Capítulo 30

¿Habrá un "hacia el mañana"?

Parte final l

No era que hubiese bajado la guardia, al contrario, las cosas con Kagome no habían terminado. Era que solo estaba en una investigación exhaustiva. Luego de dejar su departamento, le mandó un mensaje al jefe de seguridad del corporativo. Quería verse con él a temprana hora y además que reuniera todas las grabaciones tanto de recepción como alrededor de la empresa justo el día que recibió el paquete.

Aunque en realidad no era necesario, todas las grabaciones se iban en automático a una carpeta, en la que él no tenía acceso solo su jefe.

Pero él se encontraba en un curso, así que solo podía reunirse con él hasta el viernes en la tarde. Era el único quien tenía acceso a todas las cámaras de seguridad del corporativo.

Y por eso estaban un viernes por la noche revisando las grabaciones.

―Todos los vídeos se almacenan en una carpeta por día – explicó su jefe de seguridad.

Inuyasha asintió, mientras entraba a la carpeta y seleccionaba el video que deseaba.

Un desfile de personal entrando y saliendo, comenzaba a fastidiarse un poco, le daban ganas de adelantar el vídeo, pero temía que se perdiera de algún detalle. ¿Qué buscaba? Alguna persona extraña con un sobre. Estaba seguro de que ninguna paquetería lo había dejado, tenía que ser una persona ajena a cualquier mensajero.

―Por lo general cuando entregan un sobre de manera anónima utilizan a una persona – comentó su jefe de seguridad – No a cualquier mensajería. Pues sería fácil rastrear a la persona.

Entonces sus ojos se enfocaron a la pantalla y a un niño que entraba al corporativo. Llegando justamente hasta la recepcionista. Tuvo que pararse de puntillas para entregarle el paquete a la mujer. Ella lo tomó y parecía que fruncia el cejo al verlo, pero antes de preguntarle cualquier cosa el niño salía disparado de ahí.

Bien, ahora sabía que fue un niño quien entregó ese paquete, solo era cuestión de revisar las cámaras que había en el exterior para averiguar quién había entregado el paquete a ese niño.

Pero eso estaba en otra carpeta, así que buscó entre los archivos que el que marcaba justamente la hora señalada. Si sus cálculos no fallaban, la diferencia podría ser menos de n veinte minutos. Adelantó el video y vio una camioneta de seguridad, marca GMC. En ella se bajaba un hombre en traje.

―Señor...―interrumpió su jefe.

Pero Inuyasha alzó una mano para que guardara silencio. ¿Por qué había hecho esto hasta ahora? En lugar de dejarse cegar por su propia iría, debió haber investigado esto primero. Aunque lamentarse nada serviría, el daño estaba prácticamente hecho.

Observó cómo ese hombre alto se acomodaba el saco y posteriormente la corbata. A continuación, abrió la otra puerta y sacó el sobre. Esperó ahí largo rato hasta que encontró a una mujer que iba con su niño tomado de la mano. El mismo que entró al corporativo. Se acercó a ella, le señaló algo y posteriormente del bolsillo de su pantalón sacó un fajo de billetes. La mujer se quedó mirando por un largo tiempo al dinero y luego a su hijo.

Él al verla asintió, y así, el chico recibió el paquete y la mujer el dinero. Se quedó esperando a su hijo junto a lado del hombre y cuando el niño volvió siguieron su camino y el hombre subió a la camioneta desapareciendo de ahí.

―Señor...

― ¿Qué pasa Menomaru? – preguntó frustrado.

No reconocía aquel hombre y mucho menos las placas como para investigar de quien era. Todos sus conocidos no tenían ese tipo de camionetas y mucho menos tenían escolta.

―Es el escolta de la señorita Yura Adamas, la hija del señor Adamas.

Inuyasha al escuchar eso frunció el cejo y alzó la mirada para observar a su jefe de seguridad.

― ¿Estás seguro?

―Si señor – asintió ― Son esporádicas las veces que ella acude con seguridad. Pero sin duda reconozco al sujeto, así como las placas. Es sin duda el guarura de la señorita Adamas.

Inuyasha asintió, antes de cerrar los videos hizo capturas de pantalla y posteriormente las mando a imprimir. Si Yura negaba todo, las pruebas ahí estaban y no le quedaría más remedio que confesar toda la verdad.

Debía buscarla y hacerle confesar todo, buscar a su maldito cómplice. Porque debía tener uno...

Su mente comenzó a abrirse, no hacía fácil unir los hilos de la historia como para saber que su cómplice era nada más y nada menos que el imbécil del ex prometido de Kagome. Si no podía descargar su ira contra aquella mujer, al menos lo haría con aquel idiota. Luego pensaría en un plan perfecto para hacerla sufrir lentamente.

No era vengativo, pero odiaba la forma en que lo habían hecho sentir, como un idiota, y todos los adjetivos que se le pudieran unir. Gracias a ese par estaba a punto de perder lo que realmente era había sido valioso en toda su maldita vida.

Ya era tarde como para buscarlo a Hamilton Gruop, lo único que restaba era buscarlo donde sea que viviera. Sabía de una persona que sí, así que rápidamente se despidió de su jefe de seguridad, tomó su sacó y salió rumbo al hospital donde trabajaba la hermana de Kagome.

Tuvo que esperar más de una hora, porque ella se encontraba en el quirófano trayendo un bebé al mundo.

―Pero vaya – la escuchó atrás de él – Miren lo que arrastra el agua.

Él se giró y se encontró con aquella menuda mujer. Llevaba una cofia y su bata era de color azul marino.

― ¿Qué quieres, Taisho? – preguntó realmente con desagrado – Si vienes a preguntar dónde está mi hermana de una vez te aclaro que no sé.

Bueno, sí sabía, pero no se lo iba a decir.

― ¿Sabes dónde vive Hoyo?

Ante esa pregunta inusual, Kikyo arqueó una ceja y ambos comenzaron a caminar por un pasillo. La había descolocado el que le preguntara por ese idiota. Lo bueno sería ver a dos idiotas pelearse, a ver quién de los dos ganaría. Pero siendo una pelea de idiotas, probablemente ninguno ganaría por idiotas.

― ¿Y yo como para que quiero saber dónde vive ese pedazo de animal? – ella se cruzó de brazos y se recargó en un muro.

Inuyasha sacó un sobre y se lo entregó a Kikyo. Ella frunció el cejo y un poco dudosa tomó lo que se le estaba ofreciendo. Lo abrió, pero en él solo se mostraban dos fotos, una de hombre en traje hablando con un niño y en la otra, el mismo niño entregando un sobre en la recepción.

―No entiendo – ella negó ― ¿Qué es esto?

―Ese niño entregó el sobre que recibí. Era una USB que contenía fotos y videos de tu hermana.

―Son falsos – aclaró Kikyo, lo miró a los ojos ― ¿Aun sigues creyendo que la chica de ese video es mi hermana? – veía cierta duda en ellos – Se necesita ser completamente ciego como para no darse cuenta de que la mujer de ese video no es mi hermana. ¡Si los pechos de esa mujer son más grandes que el Sáhara!

Pero guardó silencio cuando una enfermera se acercó a ellos, le extendió unos documentos y los firmó. Después de ver que la mujer se hubiese ido, prosiguió con la conversación.

―Me encantaría saber dónde vive ese. Pero desafortunadamente se mudó luego de la boda. Se llevó a su madre y a Eri a otro lugar y la verdad es que no sé. Pero si lo llegas averiguar, avísame, las chicas y yo queremos hacerle una visita. Lástima que no pueda entrar a Hamilton Gruop para hacerle una visita.

Inuyasha había permanecido callado en todo momento, mientras escuchaba con atención aquella mujer. Vaya, ambas hermanas eran rotundamente parecidas, solo que esta era más directa y no tenía miedo de decir las cosas. Pobre de Naraku, se notaba a simple vista quien era el que mandaba en la relación. Seguramente su amigo ― si aún se podía decir así ― lo traía en corto.

―No es que crea que la mujer sea Kagome.

Kikyo al escuchar eso una risa sarcástica de escapó de sus labios involuntariamente. Como si hubiese escuchado alguna clase de chiste. Esto obligó a Inuyasha a fruncir el cejo y obligarlo a callar.

―Pero eso fue lo que creíste en un principio – continuaron caminando hasta una cafetería ― ¿Qué es lo que te hizo cambiar de opinión?

―Eso solo tengo que explicárselo a tu hermana. No a nadie más.

―Bueno – ella se encogió de hombros – Siento no ser de mucha ayuda. Y espero que encuentres a ese bastardo.

Inuyasha salió frustrado de aquel hospital, subió a su auto y se quedó un momento ahí. Contemplando la entrada de aquel lugar, donde entraban y salían pacientes corriendo apresuradamente al ser sorprendidos por la lluvia. Incluso personal médico salía a tomar aire o a fumar un cigarrillo.

Tomó su móvil y le envió un mensaje a Kagome, pero como de costumbre lo dejaba en visto. Sabía que ya no habitaba su departamento, cuando fue a verla a casa de sus padres su madre casi quería matarlo y era lógico. Pero al final tampoco le había dado respuesta alguna. Las chicas ya no se reunían en la cafetería por lo mismo.

Sabía que Sango se haría cargo de mesa de postres, pero ni siquiera se habían reunido ahí para la elaboración. Probablemente cambiaron de sede.

Arto de no recibir una respuesta le marcó esperó, esperó y esperó y ella nunca contestó.

Recargó su cabeza en el volante mientras escuchaba como la lluvia golpeaba el techo de su coche. Imágenes de él y ella en Cancún comenzaban a llegar una por una. Cuando la vio con su amiga en el aeropuerto, aquella azafata arrastrándola hasta su lugar. Esbozó una media sonrisa ¿Qué clase de azafata permitía a un pasajero sentarse en un lugar que no le correspondía?

¿Había sido destino o casualidad?

A quien quería engañar, si desde que se sentó a su lado en aquel avión, había deseado a esa pequeña. Como le gustaría regresar el tiempo, así la obligaría a quedarse con él en ese paradisiaco lugar. Lejos de su prometido, de Yura o de cualquiera que se hubiese interpuesto a aquella relación.

Golpeó el volante con tanta violencia. Se odiaba así mismo por haber dudado de ella cuando debió confiar. Cuando en lugar de estar investigando un día antes de que ella se fuera Francia debió haberlo hecho en cuanto ese maldito sobre llegó a sus manos. Pero ese arrepentimiento no tenía ya caso. El daño estaba hecho y su arrepentimiento llegaba tarde.

¿Estaba listo para dejarla partir?

Sabía que era una importante oferta y que ella no podía rechazar. Aunque quisiera retenerla no podía hacerlo, se vería demasiado egoísta. Tal vez lo mejor sería dejarla marchar, que se realizara en su profesión, no sin antes de pedirle perdón. No podía dejarla marchar si pedirle perdón por su desconfianza y después, la dejaría marchar.

Le dolía que las cosas terminaran así. Tal vez en otro tiempo, en otro lugar ellos hubieran sido algo.

Su móvil vibró por encima del asiento del copiloto y comprobó quien le hablaba era Olenka. No había visto a esa mujer en días y francamente no tenía intenciones de responder ni a sus llamadas ni a sus mensajes.

Con un suspiro encendió su coche y se marchó de aquel lugar.

xxx

Esa noche preparaban los últimos postres para la boda de Rin. Kagome se sentía un poco melancólica al respecto, pasaría sus últimas horas en compañía de las chicas, ayudando como de costumbre de cada viernes a Sango. Y aunque esta vez estaba apagada como para molestar a Ayame con betún, decidió ser profesional. Eran los postres para la boda de una de sus mejores amigas y debían ser los únicos e inigualables.

De hecho, había un ambiente triste entre las tres. Como era de esperar, Rin no había acudido porque ella era la novia y no debía ver esos postres. Kikyo y sus guardias en el hospital. Solo estaban Ayame y ella en casa de Sango alistando todo.

Había visto el mensaje que Inuyasha le mando, pero en ese momento estaba colocando crema batida con una manga pastelera a un pastelillo. No era que no deseara contestar, lo que no sabía era que responder.

Inuyasha

Después de la boda, no te escaparas.

No sabía que le daba más miedo, si verlo o que hablaran. Suponía que en parte un poco de ambas cosas. Por más que intentaran hablar las cosas entre ellos no se podían aclarar. Una por ebrio y la otra… bueno, la otra porque simplemente no se dio. Temía que si hablaran sus planes de irse a París cambiaran.

¿Podía una simple platica hacerla cambiar de planes?

Aun lo amaba, no era un sentimiento que te podrías desprender de él como si de unos zapatos o de una blusa favorita se tratara. Que fácil serían las cosas si así fuera. Se evitaría sufrimiento, se evitarían lágrimas y sobre todo muchos reclamos entre uno al otro. No, el amor se clavaba en el corazón y no existía remedio alguno para sacarlo de ahí.

Incluso a veces dormía y soñaba en Cancún, con él. Caminando en la playa tomados de la mano rumbo persiguiendo una puesta sol. Él la tomaría de la cintura y bailarían sobre la playa alguna estúpida canción de amor, se mediarían el uno al otro, haciéndose promesas de amor y cerrarían aquello con un beso.

Pero después el sonido de su despertador le alertaba que todo había sido un sueño.

Comenzó a sentir un ligero nudo en la garganta, pero aguantó las ganas de llorar.

―Tierra hablando a Kagome…

Parpadeó al escuchar la voz de Ayame, ella levantó la cabeza y al verla la pelirroja le apuntó algo con el dedo. Entonces siguió lo que su amiga le indicaba. Había puesto crema batida a una cuchara pastelera.

― ¿Te encuentras bien? Puedes descansar un poco.

Sintió la mano de Sango sobre su hombro, ella esbozó una tenue sonrisa y asintió. Claramente había mentido, de bien no tenía nada.

―No te preocupes – ella negó – Además debemos terminar estos postres.

Para esta ocasión, Sango había contratado a un par de meseros para que se hicieran cargo de la mesa. Las chicas y ella no se la pasarían ofreciendo postres mientras se perdían de la boda. Eran amigas de la novia y debían estar en todo momento con ella. Lástima que una de ellas iba a faltar.

― ¿Estas nerviosa por lo de mañana? – escuchó preguntar a Ayame.

―Claro – Kagome asintió – No todos los días se casa una de tus mejores amiga.

―No me refiero a eso, sino a tu viaje.

―Un poco ― se encogió de hombros – Mis padres insistieron en llevarme, pero les dije que no era necesario.

Sango compartió una mirada con la pelirroja y ella negó, ninguna de las dos abordaría el tema de Inuyasha. Sabían que eso era la parte más débil de Kagome, si querían verla feliz lo mejor era omitirlo.

―Suerte, no vayas a comer muchos croissant – dijo la castaña con una sonrisa – Me pondré celosa.

Kagome sonrió.

―Estoy segura de que tus postres son mejores que cualquier repostería francesa.

―Kagome Higurashi, jefa de área de reparación de Louvre – comentó con una sutil elegancia la pelirroja – Creo que después de esto no nos vas a querer hablar. – le apuntó con un dedo – Te tomas una foto en lo alto de la torre Eiffel.

―Así será.

―Y, sobre todo – la miró con cierta picardía, mientras levantaba una cuchara llena de betún – Cógete un parisino por mi – le tiró el betún justo en la cara.

Decidió ignorar ese comentario. Por el momento no quería saber de chicos.

― ¡Me las vas a pagar, Ayame!

― ¡Ya se habían tardado! – exclamó Sango con resignación.

La castaña se hizo a un lado, se sirvió un poco de vino en una copa mientras contemplaba como sus amigas se enfrentaban en un duelo de betún, harina y huevo. Lo que más le dolía es que era en su cocina donde aquella batalla se efectuaba. Más tarde las haría limpiar, por ahora dejaría que se divirtieran al ser el último día de Kagome como ayudante.

―Ahí te va amargada uno.

Porque la amargada numero dos era Kikyo, aunque ella si entraba en guerra de pastelazos.

Ayame le había arrojado una enorme bola de betún a Sango. Normalmente ella no entraba al quite, siempre se la pasaba regañando. Pero hoy, hoy si lo haría.

―No soy amargada.

Tomó una tarta de frambuesa y se la arrojó justo en la cara. La vio hacer unas muecas de asco, tal vez luego tendría que reparar esa tarta. Tenía material suficiente como hacerlo, pero la satisfacción de ver a la pelirrojo pegajosa por la mermelada, el betún, huevo y harina no tenía precio.

― ¡Las tartas no cuentas! – exclamó indignada la pelirroja.

―Mi casa, mis reglas – le guiño un ojo. – Y si digo que todo lo que hay en esta barra cuenta, así será.

Las tres se miraron una a la otra después a todo lo que había en la barra, como si eso hubiese sido una especie de reto. A este paso terminarían muy tarde los postres.

Y así fue.

xxx

Salió del vestidor con aquel vestido color amarillo y se miró en el espejo de cuerpo completo. La falda era holgada, cuello de tortuga, sin mangas. Ayame se detuvo en la puerta y al ver el soso vestido hizo una mueca.

―Tienes bonitos senos, deberías mostrarlos. Vas muy cubierta.

Kagome la miró y dio una vuelta, la pelirroja silbó al ver el escote en forma de lagrima que se perdía en el nacimiento de sus caderas.

― Estas de infarto, corazón.

En cambio, ella llevaba uno en forma de corazón.

Antes de salir, Kagome tomó una maleta mientras que Kagome le ayudaba con otra. Después de la iglesia se iría directo al departamento a formalizar la venta del departamento. luego se iría directo al aeropuerto, iba con tiempo así que allá se cambiaria. Probablemente la verían raro por el vestido. Pero ya se habían visto cosas raras, así que entrar a un aeropuerto con un vestido de fiesta no sería lo más raro del mundo.

Koga las esperaba en el estacionamiento y al verlas salir por el ascensor se apresuró a ayudarles.

― ¿Segura que te vas a ir en el auto? – preguntó Ayame – Podría llevarte hacer las vueltas.

―No te preocupes – dijo Kagome, mirando como Koga subía las maletas en la cajuela – Mi padre pasara a recogerlo al aeropuerto. Él ya cuenta con una copia del auto.

―Bueno – dándole un abrazo – Nos vemos en la iglesia.

En cuanto se subió al auto y lo encendió, comenzó a escucharse en la radio "Make You Feel My Love" de Adele. Y no pudo evitar que otra vez ese nudo se volviera a acumular en su garganta.

Con sus manos en el volante se quedó contemplando la nada, mientras imágenes de ellas y las chicas pasaban una tras una. Ellas riendo, ellas peleando, ellas persiguiendo una a la otra. Cuando eran más jóvenes y pasaban una noche de chicas, comiendo litros y litros de nieve y palomitas mientras se hacían manicura y hablaban de chicos y revistas. Luego, unas chicas más maduras pero esta vez consolando una a la otra por algún problema sentimental.

Festejando sus victorias, consolándose en sus derrotas.

Las tardes de los viernes, cuando ayudaban a Sango a realizar postres y terminaban llenas de betún hasta los oídos. En los cumpleaños, no podía faltar el tradicional pastelazo, que al fin de cuentas no lo comían, terminaba hecho migajas al enfrentarse en una batalla.

Todo aquello iba a extrañar, dejaría atrás a cuatro chicas que eran como sus hermanas (bueno, una lo era).

Al menos dejaba a sus amigas con chicos buenos, chicos que realmente las amaban y esta vez ya no iban haber lágrimas.

Aunque dentro de ella todo estuviera hecho pedazos. Le hubiese gustado que las cosas fueran diferentes. Que las cosas entre ella e Inuyasha hubieran terminado de una manera distinta.

En especial a él era a quien le iba a costar olvidar, a pesar de la distancia lo seguiría llevando en el corazón.

xxx

Tal parecía que el que se iba a casar sería precisamente él. Observaba a Sesshomaru de lo más normal, con ese comportamiento serio que lo caracterizaba. Una lagrima rodó en las mejillas de su madre Izayoi mientras le acomodaba la pajarilla del cuello. Su hermano sacó un pañuelo y se lo entregó.

― No llores – escuchó decirle.

― Es inevitable no hacerlo – respondió ella, limpiándose las mejillas. ― No todos los días se casa un hijo.

Inuyasha resopló y se pasó una mano por el cabello. Mirando a su alrededor, la iglesia comenzaba a llenarse de algunos invitados. De las damas y de la novia no había ninguna señal.

Sus manos le hormigueaban, deseaba que todo esto se acabara rápido. No era porque destara las bodas ni nada en contra de su hermano. Pero tenía el tiempo ajustado y probablemente las amigas de Kagome acapararían toda su atención, evitando que se la llevara.

Su corazón palpitó de nervios al escuchar el sonido de las campanas y luego en auto donde iba la novia se detenía justo en la entrada. Rin iba acompañada por sus padres, esbozó una sonrisa, la felicidad de esa niña era contagiosa y después miró a su hermano. A éste le brillaron los ojos cuando la vio salir ataviada con el vestido de novia más espectacular.

Entonces la vio, una por una sus amigas iban reuniéndose con ella. Kagome le dio la espalda para agacharse y acomodar la cola del vestido de su amiga. Sus ojos dorados recorrieron con atenta admiración aquella cremosa y sedosa espalda descubierta. Esa espalda que había recorrido con sus manos varias veces.

¡Como le gustaría volver a sentir esa piel bajo sus manos!

Kagome se incorporó y le regaló una sonrisa a su amiga. Rin tenía ganas de llorar, pero entre todas evitaron eso.

― No llores o echaras a perder el maquillaje – dijo Ayame.

― Es que… ― alguien le tendió un pañuelo y ella lo aceptó – Por un lado, es el día más feliz – miró a Kagome – Por el otro es triste. Te vas hoy.

Ella al ver a su amiga lo único que pudo capaz que pudo hacer fue darle un abrazo. Como si con eso pudiera calmarla un poco.

― Es tu día cabecita rosa – dijo Kagome – Que nada te lo opaque. Además, existen video llamadas. Esta meet.

― WhatsApp – comentó Sango.

― Facebook – prosiguió Kikyo.

― Zoom – Ayame se encogió de hombros― Hay muchos.

Kagome le regaló una sonrisa.

― ¿Lo ves? Podemos estar en contacto seguido.

Rin asintió y luego la señaló con un dedo. Mientras seguía aferrada con el pañuelo.

― Promete que no vas a conseguir otras amigas.

― Rin…

― Promételo – insistió.

Ella asintió, pero antes de que pudieran seguir con la conversación el sonido de las campanas se volvieron a escuchar. El momento había llegado y cada dama ocupaba su lugar a tras de la novia.

Kagome agachó la cabeza cuando vio a Inuyasha acercarse a ella. Su corazón dio un pequeño brinco al verlo. Estaba guapo como el primer día en que lo vio en aquel avión. Sentía que algo había cambiado, su forma de mirarla era muy distinta a cuando la vio en el hospital. Incluso, podría decir que era la misma que vio antes de que las cosas acabaran.

Él se inclinó un poco y le susurró algo en el odio, una cosa que solo ellos dos pudieran escuchar.

― No te escaparas.

Todo su cuerpo tembló al verse reflejada en aquellos ojos dorados, después tomó una postura más rígida. Se aliso su saco y lo vio entrar a la iglesia. Subió los peldaños de dos en dos, perdiéndolo de vista.

Las chicas se cruzaron de brazos al ver ese momento intimo entre ellas dos y lo único que pudo hacer fue encogerse de hombros.

Cuando Rin entró a la iglesia se escuchó la melodía de "Fabula ancestral" de la Bella y la Bestia, en modo de violín. Si, cabecita de mundo de color rosa era una romántica empedernida. Ese momento era mágico e indescriptible, podía ver de tras de su amiga que suspiraba de felicidad, mientras iba tomada del brazo de su papá al final del altar.

Todos los invitados estaban de pie al ver el desfile de la novia. Era inevitable no sentir la piel de gallina, saber que una de sus amigas uniría su vida a lado del hombre que amaba y que, además, pronto formarían una familia juntos.

Eso era lo que ella quería, bueno, no hijos por el momento, sino con alguien con quien compartir la vida. No siempre el matrimonio implicaba tener hijos.

Las damas pasaron a un lado de la novia cuando llegaron al final del altar. Kikyo le pasó un pañuelo desechable a Ayame, ya que no paraba de llorar. Tenían sentimientos encontrados y esa música las había puesto a flor de piel.

― No llores, tu maquillaje se va a arruinar – Sango le susurró.

― ¡Oh, cállate! – y ese fue detonante para que surcaran más lagrimas – Mi cabecita rosa se está casando.

Kagome esbozó una sonrisa al verlas discutir y luego el silencio se hizo presente cuando inició la ceremonia. Desde su postura, podía ver en todo momento como Rin no paraba de sonreír, mirando de vez en cuando a Sessehomaru.

Sintió su intensa mirada dorada sobre ella, apartó la vista de los novios y miró hacia el frente. Y sí, ahí estaban sus ojos clavados en los de ella.

Inuyasha prácticamente no escuchaba nada de lo que decía aquel sacerdote. De vez en cuando miraba discretamente su reloj para ver la hora. A pesar de que el sermón había comenzado, sentía que pasó una eternidad.

No miraba otra cosa que no fuera ella, deseando intensamente ir hasta ella y sacarla de ahí. Cuando vio esos ojos color chocolate clavarse en él, todo su ser tembló. Alzó una ceja, en señal de que tenían una cosa pendiente.

Ella se marchaba hoy a Francia ¿Estaba dispuesto a dejarla marchar?

Esa respuesta aún no la sabía.

Por alguna extraña razón algo le llamó la atención así que se vio obligado apartar la mirada de la mujer que le había hecho daño y que aun amaba. Frunció el cejo al ver la figura de aquel hombre entrar por la puerta principal de la iglesia. Sus miradas se encontraron y con leve movimiento de cabeza le indicó que se reuniera con él.

Dio un paso hacia atrás pasando por un lado de Naraku, éste lo había visto todo y trató de detener a su amigo del hombro. Pero el ojidorado la apartó. no quiso llamar la atención, así que avanzó por el rincón de la iglesia. De vez en cuando apretaba los puños, o se pasaba la mano por el cabello.

Salió de la iglesia, lo buscó, pero no lo vio por ninguna parte. Escuchó que alguien le silbaba por atrás, giró lentamente la cabeza y ahí estaba, escondido tras los jardines de la iglesia. Le volvió indicar que se acercara a él. Si esto resultaba una trampa ese hombre lo pagaría caro.

Ambas figuras se perdían entre los arbustos. Era un lugar idóneo para hablar. Había tratado de localizar a ese bastardo y nunca llegó a imaginar que él se presentara en la boda de su propio hermano.

Lo único que deseaba era partirle la cara. Eso era todo.

― Espero que tengas una buena razón por haberme sacado a mitad de la boda de mi hermano – alzó una ceja.

― Si la tengo – asintió Hoyo.


Hola, chicas.

Nunca creí que el final sería largo, cuando vi que iban más de dieciséis hojas decidí cortarle en doce. Por eso se va a dividir en dos partes.

En cuanto termine la segunda parte, se los estaré subiendo entre mañana o el sábado.

Bonito jueves.

Gracias por leerlo.

Besos.

BPB