Capítulo 31

Juntos, hacia el mañana

Parte II

El silencio era tan pesado que fácilmente se podría escuchar las respiraciones de ambos. Debía dejarlo hablar antes de lanzarse a su yugular. Ese sujeto era la última pieza que le faltaba al rompecabezas, si bien no había podido tener contacto con Yura debido a su ausencia. Él podría aclararlo todo de una maldita vez.

―Espero que tengas una buena razón como para sacarme de la boda de mi hermano. – amenazó.

―He venido con la intención de aclarar unas cosas. Dudas tal vez.

Inuyasha alzó una ceja ante el comentario de aquel hombre. Nunca se le pasó por la cabeza que lo vería el día de la boda de su hermano.

Se llevó las manos a los bolsillos de su pantalón y no es para demostrar autoridad o seguridad, sino control. Estaba tratando de controlar su impulso de abalanzarse de sobre él y eso podría brindar cierto control, aunque desde luego lo terminaría golpeando, eso era seguro.

―Somos lo suficientemente adultos como para andar con rodeos. Así que ve directo. Si la respuesta no me agrada, no puedo prometerte reaccionar bien. ¿Qué pasó en realidad?

Hoyo automáticamente se pasó una mano por la nuca, se veía un poco nervioso, bueno en realidad bastante nervioso.

― Lo sé – asintió, nervioso. Estaba listo para recibir cualquier cosa de su parte – Vengo mentalmente preparado para eso.

― Eso es bueno. – fingió una amarga sonrisa ― Porque deberás entender que suficiente tengo con verte. Créeme que me estoy conteniendo para no partirte la cara. – inhaló y exhaló – Ahora dime de una maldita vez lo que en realidad pasó.

Hoyo abría y cerraba la boca. Buscando las palabras adecuadas con las que debía comenzar y mientras conducía rumbo a la iglesia preparó su discurso, aunque sabía que de nada serviría, de todos modos, el final sería el mismo. Pero como Inuyasha bien lo había dicho, eran adultos y debían actuar como tal.

No había dormido por pensar en toda la noche debido a eso. Había averiguado donde se casaba su hermano, así que sabía que ahí lo iba a encontrar.

Sentía que le debía hacer eso a Kagome. Inuyasha merecía saber la verdad, así su conciencia estaría un poco más tranquila, aunque no del todo, porque siempre lo iba a perseguir el fantasma de aquella vida que se perdió.

Eso es lo que más temía, decirle que el hijo que esperaba Inuyasha era suyo y que jamás tocó a Kagome. ¿Ella le había dicho?

Sabía que no, pues ella misma no deseaba hablar con Inuyasha al respecto. Incluso de haberla visto en el parque, le había dicho que no tenía caso decirle toda la verdad porque él no le iba a creer.

― Kagome jamás se acostó conmigo. – soltó de golpe.

Suspiró mientras escuchaba aquella revelación, sentía como si un enorme peso se liberaba dejándolo respirar. Pero no dejaba de sentirse tenso, aún mantenía los nudillos de sus manos cerrados. Tratando de controlarse, como si eso pudiese evitar salir a su encuentro y romperle la cara.

― Todo fue un plan orquestado por...― se aclaró la garganta – Por Yura.

Lo sabía, lo sabía desde el día en que estaba revisando las cámaras con su jefe de seguridad. Ahora que lo pensaba, al día siguiente después de haber recibido aquellas fotos, ella apreció como de costumbre. Solo que estaba vez se notaba más feliz. Nunca había advertido que fuese ella quien estuviera involucrada en todo esto.

― Ella me dio la escopolamina con la que drogué a Kagome. Pero no medí las cantidades e hice que parara al hospital por sobredosis.

Ya había escuchado suficiente, le iba a partir la cara. Se detuvo cuando Hoyo le hizo una señal para que se detuviera y lo dejara hablar.

― Antes de que me golpees, que eso es justamente lo que espero de ti – lo señaló – Debes escuchar todo. Jamás la toqué. Yura quería quitar a Kagome del camino para estar contigo. Me ofreció subir de puesto si aceptaba entrar a su jugo. Estaba dolido por la forma en que terminamos en la iglesia. La culpaba porque jamás sucedió mi ascenso.

― Pero eso no te da derecho hacerle daño – explicó furioso.

― No tengo justificación para lo que hice y viviré arrepentido toda mi existencia por haberle hecho mucho daño a esa mujer.

Inuyasha alzó ceja.

― ¿Y esas fotos que recibí? – seguía con el puño suspendido en el aire.

― Son falsas. Todo fue editado. Yo simplemente no pude hacerle nada, la dejé abandonada en un hotel y me fui. Nunca quise hacerle daño y... ― hizo una pausa y se humedeció los labios secos – Mucho menos que por mi culpa haya perdido al hijo que ambos esperaban.

Esa confesión le cayó de golpe y lo obligó a bajar el brazo. ¿Embarazada? ¿Ella estaba esperando un hijo de él? Todo le daba vueltas, ¿Cómo es que había sido tan maldito? Había ido al hospital a recriminarle su engaño que nunca la dejó explicarse. No solo pudo haberla perdido por la obsesión de unos cuantos, sino que gracias a eso había perdido un hijo.

¿Iba a ser padre? Y ese imbécil le arrebató aquella posibilidad en un parpadear de ojos.

Lo agarró de la solapas de su camisa, lo zarandeaba a su antojo.

― ¿Estaba embarazada?

― Si – Hoyo asintió –¿Kagome no te lo dijo ayer?

― ¿Se vieron ayer? ¿Por qué?

― Quería aclarar las cosas con ella. Me sentía culpable – lo miró – Escucha, nunca fue mi intención llevarla al borde de la muerte y... ― se quedó callado.

― Que perdiera a nuestro hijo.

Hoyo apretó los labios y asintió.

Su ira aumentó mientras miraba a aquel hombre. Ahora ese bastardo sabría lo que era enfrentarse a un hombre en lugar de una mujer. El muy cobarde la había buscado a ella primero, esperando a obtener seguramente su perdón. Pero que ni creyera por un segundo que sería fácil con él. No había tenido compasión por haberla drogado, por haberle provocado que perdiera a su hijo, así que él no tendría por qué tenerla.

De tres puños lo derribó al piso, se inclinó y lo volvió agarrar de la solapa de su camisa para acercarlo un poco a él. Hoyo comenzaba a sangrar de la nariz.

― ¡No solo voy a destruir tu carrera! ¿Me entiendes? – prometió ― ¡Sino que voy a matarte con un visceral placer que no quedará nada de ti! – lo miraba con intensidad – No habrá ninguna tumba donde puedan llorarte infeliz porque te haré pedazos. – sus ojos realmente parecieron convertirse en rojos – ¿Entiendes? – esbozó una media sonrisa – Pe― da― zo a pe― da― zo es lo que dejaré te di.

Pero cuando estaba a punto de golpearlo de nueva cuenta, sintió un frágil cuerpo que se interponía entre ellos.

Kagome había visto entrar a Hoyo a la iglesia, por algún motivo sintió miedo de que pudiera armar un escándalo al interior. Pero él no la estaba viendo a ella, sino a Inuyasha, quien salió rápidamente de la iglesia para ir a su encuentro.

Aprovechó mientras los novios se colocaban los anillos para salir de ahí e ir en su búsqueda. Pero no ahí afuera no había nadie, sino hasta que escuchó unos gritos provenientes de los jardines. Fue hasta ahí y se encontró a un Hoyo en el suelo siendo sometido por Inuyasha.

Corrió hasta ellos y se interpuso entre los dos, apartando a Inuyasha de Hoyo. Él era mucho más alto que el prometido de su prima y si no hacía algo, el hijo de Eri se quedaría sin padre.

Las manos de Inuyasha se anclaron a su cintura, atrayéndola hacia él, como si la estuviera protegiendo de algo. Pero no la veía a ella, sino que sus ojos dorados estaban enfocados al hombre que yacía en el suelo.

―– No te quiero cerca de ella ¿Entiendes? ― volvió a prometer. ― ¡Voy a matarte!

― Tú no vas a hacer nada – Kagome intervino, después miró a Hoyo – Vete, ahora.

― Pero...

Kagome alzó una ceja cuando escuchó protestar a su ex. No sabía quién estaba deteniendo a quien. Si ella a Inuyasha o él a ella.

― ¡QUE TE LARGUES HOYO!

Hoyo se levantó del suelo, cuando pasó a un lado de Inuyasha y Kagome, éste quiso volverse abalanzar sobre él, pero ella había empleado toda la fuerza necesaria para evitar eso.

Su brazo seguía aferrado a la cintura de aquella mujer, su respiración de comenzaba a normalizarse a medida que aquel hombre desaparecía de la vista de ellos. La tenía sostenida como si la tratara de proteger de algo, ojalá así hubiera sido desde en un principio. Cerró los ojos, no se atrevía a mirar aquellas esferas color chocolate.

No sería fácil pedirle perdón, en esos momentos era otro Inuyasha. Dispuesto a matar, dispuesto a hacer cualquier cosa para acabar con sus enemigos. Dispuesto a pedir perdón, pero no era el hombre que ella había conocido anteriormente. Aquel hombre atento, cariñoso y seguro de sí mismo.

― Mírame.

La escuchó decir.

― No puedo – él negó.

Sintió la mano de Kagome en su mejilla, eso le brindo calidez y seguridad. Llenando su ser de paz. Abrió los ojos y se encontró con su atenta mirada.

Ella abrió la boca para decir algo, pero en aquel instante. Él la tomaba de la mano y la llevaba directo a la iglesia. Kagome se detuvo en medio del camino haciendo que Inuyasha también lo hiciera. No iba a perder la oportunidad de aclarar las cosas.

― Debemos hablar – ahora era ella quien decía eso.

― En estos momentos no, Kagome – la miró – Después de la ceremonia.

― Pero ya no habrá después.

Con eso sabía exactamente a lo que se estaba refiriendo. Que ya no había tiempo puesto que ella se marchaba a Francia en un par de horas.

― Lo sé.

Fue su única respuesta antes de arrastrarla adentro de la iglesia. Ambos se fueron por caminos distintos y ocuparon sus respectivos lugares.

Kagome lo veía de vez en cuando, mientras él trataba de acomodarse el traje y quitarse un poco de tierra del saco.

En la mente de Inuyasha pasaban mil formas de vengarse de esos dos. Si Kagome no hubiese intervenido probablemente ocuparía de la ayuda de Naraku y Koga para deshacerse de un cuerpo. Pero la venganza no era aquella de deshacerse de alguien. No, su venganza sería cruel, despiada. Mucho habían planeado esos dos para separarlos, ahora le tocaba a él y les golpearía donde a ambos les dolía.

A Yura, arrastraría a su padre a la ruina. Así aquella arpía ya no podría darse la vida de lujos y comodidades que tanto deseaba. Probablemente incluso la obligarían a trabajar, cosa que nunca había hecho en su maldita vida.

De Hoyo, no pensó en su hijo, él no tendría que pensar en el hijo que esperaba con la prima de Kagome.

Entonces la miró y se perdió en su intensa mirada. Se sentía una completa basura, la había juzgado mal, en ningún momento le depositó su entera confianza. Creía que, por haberla conocido en aquellas circunstancias, sería igual con otro. Pero no fue así, aquel día estaba cegado y dolido como para pensar claramente.

En lugar…. Maldición, agachó la cabeza y negó con la cabeza. Ella recién había perdido al hijo de ambos y tuvo que soportar todas y cada una de aquella palabras tan crueles que le dicho aquel día.

Llegaba a sentir que no se la merecía, ¿Quién había sido peor? ¿Hoyo, cuando aún era su prometido? O ¿Él, que no confió en ella?

El sonido de unos aplausos lo devolvió a la realidad, solo para darse cuenta de que los novios sellaban su amor con un tierno beso. Él también acabo por aplaudir. La iglesia comenzó a vaciarse mientras seguían los novios hasta la salida.

Inuyasha prefirió sentarse en las escaleras del altar mientras observa a los novios abandonar la iglesia seguidos de los invitados. A lo lejos podía ver a todos los presentes felicitándolos. Las damas se hacían fotos con ellos y poco a poco se fue despejando, más tarde se verían en la recepción.

Tenía la mirada puesta en sus pies, su mirada perdida en el vacío mientras que su cabeza era un hervidero de pensamientos. Una parte de ella planeaba como sería su venganza, la otra parte le cuestionaba lo qué iba hacer de ahora en adelante con Kagome. Sabía que tenía que pedirle perdón.

El sonido de unos tacones avanzando por el altar lo hicieron levantar su cabeza, ahí estaba ella, delante de él. Tal hermosa como siempre.

― Ya todos se han ido.

él asintió sin responder nada.

― ¿No vas a ir con ellos? – Kagome le preguntó.

― ¿A qué hora te marchas a Francia?

Kagome volteó a ver a otra parte y después regresó la mirada hacía esos ojos dorados. Podía ver claramente que estaban debatiéndose entre un duelo de ira, dolor, confusión y mucho arrepentimiento. Era una mescla de sentimientos indefinidos.

― A las cinco – respondió – Pero primero debo cerrar la venta de mi departamento en una hora.

Inuyasha asintió, se puso de pie y la tomó de la mano.

― Te llevo.

Inuyasha condujo el auto de Kagome hasta el recinto donde se encontraba el que el día de hoy sería su departamento. Ambos subieron el ascensor, seguían en silencio. De vez en cuando Kagome contemplaba los largos dedos de Inuyasha, su mano derecha aún estaba roja debido al efecto que produjo golpear a Hoyo con ella.

Cruzaron el pasillo y sacó la llave, abrió la puerta y él aguardó en la entrada a que ella pasara primero. Aun los nuevos dueños no llegaban y faltaba poco más de media hora para que eso pasara. Media hora era mucho tiempo, tiempo en el cual podrían emplear para hablar.

Lo vio recorrer la sala hasta el balcón, donde salió y se quedó contemplando las calles. Desde el punto donde ella estaba podía ver su alta figura, aquella espalda ancha y esos brazos bien definidos.

Como extrañaba ser abrazados por ellos y pensar que hoy sería el ultimo día que los vería.

Tenía que aprovechar esa media hora y hablar con él. Este era el momento justo. Así que, con una fuerte inhalación y exhalación, fue que reunió todas sus fuerzas y salió en dirección a él.

― Lamento si no tengo nada que ofrecerte – se disculpó ella – Todo fue empaquetado.

Pero se quedó callada cuando al pararse a lado de él lo descubrió fumando.

― No sabía que fumaras – comentó, un poco sorprendida.

Él esbozó una media sonrisa.

― Antes de conocerte lo había dejado – miró la colilla del cigarro – Es un habito que volvió luego de….― se quedó callado y la miró – Si te molesta puedo apagarlo.

― No ― negó – Kikyo y Ayame fuman, así que ya estoy acostumbrada a eso.

Inuyasha asintió y buscó un lugar donde apagarlo. Fue hasta una maceta que tenía el vecino de Kagome y lo apagó en la tierra. Se incorporó para arreglarse el esmoquin. Estaban frente a frente, mirada con mirada. Sentimiento con sentimiento, pero al final con amos corazones que latían en sincronía.

Ninguno de los dos se atrevía a dar el primer paso. Estaban ahí, tan cerca, pero a la vez tan lejos. El silencio seguía reinando entre ellos. Inuyasha simplemente buscaba las palabras adecuadas que decir. Mientras que ella aguardaba, impaciente por escucharlo.

― Escucha – carraspeó un poco luego se pasó una mano por el cabello – No encuentro las palabras para decirte lo arrepentido que estoy. Lo idiota que fui por haber dudado de ti. Supongo que merezco todas las cosas que desees que me pasen.

Avanzó hacia ella, acariciando su cabello, colocando un mechón por detrás de su oreja. En aquellos ojos chocolate se podían reflejar muchos sentimientos. Deseaba poder despertar a su lado solo para contemplarlos cada mañana. Con ella los días serían cortos, porque siempre estarían buscando algo.

― Tu desconfianza me lastimó.

― Lo sé, y eso es lo que más rabia me da de mí mismo. – se acercó un poco más a ella – No tengo justificación por lo que dije o hice. Pero quiero que sepas que jamás me perdonaré en la vida por haber dudado de ti. Por haber desconfiado de la persona más increíble del mundo. Estabas aquel día en el hospital, tan frágil, dolida por la pérdida de nuestro hijo como para haber soportado mi idiotez. Debí ser más sensible al respecto. En cambio, fui cruel, un maldito que estoy seguro no merece de ti que lo perdones.

Sintió como sus brazos la rodeaban y la atraían hacía él. En ese momento ella quería resistirse, odiaba ceder tan fácilmente. Pero ese aroma embriagador que emanaba de él, esos brazos protectores anclarse alrededor de su cintura y aquella áspera mano recargarse en su espalda, hicieron que su odio redujera en un sesenta por ciento.

― ¿Qué va a pasar si el día de mañana alguien llega con otras fotos o un video de mí? – preguntó ― ¿De nuevo creerías todo eso?

De pronto, recordó las palabras del amigo de aquel bar.

― No― negó – En primer lugar, diría que tienes un hermoso cuerpo y en segundo lugar mataría al hijo de puta que hizo eso.

Esbozó una sonrisa, pero no pudo evitar ponerse de nuevo sería. Aún quedaba algunas dudas pendientes y eso era el simple hecho de saber si él se había acostado con aquella modelo rusa. Aunque ya en las redes sociales y noticias no se especulaba más sobre el tema. Deseaba saber todo lo que pasó entre ellos.

― ¿Y la modelo rusa?

Inuyasha respiró profundo al escuchar aquella pregunta. Si, había salido con Olenka solo para darle celos a Kagome, pero jamás intentó nada con aquella mujer.

― ¿Qué hay con ella?

― ¿Te acostaste con ella? – lo miró directamente a los ojos – Por favor, responde con sinceridad. Ya estoy cansada de mentiras, engaños y todos los malentendidos.

Tomó su rostro entre sus manos, recargó la frente en la de ella y respondió.

― Nunca me acosté con ella. Nunca fue mi intención eso – le dio un beso en la mejilla – Mi cuerpo, mi mente, mi corazón me pedían a gritos por ti ― otro beso en la frente – No tienes una idea de lo que se siente un baño de agua helada en plena madrugada.

Ella sonrió, pero antes de que respondiera, escuchó las voces de los chicos a quienes les vendería el departamento. De mala gana, Inuyasha la soltó de entre sus brazos y permitió que se fuera. Recorrió su esbelta figura, su espalda desnuda y en como deseaba quitarle ese vestido. Pero no, debía guardarse ese deseo para luego.

― ¡Ay querida! – exclamó la chica con uñas postizas – Pero si luces mejor que Beyonce.

― Gracias – ella esbozó una sonrisa.

Kagome observó como hablaba con el otro chico, uno más bajito que él. Cuando conoció a ese par de jóvenes les agradó, ya que no a cualquiera les dejaría su departamento.

― Con un departamento así fácil supero a mi ex – comentó el chico más bajito, mirando a su arredor.

― Cualquiera superaría a tu exnovio – comentó su amiga – Porque es el idiota más grande del mundo. No olvides que casi te deja en la ruina, estúpida.

Entonces, ambas al ver al hombre que salía del balcón se quedaron con la boca abierta.

― Pero sí parece que acaban de filmar una película de misión imposible – dijo el más alto – Están increíblemente guapos.

― Gracias – Inuyasha inclinó la cabeza.

De pronto, una de las dos chicas se inclinó hacia Kagome y le susurró algo que solo las dos pudieran escuchar.

― Preciosa, un hombre así no se consigue tan fácilmente. No pienses más y atrápalo para ti sola – le guiñó los ojos.

Kagome no respondió a aquel comentario, en cambio esperaron un par de minutos cuando llegó el abogado. Inuyasha observaba de vez en cuando al grupo que estaba en una mesa. Mientras que el abogado explicaba todos los términos de la venta. Una vez en que las partes estuvieran de acuerdo, se procedió a la trasferencia bancaria a la tarjeta de Kagome. Y ella por consiguiente entregó las llaves y las escrituras.

Al despedirse una vez más de los nuevos inquilinos, ambos salieron del complejo. Kagome no pudo evitar voltear a ver la recepción por última vez, porque esa sería última vez que cruzaba por aquellas puertas. O cuando iba y se quedaba con Maggie viendo películas antiguas.

De pronto al girar de nuevo hacía el frente se encontró con la mirada pasiva de Inuyasha, quien le abría la puerta del copiloto. Esa mirada que reconocía a la perfección, pues era la de los días previos a la maldad de Hoyo.

El haberse enterado de que nunca se acostó con aquella modelo rusa era como si le hubiesen devuelto a la vida de un solo golpe. Era como respirar después de haber aguantado la respiración durante meses.

Por más que quisiera odiarlo, por más que quisiera seguir sosteniendo la barrera que los mantuviera apartados, ya no podía continuar con eso. Una lagrima resbaló por su mejilla y no le importó retirarla. Lo cierto era que lo amaba y su decisión de irse a Francia comenzaba a tambalear. Ya no sabía francamente que era lo que realmente quería. Pero si deseaba una cosa, un abrazo de él.

Avanzó hacia él a paso lento hasta estar frente a frente. Ella abrió la boca para articular algunas palabras, pero se quedó muda ante lo que él le decía.

― Te llevo al aeropuerto – se hizo a un lado para que pudiera pasar.

¿Quería que se fuera?

Pero en realidad no deseaba que se fuera, simplemente estaba siendo un hombre razonable. Ya mucho le habían hecho daño en el pasado. Tuvo que soportar a dos imbéciles como para hacer que perdiera sus sueños y no iba ser culpa de él por quien lo perdiera.

En cuanto llegaron al aeropuerto Inuyasha bajó las maletas de la cajuela y aguardaba impaciente mientras esperaba en los sanitarios a que Kagome se cambiara el vestido de dama. Era una lástima, no pudo quitárselo como deseaba.

Ahora la mujer que estaba ante ella llevaba unos jeans azules, blusa blanca y una chamarra marrón. Nada de vestidos como normalmente estaba acostumbrado a verla.

¿Y si la hacía cambiar de opinión?

No, eso no sería de hombres.

Debes perder algo, para saber si realmente es tuyo. Y en ese aspecto estaba profundamente decidido.

Durante el trayecto al aeropuerto y a documentar el equipaje él estaba más serio. El silencio de Inuyasha la mataba por completo. Ya había sido suficiente como para no hablar. Y así fue hasta llegar a la puerta donde los separaría para siempre de por vida. Era ahora o nunca. Todavía quedaban algunos minutos.

― Espero que tengas un buen viaje – dijo con una sonrisa apagada.

Luego para su sorpresa se acercó a ella y le dio un sutil beso en la mejilla, se apartó de ella y giró lentamente sobre sus talones dispuesto a macharse.

Kagome frunció el cejo.

― ¿Eso es todo? – dejó su bolsa en el piso, mientras se cruzaba de brazos y esperaba una explicación ― ¿Qué tengas buen viaje y ya?

Inuyasha agachó la cabeza y suspiró. Realmente estaba controlándose, pero al escuchar esa dulce voz a sus espaldas no hizo más. Al girar se encontró con sus ojos chocolate mirándolo intensamente.

― No sé qué esperas. – él encogió de hombros – Supongo que meterte a un avión rumbo a París es lo más sensato que haría en mi vida. Después de todo es tu sueño.

Ella fue la primera en dar el primer paso. De pasito en pasito fue como terminó cerca de él.

― No hemos hablado desde que dejamos el departamento. Y desconozco en que punto estamos ahora. ¿En qué punto estamos, Inuyasha? ¿Seguimos siendo tú y yo? ¿Solo yo? ¿Solo tú?

La gente pasaba de un lado a otro, algunos con prisa otros con rotunda tranquilidad, pero sin prestarle atención a la pareja. El tiempo para ellos dos se había ralentizado, por lo que solo eran conscientes del uno del otro.

Entonces todo el control que estaba ejerciendo en ese momento se fue por la borda al verla ahí. Reclamándole, exigiendo. Ya no pudo más, avanzó dos o tres pasos, solo para sostenerla entre sus brazos y acercarla a su pucho. Era como si hubiera regresado al paraíso con solo sentirla bajo su cuerpo. Una mano recorrió su espalda hasta posicionarse en su nuca.

Sus miradas de cruzaron y cuando vio que ella estaba a punto de remar una lagrima simplemente hizo una tierna negación.

― ¿Qué quieres que te diga? – la miró intensamente – ¿Quieres escuchar las palabras de un hombre que está roto por dentro? – acarició su mejilla con la punta de su nariz – Mis días parecen más lentos porque no estás tú. Estas semanas me has hecho tanta falta – podía sentir su pulso – Extraño ver a mi chica embarrada de betún mientras se enfrenta con una de sus amigas en una guerra dulce.

Ella no pudo evitar reír un poco y lo único que veía era el tormento en sus ojos dorados. Ahora si la gente comenzaba a prestarles atención.

― Inuyasha…

Pero antes de que ella pudiera decir algo él colocó un dedo en su boca y negó.

― No solo extraño eso – acariciaba sus mejillas con la punta de su dedo – Sino dormir a tu lado, eso es lo mejor que me ha pasado en toda la vida – esbozó una sonrisa – Nunca imaginé que mi mundo iba cambiar como el día en que aquella odiosa azafata te colocó en mi asiento. Llegaste a cambiar todo mi mundo, Kagome Higurashi …― se aclaró la garganta.

Era la primera vez que se lo diría a una mujer y la idea de que fuera ella, era simplemente maravillosa.

― Lo cierto es que te amo. Amo todo de ti que me es difícil saber qué es lo que más amo. Y eso, mi pequeña, te hace perfecta, única. – le retiró una lagrima – Por favor, no llores.

― Es la primera vez que me lo dices. – sus ojos parecían brillar por aquella revelación.

― Lo sé. Te amo. – volvió a decir mientras iba acercándose peligrosamente a sus labios – Te amo. – repitió por última vez mientras se apoderaba de sus labios.

El beso comenzó lento, era el reencuentro de dos amantes que habían sido separados cruelmente por terceras personas. Pero que ahí estaban después de todo. El hilo rojo que los mantenía unidos era difícil de romper.

No sabía porque, pero ya le daba igual si el avión se iba. Deseaba y necesitaba estar entre los brazos de aquel hombre, ahora que sabía que la amaba y que las cosas se veían claras entre los dos, ella también podría confesarle sus verdaderos sentimientos.

Algunos espectadores que habían estado contemplando la escena entre aquellos dos enamorados terminaron por aplaudir. Pero eso no evitó que la pareja dejara de besarse, hasta que escucharon el siguiente aviso.

Atención, pasajeros del vuelo 1500 con destino a Paris, Francia. Favor de abordar. Gracias.

Ese era su número de vuelo. Ya estaban anunciado que tenía que abordar y apenas no le decía que lo había perdonado hace tiempo, que ella también lo amaba y lo estaba necesitando cada maldito día.

Él fue el primero en interrumpir el beso, dándole uno en la frente por última vez.

― Debes irte – susurró.

― No― ella negó, aferrándose él. – Inuyasha…. T..

― No lo digas – le colocó un dedo en los labios – Porque si lo haces, juro que en este instante te sacaré de aquí y te llevaré a un lugar donde te pueda demostrar cuan grande es mi amor. Pero sé que, si lo hago, algún día despertaras, te miraras al espejo y te preguntarás ¿Por qué no fuiste a París? – se humedeció los labios – Entonces es ahí donde me odiaras por haberme interpuesto entre tú y tus sueños.

― Pero…

― Ve – la alentó – Cumple con tus metas. Aquí estaré desde lejos aplaudiendo cada uno de tus logros.

Él fue el primero quien la soltó entre sus brazos después ella. Ambos dieron un paso hacia atrás sin quitarse la mirada.

― No hace falta que te perdone – ella dio un paso atrás – Ya lo había hecho.

Lo vio llevarse la mano al corazón.

― ¿Me esperaras?

― Toda una vida si es necesario, pequeña.

La vio agacharse y tomar su bolso, pero antes de que entrara por una puerta deslizadora, escuchó su voz por detrás.

― Solo una cosa.

Ella volteó y lo miró.

― Si tienes un vecino de asiento, no hables con él, por favor.

Lo decía por la forma en cómo se habían conocido.

― No prometo nada – respondió con una sonrisa.

― Te amo.

― Te amo.

Inuyasha cerró los ojos al escuchar eso y lo único que vio de ella fue su sonrisa antes de entrar por una puerta y desaparecer o más bien, para irse lejos de él.

xxx

Esta vez llegaba a tiempo y no había azafata quien le obligara a tomar asiento. Miraba su reloj, bien, aún faltaban unos pocos minutos para despegar y darle un giro radical a su vida. debía sentirse emocionada, por fin daba un paso importante en su carrera. Sería jefa de reparaciones Louvre.

Observó por la ventanilla y miró su reflejo en el cristal.

¿Entonces porque no se sentía completa?

A estas alturas debía estar con sus amigas, celebrando juntas la felicidad de Rin.

"Por qué no quiero ser egoísta"

Escuchó sus palabras una vez más en su interior.

"Pero sé que, si lo hago, algún día despertaras, te miraras al espejo y te preguntarás ¿Por qué no fuiste a París?... Entonces es ahí donde me odiaras por haberme interpuesto entre tú y tus sueños.

Tal vez era mejor que nunca le hubiera dicho el "te amo" así hubiera sido más fácil de tomar una decisión y justo en estos instantes, cuando la azafata se cercioraba de que todos los pasajeros comenzaran a abrocharse el cinturón de seguridad.

No, no podía hacerlo. No debía viajar, debía salir de ese maldito avión. Buscar a sus amigas, estar con ellas y sobre todo buscarlo a él. Quería decirle que sí, que se la llevara lejos a una parte de donde debía demostrar el amor que según él profesaba. Después de todo ya no había dudas y obstáculos que se interpusieran ente ellos.

Se desabrocho el cinturón de seguridad, tomó su pequeña maleta de los maleteros de arriba. Ya había tomado una decisión, Louvre podría esperar otros años más. La balanza pesaba más hacía el lado de sus amigas. Estaría ahí cuando Rin tuviera a sus bebés, estaría ahí cuando la próxima se casará. Estaría ahí para el próximo viernes para los tradicionales pastelazos. En cada una de las cosas que hacía con sus amigas, estaría ahí.

Pero, sobre todo, quería saber a donde las cosas la llevarían con Inuyasha.

― Señorita no puede estar de pie – dijo una azafata – Ya estamos por despegar. Debe estar sentada.

― Debo salir de este avión – fue lo único que respondió.

Todos los pasajeros concentraron su atención entre la pasajera y la azafata.

― Le sugiero que tome asiento. Se relaje – trataba de ser tranquila, probablemente la mujer comenzaba a tener ataque de pánico – Podré traerle un calmante si es eso lo que necesita.

Kagome frunció el cejo ¿A caso la estaba tratando como una estúpida?

― No necesito calmantes – respondió, un poco alterada. ― Lo que quiero es bajar.

― Lo siento, pero no puede hacer eso.

― ENTIENDE – la miró con suplica – Necesito salir de aquí. Voy a dejar el amor de mi vida y aun no sé cómo vayan a salir las cosas entre él y yo. Pero quiero intentarlo, arriesgarme.

La azafata la vio con ternura, como si comprendiera cada una de esas palabras. Realmente esa pasajera se veía enamorada.

― Esas son las palabras más lindas que he escuchado – respondió tiernamente – Pero no puedo dejarla salir. Expondré su vida y la de los demás pasajeros.

Kagome golpeó el suelo con el pie, molesta por que esa mujer no le permitía salir.

― Así que vuelva a su…

― ¡DEJALA SALIR!

Se escuchó la voz de una mujer.

― SI, DEJALA SALIR. NO VEZ QUE ESTA DESPERADA POR IR A BUSCAR AL AMOR DE SU VIDA.

Esa era la voz de un hombre.

― NO NOS AFECTA QUE SALGA.

La azafata se sentía un poco presionada, llamó a su compañera y le susurró algo al oído, esta asintió y se fue a la cabina del capitán.

― Me cantaría poder bajar a esta señorita. Pero tenemos protocolos. Además, habría que buscar su equipaje y el vuelo se retrasaría.

Entonces una anciana se levantó de su asiento, estaba muy molesta, miraba a la azafata con el ceño fruncido.

― Jovencita, por mí no hay problema si el vuelo se retrasa con tal de que esta niña tenga su final feliz. Así que, hablando por todos los de este avión, exijo que la dejes salir. Además, si no haces eso la escucharas llorar durante todo el vuelo. Y te aseguro que te arrepentirás por no haberla dejado salir.

Kagome esbozó una sonrisa a la anciana que estaba en frente de ella y le agradeció el gesto con un leve asentimiento.

― ¿Qué está pasando aquí?

Una voz profunda surgió de tras de la azafata, la mujer se giró y vio al capitán de vuelo.

XXX

Desde la barra contemplaba a todos los presentes. La novia bailaba con su padre, mientras que las amigas de ésta con sus respectivas parejas. En ese momento se sintió vacío, ahora el peso de la soledad le había caído cuando tuvo que hacer la cosa más difícil del mundo, como prácticamente meter a Kagome a ese avión.

A estas alturas su avión ya tendría tiempo de haber despegado. Pero por primera vez sintió que había hecho bien. Interponer sus deseos por los de alguien más. Ella trabajaría para uno de los mejores museos y no sé, tal vez después con el paso del tiempo iría a visitarla o incluso se cambiaria de residencia, todo por ella. Aunque para eso debía pasar un tiempo, no deseaba interponerse entre su trabajo.

― ¿Podrías cambiar esa cara de aburrido, por favor?

Escuchó a su lado la voz de su amigo Naraku. Se suponía que hace unos minutos estaba bailando con Kikyo.

― Es la única que tiene – a su lado apareció Koga.

― Entonces ya es defecto de fabricación – se burló Naraku.

Inuyasha frunció el cejo y dejó que sus amigos siguieran burlándose.

― Si, búrlense todo lo que quieran – avanzó un paso, giró sobre sus talones para darle la espalda a la pista y ver a sus amigos de frente – Pero de los tres saben que soy el más guapo.

Ante ese comentario Naraku y Koga se miraron el uno al otro y después soltaron una rosa. Risa que se les borró al ver hacia el frente. Ambos con cara de asombro, pero ya los conocía, cuando hacían eso eran porque le estaban jugando una pasada, esta vez no caería.

― Inuyasha… ― Naraku estaba sorprendido – Mira hacia atrás.

― Deberías hacerlo. – Koga asintió.

― Oh no – él negó – Ya sé que es otra tetra de ustedes.

― No seas estúpido – dijo Naraku – Deberías callarte y mirar atrás.

Con el cejo fruncido se giró lentamente y al ver lo que sus ojos enfocaron, la copa que llevaba en sus manos se resbaló y cayó al piso, haciéndose añicos.

Kagome dejó las maletas en un pequeño saloncito que le había indicado la madre de Inuyasha. Ahora respiraba profundamente mientras estaba a punto de salir al jardín.

Gracias a los pasajeros y al capitán la habían dejado salir del avión y entregándole su equipaje intacto. Tuvo que volverse aponer el vestido de dama en uno de los sanitarios antes de salir del aeropuerto y tomar un taxi que la llevaría a la mansión de la suegra de Rin.

― Si ocupas estar sola antes de salir – dijo Izayoi – Toma tu tiempo – le guiñó un ojo y salió por la puerta del jardín.

Miró el retrato que estaba colgado en la sala, era el mismo que había reparado. Por alguna extraña razón esa pintura le dio todo el valor necesario como para abrir la puerta del balcón y salir. La brisa de la noche la abrazó y esbozó una sonrisa, en la pista estaban sus amigas, haciendo estupideces como se la había imaginados.

Bajó las escaleras, cruzó unos meseros y unas cuantas mesas hasta llegar a la pista. Las chicas dejaron de bailar y al percatarse de su amiga corrieron hacia ella, reuniéndose en un círculo.

― ¡Estúpida! Creí que te habías ido a París.

― ¿Te haces una idea de lo feliz que siento al verte? – comentó Sango.

Comenzaron a girar y a girar, mirándose unas a las otras.

― No te voy a dejar a ir – Rin la señaló – Ya es tarde para cambiar de opinión.

Kagome sonrió y abrazó por el hombro a Sango y a Ayame

― Es que no podía dejarlas – confesó al fin ― ¿Quién pondrá orden los viernes de pastelazos?

Todas rieron ante ese comentario.

― Admítelo, me ibas a extrañar – comentó con picardía la pelirroja. ― Porque no ibas a conseguir una amiga mejor que yo.

― ¡YO SOY SU MEJOR AMIGA! – dijo indignada Rin.

― Sabes que soy yo. Por darle pastel gratis todos los días.

Mientras sus amigas discutían quien era la mejor amiga de Kagome, Kikyo y ella se lanzaron una mirada. Sus hermana le guiñó un ojo, al señalarle a alguien que estaba atrás de ella.

― Y para demostrar que soy la mejor amiga de Kagome yo….

― Cierra la maldita boca, Ayame – la interrumpió Kikyo – Es hora de cortar el circulo. Alguien más quiere hablar con Kagome.

En ese momento la pista terminó y comenzaba una balada romántica. La voz de Ed Sheeran y "Perfect" llegó hasta cada uno de los rincones del jardín. Algunas parejas se levantaban para bailar, incluso las chicas tomaron a sus respectivas parejas.

Ninguno de los dos daba el primer paso, a Inuyasha le hormigueaban las manos. Preguntándose como era posible que esa mujer estuviera delante de él. La había dejado en el aeropuerto, seguro de que estaba rumbo a Francia. Pero nunca imaginó que la vería una vez más.

Ella fue la primera en sonreír y dar el primer paso.

― ¿No me vas a sacar a bailar? – sus ojos se clavaron en los de él.

Él no movía ni un solo dedo y eso a Kagome le dio un poco de ternura. Podía ver la sorpresa en aquellos ojos dorados.

― ¿O tengo que ser yo quien lo haga? – preguntó con cierto matiz de burla.

Inuyasha asintió, pero después al darse cuenta de lo que había respondido rectificó y negó. Así que acortó la distancia entre ellos, con manos temblorosas o más bien con miedo, fue rodeando lentamente su cintura, atrayéndola hacia él y moviéndose al compás de la melodía.

El reflejo de los faros iluminaba sus hermosos ojos chocolate y se le fue el aliento cuando la vio sonreír.

Tenía miedo de hablar, si dijera algo ella podría desaparecer. Miedo a que todo esto fuera un producto de su subconsciente jugándole una mala pasada. Pero… ¿Entonces cómo es que su cuerpo era tan cálido?

Algo le llamó la atención, levantó la cabeza y vio a su padre discutir con algún mesero.

― ¿No vas a decir nada? – la escuchó preguntar.

Parpadeó y volvió a concentrar su mirada en ella.

― ¿Eres real? – preguntó.

Kagome esbozó una sonrisa. Realmente había arriesgado todo por el todo al haber dejado ese avión y probablemente se lo reprocharía al día siguiente o tal vez no.

― No sé – ella se encogió de hombros ― ¿Qué es lo que tu opinas?

Él esbozó una sonrisa, aunque le encantaba la idea de tenerla ahí, con él, rodeados de sus amigos. Había algo que le martillaba la cabeza y era el hecho de que ella había bajado de ese avión, lo que daba por hecho que estaba renunciando a sus ideales.

― Te dejé en un aeropuerto. Prácticamente casi en el avión.

Ella sintió.

― Y tú no viste cuando me bajé de ahí. Hacer enfadar a las azafatas es mi especialidad, pronto me vetarán de todas las aerolíneas.

No pudo evitar echar a reír, pues recordó el día en que una azafata prácticamente la empujo al asiento continuó al de él.

― Pequeña…― suspiró y se aclaró la garganta ― ¿Qué hay de Louvre? No habrá otra oportunidad.

Kagome comenzó a juguetear con la pajarilla que llevaba atada al cuello. Haber dejado escapar esa oportunidad fue lo más estúpido que hizo en su vida, si, y ya no había marcha atrás o no existía una máquina del tiempo para retroceder y cambiar de opinión.

La estupidez ya estaba hecha, pero la felicidad a veces se construía de otras formas. No solo material. Sino el disfrutar día a día con la familia, con las amigas o con el ser amado. Eso, que, aunque se decía siempre, era lo más valioso.

La amistad que construyó con esas chicas había sido su meta.

El estar al lado de un hombre como él, ese era su futuro.

― Lo sé – respondió sin dejar de mirarlo – Y lo nuestro…― se humedeció los labios ― ¿Aun hay una oportunidad para esto que tenemos?

Él la atrajo más fuerte hacia su pecho, deslizó una mano hasta su delicado mentón. Kagome tembló al verlo acercarse peligrosamente hacía sus labios.

― Toda una vida.

Susurró, antes de unir sus labios a los de ella. Era el segundo beso que necesitaba y ahora que no estaban en un aeropuerto repleto de gente observando, bueno, estaban en una fiesta, repleta de gente observando. Pero la diferencia era que podrían irse la hora que desearan. Deseaba salir de ahí, que la llevara casa.

― Inu…yasha…― jadeó cuando él fue el primero en apartarse. – Sácame de aquí.

Inuyasha esbozó una sonrisa y negó.

― Antes que haga eso, responde una pregunta – cuando la vio asentir, prosiguió ― Qué pasara el día de mañana, cuando despiertes y te mires al espejo – acarició su cabello – Y descubras que no cumpliste con tu sueño… ¿Me veras como el causante de tu desdicha?

Kagome sabía a donde quería llegar, eso mismo se lo había dicho en el aeropuerto. En ese sentido, podría comprenderlo. Se sentiría culpable, pero a fin de cuentas ella había sido quien estaba tomando la decisión de arriesgarse y jamás se había sentido tan segura como en estos momentos.

― No – negó, tomándolo de las solapas del saco – Porque serás el responsable de que nuestro futuro juntos sea completo. – se levantó de puntillas y le susurró al oído – Ahora sácame de aquí – esbozó una media sonrisa – No llevo ropa interior.

Lo escuchó silbar y cuando sus miradas se encontraron era como si lanzaran chispas.

― Ese es un delito muy grave.

La tomó de la mano y salieron de la pista, pero cuando estuvieron a punto de salir por el pasillo, una figura si interpuso entre ellos. Era su madre.

― Mamá – dijo sorprendido, frenando de golpe.

― Ah no – ella negó – Ninguno de los dos se va hasta que los novios se hayan ido.

― Pero mamá – protestó Inuyasha.

― Nada de "pero mamá" – le hizo una seña para que volvieran a la fiesta – Ya habrá tiempo.

Ambos de mala gana regresaron a la fiesta, Kagome le dio un apretón de mano, indicándole que iría con sus amigas. A regañadientes tuvo que soltarla y contemplar como la mujer que amaba se apartaba de él.

Eran pocos metros, menos más supondría estar separados. Menos más que ella no se fue a Francia, eso si hubiera sido una distancia muy considerable. Fue a la barra y pidió un whisky. No le había apartado la vista desde que regresó, reviviendo su encuentro, saboreando sus labios dulces.

Solo contaba los minutos para ver a qué hora se le ocurría irse a su cuñada y a su hermano.

Cansado de estar toda la noche de pie y escuchando las pláticas absurdas de los amigos de su padre, se fue a una mesa vacía y tomó asiento en una silla. Dejó el vaso sobre la mesa, para luego aflojarse la pajarilla y desabotonar los dos primeros botones de su camisa.

La gente comenzaba a entrar en calor, a medida podía ver que iban perdiendo la cabeza por el alcohol.

A pocos metros la vio bailando con sus amigas, en sus ojos y la sonrisa que esbozaba de vez en cuando le hacían ver que no estaba arrepentida de tomar esa decisión. Comenzaría a demostrarle de mil maneras que esa había sido la mejor elección que pudo haber tomado. Se esforzaría día a día para que ella estuviera feliz.

Como si hubiese llamado su tención, sus ojos se encontraron con los de ella. Ambos se sonrieron, ella dejó a sus amigas y avanzó lentamente hacia él. Ese vestido comenzaba a ser su martirio y más porque sabía que era lo único que llevaba puesto.

Tomó asiento entre sus piernas, luego le quitó el vaso de whisky le dio un pequeño sorbo. Esbozó una sonrisa al ver una mueca en sus labios.

- ¿Por qué tan solo?

Inuyasha arqueó una ceja.

-Debo diferir en eso pequeña. Estoy contigo, lo que se supone que ya no lo estoy.

Una mano fue recorriendo la tersa tela de su vestido, hasta encontrar el dobladillo de su falda. Miró hacia ambos lados, esperando a que nadie los viera. Afortunadamente la mesa donde estaban era la más apartada de todo.

Sus manos recorrieron cada sedoso centímetro de su piel. Deteniéndose en sus rodillas, luego pasando por sus mulos hasta llegar a su centro. Soltó un soplido al comprar que realmente no llevaba ropa interior.

― En realidad no llevas ropa interior – le susurró al oído.

Kagome se apartó un poco y le guiño un ojo.

― Se me ocurrió mientras me cambiaba en el aeropuerto.

Soltó un juramento y casi estuvo a punto de tomarla entre sus brazos para sacarla de ahí. Pero los novios aún no se iban y ella lo estaba haciendo complicado al besar su cuello.

― Vámonos de aquí – rogó ella – Estoy segura de que a Rin no le dará importancia.

Inuyasha sacó su mano por debajo del vestido, se lo acomodó y luego tomó su rostro entre sus manos.

― Todo a su tiempo pequeña – le dio un beso en la punta de la nariz – Todo a su tiempo. – luego uno más en la curva de cuello.

Ese tiempo llegó exactamente media hora después. Los novios estaban despidiéndose, no sin antes de que Rin lanzara el ramo. Las chicas en lugar de correr hacia él se apartaron de la proyección, pero quien no se salvó de él fue la pelirroja, fue como si tuviese un imán para esas cosas. Koga al ver a su novia con el ramo únicamente se sonrojó.

Inuyasha le pasó su saco por los hombros a Kagome, para protegerla del viento frio. Luego de guardar las maletas en la cajuela se dirigieron hacía su departamento.

― ¿Y mi coche? – preguntó ella, al ver que se subían al de Inuyasha.

Con las prisas y la reconciliación se le había olvidado donde estaba su coche.

― No te preocupes por él. Esta en casa.

Ella frunció el cejo.

― ¿En la de mis padres?

Inuyasha negó, acercándose a ella. La tomó por la cintura y la atrajo a él.

― No, en la nuestra.

Ella no dijo nada y se limitó a subir al asiento del copiloto.

Al llegar al complejo fueron recibidos por el portero. Luego, subieron hasta el último piso, en ese inter ninguno de los dos había intentado acercarse el uno al otro, pero sus manos les hormigueaban por sentir la piel tanto del uno como del otro.

Las puertas se abrieron y el departamento era iluminado por una tenue luz, ahí, en un sillón dormido estaba el perrito gourmet. Kagome intentó acercarse a él, pero sintió como unos brazos le envolvían la cintura atrayéndola posesivamente hacia el pecho de Inuyasha.

Tal vez esta noche la pasaría con él, pero al día siguiente debían hablar. Era muy pronto para que ella se mudara, aún estaba reciente su reconciliación como para mandarlo todo por un tuvo como lo era vivir juntos.

Sus labios se apoderaron de los de ella y Kagome se derritió entre sus brazos. Dejando que la condujera hasta la habitación, dejando que le quitara el vestido para estar desnuda ante él. Era la primera vez después de un tiempo que volverían a estar juntos y cada momento estaba siendo único. Era como saborear la primera vez.

Pasó un brazo por debajo de su nunca y atrajo su rostro al de él. Besando una vez más esos labios dulces que eran su obsesión, saboreando ese aroma a fresa y jazmín que eran cada día su tormento.

Poco a poco fue llevándola hasta la cama, hasta conseguir que su espalda estuviera contra el colchón.

― A partir de ahora te prometo que todo será diferente – besó la curva de su cuello, mientras una mano palpaba con ternura y delirio su pezón – Te prometo amarte – un beso en el otro lado de su cuello – Te prometo que cada día será mejor que el anterior. Aquí se acaban dudas – sus ojos se encontraron con los de ella – Comenzaremos desde cero como debió ser en un principio.

El corazón de Kagome era una pequeña bomba de tiempo y no por el deseo que sentía, sino por las promesas que le estaba haciendo.

― Prometo amarte por entero, cada día por el resto de mi vida, Kagome Higurashi. – le dio un pequeño beso en la punta de los labios – Jamás te arrepentirás de esta decisión, pequeña. JAMAS.

Y así fue, como cumplió cada una de aquellas promesas.