Capítulo 27
Saturno
En Saturno, viven los hijos que nunca tuvimos
Pablo Alborán
Salió al pequeño balcón que tenía su departamento. Tomó asiento en una silla blanca y acomodó su taza de té sobre la pequeña mesita, mientras contemplaba desde el piso diez la lluvia y a la gente que corría para no mojarse. Le habían dado de alta exactamente hace una semana, no quiso regresar a casa de sus padres pues prefirió emprender sus alas como le había dicho su madre.
Si tenía aquel complejo ¿Por qué no darle uso? En lugar de que se llenara de polvo todas las cosas que tenía ahí.
Había querido regresar al trabajo al día siguiente de su alta, pero Myoga le había dicho que no, que prefería que se tomara dos semanas de vacaciones (algo poco inusual en él). Total, el trabajo estaba tranquilo y podía arreglárselas con Kanna.
Pero después de una semana y sin nada que hacer, comenzaba a aburrirse. Incluso ya se estaba convirtiendo en compradora compulsiva por Amazon. Realmente estaba comprando cosas innecesarias que probablemente no utilizaría. Como su taza amarilla de m&m donde tomaba su té.
Bueno, esa compra si fue necesaria, la estaba utilizando.
Su madre de vez en cuando la visitaba y le llevaba un poco de comida que había preparado en el día, si no era eso, ella pedía algo a domicilio.
Desde donde estaba podía ver ocasionalmente la pantalla. No era de ver televisión por cable, hoy en día quien veía eso. Ahora con las plataformas se podía ver una película. En ese momento pasaban un anunció de toallitas húmedas para bebés y prefirió cambiarle. Evitaba a toda costa cualquier contacto con un bebé, sea en físico por televisión e incluso a mujeres embarazadas.
Lo curioso era que, si podía estar al lado de Rin, probablemente porque aún no se le notaba su embarazo y no quería saber si se alejaría de ella por lo mismo.
A este punto estaba asimilando que un día en su cuerpo habitó algo. Pero eso no significaba que realmente deseaba ser madre.
Volvió a cambiar de canal cuando ahora pasaban un anunció de papillas para bebé.
Prefirió dejarle en un canal de chismes, total al fin el mundo del espectáculo le vendría valiendo muy poco.
Le dio un sobro a su taza de té, mientras la brisa fresca de la lluvia le acariciaba su rostro. La paz volvía poco a poco.
En otro tema, al parecer la modelo rusa, Olenka Kalashnik por fin a flechado el corazón del empresario y millonario Inuyasha Taisho. Ya que se les ha visto últimamente juntos en estos días. Aquí la nota.
Al escuchar su nombre, sus ojos se desviaron a la pantalla. En ella, se mostraban imágenes de una mujer alta y de cabello castaño, iba con un hermoso vestido en color dorado, junto a Inuyasha, quien portaba un esmoquin, con su cabello perfectamente acomodado.
Le tembló el labio, un nudo se le acumulo en la garganta y dando paso a un deseo de llorar.
Si, se le escapó una lagrima de sus labios, pero no iba a tirarse a llorar.
Ella no, ya había llorado, él la había sacado de su vida, incluso hasta la bloqueó de todos lados. No sería ella la que diera las explicaciones, no sería la que pediría perdón cuando todo se esclareciera.
Pero ¿Cuándo? Eso no lo sabía.
Prefirió apagar la pantalla y continuar con lo que había estado desde el principio. Pero el nido de un timbre la obligó a salir del balcón y dirigirse hacia la puerta, observó por la mirilla y ahí estaba su grupo de amigas, esperando a que abriera.
En cuanto lo hizo, vio que llevaban varias cajas blancas de satín, ella alzó una ceja un poco confundida.
―Necesitamos ayuda con las invitaciones – explicó Rin.
Kagome asintió, dándoles acceso.
Todas se situaron en el pequeño comedor, mientras que Ayame encendía nuevamente la pantalla y ponía una película en Netflix.
Kagome sacó una de las invitaciones de una de las cajas para observarla detenidamente. Eran muy bonitas, en color hueso, ahí, inscritos venían el nombre de ella y de Sesshomaru, por debajo el de sus respectivos padres, así como la fecha de la ceremonia religiosa y la ubicación de la recepción.
Pero frunció el cejo al ver la fecha, era en dos semanas y media, no en dos meses como lo había planeado.
― ¿Te casas en dos semanas y media? – preguntó sorprendida – Creí que era en dos meses.
―Kagome, ya ha pasado un mes y una semana – explicó Rin – Aun así, voy retrasada con la entrega de las invitaciones. Deben quedar listas. Así que hay que ponerlas en esos sobres.
― ¿Cómo le harás para repartir más de cien? – preguntó Sango – Tendré que ponerme a trabajar en el diseño del pastel.
―Sesshomaru pondrá a disposición a varios choferes para hacer la entrega. En cuanto estén listas se las debo dejar.
Kikyo y Ayame se habían ido a la cocina a preparar unas bebidas, lo que se supondría sería un día tranquilo iba ser agitado, ayudándole a su amiga con esas invitaciones. Ni siquiera había elegido su vestido de dama, por lo que tendría que conseguirlo a la voz de ya.
Sango las dejó por un momento para ir al tocador y mientras ellas organizaban las invitaciones acomodándolas en los pequeños sobres aterciopelados de color azul marino. Rin de vez en cuando contemplaba a su amiga y veía la tristeza reflejada en sus ojos.
― ¿Te sientes incomoda con esto? – preguntó de golpe.
Kagome alzó la cabeza y frunció el cejo, un poco confundida ante la pregunta de su amiga.
― ¿A qué te refieres?
―Bueno...― ella roló los ojos, un poco apenada por lo que iba a responder ― Porque a principios de año tú eras la que se iba a casar, ahora soy yo. Y eso me hace sentir mal, como no tienes una idea.
Ella esbozó una sonrisa ante la sinceridad de su amiga, dejó una invitación sobre otra caja, fue hacia ella y la abrazó.
―No tienes por qué sentirte así. Ahora el momento es tuyo y de disfrutar de esa dicha, sin preocuparte por los demás.
―Pero eres mi amiga – una lagrima se resbaló por sus ojos – Y me duele ver como sufres. He intentado de todas formas posibles hablar con él de ti, pero se niega a escucharme.
Kagome negó.
―No vuelvas hacer eso. Después de todo no es tu deber lidiar con batallas que le corresponden a alguien más. Eso solo me concierne a mi o a él. Que no quiera solucionar las cosas, es muy su problema. – la tomó de las manos y la miró – Ahora, lo único que quiero es que disfrutes de tu dicha. Pronto te casaras y serás madre ¿Qué más puedes pedir?
Rin la miró con ojos de amor, como el de una hermana hacía otra.
―Que tú seas también feliz.
―Estoy segura de que mi felicidad vendrá en cualquier momento. ¿Cómo se presentará? Eso si no lo sé, pero cuando llegue no la soltaré. Te lo prometo.
Ambas se fundieron un abrazo cariñoso. De todas las amigas, Kagome siempre había sido su preferida, era como la hermana que nunca había podido tener en cambio solo tenía que soportar a sus dos hermanos. Incluso muy a menudo las confundían con hermanas, pero al ver las diferencias comprobaban que no era así.
―Lo que me queda claro es que voy a tener que usar un vestido amarillo y tú sabes cuánto odio ese color.
Rin no pudo evitar soltar una risa.
―Parecerás un pastelito envuelto en betún amarillo.
Un recuerdo vino a su mente cuando Kikyo exclamó que no le gustaba el color lila, por lo que Ayame había hecho exactamente ese mismo comentario.
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― ¿Nerviosa, Eri?
Esa tarde había acompañado a Eri al hospital, por fin iban a saber el sexo del bebé. Y aunque era extraño, se sentía impaciente por conocer el sexo de su bebé. En cuanto vio por el monitos los pequeños latidos de su hijo, algo en él se ablando.
Ahí, dentro del vientre de Eri crecía una parte de él.
La doctora les explicaba que todo estaba en perfecto orden, crecimiento, latidos de corazón.
Su bebé, estaba naciendo sano.
― ¿Quieren saberlo ya o van a hacer un tipo de revelación?
Eri miró a Hoyo y él se encogió de hombros.
―Tú decides – esbozó una media sonrisa.
―Lo queremos saber ya.
Total, no tenían mucha familia con quien compartir dicha felicidad. Sus padres muy apenas le hablaban, sus tías y primos le habían dado la espalda, incluso amigas.
―Bien – asintió – Veamos que será. Se mueve mucho.
La doctora pasó el transductor por todo el vientre de Eri, buscando el ángulo perfecto para ver el sexo del bebé. Cuando la vieron esbozar una sonrisa, supieron que había dado con él.
―Ya se dejó ver – los miró ― ¿Están listos?
Ambos asintieron al unísono, sin dejar de ver a la doctora y al monitor. Agarrados de la mano como si de un matrimonio feliz se tratara.
―Es una niña – anunció la doctora ― ¡Muchas felicidades!
Eri lo miró con una sonrisa y pequeñas lágrimas en sus mejillas. Estaba feliz ante la noticia de que tendría una niña. Pero en cambio, él solo pudo ser capaz de escuchar estas palabras:
―Un día, Hoyo –Kikyo lo había señalado – El karma también te llegará. Reza porque ese hijo que esperas no sea una niña. Así nunca sabrás el dolor de un padre cuando a su hija le hace daño un hijo de puta como tú.
¿Qué estaría dispuesto hacer por defender a su hija de cualquier canalla?
La respuesta eran muchas cosas, sería incluso capaz de matar a quien se atreviera a tocarla, incluso a lastimarla o romperle el corazón.
Pero por más que tuviese pensamientos de heroísmo para su hija, no podía quitarse de la mente que él también había sido un hijo de puta que en el pasado había herido a la hija de alguien más. No, más bien había lastimado a una y por su culpa ella pasaba el peor calvario de su vida.
La cuestión era ¿Sería capaz de solucionarlo todo?
Si, lo perdería en cuanto hablara, pero el simple hecho de saber que Kagome estaba pasándolo mal debido a su culpa no dejaba de martillare el pensamiento. Si deseaba tener un futuro prometedor ante su bebé y Eri, primero debía solucionarlo todo. Sin importar las consecuencias, aun si parara a la cárcel por intento de homicidio, al menor sabría que había hecho bien y en eso, su hija podría sentirse un poco orgullosa.
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― ¿Quieres pasar? – le preguntó ella.
Inuyasha recorrió la esbelta figura de Olenka, pero, aunque fuera una mujer bella, no le apetecía entrar a tomar una copa de vino y terminar en su cama.
―Lo siento Olenka – se encogió de hombros – Esta noche no.
Olenka roló los ojos, un poco frustrada ante la decisión de Inuyasha. Después de que había regresado a New York hace una semana, no había podido conseguir meterlo a su cama. Esta era cuarta vez que se negaba y no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente.
Así que entrelazó sus brazos alrededor de cuello y se aferró a él, pegando su cuerpo junto al de Inuyasha. Como si así fuera a conseguir despertar el deseo que había entre ellos.
―Vamos – susurró, dándole un beso en el cuello – La pasaremos bien – prometió – Antes la hemos pasado de lujo en la cama. Somos altamente compatibles ahí – lo miró, con sus enormes ojos color zafiro ― ¿Qué le ha pasado a mi amante favorito?
¿Qué le había pasado?
Bueno, esa era una respuesta que solamente él podía responder, pero no se atrevería admitirlo delante de una de sus examantes.
Se había enamorado, había entregado su corazón a una pequeña mentirosa que lo único que hizo fue acostarse con su ex prometido solo para vengarse de su prima. Si tan sólo ella hubiese olvidado de eso, hacer a un lado su venganza, tal vez en estos momentos seguirían juntos. El sexo no era lo mismo que hacer el amor y en eso, ella lo había arruinado para otras mujeres. No iba a ser lo mismo, aun la deseaba, aun su estúpidamente le rogaba por que la buscara, le perdonara para luego implorarle que volviera con él.
Aunque tuviese un cuerpo tan escultural como el de Olenka, no lograba despertar su lívido sexual.
―Perdóname, pero no puedo.
Respondió, apartando los brazos de la mujer de cuello.
Ella alzó una delgada ceja, se cruzó de brazos y dejó recargada su espalda en el marco de la puerta. Mientras analizaba al hombre que tenía delante de ella.
―Desde que he regresado de New York no has querido tocarme – comentó ella – Siendo que en el pasado no podíamos salir de una habitación por más de tres días seguidos.
Él no supo que contestar y se encogió de hombros.
Pero Olenka no era estúpida y vio en sus ojos un brillo de tristeza y amor.
― ¿Hay otra mujer, no es así?
Inuyasha suspiró y se pasó una mano por la cabeza, la verdad no deseaba hablar de eso con ella.
―No es eso.
La mujer alzó otra vez su delgada ceja y esbozó una media sonrisa.
―No nací ayer Inuyasha. Creo que hay otra mujer – comenzó a jugar con su corbata gris – Por eso no has querido tocarme en esta semana.
Acarició su mejilla y atrajo su mirada hacía la de ella.
―Recuerda que, si algún día deseas hablar, aquí estaré.
Él asintió, le dio un beso en la frente.
―Gracias.
Luego se marchó, dejando a su examante en la entrada de la habitación, contemplando como él se subía a un ascensor y desaparecía tras aquellas puertas doradas.
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Había regresado a su entorno laborar tras dos semanas de vacaciones forzadas. Por poco y se volvía loca. Desarrolló una manía por comprar cosas innecesarias en Amazon o incluso en eBay, pero su favorita era ir a la cafetería de Sango casi todas las tardes por su respectiva rebanada de pastel y café.
En cuanto entró a su área de trabajo fue recibida por Kanna, quien le dio un efusivo abrazo.
― ¡Kagome! – exclamó emocionada ― ¿Cómo estás? ¿Ocupas algo? Puedo ir por un jugo si quieres o una dona…
―Kanna – ella se apartó un poco de ella y alzó un poquito las manos – Estoy bien, tranquila y no, no ocupo nada.
―Cuando dijo Myoga que no vendrías en dos semanas por enfermedad no pude evitar preocuparme por ti….
Kagome avanzó hasta su lugar de trabajo, mientras escuchaba la voz cantarina de su compañera. Dejó su bolso en una mesita para después ponerse una bata y comenzar con sus labores del día. Por lo que veía había muchas obras que reparar.
Kanna era experta en reparar figuras, ella en cuadros. Incluso ambas se habían ayudado una a la otra.
―Así que…
―Kanna, no te preocupes. Ya estoy bien. – dijo con una sonrisa, para tranquilizarla – Mejor dime qué novedades tenemos.
―Bueno…
Kanna arrastró su banquito a lado de Kagome y se sentó enfrente de ella, se cruzó de piernas y la miró atentamente.
―Se rumora en radio pasillo, que el director del museo Louvre vendrá en estos días – una sonrisa se dibujó en sus labios – Al parecer viene hacerle una propuesta laborar a alguien.
Kagome tomó sus guantes de látex y asintió mientras escuchaba cada comentario de su amiga.
―Eso es interesante.
―Tal vez te den la propuesta a ti – dijo Kanna con una amplia sonrisa – Deberías aceptarla.
Ella miró a su compañera y se encogió de hombros. La verdad ya no tena intenciones de unirse a ese museo. Había perdido la cuenta de cuantas veces hizo solicitud para entrar ahí y en más de una fue rechazada. Así que no esperaba nada.
―O a ti – comentó, mirando a Kanna.
―No – Kanna negó – A ti – dijo señalándola.
Y como si fuera una especie de invocación, apareció la secretaria del señor Myoga. La mujer tenía la respiración agitada, como su hubiera corrido un maratón o algo por el estilo.
―Buenos días – saludó a las chicas.
Ellas respondieron el saludo.
―Kagome, el señor Myoga desea que te reúnas con él en su estudio.
Ante aquel anunció, Kanna y ella intercambiaron una fugaz mirada. Su compañera esbozó una sonrisa y al final le guiño un ojo.
Se levantó nerviosa de su banquito y siguió a la secretaria de su jefe por todo el museo. Estaba nerviosa y mil pensamientos de atravesaban por su mente. ¿Qué tal si la despedían? Si así era, tenía que pedirle una asesoría a Koga.
Cruzaron por el departamento de recursos humanos y eso la hizo sentir menos carga, cuando despedían a alguien del personal, siempre lo citaban en esa oficina para hacerle firmar su carta de despido.
De pronto estaba ante el despacho de su jefe, la secretaria le indicó que llamara a la puerta y al hacerlo aguardó unos minutos hasta que escuchó la voz de Myoga autorizarle el acceso a su despacho.
Al hacerlo lo vio sentado en su habitual silla, pero había alguien más sentado frente a él y dándole la espalda a ella.
―Pasa hija – le indicó con una mano para que se acercara.
Kagome asintió, entró al despacho de su jefe cerrando la puerta a su paso. Avanzó dando pequeños pasos era todo lo que pudo hacer y no porque el tacón de sus zapatos fuera bajito, sino porque estaba nerviosa. Podía distinguir atrás de aquella silla a un hombre alto, de hombros anchos y de cabello oscuro. A esa distancia podría deducir que era joven.
Se detuvo entre el escritorio y a lado donde estaba ese hombre. solo en ese punto comprobó que era demasiado joven, él al notarla automáticamente se puso en pie con sutil elegancia. Llevaba un traje azul marino, camisa blanca y con los dos primero botones sin abrochar, sin corbata, se veía incluso relajado.
Era alto, con ojos de color café oscuro y una barba de tres días. Tenía un gran parecido al actor Tom Ellis de la serie de Lucifer.
―Kagome – dijo Myoga – Te presento a Antonio De La Rosa – miró al hombre – Ella es la señorita Kagome Higurashi.
Aquel hombre esbozó una sonrisa mostrando sus perfectos dientes blancos y por último extendió su mano para saludarla en forma de cortesía.
―Encantado, señorita.
Su acento francés se notó a simple vista a pesar de no emplearlo. Estaba estupefacta, si, era como ver al Tom Ellis, solo que el hombre que tenía en frente de ella era más alto. fácilmente le calculaba más de un metro noventa. Seguramente si Ayame lo viera se derretiría ante él, a pesar de tener a Koga.
Antonio De La Rosa aguardó a que la joven se dignara a tomarle la mano para formalizar la presentación y con una sonrisa y una mirada se lo hizo saber.
―Disculpe – dijo un poco apenada y sostuvo más tiempo de lo normal su mano ― ¿Le han dicho que se parece a Tom Ellis? – no pudo evitar hacerle esa pregunta.
El hombre esbozó una sonrisa y al final soltó una pequeña risa.
―Constantemente – respondió, mientras aguardaba a que ella tomara asiento a su lado para después hacer lo propio – Se puede decir incluso que dicen que es mi hermano gemelo. Cosa que no creo, al menos que mis padres me hayan estado ocultando algo que deba saber.
Kagome no pudo evitar reír ante el humor de aquel caballero.
―Kagome – Myoga llamó su atención – El señor De La Rosa es director del museo Louvre – explicó – Y ha venido directamente de París para hablar contigo.
La mirada de Kagome iba de Myoga hacia Antonio De La Rosa, alías Tom Ellis. Pero su jefe prefirió cederle la palabra al francés y calló para escuchar la propuesta que tenía para ella.
―Escucha Kagome – ahora era Antonio quien hablaba – He venido directo de Paris para hacerte una propuesta formal de trabajo. Normalmente no hago esto, pero tratándose de ti, haría lo que fuera.
― ¿Propuesta? – repitió titubeante.
―Así es – asintió él – Deseo que formes parte de nuestro gran equipo. Pero no sólo como una reparadora de arte, no, no – negó, arrastrando aún más su acento francés con él – Sino más bien como jefa de área. ¿Qué dices? – la miró con intensidad.
Se había estado preparando para este momento importante de su vida, mentalizando las palabras que diría para cuando eso sucediera. Pero ahora que estaban pasando, simplemente dichoso discurso se había borrado de su cabeza. No sabía que responder, si aceptaba estaría dejando todo, familia y grandes amigas. Si decía que no, estaba dejando escapar la oportunidad más importante de su carrera.
Era hora de poner todo en una balanza y tomar la mejor decisión posible. Como bien decía un sabio profesor, mientras estudiaba su carrera «La peor decisión, es la indecisión» y ese podría ser el peor de si vida.
―Yo…― tartamudeó – Esto… simplemente no lo esperaba.
―Es una gran oportunidad, hija – intervino Myoga, al verla indecisa – Es la cumbre de tu carrera. Por todo lo que has luchado, si fuera tú no lo pensaría y aceptaría esta propuesta.
Antonio carraspeó para llamar la atención de la chica y una vez logrado su objetivo, prosiguió.
― ¿Te apetece almorzar? ― preguntó – En cuanto llegué de París vine directo hasta acá sin nada que comer. Sirve que discutimos todos los términos del contrato. Sueldo, vacaciones, horarios de trabajo y un sin fin de prestaciones que ofrece la empresa. ¿Qué dices?
―Claro – asintió.
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Era su primer reunión del día y no marchaba como deseaba. Se había citado con un cliente para discutir los términos sobre un rascacielos nuevo. Así como la presentación del diseño. Había quedado en tiempo y forma y esperaba que le gustara. Pero ese cliente iba diez minutos retrasado, odiaba la impuntualidad, así como a la gente mentirosa.
Estaba a punto de darle un sorbo a su café cuando la vio entrar a aquel restaurante. Llevaba un hermoso vestido color blanco sin mangas y con la falda holgada, unos zapatos de tacón bajito del mismo color y su cabello iba suelto. Era como ver una mañana de paz, ante la tempestad. Pero frunció el cejo al verla acompañada de otro hombre, uno que le era rotundamente familiar. Parecía un actor el tipo.
¿Quién era ese sujeto? ¿A caso una nueva víctima a quien sacarle dinero?
Lo que sí pudo ver era como ambos se sonreían, mientras que ese hombre recargaba la palma de su mano tan delicadamente justo en la espalda de Kagome. Apretó los nudillos de sus manos, quería ir hasta allá y arrancarla de sus brazos. Mientras le lanzaba un puñetazo y al finar preguntarle cuales eran sus malditas intenciones con respecto a ella.
Pero guardó compostura, se suponía que ella ya no significaba nada para él, pero al verla con un hombre totalmente distinto a Hoyo, lo único que hizo fue sino aumentar su fuero interior.
―Disculpe la demora señor Taisho.
Al escuchar su nombre, levantó la cabeza y se encontró con su cliente. De mala gana solo asintió y mientras éste hablaba, él no la perdía de vista. Estaba al pendiente de ella por si el otro hombre tratara de propasarse con ella.
Una mesera se acercó a darles la cartilla de menú, pero en realidad tenía el estómago cerrado y lo único que podía entrar en él era un café. Así que solamente pidió eso, mientras que su futuro jefe (si es que aceptaba la oferta) ordenaba un omelette, jugo de naranja y un café.
Al finalizar vieron cómo se despedía la mesera con su orden y se iba directo a la cocina para llevarla al chef.
El silencio entre ellos se hizo presente, pero no por mucho tiempo.
―Bueno, ahora que estamos lejos del museo yo...
― ¿Cómo es que tiene un acento francés y al mismo tiempo su nombre está en español? – no pudo evitar hacer esa pregunta y se sintió un poco avergonzada ante tal atrevimiento – Disculpé si fui atrevida, yo...
―No te preocupes – él se encogió de hombros – Pero preferiría que me hablaras de tú. Aunque me vea grande con camisa de lino y saco, no quiere decir que sea viejo. Soy joven.
Kagome asintió.
―Bueno, entonces ¿Responderás mi pregunta?
―Claro – Antonio asintió – Todo comenzó cuando mi tátara, tátara, tátara abuelo conoció a una inglesa...― la miró sonrió – Es broma – Mi padre es español. Un día conoció a una turista francesa, se enamoró y pidió en su trabajo que lo trasladaran a París, solo para estar con ella. Producto de ese amor nacieron mis dos hermanos y yo. Claro, mi padre siempre inculcó que habláramos los dos idiomas.
Así que eran tres los que al final hablaba, castellano, francés e inglés.
―Qué bonita historia – comentó ella.
―Al fin si lo vemos por el lado romántico, así es. – se aclaró la garganta.
Comenzó a zumbarle el oído izquierdo, como si alguien estuviese hablando de ella. Así que discretamente se lo tocó. Era extraño, pero se sentía observada por alguien más y no era el hombre pulcramente vestido el que tenía frente a ella, sino más bien por alguien más. Esa mirada penetrante la hizo sentir un escalofrío que recorrió toda su espalda.
―Bueno, a lo que vamos – Antonio cambió de tema – La primera vez que enviaste tu solicitud a Louvre, no dudé de ti, desafortunadamente la jefa de área ya había tomado una decisión descartándote en primera instancia. Me gustó mucho tu experiencia, por eso cuando renunció la jefa de dicha área, no dudé que ese puesto sería para ti.
Explicaba y Kagome lo escuchaba con atención.
―Incluso detuve las contrataciones por que sabía que tú aceptarías esta propuesta.
Sin decir nada, sacó de su maletín un folder blanco que llevaba impreso el logotipo del museo Louvre.
―Éste sería tu contrato.
Kagome tomó la carpeta, la abrió y comenzó a leer en contrato. Tuvo que releer la parte del salario más de tres veces. Desde luego estaba en euros, pero haciendo la conversión estaría ganando justo lo triple que en su actual trabajo.
― ¿Es real el sueldo?
―Si, Kagome – asintió él – Tan real como que no tengo un hermano gemelo llamado Tom Ellis.
Ante aquel comentario, Kagome no pudo evitar sonreír. Todo esto le estaba cayendo como anillo al dedo. Si aceptaba, tendría un importante puesto, aumentaría su experiencia laborar y su curricular adquiriría más prestigio, sin mencionar que estaría ganando un mega sueldo.
― ¿Qué dices?
Necesitaba aire, necesitaba un espacio para poder respirar y tomar la mejor decisión posible.
― ¿Puedo ir al tocador?
―Desde luego, ve – asintió su acompañante.
Kagome se levantó como un resorte de la silla y fue directo al tocador. Se echó agua fría en el cuello y por último contempló su reflejo en el espejo. La Kagome que la estaba observando le decía que aceptara, que se fuera a Paris, mientras que la Kagome del otro lado del espejo, le aconsejaba que no lo hiciera. Que muy en el fondo de su ser las cosas tomarían forma y pronto regresaría con Inuyasha. Pero entonces el reflejo le dijo que eso jamás sucedería, que ella tomaba la decisión de cambiar su destino.
Así que asintió y tomó la mejor decisión posible, tanto para ella, su familia y amigas.
Al salir del tocado alguien la tomó bruscamente del brazo y la arrastró a un rincón retirado del restaurante. Un rincón donde nada ni nadie los interrumpiría.
― ¿Estas cazando a tu nueva víctima?
Kagome al escuchar esa voz ronca y sexy, levantó la vista y se encontró con los ojos dorados de Inuyasha. Su respiración era acelerada, su mirada llena de rencor, odio y tristeza. Quería en redar sus manos al redor de su cuello, aclárale que lo que le había dicho en el hospital era mentira. Pero no tenía caso, él jamás le crearía.
Como extrañaba estar entre sus brazos y oler aquel aroma masculino que siempre la embriagaba
― ¿Perdón? – ella alzó una ceja.
― ¿Tan rápido andas de puta? Dime ¿Ese hombre sabe lo que eres en realidad?
Kagome lo apartó como pudo y apretó los nudillos de sus manos. Si, lo extrañaba mucho, pero no por eso iba a dejar que la humillara de esa manera. Ya lo había hecho mientras ella estaba débil, internada en un hospital. Ahora, estaba sana y fuerte.
Miró aquellos ojos dorados que tanto amaba. Entonces recordó en un capítulo de Grey's Anatomy, como Meredith le hace frente a Derek cuando el le reclama por haber tenido una nueva relación después de que él se fuese con su esposa Alison. Solo que, en este momento, ella lo acomodó de acuerdo con el momento.
― ¿Sabes? Cuando accedí a tener una relación contigo, estaba lista – lo miró a los ojos – Lejos había quedado la relación y traición de Hoyo.
―Se nota – la interrumpió él, muy atento. – Tanto así que decidiste vengarte de tu prima acostándote con él.
Pero Kagome no se inmutó ante aquella acusación y en cambio a eso, prosiguió.
―Pero después pasó lo que tuvo que suceder. Elegiste juzgarme, condenarme.
―Las pruebas ahí estaban y tú mis...
― ¿No se te ocurrió preguntarme? – ahora la que interrumpía era ella – Decidiste creer lo que tus ojos estaban viendo. – suspiró largamente y con ultima mirada, terminó su discurso – No voy a pedir disculpas por como elijo reparar lo que tú y tu desconfianza rompieron.
Se apartó de él y antes de que se fuera, lo miró por ultima vez.
―Y no me llames puta.
Antes de llegar a la mesa que compartí con el director del museo Louvre, tomó una servilleta de una bandeja y se limpió las lágrimas. Asegurándose que no había rastro de ella en sus ojos, avanzó decidida hacia él.
Tomó asiento en su silla, sacó un bolígrafo de su bolso y comenzó a firmar los papeles ante el asombro de su acompañante.
― ¿Ni siquiera los vas a leer?
―No – ella negó, cerrando la carpeta y extendiéndola ante él – Confío plenamente en ti y en este contrato.
―Primero deberías hablar con tu novio, probablemente no le agradara la noticia.
Kagome levantó la vista hacia su nuevo jefe y negó con la cabeza.
― No hay nadie – finalizó, extendiendo el contrato firmado hacia su nuevo jefe.
― En ese caso – él tomó con delicadeza aquellos documentos – No me queda más que darte la bienvenida Louvre. Espero que tu estadía con nosotros sea placentera.
Su decisión había cambiada tras los acontecimientos de hace unos momentos.
Que estúpida había sido por creer que con el paso del tiempo y lograr aclarar todo, él entraría en razón. Por él había estado a punto de renunciar al sueño más importante de su vida. Pero ya no, ningún hombre la haría hacer a un lado cada uno de sus sueños y comenzaría por cumplir este.
Hola,
Sé que dije que las vería el jueves, pero ya tenía el capítulo escrito así que espero les haya gustado.
Bien, Kagome se nos va a París y quien le hizo la oferta fue nada más ni nada menos que Antonio De la Rosa, aclaro de una vez que su participación no será nada en cuestiones de romance (por más que me imaginé a Tom Ellis como mi Antonio...Dios, Kagome, que desperdicio de hombre, una que te lo pone en bandeja de plata y tú llorando por otro) recuerden que esta un poco lastimada del corazoncito como para entregarlo a alguien más.
Ahora la chica esta luchando por su sueño, veamos que pasa, tal vez el próximo capítulo sea el final o dentro de dos más, no sé, dependiendo como ande el animo de la escritora.
Hoy estaba frente al ordenador y me dije a mi misma "Si me lo echo" (imitando la voz de la india Yuridia, si no la conocen busquen en Youtube, es una comediante Mexicana) y si me lo eché, y el resultado fue este.
Una pregunta, alguien sabe su Fanfiction anda omitiendo algunas palabras? veo que me esta borrando una que otra mala palabra, digo, no vaya a salir como el face, que ya me ha bloqueado dos veces (por que se los merecían eh, aclaro el asunto)
Nos vemos en el próximo capítulo.
Besos.
BPB
