Y vaya con que pedazo de hombre lo engañe, Shippo – comentó ella, reviviendo las noches con Inuyasha – Es el hombre más atractivo, arrogante y un puto Dios del sexo.
Shippo rio al escuchar ese comentario por parte de la dama.
―Sin duda lo volvería hacer – asintió – Si mi vida se repitiera cometería la misma locura sin pensarlo.
Bien dicen que los borrachos y los niños decían la verdad. Tal vez el tequila le hacía decir las cosas más sueltas sin necesidad de tapujos y vergüenza.
Entonces de nueva cuenta tuvo deseos de vomitar, se acercó al inodoro para devolver su estómago. Justo en ese momento una nueva llamada entraba al móvil, era un numero desconocido del que no estaba registrado, pero reconocía la terminación porque ya habían entrado varias llamadas de este.
Sin dudarlo por un segundo tomó el teléfono y salió de aquel cubículo del baño para contestar, sólo para que la chica no se diera cuenta.
― ¿Kagome? Dime dónde estás para ir por ti.
Shippo pudo comprobar que ese hombre se escuchaba preocupado, tal vez era algún familiar de ella.
―No soy Kagome – respondió él.
― ¿Quién eres tú?
Shippo sostuvo la cara de Kagome con mucho cuidado cuando ella había dejado de vomitar. Ahora la contemplaba mientras cerraba sus ojos.
―Tu amiga esta ebria en un bar. Deberías venir por ella – explicó – Realmente está muy mal.
Después de que ese chico le diera la dirección del bar donde se encontraba Kagome, encendió el auto y arrancó el auto a toda marcha. Realmente no estaba tan lejos desde el punto donde se estaba. Se la había pasado prácticamente toda la tarde buscándola sin éxito, lo único que pudo encontrar eran los zapatos que había dejado en aquella banca abandonados.
Shippo la guio por el mismo pasillo que entraron y por último la hizo sentarse en un sillón amplió. Le hizo una seña a una de las meseras para que le llevara agua y una taza de café. Pero por más intentos que hacía en ofrecerlo ella no lo aceptaba.
La puerta del bar se abrió y la mesera se sorprendió al ver un hombre de metro ochenta, cabello negro y ojos dorados, era realmente apuesto. Pero el nuevo amigo de Kagome sabía que se trataba con el que había hablado unos instantes y lo supo cuando reparo en ella.
― ¿Kagome? ¿Estás bien?
Ella alzó la cabeza, como no podía ver bien, cerró un ojo y enfocó toda su atención con uno solo hacia la persona que le estaba hablando y en cuanto vio a Inuyasha esbozó una sonrisa. De inmediato se puso en pie y le pasó un brazo por el cuello, colgándose de él. El ojidorado no tuvo más remedio que sostenerla de la cintura para evitar que se cayera.
―Hola guapo – sonrió, arrastrando las palabras.
Inuyasha resopló al ver el estado de ebriedad en el que se encontraba, pasó su mirada de ella a Shippo.
― ¿Cuánto bebió?
―Como cuatro caballitos de tequila.
Kagome se apartó de él y ahora se abrazaba a su nuevo amigo. Inuyasha alzó una ceja, pero no prestó demasiada atención, ella estaba demasiado ebria como para saber lo que realmente hacía.
― Shippo, él es de quien te hablaba. El Dios del sexoooo con quien engañé a mi prometido – esbozó una sonrisa ― ¿Verdad que es guapo?
Inuyasha suspiró y al verla se rasco la frente, estaba realmente perdiendo la paciencia, lo único que deseaba era llevársela de aquí y quitarle la borrachera.
―Miraaaaa Inuyasha― dijo ella, pasando un brazo alrededor de su cuello – Te presentooo a… ― lo miró a los ojos – Se me olvidó tuuu nombre – después volvió a mirar a Inuyasha – Te presento a Rick, mi nuevo mejor amigo de hoy en adelante.
Shippo tuvo que dejarla por un momento para ir a la barra en busca del móvil que había dejado ahí después de haber salido del sanitario.
―Debemos ir a casa – dijo Inuyasha, perdiendo su paciencia.
―No, voy a beber más.
―Ya fue suficiente por hoy.
Pero cuando Kagome pasó a un lado de él Inuyasha la retuvo por la cintura y se la echó al hombro como si no pesara absolutamente nada. Esa reacción provocó una risita en ella.
―Uy que fuerte señor Taisssho
Volvió a resoplar, era la primera vez que la veía en ese estado y la verdad era algo que no le gustaba. Aun y con Kagome echada al hombro, se acercó al joven que estaba parado en la barra, automáticamente sacó su billetera para pagar la cuenta.
―Dame la cuenta de la dama.
―No le hagas caso Rick y sírveme otro tequila.
Inuyasha frunció el cejo y negó.
―La cuenta por favor. – decidió ignorar a la mujer.
―Assssh amargadooooo.
Kagome comenzó a tararear algo intangible, lo único que Inuyasha deseaba era meterla a su auto y llevársela lejos de aquí. El nuevo mejor amigo de Kagome negó ante el comentario de aquel hombre.
―No hace falta, ella pagó con su anillo de boda.
Entonces ella lanzó una pequeña risa al escuchar ese comentario.
―Por cierto, un idiota me lo dio para que me casara con él. -agregó Kagome entre risas.
Una vez que salieron del local, Shippo le ayudó a abrir la puerta del copiloto a Inuyasha para que la pudiera meter en el auto. Una vez que se cercioró que el cinturón de seguridad estaba bien ajustado cerró la puerta.
―Gracias por todo – le dijo ya más tranquilo.
―Aquí tiene – le entregó el móvil – Es el teléfono de la dama, se lo quité para cuidarlo.
Él asintió de nuevo, y tras darle nuevamente darle las gracias, rodeó el auto y se metió al coche. Cuando entró vio que ella estaba más dormida que despierta. Arrancó el auto con dirección a su departamento. Pero en un semáforo la escuchó gemir y se preocupó por ella, tenía miedo de que le diera alguna congestión alcohólica.
― ¿Estas bien? – preguntó al ver que ella abría los ojos.
―No – negó – Mejor para el coche antes de que te lo bautice.
Hizo exactamente lo que Kagome le había pedido, detuvo el coche en un pequeño callejón, rápidamente salió de él para posteriormente abrir la puerta del copiloto. En cuanto lo hizo Kagome se agachó para desechar todo al asfalto, él le detenía con cuidado la cabeza y sostenía su revuelto cabello. Estaba aún empapada por todos lados, por lo que en cuanto estuvieron en su departamento le daría un baño de agua tibia.
Por más que se esforzaba en vomitar no podía, ya no salía nada más. Lo único que había sido era las sensación de asco.
― ¿Mejor? – inquirió él, arrodillándose ante ella para estar a su altura.
Pero ella no habló sino al contrario negó con la cabeza. En esos momentos odiaba a Hoyo, quería salir de ahí para irlo a buscar y partirle la cara por todo el dolor que le hizo causar en el altar. Había estado tentado en levantarse y confesarle que había sido con él con quien ella se acostó, aunque era mejor guardar silencio, suficientes cosas pasaron en aquel lugar.
Una vez mejor, volvieron a retomar el camino a casa. Estacionó el auto en su lugar habitual, la tomó en brazos para entrar al edificio, el portero al verlo abrió rápidamente la puerta para dejarlo pasar, incluso lo acompañó hasta los elevadores para ayudarlo a llamar.
Kagome se recargó contra su pecho, abrazándolo fuertemente del cuello.
Tuvo que bajar a Kagome cuando el elevador le pidió la contraseña para entrar a su departamento. Las puertas se abrieron y ella fue la primera en salir, tambaleándose ligeramente. En cuanto vio a Roco esbozó una sonrisa y se arrodilló ante él, acariciándole la cabeza.
― ¡Ay! pero si aquí está el perro más lindo del mundo – decía atropelladamente ― ¿Quién es el perro más bonito?
El animal se deshacía bajo los mismo de Kagome, hasta le llegó a lamber las mejillas provocándole un cosquilleo y haciéndola reír. Inuyasha se quitó el sacó para a remangarse la camisa de lino blanca. Después la ayudó a ponerse en pie, guiándola hasta su habitación para finalmente acabar en el amplio baño.
La tuvo que sentar en el escusado mientras regulaba el agua y posteriormente comenzó a quitarle el desvencijado vestido. Sus manos ardían bajo el contacto con su piel y el deseo se apoderó de él cuando vio aquel baby doll blanco. Pero se contuvo para no tocarla, ella no estaba en condiciones, pero sobre todo consciente como para recordar lo que habían hecho.
Una vez desnuda ante sus ojos la llevó hasta la tibia agua dejándola por un prolongado tiempo. Le aplicó gel para cabello, tallaba su cuerpo con gel para cuerpo. Dentro de su estado de ebriedad, Kagome se dejaba hacer y se deleitaba con esas manos recorrer su piel.
Al final sus miradas se encontraron y ella se perdió en esos bonitos ojos dorados. Alzó las manos y lo tomó su rostro entre ellas. Era lo mejor que él le había pasado en la vida, era un "error" que estaría dispuesta a repetir.
―Si eres guapo – dijo un poco menos ebria – Y eres lo mejor que me ha sucedido.
Acto seguido se acercó para besas aquellos labios que tanto la habían desquiciado y si, de nuevo ahí estaba aquella magia que por poco estaba a punto de acabar con ella. En cambio, el acarició sus pálidas mejillas y esbozó una pequeña pero amarga sonrisa.
―Ojalá estuvieras sobria para decirlo.
Cerró la regadera, enrolló una toalla sobre su pecho, después la cargo entre sus brazos para llevarla hasta la recamara. La sentó al borde de la cama, mientras iba y buscaba una prenda de su armario. Al rato regresó con una playera negra de Led Zeppelin. Le secó bien el cabello húmedo con otra toalla y al final le puso la playera, esta resbalaba por todo su cuerpo cubriendo su desnudes ante su atenta mirada.
―Es hora de dormir. – dijo mientras deshacía la cama.
Pero antes de que la volviera tomar en brazos para llevarla aquel lugar, Kagome lo encaró, volviéndolo a tomar por el cuello y besarlo con frenesí. Inuyasha le respondió, pero sin llegar a más, únicamente dejó apoyada ambas manos en su cintura y la atraía hacia su cuerpo.
―Hazme tuya – susurró contra sus labios.
Él simplemente esbozó una sonrisa, dándole un último beso en los labios.
―Por favor – suplicó.
―Descansa – respondió, ahora besando su frente.
―No ―protestó ella, insistiendo – Te deseo justo ahora.
Inuyasha tuvo que hacer acopio de toda fuerza de voluntad para no complacerla, ya con el simple hecho de tenerla entre sus brazos había sido una completa tortura. Sentir su piel, oler aquella fragancia que tanto conocía y nunca había podido olvidar.
―Pequeña, creme que me estoy resistiendo – acarició su cabello húmedo ―Pero no puede ser así. Cuando te haga mía de nuevo, quiero que estés plenamente consciente de todo lo que deseo hacerte. – prometió.
Kagome se estremeció ante aquella confesión, deseando no estar ebria como para que él cumpliera esa promesa.
―Eres un cobarde – lo retó, con la esperanza de que eso lo hiciera cambiar de parecer.
―No – negó con una sonrisa al ver el semblante en ella – Soy un caballero. Así que es hora de que te duermas ya.
La ayudó a acostarse y la cubrió con una fina cobija en color gris, acto seguido apareció Roco, quien ocupaba el otro lado de la cama y se acorrucaba junto a ella. Inuyasha sonrió ante esa muestra de cariño y le acarició la cabeza.
―Cuídala Roco.
Apagó la luz y cerró la puerta tras de él luego escuchó que sonaba un móvil, probablemente era el de él. Pero no, era el de una de sus amigas, al ver el nombre en la pantalla no dudó en contestar.
― ¡No me has contestado el teléfono en todo el día! – soltó en cuanto habían tomado la llamada, sin darle tiempo a contestar ― ¿Estas bien, Rin?
― ¿Sesshomaru?
Escuchó un silencio tras el aparato y luego respondió.
― ¿Inuyasha? ¿Qué haces con el móvil de mi novia?
― ¿Tu novia? – arqueó una ceja.
Vaya, su madre había tenido razón. El muy maldito tenía una novia secreta y casualmente era una de las amigas de Kagome. Este mundo se iba empequeñeciendo más y era impresionante como sus amigos conectaban con las amigas de ella.
―Tu novia no tiene el teléfono a la mano – respondió – Es una larga historia.
―Pues más vale que me la digas antes de que piense mal de ella y a ti te quiera partir la cara.
Con un suspiro Inuyasha fue hasta la cantina y se sirvió dos dedos de brandy, mientras le iba contando todo lo sucedido a su hermano. Sin omitir ningún detalle.
―No te apures, mañana le entregó el móvil a tu novia.
Luego de terminar la llamada de su hermano le marcó a la hermana de Kagome avisándole que se encontraba bien y que no se preocupara por ella, que mañana se pondría en contacto con todos. Por lo que notó eso causo que la familia se quedara un poco más tranquila.
Entró de nuevo a la habitación y esta vez vio a Kagome abrazada a Roco y éste bien dormido junto a ella. Suspiró ante aquella imagen, no había dejado de pensar en porque el estado de ebriedad.
¿Se había puesto así por la traición de su prometido?
¿Sentía algo por él?
Pero luego recapacitó, analizando las cosas. Si lo amaba no iba a ser capaz de deshacerse de un anillo de compromiso tal y como lo había hecho ella. Además, la forma en que le habló a su ex en el altar le daba esperanza en algo más.
A la mañana siguiente Inuyasha se preparaba un café, Kagome aún no se despertaba y no deseaba levantarla, prefería que descansara. El sonido de las puertas del ascensor lo hizo asomarse a través de un muro y vio que se era su empleada Tsubaki, a quien le pareció extraño verla en un domingo por la mañana.
― ¿Qué hace aquí? – arqueó una ceja – Es domingo, se supone que hoy es su descanso.
―Y a usted se le olvida que descanso la próxima semana, por lo que quería ver si se le ofrecía algo.
Normalmente ella iba solo tres veces al día y era la única quien tenía acceso a esa planta.
― ¿Necesita algo? – preguntó la mujeres.
―Ya que lo dice – pensó muy bien y sí que necesitaba de ella – Necesito una cosa.
Tsubaki aguardó en la encimera de la cocina, esperando a Inuyasha, pero abrió los ojos al verlo salir de su habitación con un horrendo vestido de los años ochenta, arrugado y oliendo mucho a humedad.
― ¿Podría tirar esto a la basura?
― ¿De dónde lo ha sacado? – ella arqueó una ceja.
―No pregunte – sacó su tarjeta de la billetera y se la entregó – Compre lencería mediana, así como un vestido talla mediana y zapatos del número 24.
Tsubaki tomó la tarjeta que le estaba dando su patrón, un tanto desconfiada. Nunca le había dado una instrucción como esa. ¿Ahora se dedicaba a salir como Drag Queen por las noches? Arrugó la frente y lo miró de arriba abajo iba vestido con unos jeans deslavados y una camisa de lino blanca, con los tres primeros botones abiertos.
No, era demasiado atractivo como para andar en eso, aunque ciertamente nunca había visto desfilar a ninguna mujer en este departamento.
― ¿Qué está pensando, Tsubaki? – preguntó serio.
―Nada señor – ella negó, un tanto avergonzada al imaginárselo.
―Dígalo – ordenó demandante.
Ella se sonrojó un poco, agachó la cabeza y comenzó a jugar con un hilo del horrendo vestido, ni le importó cuando de tanto estirar se trajo más de la cuenta.
―Señor… ¿Es usted gay? O ¿Está jugando a ser una Drag Queen?
Inuyasha entornó los ojos hacía ella y frunció el cejo.
―Solo haga lo que le he pedido, Tsubaki.
No sabía cuánto tiempo había dormido se levantó y observó esa amplia habitación. Las sabanas estaban un nítido color gris, las paredes de blanco y una enrome cortina negra cubría la ventana, impidiendo que entrara la luz del día. En la mesita de noche había un reloj muy elegante de plata, indicando las 11:00 de la mañana. Entonces cuando se incorporó en la cama observó su atuendo, lo único que llevaba era una camisa negra, no había ni ropa interior por debajo de ella.
¿Qué había hecho la noche anterior?
¿Quién la desvistió?
Estaba aturdida, desubicada, con una tremenda sed y un fuerte dolor de cabeza. Esa o era su habitación. Se llevó las manos a la cabeza como para hacer memoria de todo lo que había sucedido el día anterior. Hasta donde recordaba, se veía a ella misma entrando a un bar después de haber salido huyendo de la iglesia.
Se levantó y sus pies descalzos tocaron el frio mármol, rodeó la cama y abrió la puerta para salir de la habitación. En su camino se encontró con Roco, estaba acostado en su camita y atrás de él se observaba la amplia ciudad desde los inmensos ventanales, que de hecho abarcaban todo el lujoso lugar, con sólo haber visto al perro sabía perfectamente en dónde estaba.
La decoración era otra cosa, alfombras persas, incluso un cuadro de "Game of Throns" con el sello de los "Stark" colgado en un muro. Había una estantería que igualmente ocupaba del techo al piso. Estaba repleta de libros de arquitectura moderna y antigua, otro de George R. R. Martín, Stephen King y J. R. R. Tolkien.
―Veo que ya has despertado.
Ella giró sobre sus talones y se encontró con sus ojos dorados. En cambio, Inuyasha la veía fascinado, su cabello largo estaba enmarañado y esa camisa de Led Zeppelin le quedaba justo a la mitad del muslo. Sabía que solo llevaba eso puesto, porque él mismo había sido quien la vistió anoche.
