Capítulo 25
Un imán para atraer idiotas
La luz blanca de aquella habitación le molestó por completo, volvió a cerrar los ojos y lentamente los fue abriendo. Analizó su entorno, estaba en una habitación de hospital, una ventana con persianas blancas daba hacia un mostrador donde se encontraban varias enfermeras atendiendo a pacientes o probablemente a los familiares de uno.
Sentía su cuerpo como si de una piedra se tratara. Pesado.
Levantó torpemente un brazo, pero como no tenía fuerza este cayó sobe algo suave. Movió la cabeza hacia abajo y se encontró con su madre. Ella estaba dormida a un lado de ella, apoyando la cabeza sobre sus brazos en la camilla.
¿Qué había pasado?
Una sensación de pánico se apoderó de ella. No recordaba en lo más mínimo lo que había sucedido. Solo cuando se vio con Hoyo en aquel restaurante, era lo único capaz que podía recordad.
Su madre pareció advertir sus movimientos. Poco a poco fue levantándose y se dispersó de su sueño. Entonces sus ojos se encontraron con los de su hija. A Kagome se le removió una parte en su ser al ver su semblante. Tenía los ojos rojos, probablemente había llorado en toda la noche.
―Kagome…― era un suave susurro, entre de alivio y felicidad – Que alegría que has despertado.
Ella trató de hablar, pero estaba conectada a un respirador. Le hizo seña para que se lo quitaran. No necesitaba de eso.
―No te preocupes – su mamá se levantó de su silla – Iré por un médico para que te quiten eso.
La siguió con la mirada mientras ella desaparecía por la puerta.
No sabía porque, pero tenía el impulso o más bien ganas de llorar. Nunca la había visto así desde que tenía memoria. Trató de levantarse, apoyando las palmas de sus contra el colchón. Pero un dolor desgarrador en lo bajo de su vientre la hicieron regresa a su antigua posición.
¿Por qué estaba en una habitación de hospital?
Trató de cerrar los ojos mientras obligaba a su cerebro recordar, pero por más que se esforzaba, había imágenes distorsionadas. No podía lograr tener, aunque fuese algo y eso la comenzaba a frustrar mucho.
Su madre llegó con un doctor alto, de cabello negro y ojos café oscuro. Éste al verla le sonrió amablemente.
―Es bueno tenerte de regreso Kagome – respondió él ― ¿Crees pode respirar si te quito los soportes? Asiente si es así.
Ella movió de arriba abajo la cabeza.
―Bien.
Le habló a una enfermera y con ayuda de ella le quitaron los soportes artificiales. Poco a poco la fue ayudando a que se incorporara en la cama. El medico examinó sus oídos y la vista. Pidiéndole que siguiera una luz para examinarla bien.
― ¿Cómo estás?
―Tengo sed – respondió con una voz ronca.
―En seguida te traerán algo – respondió amablemente
Mirando a la enfermera e indicándole que le trajera agua a la paciente.
―Soy el doctor Suikotsu, amigo y compañero de tu hermana.
Conocía a la mayoría de los colegas de su hermana y en ese instante comenzaba a recordarlo a él.
―Te haré un par de preguntas. Es de rutina para comprobar si tu memoria funciona.
Si funcionaba bien, lo único que no podía recordar era el día anterior.
― ¿Cuál es tu nombre? – primer a pregunta.
―Kagome Higurashi.
― ¿Edad, Kagome?
―Veinticinco años.
― ¿A qué te dedicas?
―Reparación de arte.
―¿..
Pero antes de que fuera hacerle la siguiente pregunta, ella ya se le había anticipado.
― ¿Es necesario esto? – dijo un poco incómoda.
―Si, es de rutina.
Y así siguió, él preguntando y ella respondiendo al interrogatorio. Su madre se encontraba en un sofá observando todo.
― ¿Qué recuerdos tienes del día anterior?
Ahí no tuvo nada que responder y simplemente negó.
―Nada – sentía como una lagrima amenazaba con salir ― ¿Qué me ha sucedido?
Suikotsu esbozó una sonrisa, le tocó el hombro amigablemente y sin responder salió de la habitación, pidiéndole a su madre que lo acompañara. Si bien tenía la autoridad de informarle lo que le había pasado, era mejor que lo hiciera una persona de confianza. Podría ser su madre o incluso Kikyo, pero ella había dejado el hospital hace media hora.
Los vio hablar tras la ventana. El doctor tenía los brazos cruzados mientras observaba a su madre enjuagarse las lágrimas con un pañuelo.
Muy bien, esto comenzaba a tornarse un poco serio. Antes de que pudiera gritarle a su mamá, la enfermera que había estado minutos antes había vuelto con un vaso de agua.
―Gracias.
La vio girarse y antes de que saliera le llamó.
―Soy Sally – respondió ella – Voy a ser su enfermera mientras este aquí.
― ¿Sabes que me ha pasado?
La enfermera negó.
¿Es que en este maldito hospital nadie era directo?
―Me temo que esa información se la debe de dar el médico o un familiar señorita. Si ocupa algo, solo oprima ese botón que esta junto a su cama y en seguida vengo.
Volvió a salir dejándola otra vez sola. A los pocos minutos su madre volvió, pero en lugar de tomar asiento, se paró a un lado de ella y la tomó de las manos.
― ¿Ya me vas a decir lo que me pasó?
Su corazón latía con fuerza, mientras que un aire helado le recorría el cuerpo. No sabía el porqué, pero algo le decía que la respuesta que tenía ella no le iba a gustar en nada.
―Hija …― suspiró – No sabemos quién, pero una señorita te trajo y se marchó en cuanto lo hizo. – mirándola fijamente, prosiguió ― Llegaste en un estado crítico.
¿Qué significaba eso?
Era tan estresante no poder recordar absolutamente nada y más si su madre le hablaba como si ella tuviese cinco años. Le gustaba que le hablaran directo y sin escala. Además, era su salud lo que se trataba.
― ¿Puedes ser más específica, mamá? – arqueó una ceja. – No recuerdo nada del día anterior y te agradecería mucho que fueras sincera conmigo – respiró profundamente – Ahora dime ¿Qué me pasó?
Su madre agachó la cabeza, movía los pies de adelante hacía atrás.
―Muy bien – su madre asintió.
Iba ser más difícil para ella decirle todo lo que le sucedió en una noche de lo que para su propia hija se tratara. Una madre jamás desearía que una cosa así les pasara a sus hijos, buscaría al responsable y haría justicia por si misma sin importar las consecuencias.
―Kagome… ― tomó aire y todo lo comenzó a sacar de poco en poco – Ayer, una señorita te trajo al hospital…
―Eso ya lo has dicho. – irrumpió Kagome, dándole un sorbo a su vaso de agua.
―Si, ya sé – asintió ella débilmente – Pero te trajo en un estado muy crítico. Llegaste con una fuerte sobredosis de escopolamina….
Su madre no pudo más y se agarró a llorar, Kagome dejó el vaso vacío en una mesa y la abrazó para darle tranquilidad.
―Tranquila mamá ― decía en tono consolador – Todo va a estar bien. Yo estoy bien.
―No – ella negó, enjuagándose las lágrimas con un pañuelo y viendo a la cara a su hija – Nada está bien hija. Ayer por poco mueres. El doctor Suikotsu te reanimó mientras entraba en paro cardiaco.
Kagome abrió la boca ante aquella revelación.
―Y su esposa….ella…―se obligó a calla, mirando hacia un punto cualquiera de la habitación menos a su hija.
No sabía por qué, pero comenzaba a angustiarse mucho. Sentía que algo le empezaba a oprimir el corazón, como un nudo crecía y crecía en su garganta obligándola a desear llorar. Presentía que algo malo estaban a punto de decirle. Una noticia que probablemente no le iba a gustar.
―Mamá ¿Qué dijimos sobre ser sinceros? ¿Qué otra cosa pasó?
Se limpió nuevamente las lágrimas, miró a su hija y la tomó fuertemente de la mano, todo para brindarle apoyo ante lo que se avecinaba.
―Kagome…hija …. – la volvió a mirar a la cara, armándose de todo su valor – Estabas embarazada y debido a los químicos de la droga, lo has perdido. Tenías cuatro semanas, no… lo siento mucho.
¿Embarazada?
No sabía si llorar o sorprenderse. Suponía que lo segundo, nunca contempló la posibilidad de que estuviese embarazada.
¿Cuatro semanas?
Ese había sido exactamente el periodo cuando su ex prometido le presentó a Inuyasha y ambos habían terminado teniendo sexo en un cuarto de baño. Pero Kikyo le había dado unas pastillas.
¿Cómo era eso posible?
Era demasiado irregular su periodo, como le podría llegar el día exacto, este se podría atrasar más de unas semanas. Que una noticia así le llegara de golpe era difícil asimilar. Enterarse al mismo tiempo que estuvo embarazada y que lo perdió, hacían que su mente viajara a una velocidad de la luz.
Pero ¿Dónde estaba Inuyasha?
¿Él sabía de todo esto?
¿Por qué no estaba aquí, con ella?
― ¿Dónde está Inuyasha? – preguntó seria, mirando hacia el frente, más no a su madre.
―No sé lo que pasó entre ustedes. Pero ayer, mandó a su chofer a dejar tus pertenencias en casa. no ha dado ninguna explicación. Incluso no ha venido a vete mientras….
― ¿Me puedes dejar sola unos minutos? – la miró fijamente – Realmente quiero estarlo.
―Pero…― insistió ella.
―Quiero estar sola mamá. Por favor, hazlo.
Su madre le soltó la mano y asintió. Se agachó para recoger su bolsa de la silla. Pero antes de irse le acarició el cabello a su hija y le dio un beso en la frente.
―Recuerda que siempre estaré aquí contigo. – la tomó de la mano – Y si quieres llorar por la pérdida de tu beb…
―No hay nada que llorar mamá – la interrumpió antes de que terminara la palabra, mirándola seria – Nunca supe que estaba embarazada. Así que probablemente no surgió ningún tipo de afecto hacía algo que cuya existencia ignoraba.
La siguió con la mirada, mientras salía de la habitación, la miró por la ventana y después desapareció. Estando una vez, se recostó en la cama y dio un largo suspiro. ¿Estaba mal por no llorar? Miró su vientre plano, donde su bebé había habitado por esas cuatro semanas. Muchas mujeres se hubieran derrumbado ante tal noticia, pero ella no.
Luego estaba la cuestión de que Inuyasha le había enviado sus pertenencias a casa.
Todo era extrañamente confuso, necesitaba un rayito de luz que le aclarara el panorama. Odiaba esa sensación de pérdida de memoria, era tan frustrante.
xxx
Kikyo entró al lujoso edificio de Hamilton Group. Ante ella estaba una recepcionista alta y de cabello negro, vestida con un perfecto traje de sastre. Le extendió una carpeta para que se registrara.
―No sé si el vicepresidente pueda verla señorita.
Vaya, el muy condenado había logrado ser vicepresidente.
Frunció el cejo, había logrado ser el vicepresidente de la noche a la mañana. Eso era muy extraño. Tremendamente extraño.
―Descuide – la interrumpió – Me verá y sabe perfectamente que si no lo hace será peor para él.
De todos modos, se iba armar una vez que estuviera en su oficina. Kikyo aguardó unos minutos mientras aquella recepcionista se ponía en contacto con la secretaría del imbécil de Hoyo. Ella de vez en cuando reparaba en su bata de doctor. Por un momento se sentía escaneada ante su mirada.
Al final con leve asentimiento de cabeza, la chica colgó y con una sonrisa sacó un gafete de visitante.
―Es señor Masterson la recibirá en unos instantes. Es el quinto….
―Conozco el camino – Kikyo tomó el gafete – Gracias.
Se encaminó hacia los ascensores, oprimió el botón para llamar a uno. Aguardó unos instantes hasta que las puertas de se abrieron, pero antes de que ella entrara se tropezó con una mujer no más alta que ella.
Llevaba su cabello corto, un vestido blanco y negro, un sombrero más grande que su cabeza. Todo en ella olía asquerosamente a rico.
―Fíjate por donde caminas – dijo ella en un tono muy soberbió y mirándola por el borde de sus gafas de Prada.
La única respuesta de Kikyo fue sarcástica, se hizo a un lado y le dio el pase haciéndole una leve reverencia, como si de una estúpida reina se tratara. Al final entró al ascensor y fue directo al piso número cinco. Se dirigió a un inmenso mostrador de caoba donde una mujer de más de cincuenta años estaba ahí, tecleando algo en la computadora.
Ella al reparar en Kikyo, se quitó sus lentes y la miró con una espléndida sonrisa. Al menos alguien en este maldito lugar era amable.
― ¿Se le ofrece algo, señorita?
―Si – asintió – Vengo a ver al señor Masterson. Es urgente.
― ¿Tiene cita?
―No― negó – La verdad es que no la tengo.
―El vicepresidente no puede recibir….
―Me vale una mierda lo que diga tu vicepresidente. – la interrumpió, alzando la voz un poco ― Dígale que Kikyo Higurashi está aquí y si el perro no decide dar la cara, le armaré un puto escándalo que ni sabrá donde meter su arrugado culo.
Su madre siempre le había enseñado a ser respetuosa con las personas mayores, pero en este caso estaba perdiendo la paciencia y lo lamentaba por ella, por haberse desquitado de esa forma.
― ¿Ya nos entendemos, corazón?
La secretaría la miró seria, asintió y con desconfianza se levantó de su lugar. Se arregló su chaqueta negra y fue directo a la oficina. Donde descansaba una placa con letras doradas que decían su nombre.
"Hoyo Masterson.
Vicepresidente de Hamilton Group"
Las puertas se cerraron detrás de la mujer madura, mientras que Kikyo se paseaba por el lugar dando vueltas en círculos, con los brazos cruzados y esperando impacientemente a que saliera la secretaria del "culo arrugado".
Había salido del hospital aquella mañana, informándole a su madre que tendría que hacer una vuelta. Si pasaba algo que la tuviese informada del todo. Y parece que así lo era, porque se escuchó la notificación de su móvil. Lo sacó y vio un mensaje de ella.
Y al ver lo que ponía, sintió un ligero alivio.
Mami:
Tu hermana ya ha despertado. La está viendo el doctor Suikotsu.
Estaba a punto de responder al mensaje de su madre, pero el sonido de unas puertas abrirse le llamó su atención. Era la secretaria de Hoyo, quien avanzaba decididamente hacia ella. Tenía una expresión sería cuando se detuvo en frente.
―El señor Masterson la recibía, señorita Higurashi – anunció la mujer – Puede usted pasar.
Kikyo esbozó una media sonrisa.
―Le dije que esa rata insignificante me vería sin cita.
Entró a la oficina y lo primero que vio fue a Hoyo sentado en una gran silla de cuero color café. Llevaba un traje gris de tres piezas. Tenía los codos sobre el escritorio, donde con sus manos cerradas recargaba su mentón y al verla alzó una delgada ceja pues no esperaba su visita y menos la de su excuñada.
En cambio, Kikyo, ella avanzó con paso firme hasta posicionarse delante de él.
― ¿Se puede saber por qué le das órdenes a mis empleados? – preguntó.
Ella también alzó su delgada ceja ante su osadía, podía usar el mismo tono que él. No le tenía miedo a ese canalla.
― ¡Déjate de mamadas, pendejo! – exclamo, levantando un poquito su voz.
―Ese vocabulario mi estimada doctora – comentó, mientras se recargaba en su silla y se cruzaba de brazos.
Kikyo suspiró y cerró los ojos, necesitaba tranquilizarse, aunque en esos momentos lo único que deseara más era abalanzarse sobre él y agarrarlo del cuello.
―Mi vocabulario es algo que a ti no te debe importar.
―Si has venido a insultarme será mejor que te retires – le señaló la puerta con una mano – No estoy dispuesto a escucharte.
―Y yo en cambio he venido con toda la puta intención de que así sea – volvió a subir dos niveles a su voz.
―Bien – asintió – Tú dirás.
Aunque no hacía falta saber para que había venido su cuñada. Lo presentía, incluso lo olía. Veía en aquella mujer como le daban pequeños espasmos, en realidad se estaba controlando para no cometer una locura.
Pero él debía de actuar de la mejor manera posible, mostrándose, aunque fuese un "caballero". Apenas llevaba un día como vicepresidente y no podía echar todo por la borda y más si fuese por culpa de alguien más.
Abrió su bolsa y sacó el móvil de su hermana, dejándolo sobre el escritorio y apoyando ambas manos a un lado de éste. Hoyo la había seguido con la mirada en todo momento, viendo los mensajes de WhatsApp y por último a la que iba a ser su cuñada.
―Explícame esto hijo de puta – exigió saber ― ¿Por qué le mandaste esos mensajes a mi hermana?
Él se encogió de hombros.
―Ella me buscó primero – respondió sin dale importancia.
Kikyo esbozó una media sonrisa y negó. No sabía si reír del coraje o darle un puñetazo.
―Permíteme discrepar, "vicepresidente" – se inclinó un poco más en la mesa – Déjate de mamadas y responde como un puto hombre.
Hoyo frunció el cejo, en realidad no se sentía intimidado por aquella mujer. Pero tampoco podía decirle la verdad porque eso implicaría perderlo todo en cuestión de un solo día. Así que, aclarándose la garganta, se levantó y acomodó su corbata.
―Bueno, si tanto quieres saber la verdad…― la miró – Aquí te va. Nos vimos ayer para terminar en buenos acuerdos. Tomamos algo, me ofreció una droga y terminamos en un cuarto de hotel.
Kikyo tomó el móvil, negando con la cabeza mientras retrocedía unos cuantos pasos.
―Mientes. Ella siempre ha sido sana.
Hoyo esbozó una media sonrisa.
―Por lo visto no la conoces demasiado bien. Kagome es una mujer que le fascina el sexo rudo, embriagarse y todas esas cosas. ¿Qué no se acostó con un desconocido en Cancún?
― ¡Puto infeliz!
Fueron sus últimas palabras antes de tomar vuelo y salir proyectada del escritorio. Ambos cayeron al suelo. Kikyo lo tenía agarrado del cuello mientras él trataba de quitársela de encima. La silla de cuero café se había movido hasta una esquina debido al impulso de sus cuerpos.
― ¿Quién te dio esa maldita droga? – lo levantó y dejó caer su cabeza contra el piso.
―Todo lo que te he dicho es verdad. Ya te lo dije, nos drogamos y terminamos teniendo sexo. Puedo mostrarte los videos.
Frunció el ceño al escuchar esa revelación y apretó más su agarre.
―Mientes – negó – Por tu culpa casi muere. Ayer tuvieron que reanimarla.
Una punzada de dolor se hizo presente en su interior. No había querido hacerle daño y pensaba que todo el frasco no le afectaría.
―Lo siento, pero ella se lo buscó.
― ¡Ella estaba embarazada, cabrón! – exclamó – No lo sabe y gracias a ti, anoche lo perdió.
Usando toda su fuerza lo levantó hasta tener su maldita cara frente a la suya.
― ¿De cuantas maneas le tienes que destrozar la vida? ¿Qué no te fue suficiente haberle sido infiel con Eri?
Hoyo se mordió el labio inferior.
―A veces el karma nos llega de distintas maneras – respondió él, mirándola fríamente – Ella me fue infiel también. Así que tu hermana santa no es.
―Te voy a matar.
Pero antes de que pudiera cumplir su promesa, las puertas del despacho de Hoyo se abrieron y dos hombres altos entraron para quitársela de encima. Como pudo se puso en pie y se arregló la ropa, mientras observaba como Kikyo forcejeaba con el guardia y otro tomaba las pertenecías de la mujer, incluido el móvil de su hermana.
―Un día, Hoyo – lo señaló – El karma también te llegará. Reza porque ese hijo que esperas no sea una niña. Así nunca sabrás el dolor de un padre cuando a su hija le hace daño un hijo de puta como tú. – pero antes de que se la pudieran llevar, lo miró por última vez – prepárate, porque te puedo denunciar por intento de homicidio.
Y tras esas palabras el guardia se la llevó.
Hoyo acomodó la silla en la posición normal y se dejó caer en ella, pensativo ante los acontecimientos de hace unos minutos. Si el personal de seguridad no hubiera llegado a tiempo probablemente aquella mujer lo hubiera matado.
¿Kagome estaba embarazada?
Se recargó en el respaldo de la silla.
¿Qué había hecho? ¿En realidad un ascenso valía más que la vida de una persona?
Si, era verdad que no había pasado nada entre ellos dos y que Bankotsu lo hubiese ayudado con la edición de aquellas fotos y video. Pero eso no quitaba el hecho de que por poco le quitaba la vida a una persona, bueno sólo a una. Una vida que apenas comenzaba a nacer.
"Espero que nunca tengas una niña. Así nunca sabrás el dolo de un padre cuando a su hija le hace dado un hijo de puta como tú".
Tal vez comenzaba a mostrarse un poco arrepentido, pero eso llegaba un poco tarde. El daño estaba hecho, su puesto como presidente ya era real.
Pero ¿A qué costa?
¿Dañar a un tercero a cambio de obtener lo que siempre había deseado?
xxx
Su madre había salido un momento para hacerle una llamada a su padre, ya que estaba preocupado porque ella no pasó la noche en casa y no sabía cómo decirle que su hija estaba internada en el hospital desde ayer. Así que solo la había dejado por unos instantes sola.
Las chicas únicamente que le habían mandado ramos de flores con una tarjeta y varias golosinas. Querían hacerla sentir bien, pero la verdad era que no lo estaba.
¿Por qué Inuyasha no había venido a verla?
Como deseaba tener su móvil para poderle enviar un mensaje o hacerle una llamada. Deseaba saber por qué había tomado una decisión como esa, saber los motivos que lo impulsaron a enviar sus pertenencias con su padre.
¡Maldición!
Todo seguía ahí, confuso. Era como estar en un campo cubierto de niebla y no poder ver más allá y quedarse sentada por temor a lo que pudiera ver.
De pronto, se incorporó en la cama al ver la silueta de Inuyasha cruzar por la ventana. Su corazón dio un pequeño golpecito en su pecho. Una nítida esperanza cruzó por su cabeza, tal vez había ido a verla para decirle que todo se trataba de un malentendido.
Pero al verlo entrar y ver su inexpresiva mirada, sabía que no sería de ese modo.
Si, su mirada era sombría. Llevaba un traje negro con una corbata roja y en una mano algo parecido a un folder.
―H….
―Será mejor que no pierdas de tu tiempo en hablar – la interrumpió – Seré breve.
Ella frunció el cejo al escuchar su voz seca y carente de toda emoción. Un frio gélido la recorrió de pies a cabeza.
―No entiendo – ella negó ― ¿Qué ha cambiado?
Él exhaló un poco incrédulo ante la gran actuación que mostraba.
―Vaya – dejó el folder sobre la cama y aplaudió – Si que eres una espléndida actriz.
―Por favor, Inuyasha. No entiendo porque ese cambio tan repentino en ti.
― ¿Es que de verdad no te acuerdas de nada o solo continúas fingiendo?
―Incisito en que…
Él alzó una mano y la obligó a callar. La verdad es que había ido con intención de terminar con ella para no volverla a ver nunca más en su vida y esperaba que este encuentro fuera rápido.
Tomó el folder y lo dejó caer en sus mulos, que estaban cubiertos por las sabanas.
―Esto es lo que ha cambiado.
Con manos temblorosas abrió el folder y lo que vio la hizo alterarse mucho. Ahora no sentía un gélido frio, sino que sentía como si estuviese en el polo norte. Ahí, adentro de ese folder había varias fotos de ella con…
¿Con Hoyo?
Ambos desnudos en una cama, teniendo relaciones y en varias posi…
No quiso ver más y cerró todo.
―Y hay más de esas.
―No soy yo – ella negó – No puedo ser yo – una lagrima resbalaba por su mejilla, mientras lo veía.
Inuyasha esbozó un poco más a ella.
―Oh – silbó mientras negaba – No trates de negarlo – la miró con intensidad – Por poco me convences. Estuve así de creer que eras una mujer sensata, sería. Que sería incapaz de acostarse con su ex. Pero supongo que estaba equivocado.
Ella trató de tomar su brazo, pero éste se le adelantó apartándose a una velocidad impresionable.
―Ya te he dicho que no soy yo la de las fotos.
―Kagome, no trates de justificarte. Hasta tengo un video que alguien generosamente me envió. Debo decir que se lo agradezco porque así me pude dar cuenta de la clase de mujer que resultaste ser. No eras quien yo creía que serías.
―Debe haber una explicación. Anoche dicen que llegué…
―Si – la interrumpió – Me lo dijo Naraku anoche. Pero viendo todo esto, me hace suponer en una cosa. Te citaste con él, se drogaron o emborracharon y terminaron en una habitación de hotel.
Kagome dio un largo suspiro. Que creyera esas cosas de ella realmente la estaba matando. Por lo que veía, ese hombre nunca llegaría a confiar en ella, dado que se dejaba llevar por sus emociones e influir por los demás.
Aquel hombre que estaba frente a sus ojos era muy distinto al que conoció en Cancún, al que le pidió una oportunidad de inicia una relación. Era la otra cara de la moneda de Inuyasha Taisho.
―Dime ¿Tanto te querías vengar de tu prima Eri?
―Ya te dije que no soy yo. Yo sería incapaz de hacerte algo así.
Una diabólica risa se escapó de los labios de aquel hombre, haciéndola temblar.
―Pero si te acostaste conmigo mientras estabas prometida con tu ex. ¿Qué te hace suponer que voy a creerte?
Apretó los nudillos de las manos contra las sabanas. Ya en reiteradas ocasiones le recalcaba eso.
―Supongo que por más que te diga que no soy yo ¿No me crees?
―Y supones bien – asintió él.
―Bien – ella lo miró –Si asintió – Me acosté con él. Si, lo hice para vengarme de mi estúpida prima embarazada.
Si no le creía por más que le dijera la verdad, esperaba que con una mentira le doliera.
―Y…―esto le iba a doler más a ella que a él ―Solo te seduje por tu dinero ¿Estas contento?
Inuyasha se fue apartando poco a poco de ella, como si le diera asco estar a su lado.
―Solo estoy decepcionado. Porque yo…― hizo una pausa y después negó para sí misma – Olvídalo, da igual. Espero que tu venganza haya dado resultado. En cuanto a mí, te garantizo que no nos vamos a volver a ver, aunque tengamos amigos en común. Que es lo que más lamento de eso.
― ¿Es una advertencia? – dijo segura de sí misma.
No la iba hacer flaquear, no la iba a destrozar.
―No ―él negó – Es una promesa. Y aquí todo termina entre nosotros.
Kagome asintió, mordiéndose por dentro los labios.
―En ese caso y viendo todo… Deseo que te marches y me dejes sola. Yo tampoco quiero verte.
― ¿Ahora me corres?
―Si – volvió asentir ―No quiero verte.
―No te queda hacerte la digna, Kagome Higurashi.
Entonces recordó a su enfermera Sally, ella le había dicho que si necesitaba algo oprimiera un botón. Así que no lo dudó, buscó el dichoso aparato y llamó a alguien. De inmediato apareció ella con una sonrisa.
― ¿En qué… ― miró al hombre que estaba a un lado de la cama – Puedo ayudarle?
― ¿Puede sacar a este hombre? ―señaló con la mirada a Inuyasha – No lo conozco y me está molestando.
― ¿En serio? ― preguntó él, arqueando una ceja.
Kagome volvió a mirar a la enfermera.
― ¡Solo sáquelo de mi habitación!
Sally pudo notar en el monitor que la presencia de ese hombre estaba alterando a su paciente, así que amablemente le invitó a salir de la habitación.
―La paciente aun no puede recibir muchas visitas, caballero ―explicó – Su salud aun es delicada y por lo que veo su presencia la está alterando.
Inuyasha miró a la menuda mujer que estaba parada delante de él y a la otra que estaba acostada en la camilla. Se acomodó su saco y antes de irse, le dirigió una última mirada a Kagome.
―Si algún día necesitas dinero, solo búscame y podemos tener una noche de sexo. Créeme que pago generosamente.
― ¡LARGATE, AHORA! – arrastró sus palabras con tanto odio.
Una vez sola se permitió llorar, llevándose las manos a la cara. Las gruesas lagrimas caían sobre el folder que Inuyasha le había dejado. No quería verlas, quería deshacerse de ellas.
¿Qué le había hecho Hoyo?
¿Con que puto propósito le había hecho algo tan terrible?
Y ese hombre, ese hombre que amaba, claramente de dejaba manipular. Sin duda, no era el hombre del que estaba enamorada.
No cabía duda, era un completo imán para los imbéciles. Pero, prometiéndose a sí misma, una vez que saliera de este maldito hospital, lo olvidaría y comenzaría desde cero. Lejos había quedado el amor para ella, ahora solo se dedicaría a ella misma.
Que irónico, le había llorado más a un puto hombre que a la propia perdida de su hijo.
