Capítulo 29

Confesiones

―Siento incomodarte – dijo, mientras dejaba una pequeña maleta en el suelo – Pero es que no podía quedarme ahí.

En cuanto Naraku se llevó a Inuyasha, lo primero que hizo fue marcarle a Ayame, para saber si podía quedarse en su departamento por mientras alistaba todo lo de su viaje a Francia. Sabía que si iba a casa de sus padres sería el segundo lugar dónde la buscaría. Lo más probable es que la vaya a buscar a su trabajo, así que debía ir lo más pronto posible para darse de baja.

La pelirroja asintió, cubriéndose con una bata.

Kagome se sintió avergonzada cuando vio salir a Koga de la habitación de su amiga, se estaba poniendo una camisa blanca lo que le daba a entender que había interrumpido algo entre ellos.

―No te preocupes – Ayame negó ― ¿Quieres un té?

―Debo irme – anunció Koga, caminando hacia ella y dándole un beso en la frente – "Lo más probable es que Naraku necesite ayuda con Inuyasha.

―Ve con cuidado – respondió Ayame.

Pero cuando Koga pasó a un lado de Kagome, esta le tomó del brazo, impidiendo que se marchara.

―No le digas donde estoy.

Él esbozó una sonrisa y recargo una mano en si hombro, como si con eso le diera apoyo.

―Jamás en la vida – le guiñó un ojo u salió del departamento.

Ayame llevó dos tazas de té a la sala, donde estaba Kagome, viendo al vacío y con sus ojos enjuagados de lágrimas.

― ¿Crees que hice bien? – le preguntó a su amiga.

―No es fácil tomar una decisión así. Debiste haber sido muy valiente como para no sucumbir en ese momento y abrirle la puerta. Tal vez si lo hubieras hecho aclararían todo y probablemente tu decisión de irte a Francia habría cambiado. – la miró atentamente ― ¿Hubieras cambiado de parecer, si eso pasara?

Kagome miró a su amiga, después sopló un poquito el vapor que emanaba de la taza y le dio un trago cuidadosamente.

Era justo lo que no dejaba de pensar mientras conducía hacia el departamento de Ayame. Si, si le hubiese abierto la puerta probablemente a estas alturas su decisión cambiaría. Estaría al pendiente de cuidarlo a que no le diera una congestión alcohólica y a la mañana siguiente le prepararía un remedio para la resaca, incluso le cocinaría un desayuno y francamente conociendo lo débil que era, terminaría por hacer el amor con él. Lo que son duda la arrastraría a un más de dudas con respecto a su sueño.

Pero quisiera o no, aún lo seguía amando a pesar de su desconfianza. Él seguía ahí, clavado en su corazón.

―Si – asintió al fin – Habría cambiado de opinión – miró a su amiga con lágrimas – Pero es que no deja de doler todo esto. Creo que tal vez nunca pueda superarlo.

Ayame esbozó una sonrisa consoladora y negó con la cabeza.

―No digas eso. Ve a Jennifer Aniston, superó a Brad Pitt cuando él la engañó con Angelina Jolie y ella lo superó también al separarse de él – acarició el cabello de su amiga – Ve a Katy Perry. ¡Su imbécil exmarido le pidió el divorcio por mensaje! ¡Cuando ella estaba punto de dar un concierto! – exclamó – Ahora esta felizmente comprometida con uno de los hombres más sexys del mundo! Orlando Bloom! – hizo una pausa solo para beber de su taza – Así que, si, si lo superarás. ¿Cuándo? No sé, eso te lo dará el tiempo.

Y por esas razones prefirió buscar a Ayame. No era por menospreciar a las demás e inclusive a su hermana, pero ella era la más franca del grupo y no porque fuera de mente abierta, sino porque era su naturaleza.

Kagome asintió.

―Gracias.

― ¿Por ser tu amiga favorita del grupo?

―Por ser como eres.

Así estuvieron un bien rato hasta que les dio la una de la mañana. Ayame le ayudó a instalarse en una de las habitaciones que usaba para visitas. Aunque raramente alguien se quedaba a dormir, salvo por las chicas.

Sacó su móvil del bolso y lo puso a cargar ya que la batería estaba agotada. En cuando el HUAWEI se encendió saltaron varios de mensajes y todos eran de Inuyasha. Así que ya la había desbloqueado del WhatsApp.

Me voy, pero te garantizo que vendré a buscarte mañana.

Había tomado la mejor decisión de haberse ido de ahí.

No quise decirte que era la última oportunidad. Me refería a que si no me abrirás la puerta sería capaz de tirarla.

Qué bueno que no fue así, sino tendría que lidiar con gastos de reparación antes de ponerlo a la venta. Lo bueno que Naraku había salido a su rescate.

Tú y yo nos debemos una explicación.

No quería verlo, al menos no ahora que se iba del país. Como le había dicho a Ayame, su decisión tal vez cambiaría.

¡POR FAVOR, PEQUEÑA!

¡CONTESTAME!

¡NO ME PUEDES DEJAR ASÍ!

Era la primera vez que le decía pequeña después de haber terminado la relación y a veces extrañaba al otro Inuyasha, éste que conoció hace unos días no era su favorito.

Era mejor no seguir leyendo, así que bloqueó el móvil y se fue a dormir. Mañana sería un día muy agitado.

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Naraku metió a su amigo a la cama. Después de que llegaron lo primero que hizo fue darle un baño de agua caliente, luego un par de aspirinas y agua. Realmente se veía demasiado mal. Nunca en todos los años que llevaba de conocerlo se había puesto así por una chica. Al contrario. Las mujeres eran las que prácticamente le rogaban o inclusive lloraban.

Sintió que algo o más bien alguien se recargaba en su rodilla. Al bajar su vista vio a Rocco, llevaba en su hocico su plato de comida vacío. Él esbozó una media sonrisa, acarició la cabeza mientras tomaba el plato e iba a la cocina servirle amigo de su comida especial.

Escuchó que alguien abría la puerta del ascensor, se asomó y vio entrar a Koga.

Éste fue hasta la cocina y tomó asiento en un banco.

―Vine cuanto pude.

Naraku frunció el cejo.

― ¿Cómo te enteraste de que estaba aquí?

―Ella se fue a quedar con Ayame – omitió el nombre, por si Inuyasha estaba despierto.

―No te preocupes, está durmiendo.

―Espero que no lo hayas golpeado.

Él esbozó una media sonrisa y negó.

―Ganas no me faltaron. ¿Cómo viste a Kagome?

―Un poco tranquila, pero si se notaba algo afectada. Estoy seguro de que estando con Ayame unos días se le pasará.

Así continuaron hablando entre ellos mientras veían al Husky comer, pero lo que no sabían era que Inuyasha había escuchado toda la conversación. A temprana hora del día debía ir a verla su trabajo. Pero en ese instante hizo una mueca al recordar que tenía una junta y no podría cancelarla, así que después de eso tendría que ir de prisa en su búsqueda.

― ¿Sabe lo de París? – preguntó Koga.

Inuyasha pegó aún más la oreja, era sorprendente que su nivel de alcohol hubiese bajado y ya no estaba tan ebrio.

―No creo. Recuerda que apenas nos dijo en la cafetería. Dudo que alguien se lo dijera.

Koga asintió.

― ¿Cómo crees que lo tomé?

Conociendo a su amigo, francamente lo tomaría mal. Incluso más mal cuando Olenka lo dejó.

― ¿Cuál sería tu reacción si Ayame se marchara a Francia?

―Probablemente mal – respondió al fin Koga.

―Sea como sea. Inuyasha no debe enterarse que Kagome se va a Paris dentro de cinco días.

Si asumían que era martes, quedaban menos de cinco días.

Inuyasha al escuchar eso salió de donde estaba y miró a sus dos amigos.

― ¿Kagome se a París?

Naraku y Koga se quedaron varios minutos mirándose uno al otro. Sorprendidos porque Inuyasha estuviera despierto y sobrio. Nada que ver con el despojo de hombre que había encontrado ante la puerta de Kagome.

―Inuyasha… – Koga carraspeó – Está tarde le firmó contrato para irse al museo Louvre..

―Se va el sábado. Justo después de la boda religiosa de Sesshomaru y Rin ―concluyó Naraku, mirándolo atentamente.

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A la mañana siguiente había ido muy temprano para darse de baja ante recursos humanos. La jefa del departamento le dio toda clase de documentos para firmar. Al finalizar le dino que su finiquito estaría listo en tres días y que se le depositaría en su cuenta, brindándole toda la suerte del mundo.

Al salir del museo, lo primero que hizo fue asomarse cuidadosamente por ambos lados, era estúpido, pero temía que Inuyasha la estuviera siguiendo. Luego recibió una llamada de Koga, anunciándole que ese mismo día tenía cita con el agente inmobiliario quien le ayudaría a poner en venta su departamento.

Así que fue a su departamento y tal como lo hizo saliendo del museo, reviso que no estuviera estacionado el auto de Inuyasha y mucho menos que la esperara en la entrada de su puerta. En cambio, estaba vacío. Así que corrió, abrió la puerta y entró rápido.

Comenzó a sacar toda su ropa del armario, no podía llevarse todos sus zapatos por más que los adorara. Su decisión no fue fácil, debía elegir entre más de veinte pares cuales se iban y cuales se quedaban. Los rechazados, así como su ropa irían a parar a casa de sus padres, Kikyo yo les daría buen uso ya que calzaba del mismo número.

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Inuyasha estaba delante del jefe Kagome. Después de su reunión prácticamente había salido corriendo hasta el museo. Lo primero que hizo fue preguntar por Kagome, pero nadie supo decirle absolutamente nada de ella, hasta que finalmente, desesperado por la ineptitud de esos empleados decidió buscar a Myoga.

―Estoy agradecido con ella por el trabajo que hizo con un cuadro familiar. Deseo que repita otro – mintió, mientras tomaba asiento en una silla.

―Me temo que será imposible señor Taisho ― respondió el anciano – Esta mañana la señorita Higurashi acaba de renunciar

El ojidorado al escuchar esa noticia, frunció el cejo y miro fijamente al hombre. Sabía lo que iba a decirle, puesto que Nara y Koga no fueron lo suficientemente fuertes como para guardarle ese secreto. Siempre serían malos para guardar un secreto.

―No lo sabía – mintió.

―Si – asintió feliz aquel hombre – Le ofrecieron un puesto importante en París ayer que no pudo rechazar.

¿Por qué estaba ahí? Cuando bien podría irla a buscar a su departamento y hablar de una maldita vez. Estaba perdiendo su tiempo con aquel hombre, solo para que le dijera exactamente lo que ya sabía.

No quiso prolongar más su estadía en aquel lugar, así que con un rápido saludo se fue de ahí. Había varios destinos donde encontrarla, el primero fue el museo donde lógicamente no la encontró. El secundo, su departamento, sí a ella no se le ocurría abrir o mejor dicho no se encontraba en casa, entonces iría al tercer destino, la casa de sus padres. Donde seguramente debía pedirles una disculpa a los padres de Kagome por su actitud. Pero si no tenía éxito en esos dos lugares, no le cabría más opción que buscar a su hermana al hospital y a la pastelera o sea Sango.

Llegó a una velocidad inimaginable, estacionó como pudo el auto y salió desparado de ahí. En cuanto entró fue recibido por el guardia, pero antes de entrar al ascensor se le quedó viendo a aquel hombre alto. Si bien los únicos que podían saber el chisme y si un residente se encontraba en su vivienda eran precisamente ellos.

― ¿Sabe si la señorita Higurashi se encuentra en su departamento? – preguntó de lo más casual.

A pesar de haber llegado ebrio el día anterior, podía recordar caras y afortunadamente ese hombre no estaba en turno cuando el hizo su aparición.

―Si – asintió – Hace más de una hora que está aquí.

Inuyasha al escuchar eso una pequeña luz de esperanza se iluminó en su ser. Ahora que estaba en buenas condiciones y tenía capacidad como para poder razonar, no se iba a ir de ahí tan fácilmente hasta que pudiera hablar con ella.

Subió al ascensor y esos segundos que pasó ahí adentro se le hicieron interminables, al final escuchó el timbre que le anunciaba que había llegado al piso deseado. Salió de ahí, se acomodó su saco y avanzó lentamente hacia la puerta, pero en ese inter Kagome salió con una caja, lo único que podía ver eran sus pequeñas piernas, pues la caja le tapaba la cara. A simple vista parecía más pesada que ella por la forma en que sus rodillas de flexionaban. Estuvo a punto de caérsele, aceleró el paso y sostuvo la caja.

―Gracias por…

Se quedó callada al verlo y no supo que responder. La verdad no esperaba verlo, bueno si, pero no antes de lo pensado. Por eso se estaba apurando en empacar las cosas para salir de ahí.

Él abrió la boca para decir algo, pero justamente su vecina de piso abrió la puerta. Era una mujer de mediana edad que siempre llevaba una sonrisa tatuada en el rostro.

―Maggie, estos son todos los accesorios de navidad que tengo – dijo señalando la caja que Inuyasha llevaba. ―La verdad dudo que los vaya a necesitar.

―Que gentil eres Kagome.

Kagome miró a Inuyasha y le indicó que dejara la caja en el departamento de su vecina. Miró como desaparecía volvió a entrar a su departamento, esta vez no puso cerradura. Únicamente se dedicaba a empacar tazas y vajilla, aunque más bien debía dejarlo todo y como estaba. Probablemente los nuevos dueños le agradecerían ese detalle. Su madre no los iba a ocupar, Sango mucho menos los necesitaría, Rin, bueno, probablemente Sesshomaru ya le hubiera comprado una casa equipada con todo lo que necesitaba.

Si, mejor debía dejar las cosas tal y como estaban. Lo único que debía deshacerse era de las cosas que estaban en el refrigerador, esa comida ya no la alcanzaba a comer, probablemente debía donarla.

Escuchó como la puerta se abría, no necesitaba voltear a ver para saber de quien se trataba. Lo vio aparecer en la barra, mirándola atentamente.

Pero Inuyasha no diría nada, no le haría saber que ya estaba al tanto de su partida a Francia.

― ¿Mudanza?

Antes de responder, pensó un poco en su respuesta.

―Limpieza.

Frunció el cejo con aquella respuesta, tal parecía que no estaba dispuesta a decirle sus planes y estaba en todo su derecho. Miró a un lado y vio en la habitación de fondo toda la ropa desorganizada que se encontraba sobre la cama.

― ¿También tu ropa?

Kagome suspiró, se cruzó de brazos y lo miró fijamente.

― ¿Qué es lo que quieres?

Inuyasha se encogió de hombros y se recargó en la barra.

―Solo quiero hablar.

―Y si yo mal no recuerdo te deje muy claro que no quería hacerlo.

Debía hacer que se fuera de una vez por todas, alejarlo de su vida ya. Si seguía ahí probablemente terminarían por hablar, arreglar las cosas entre ellos y todos sus planes se irían por la borda.

Si ponía todo eso en una balanza, pesaba más sus anhelos que sus sueños, por eso tenía que marcharse a Francia. Para no sufrir a su lado.

― ¿Y te has puesto a pensar que yo no quiero hacerlo? – su pregunta fue mordaz.

A Inuyasha le dolió un poco su indiferencia, después de todo se merecía eso y más. Pero por eso había ido a verla, para hablar y si tendría que pasar por un camino de espinas para volver a ver a aquella mujer tierna que amaba, así lo haría.

―Lo sé – dijo mirándola – Y créeme que me duele tu indiferencia – una risa irónica por parte de aquella mujer lo interrumpió – Pero hay cosas que debemos aclarar entre los dos.

Kagome frunció el cejo y avanzó lentamente hacia la barra, apoyó ambas manos y se inclinó un poco, solo para estar a la altura de su mirada dorada y aquellos labios que tanto anhelaba volver a sentir.

― ¿Explicarme que hay que aclarar? – preguntó ella ― ¿De cómo llegaste al hospital con aquellas fotos mientras yo apenas salía de cuidados intensivos? ¿De cómo me ofreciste una suma de dinero por acostarme contigo? O ¿Aclarar el que me hayas llamado puta? ―ella negó – Y todavía te atreves a decirme que te duele mi indiferencia.

―Me comprendieras si supieras mis motivos.

― ¿Motivos? – Kagome frunció el cejo ― ¿Qué hay de los míos? Solo te dignas a juzgar a los demás sin indagar en lo que pasó. Ver lo único que estaban viendo tus ojos.

― ¿Qué harías si te llegaran un video y fotos de mí?

―No sé – ella se encogió de hombros – Probablemente diría que tienes un buen cuerpo y luego buscaría a quien lo mando.

Esa era la misma respuesta que le había dado su compañero de copas la noche anterior.

― ¿Qué pasó ese día? – preguntó, ignorando el comentario de Kagome.

Ese fue un punto fuerte para Kagome, porque no sabía exactamente lo que había pasado. Aun no lograba recordar absolutamente nada y si trataba de hacerlo las imágenes eran borrosas, como si alguien las hubiese pixelado dentro de su cerebro.

―No sé.

Quería llorar, pero no le daría la satisfacción de hacerlo delante de ella, eso lo haría en privado, una vez que se fuera.

―Algo debes recordar.

―Inuyasha – dijo un poco exaltada – Será mejor que te vayas, no quiero hablar contigo.

― ¿No será que si lo recuerdas y no quieres decirlo?

Ella suspiró bajó la cabeza, la única persona que sabía todo era Hoyo y para eso ya se había citado con él para que le aclarara todo. Salió de la cocina y se dirigió al recibidor con espera de que Inuyasha la siguiera y efectivamente, así sucedió.

―No recuerdo nada. Pero si no me quieres creer ya muy poco me importa. Después de la confianza que me demostraste queda claro todo entre nosotros. Así que te pido que te marches y me dejes seguir en lo que estaba haciendo.

Inuyasha se detuvo a centímetros de ella, ambos se miraron. Tenían tantas cosas que decirse y no habían podido decir una sola, en cambio se habían acorralado el uno al otro.

― ¿También me ocultaste que te irías a Francia?

Al escuchar ese comentario, Kagome apretó los puños. ¿Cómo se había enterado? Estaba segura de que ninguna de las chicas hubiese dicho algo, incluso los chicos.

―Casualmente el mismo día que me llamaste puta. – se apartó un poco y con su mano señaló la puerta ― ¿Puedes irte?

Él alzó una mano para tocarla, pero la dejó suspendida en el aire y después la bajó para meterla en el bolsillo de su pantalón, como si con eso fuera suficiente para mantenerla quita.

―Lo único que deseaba era hablar, aclarar las cosas entre los dos.

―Y en cambio a eso solo vienes a seguir juzgándome.

―No es fácil Kagome, las imágenes aún están mi maldita cabeza. No dejo de pensar que la de la foto tal vez fuiste tú.

―Primero debiste investigar por quién te envió esas cosas. Después, habrías venido a mí.

Es cierto, no se había puesto pensar quien fue la persona que entregó aquel paquete extraño. Únicamente se dejó llevar por su ira y esa maldita ceguera. Tenía cámaras de seguridad en el corporativo, si daba con la persona que hizo la entrega, daba con el responsable.

Y lo haría pagar muy caro.

―Me voy, pero te prometo que regresare.

Deseaba darle un beso en la mejilla, pero también se contuvo, así que paso a lado de ella y salió del departamento dejándola completamente sola.

Y si, Kagome lloró. Lloró mientras conducía a la casa de sus padres para dejar la ropa que no necesitaba. Lloró cuando iba de camino al departamento de Ayame. Lloró toda la noche y la semana hasta que llegó el viernes.

De Inuyasha no había vuelto saber nada y eso en gran parte la tenía un poco más tranquila. Por lo menos su mente estaba ocupada en otra cosa y no en él.

Se había encerrado en la habitación que Ayame le había dado durante el resto de la semana. En ese inter recibió por correo su pase de avión, estaba fechado con sábado a las cinco de tarde. Recibió su finiquito el mismo jueves y casualmente había conseguido a una pareja de chicos venderles el departamento. Solo que la venta se formalizaría el mismo sábado debido a los horarios de ambos. Por lo que terminaba la boda de Rin, automáticamente se iría a cerrar la venta y posteriormente iría directo al aeropuerto.

Así que tenía un día muy pesado al día siguiente.

Esa tarde se vería con Hoyo, lo había citado en un lugar en un lugar público, como el central park, así, si los que paseaban aquella tarde veían algo sospechoso en él rápido llamarían a la policía. Solo esperaba que el mismo Hoyo no intentara alguna otra cosa.

Igual que en la primera cita llegó diez minutos después y él ya lo esperaba en una banca. Comenzaba justamente a caer la tarde y con eso, los faros empezaron a prender uno a uno.

Avanzó con pasos firmes hasta él y tomó asiento al otro lado de la banca, muy apartada de él.

― ¿Cómo estás?

Fue el saludo que él le dio, Kagome lo miró y frunció el cejo.

―Jodida, si es lo que querías saber.

―Yo…― dudó un poco – Solo quiero decir que lo siento.

― ¿De verdad lo sientes? – alzó una delgada ceja ― ¿Sientes mucho el haberme drogada?

―Kagome yo…

Kagome lo miró atentamente, estaba sudando e incluso hasta temblaba. Nunca había visto a Hoyo así, pero suponía que era normal dado los acontecimientos atroces que hizo con ella.

―Yo nunca te toqué – la miró – Solo te drogué.

Ella soltó una risa ironía.

―Vaya, debo sentirme…. Alagada… no, más bien debo sentirme afortunada.

Él la miró, conocía muchas facetas de Kagome, pero sin duda esta era nueva. Nunca la había visto hablar con tanto sarcasmo, solo el día en que se supone se iban a casar.

―Hoyo, solo estoy aquí para aclarar las cosas. Luego me iré.

―De acuerdo, mereces saber la verdad, siento que te debo eso. El día en que estabas mal, Kikyo fue a buscarme.

―Lo sé – interrumpió ella.

―Me buscó y amenazó. Pero hay algo que me dijo y me dejo pensativo. Me dijo que esperaba que el hijo que tendría con Eri no fuese niña, así no sabría el dolor que sentiría un padre al saber que un hijo de puta le hace daño a lo que más ama.

Esta vez Kagome no interrumpió y lo dejó continuar.

―Si, voy a tener una niña. Pero después me cuestioné en lo que te hice y me sentí culpable.

―Que novedad.

― ¿Me permites continuar? – esperó a que ella asintiera y una vez más prosiguió – Escucha, mi intención si era tener intimidad mientras estabas inconsciente, quería vengarme de ti – la miró – Pero recordé que yo fui quien hizo más daño que tú. Dejando a lado que buscaras consuelo en Cancún con otro hombre. Sino del principio, nunca supe ser un buen hombre para ti.

Se le hizo un pequeño nudo en la garganta.

―Siempre revoloteando alrededor de los demás, siendo tú, siendo feliz y yo amargado. Te juro que nunca se me pasó por la cabeza engañarte con Eri y si yo no hubiese sido tan estúpido, probablemente estaríamos casados.

― ¿Eso es todo lo que me quieres decir?

―No – él negó, girando un poco el cuerpo para estar frente a ella – Hay alguien que te quería fuera de la vida de Inuyasha. Una mujer, una joven llamada Yura Adams, es una niña caprichosa que consigue lo que quiere en un dos por tres.

― ¿Y te sobornó?

―Me convenció más bien – suspiró, un poco avergonzado – Luego de nuestra pelea en el altar, perdí mi oportunidad de crecimiento. No sé cómo ella se enteró de lo tuyo con Inuyasha, pero ahí estaba un día, haciéndome esa oferta. Para separarte a ti de él.

Kagome por una extraña razón quería abalanzarse hacia el cuello de su ex prometido. No podía creer lo fácil con que las mujeres podían manipularlo.

―Ella fue quien me dio la droga. Pero yo no pude hacerlo – dijo sinceramente – Y esas fotos que envié a Inuyasha, son falsas. Es Bankotsu quien sale en ese video. Solo se colocó una imagen tuya a la chica. Y mía a la de él.

Kagome contuvo el aliento, no sabía se abalanzarse a su yugular o calmarse. Realmente estaba enfadada, gracias a la avaricia y los celos de unos cuantos, no solo estuvo a punto de perder la vida, sino que perdió a un bebé.

―No pude hacerlo – repitió, mirándola con franqueza – No me atreví hacerte daño.

Ella sopló y esbozó una media sonrisa irónica.

― ¿Daño? – arqueó una ceja – Hoyo, me jodiste la vida entera. ¡Estuve a punto de morir!

Él agachó la cabeza, sabía que había cometido un tremendo error, uno que no podía reparar, solo esperaba que ella algún día lo perdonara.

Era el momento de recriminar todas las cosas del pasado, ahora quien iba a escuchar sería él no ella y esta vez lejos de algún tipo de trampa.

―Sé que no tengo justificación, pero … ¿Podrás perdonarme algún día?

― ¿Es en serio que me preguntas eso? – ella se puso de pie – No solo rasguñé la muerte Hoyo, sino que…― agachó la cabeza y casi se le cortaba la voz – Estaba embarazada y gracias a esos componentes tóxicos lo perdí.

Hoyo al escuchar eso se levantó, sabía que estaba embarazada porque la misma Kikyo se lo gritó en la cara y gracias a eso no podía vivir tranquilo, necesitaba su perdón.

―No te acerques – ella retrocedió unos cuantos pasos cuando intentó tocarle el brazo – Si, estaba embarazada y todo por el egoísmo de unos cuantos lo perdí.

― ¿Lo sabe Inuyasha?

― ¿Para qué? No tiene caso que se lo diga – Kagome se encogió de hombros – Piensa que tú y yo tuvimos sexo, estoy segura de que si le digo lo del bebé seguramente pensará que es tuyo o de alguien más.

―Yo podría hablar con él – insistió.

Kagome se llevó las manos a la cara de pura frustración, no sabía a lo que había venido. Al menos ya podía estar segura de que Hoyo jamás intentó abusar de ella y eso era un alivio.

―No creo que te escuche. Pero de todos modos gracias por decírmelo – comenzó a retroceder otros pasos más – Y quiero que sepas que a partir de ahora espero que te mantengas alejado de mi vida. Al menos lo bueno de irme a Francia es que así será.

― ¿Te vas? – preguntó sorprendido.

―Me voy mañana a París. Me ofrecieron un puesto en Louvre. Así que como veras tengo muchos pendientes que organizar y tu hablar contigo me ha retrasado. – lo miró por última vez – Adiós Hoyo. No te preocupes, no voy a intentar nada en contra de ti. Ni tampoco voy a denunciarte por agresión. No soy tan maldita como para meter a la cárcel al padre del hijo que espera Eri.

Giró sobre sus talones y salió huyendo de ahí, esta sería la última vez que vería a Hoyo. Aun no podía entender como estaba comprometida con un hombre así, que ciega estaba en el pasado. Si algo bueno salió de conocer a Inuyasha durante su despedida de soltera era justamente ese, el motivo que la condujo a no cometer el peor error de su vida.

¿Quién era Yura Adamas? La desconocía del todo, solo podía desearles buena suertes en sus vidas a pesar de que le hubieran arruinado la suya.


Hola

Espero que les haya gustado el capítulo.

¿Que pasara en el siguiente?

Estoy tan nerviosa que no sé, tal vez el siguiente ses el gran final.

Nos vemos y gracias por sus linfos comentarios, nuncs pensé que esta loca idea que surgió durante mi exilio fuerse a gustar mucho.

La verdad no tengo palabras para demostrarles tanta gratitud.

Las quiero mucho.

BPB