Capítulo 21
Una fiesta, una boda y un plan
La semana había pasado en un vaivén de emociones. Kagome se quedó toda la semana como Inuyasha se lo propuso y muy a duras penas pudo lograr terminar de restaurar el cuadro. No era porque careciera de tiempo, sino más bien porque él la distraía en un dos por tres con sus tentadores besos, sus ardientes caricias.
Ahora ambos estaban abrazados mientras contemplaban el cuadro. La mirada de Kagome pasaba de él al cuadro y se sintió un poco nerviosa. Incluso un poco de miedo por si el resultado no fuese el adecuado que él esperaba.
Tantas obras de arte que reparó y la única opinión que importaba era la de él.
Inuyasha tenía una mano recargada en el mentón, analizaba a profundidad aquel cuadro. Podía ver la diferencia de cuando llegó el retrato de su tátara abuela. La realidad era que ella había hecho un gran trabajo con él.
― ¿Y bien? – preguntó al no tener algún comentario.
Él inclinó la cabeza y se encontró con sus ojos chocolate.
―Seré honesto. – la miró por el rabillo de un ojo – No sé nada de arte.
Eso si era sinceridad y ante eso ella no pudo más que soltar una pequeña risa.
– Pero puedo decirte que tu trabajo ha sido estupendo. Realmente encuentro comparación de un antes y un después.
―Gracias señor – ella asintió y esbozó una sonrisa.
Sonrisa que no llegó a sus labios, pues sabía que después de hoy podría regresar a casa ya que no había más cuadros que reparar. Se había acostumbrado con facilidad estar día y noche a su lado, dormir con él en la misma cama y terminar haciendo el amor en cualquier punto del departamento.
Con desgana se soltó de sus brazos, cubrió el cuadro con pedazo de tela negro y lo miró.
―Creo que será mejor que prepare mis cosas – comentó ella.
Él a escucharle decir eso un profundo terror se apodero de su ser. No deseaba que se fuera, al contrario, sino más bien que se quedara más tiempo con aquí, con él, con Roco. Esa semana para él fue la más significativa, ya no se sentía solo. Adoraba llegar por las tardes del trabajo, con la cena. Mientras la veía a ella dibujar, incluso bailar con el Husky. O a veces que no deseaba comprar una comida preparada ella empezaba a cocinar. Incluso le había extendido las vacaciones a Tsubaki.
Antes de que ella terminara por apartarse por completo de él, rodeó su cintura con una mano y la atrajo hacia él. Besándola con ternura, pero a la vez algo más. Se había colado aún más en su piel y francamente dudaba que podría regresar a la normalidad una vez que ella se fuera. No quería, si, era egoísta, pero comenzaba a sentir que no podía ya seguir solo, sin ella.
―Kagome…― susurró contra sus labios – Quédate más tiempo.
―No creo que sea lo correcto.
La miró y esbozó una sonrisa divertida.
―Llevamos una semana juntos en este departamento. Hemos estado de muchas formas que me he acostumbrado a ti y…
Guardó silencio cuando sintió un ligero pellizco en el hombro.
Tomó sus mejillas entre sus manos para que no le quitara la mirada. Se puso serio de inmediato, había llegado el momento de dar el siguiente paso. Probablemente sería prematuro, pero era mejor arriesgarlo el todo por el todo.
― ¿A qué te refieres, Inuyasha?
―Pasemos a otro nivel – con un dedo le acarició su tersa mejilla – No te pido que nos casemos, solo que comencemos…una…relación…más formal.
Ella se quedó completamente muda, sin saber que responder. Inuyasha había sido el hombre que toda la vida una vez dibujó en su mente. Haciendo a un lado lo guapo y rico, siempre había deseado alguien con quien compartiera una tarde de películas, algo que hacía con él. Alguien con un gran sentido del humor, cosa que no carecía. Alguien seguro de sí mismo, y vaya que desechaba seguridad por donde caminara.
Como una vez dijo él, se había colado no solo en su piel, sino en su corazón. Ahora, viéndolo a los ojos se daba cuenta o más bien la realidad la golpeaba, una realidad que no sabía. La realidad de saber que estaba enamorada de él. Y que él le pidiera comenzar una relación desde cero significaba mucho.
Había escuchado de relaciones que comenzaban con encuentros casuales de sexo y terminaban convirtiéndose en una relación fuerte y sólida.
―No estoy pidiendo que me des una respuesta rápida – comentó, acariciando un mechón de su cabello ― Pero tampoco me hagas esperar mucho, pequeña.
Kagome esbozó una sonrisa divertida, pensando en hacerlo sufrir un poquito, hacerse la interesada después de todo.
―Lo pensaré.
Pero ese "Lo pensaré" era una tetra, la realidad es que ya tenía su respuesta y era "si" pero deseaba prolongarlo más tiempo para decirlo en el momento adecuado, en el día adecuado.
Él suspiró ante aquella amarga respuesta, habría preferido que fuese un "si" inmediato, no un "Lo pensaré"
¿Por qué las mujeres eran así?
¿No se daban cuenta de la agonía y desesperación que eso provocaba en ellos?
Era paciente y si esa era su respuesta la respetaría en todo momento. Sin dejarla de abrazar le dio un casto beso en los labios, dispuesto a llevarlo más allá. Sus manos se detuvieron en la curva de su trasero.
― ¿Vendrás conmigo a la fiesta?
―Ya te dije que no puedo.
Como si hubiese invocado al demonio, su móvil sonó y se apartó de sus brazos. Fue hasta el comedor y contestó la llamada al tercer timbre.
―Si ya voy… no tardo.
Después de colgar la llamada, guardó su móvil en la bolsa. Sus miradas se encontraron y ella fue hasta donde estaba él y se refugió en sus brazos. Parándose de puntitas le dio un pequeño beso en la boca.
―Debo irme, hoy debo ayudar a Sango con la elaboración de sus postres.
―Bien – asintió sin alguna gana – Te espero.
Suspiró al verla partir, lanzándole un beso desde el elevador, él lo capturó en el aire y se lo llevó al corazón. Una vez solo, tomó asiento y contemplo la soledad de su departamento. Jamás en la vida se había sentido así. Sentía que le faltaba luz, vida. Ella había llegado junto con sus pinturas a darle color a todo.
Sus pinturas, estas yacían sobre una mesa. Las brochas estaban remojándose en agua para quitar el excedente de pintura. La bata blanca yacía sobre ellas.
No deseaba estar solo, así que pretendía buscar a los chicos, pero cuando sacó su móvil, entró una llamada, era Koga y no dudo en contestar.
― ¿Qué quieres?
―Las chicas irán a la cafetería de Sango para elaborar unos pasteles. ¿Vamos?
Inuyasha arqueó una ceja.
― ¿Qué tanto sabes de repostería?
―Viertes huevo sobre la harina, pones leche y bates bien – bromeó – Oh vamos, es aburrido lo sé. Ayame dice que solo seré un estorbo si voy y probablemente Kagome te dijo lo mismo. Pero realmente quisiera ir a verlas, entonces ¿Vas o te quedas?
Lo dudaba un poco, no quería sofocarla después de haber pasado una semana entera con él en el departamento, mientras ella restauraba el cuadro. Pero también debía admitir que le intrigaba verla preparar un postre.
Así que, sin pensarlo, aceptó la invitación de su amigo.
Sango cerró el local con ayuda de Miroku, mientras ellos revisaban las ganancias del día, las chicas estaban en la cocina. Cada una tenía una cofia, mandil y guantes, mientras analizaban sus respectivas recetas.
― ¿Qué es baño María? – preguntó Ayame con el cejo fruncido y un trozo de papel donde venia su receta.
―Ya lo has hecho con anterioridad – se quejó Rin
―Se me olvida, tengo memoria de corto plazo.
―No quiero imaginar el día que Koga te pida matrimonio. No sabrás cocinar. – comento Kikyo, vertiendo dos claras de huevo en un tazón de acero inoxidable.
La pelirroja se encogió de hombros y esbozó una sonrisa burlona.
―Eso es sencillo, ordeno algo preparado y fingió ser yo quien lo hizo.
― ¡Que lista! – exclamo Kagome.
―Siempre – le guiño un ojo – Aunque temo por Inuyasha – miró a Kagome ― Lo vas a tener bien alimentado y no me refiero solo al sexo.
Ante ese comentario, Kagome no pudo evitar tomar una bolita de crema batida con una cuchara y lanzarla a su lindo rostro.
Cayó justo en el ojo izquierdo de Ayame, está lo retiró con un dedo, analizó el contenido y se lo llevó a la boca. Lo probó, asintió por lo rico que estaba, y por último miró a su amiga por el borde de sus ojos.
―Las pagaras… – amenazó – Dulcemente cariño.
Sango estaba maravilla da al ver la habilidad que tenía Miroku con los números. Claro, había trabajado en un banco, era evidente que experiencia debía tener.
―Eres muy hábil con los números – comentó ella.
―Más hábil soy en otra cosa.
Ante ese comentario se puso roja como un tomate, pero antes de que pudiera decir algo, el sonido de la puerta la salvó. Al mirar quienes eran no dudó en ir y abrirles.
― ¿Qué hacen aquí?
Preguntó al ver a Inuyasha, Koga y Naraku
―Supimos que necesitabas ayuda – dijo Naraku – Así que aquí estamos.
―No soy muy bueno, pero con una receta supongo que es fácil – comentó Koga.
―A mí me arrastraron a esto – se defendió Inuyasha.
― ¡NO!... ¡NI SE TE ACURRA AYAME!... ¡NOOO!
Ante el grito de Kagome, Sango giró sobre sus talones y se precipito a toda velocidad hacia la cocina, seguida de los chicos
Sango quiso desmayarse, su cocina era un desastre, sus amigas eran un desastre, sus amigas habían causado el desastre. Todas estaban embarradas de betún, harina y huevo. Ayame tenía la cabeza de Kagome entre las manos y trataba de meterla en un tazón lleno de betún. Mientras que Rin y Kikyo se lanzaban huevos y harina, pero esta última dio un paso hacia atrás y resbaló con una cascara de huevo cayendo de nalgas al piso.
―Vamos Kagome. Solo la puntita, no te va a dole…
― ¡¿QUE DEMONIOS PASÓ AQUÍ!?
Lo siguiente que pasó fue que el tiempo se congeló, Ayame se quedó quieta justo con la cabeza inmóvil de Kagome, está a su vez levantó los brazos en señal de rendición. Rin se quedó quita en su lugar, con un brazo levantó en la mano un huevo, lista para arrojárselo a Kikyo. Y Kikyo, bueno, ella se quedó tendida sobre el suelo.
― ¡Es que no lo puedo creer! – gruñó Sango. – Las dejó unos momentos y ya causaron un lío aquí.
Las cuatro estaban en frente de la barra, con los brazos cruzados hacia adelante y mirando fijamente a Sango. Eran un desastre, estaban llenas de betún, huevo, harina, incluso banana.
―Hacen un desastre en mi cocina – las señaló – Ustedes son un desastre.
Ayame miró a Kagome y ambas rompieron a reír. No por el que Sango estuviese enojada, sino por nervios, porque atrás de ellas los chicos las estaban mirando con seriedad e incluso las estaban incitando a reír.
―Sabes que siempre te reponemos el material – protestó Ayame, haciéndose a un lado un mechón tieso por el betún.
― ¡Esa no es la cuestión! – exclamó enfadada – Ustedes cuatro – las señaló – Van a pasar limpiando su desorden. Mientras que sus novios me ayudan.
―Prefiero limpiar – dijo Koga – Soy pésimo en la cocina.
―Por dos – siguió Naraku.
―Amén a eso.
Con una cocina más organizada y unas chicas más controladas fue como se pudo llevar a cabo la elaboración de los postres. Ayame y Rin se encargaron de los postres fríos, Kikyo de las gelatinas gourmet y Kagome de los mini pastelitos, así como las carlotas de fresa y mango. Mientras que Sango preparaba galletas de distintos sabores.
Comenzaban a sentir como el azúcar se pegaba a su cuerpo haciéndolo un poco insoportable. La pelirroja de vez en cuando le lanzaba miradas a Kagome, y ella se las sostenía, sin inmutarse. Era como si ambas se retaran a un duelo de pastelazos y betún en un futuro no muy lejano.
―Me las pagarás en tu cumpleaños – amenazó la pelirroja.
―El tuyo es primero – contraataco.
Ante ese comentario, Ayame abrió la boca y después la cerró. Sabía cómo terminaban esos festejos. Lo que había pasado en la cocina, era muy poco comparado a aquellas tardes de cumpleaños.
―No quiero escuchar amenazas. Póngase a trabajas. Estos postres deben quedar para mañana.
Inuyasha hizo la función de pinche, pasándole de vez en cuando lo que Kagome ocupara. Era imposible contener la risa al ver como había quedado después de la guerra dulce de hace varias horas. Tenía el cabello enmarañado y tieso por el betún.
Pero aun había quedado una pizca de él en su mejilla, así que se acercó a ella y de una lambida se lo quitó. Ella se puso rígida ante el contacto, desconcentrándola en su trabajo.
Él se acercó a su oído y le susurró algo que solo ella pudo escuchar y la pusieron roja como una fresa.
Kagome sonrió y le guiño un ojo.
―Inuyasha, ponte a trabajar o salte de mí cocina. No me distraigas a Kagome.
La voz de Sango rompió el mágico contacto que se había creado entre ellos. Y a desgana regresó a sus funciones de pinche.
―A veces te pareces mucho al chef Ramsay – protestó Ayame. ― ¿Te lo han dicho?
―Mi cielo, soy la versión femenina del chef Ramsay. Así que menos protestas y continúa trabajando.
―Pobre de Shiori y Miroku, lo que tienen que soportar – bufó la pelirroja. – ¡Eres una tirana!
―Les pago bien – remató la castaña – Nunca se han quejado.
―Y con eso acabó contigo – añadió Kikyo, mirando a Ayame.
Después de terminar con los postres y acomodador los postres fríos en un congelador industrial, y limpiar nuevamente la cocina, cada uno fue dejando el mandil en un contenedor de ropa sucia y salieron de la cocina en fila.
Todos se despidieron y salieron con sus respectivas parejas, menos Rin, quien se quedó con Sango y Miroku, ya que Sesshomaru pasaría por ella.
Entraron al departamento entre besos, abrazo, fueron directo al baño a cómo pudieron entender. Se desnudaron el uno al otro y al final entraron al agua fría.
Inuyasha la tomó en brazos, de tal manera que Kagome pudo rodearlo con sus piernas. Recargo su espalda el mármol del baño, mientras devoraba con ansiedad sus labios.
―Nunca me cansaré de ti– mordió su labio inferior.
―Lo sé… ― Susurró. – Yo me siento igual.
Pero ninguno de los dos dijo más, pues fueron arrastrados por el placer.
Día de la fiesta.
Kagome se miraba en el espejo del tocador que tenía Inuyasha en su habitación. Llevaba una camisa de vestir blanca, chaleco, corbata y pantalón negro. Usaría unos zapatos de tacón pequeño. Por último, se había maquillado discretamente y su cabello iba recogido en una coleta.
Odiaba usar corbata, sentía que la asfixiaba, pero era parte del vestuario que usaban cuando ayudaban a Sango. Al menos era ese y no la filipina rosa fuerte.
Debía irse con tiempo, pues tendrían que cargar la camioneta, ir al sitio del evento y montar todos los postres. En eso su amiga era demasiado estricta.
―Que elegante se ve, señorita.
Kagome dejó de acomodarse por segunda vez la corbata para voltear a su izquierda, dónde provenía la voz de Inuyasha. Y al verlo, tuvo que pasar saliva con dificultad.
En el marco de la puerta del baño, estaba recargado ahí. Recién salido de la lucha, con una toalla enrollada en sus caderas, su torso perfecto, desnudo y con gotas de agua. Llevaba otra toalla más alrededor de su cuello. Atrás de él el vapor de la ducha salía del cuarto del baño, dándole un aspecto de modelo de revista.
Kagome abrió la boca y después la cerró.
―Gracias, señor Taisho. Lo mismo digo de usted. – le guiño un ojo.
Entonces ella se acercó a él, se paró de puntitas y le dio un pequeño beso en los labios. Olía maravilloso y por primera vez odiaba ayudar a su amiga, si no fuese por ella, estaría segura de que en ese momento estaría quitándole esa toalla del cuerpo y tumbarlo en la cama.
―Tengo que irme.
Pero antes de que ella se apartara, él la rodeó con sus brazos y la arrastró a su cuerpo. Esbozó una sonrisa juguetona.
― ¿Segura que quiere irse, señorita?
Kagome se ruborizó, la verdad que no tenía ganas, pero debía hacerlo.
―N… ― su voz la engañó – Si, debo irme – aclaró su garganta – Tengo que ir con Sango.
Inuyasha la soltó de mala gana y vio como esa pequeña mujer escapaba de sus brazos.
―Te vas porque quieres pequeña.
La verdad sí, pero ante eso no podía hacer nada. Después de un último beso, tomó su bolso y escuchó como salía del departamento.
No quiso ir en auto, así que tomó un taxi que la llevaría hasta la cafetería de Sango. A fuera se encontraban Ayame y Kikyo fumando. En frente de ellas estaba estacionada una camioneta rosa de carga. Llevaba el logotipo de la cafetería de Sango "Dulce sabor". Miroku comenzaba a subir unas mesas mientras era supervisada por la castaña.
Normalmente eran las cuatro que ayudaban a Sango, pero por motivos personales Rin no podía acudir. Ese día, su novio, que aún no se había presentado al grupo, la presentaría como novia oficial y prometida.
― ¿Pasaste una noche dulce, Kagome? – comentó burlona.
Kagome frunció el cejo, pero se puso a la par de su amiga.
―Y no sabes qué noche tan dulce pasé.
Ante ese comentario, Kikyo estalló en risa, pero Sango al ver a sus amigas de inmediato las puso a cargar los postres.
En cuanto llegaron a la enorme mansión fueron recibidos por el mayordomo. Quien tenía instrucciones específicas de llevarlos al Jardín para que pudieran acomodar las cosas. Miroku bajó las sillas, mientras las chicas iban en fila con las cajas que llevaban los postres.
―Me siento como los Beatles – comentó Ayame – En la portada de Abby Road.
―Solo que tú no eres Jon Lennon y mucho menos Paul McCartney. – respondió Kikyo entre risas.
―Sir Paul McCartney – aclaró Kagome.
―Tú serias Yoko – replicó la pelirroja, de tras de Kikyo– Por amargada.
―Yoko fue culpable de separar a los Beatles – intervino Miroku.
―En este grupo no hay ninguna Yoko – concluyó Sango, poniendo fin al tema. – Así que seriedad a partir de ahora. Estamos en un lugar elegante.
―Retiro mi comentario – dijo Ayame, mirando atrás a Sango – Tú serías Yoko.
El jardín era demasiado espacioso. Kagome se quedó contemplándolo, fácilmente era diez veces más grande que el de sus padres. Rosales perfectamente cuidados de distintos colores, junto con varios tipos de árboles. El césped estaba demasiado cuidado como para pisarlo.
Se colocaron mesas redondas alrededor de la pista que los invitados ya comenzaban a ocupar. En medio había una pista de baile que cambiaba de distintos colores. Al fondo, en el balcón que conectaba el jardín con la casa estaba un cuadro cubierto por una funda negra.
Kagome frunció el cejo, ese tamaño de cuadro y esa funda la había visto.
Nunca le cuestionaban a Sango sobre el nombre de sus clientes porque era muy reservado en esos aspectos. Únicamente le ayudaban, pero ahora sí que tenía la intriga. De tanto meditar no se dio cuenta que Ayame se había detenido y terminó por chocar con ella a su espalda.
Miroku acomodó sacó las sillas de un carrito con ruedas y fue acomodándolas en hilera, seguida una de la otra. Sango se disculpó con ellas, pues quería avisarle a su cliente que ya había llegado.
Kagome sacó un mantel rosa fuerte de una caja y cubrió su mesa. Después comenzó a sacar los postres para irlos acomodando uno por uno. Dejando servilletas finas a un lado junto con cubiertos.
Las tres se maravillaron ante su trabajo, lo habían acomodado perfectamente de tal modo despertarían el apetito de los invitados.
― ¿Chicas?
Alguien les llamó a sus espaldas y todas se giraron al mismo tiempo. Ahí, frente a ellas estaba Rin, con un hermoso vestido plateado y un escote en forma de corazón. Llevaba su lindo cabello recogido y como era típico en ella, usaba un maquillaje discreto. Tenía en su mano izquierda un vaso con jugo de naranja.
― ¿Qué hacen aquí? – preguntó, confundida.
―No – Ayame negó ― ¿Tú que haces aquí?
― ¿No se supone que irías a la fiesta de tu futura su…
Pero Kikyo guardó silencio al ver salir del balcón a Sango, acompañada de los chicos.
―Voy a matarla – gruñó entre dientes Ayame.
―Voy a freírla en un sartén y después la meteré en uno de sus hornos para pasteles.
Kikyo y Ayame se miraron una a la otra, con el cejo fruncido.
Pero al que estaba perpleja era Kagome, quien veía a Inuyasha salir atrás de Naraku. Llevaba un traje negro de tres piezas, su cabello iba alborotado, donde un aspecto demasiado sexi.
―Que hermosas meseras – bromeó Koga.
―Cállate, Koga – advirtió su novia – Si no quieres pasar una noche fría.
Cada una ocupó su puesto de trabajo y de mala gana les ofrecieron unos postres. Los invitados comenzaban a acercarse tomando alguna galleta o algún postre frio.
― ¿Cuál me recomiendas? – preguntó Inuyasha a Kagome ― ¿Fresa o mango?
Pero Izayoi fue detenida por un invitado para felicitarla, Sango comenzó a retirarse, pero ella se lo impidió, tomándola del brazo. Una vez libre de invitados, Izayoi contemplaba a profundidad la mesa de postres que estaba a lo lejos. Había reconocido a la chica que estaba con su hijo, era evidente que a él le gustaba mucho.
―Dime Sango – dijo ella, para atraer la atención de la joven ― ¿Tus amigas trabajan contigo?
Sabía de sobra que así no era, pues el día en que había conocido a Kagome, ella se presentó como restauradora de arte, bueno, su ex lo había hecho.
―Oh no – la castaña se apresuró a negarlo – Ayame es jefa de contabilidad – dijo señalando con la mano a su amiga – Después tenemos a Kikyo, ella es ginecóloga obstetra y por último tenemos a…
―Kagome, restauradora de arte – interrumpió Izayoi ― ¿No es así?
Ella asintió un tanto confundida, que su clienta hubiese sido la madre de Inuyasha era algo que aún le costaba asimilar. Nunca le preguntó por su apellido, solo su nombre. Siempre lo había manejado de esa manera, para era como tener una especie de confianza para sus clientes.
Tal vez Kagome y ella ya se hubiesen conocido por Inuyasha, pero lo dudaba, ya que ella les hubiera contado.
―así es – Asintió al fin la castaña – De hecho, ellas siempre me ayudan cada vez que tengo evento. Lo hacen preparando postres y si es masivo me acompañan, como hoy. – explicó ella ― Claro que al final del día o les pago la cena o simplemente les doy la parte que les corresponda. Aunque nunca me lo han pedido.
―Debes ser muy afortunada al tener unas amigas que te apoyen con tu trabajo.
Si, miró hacia donde estaban sus amigas, Kikyo y Ayame estaban riendo con Naraku y Koga, mientras que Kagome estaba mirando atentamente a Inuyasha.
―Muy afortunada. Aunque normalmente Rin también ayuda, pero por cuestiones obvias no pudo hacerlo.
Izayoi asintió al escuchar el nombre de la prometida de su hijo. Quien hace una hora había llegado con ella para presentarla como novia y prometida. Era una chica demasiado dulce, justo lo que Sesshomaru necesitaba en su vida y se alegraba de que por fin tuviera alguien con quien compartir sus victorias. El único que faltaba era Inuyasha, pero estaba segura de que ése no tardaba en caer.
Kagome se le quedó viendo a las carlotas que ella misma había preparado, así que sin pensarlo tomó la de mango, con merengue y el pastel de vainilla. Le entregó el vaso de cristal y éste a su vez metió una cucharilla en él, sacando una pequeña porción de aquel postre, para llevárselo a la boca.
Ella parpadeaba o más bien comenzaba a sentir calor. No había perdido detalle de cada uno de sus movimientos. Era como verlo en cámara lenta. Flexionar sus brazos, llevar la cucharilla a la boca, saborearlo, pasar su lengua por los labios y por último limpiar la cuchara con la lengua.
Puta madre, si, sentía calor, mucho calor. Con solo recordar lo que esa lengua era capaz de hacer eran motivos fuertes para sentirse húmeda.
― ¿Tienes calor, pequeña? ―preguntó burlón.
Kagome frunció el cejo, estaba realmente jugando con ella, pero no le daría la satisfacción de que se diera cuenta de que realmente ese simple acto le había afectado.
―No – negó, encogiéndose de hombros y fingiendo demencia – Es la corbata.
Pero antes de que Inuyasha dijera una palabra, su padre lo había tomado del hombro y lo arrastraba de ella para arrastrarlo con unos inventados. Desde lejos, ella contemplaba cada una de sus facciones. Del modo en que saludaba elegantemente, de cómo sonreía, incluso cuando le hacían un comentario y le incomodaba, se llevaba una mano a la nunca y la dejaba ahí por varios minutos. Eso lo había aprendido la semana en la que estuvo con él.
―Kagome….
Parpadeó y vio quien le hablaba era Rin, había reunido a las chicas en un círculo. El circulo de la amistad o confesiones. Normalmente lo usaban para darse animo entre ellas o confesar algo que habían hecho.
―Bueno ¿Nos vas a decir porque estamos en el circulo? – preguntó Kikyo.
―Chicas…― Rin las miraba a cada una – Me caso en dos meses.
― ¡¿Qué?! – exclamaron al mismo tiempo las cuatro.
―Uno no adelanta la boda al menos que….― Kikyo se le quedó viendo y después a su vientre ― ¿No em digas que…
― ¿Qué no te diga qué? – preguntó Ayame curiosa.
Rin asintió y esbozó una sonrisa.
―Tengo un mes.
Entonces Kikyo frunció el cejo al recordar que una noche anterior estaban jugando con harina, huevo y eso pudo ser muy peligroso. Pudo haberle pasado un accidente y eso es justo lo que le hizo saber, la regañó por ser insensata ante eso.
―Vaya – dijo con un suspiro la pelirroja – En dos meses cabecita rosa se casa y tendrá cabecitas rosas. – una lagrima resbaló por su mejilla – Seremos las tías borrachas.
―Prométeme que seré yo quien traiga a ese bebé a este mundo – advirtió Kikyo.
La velada transcurrió de lo más normal, los postres comenzaban a terminarse y era hora de despedirse. Pero permanecieron ahí, en sus puestos cuando Inuyasha pasó al centro, deteniéndose a un lado del cuadro.
A Kagome se le revolvió el estómago, las rodillas comenzaban a flaquearle y ahora sí que esperaba que el resultado le gustara a su madre.
El ojidorado tomaba un micrófono y le pedía a su madre que pasara al frente. Después de dar un largo discurso sobre cómo había sido su infancia con ella y todo lo que representaba para él, había llegado el momento de develar el regaló que tenía para su madre.
―Pero quiero decirte – dijo mirándola a los ojos – Que esto no hubiera sido posible sin una persona especial.
El corazón de Kagome comenzó a bombear con fuerza y más cuando él la buscó con la mirada y le indicaba con el dedo que se acercara.
―Pase al frente señorita Higurashi.
Kagome buscó a sus amigas como para pedirles su aprobación para ir con él, y ellas asintieron eufóricas. Sentía todas las miradas a su espalda y se detuvo a un lado de Inuyasha.
―Le puso mucha dedicación a reparar esto y espero sea una gran sorpresa para ti.
Izayoi lo miró confundida, pero cuando su hijo contó hasta tres y tanto Kagome con él revelaban ante ella el cuadro, no pudo evitar hacerse para atrás. Se llevó las manos a la boca, sorprendida de ver lo que estaba delante de ella. Era el cuadro que su abuela cuidaba con tanto amor y esmero. Pensó que se había perdido, pero verlo ahí, delante de ella le hicieron traer muchos recuerdos.
Su hijo se acercó a ella y pasó un brazo alrededor de sus hombros.
―Feliz cumpleaños, madre.
―Es hermoso – dijo sin aliento, mirando a Kagome – Gracias hija, por este regalo.
―Un placer señora Taisho.
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Sacó un pañuelo de su bolsillo y se cubrió la nariz ante el lugar donde estaba. Era un bar de mala muerte, pero ahí se habían citado para la entrega. Impaciente, esperaba unos minutos a su acompañante. En cuanto ocupó el lugar que estaba en frente de ella, alzó la mirada y arqueó una ceja.
―Llegas tarde – se quejó.
―Lo siento, había tráfico. ¿Qué es eso tan urgente que querías darme?
Había un frasco pequeño sobre la mesa y se lo entregó. Por unos momentos el último en llegar analizaba su interior. Aquel frasco contenía un polvo blanco.
― ¿Qué es? – preguntó, arqueando una ceja.
―Escopolamina – respondió sin preocupación – Mejor conocida como…
―La droga de la violación – irrumpió a su compañía.
Yura asintió y esbozó una sonrisa.
―Con un gramito de esto tendrás para que la persona pierda la voluntad, la memoria e incluso la razón. – explicó.
Se levantó de su asintió y miró a Hoyo.
―Ahora el resto te corresponde a ti. Quiero fotos y video.
Antes de que se pudiera marchas, lo miró por encima de sus lentes oscuros.
―En cuanto envíes todo. Recibirás una llamada indicando tu ascenso. No la vayas a cagar.
Yura marchó esquivando a los clientes borrachos para luego salir del local. Había dejado a Hoyo en estado de shock, mientras tenía su mirada puesta en aquel frasco. Con unas simples fotos y videos estaría al pie de un ascenso.
Hola.
Confirmo chicas, estamos en recta final del fic. No quiero dar un numero aproximadamente, si a caso calculo 3, menos como 5 (es chiste xD)
Esperemos que Yura y Hoyo no se les haga su plan, pero ya saben, lo mío es el drama y el suspenso.
Muchas gracias una vez más por su infinito apoyo, sus lindos comentarios, todo. De verdad que iluminan el corazón de esta loca escritora. Tal vez me ausente un poquito las próximas semanas, ya que estaremos en recta final de las clases y le encargaron varios trabajos finales a la criatura.
Quiero comentarles que a partir de ayer comencé a publicar el fic en Wattpad lo hice más que todo por temas de plagio, ya algunas han sabido de cuanto he sufrido esto en el pasado y fue lo que hizo para que terminara de borra todo y no quiero que pase. La verdad no es porque yo este escribiendo esto, pero se me ha hecho un estupendo fic como para que alguien listo venga y se quiera colgar la medalla de "Yo lo escribí", quien quiera seguirlo por allá búsquenme cono Black_pearlb o manden un mensajito y les envío el enlace.
Una amiga me lo ha pedido a Ranma 1/2, pero ammm no sé si lo adapte o le entre, ese es otro anime que amo y es que llevó mucho escribiendo de Inuyasha que ya me acostumbre. ¿Ustedes que opinan?
Gracias por sus lindos comentarios, nos vemos en otro capitulo.
Besos.
BPB
